“El fortalecimiento de la fe por medio del Libro de Mormón”

 

Gordon B. Hinckley; La Fe, Esencia de la Religión Verdadera

Cap. 9: “El fortalecimiento de la fe por medio del Libro de Mormón”

 

Con frecuencia solemos cantar un himno predilecto cuyas estrofas fueron escritas hace más de un siglo por Parley P. Pratt:

Un ángel del Señor

del cielo descendió,

y con potente voz

a un joven reveló

que en Cumora estaba

el registro santo, libro fiel,

que en Cumora estaba

el registro santo, libro fiel.

—Himnos, 1992, N°9

Estas palabras del élder Pratt constituyen una declaración de la milagrosa aparición de un libro extraordinario. Permítaseme contar cómo llegó él a conocer ese libro al que se refiere.

En agosto de 1830, Parley Parker Pratt se hallaba viajando como predicador laico desde Ohio en dirección al este de Nueva York. Desembarcando en la costa del Canal Erie, en Newark (Nueva Jersey), caminó unos 16 kilómetros hacia una zona rural. Allí conoció a un diácono bautista llamado Hamlin, quien le contó acerca de “un libro, un LIBRO EXTRAÑO, ¡un LIBRO MUY EXTRAÑO!” El élder Pratt relató: “Este libro, me dijo [Hamlin], sugiere haber sido escrito originalmente sobre planchas de oro o de bronce por una rama de las tribus de Israel, y que habían sido descubiertas y traducidas por un joven cerca de Palmyra, en el estado de Nueva York, mediante visiones o la ayuda de ángeles ministrantes. Yo le pregunté cómo y dónde podría obtener ese libro y él prometió permitirme que lo leyera en su casa… A la mañana siguiente fui a su casa donde, por primera vez, mis ojos contemplaron el ‘LIBRO DE MORMÓN’—ese libro de libros… que fue el medio principal por el cual, en las manos de Dios, dirigiría el rumbo total de mi vida futura.

“Lo abrí con ansiedad y leí su portada. Entonces leí el testimonio de varios testigos con relación a la manera en que había sido hallado y traducido. Después de esto comencé a leer en orden su contenido. Leí durante todo el día; ni pensaba en comer y no tenía apetito; al llegar la noche, me molestaba la idea de ir a dormir porque prefería seguir leyendo.

“A medida que leía, el Espíritu del Señor me acompañaba y supe y comprendí que el libro era verdadero, tan clara e indudablemente como cualquier hombre llega a comprender y sabe que existe” (Autobiography of Parley P. Pratt [Salt Lake City: Deseret Book, 1938], págs. 36—37).

Parley Pratt tenía entonces veintitrés años de edad. La lectura del Libro de Mormón lo impresionó tan profundamente que poco después fue bautizado en la Iglesia y llegó a ser uno de sus defensores más eficaces y dinámicos. A lo largo de su ministerio viajó de costa a costa en lo que es hoy Estados Unidos, así como en Canadá e Inglaterra; también dirigió la inauguración de la obra en las Islas del Pacífico y fue el primer élder mormón en pisar suelo sudamericano. En 1857, cuando se hallaba sirviendo en Arkansas, fue muerto por un asaltante. Lo sepultaron en una zona rural cerca de la localidad de Alma y en ese apacible lugar marca su tumba una gran lápida de granito pulido. Grabadas en ella están las palabras de otro de sus hermosos y proféticos himnos, las cuales declaran su visión en cuanto a esa obra a la que se dedicó:

Ya rompe el alba de la verdad

y en Sión se deja ver,

tras noche de obscuridad,

el día glorioso amanecer

De ante la divina luz

huyen las sombras del error.

La gloria del gran Rey Jesús

ya resplandece con su fulgor.

—Himnos, 1992, N° 1

La experiencia que Parley Pratt tuvo con el Libro de Mormón no es rara. Cuando se publicaron y leyeron los ejemplares de la primera edición, cientos de hombres y mujeres valientes se impresionaron tanto que dejaron atrás todo lo que poseían y, en los años subsiguientes, no fueron pocos los que dieron su vida por el testimonio que acunaban en su corazón en cuanto a la veracidad de este libro extraordinario.

Hoy en día es leído más que en cualquier otra época de su historia. En tanto que en su primera edición se imprimieron cinco mil ejemplares, cada una de las ediciones actuales llegan a veces al millón y se publican en más de ochenta idiomas. Su atractivo es tan infinito como la verdad misma y tan universal como la familia humana. Es el único libro que promete que, por medio del poder divino, el lector puede verificar con certeza su veracidad. Su origen es milagroso; tanto que cuando se le cuenta por primera vez a una persona, parece ser casi increíble. Pero el libro está aquí para que se lo perciba, se lo tome y se lo lea. Nadie puede negar su existencia.

Todo esfuerzo por explicar su origen, el cual no provenga del relato de José Smith, ha demostrado ser en vano. Es un registro de la América antigua. Es la Escritura del Nuevo Mundo, tan cierta como la Biblia lo es del Antiguo. Cada uno de estos libros se refiere al otro. Cada uno de ellos trae consigo la esencia de la inspiración y el poder para convencer y convertir. Ambos, en conjunto, son testimonio de que Jesús es el Cristo, el Hijo resucitado y viviente del Dios viviente.

Su narración es una historia de naciones hoy desaparecidas pero, al describir los problemas de nuestra sociedad presente, es de tanta actualidad como el periódico matutino y aun más concluyente, inspirado y alentador en lo que respecta a la solución de problemas correspondientes.

No conozco ningún otro escrito que describa con tanta claridad las trágicas consecuencias que sufren las sociedades que observan normas contrarias a los mandamientos de Dios. Sus páginas tratan sobre la historia de dos civilizaciones diferentes que prosperaron en el hemisferio occidental. Cada una de ellas comenzó como una pequeña nación de gente que andaba en el temor del Señor. Cada una de ellas prosperó, pero con dicha prosperidad se manifestó una creciente maldad. La gente sucumbió a las estratagemas de líderes ambiciosos y conspiradores que la oprimían con impuestos abusivos, la atraían con promesas falsas, le permitían y aun le fomentaban comportamientos indecentes y lascivos, la conducían a luchas terribles que resultaron en la muerte de millones de personas y a la extinción final de dos grandes civilizaciones en dos regiones distintas.

No existe otro testamento que ilustre tan explícitamente el hecho de que cuando los hombres y las naciones andan en el temor de Dios y en obediencia a Sus mandamientos, prosperan y progresan; pero cuando lo hacen a un lado y rechazan Su palabra, se produce un deterioro que, a menos que se contrarreste en justicia, conducirá a la impotencia y a la muerte. El Libro de Mormón es una afirmación del proverbio del Antiguo Testamento que dice: “La justicia engrandece a la nación; mas el pecado es afrenta de las naciones” (Proverbios 14:34).

En tanto que el Libro de Mormón habla enérgicamente acerca de los problemas que afectan a nuestra sociedad moderna, la esencia principal y más conmovedora de su mensaje es el testimonio, vibrante y genuino, de que Jesús es el Cristo, el Mesías prometido. El libro da testimonio de Aquel que anduvo por los caminos polvorientos de Palestina sanando a los enfermos y enseñando la doctrina de salvación, que murió en la cruz del Calvario y que al tercer día se levantó de la tumba y se apareció a muchos; y de Aquel que, como Ser resucitado, visitó a la gente del hemisferio occidental con respecto a la cual había declarado anteriormente: “También tengo otras ovejas que no son de este redil; aquéllas también debo traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño, y un pastor” (Juan 10:16).

La Biblia permaneció sola durante siglos como un testimonio escrito de la divinidad de Jesús de Nazaret. Ahora, a su lado, se encuentra un segundo y poderoso testigo para guiar la humanidad al Señor.

Recuerdo haber escuchado a un oficial de la Fuerza Aérea norteamericana contar ante un grupo cómo fue que se unió a la Iglesia. El dijo: “Tenía una cita con una hermosa joven. Cuando fui a buscarla, noté sobre su mesa un ejemplar del Libro de Mormón. Yo nunca había oído hablar de ese libro y entonces comencé a leerlo. Me interesó mucho. Obtuve luego un ejemplar y lo leí por completo. Yo sólo tenía la idea tradicional sobre Dios y Jesucristo. Nunca me había puesto a pensar en ello. Pero al leer este libro recibí en mi mente una luz y entendimiento sobre las verdades eternas, y en mi corazón sentí un testimonio de que Dios es nuestro Padre Eterno y de que Jesucristo es nuestro Salvador”.

La experiencia que este hombre tuvo en cuanto al Libro de Mormón es similar a la que han tenido millones de otras personas. Ese mismo libro que convirtió a Brigham Young, a Willard Richards, a Orson y a Parley Pratt, así como a muchos otros líderes de la Iglesia en los primeros años, está hoy convirtiendo a la gente en Argentina, en Finlandia, en España, en Taiwán, en Tonga y donde quiera que haya personas leyéndolo con humildad y verdadera intención. La promesa de Moroni, escrita en su momento de soledad después de la destrucción de su pueblo, se está cumpliendo hoy en día (véase Moroni 10:4—5).

Cada vez que alentamos a la gente para que lea el Libro de Mormón, le estamos haciendo un gran favor. Si lo leen con buen espíritu y con el sincero deseo de conocer la verdad, sabrán por el poder el Espíritu Santo que el libro es verdadero. De tal conocimiento emanará una convicción en cuanto a la verdad de muchas otras cosas. Porque si el Libro de Mormón es verdadero, entonces Dios vive. Sus páginas manifiestan con un testimonio tras otro el hecho solemne de que nuestro Padre es real y personal, y que ama a Sus hijos y procura que sean felices.

Si el Libro de Mormón es verdadero, entonces Jesús es el Hijo de Dios, el Unigénito del Padre en la carne, dado a luz por María, “una virgen, más hermosa… que toda otra virgen” (véase 1 Nefi 11:13—21), porque así lo testifica el libro en una descripción insuperable en toda literatura.

Si el Libro de Mormón es verdadero, entonces Jesús es realmente nuestro Redentor, el Salvador del mundo. El propósito fundamental de su preservación y de su aparición, de acuerdo con su propia declaración, es “convencer al judío y al gentil de que Jesús es el Cristo, el Eterno Dios, que se manifiesta a sí mismo a todas las naciones” (portada).

Si el Libro de Mormón es verdadero, entonces las Américas son una tierra escogida, pero si han de permanecer siéndolo, sus habitantes tienen que adorar al Dios de esta tierra, el Señor Jesucristo. La historia de dos grandes naciones, relatadas con amonestación en este sagrado compendio, indica que aun cuando debemos contar con la ciencia, tener educación y tomar las armas, también debemos vivir con rectitud para merecer la protección de Dios.

Si el Libro de Mormón es verdadero, José Smith era un Profeta de Dios, porque él fue el instrumento en manos de Dios para revelar este testimonio de la divinidad de nuestro Señor.

Si el Libro de Mormón es verdadero, el Presidente de la Iglesia es un Profeta de Dios, porque posee todas las llaves, dones, poderes y la autoridad que poseyó José Smith, por medio de quien se estableció esta obra de los últimos días.

Si el Libro de Mormón es verdadero, la Iglesia es verdadera, porque esa misma autoridad bajo la cual salió a la luz este registro sagrado se encuentra y manifiesta entre nosotros hoy en día. Es la restauración de la iglesia que el Salvador organizó en Palestina. Es la restauración de la iglesia que organizó el Salvador cuando visitó el hemisferio occidental e inició estos anales sagrados.

Si el Libro de Mormón es verdadero, la Biblia es verdadera. La Biblia es el Testamento del Viejo Mundo; el Libro de Mormón es el Testamento del Nuevo Mundo. Uno es la historia de Judá; el otro es la historia de José, yambos son uno en la mano del Señor para cumplimiento de la profecía de Ezequiel (Ezequiel 37:19). Juntos declaran la Realeza del Redentor del mundo y la realidad de Su reino.

He aquí la voz que ha influido en el corazón de la gente en muchas naciones. Aquellos que lo han leído con espíritu de humildad, ya sean ricos o pobres, eruditos o analfabetos, han progresado bajo su poder.

Permítaseme contar acerca de una carta que recibimos hace algunos años. En ella un hombre decía: “Me encuentro en una prisión federal. Hace poco encontré un ejemplar del Libro de Mormón en la biblioteca de la cárcel. Lo he leído y al llegar a la parte en que Mormón se lamenta de la caída de su pueblo —¡Oh bello pueblo, cómo pudisteis apartaros de las vías del Señor! ¡Oh bello pueblo, cómo pudisteis rechazar a ese Jesús que esperaba con los brazos abiertos para recibiros! He aquí, si no hubieseis hecho esto, no habríais caído’ (Mormón 6:17—18)— me sentí como si Mormón se dirigiera a mí. ¿Podrían enviarme un ejemplar de ese libro?”.

Le enviamos el libro y, tiempo después, él entró un día en mi oficina totalmente cambiado. Había sido inspirado por el espíritu del Libro de Mormón y en la actualidad es un hombre de éxito, rehabilitado y ganando honradamente los medios para sustentarse a sí mismo y sustentar a su familia.

Tal es el poder de este gran libro en la vida de quienes lo leen con espíritu de oración. Sin reserva alguna, les prometo que si leen con humildad el Libro de Mormón, no importa cuántas veces lo hayan hecho ya, recibirán en su corazón una medida mayor del Espíritu del Señor. Lograrán asimismo una resolución más firme de andar en obediencia a Sus mandamientos y obtendrán un testimonio más fuerte en cuanto a la palpitante realidad del Hijo de Dios.