“Mi Redentor vive eternamente”

 

(Spencer W. Kimball, “La Fe Precede al Milagro”, Cap. 4, págs. 71–73)

 

“Mi Redentor vive eternamente”

 

. . .yo os doy testimonio de que Jesús no es solamente un maestro excepcional, un gran humanista y un gran dramaturgo, sino que es en verdad el Hijo del Dios viviente, el Redentor del mundo, el Salvador de la humanidad. Además quiero agregar solemnemente que El no solamente vivió en el meridiano de los tiempos por aproximadamente treinta y tres años, sino que también ha existido desde las eternidades previas y vivirá aún de eternidad en eternidad. Él no fue solamente el Organizador del reino de Dios sobre la tierra, sino el Creador de este mundo, el Redentor del género humano.

Lo primero que aprendemos de Él es el importante hecho de que, junto con una hueste de espíritus, compareció ante el Padre en solemne asamblea, antes de la fundación de este mundo. La visión de este concilio celestial se encuentra registrada de la siguiente manera:

“Y el Señor me había mostrado a mí, Abraham, las inteligencias que fueron organizadas antes que existiera el mundo; y entre todas éstas había muchas de las nobles y grandes;. . . y me dijo: Abraham, tú eres uno de ellos; fuiste escogido antes de nacer.

“Y estaba entre ellos uno que era semejante a Dios, y dijo a los que se hallaban con él: Descenderemos, pues hay espacio allá, y tomaremos de estos materiales y haremos una tierra sobre la cual éstos puedan morar;

“Y con esto los probaremos, para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare.” (Abraham 3:22–25)

Había otro entre los de ese grupo que también se ofreció para venir a la tierra y hacer, a manera de imposición, que todos los hombres se salvaran. Pero el que era “semejante a Dios” se presentó para apoyar un plan de libre albedrío por el cual se ofrecería sin coerción redención, salvación y exaltación a los habitantes de la tierra. Este último plan, propuesto por Jehová, o sea Jesucristo, fue el aceptado.

Finalmente llegó el tiempo en que la tierra iba a ser creada:

“Entonces el Señor dijo: Descendamos. Y descendieron en el principio, y ellos, esto es, los Dioses, organizaron y formaron los cielos y la tierra.” (Abraham 4:1)

De manera que Jesús el Cristo, o sea Jehová, fue uno de los Dioses que crearon la tierra y la proveyeron de luz, establecieron sobre ella vida vegetal y animal y, como obra culminante, creado a la imagen de Dios, colocaron al hombre sobre su faz. Muchos siglos después, el Señor mismo declaró a los nefitas:

“He aquí, soy Jesucristo, el Hijo de Dios. Yo creé los cielos y la tierra, y todas las cosas que en ellos hay. . .” (3 Nefi 9:15)

A Adán y Eva, a quienes se les encomendó el dominio y cuidado de esta tierra, el Redentor también les dio este testimonio. Así vivieron nuestros primeros padres en el Jardín de Edén, hasta que fueron expulsados después de probar del fruto prohibido. La primera familia de la tierra se extendió por sobre su faz; y cultivaron ésta y cuidaron de sus rebaños. Al recibir de Dios el mandamiento de ofrecer las primicias de sus rebaños, Adán procedió a hacerlo con toda obediencia.

“Y después de muchos días, un ángel del Señor se apareció a Adán y le dijo: ¿Por qué ofreces sacrificios al Señor? Y Adán le contestó: No sé, sino que el Señor me lo mandó.

“Entonces el ángel le habló, diciendo: Esto es una semejanza del sacrificio del Unigénito del Padre, el cual es lleno de gracia y de verdad. . . .

“Y ese día descendió sobre Adán el Espíritu Santo, que da testimonio del Padre y del Hijo, diciendo: Soy el Unigénito del Padre desde el principio, desde ahora y para siempre, para que así como has caído puedas ser redimido, y también todo el género humano, sí, cuantos quieran.” (Moisés 5:6–7, 9)

El evangelio de arrepentimiento y redención también fue manifestado a nuestros antepasados por el Salvador mismo.

Después de algunas generaciones, el Redentor vino nuevamente a la tierra a visitar a otro de sus siervos escogidos, el poderoso dirigente Enoc, quien, a causa de su rectitud, pudo escuchar la voz de Jehová, quien le mandó predicar el arrepentimiento a un pueblo inicuo. Al principio él oyó la voz de Dios llamando a la gente a arrepentirse de sus pecados. Entonces Enoc se humilló a tierra ante el Señor, y habló diciendo:

“¿Cómo es que he hallado gracia en tu vista, si no soy más que un jovenzuelo, y toda la gente me desprecia, por cuanto soy tardo en el habla, por qué soy tu siervo? . . .

“Y el Señor habló a Enoc y le dijo: Úntate los ojos con barro, y lávatelos, y verás. Y Enoc lo hizo.” (Moisés 6:31, 35)

“Y Enoc vio el mundo de los espíritus y todas las creaciones no visibles al ojo humano y natural. . . y desde entonces se esparció este dicho por la tierra: El Señor ha levantado un vidente a su pueblo.” (Moisés 6:36)

“Y desde las colinas y los lugares altos, Enoc clamaba y testificaba en contra del pecado. Al concluir su predicación al pueblo, Enoc dio el siguiente testimonio: . . .y mientras estaba en el monte, vi abrirse los cielos y fui revestido de gloria;

“Y vi al Señor; y estaba ante mi faz, y habló conmigo, así como un hombre habla con otro, cara a cara. . .” (Moisés 7:3–4)