Fe en Jesucristo

 

Manual Doctrina del Evangelio

Capítulo 13: “La fe, un poder que se centra en Cristo”

 

Para tener éxito en esta vida y prepararnos bien para la vida eterna, necesitamos tener una fe firme en el Señor Jesucristo. La fe es el primer principio del evangelio y es la base en la cual se fundan los demás.

 

La fe en Jesucristo es la base del evangelio

“El primer principio del evangelio es fe en el Señor Jesucristo; y naturalmente no vamos a tener fe en el Señor Jesucristo sin tener fe en su Padre. Entonces si tenemos fe en Dios el Padre y en el Hijo y somos guiados, tal como deberíamos serlo, por el Espíritu Santo, tendremos fe en los siervos del Señor mediante los cuales Él ha hablado.” (Joseph Fielding Smith, Doctrina de Salvación, tomo II, pág. 285)

La fe que conduce a la vida y la salvación se centra en Cristo. No existe la salvación tan sólo en el principio general de la fe, esa causa que mueve a la acción y que hace que el granjero siembre la semilla con la esperanza de obtener el grano deseado. Pero sí existe esa fe que conduce a la salvación cuando nuestra esperanza se centra en Cristo. El Profeta explicó que ‘se necesitan tres cosas a fin de que cualquier ser inteligente y racional ejerza fe en Dios para obtener vida eterna y salvación’. Luego las enumeró de la siguiente manera: Primero, ‘la idea de que Dios realmente existe’; segundo, ‘la idea correcta de su carácter, perfección y atributos’; y tercero, ‘saber que el curso de vida que seguimos está de acuerdo con la voluntad de Dios’ (véase Discursos sobre la fe, pág. 39).” (Bruce R. McConkie, Mormon Doctrine, pág. 262)

“La fe es un don de Dios y la obtienen todos aquellos que sirven a Dios e imploran la guía de su Espíritu. No hay peligro de que persona alguna pierda la fe en esta Iglesia si cumple con su deber humildemente y con oración. Nunca he conocido a nadie así, que pierda su fe. Al cumplir con nuestro deber, nuestra fe aumenta hasta convertirse en un conocimiento perfecto.” (Heber J. Grant, Gospel Standards, págs. 7-8).

“Por cuanto la salvación se obtiene sólo por la mediación y expiación de Jesucristo, y en vista de que se aplica al pecado individual al grado que se obedecen las leyes de justicia, la fe en Jesucristo es indispensable para la salvación. Pero ninguno puede creer en Jesucristo de una manera efectiva, y a la misma vez negar la existencia del Padre o del Espíritu Santo; por tanto, la fe en toda la Trinidad es esencial para la salvación. San Pablo declara que ‘sin fe es imposible agradar a Dios; porque es menester que el que a Dios se allega, crea que [lo] hay, y que es galardonador de los que le buscan’. Abundan en las Escrituras las promesas de salvación a los que ejercen la fe en Dios y obedecen los requerimientos que esa fe claramente indica…

“A pesar de estar al alcance de todos los que diligentemente se esfuerzan para obtenerla, la fe, no obstante, es un don divino. Como corresponde a tan preciosa perla, sólo se da a aquellos que por su sinceridad demuestran que la merecen, y en quienes hay indicaciones de que se someterán a sus dictados. Aunque la fe es conocida como el primer principio del evangelio de Cristo, aunque de hecho es el fundamento de la vida religiosa, sin embargo, la fe misma es precedida de una sinceridad de disposición y humildad del alma, por medio de las cuales la palabra de Dios puede efectuar una impresión en el corazón. Ninguna compulsión se emplea para llevar a los hombres al conocimiento de Dios; sin embargo, en cuanto abrimos nuestros corazones a las influencias de la justicia, nos será dada del Padre la fe que conduce a la vida eterna.” (James E. Talmage, Artículos de Fe, págs. 116-118).

 

“Creo”
Élder Jeffrey R. Holland, del Quórum de los Doce Apóstoles,
Conferencia General Abril 2013

 

 

La fe se obtiene por medio del conocimiento de Dios y sus enseñanzas

“Si queremos tener una fe viva, permanente, debemos estar activos en el desempeño de cada deber como miembros de esta Iglesia.” (Smith, Doctrina de Salvación, tomo II, pág. 293).

“La fe viene por oír la palabra de Dios, mediante el testimonio de los siervos de Dios; ese testimonio siempre viene acompañado del espíritu de profecía y revelación.” (José Smith, Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 176).

 

La fe en Jesucristo da siempre buenos frutos

“Por no haber fe, faltan también los frutos. No ha habido hombre, desde el principio del mundo, que haya tenido fe sin algo que la acompañe. Los antiguos solían apagar la violencia del fuego, se libraban del filo de la espada, las mujeres recibían a sus muertos, etc. Por la fe se hicieron los mundos. El hombre que no tiene ninguno de los dones, no tiene fe; y se está engañando así mismo si cree que la tiene. Ha faltado la fe no sólo entre los paganos, sino también entre la cristiandad, de modo que no ha habido lenguas, sanidades, profecía, profetas, apóstoles, ni ninguno de los dones y bendiciones.” (Smith, Enseñanzas, pág. 330).

“La fe implica esa confianza y convicción que impele a la acción. La creencia es, en un sentido, pasiva: un consentimiento o aceptación solamente; la fe es activa y positiva: comprende esa seguridad y confianza que provoca a obrar. Fe en Cristo abarca la creencia en él, combinada con la confianza en él. Uno no puede tener fe sin creer; sin embargo, puede creer y aun así, carecer de fe. Fe es creencia vivificada, activa y viva…

“De modo que este esfuerzo se convierte en la fuerza impulsora por medio de la cual los hombres se afanan por lograr la excelencia, frecuentemente soportando vicisitudes y sufrimientos a fin de realizar sus fines. La fe es el secreto de la ambición, el alma del heroísmo, la fuerza motriz del esfuerzo.” (Talmage, Artículos de Fe, págs. 106, 113).

“A menos que el hombre se aferre a la doctrina y ande en fe, aceptando la verdad y cumpliendo los mandamientos tal como han sido dados, será imposible que reciba la vida eterna, no importa cuánto confiese con sus labios que Jesús es el Cristo, o que crea que el Padre lo envió al mundo para la redención del hombre. De manera que Santiago tiene razón al decir que los demonios ‘creen y tiemblan’, pero no se arrepienten. Así que es necesario no solamente que creamos, sino que nos arrepintamos, y que con fe efectuemos buenas obras hasta el fin; y entonces recibiremos la recompensa de los fieles y un lugar en el reino celestial de Dios.” (Smith, Doctrina de Salvación, tomo II, págs. 292-293).

“Los milagros, las señales, los dones del Espíritu, el conocimiento de Dios y la divinidad, y todo lo bueno concebible, todos son productos de la fe; todos ellos se reciben debido a que la fe se ha convertido en la fuerza gobernante en la vida de los santos. A la inversa, cuando no hay nada de esto, tampoco hay fe.” (McConkie, Mormon Doctrine, pág. 264).

“Se necesita fe, una fe ciega, para que los jóvenes tomen inmediatamente sobre sí la responsabilidad de empezar una familia cuando enfrentan la incertidumbre económica. Se necesita fe para que una mujer joven tenga su familia en vez de dedicarse a un empleo, especialmente cuando su esposo todavía no ha terminado su carrera. Se necesita fe para guardar el día de reposo cuando los patrones pagan más por trabajar ese día, cuando hay ventas que hacer, cuando se puede ganar tanto. Se necesita una gran fe para pagar los diezmos cuando las entradas son escasas y son tantos los gastos. Se necesita fe para ayunar y tener oraciones familiares y observar la Palabra de Sabiduría. Se necesita fe para hacer la orientación familiar y la obra misional de estaca, y servir en otras maneras, cuando ello requiere sacrificio. Se necesita fe para salir de misión a países extranjeros. Pero sabed esto: que todo eso es lo que sembráis; la cosecha es familias devotas y fieles, seguridad espiritual, paz, y vida eterna.

“Recordad que Abraham, Moisés, Elías el Profeta, y otros no podían distinguir claramente el fin desde el principio. Ellos también actuaban guiados por la fe y no por el conocimiento. Recordad nuevamente que no había ninguna puerta abierta; que Labán no estaba borracho; y que no se justificaba ninguna esperanza terrenal cuando Nefi ejerció su fe y se encargó de obtener finalmente las planchas de bronce. Que los tres hebreos no tenían puesto nada que los protegiera de morir carbonizados por el fuego cuando los echaron en el horno ardiente; ni los leones tenían bozales de metal ni cuero cuando Daniel fue arrojado al foso.

“Recordad que no había nubes en el cielo, ni Elías el Profeta tenía ningún higrómetro en la mano cuando prometió que se terminaría inmediatamente la larga e interminable sequía; a pesar de que Josué presenció el milagro del Mar Rojo, aun así, ¿cómo pudo con su capacidad mortal percibir que el desbordado Jordán detendría su curso el tiempo necesario para que lo cruzaran, y luego podrían seguir su camino en dirección al Mar Muerto?

“Recordad que no había nubes en el cielo, ni evidencias de lluvia, ni precedentes del diluvio cuando Noé edificó el arca de acuerdo con el mandamiento que se le dio. Ni tampoco sabían Isaac y su padre de ningún carnero en un zarzal cuando se dirigieron a la tierra de Moríah para ofrecer el sacrificio. Recordad que no había pueblos ni ciudades, ni granjas ni huertos, ni casas ni almacenes, ni un floreciente desierto en Utah cuando los perseguidos pioneros cruzaron las planicies. Y recordad que no había seres celestiales en Palmyra, a la ribera del río Susquehanna, ni en Cumora cuando José, ávido de verdad, entró silenciosamente en la Arboleda, se hincó a orar a la orilla del río, ni cuando subió la ladera de la colina sagrada.

“Pero sabed esto: la fe inquebrantable puede cerrar la boca de los leones, hacer inofensivas las ardientes llamas, formar pasos secos a través de los ríos y los mares. Una fe firme puede proteger de los diluvios, terminar con las terribles sequías, curar a los enfermos y hacer que haya manifestaciones celestiales. Una fe invencible puede ayudarnos a vivir los mandamientos y, como consecuencia, traer sobre nosotros bendiciones junto con la paz, la perfección y la exaltación en el reino de Dios.” (Spencer W. Kimball, en Conference Report, octubre de 1952, págs. 50-51; véase también La Fe Precede al Milagro, págs. 11-13).

 

“El poder transformador de la fe”
Élder Richard G. Scott, del Quórum de los Doce Apóstoles,
Conferencia General Octubre 2010

 

 

Véase: