“La oración y el ayuno”

 

Manual de Instituto Doctrina del Evangelio

Cap. 12: “La oración y el ayuno”

 

Introducción

Un himno de la Iglesia proclama que “Del alma es la oración, el medio de solaz” (Himnos de Sión 129). La letra de esta canción expresa el deseo natural de toda persona de comunicarse con su Padre Celestial. El ayuno combinado con la oración aumenta nuestra espiritualidad y nos acerca más a Dios.

 

Reseña doctrinal

A. La oración ha sido desde el principio una parte del plan del evangelio

Véase Moisés 5:8.

 

B. Dios nos reveló la razón por la que debemos dirigirnos a El en oración

1. Es un mandamiento orar tanto individualmente como en familia (véanse D. y C. 31:12; 68:33; 3 Nefi 18:21; D. y C. 93:50; 68:28).

2. La oración es esencial para nuestra salvación (véanse Alma 37:36–37; Santiago 5:16).

3. La adoración y las alabanzas se expresan por medio de la oración (véanse D. y C. 136:28; Salmos 92:1).

4. Se nos ha mandado agradecerle al Señor todas las bendiciones que recibimos (véanse D. y C. 46:32; 59:7).

5. Las bendiciones temporales y espirituales se pueden obtener por medio de la oración (véanse Santiago 5:16–18; Enós 4–6; Mosíah 24:8–25).

 

C. Las Escrituras nos dicen por qué debemos orar

1. Debemos orar para tener la compañía del Espíritu Santo (véanse 3 Nefi 19:9; Moroni 4:3).

2. Debemos orar para obtener el perdón de nuestros pecados (véase José Smith—Historia 28–29).

3. Debemos orar pidiendo fortaleza para resistir las tentaciones y vencer la oposición (véanse Alma 34:23; D. y C. 10:5; Mateo 26:41).

4. El esposo debe orar por su esposa e hijos (véanse 3 Nefi 18:21; Alma 34:21, 27).

5. Debemos orar por todos, buenos o inicuos, amigos o enemigos (véanse Números 21:7; Mateo 5:44; Enós 11–14).

6. Debemos pedir al Señor concerniente a nuestras cosechas, campos, manadas y rebaños (véase Alma 34:20, 24–25).

 

D. El Señor nos ha dicho qué hacer para que nuestras oraciones sean más significativas y eficaces

1. Debemos orar siempre al Padre en el nombre de Jesucristo (véanse 2 Nefi 32:9; 3 Nefi 18:21; 19:6–8).

2. No debemos orar con el fin de que nos vean y oigan los demás (véanse Mateo 6:5–6; 3 Nefi 13:5–6).

3. Debemos evitar las repeticiones vanas en nuestras oraciones (véanse Mateo 6:7–8; 3 Nefi 13:7–8).

4. Debemos orar diaria y continuamente (véanse Mosíah 4:11; 1 Tesalonicenses 5:17; 2 Nefi 32:9; Alma 34:17–19, 27).

5. Debemos orar por lo que es apropiado (véanse 3 Nefi 18:20; D. y C. 88:64; 46:30).

6. Debemos ofrecer nuestras peticiones fervorosa mente, sinceramente, con verdadera intención y con toda la energía y fortaleza de nuestra alma (véanse Moroni 7:48; 10:4).

7. La obediencia nos ayuda a obtener las respuestas a nuestras oraciones (véanse 1 Juan 3:22; Alma 34:28).

8. El Espíritu Santo nos ayuda en nuestras oraciones (véase Romanos 8:26).

 

E. Algunas veces el ayuno debe acompañar a la oración

1. Se nos ha mandado que ayunemos (véanse D. y C. 59:13–14; 88:76).

2. El ayuno y la oración juntos fomentan el crecimiento y la convicción espirituales y traen bendiciones (véanse Omni 26; Alma 5:46; 17:3; Helamán 3:35; 3 Nefi 27:1; Isaías 58:1–12; Mateo 17:20–21).

3. Es apropiado ayunar por los enfermos y para obtener bendiciones especiales (véanse Santiago 5:15; Mosíah 27:22–23).

 

Citas corroborativas

 

A. La oración ha sido desde el principio una parte del plan del evangelio

• “… No se ha repelido ningún mandamiento divino más frecuentemente, que el de la oración en el nombre de nuestro Señor Jesucristo.” (Marion G. Romney, “Conservemos la espiritualidad”, Liahona, enero de 1980, pág. 22.)

 

B. Dios nos reveló la razón por la que debemos dirigimos a El en oración

• “La oración es esencial para la salvación del hombre; sin la oración no hay salvación. ¿Cómo podría una persona proponerse vivir con rectitud, a fin de lograr su salvación, sin comunicarse mediante la oración con el autor de la rectitud?” (Bruce R. McConkie, Mormon Doctrine, pág. 581.)

• “Hay un mecanismo muy valioso que entra en funcionamiento cuando formalmente ponemos nuestros deseos en conocimiento de Aquel que nos los concede.” (Boyd K. Packer, Enseñad diligentemente, pág. 14.)

• “Observad el gran mandamiento que dio el Maestro, de recordar siempre al Señor, de orar en la mañana y en la tarde; siempre acordaos de darle las gracias por las bendiciones que recibís día tras día.” (Joseph F. Smith, Doctrina del Evangelio, pág. 212.). Las Escrituras nos dicen por qué debemos orar.

 

C. Las Escrituras nos dicen por qué debemos orar

• “Quisiéramos decir a los hermanos que procuren allegarse a Dios en sus cámaras secretas, que lo invoquen en sus campos. Seguid las instrucciones del Libro de Mormón y orad por vuestras familias, por vuestro ganado, vuestros rebaños, vuestras manadas, vuestro maíz y cuantas cosas poseáis; pedid las bendiciones de Dios sobre todo vuestro trabajo y sobre todo aquello a que os dedicaréis. Sed virtuosos y puros; sed hombres de integridad y verdad; obedeced los mandamientos de Dios, entonces más perfectamente podréis entender la diferencia entre el bien y el mal, entre las cosas de Dios y las de los hombres; y vuestro sendero será como el de los justos, que ‘es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto’.” (José Smith, Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 301.)

 

D. El Señor nos ha dicho qué hacer para que nuestras oraciones sean más significativas y eficaces

• “En contestación a una oración sumamente especial, el Señor dio comienzo a esta dispensación del evangelio. Era la primera oración [vocal] que salía de los labios de un joven. Espero que nuestras oraciones no sean en su mayor parte silenciosas. Aun cuando no podamos orar en voz alta, es bueno que pronunciemos una oración en la mente y en el corazón.” (Véase Spencer W. Kimball, “La voluntad de Dios”, Liahona, enero de 1980, pág. 5.)

• “¿Oráis en familia?… Y cuando lo hacéis, ¿oráis en forma mecánica, o inclináis la cabeza mansamente con el deseo sincero de buscar la bendición de Dios sobre vosotros y vuestra casa? Esa es la manera en que debemos orar y cultivar un espíritu de devoción y confianza en Dios, dedicándonos a El y buscando sus bendiciones.” (John Taylor, The Gospel Kingdom, pág. 284.)

• “Las respuestas a nuestras oraciones llegan de una forma sumamente queda; las Escrituras se refieren a la voz de inspiración como a un silbo apacible y delicado (véase 1 Reyes 19:12).

“Si ponéis todos vuestros mejores esfuerzos, sin duda aprenderéis a percibir esa voz.

“En los principios de nuestro matrimonio, nos nacieron hijos con muy poca diferencia de tiempo entre uno y otro, y como lo saben quienes son padres de niños pequeños, contadas noches pueden descansar ininterrumpidamente.

“Si uno tiene un recién nacido y otro al que le están saliendo los dientes, y otro con fiebre, puede levantarse hasta cien veces en la noche. Tal vez sea ésta una exageración; es posible que sean tan sólo veinte o treinta las veces que uno se levanta.

“Finalmente, decidimos dividirnos los niños, asignando algunos de ellos a mi esposa y el resto a mí, cuando se hiciera necesario atenderlos durante las noches. Si lloraba el recién nacido, se levantaba ella, y si lloraba el otro, al que le estaban saliendo los dientes, era mi turno.

“Un día llegamos a darnos cuenta de que era tal el entrenamiento que teníamos, que cada cual escuchaba sólo al que debía atender, y seguía durmiendo plácidamente si lloraba uno de los asignados al otro.

“Siempre nos llamó la atención este asunto, y llegamos a la conclusión de que uno puede capacitarse y predisponerse a escuchar lo que en verdad quiere escuchar, al igual que a ver o a sentir aquello en lo que uno tiene interés; y lo único que se requiere es práctica.

“Muchas son las personas que pasan por esta vida y rara, o ninguna vez, escuchan la voz de la inspiración, y eso es debido a lo que dice la escritura:

“‘Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente.’ (1 Cor. 2:14).” (Boyd K. Packer, “El don de saber escuchar”, Liahona, enero de 1980, pág. 29.)

• “Tened presente algunas preguntas complejas a medida que transitáis por la vida, y meditad y orad en forma silente y persistente en cuanto a ellas.

“La respuesta quizás no os llegue como un relámpago, sino que tal vez se os manifieste en forma de una pequeña inspiración aquí y allí, línea por línea y precepto por precepto.

“Algunas respuestas las encontraremos leyendo las Escrituras o al escuchar a determinados oradores; y, algunas veces, cuando sea importante, habrá respuestas que vendrán por intermedio de una inspiración en verdad directa, tan potente y nítida que resultará inconfundible.” (Packer, “El don de saber escuchar”, Liahona, enero de 1980, pág. 32.)

• “A medida que avanzamos por el sendero de la vida, a menudo construimos un muro de piedras entre nosotros y el cielo, y lo hacemos con aquellos pecados de los cuales no nos hemos arrepentido. Por ejemplo, en nuestro muro puede haber piedras de diferentes tamaños y formas. Podría haberlas porque hemos sido poco amables con alguien; la crítica a los líderes o maestros puede agregar otra piedra al muro; la incapacidad de perdonar puede agregar otra; los pensamientos y las acciones vulgares pueden agregar algunas bastante grandes; la deshonestidad agregará otra; el egoísmo otra; etc.

“A pesar del muro que edificamos frente a nosotros, cuando clamamos al Señor, El siempre envía sus mensajes desde el cielo; pero en vez de penetrar hasta nuestro corazón, se estrellan contra el muro que hemos formado y rebotan. Su mensaje no penetra y nosotros estamos listos para decir: ‘El no me escucha’.

“A veces este muro es formidablemente grande, y el gran cometido de nuestra vida es destruirlo, o, con otras palabras, limpiarnos purificándonos interiormente para poder ser susceptibles al susurro del Espíritu.

“Permitidme dar algunos ejemplos. Supongo que todos hemos tenido alguien que nos ha hecho algo que no nos ha gustado y nos ha enojado. No podemos olvidarlo y no queremos acercarnos a esa persona. Esta es la característica de la persona que no perdona; sin embargo, el Señor se ha referido con palabras bastante fuertes a las personas que no saben perdonar a sus semejantes (véase D. y C. 64:9–10). Hace muchos años tuve una experiencia con ese sentimiento de rencor. Alguien se había aprovechado de mí, y me disgusté con esa persona. No quería estar cerca de ella; si venía en [la misma] dirección… [en] la que yo iba, prefería cruzar la calle; ni siquiera le dirigía la palabra. Mucho tiempo después que se terminó el problema, el mal sentimiento seguía como una llaga en mi alma. Esto me hizo tomar la decisión de orar pidiendo ayuda, hasta que pudiera lograr tener un mejor sentimiento hacia esa persona. Aquella noche me arrodillé y abrí mi corazón al Señor; sin embargo, al levantarme, todavía no me gustaba esa persona. A la mañana siguiente me arrodillé y oré pidiendo tener un sentimiento bondadoso hacia ella, pero al terminar la oración todavía no me gustaba. Así sucedió esa noche y la semana y el mes siguiente. Seguía sin que me gustara, a pesar de que había estado orando al respecto todas las mañanas y todas las noches. Continué orando, y finalmente empecé a rogar, no a orar solamente sino a implorar. Después de muchas oraciones, llegó el momento en que sin duda ni reservas supe que podía ir ante el Señor, si se me pidiera hacerlo, y que El sabría que por lo menos en ese caso mi corazón se había purificado. Había experimentado un cambio después de un buen período de tiempo. Debemos quitar de todos nosotros esa piedra del rencor o de la incapacidad de perdonar, si es que tenemos una, y una manera que yo sugiero para lograrlo es la constante oración.” (Véase H. Burke Peterson, “Ora, escucha y medita”, Liahona, diciembre de 1981, págs. 12–13.)

• “Pedir por medio de la oración me ha enseñado, una y otra vez, que la bóveda de los cielos con todas sus bendiciones se abre sólo con un cierto tipo de combinación. El primer seguro salta cuando hay fe, el segundo cuando existe rectitud personal, y el tercero y último seguro salta solamente cuando, a juicio de Dios, y no nuestro, lo que pedimos es bueno para nosotros. Muchas veces llamamos a la puerta pidiendo algo que queremos muchísimo, y nos preguntamos por qué la puerta no se abre. Seríamos hijos sumamente consentidos si la puerta se abriera con mayor facilidad. Haciendo un recuento de los pedidos que le hecho a Dios y que El me ha negado, puedo afirmar que mi Padre realmente me ama. Las peticiones que se nos niegan dicen mucho de nosotros mismos, pero también dicen mucho acerca del Padre perfecto que tenemos.” (Neal A. Maxwell, “Insights”, New Era, abril de 1978, pág. 6.)

• “Pero, ¿es la oración sólo una comunicación de nuestra parte? ¡No!… Al concluir nuestras oraciones, necesitamos escuchar intensamente, aun hasta el punto de tener que esperar varios minutos. Hemos orado suplicando consejo y ayuda, y ahora debemos estar ‘quietos y conocer que El es Dios’ (véase Salmos 46:10).

“…A veces nos invaden sentimientos y un espíritu de tranquilidad que nos asegura que todo marchará bien. Pero siempre, si hemos sido sinceros y honestos en nuestra súplica, tendremos un bello sentimiento, un sentimiento cálido por nuestro Padre Celestial y la sensación de que El nos ama.” (Spencer W. Kimball, “Orad siempre”, Liahona, marzo de 1982, págs. 5–6.)

• “La forma en que vivimos determina nuestra capacidad de captar la inspiración del Espíritu y escuchar las respuestas a nuestras oraciones. Repito nuevamente para evitar un malentendido: Nuestro Padre Celestial contesta nuestras oraciones, pero a menudo no estamos preparados para escuchar las respuestas. Algunas las recibimos de inmediato; otras demoran más, y es entonces cuando nos desalentamos. (Peterson, “Ora, escucha y medita”, Liahona, diciembre de 1981, pág. 13.)

 

Véase:

 

E. Algunas veces el ayuno debe acompañar a la oración

• “El ayuno acompañado de la oración se ha concebido para incrementar la espiritualidad; para fomentar un espíritu de devoción y amor por Dios; para aumentar la fe en el corazón del hombre, y de ese modo asegurarse el favor divino; para instar al alma a la humildad y a la contrición; para ayudar en la adquisición de la rectitud; para enseñar al hombre su insignificancia y dependencia de Dios; y para apresurar por el camino de la salvación a aquellos que cumplen apropiadamente con la ley del ayuno.” (McConkie, Mormon Doctrine, pág. 276.)

• “El dejar de ayunar es un pecado. En el capítulo 58 de Isaías el Señor extiende ricas promesas a aquellos que ayunan y prestan ayuda al necesitado. Se promete libertad de las frustraciones, libertad de la opresión y la bendición de la paz. La inspiración y la orientación espiritual vendrán como resultado de la rectitud y nuestro acercamiento a nuestro Padre Celestial. La omisión de este acto justo del ayuno nos privaría de estas bendiciones.” (Spencer W. Kimball, El Milagro del perdón, pág. 96.)

• “Hay ciertos demonios que no abandonan al hombre, a no ser por medio del ayuno y la oración (Mateo 17:21). Ayunar periódicamente nos ayuda a aclarar las ideas y fortalecer el cuerpo y el espíritu. La forma más común de ayunar, la que debemos realizar el domingo de testimonios, consiste en pasar veinticuatro horas sin comer ni beber. Hay quienes han sentido la necesidad de ayunar por más tiempo, absteniéndose de comer pero bebiendo lo necesario. Es preciso usar sentido común en esto; y el ayuno debe terminarse con una comida liviana. Para hacerlo más fructífero, debe ir unido a la oración y la meditación; el trabajo debe reducirse al mínimo, y se convierte en una bendición cuando podemos estudiar las Escrituras y el motivo por el cual ayunamos.” (Ezra Taft Benson, “No desesperéis”, Liahona, feb. de 1975, pág. 44.)

 

Véase: