“Los principios que gobiernan la fe”

 

Grant Von Harrison, “Invocando los Poderes Celestiales

Capítulo 3: “Los principios que gobiernan la fe”

 

I. Elección de deseos justos

Para poder invocar los poderes del cielo, debe decidir usted sistemáticamente cómo quiere que el Señor le ayude. Es imposible ejercer fe en los poderes del cielo sin tener en mente un fin específico. El problema más serio que muchos miembros de la Iglesia tienen en cuanto a la fe como fuente de poder, es que no deciden específicamente cómo ellos quieren que el Señor los ayude. Por ejemplo, a menos que tome la decisión, sistemáticamente, de ayudar a alguien a unirse a la Iglesia, la probabilidad de que sea un instrumento en la conversión de esa persona es remota.

“He aquí, os digo que quien crea en Cristo, sin dudar en nada, cuanto pida al Padre en el nombre de Cristo, le será concedido; y esta promesa es para todos, aún hasta los extremos de la tierra.” (Mormón 9:21)

En su relación con el Señor, la necesidad de pedir bendiciones específicas es un requisito imprescindible. La dedicación sola no basta. Debe pedir las bendiciones.

“Por consiguiente, si me pides, recibirás; si llamas te será abierto.” (D. y C. 11:5)

Esta misma promesa se repite por los menos cien veces a través de las escrituras; no obstante, uno no puede beneficiarse con ella a menos que esté dispuesto a pedirle al Señor, con fe, que le ayude a lograr sus deseos.

“Os prometo que el Espíritu está mucho más dispuesto a ayudaros que vosotros estáis dispuestos a ser ayudados.”[9]

Si obtuviéramos bendiciones a causa de sólo nuestra dedicación, olvidaríamos la mano del Señor en las bendiciones que recibimos. Es por esta razón que el Señor ha estipulado que debemos pedir las bendiciones a fin de recibirlas.

Usted tiene la responsabilidad de asegurarse de que sus deseos justos estén bien encaminados. El Señor ha dicho:

“Recuerda que sin fe no puedes hacer nada; por tanto, pide con fe. No juegues con estas cosas; no pidas lo que no debes.” (D. y C. 8:10, letra cursiva del autor.)

“Cualquier cosa que le pidáis al Padre en mi nombre os será dada, si es para vuestro bien; y si pedís algo que no os es conveniente, se tornará para vuestra condenación.” (D. y C. 88:64–65, letra cursiva del autor.)

“Y ahora, si Dios, que os ha creado, de quien dependéis por vuestras vidas y por todo lo que tenéis y sois, os concede cuanta cosa justa le pedís con fe, creyendo que recibiréis, ¡oh cómo debíais impartiros el uno al otro de vuestros bienes!” (Mosíah 4:21, letra cursiva del autor.)

“Y porque has hecho esto tan incansablemente, he aquí, te bendeciré para siempre, y te haré poderoso en palabra y en hecho, en fe y en obras; sí, al grado de que todas las cosas te serán hechas según tu palabra, porque tú no pedirás lo que sea contrario a mi voluntad.” (Helamán 10:5, letra cursiva del autor.)

“…que nada debéis hacer en el Señor, sin que primero oréis al Padre en el nombre de Cristo, para que él os consagre vuestra acción, a fin de que vuestra obra sea para el beneficio de vuestras almas. (2 Nefi 32:9)

Los motivos puros son el requisito previo para poder invocar los poderes del cielo. Si tiene deseos vanos, el Señor no le sostendrá en su empeño por lograr sus metas, sobresalir en la vida, o recibir bendiciones. (Véase Gálatas 5:26) Sin embargo, debe darse cuenta de que se puede tener la vista fija en glorificar a Dios y todavía desear sobresalir en los deportes, su educación, su vocación, etc. Tener la vista fija en glorificar a Dios quiere decir tener una orientación general centrada en el Evangelio de Jesucristo. Esta orientación influye en la conducta y la actitud de cada persona. Generalmente, uno puede medir hasta qué punto son puros sus motivos por la diligencia con que desempeña sus varias responsabilidades en la Iglesia.

“Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia; y todas estas cosas os serán añadidas.” (Mateo 6:33)

Si sus motivos son puros, será digno de recibir la inspiración necesaria para determinar cuáles son los deseos que debe fomentar.

“El que pide en el Espíritu, pide según la voluntad de Dios; por tanto, es hecho conforme a lo que pide.” (D. y C. 46:30)

El Señor nos ha amonestado a que busquemos su apoyo e inspiración en todos nuestros esfuerzos. (D. y C. 46:31; Moisés 5:8) Puede estar seguro de que si tiene la vista fija en glorificar a Dios, será inspirado en la selección de deseos justos. (3 Nefi 19:24; D. y C. 50:29–30)

Es su responsabilidad asegurarse de que sus deseos sean justos. El Señor no dicta los deseos que debemos fomentar.

 

La percepción del Presidente Kimball en cuanto a las metas

El formular deseos dignos y específicos ocupa un lugar muy importante en nuestra vida. El Presidente Spencer W. Kimball, hablando de las metas, dice:

“Creemos en la necesidad de fijar metas. Vivimos mediante metas. En atletismo siempre tenemos metas. Cuando vamos a la escuela tenemos la meta de recibirnos y obtener un diploma. Toda nuestra existencia se basa en metas.

“Debemos tener metas para progresar, animándonos mediante los récords que mantenemos… como lo hace un nadador, un atleta, o un corredor…

“Progresar es más fácil si se mide el tiempo que lleva, se comprueba y se mide el progreso logrado.

“Tener metas es bueno. El obrar por un fin no inmediato eleva nuestra mente a un plano más elevado y suscita nuestros mejores esfuerzos.

“Debemos fijar metas que nos hagan realmente esforzamos por lograrlas.”[10]

“Es de lo más conveniente que …calladamente, y con determinación, fijéis metas personales serias por medio de las cuales …busquéis mejoraros, seleccionando ciertas metas que …vayáis a lograr dentro de un determinado período de tiempo. Aunque …vayáis en la dirección apropiada, si …vais …con poco ímpetu …tendréis muy poca influencia.”[11]

 

Pautas para la fijación de sus metas

Muchas de sus metas (deseos) provendrán de las expectativas asociadas con su trabajo, su educación, y su llamamiento en la Iglesia, etc. Sin embargo, es importante que tenga metas (deseos) que Ud. mismo haya seleccionado:

“Porque he aquí, no conviene que yo mande en todas las cosas; porque el que es compelido en todo es un siervo negligente y no sabio; por tanto, no recibe galardón alguno.

“De cierto digo que los hombres deben estar anhelosamente empeñados en una causa buena, y hacer muchas cosas de su propia voluntad y efectuar mucha justicia;

“Porque el poder está en ellos, y en esto vienen a ser sus propios agentes. Y en tanto que los hombres hagan lo bueno, de ninguna manera perderán su recompensa.

“Mas el que no hace nada hasta que se le manda, y recibe un mandamiento con corazón dudoso, y lo cumple desidiosamente, ya es condenado.” (D. y C. 58:26–29)

Como regla general, es mucho mejor tener pocas metas pero apropiadas al caso, que intentar cumplir varias a la vez. Debe ser sabio al determinar las metas en las que quiere concentrarse, teniendo en cuenta su propio temperamento, su habilidad, etc.

Sus metas (deseos), por supuesto, deben ser realistas; metas que no esté cumpliendo actualmente, o cosas que requieran algo de esfuerzo mental; porque de no ser así, usted no tendrá que utilizar su fe como principio de poder. Debe darse cuenta que quizás no sea fácil realizar tal deseo; pero debe mantener fe en que si hace un esfuerzo continuo, el Señor preparará el camino para que se logren sus deseos justos. El éxito que tenga en lograr su meta será en proporción directa a su fe y sus esfuerzos y no a sus circunstancias. (Lea 1 Nefi 3:7)

Durante toda su vida debe seguir la amonestación del Presidente Kimball de fijar metas para sí mismo. Debe elegir metas para cada faceta de su vida y no solo metas relacionadas con la Iglesia y sus llamamientos. Se le ha dado el derecho de invocar los poderes del cielo para realizar cualquier deseo justo, ya sea emocional, social, profesional, o educacional. Recuerde que el poder de la fe tiene “poder, dominio, y autoridad sobre todas las cosas” y aprenda a acercarse a todo lo que desee lograr teniendo en cuenta el poder de la fe. Si se lo permite, el Señor estará anheloso y dispuesto a ayudarle a lograr sus deseos justos.

 

El papel de la fe en el logro de sus metas

Al fijar metas, usted debe darse cuenta de que las hay de dos tipos: 1) Metas que se pueden alcanzar como resultado de la fe que le hace actuar. Estas son metas cuyo logro, mediante su determinación y resolución, usted puede visualizar de antemano. (Por ej.: levantarse todas las mañanas a las 6:00, dejar de criticar a otros, estudiar las escrituras cierto número de horas por semana, etc.). 2) Metas cuyo logro usted no alcanza a visualizar (“No veo cómo lograrlo.”) y que requieren la invocación de los poderes del Señor para que se realicen. Son metas que no se puede lograr sin la ayuda del Señor; metas que requieren que invoque los poderes del cielo para su realización (Por ej.: ser un instrumento en la conversión de alguien, recibir oportunidades que le permitan ganar más al mes, etc.)

Cuando fije metas que no podrá realizar sin la ayuda del Señor, debe recordarse constantemente a sí mismo del proceso de fe que se requiere para invocar los poderes del cielo. Se frustraría si fijara una meta que requiriera la ayuda del cielo pero dejara de ejercer la fe necesaria que le permitiera a su Padre Celestial la oportunidad de ayudarle a lograrla. Es sumamente importante que esté consciente del papel de la fe como un principio de poder para lograr ciertas metas. El tipo de fe que le motiva a tener determinación le ayudará a alcanzar algunas de sus metas, pero fe como principio de poder es la clave para lograr muchas otras.

 

Aprenda a comprometerse

Es importante recordar que un deseo no puede ser considerado meta sino hasta que uno esté dispuesto a comprometerse y se resuelva a hacer todo lo posible por lograrlo. No confunda las cosas que solamente piensa lograr con las que se ha decidido a lograr.

Muchas metas le exigirán solamente una resolución personal, un compromiso consigo mismo. En otros casos, tendrá que comprometerse con otras personas (líderes del barrio, maestros, etc.); y en algunos casos, deberá estar dispuesto a comprometerse con el Señor a hacer todo lo que lo fuere necesario para hacerse merecedor de los poderes celestiales (por ej.: leer las escrituras periódicamente, ir al templo más a menudo, ayunar con más dedicación, superar ciertas debilidades, etc.). Usted tiene que esforzarse por desarrollar una fe absoluta en lo que el Señor prometió, “Yo, el Señor, estoy obligado cuando hacéis lo que os digo;” (D. y C. 82:10).

 

Las metas (deseos) deben ser los medios, no el fin

En cuanto a las metas en general, debe considerarlas como un paso necesario para lograr un fin y no como el fin en sí. Por ejemplo, el ir a la misión es una meta para muchos miembros de la Iglesia, pero si al estar en la misión no se está dispuesto a fijar metas específicas, no se tiene mucho éxito en la tarea.

Es lo mismo con el matrimonio en el templo; ir al templo para casarse es solamente el comienzo de todo lo que constituye un matrimonio exitoso. En general, es igual con las metas. El solo hecho de que se haya logrado una meta jamás quiere decir que ya se haya “llegado.”

No importa cuántas metas uno logre en esta vida, siempre se debe mirar hacia el futuro, fijando nuevas metas. A menos que se adopte el punto de vista de que las metas son un paso para lograr un fin y no el fin en sí, se experimenta desaliento cada vez que se logra una meta mayor. La realización de metas debe ser un proceso progresivo, y no la culminación de un esfuerzo final. Siempre debe seguirle el esfuerzo por lograr otras metas más. Considere el siguiente ejemplo de metas y fines:

“Jorge ingresó a la Facultad de Odontología al año de haberse casado con María. Su nieta mayor era terminar su carrera. Durante el segundo año de universidad empezaron a surgir problemas entre ellos. Sin embargo, los jóvenes decidieron perseverar hasta el fin, anticipando que todo cambiaría al terminar Jorge su educación. Después de que éste se recibió, él y su esposa descubrieron que todavía tenían problemas y que su sueño de que la situación cambiara al superarse esa etapa, no se había realizado. Finalmente, su situación continuó empeorando al punto de que terminaron divorciándose.”

El ejemplo citado nos muestra cómo el logro de la meta de titularse tuvo un efecto negativo, porque consideraron la meta como un fin en sí mismo y no como un paso hacia el fin verdadero, que era el de ser felices como matrimonio. El siguiente ejemplo nos muestra tina meta como paso para lograr un fin.

“Juan e Irma López se casaron durante el último año de estudios universitarios de Juan. Al recibirse, Juan aceptó un puesto en un negocio. Después de un par de años, Juan decidió que sería mejor para su profesión regresar a la universidad e ingresar a la escuela de graduados para sacar una licenciatura. Después de hablar lo dos de lo que este cambio significaría en cuanto al sacrificio que tendrían que hacer como resultado de un sueldo reducido, etc., ella le apoyó en su decisión.

“Por consiguiente, Juan regresó al año siguiente a la universidad para obtener el título más avanzado. Obviamente, tuvieron que hacer algunos ajustes difíciles en su estilo de vida para poder sobrevivir con el poco sueldo que el recibía al estar en la universidad. Pero los dos aprendieron a resolver problemas durante ese período de tiempo. Se dieron cuenta de que en esos dos años de estudios se acercaron más el uno al otro que en los tres años anteriores. Años después, recordaban esos años en la escuela de graduados como la época de su vida en la que más habían disfrutado de su matrimonio.”

En el proceso de lograr una meta, este matrimonio joven logró otros beneficios por medio de sus esfuerzos, porque la meta se vio como un paso para lograr el fin y no como un fin en sí mismo.

 

Cómo buscar los dones del espíritu

Su habilidad para lograr metas (deseos justos), generalmente se aumentará si busca primero los dones del espíritu. Los dones del espíritu están a su alcance, para ayudarle a realizar su máximo potencial. El Señor espera que busque específicamente los dones del espíritu a través de la fe.

“…buscad diligentemente los mejores dones.” (D. y C. 46:8)

“He aquí, tienes un don, o tendrás un don, si de mí lo deseas con fe, con un corazón sincero, creyendo en el poder de Jesucristo, o en mi poder que te habla;” (D. y C. 11:10)

“Y quisiera exhortaros, mis amados hermanos, a que tengáis presente que toda buena dádiva viene de Cristo.

“Y quisiera exhortaros, mis amados hermanos, a que recordéis que él es el mismo ayer, hoy y para siempre, y que todos estos dones de que he hablado, que son espirituales, jamás serán suprimidos, mientras permanezca el mundo, sino por la incredulidad de los hijos de los hombres.” (Moroni 10:18–19)

Durante toda la vida, debe recordarse constantemente a sí mismo que los dones del espíritu son dados “a los hombres… para beneficiarlos.” (Moroni 10:8)

Los dones del espíritu están a su alcance para ayudarle en todos los aspectos de la vida, si los busca. Por ejemplo, habrá muchas ocasiones en las que se le requiere trabajar muchas horas en su empleo o en sus llamamientos de la Iglesia. Usted tiene derecho al don del espíritu que puede resultar en una renovación literal de su cuerpo. El Señor ha prometido que si ejerce fe y se lo pide, no “…sentirá fatigada su mente, o entenebrecida, ni su cuerpo, miembros o coyunturas.” (D. y C. 84:80)

Aunque el Don del Espíritu Santo se le comunica a una persona cuando se la confirma, ésta todavía tiene la responsabilidad de orar y buscar este don; no le llega automáticamente. (3 Nefi 19:9–14) En el curso de nuestra vida, debemos buscar los dones específicos asociados con los dones del Espíritu Santo (Por ej.: el poder de recordar bien, el ser un testigo seguro de la divinidad de Cristo, etc.).

Los miembros de la Iglesia que tienen llamamientos como maestros deben buscar primero con anhelo los dones del espíritu que les ayuden a ser más efectivos. (Moroni 10:7–10)

“Y se os dará el Espíritu por la oración de fe; y si no recibís el Espíritu, no enseñaréis.” (D. y C. 42:14, letra cursiva del autor)

Sobre todo, los misioneros deben buscar el don del Espíritu que les dará el poder de convencer a las personas de que el evangelio de Jesucristo ha sido restaurado en la tierra.

 

El don de discernir

Un don que cada miembro de la Iglesia de Jesucristo debe buscar es el poder de discernir. Como miembro de la Iglesia, a usted se le han dado los dones básicos del discernimiento –la Luz de Cristo y el Don del Espíritu Santo. (Moroni 7:12–18; D. y C. 63:41)

Usted está dotado con la habilidad de discernir entre el bien y el mal, para saber si una persona es digna (D. y C. 101:95; Malaquías 3:18; 3 Nefi 24:18), y para saber cuándo se está manifestando el Espíritu de Dios (D. y C. 46:23; 1 Corintios 12:10). Si lo desea y lo busca, si lucha por cultivar el espíritu de discernimiento, usted será dotado de poderes aún mayores para discernir. Si tiene éxito en cultivar este discernimiento más sutil, “los pensamientos y las intenciones del corazón” de la gente le serán revelados (D. y C. 33:1, Hebreos 4:12).

“¿No sabéis que necesitáis el Espíritu del Todopoderoso para mirar dentro de un hombre y discernir lo que tiene en el corazón, mientras os sonríe y las palabras le fluyen tan suavemente como el aceite?”[12]

“Las revelaciones del Señor Jesucristo, el espíritu de verdad, lo detectará todo… Conducirán al Señor, la fuente de luz donde la puerta será abierta y la mente iluminada para que veamos, sepamos y entendamos las cosas tales como son.”[13]

“Me regocijo con el privilegio de reunirme con los Santos, escucharles hablar y disfrutar del espíritu que emana de ellos y les rodea. Tal atmósfera me hace comprender la verdadera posición de quienes se están esforzando por servir al Señor. No hace falta que los oiga hablar para poder saber sus sentimientos. ¿Y no es vuestra experiencia también, que cuando os encontráis con personas en la calles, en vuestros hogares, en vuestra oficina, o en los talleres, hay un cierto halo que los acompaña y comunica más de lo que las palabras pueden?… Este conocimiento se obtiene por ese espíritu invisible que acompaña a los seres inteligentes y que deja traslucir el ambiente en el que les gusta vivir.”[14]

El poder del discernimiento se hace evidente muchas veces en las escrituras. (Véase Mosíah 13:6, 7, 11; Alma 7:17, 19, 20; 18:16, 18; 11:23–25; 12:3; Hechos 5:1–10; 8:23; 3 Nefi 17:2, 8; 28:6)

En su relación con otras personas, su habilidad de saber lo que debe hacer y decir aumentará, si puede discernir sus pensamientos y sentimientos. También tenemos el derecho de determinar cuándo las personas son malvadas o malintencionadas. El don de discernir está a su disposición para ayudarle en todas sus responsabilidades. Sin embargo, es su responsabilidad buscar mediante la oración mayor comprensión y entendimiento del don de discernir. Debe pedir este don, decirle al Señor para qué lo quiere, y explicarle lo que va a hacer con el don cuando lo obtenga. Después de que reciba y cultive el don del discernimiento, sus capacidades espirituales se expandirán y usted podrá funcionar con inspiración en todas las facetas de su vida.

 

El mayor de todos

La naturaleza de los dones del espíritu parece ser virtualmente ilimitada. La fe es un don del espíritu. La naturaleza de los dones del espíritu parece tener su origen en necesidades específicas, y no serviría propósito alguno intentar hacer una lista de los mismos. Sin embargo, el don del espíritu”… que es mayor que todo,” es la caridad. (Moroni 7:46) Se nos ha amonestado a que busquemos este don con toda la energía de nuestro corazón. (Moroni 7:48) Moroni nos amonestó a que nos apegáramos a la caridad. (Moroni 7:46) También nos enseñó que en el análisis final, si un hombre no tiene caridad no es nada. (Moroni 7:46) La persona que cultiva el don de la caridad tiene ciertas características: es sufrida; es benigna; no tiene envidia; no se envanece; sirve los intereses de otros; no se irrita fácilmente; no piensa en lo malo; se regocija en la verdad; sobrelleva las enfermedades y aflicciones, etc. de esta vida mortal; cree todas las verdades asociadas con el evangelio de Jesucristo; tiene esperanza en las promesas de las santas escrituras; soporta todo sin vacilar en sus compromisos con el Señor Jesucristo.

“¿Cuántos de vosotros …buscáis estos dones con los que Dios ha prometido dotarnos? ¿Cuántos de vosotros, cuando os arrodilláis ante vuestro Padre Celestial en oración familiar o en privado, pedís que se os den estos dones? ¿Cuántos de vosotros pedís al Padre, en el nombre de Jesucristo, que se os manifieste a través de estos poderes y dones? ¿O vais día tras día de aquí para allá adonde os lleva el viento, sin sentimiento alguno en cuanto a la cuestión, sin ejercitar nada de fe; contentos de haber sido bautizados y de ser miembros de la Iglesia, descansando y pensando que vuestra salvación está ya por ello asegurada?

“Dios es el mismo, tanto hoy como ayer; …(El) está dispuesto a otorgar estos dones a sus hijos. Yo sé que Dios está dispuesto a sanar a los enfermos, a otorgaros el don de discernir espíritus, del don de la sabiduría, del conocimiento y de profecía, y otros dones que podréis necesitar.

“Si cualquiera de nosotros es imperfecto, es nuestro deber orar por el don que nos hará perfecto. ¿Tengo yo mismo imperfecciones? Estoy lleno de ellas. ¿Cuál es mi deber? Orar a Dios para que me dé los dones que corrijan estas imperfecciones. Si estoy siempre enojado, es mi deber pedir por el don de la caridad, la cual es sufrida y benigna. ¿Soy una persona envidiosa?: Es mi deber pedir por el don de la caridad, que no tiene envidia por nada. Y así con todos los dones del Evangelio. Están para este propósito. Nadie debe decir, “Oh, yo no tengo la culpa; soy así.” Tal persona no se justifica por la razón de que Dios ha prometido damos la fortaleza para corregir estas cosas, y darnos los dones que las harán desaparecer.”[15]

Los dones del espíritu serán suyos: 1) si adquiere comprensión y entendimiento de los dones del espíritu, 2) si los desea, 3) si pide al Señor que se los dé, y 4) si cumple con las leyes que gobiernan los poderes del cielo.

“El hombre que no tiene ningún don, no tiene fe; y se está engañando a sí mismo si cree que la tiene.”[16]

 

II. Presentación de nuestro caso al Señor

Después de que usted haya decidido como quiere que el Señor le ayude, su próximo paso es presentarle su caso. Ore al Señor. Explíquele la razón de este deseo, pero aún más importante, explíquele en gran detalle porqué quiere que tal deseo se cumpla. A través de la historia vemos que el Señor responde a las peticiones del hombre mortal si éste recurre a El con fe y si le presentan una razón bien fundamentada para la bendición que buscan. En un sentido literal, usted necesita aprender a razonar con el Señor. Un buen ejemplo se encuentra en el capítulo 11 de Helamán:

“Y sucedió que cuando Nefi vio que el pueblo se había arrepentido, y se había humillado y vestido de silicio, clamó otra vez al Señor, diciendo:

“¡Oh Señor, he aquí, este pueblo se arrepiente; y ha exterminado de entre ellos la banda de Gadiantón, de modo que ha desaparecido; y han escondido sus planes secretos en la tierra!

“¡Y ahora, oh Señor, apártese de ellos tu ira a causa de su humildad, y apacígüese tu enojo con la destrucción de esos hombres inicuos que ya has talado!

“¡Oh Señor, desvía tu ira, sí, tu ardiente ira, y haz que cese esta hambre en esta tierra!

“¡Oh Señor, escúchame y concede que sea hecho según mis palabras, y envía lluvia sobre la faz de la tierra para que produzca su fruto, y su grano en la época del grano!

“¡Oh Señor, tú escuchaste mis palabras cuando dije: Haya hambre, para que cese la destrucción por la espada! Y sé que también en esta oración escucharás mis palabras, porque dijiste que: Si este pueblo se arrepiente, lo perdonaré.

“Si, ¡oh Señor!, tú ves que se han arrepentido a causa del hambre y la peste y la destrucción que les han sobrevenido.

“Y ahora, oh Señor, ¿no apartarás tu ira y probarás otra vez si quieren servirte? ¡Y si así fuere, oh Señor, puedes bendecirlos de acuerdo con tus palabras que has hablado!” (Helamán 11:9–16)

Al estudiar la vida del profeta José Smith, uno se da cuenta de que él nunca recibió ninguna doctrina nueva, etc., sino hasta que se esforzó y fue al Señor en oración para pedirle mayor aclaración sobre algún punto. (Lea el prefacio de las secciones 76 y 132 de Doctrina y Convenios) Haga todo lo posible por ejercer fe en la promesa del profeta Alma:

“Consulta al Señor en todos tus hechos, y él te dirigirá para bien.” (Alma 37:37)

Cuando busque los poderes del cielo para que le ayuden a lograr un deseo justo, debe abogar su caso ante el Señor diariamente hasta que el mismo se cumpla.

En su relación con su Padre Celestial, uno tiene que pedir a fin de recibir. Generalmente, los miembros de la Iglesia hacen peticiones vagas (por ej.: por favor bendíceme, por favor ayúdame). Uno debe decidirse a solicitar bendiciones más específicas, expresando más claramente los deseos que tiene. Al orar con regularidad y hacer oraciones más específicas, se aumenta la probabilidad de que las oraciones lleguen a ser fervientes y sostenidas por la fe. Desafortunadamente, la mayoría de las personas no le solicitan nada al Señor a menos que estén pasando por una crisis. Usted descubrirá que su relación con el Señor será mucho mejor si busca su ayuda constantemente para el cumplimiento de sus deseos justos en vez de solo pedirle auxilio cuando se enfrente a una crisis. Obviamente, si busca y experimenta la ayuda del Señor diariamente, cuando se enfrente a una crisis, su habilidad de invocar los poderes del cielo será mayor. Cuando no se halla ante una situación difícil, es la tendencia del hombre olvidar su dependencia del Señor.

“Y a causa de su gran perversidad y su jactancia de su propio poder, fueron abandonados a su propia fuerza; de modo que no prosperaron, sino que los lamanitas los afligieron, e hirieron, y hecharon delante de ellos, hasta que los nefitas habían perdido la posesión de casi todas sus tierras.” (Helamán 4:13)

“Y así podemos ver cuán falso e inconstante es el corazón de los hijos de los hombres; sí, podemos ver que el Señor en su grande e infinita bondad bendice y hace prosperar a aquellos que en él ponen su confianza.” (Helamán 12:1)

“Fueron lentos en escuchar la voz del Señor su Dios; por consiguiente, el Señor su Dios es lento en escuchar sus oraciones y en contestarlas en el día de su angustia. En los días de paz estimaron ligeramente mi consejo, mas en el día de su angustia por necesidad se allegan a mí.” (D. y C. 101:7–8)

Los elegidos de Dios son los que no pierden su dependencia de Dios aún cuando no se encuentren en momentos de adversidad. Usted debe esforzarse por hacer sus oraciones diarias de manera ferviente, aunque no tenga problemas urgentes. Sus oraciones serán oraciones poderosas y persuasivas, porque una oración potente es una oración que se escucha y se contesta. Si sus oraciones no están siendo contestadas, quizá esto se deba a que no ora con el poder de la fe y a que no presenta su caso ante el Señor con suficiente fervor.

Una cuestión crítica cuando uno se está esforzando por pedirle ayuda al Señor es la habilidad de reconocer las propias debilidades. Cuando usted logre acercarse más al Señor, percibirá sus debilidades muy claramente. “Si los hombres vienen a mí, les mostraré su debilidad.” (Éter 12:27) Si usted tiene la fe absoluta de que el deseo del Señor es bendecirle y asistirle, usted tendrá la motivación suficiente para esforzarse a superar sus debilidades. Si el Señor ve que una persona se está dedicando más a guardar los mandamientos, está dispuesta a ser más generosa con su contribución al Reino de Dios, etc., El está listo para responderle.

Nuestra relación con Dios es gobernada por leyes. Dios no es nunca caprichoso (inconsecuente, no lógico) en su disposición para bendecimos (vea Mormón 9:9). Siempre va a bendecimos de acuerdo con nuestra fe y rectitud (vea D. y C. 130:20–21; 132:5).

Si el trato de Dios con los hombres no fuese totalmente consistente, Dios dejaría de ser Dios (vea Mormón 9:19).

En su esfuerzo por solicitar la ayuda del Señor a fin de lograr deseos justos, uno no puede depender sólo de oraciones vocales. Debe aprender a ofrecer frecuentes oraciones en silencio.

“Y además, te mando que ores vocalmente así como en tu corazón…” (D. y C. 19:28)

Cuando se encuentre con una situación que le haga dudar de su habilidad para lograr su deseo, pídale ayuda al Señor para mantener su actitud de fe.

 

III. Esfuerzo mental

El proceso mismo del pensamiento es la clave para ejercer fe. En otras palabras, lo que piense acerca de hoy, de mañana, o del próximo mes, moldeará su actitud y determinará lo que logre durante su vida. Los pensamientos influyen en la vida más que cualquier otra cosa.

“¿Cómo podría ser posible que una persona llegue a ser lo que no esté pensando? Ni hay pensamiento alguno, si se persiste en él, que por más pequeño que sea no surta su efecto. La ‘divinidad que da forma a nuestros propósitos’ ciertamente se halla en nosotros.”[17]

A fin de ejercer fe, una vez que haya escogido un deseo justo mediante la oración (por ej.: aumentar su poder adquisitivo, activar a un niño en su clase de la Primaria, etc.), uno debe llegar a preocuparse por su deseo. La fe se puede medir mayormente por la cantidad de tiempo que se pasa pensando en un deseo justo. Si su mente no está preocupada con lo que está tratando de lograr, no es un deseo.

No confunda el tipo de preocupación ansiosa con la preocupación involucrada en ejercer fe. Cuando su mente está más dispuesta a pensar en las consecuencias negativas de los hechos sobre los cuales usted asume tener poco control, eso es mera preocupación. Por el contrario, si su mente medita acerca de las consecuencias posibles de varios cursos de acción que usted va a controlar en gran medida, usted está ejerciendo fe.

La mente es como un campo: uno cosecha lo que planta en él, silo riega y cultiva. Usted debe aprender a seguir la siguiente amonestación del Señor:

“Elevad hacia mí todo pensamiento; no dudéis; no temáis.” (D. y C. 6:36)

Las investigaciones científicas han demostrado que la mayoría de las personas usan su mente en pensamientos constructivos solamente un diez por ciento del tiempo, como promedio. Por consiguiente, la cantidad de fe que ejercen estas personas es extremadamente limitada.

Se nos ha mandado que no dudemos:

“No dudéis, mas sed creyentes…” (Mormón 9:27)

“…donde hay duda e incertidumbre no hay fe, ni puede haberla. Porque duda y fe no se dan en la misma persona al mismo tiempo; de manera que las personas cuya mente se encuentra llena de dudas y temores no pueden confiar sin vacilar; y donde no existe confianza firme, la fe es débil.”[18]

Pensar negativamente no requiere esfuerzo alguno; sin embargo, mantener un estado mental creyente requiere esfuerzo continuo por un buen período de tiempo.

En el proceso de fe, los pensamientos producen un efecto tan literal como el del ejercicio físico. Sus pensamientos, más que cualquier otra cosa, serán el factor determinante de lo que logre en esta vida.

 

Controle su mente

Ejercer fe en tos poderes del cielo es un proceso bastante sencillo, pero requiere un esfuerzo mental continuo.

“Cuando un hombre obra por la fe, obra con esfuerzo mental en vez de esfuerzo fisico.”[19]

El esfuerzo mental involucra los pasos siguientes: 1) entrenarse para estar consciente de los pensamientos, 2) aprender a escudriñar los propios pensamientos para determinar si aumentan o disminuyen la fe, y 3) si un pensamiento reduce su fe, reemplazarlo con un pensamiento que se base en la fe. Por ejemplo, puede reflexionar en la bondad del Señor, en su deseo de bendecir a sus hijos, o en las numerosas promesas de las escrituras que dicen que si pedimos con fe, El nos bendecirá. Si aprende a ejercer el esfuerzo mental suficiente, podrá cultivar la fe necesaria para merecer el poder y la fuerza que vienen por la fe en pro de la justicia.

A fin de esforzarse mentalmente, uno debe tener poder y dominio sobre su propia mente. Uno no debe distraerse fácilmente ni enfocar su mente en nada que no esté de acuerdo con el propósito o el objetivo de la bendición deseada. Por ejemplo, cuando le está pidiendo al Señor una bendición, ¿se encuentra con que está pensando en sus quehaceres u otras preocupaciones cotidianas? La próxima vez que ore o medite, procure controlar su mente suficientemente como para no distraerse durante su tentativa de comunicarse con el Señor. Considere lo ofensivo que sería que una persona a quién le esté hablando continuara leyendo un libro. Igualmente, nuestra conducta le es ofensiva al Señor si dejamos nuestra mente vagar en otras cosas mientras le estamos hablando. Hasta que aprenda a disciplinar su mente y a controlarla completamente, su capacidad de ejercer su fe se verá extremadamente limitada. El poder completo de la mente se da solamente cuando se la enfoca y dirige hacia un fin específico.

“…si tu ojo (el ojo de la mente) es bueno, todo tu cuerpo estará lleno de luz.” (Mateo 6:22)

Si deja que su mente se extravíe en trivialidades y preocupaciones mundanas, usted limitará su capacidad de invocar los poderes del cielo y su mente dejará de serle una fuente de poder.

Descubrirá, sin embargo, que al intentar controlar y enfocar su mente, el diablo le presentará distracciones. Cuando usted controle su mente y no permita que le distraigan, podrá ejercer fe sin límites y utilizar los poderes del cielo a través de su fe.

“El mayor misterio que ha aprendido el hombre es saber cómo controlar la mente humana, y cómo someter cada una de las facultades y poderes de la misma a Jesucristo; este es el misterio más grande que tenemos que aprender mientras moramos en este tabernáculo de barro.”[20]

Necesita recordar constantemente que la mente es literalmente la llave que abre las puertas de los poderes del cielo. Debemos aprender a controlar la mente.

“…(la mente) es el agente del Omnipotente revestida con este tabernáculo mortal, y debemos aprender a disciplinarla, a enfocarla, y a no permitir que el Diablo interfiera con ella y la confunda, ni la desvíe del gran objetivo que tenemos a la vista…

“Si pudiéramos controlar nuestra mente, podríamos controlar a nuestros hijos, nuestra familia, y el Reino de Dios, y lograr que todo ande bien, mucho más fácilmente de lo que podemos ahora.”[21]

Uno necesita ser capaz de controlar su mente para que no se distraiga en los otros hechos y preocupaciones que le rodean, y concentrarla con toda su fuerza en el problema que está tratando de resolver en particular, o en la bendición que está buscando.

“Si una persona disciplina su mente para que esté en armonía con el espíritu y la enfoca totalmente en sus acciones, y en los principios de fe que le otorgarán el poder de Dios, cuán grande será su facilidad para obtener conocimiento…”[22]

En nuestra sociedad actual la música ha llegado a ser un “opio” para la mente. El escuchar música de buena calidad es loable. Si la música se usa como una escapatoria, ésta llega a ser perjudicial. Si una persona se pasa las horas observando deportes pero no hace ejercicios físicos, su cuerpo va a sufrir. Lo mismo ocurre con la mente. Si permitimos que nuestra mente se ocupe en cosas que no requieren ningún esfuerzo, como escuchar música popular, tanto la mente como el espíritu sufrirán.

 

El ojo de la fe

Una de las mejores maneras de esforzarse mentalmente es crear una imagen mental de lo que se está buscando y traerla a la mente repetidas veces. En un sentido literal, nuestros fines deseados necesitan ser creados espiritualmente en el cerebro antes de que se puedan realizar. Mediante el proceso de la fe, usted puede visualizar lo que puede lograr con la ayuda del Señor en una forma de visión. Ver con el ojo de la mente es ver con el “ojo de la fe.” (Alma 5:15; Éter 12:19)

Uno puede adiestrarse mentalmente haciéndose preguntas y pensando en las varias respuestas, explorando las varias soluciones de un problema y pensando con cuidado en las consecuencias de cada alternativa. También el repaso mental es un buen ejercicio. La mente es capaz de ensayar cualquier cosa que intente lograr, tal como tomar un examen, correr una carrera, dar un discurso, o escribir una composición. Todo este proceso puede facilitarse si aprende a dedicar ciertos períodos diarios a la meditación.

 

Pondérelo en su corazón

El diccionario dice que “ponderar” quiere decir “medir en la mente, reflexionar, repasar mentalmente, meditar.” Moroni utilizó el término así al terminar sus anales.

“He aquí, quisiera exhortaros que cuando leáis estas cosas …que lo meditéis (ponderéis) en vuestros corazones.” (Moroni 10:3, letra cursiva del autor)

“Ponderar, según mi manera de ver,” dice el Presidente Romney, “es una forma de oración.”[23] Estos períodos de meditación deben ser dedicados exclusivamente a la oración (durante la cual uno razona con el Señor) o al esfuerzo mental concentrado en sus deseos justos.

Obviamente, cuando uno está orando, uno está en posición de enfocar su mente exclusivamente en sus asuntos y en su relación con el Señor. Sin embargo, para poder ejercer una fe aún mayor, uno necesita aprender a enfocar la mente en deseos justos en esas numerosas ocasiones cuando a uno no se le requiere tratar mentalmente nada en particular. Esto puede darse mientras se alista para salir por la mañana, mientras come o conduce, o cuando se acuesta. La mayoría de las personas han formado malos hábitos mentales. No hacen ningún esfuerzo por controlar o dirigir sus pensamientos durante estos momentos del día.

Las personas que no hacen ningún esfuerzo por controlar sus pensamientos tienden a insistir en pensamientos insignificantes (por ej.: resentimiento, ofensas, celos, ansiedades, contiendas, desprecios, lástima) o dejan que su mente vague sin rumbo.

Las personas que han aprendido a disciplinar su mente al punto de poder concentrarse en un problema por largos períodos de tiempo son las que arriban a ideas y descubrimientos significativos. Esto es evidente en la vida de los profetas, de los líderes de la Iglesia, y de los grandes inventores, tales como Sir Isaac Newton y Albert Einstein. Newton, por ejemplo, concentró toda su energía mental por muchos años en el tema de los problemas matemáticos y mecánicos, hasta que finalmente llegó al descubrimiento de una nueva forma de geometría. Uniendo todas sus energías intelectuales, y refiriéndose a un tema o problema determinado, logró controlar su mente y pudo descubrir mucho más. Es igual con cualquier otra persona. El Élder Boyd K. Packer dijo lo siguiente:

“Tengo un amigo que compró un negocio. Poco tiempo después sufrió catastróficos reveses que le hicieron llegar a la conclusión de que no había salida viable para él. Finalmente la situación llegó al punto en que no podía siquiera dormir, así que por un tiempo se ajustó a la práctica de levantarse a eso de las tres de la mañana para ir a su oficina. Allí, con lápiz y papel en mano, meditaba y oraba y después escribía cada idea que le venía a la mente corno solución o contribución a la solución de su problema.

“No transcurrió mucho tiempo sin que contara con varias opciones, y poco después escogió la que más le convenía. Pero la solución a su problema no fue lo único positivo que extrajo de la experiencia. Al repasar sus notas, se dio cuenta de que poseía innumerables recursos que jamás había notado antes. El resultado fue que ganó más independencia y éxito de los que jamás hubiera ganado de no haber sido por las complicaciones que tuvo que padecer.

“Esta experiencia tiene una lección: uno o dos años más tarde, fue llamado para presidir una misión. Su negocio era tan solvente y estaba tan bien establecido que cuando regresó de su misión no volvió a él. Ahora cuenta con otra persona que se lo administra lo cual le permite dar casi todo su tiempo al servicio de su prójimo.”[24]

 

Sirva a Dios con toda su mente

Al esforzarse por lograr sus metas (deseos), recuérdese constantemente que si usted ejerce la fe necesaria, el Señor le ayudará a lograrlas. Aprender a pensar positivamente durante un largo período de tiempo puede ser difícil porque se deben desarrollar hábitos nuevos, y los hábitos nuevos no se forman fácilmente. Si pierde tiempo pensando en obstáculos imaginarios, el deseo de lograr sus metas no será lo suficientemente fuerte como para motivarle a ser persistente.

Cuando uno enfoca sus pensamientos en lograr sus deseos justos, está sirviendo al Señor con todo su corazón, fuerza y mente. (Véase D. y C. 4:2) A menudo, en nuestro intento de servir al Señor con toda nuestra fuerza (tiempo y energía), no llegamos a servirlo con todo nuestro corazón (emoción y sentimientos), fuerza (autodominio), y mente (inteligencia y habilidad de razonar). Usted encontrará que su habilidad de lograr sus deseos justos aumentará si aprende a controlar la mente y a enfocar sus energías mentales.

Si se está dirigiendo al Señor constantemente para que le ayude con sus varios deseos justos, está cumpliendo con la amonestación del Señor de “deja(r) que tus pensamientos se dirijan al Señor.” (Alma 37:36)

Lo que usted piensa, le conduce a la fe o le disminuye la habilidad de ejercerla. Sus pensamientos, con respecto a la fe, no pueden ser neutrales. Si sus pensamientos no son productivos o edificantes, tiene la responsabilidad de reemplazarlos por otros que sí lo son. El Señor ha amonestado “que si no os cuidáis a vosotros mismos, y vuestros pensamientos… debéis perecer.” (Mosíah 4:30) Se le incrementará la iniciativa de controlar sus pensamientos si recuerda constante el mandamiento de refrenarse de la ociosidad. (Alma 38:12; D. y C. 42:42; 60:13; 75:3, 29; 88:124) Esto también se aplica a los pensamientos ociosos –los que el Señor ha mandado que “desechemos.” (D. y C. 88:69)

El poder de la fe por medio del pensamiento puede ser latente o aparente, concentrado o diluido, usado o sin usar. Su habilidad de invocar este poder aumentará con esfuerzo; cuanto más se esfuerce por controlar sus pensamientos, mayor será su capacidad de enfocar su mente.

 

Altere sus pensamientos

Algunas personas tienden a atribuir a las circunstancias su falta de habilidad para lograr sus deseos justos. Al comprender la naturaleza de la fe, usted se dará cuenta de que puede cambiar sus circunstancias alterando su actitud y ejerciendo fe.

“El hombre es literalmente lo que piensa, ya que su carácter es la suma total de todos sus pensamientos.”[25]

“El pensamiento que ocupa vuestra mente en este momento está contribuyendo, casi imperceptiblemente, pese a lo infinitesimal que sea, a la formación de vuestra alma… hasta los pensamientos pasajeros y ociosos dejan su huella.”[26]

“Sabré cómo eres si me dices lo que piensas cuando no tienes que pensar en nada.”[27]

“Porque cual es su pensamiento en su corazón, tal es él.” (Proverbios 23:7)

Si usted altera radicalmente sus pensamientos, se asombrará de cuán rápido se transforman las condiciones materiales de su vida. Sus pensamientos dictan sus circunstancias porque los pensamientos gobiernan los hábitos, y éstos dictan las circunstancias. Todas las acciones, tanto espontáneas como premeditadas, son el producto de nuestros pensamientos.

Uno ejerce su libre albedrío tanto con los pensamientos, como con las acciones. De todas las criaturas sobre la tierra, sólo el hombre puede cambiar el modelo de sus pensamientos y llegar a ser el arquitecto de su destino. Desafortunadamente, muchos miembros de la Iglesia no se esfuerzan por disciplinar sus pensamientos. Hacen algún esfuerzo por evitar los pensamientos vulgares y obscenos, pero no se esfuerzan por controlar y dirigir sus pensamientos. Cuando una persona anda a tientas, decimos que “no se ha encontrado a sí misma.” Esta frase no es correcta, Uno no se encuentra a sí mismo. Uno se crea.

“Cada uno de nosotros es el arquitecto de su propio destino; y desafortunado en verdad aquél que trata de formarse a sí mismo sin la inspiración de Dios, sin darse cuenta de que se crece desde adentro y no desde afuera.”[28]

En el juicio final, nuestros pensamientos y las intenciones de nuestro corazón serán conocidos. (D. y C. 88:109) El Presidente Kimball ha dicho que ya que nuestros pensamientos y nuestras intenciones van a ser revelados, quiere decir que también se están registrando.

“Los hechos y los pensamientos de los hombres deben de estar escritos en el cielo, …¡Ciertamente no forzamos mucho la imaginación en estos días modernos con creer que nuestros pensamientos igualmente quedarán grabados por algún medio que hoy es sólo del conocimiento de seres superiores!”[29]

El Señor ha dicho que seremos juzgados según nuestros pensamientos:

“…nuestros pensamientos también nos condenarán;…” (Alma 12:14)

Es inquietante darnos cuenta de que cada pensamiento será grabado y será un factor crítico en el juicio final.

Algunas personas no se dan cuenta de la influencia de los pensamientos en la vida, y por consiguiente no hacen mucho esfuerzo por controlar sus pensamientos. A toda persona le faltará dirección y significado en la vida a menos que sea capaz de definir muy claramente en su mente lo que quiere lograr en la vida y entrenarla entonces a fin de enfocarla en sus deseos justos.

 

IV. Esfuerzo continuo

Empezará a sentir el poder de la fe cuando, por algunas semanas seguidas, usted haya logrado mantener la disciplina mental necesaria para una vida recta. Debe resolverse a esforzarse mucho por ejercer fe en su habilidad de invocar los poderes del cielo; nunca experimentará el poder de la fe en gran medida a menos que esté dispuesto a mantener sus esfuerzos en forma continua a medida que pasa el tiempo. Resuélvase a poner a prueba este principio haciendo el esfuerzo necesario aunque al comienzo le sea difícil.

Por ejemplo, si su deseo justo es cultivar el don del discernimiento, pruebe el proceso de cultivar este don siguiendo los pasos prescritos en este libro por varias semanas consecutivas.

Una vez que logre usar exitosamente su fe como principio de poder para alcanzar un deseo justo, repita el proceso con otro deseo justo, y así con otro, y con otro. Una vez que se haya convertido verdaderamente a la fe como principio de poder, se dará cuenta de que no hay prácticamente límite alguno en lo que se puede lograr cuando se es capaz de invocar los poderes del cielo para su propio beneficio.

Si obra constantemente usando la fe como fuente de poder, hallará que el proceso llega a ser más fácil hasta hacerse casi espontáneo. Su deseo principal debe ser el de controlar su mente para que piense en lo que en verdad quiere pensar. Para lograr esto, necesita llegar a estar consciente de sus pensamientos y aprender a escudriñarlos, y finalmente, a reemplazar las dudas y temores por deseos justos (metas predeterminadas). Al aprender a controlar y dirigir su forma de pensar, podrá utilizar los poderes del cielo para ayudarle en todos los aspectos de su vida.

 

Notas

[9] S. Dilworth Young, discurso dado en la Casa Misional, junio 1975.

[10] Spencer W. Kimball, Seminario de Representates Regionales, abril 3, 1975.

[11] Spencer W. Kimball, “Boys Need Heroes Close By,” Ensignmayo 1976, pág. 46.

[12] Brigham Young, Journal of Discourses3:225.

[13] Idem, 13:336.

[14] Idem, 8:57.

[15] George Q. Cannon, Millennial Star, 16 de abril, 1894, pág. 260; citado en Melchizedek Priesthood Personal Study Guide1977–78, págs. 153–154.

[16] José Smith, Enseñanzas del Profeta José Smith, (S.L.C.: Deseret Book, 1976), pág. 330.

[17] Spencer W. Kimball, El Milagro del Perdón, págs. 104–105, letra cursiva en el original.

[18] José Smith, Lectures on Faithedición citada, págs. 59–60.

[19] José Smith, obra citada, pág. 61, letra cursiva del autor.

[20] Brigham Young, Journal of Discourses1:46–47.

[21] Orson Hyde, Journal of Discourses7:153.

[22] Orson Pratt, Journal of Discourses7:155–156.

[23] Marion G. Romney, “Magnifying One’s Calling in the Priesthood,” Ensignjulio 1973, págs. 90–91.

[24] Boyd K. Packer, Enseñad Diligentemente(S.L.C.: Deseret Book, 1975), pág. 212.

[25] Spencer W. Kimball, El Milagro del Perdónobra citada, pág. 101.

[26] David O. McKay, citado en El Milagro del Perdón, ob. cit., pág. 103.

[27] David O. McKay, True to the Faith, (S.L.C.: Bookcraft, 1965)pág. 270.

[28] David O. McKay, “True End of Life,” The Instructor, enero 1964, pág. 1.

[29] Spencer W. Kimball, El Milagro del Perdón, ob. cit., págs. 107 y 109.