“Las piedras angulares de nuestra fe”

 

(Gordon B. Hinckley, “La Fe, Esencia de la Religión Verdadera”, Cap. 2, págs. 7—13)

 

Las piedras angulares de nuestra fe

 

Cuando la Iglesia construye un nuevo templo, se lleva a cabo una ceremonia para instalar la piedra angular con una tradición que data de tiempos antiguos. Antes de emplear el cemento en general, se instalaba el cimiento de las paredes con grandes piedras. Se excavaba una zanja en cuyo fondo se colocaban piedras como fundamento. Comenzando desde ese punto, el cimiento de una pared se emplazaba en dirección a una piedra angular; luego, desde esa esquina, se proseguía hacia la siguiente, donde se colocaba otra piedra angular; desde allí, se continuaba hasta la otra esquina y así, sucesivamente, hasta llegar de nuevo al punto de partida.

En muchos casos, incluso en la construcción de los primeros templos de la Iglesia, en cada empalme de las paredes se colocaba, mediante ceremonia, una piedra angular. A la última de ellas se le refería como la piedra principal del ángulo, y su colocación era motivo de grandes celebraciones. Una vez colocada esa piedra angular, los cimientos quedaban entonces preparados para la superestructura. De ahí la analogía que Pablo usó para describir la iglesia verdadera: “Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor” (Efesios 2:19—21).

Nosotros tenemos piedras angulares fundamentales sobre las que el Señor estableció y edificó, “bien coordinada”, la iglesia de los últimos días. Son absolutamente esenciales para esta obra, su cimiento mismo, las áncoras sobre que descansa. La primera y principal piedra angular que reconocemos y honramos es el Señor Jesucristo. La segunda es la visión concedida al profeta José Smith cuando se le aparecieron el Padre y el Hijo. La tercera es el Libro de Mormón, que habla como una voz desde el polvo con palabras de antiguos profetas que declaran la divinidad y la realidad del Salvador de la humanidad. La cuarta es el sacerdocio con todos sus poderes y autoridad, mediante el cual los hombres pueden actuar en el nombre de Dios para administrar los asuntos de Su reino. Quisiera hacer un comentario sobre cada una de estas cosas.

Algo absolutamente fundamental para nuestra fe es el testimonio que tenemos de que Jesucristo es el Hijo de Dios y que, de conformidad con un plan divino, nació en Belén de Judea. El creció en Nazaret como hijo de un carpintero, llevando en Su persona tanto la naturaleza mortal como la inmortal que recibió, respectivamente, de Su madre terrenal y de Su Padre Celestial.

Durante Su breve ministerio terrenal, Jesús recorrió los polvorientos caminos de Palestina curando a los enfermos, devolviendo la vista a los ciegos, restituyendo la vida a los muertos, enseñando Su trascendental y hermosa doctrina. Él fue, tal como lo profetizó Isaías, un “varón de dolores, experimentado en quebranto” (Isaías 53:3). Se allegaba a los afligidos y los invitaba a que pusieran sus cargas sobre El, diciéndoles: “Mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mateo 11:30). “Anduvo haciendo bienes”, y fue odiado por ello (Hechos 11:30). Sus enemigos lo persiguieron. Fue arrestado, juzgado en base a acusaciones falsas, condenado a fin de satisfacer las demandas del populacho y sentenciado a morir en la cruz en el monte de la Calavera. Le atravesaron con clavos las manos y los pies; agonizante y dolorido, fue colgado allí al haberse ofrecido para expiar los pecados de la humanidad. En Su momento final, exclamó: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34).

Jesús fue sepultado en una tumba prestada y al tercer día se levantó de ella. Hizo entonces Su aparición triunfal como vencedor de la muerte, primicias de todos los que durmieron. Con Su resurrección, trajo la promesa a toda la familia humana de que la vida es sempiterna, que así como en Adán todos mueren, en Cristo todos serán vivificados (véase 1 Corintios 15:20—22). No hay nada en toda la historia de la humanidad que se compare a la maravilla, el esplendor, la magnitud o los frutos de la vida insuperable del Hijo de Dios, quien murió por cada uno de nosotros. El es nuestro Salvador. El es nuestro Redentor. Tal como lo profetizó Isaías: “Se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz” (Isaías 9:6).

El es la principal piedra angular de la Iglesia que lleva Su nombre —La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días. No hay otro nombre dado a los hombres en que podamos ser salvos (véase Hechos 4:12). El es el autor de nuestra salvación y el que nos da la vida eterna (véase Hebreos 5:9). No hay otro como El. Nunca lo ha habido y nunca lo habrá. Agradezcamos a Dios por habernos dado a Su Hijo Amado, quien sacrificó Su vida para que nosotros podamos vivir y es la principal e inamovible piedra angular de nuestra fe y de Su iglesia.

La segunda piedra angular es la primera visión que recibió el profeta José Smith. Fue en el año 1820, durante la primavera. Aquel jovencito fue, con sus preguntas, a una arboleda en la granja de su padre y, una vez allí, encontrándose solo, suplicó en oración que se le concediera la sabiduría que Santiago prometió que se les daría abundantemente a todos aquellos que, con fe, la pidieran de Dios (véase Santiago 1:5). Allí, en circunstancias que describió detalladamente, el joven contempló al Padre y al Hijo —al Dios magnífico del universo y al Señor resucitado— los cuales le hablaron.

Esa experiencia trascendental inició la maravillosa obra de la restauración y abrió las puertas a la prometida “dispensación del cumplimiento de los tiempos”.

Durante más de un siglo y medio, muchos enemigos, críticos y seudoeruditos han malgastado su vida tratando de refutar la validez de aquella visión. Por supuesto, no pueden comprenderla. Las cosas de Dios han de entenderse por el Espíritu de Dios. No ha habido nada que pueda compararse en magnitud a dicha visión desde que el Hijo de Dios anduvo en la tierra como ser mortal. Sin esta piedra fundamental de nuestra fe y de nuestra organización, nada tenemos. Con ella, lo tenemos todo.

Mucho se ha escrito y se escribirá aún para tratar de contradecirla. La mente finita no puede comprenderla, pero la aseveración del Espíritu Santo que un incalculable número de personas han recibido durante muchos años desde que aconteciera, da testimonio de su veracidad, de que sucedió tal como José Smith lo declaró, de que fue tan real como el mismo amanecer en Palmyra, de que es una significativa piedra fundamental, una piedra angular, sin la cual la Iglesia no podría estar “bien coordinada”.

La tercera piedra angular es el Libro de Mormón. Yo puedo tenerlo en mis propias manos, porque es real. Contiene un peso y una substancia que puede medirse físicamente. Puedo abrir sus páginas y leerlo, y su lenguaje es hermoso y edificante. Los antiguos anales de los cuales fue traducido salieron de la tierra como una voz que habla desde el polvo. Llegó como testimonio de varias generaciones de hombres y mujeres que vivieron sobre la tierra, lucharon contra la adversidad, altercaron y pelearon y que en algunas ocasiones vivieron en base a la ley divina y prosperaron, mientras que en otras se apartaron de Dios y fueron destruidos. Contiene lo que ha dado en llamarse el quinto Evangelio, un emotivo testamento del nuevo mundo concerniente a la visita del Redentor resucitado a las tierras del hemisferio occidental.

La evidencia de su veracidad y de su validez en un mundo propenso a exigir pruebas, no se basa en la arqueología ni en la antropología, aunque estas ciencias podrían ser de ayuda para algunos. No se apoya en el análisis de palabras ni en la investigación histórica. La evidencia de su veracidad y de su validez se encuentra en sus propias páginas. La prueba de su verdad proviene de su lectura. Es un libro de Dios. Algunas personas razonables podrían cuestionar con sinceridad su origen, pero todo aquel que lo lea con buen espíritu podrá llegar a saber, mediante un poder que supera sus sentidos naturales, que es verdadero, que contiene la palabra de Dios, que describe las verdades salvadoras del Evangelio sempiterno, que se recibió por medio del don y el poder de Dios “para convencer al judío y al gentil de que Jesús es el Cristo” (portada del Libro de Mormón).

El Libro de Mormón se encuentra aquí. Debemos explicarlo. Y sólo puede explicarse como su propio traductor explicó su origen. Juntamente con la Biblia, a la cual acom­paña, constituye otro testimonio para una generación incrédula de que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Es una piedra angular inexpugnable de nuestra fe.

La piedra angular número cuatro es la restauración del poder y autoridad del sacerdocio en la tierra. Dicha autoridad les fue conferida antiguamente a los hombres. La autoridad menor fue dada a los hijos de Aarón para que administraran las cosas temporales como así también algunas sagradas ordenanzas eclesiásticas, y el sacerdocio mayor fue dado por el Señor mismo a cada uno de Sus Apóstoles cuando declaró: “A ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos” (Mateo 16:19).

Su completa restauración incluyó la aparición del precursor de Cristo, Juan el Bautista, quien fue decapitado para satisfacer el capricho de una mala mujer, y de Pedro, Jacobo y Juan, quienes caminaron fielmente con el Maestro antes de Su muerte y, después, proclamaron Su resurrección y divinidad. Incluyó asimismo a Moisés, a Elías y a Elías el Profeta, para que cada uno de ellos trajera las llaves del sacerdocio a fin de completar la obra de restaurar todas las ceremonias y ordenanzas de las dispensaciones anteriores en esta grande y última “dispensación del cumplimiento de los tiempos”.

El sacerdocio se halla ahora aquí. Se nos ha conferido. Actuamos mediante esa autoridad. Hablamos como hijos de Dios en el nombre de Jesucristo y como poseedores de esta divina investidura que hemos recibido. Lo sabemos bien porque hemos presenciado el poder del sacerdocio. Hemos visto sanar a los enfermos, hacer caminar a los cojos e iluminar con conocimiento y entendimiento a los que permanecían en tinieblas.

Pablo escribió lo siguiente con respecto al sacerdocio:

“Nadie toma para sí esta honra, sino el que es llamado por Dios, como lo fue Aarón” (Hebreos 5:4). No lo hemos obtenido comprándolo ni negociándolo. El Señor lo ha conferido a hombres considerados dignos de recibirlo, no importa cuál sea su condición social, el color de su piel ni la nación en que vivan. Es el poder y la autoridad para gobernar en cuanto a los asuntos del reino de Dios. Sólo se confiere por ordenación mediante la imposición de manos por parte de aquellos que tienen la autoridad para hacerlo. La condición para merecerlo es la obediencia a los mandamientos de Dios. No existe otro poder como éste en la tierra. Su autoridad se extiende mis allá de esta vida, por detrás del velo de la muerte, hacia la eternidad. Su trascendencia es sempiterna.

Estos son los dones recibidos de Dios como piedras angulares inamovibles que cimientan La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días, como asimismo el testimonio y la convicción personal de sus miembros: (1) la realidad y la divinidad del Señor Jesucristo como el Hijo de Dios; (2) la sublime visión del Padre y del Hijo concedida a José Smith para introducir la “dispensación del cumplimiento de los tiempos”; (3) el Libro de Mormón como la palabra de Dios para declarar la divinidad del Salvador; y (4) el sacerdocio de Dios conferido divinamente a fin de que se ejerza con toda justicia para bendecir a los hijos de nuestro Padre Celestial. Cada una de estas piedras angulares se relaciona con las demás, conectadas entre sí por el fundamento de Apóstoles y Profetas, todas subordinadas a la principal piedra del ángulo, que es Jesucristo. Su iglesia ha sido establecida, “bien coordinada”, para bendición de todos los que acepten Su ofrenda (véase Efesios 2:21).

Por tanto, afirmada en sus cimientos y bien coordinada en su estructura, la Iglesia permanece como la creación del Todopoderoso. Es un refugio contra las tormentas de la vida. Es un refugio de paz para los afligidos. Es una casa de auxilio para los necesitados. Es la protectora de la verdad eterna y maestra de la voluntad divina. Es la Iglesia verdadera y viviente del Maestro.