“La fe: esencia de la religión verdadera”

 

(Gordon B. Hinckley, “La Fe, Esencia de la Religión Verdadera”, Cap. 1, págs. 1—6)

 

“La fe: esencia de la religión verdadera”

 

Tiempo atrás, habló en Salt Lake City un famoso periodista de cierta publicación nacional. Yo no pude escucharle, pero leí en el diario algunos comentarios acerca de sus declaraciones. Se le adjudicaba el haber dicho que “la certeza es enemiga de la religión”. Tales palabras me han hecho reflexionar al respecto. La certeza, que yo defino como una seguridad completa y cabal, no es enemiga de la religión, sino su esencia misma.

La certeza es aseveración; es convicción. Es el poder de la fe que más se acerca al conocimiento—sí, en realidad, hasta se convierte en conocimiento. Estimula el entusiasmo y nada se compara al entusiasmo para vencer la oposición, el prejuicio y la indiferencia. Los más formidables edificios jamás se construyeron sobre cimientos inestables. Las grandes causas nunca han logrado el éxito por medio de líderes vacilantes. El Evangelio nunca ha convertido a nadie sin que se predicase con certidumbre. La fe, que es la esencia misma de la convicción personal, siempre ha sido y debe seguir siendo la raíz del cumplimiento y del esfuerzo religiosos.

No había incertidumbre en la mente de Pedro cuando el Señor preguntó: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mateo 16:15—16).

Tampoco había duda alguna en Pedro cuando el Señor enseñó a la multitud en Capernaum y declaró ser el pan de vida. Muchos de entre Sus discípulos que no querían aceptar Sus enseñanzas “volvieron atrás, y ya no andaban con él. Dijo entonces Jesús a los doce: ¿Queréis acaso iros también vosotros? Le respondió Simón Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Juan 6:66—69).

Después de la muerte del Salvador, ¿habrían continuado Sus apóstoles enseñando Su doctrina, y aun dando la vida en las más dolorosas circunstancias, si hubieran estado inseguros en cuanto al que representaban y cuya doctrina enseñaban? No hubo vacilación alguna en Pablo después de haber visto la luz y escuchado una voz en su camino a Damasco con fines de perseguir a los cristianos. Durante tres décadas a partir de esa experiencia, Pablo dedicó todo su tiempo, sus fuerzas y su vida a la predicación del Evangelio del Señor resucitado. Sin preocuparse por su comodidad ni por su seguridad personal, viajó por todo el mundo entonces conocido para declarar que “ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 8:38—39).

Cuando fue ejecutado en Roma, Pablo selló con su muerte el testimonio final de su convicción en cuanto a la naturaleza divina de Jesucristo. Y así fue también con los pri­meros cristianos, millares tras millares de ellos, que padecieron encarcelamiento, torturas y aun la muerte antes de renunciar a su expresa fe en la vida y resurrección del Hijo de Dios. ¿Podría acaso haberse suscitado una Reforma sin la certidumbre que impulsó con tal intrepidez a tantos gigantes como Lutero, Hess, Zwinglio y otros como ellos?

Tal como fue en la antigüedad, lo ha sido en la actualidad. Sin certidumbre por parte de sus creyentes, toda causa religiosa se debilita y carece de fortaleza, sin tener el vigor necesario para expandir su influencia y conquistar el corazón y la aceptación de hombres y mujeres. La teología podrá argumentarse, pero el testimonio personal, de mano con el cumplimiento, no puede refutarse. Esta dispensación actual del Evangelio, de la cual somos beneficiarios, se inauguró con una gloriosa visión mediante la cual el Padre Celestial y Su Hijo se aparecieron al jovencito José Smith. Después de tener esa experiencia, el joven se la describió a uno de los predicadores de su comunidad quien, entonces, trató su relato “con mucho desprecio, diciendo que todo aquello era del diablo; que no había tales cosas como visiones ni revelaciones en estos días” (José Smith—Historia 1:21).

Otros lo criticaron y pasó a ser objeto de severa persecución, pero él dijo: “Yo efectivamente había visto una luz, y en medio de la luz vi a dos Personajes, los cuales en realidad me hablaron; y aunque se me odiaba y perseguía por decir que había visto una visión, no obstante, era cierto; y mientras me perseguían, y me vilipendiaban, y decían falsamente toda clase de mal en contra de mí por afirmarlo, yo pensaba en mi corazón: ¿Por qué me persiguen por decir la verdad? En realidad he visto una visión, y ¿quién soy yo para oponerme a Dios?, o ¿por qué piensa el mundo hacerme negar lo que realmente he visto? Porque había visto una visión; yo lo sabía, y sabía que Dios lo sabía; y no podía negarlo, ni osaría hacerlo” (José Smith—Historia 1:25).

No hay falta alguna de certidumbre en tal declaración. Para José Smith, esa experiencia fue tan real como el calor del sol al mediodía. Nunca la negó ni vaciló en su convicción. Consideremos el testimonio que más tarde dio del Señor resucitado:

“Y ahora, después de los muchos testimonios que se han dado de él, éste es el testimonio, el último de todos, que nosotros damos de él: ¡Que vive! Porque lo vimos, sí, a la diestra de Dios; y oímos la voz testificar que él es el Unigénito del Padre; que por él, por medio de él y de él los mundos son y fueron creados, y sus habitantes son engendrados hijos e hijas para Dios” (D. y C. 76:22—24).

Tan convencido estaba en cuanto a la causa que dirigió, tan seguro del llamamiento divino que recibió, que los colocó por encima del valor de su propia vida. Presintiendo la proximidad de su muerte, se rindió a aquellos que habían de entregarlo indefenso a manos del populacho. Y selló su testimonio con su propia sangre.

Así también sucedió con sus seguidores. Nadie puede encontrar evidencia alguna, ni la más mínima, de que la certidumbre haya sido enemiga de la religión, tanto en su vida como en sus acciones. Una y otra vez abandonaron la comodidad de sus hogares, primero en Nueva York, luego en Ohio y en Misuri, y más tarde en Illinois. Y aun después de llegar al Valle del Lago Salado, muchos salieron de nuevo para establecer colonias en la vasta región del oeste norteamericano. Y ¿por qué lo hicieron? Debido a su fe en la causa de la que formaban parte.

Muchos murieron durante esos largos y difíciles viajes debido a enfermedades, a estar expuestos a las inclemencias del tiempo y a los ataques brutales de sus enemigos. Aproximadamente seis mil de ellos yacen sepultados en varios lugares entre el río Misuri y el Valle del Lago Salado. Su amor por la verdad era más importante que su vida misma.

Y así ha sucedido desde entonces. Hace algunos años recogí estas palabras del presidente David O. McKay en una ocasión en que se dirigió a una pequeña congregación: “Tan absoluta como la certeza que ustedes tienen de que después de esta noche llegará la mañana, es mi convicción de que Jesucristo es el Salvador de la humanidad, la luz que disipará las tinieblas del mundo por medio del Evangelio restaurado a través de Su directa revelación al profeta José Smith”.

Nuestro amado presidente Spencer W. Kimball dijo: “Yo sé que Jesucristo es el Hijo del Dios viviente y que fue crucificado por los pecados del mundo. El es mi amigo, mi Salvador, mi Señor y mi Dios” (Ensign, noviembre de 1978, pág. 73).

Es precisamente esa clase de certidumbre lo que ha hecho progresar a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días a pesar de las persecuciones, las burlas, el renunciamiento a las riquezas, y la separación de seres amados para viajar a tierras lejanas con el fin de predicar el Evangelio. Esa convicción continúa motivándonos hoy en día como ha venido haciéndolo desde el comienzo de esta obra. La fe que millones de fieles tienen en su corazón de que esta causa es verdadera, de que Dios es nuestro Padre Eterno y de que Jesús es el Cristo, debe ser siempre la gran fuerza inspiradora de nuestra vida.

Tenemos aproximadamente unos cuarenta mil misioneros en el mundo a un coste de millones de dólares para sus familias. ¿Por qué lo hacen? Por su convicción en cuanto a la veracidad de esta obra. El número de miembros de la Iglesia crece a ritmo acelerado. ¿A qué se debe nuestro progreso fenomenal? A la certidumbre que se anida en el corazón de centenares de miles de conversos cada año, personas que han sido inspiradas por el poder del Espíritu Santo. Contamos con un magnífico y eficaz programa de bienestar, del cual muchos se maravillan. Y funciona únicamente gracias a la fe de quienes participan en el mismo.

A raíz del progreso de la Iglesia, tenemos que construir nuevas casas de adoración—centenares de ellas—las cuales son muy costosas. Pero los miembros contribuyen económicamente no sólo para tal fin, sino que con regularidad y fidelidad pagan sus diezmos debido a su convicción en cuanto a la veracidad de esta obra.

Lo más maravilloso y extraordinario es que cualquier persona que desee conocer la verdad puede recibir esa convicción. El Señor mismo nos dio la fórmula para ello cuando dijo: “El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta” (Juan 7:17).

Esto requiere que se estudie la palabra de Dios. Es necesario orar y con afán procurar conocer la fuente de toda verdad. Requiere vivir el Evangelio, ese experimento, por así decirlo, de seguir sus enseñanzas. No vacilo en prometer, porque lo sé por experiencia propia, que de todo esto se obtendrá, mediante el poder del Espíritu Santo, una convicción, un testimonio, un conocimiento real.

Parece ser que mucha gente en el mundo es incapaz de creerlo. Lo que no reconocen es que las cosas de Dios sólo se entienden por medio del Espíritu de Dios. Tiene que haber un esfuerzo personal. Tiene que haber humildad. Es menester recurrir a la oración. Pero los resultados son reales y el testimonio es genuino.

Si los Santos de los Ultimos Días, en forma individual, llegasen a perder esa convicción, la Iglesia se degeneraría en la incredulidad, tal como ha sucedido con tantas otras iglesias. Pero no temo que acontezca. Estoy seguro de que un creciente número de miembros procurará y logrará esa convicción personal que llamamos testimonio, el cual proviene del poder del Espíritu Santo y que puede resistir las tormentas de la adversidad.

Para quienes vacilan, para los malentendidos y los que modifican sus afirmaciones con incertidumbre cuando hablan de las cosas de Dios, estas palabras del Apocalipsis son muy apropiadas: “Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca” (Apocalipsis 3:15—16).

Con genuina certidumbre declaro mi testimonio de la verdad. Yo sé que Dios, nuestro Padre Eterno, vive. Sé que Jesús es el Cristo, el Salvador y Redentor de la humanidad, el autor de nuestra salvación. Sé que la obra de que somos partícipes es la obra de Dios; que ésta es la Iglesia de Jesucristo. Magnífica es nuestra oportunidad de servir en ella, y sólida y verídica es nuestra fe al respecto.