“La fe y los poderes celestiales”

 

Grant Von Harrison, “Invocando los Poderes Celestiales

Capítulo 2: “La fe y los poderes celestiales”

 

Al desarrollar una fe básica en el plan de salvación, arrepentirse, adquirir un testimonio del evangelio restaurado, y vivir en armonía con el evangelio, uno está en posición de ejercer la clase de fe que invoca los poderes del cielo. Estos poderes le permitirán lograr los deseos justos que requieran la ayuda del Señor, tales como obtener un buen trabajo, deshacerse de malos hábitos, ayudar a alguien a convertirse al evangelio, o contar con el poder del Espíritu Santo al dar un discurso.

A menos que ejerza suficiente fe, usted le niega al Señor la oportunidad de ayudarle en su vida diaria. Las escrituras nos enseñan que ciertos poderes del cielo son gobernados por la fe del hombre mortal:

“Y en ningún tiempo ha obrado alguien milagros sino hasta después de su fe.” (Éter 12:18, letra cursiva del autor.)

“El Señor tiene poder de hacer todas las cosas para los hijos de los hombres, si es que ejercen la fe en él.” (1 Nefi 7:12, letra cursiva del autor.)

“No neguéis el poder de Dios; porque él obra por poder, de acuerdo con la fe de los hijos de los hombres.” (Moroni 10:7, letra cursiva del autor.)

“Porque he aquí, yo soy Dios; y soy un Dios de milagros …y nada obro entre los hijos de los hombres sino de conformidad con su fe.” (2 Nefi 27:23, letra cursiva del autor.)

“Y Cristo ha dicho: Si tenéis fe en mí, tendréis poder para hacer cualquier cosa que me sea menester.” (Moroni 7:33)

“Recuerda que sin fe no puedes hacer nada.” (D. y C. 8:10, letra cursiva del autor.)

Moroni entendía el papel de la fe en la invocación de los poderes del cielo. Esto es evidente en su respuesta a una revelación que recibió concerniente a la habilidad de superar sus flaquezas. (Éter 12:2) Esto es lo que declaró al expresar su gratitud al Señor:

“Y yo, Moroni, habiendo oído estas palabras, me consolé, y dije: ¡Oh Señor, hágase tu justa voluntad!, porque sé que obras con los hijos de los hombres según su fe; …Pues así te manifestaste a tus discípulos; porque después que tuvieron fe y hablaron en tu nombre, te mostraste a ellos con gran poder.” (Éter 12:29, 31)

Jesús hacía milagros según la fe de la gente, como se ve en las siguientes escrituras: Mateo 8:13, 9:20–22, 13:58; 3 Nefi 17:8.

Es importante entender que la influencia de los poderes celestiales en la vida es gobernada o controlada por la fe. En otras palabras, las manos del Señor están atadas a menos que ejerzamos la fe. Así como la fe sin obras es muerta (Santiago 2:14–20), las obras sin fe son muertas y no gozan del apoyo de los poderes del cielo. El Señor ha dicho que si tenemos temores (dudas) en el corazón, nos privamos de las bendiciones del cielo. (D. y C. 67:3) Por ejemplo, si a uno le falta fe, puede pasar horas en preparaciones para una clase de la Escuela Dominical sin lograr eficacia alguna en llegarles al corazón a sus alumnos. Por mucho tiempo que pase haciendo una tarea, su alcance máximo es limitado a menos que aprenda a ejercer la fe necesaria para invocar el poder y la fuerza del Señor que están a su disposición.

Estimo que de los miembros de la Iglesia motivados a pagar un diezmo justo, hay muchos que se niegan las bendiciones que resultan del pago de los mismos al no ejercer la fe suficiente para permitir que el Señor los bendiga por su obediencia a la ley de los diezmos. Debemos damos cuenta que quien paga los diezmos, cumple con sólo una parte de la ley. La ley completa requiere que tengamos la fe necesaria para recibir las bendiciones del Señor al pagar los diezmos. Este mismo principio funciona igualmente con la bendición de los enfermos. El Señor no bendice a la persona más allá de la fe combinada de todos los que toman parte en la bendición. Claro es que hay muchas bendiciones que al Señor le gustaría extender a los miembros de la Iglesia si estos tan sólo ejercieran la fe que le permitiera hacerlo. En otras palabras, nuestra vida justa (obras dignas) generalmente excede nuestra fe. Si nuestra fe fuera mayor, alcanzaríamos muchas más bendiciones que el Señor quiere que tengamos, y para las cuales nos hemos calificado como resultado de nuestras buenas obras.

El procedimiento del cultivo de la tierra provee un excelente ejemplo de la fe como motivación de la acción que, bajo ciertas condiciones, requiere que solicitemos ayuda divina. Analicemos este proceso. La fe que tenemos en el proceso de la vida nos motiva a plantar las semillas, regarlas, etc. Sin embargo, si vemos que viene una calamidad como una sequía o, como en los primeros días de la Iglesia, las langostas, quizás nos haga falta invocar los poderes del cielo para salvar la cosecha.

Consideremos al misionero que tiene la tarea de aprender las charlas. La fe le dará la seguridad de que puede aprenderlas si se aplica a hacerlo. Si sólo cuenta con el tipo de fe que le motiva a actuar, el tiempo que tarde en aprenderlas dependerá de su habilidad. Sin embargo, si ejerce la fe necesaria para invocar los poderes del cielo, su habilidad para aprender será aumentada por el Espíritu y podrá aprender las charlas en mucho menos tiempo.

El papel de la fe para motivar, así como el poder que puede emanar de ella, se aplica a todo aprendizaje. Mediante los poderes del cielo, podemos aumentar nuestras habilidades intelectuales. Además, el Señor ha dicho que podemos recibir instrucciones del cielo si buscamos conocimiento mediante “la oración de fe.” (D. y C. 52:9) Por los poderes del cielo, entendimiento e ideas nos pueden ser revelados. Esta promesa se aplica a todas las áreas y no solamente a la teología. Por ejemplo, si a ciertos padres se les presentan dificultades para resolver los problemas de conducta de un hijo, pueden recibir inspiración para saber cómo solucionar tal dilema familiar.

Analicemos el papel que la fe desempeña en la inspiración. Si una persona se encuentra frente a una decisión, la fe puede motivarla a que ore y busque la ayuda de su Padre Celestial. Sin embargo, a menos que ejerza la fe necesaria para invocar los poderes del cielo, el Señor no puede inspirarle en cuanto a su problema. En otras palabras, la fe del individuo gobierna en gran parte su habilidad de recibir inspiración.

Otro ejemplo es el esfuerzo que hace un santo de los últimos días por inspirar a un investigador a que se una a la Iglesia. La fe puede motivarle en los aspectos externos, dándole el deseo de visitarle o hermanarle. Mediante el poder de la fe, el miembro de la Iglesia puede pedir que el Espíritu toque el corazón del no–miembro para que tenga deseos de investigar el evangelio.

En cada uno de estos ejemplos, es fácil ver el papel de la fe como un principio de motivación y como un principio de poder para solicitar los poderes del cielo. En el futuro, usted debe esforzarse por analizar el papel de la fe en sus afanes. Debe hacer un esfuerzo consciente por analizar el papel de la fe que le motiva a actuar, y los casos en que la situación requiera la fe como principio de poder. Al hacer esto, estará mucho más consciente del poder de la fe en su vida.

En resumen, debemos pedirle al Señor constantemente que nos ayude a lograr nuestros deseos justos y entonces asegurarnos de que la fe acompañe nuestras buenas obras, permitiendo de esta manera, que el Señor nos bendiga.

 

La fe, clave de la excelencia

En el curso de su vida se le exigirán muchas cosas que no podrá hacer con cierto grado de excelencia, sin la ayuda del Señor. Habrá muchas de las cosas que hace a diario que podría hacer mucho mejor si supiera solicitar la ayuda de los poderes del cielo. Para poder alcanzar su potencial máximo, debe aprender a tener fe en que el Señor le ayudará a lograr sus metas y sus esperanzas, las cuales no podrá lograr sin la ayuda del Señor. El ejercicio de este género de fe sigue un proceso muy específico que hay que aprender y dominar.

 

La rectitud, un requisito previo a la fe

A menos que su vida esté en armonía con los dogmas básicos del evangelio (ej.: pureza de pensamiento y acciones, motivos justos, obediencia, y dedicación) no podrá ejercer la fe que le dé acceso a los poderes del cielo. (Véase Mormón 1:13–14) El Señor ha estipulado que “los poderes del cielo… no pueden ser gobernados ni manejados sino conforme a los principios de justicia.” (D. y C. 121:36) Cuando uno guarda los mandamientos, (paga un diezmo justo, estudia el evangelio, desempeña concienzudamente sus cargos en la Iglesia, se abstiene de malas conversaciones) uno puede utilizar los poderes del cielo para bendecir su vida.

“Yo, el Señor, estoy obligado cuando hacéis lo que os digo; mas cuando no hacéis lo que os digo, ninguna promesa tenéis.” (D. y C. 82:10)

Bruce R. McConkie nos dice que, “La fe es un don otorgado por Dios en recompensa por nuestra rectitud personal. Siempre se da cuando hay rectitud; y cuanto más obediencia a las leyes de Dios, mayor será la fe otorgada.”[4] Por consiguiente, sólo las personas que obedecen los principios de verdad que vienen del Señor pueden ejercer su fe como fuente de poder.

Si Ud. puede contestar las siguientes preguntas en forma afirmativa, puede estar seguro de que su vida está lo suficientemente en armonía con los principios del evangelio como para ejercer su fe como principio de poder.

1. Si usted ha transgredido la ley de castidad, ¿ha sido absuelto por la debida autoridad del sacerdocio?

2. ¿Se esfuerza usted por desempeñar sus obligaciones en la Iglesia, asistiendo a las reuniones sacramentales y las del sacerdocio?

3. ¿Apoya usted al Presidente de la Iglesia como Profeta, Vidente y Revelador, reconociendo que ningún otro hombre en la tierra posee todas las llaves del sacerdocio?

4. ¿Apoya a tos líderes locales y a las autoridades generales de la Iglesia?

5. ¿Paga un diezmo justo?

6. ¿Es usted totalmente honrado en sus tratos con sus semejantes?

7. ¿Observa la Palabra de Sabiduría?

8 ¿Se esfuerza por cumplir con las reglas y doctrinas aceptadas de la Iglesia?

9. ¿Lee las escrituras regularmente?

10. ¿Se abstiene de conversaciones que podrían ofender al Señor?

11. Si ha hecho algo que ha perjudicado a la Iglesia o que haya requerido el arrepentimiento debido, ¿lo ha aclarado con la debida autoridad?

En cuanto a su dignidad personal, debe darse cuenta de lo grave que es mentir a un representante del Señor o no vivir de acuerdo con lo que le haya prometido. El Señor no tolera la tergiversación de los hechos al entrevistamos con uno de sus representantes escogidos. El Presidente Kimball nos ha advertido que: “Los que mienten a las autoridades de la Iglesia olvidan o pasan por alto una importante regla y verdad que el Señor ha establecido: que cuando El llama a los hombres a cargos importantes en su reino, y se ha colocado sobre ellos el manto de autoridad, el mentir a ellos es equivalente a mentirle al Señor; una media verdad a sus oficiales es como una media verdad al Señor.”[5] El Señor no dejará que se burlen de él. Si el lector siente que necesita más aclaración en cuanto a la confesión, lea el libro del Presidente Kimball, El Milagro del Perdón.

 

Los deseos justos y la fe

El Señor ha prometido que les concederá a los hombres según sus deseos.

“Sé que él (el Señor) concede a los hombres según lo que deseen.” (Alma 29:4)

“De cierto, de cierto te digo, que se te concederá según lo que de mí deseares.” (D. y C. 11:8)

El deseo es más que una esperanza, es la convicción motivadora que hace que una persona actúe. Los siguientes pasajes de un discurso del Elder Bruce R. McConkie a ciertos nuevos presidentes de misión, nos proveen una mayor comprensión de la relación entre deseo y fe:

“Bautizar es cuestión de actitud, deseo, y sentimiento. Queremos que nuestros hermanos se conviertan a la Iglesia, y nunca le decimos a un misionero: ‘No bautice a menos que…’ Siempre le decimos: ‘Ud. puede bautizar; hay personas buenísimas en el mundo; y esta es la forma de lograrlo.’ Le damos un enfoque inteligente y afirmativo, y le enseñamos cómo se hace; y lo motivamos. Entonces, el Señor hace lo demás y los misioneros encuentran personas que se unen a la Iglesia. ‘Si puedes creer, al que cree todo le es posible.’ (Marcos 9:23)

“Tenemos que pedir al Señor que nos ayude; tenemos que buscar conversos; tenemos que desear bautismos; tenemos que saber que recibimos según nuestros deseos, y si deseamos conseguir tal y tal cosa, y tenemos fe en el Señor, lo vamos a lograr.

“No estamos obteniendo tos resultados que debiéramos. No estamos teniendo el número de bautismos que, a mi juicio, el Señor espera de nosotros. Hasta cierto punto, estamos dando vueltas sin progresar…

“Quizás lo que está mal sea que no hayamos deseado con fe, y con todo nuestro corazón, traer almas al reino. Quizás no nos hemos convencido a nosotros mismos de que es posible convertir y de que sí convertiremos a muchos a la Iglesia.

“Ahora, con toda franqueza, el que convirtamos muchas personas o pocas depende, en gran parre, de nuestra manera de pensar.”[6]

Vemos un ejemplo de lo que el Elder Bruce R. McConkie dice en las labores misionales de Alma. En el octavo año del reino de los jueces, Alma era el juez superior así como el sumo sacerdote (el presidente) de la Iglesia. La Iglesia empezó a fallar en su pro­greso porque los miembros empezaron a ponerse orgullosos, y a tener el deseo de obtener riquezas y las cosas vanas del mundo. En un esfuerzo por corregir la situación, Alma designó a otra persona que fuera el juez superior sobre la gente para que él pudiera dedicarse exclusivamente al ministerio.

El deseo fuerte de Alma de ver a las personas unirse a la Iglesia se hace evidente cuando el pueblo de Ammoníah rechaza su mensaje. Cuando Alma intentó predicar al pueblo de Ammoníah, la gente no lo escuchó porque Satanás tenía dominio sobre sus corazones. Pero Alma todavía deseaba verlos bautizarse. Oró que se preparara el camino para que él pudiera bautizarlos. El libro dice que, “se esforzó mucho en espíritu, instando a Dios en ferviente oración que derramara su Espíritu sobre el pueblo que se hallaba en la ciudad; y que también le concediera bautizarlos para arrepentimiento.” (Alma 8:10)

Según el deseo de Alma, el Señor preparó entonces el camino para el bautismo de un hombre muy prominente y rico, Amulek, con su esposa, sus hijos, y sus parientes. (Alma 10:11)

Después de su conversión, Amulek se alió con Alma en la obra, resultando que muchas de las personas de Ammoníah “…empezaron a arrepentirse y a escudriñar las escrituras.” (Alma 14:1) Amulek continuó ayudando en la obra algunos años más …Y se generalizó el establecimiento de la Iglesia por toda la comarca, en toda la región circunvecina, entre todo el pueblo de los nefitas.” (Alma 16:15)

De la narración de la labor misional de Alma, es obvio que Amulek jugó un papel muy importante en el establecimiento de la Iglesia en esa región. Parece que el éxito final que tuvo Alma al ver miles de personas bautizarse, nunca se habría dado si no hubiera deseado bautizar a la gente de Ammoníah con todo su corazón, aunque todos habían rechazado su mensaje al principio.

Más tarde, al emprender Alma otra misión, esta vez entre los zoramitas, oró otra vez para tener éxito.

“¡Oh Señor, consuela mi alma y concédeme el éxito… ¡Oh Señor, concédenos que podamos lograr el éxito en traerlos nuevamente a ti en Cristo!” (Alma 31:32, 34)

Otra vez Alma convenció al Señor que estaba dispuesto a pagar cualquier precio a fin de tener éxito.

“¡Oh Señor, dame la fuerza para que pueda sobrellevar mis flaquezas… Oh Señor, concédeme que tenga la fuerza, para que pueda sufrir con paciencia estas aflicciones que vendrán sobre mí.” (Alma 31:30–31)

Y otra vez el Señor le concedió éxito en sus labores según sus deseos.

Vemos este mismo modelo en la labor misional de Ammón, hijo de Mosíah. El deseo de Ammón resultó en la conversión de un hombre de mucha influencia (el Rey Lamoni). El camino se abrió y miles fueron bautizados. Es importante darse cuenta de que Ammón no fue exitoso en sus labores misionales sino hasta que sus deseos le motivaron a ser paciente y sufrido en sus aflicciones. Ammón había experimentado muchas pruebas. Había sufrido mucho, tanto en el cuerpo como en la mente, hambre, sed, y fatiga. Así como Alma, Ammón también tuvo “…mucha tribulación en el espíritu.” (Alma 17:5)

En otras palabras, Ammón tuvo que convencer al Señor de que quería bautizar a los lamanitas y que estaba dispuesto a pagar cualquier precio a fin de tener éxito; y entonces “…el Señor les había concedido conforme a sus oraciones.” (Alma 25:17)

Los misioneros de nuestra época tendrán mucho más éxito en sus labores si hacen caso al consejo del Elder Bruce R. McConkie:

“Quizás lo malo sea que no hayamos deseado llevar almas al reino, con fe, con todo nuestro corazón. Quizás no hayamos decidido en nuestra mente que podemos convertir y que sí convertiremos a muchos a la Iglesia.”[7]

Si los misioneros cultivan un deseo sincero de bautizar, y convencen al Señor que están dispuestos a pagar cualquier precio, como trabajar con empeño, etc., el Señor les concederá sus deseos y serán instrumentos para el bautismo de muchas personas.

Lo que dijo el Elder McConkie concerniente a los deseos y a su papel en la obra misional se aplica a todos los deseos justos. Si sus deseos no se le están realizando, le falta ejercer su fe, con todo el corazón; y por lo tanto, el Señor no puede ayudarle a lograr sus deseos justos. Recuerde, recibirá según sus deseos justos. Como ha dicho el Elder McConkie: “Si deseamos conseguir tal o tal cosa, y tenemos fe en el Señor, lo lograremos.”[8] Si se fija la meta de lograr un deseo determinado pero resulta que no tiene la iniciativa para avanzar hacia esa meta, debe llegar a la conclusión de que su meta no es un deseo verdadero. Si realmente la deseara, tendría la motivación adecuada para actuar. Muchas personas, sin pensar, dicen que darían cualquier cosa si pudieran tocar bien el piano. Pero, en realidad, nunca pagarían el precio de practicar diariamente, por años, para perfeccionarse.

Si en verdad desea algo, tendrá la motivación necesaria para llegar a su meta. Por el contrario, si la meta no es un deseo sincero, no estará dispuesto a pagar el precio requerido para lograrla.

Las actitudes y los deseos son el resultado de lo que pensamos. Cuando una persona no se decide a usar su tiempo libre para controlar sus pensamientos, permite que sus pensamientos controlen sus deseos. Si no hacemos un gran esfuerzo por controlar y encauzar nuestros pensamientos, nuestros deseos y actitudes serán influidos mayormente por el adversario, por otras personas, o por la música, el cine, la televisión, la radio, el periódico, etc. Así que se puede escoger entre el control deliberado de nuestra forma de pensar o la influencia de las fuerzas exteriores que llegarán a dictar nuestros deseos y pensamientos.

Somos responsables de nuestros pensamientos. Por consiguiente, como individuos, somos responsables por nuestros deseos y actitudes, porque los pensamientos gobiernan los deseos interiores. Según nuestros deseos y actitudes somos ambiciosos o perezosos, interesantes o aburridos, leales o desobedientes, dignos de confianza o no dignos de ella, exitosos o fracasados. Y, francamente, la realización de muchos deseos buenos, depende en gran parte de nuestro estado mental. Por lo tanto, es importante que aprendamos a controlar la mente y que la enfoquemos en deseos justos.

 

Notas

[4] Bruce R. McConkie, MormonDoctrine (S.L.C.: Bookcraft, 1966), pág. 264, letra cursiva en el original.

[5] Spencer W. Kimball, ElMilagro del Perdón (S.L.C.: Bookcraft, 1969), pág. 183.

[6] Bruce R. McConkie, Reunión de Presidentes de Misión, junio 21, 1975, págs. 1–4.

[7] Bruce R. McConkie, obra citada.

[8] Bruce R. McConkie, obra citada.