“Restitución”

 

Spencer W. Kimball, “El Milagro del Perdón

Capítulo 14: “Restitución”

 

Si el impío restituyere la prenda,

devolviere lo que hubiere robado,

y caminare en los estatutos de la vida,

no haciendo iniquidad,

vivirá ciertamente y no morirá.

No se le recordará ninguno de sus

pecados que había cometido…

—Ezequiel 33:13, 16

 

En los capítulos anteriores hemos señalado algunos de los que tal vez son los pasos más obvios del arrepentimiento, a saber, la convicción despertante del pecado, la renuncia o abandono del pecado, la confesión del pecado. Cuando una persona ha experimentado el profundo pesar y humildad provocados por una convicción del pecado; cuando ha desechado el pecado y ha determinado resueltamente aborrecerlo de allí en adelante; cuando humildemente ha confesado su pecado a Dios y a las personas propias sobre la tierra; cuando se han hecho estas cosas, falta el requisito de la restitución. Debe restaurar aquello que perjudicó, robó u ofendió.

El presidente Joseph F. Smith colocó la restitución en su lugar correspondiente como parte del modelo del arrepentimiento. Previamente se citaron sus palabras en esta obra, pero se repiten aquí a manera de énfasis:

“Arrepentimiento verdadero no sólo es sentir pesar por los pecados, y humilde penitencia y contrición delante de Dios, sino comprende la necesidad de apartarse del pecado, la discontinuación de toda práctica y hechos inicuos, una reformación completa de vida, un cambio vital de lo malo a lo bueno, del vicio a la virtud, de las tinieblas a la luz. No sólo esto, sino hacer restitución, hasta donde sea posible, por todas las cosas malas que hayamos hecho, y pagar nuestras deudas y restaurar a Dios y a los hombres sus derechos, aquello que nosotros les debemos.” (Smith,Gospel Doctrine, págs. 100, 101.)

 

La restitución siempre es parte del arrepentimiento

Hay muchos pasajes en las Escrituras los cuales muestran que la restitución es una parte importante del arrepentimiento verdadero. Algunos de ellos llegan aun al grado de señalar la cantidad de la restitución que debe hacerse para reponer un acto malo. Por ejemplo, Moisés enseñó:

“Cuando alguno hurtare buey u oveja, y lo degollare o vendiere, por aquel buey pagará cinco bueyes, y por aquella oveja cuatro ovejas.

“Si fuere hallado con el hurto en la mano, vivo, sea buey o asno u oveja, pagará el doble.

“Si alguno hiciere pastar en campo o viña, y metiere su bestia en campo de otro, de lo mejor de su campo y de lo mejor de su viña pagará.

“Cuando se prendiere fuego, y al quemar espinos quemare mieses amontonadas o en pie, o campo, el que encendió el fuego pagará lo quemado” (Éxodo 22:1, 4–6. Cursiva del autor).

Es verdad que Moisés tenía el cargo de gobernar y controlar una población mayor que la de muchas de nuestras ciudades modernas, y hasta ese grado algunos consideran que sus leyes eran seculares en cuanto a intención. Sin embargo, observemos que en los pasajes que citamos a continuación, el Señor estima los hechos cometidos contra el prójimo como una “prevaricación contra Jehová” o, según dice más adelante, como pecado. De manera que la restauración de que se ha hablado no habría de ser meramente un requisito legal para la conservación de la justicia terrenal, sino también parte del arrepentimiento del pecado.

“Cuando una persona pecare e hiciere’ prevaricación contra Jehová, y negare a su prójimo lo encomendado o dejado en su mano, o bien robare o calumniare a su prójimo,

“o habiendo hallado lo perdido después lo negare, y jurare en falso; en alguna de todas aquellas cosas en que suele pecar el hombre,

“entonces, habiendo pecado y ofendido, restituirá aquello que robó, o el daño de la calumnia, o el depósito que se le encomendó, o lo perdido que halló,

“o todo aquello sobre que hubiere jurado falsamente; lo restituirá por entero a aquel a quien pertenece, y añadirá a ello la quinta parte, en el día de su expiación” (Levítico 6:2–5).

Se menciona frecuentemente una restitución cuadruplicada por la ofensa cometida. En una ley dada en las dispensaciones anteriores del evangelio, y reiterada en nuestra propia época, el Señor dispone lo siguiente:

“Y además, de cierto os digo, que si vuestro enemigo, después de haber venido contra vosotros la primera vez, se arrepiente y viene a pediros perdón, lo perdonaréis, y no lo tendréis por más tiempo Como testimonio contra él;

“y así hasta la segunda y tercera vez; y cuantas veces vuestro enemigo se arrepienta de las ofensas que haya cometido contra vosotros, lo perdonaréis, hasta setenta veces siete.

“Y si os agravia y no se arrepiente la primera vez, aun así lo perdonaréis.

“Y si os agravia la segunda vez, y no se arrepiente, aun así habréis de perdonarlo.

“Y si os agravia por tercera vez, y no se arrepiente, también habéis de perdonarlo.

“Mas si os agravia la cuarta vez, no lo habéis de perdonar, sino que traeréis estos testimonios ante el Señor; y no serán borrados hasta que se arrepienta y os reponga con cuatro tantos más en todas las cosas en que os haya agraviado.

“Y si hace esto, lo perdonaréis de todo corazón; y si no lo hace, yo, el Señor, os vengaré de vuestro enemigo cien veces” (D. y C. 98:39–45. Cursiva del autor).

Uno podrá transgredir en la ignorancia. Si alguien se hallare en pecado, pero sin darse cuenta de la naturaleza impía de sus hechos, se le debe requerir que haga restitución hasta donde sea posible, cuando se le haga comprender su pecado.

Un ejemplo clásico de la restitución, como parte del arrepentimiento, es el de Zaqueo. Este publicano rico era pequeño en cuanto a estatura física, pero grande en tamaño moral. Desde su sitio de ventaja especial en el sicómoro podía ver al Señor que pasaba por allí en medio de una multitud. No sólo iba a ver al Maestro, sino ser su anfitrión, pues el Salvador le mandó que bajara presto, “porque hoy es necesario que pose yo en tu casa” (Lucas 19:5).

Los habitantes de Jericó que presenciaron este suceso se quejaron de que Cristo iba a ser hospedado en la casa de un pecador. Como si quisiera reafirmar al Salvador de que su confianza en él no estaba mal fundada,

“Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado.

“Jesús le dijo: Hoy ha venido la salvación a esta casa; por cuanto él también es hijo de Abraham” (Lucas 19:8, 9. Cursiva del autor).

 

Algunas veces es imposible una restitución completa

Según estos pasajes y ejemplos, queda bien claro que al pecador arrepentido se le requiere que haga restitución hasta donde sea posible. Digo “hasta donde sea posible”, porque hay algunos pecados por los cuales no se puede lograr hacer restitución adecuada, y otros por los cuales sólo es posible hacer una restitución parcial.

Un ladrón o ratero puede hacer una restitución parcial devolviendo lo que se robó. Un mentiroso puede dar a conocer la verdad y corregir hasta cierto grado el daño causado por la mentira. El chismoso que ha calumniado el carácter de otro puede efectuar una restitución parcial por medio de un esfuerzo vigoroso por restaurar el buen nombre de la persona que perjudicó. Si por causa del pecado, o por descuido, el infractor ha destruido propiedad ajena, puede restaurarla o pagar por ella en forma completa o parcial.

Si los hechos de un hombre han ocasionado pesar y humillación a su esposa e hijos, debe hacer, en su restitución, todo esfuerzo por restaurar su confianza y amor mediante una superabundancia de fidelidad y devoción filiales. Lo mismo deben hacer las esposas o madres. En igual manera, silos hijos han ofendido a sus padres, parte de su programa de arrepentimiento debe consistir en desagraviar estas ofensas y honrar a sus padres.

Por regla general hay muchas cosas que un alma arrepentida puede hacer para realizar una enmienda. “Un corazón quebrantado y un espíritu contrito” usualmente hallará la manera de hacer una restauración hasta cierto punto. El espíritu verdadero del arrepentimiento requiere que aquel que perjudica haga cuanto esté de su parte para corregir el mal.

Un hombre que había confesado su infidelidad logró el perdón de su esposa, la cual vio en él muchas cosas dignas de encomio y aceptó su arrepentimiento total. Yo le dije: “Hermano Fulano, de hoy en adelante usted debe ser el mejor esposo que una mujer jamás haya tenido. Debe estar usted dispuesto a perdonar sus pequeñas excentricidades, pasar por alto sus debilidades, porque ella le ha perdonado el pecado de diez mil talentos, y usted puede permitirse perdonar numerosos errores pequeños de cien denarios.”

 

No hay restauración adecuada para el homicidio

En cuanto a los crímenes para los cuales no es posible hacer una restauración adecuada, hemos sugerido en un capítulo anterior que tal vez la razón por la que el homicidio es un pecado imperdonable es que, una vez habiendo quitado la vida, bien sea una vida inocente o depravada, aquel que la arrebató no puede restaurarla. Podrá dar su propia vida como pago, pero esto no repone por completo el perjuicio causado por su delito. Podrá proporcionar sostén a la viuda e hijos; podrá hacer muchas otras cosas nobles; pero ha desaparecido una vida y es imposible hacer una restitución completa de la misma. El arrepentimiento en el sentido ordinario parece inútil.

¡El homicidio es tan traicionero y tan trascendental! Aquellos que pierden sus bienes podrán recuperar sus riquezas. Los que son calumniados todavía podrán comprobar que son irreprochables. Aun la pérdida de la castidad deja al alma en el estado terrenal con la oportunidad de recuperarse y arrepentirse y hacer reparación hasta cierto grado. Sin embargo, el arrebatar una vida, sea la ajena o la propia, pone fin a las experiencias de la víctima en el estado carnal, y con ellas su oportunidad de arrepentirse, de guardar los mandamientos de Dios en esta vida terrenal. Estorba su posibilidad de que se añada “gloria sobre su cabeza para siempre jamás” (Abraham 3:26).

 

Restitución por la pérdida de la castidad

También es de mucha trascendencia el efecto de la pérdida de la castidad. Una vez dada, tomada o robada, nunca se puede restaurar. Aun en una violación cometida por la fuerza, como en un estupro o incesto, la víctima resulta gravemente ultrajada. Si ella no ha cooperado ni contribuido al vil acto, desde luego, se encuentra en una posición más favorable. No hay condenación si no hay participación voluntaria. Es preferible morir defendiendo uno su castidad que vivir después de perderla sin haber resistido.

Como se expresa en toda esta obra, aun cuando uno puede reponerse en gran medida de los pecados sexuales, no por eso dejan de ser abominables; y por motivo de ser tan serios, el Señor los ha colocado muy próximos a los pecados imperdonables, por orden de gravedad.

El principio de la restitución se destaca en los casos en que dos jóvenes solteros han cometido un pecado mediante el cual se han perjudicado ambas vidas, y especialmente si se ha violado la castidad. En tales circunstancias se debe dar seria consideración a un matrimonio que limitará el pecado a una familia. ¿Por qué no han de casarse, dado que por causa de su acto inicuo se han precipitado en el papel de adultos?

Con mayor razón, desde luego, si del pecado resulta el embarazo. En esta situación, es la joven la que sufre más. No debe tener un aborto, porque esto sería añadir un pecado serio a otro. Es ella la que lleva la mayor parte de las cargas, mientras que el joven a menudo se libra del castigo. Ella debe soportar los incómodos nueve meses con su aflicción, privaciones, limitaciones y vergüenzas, y el dolor y el costo del alumbramiento y la difícil vida que viene después. Es un cobarde el joven que no propondría el matrimonio, pagaría el costo, compartiría las privaciones y el bochorno. Sin embargo, muchos se han escabullido y abandonado a la joven frente al pago devastador del pecado de los dos. Los padres frecuentemente exculpan al hijo con un pretexto u otro, y dejan que la joven sufra por los pecados de los dos. Hay ocasiones en que los padres del joven sienten una generosidad curiosa cuando ofrecen pagar los gastos justos del alumbramiento, sin tomar en cuenta que el asunto económico es una experiencia que surge una sola vez, mientras que la joven lleva los problemas toda su vida, y son cargas pesadas.

Sobornar a la joven o abandonarla a su problema vitalicio no es un acto valeroso, ni justo, ni recto. Llegará la hora en que todo individuo pagará el precio completo, y tal vez con intereses, por toda obligación contraída, aun cuando en la ocasión se ocultó o encubrió.

La mujer joven que peca debe comprender que toda aflicción, inconveniencia y sufrimiento, consiguientes a llevar en el vientre la criatura y darla a luz, no constituyen un perdón completo de su pecado. Debe arrepentirse y hacer su propio ajuste. Comprenda también el joven que ninguno de los sufrimientos que ella padece disminuye la culpabilidad de él, sino más bien la magnifican. Por varias razones tal vez no esté preparado para acomodarse a la vida casada, pero por motivo de su acto inmoral se ha precipitado a sí mismo a la categoría de adulto y se ha echado encima responsabilidades que conviene que acepte y cumpla lo más honorablemente que le sea posible. Igual que la joven, él tiene necesidad de encontrar el camino al arrepentimiento completo, y dicho camino conduce a la aceptación de la responsabilidad, no a apartarse de ella.

Los profetas entendieron claramente las debilidades de los hombres y la posibilidad de que huyeran de sus responsabilidades en este particular. Moisés dijo en la ley:

“Si alguno engañare a una doncella que no fuere desposada, y durmiere con ella, deberá dotarla y tomarla por mujer” (Éxodo 22:16).

Además:

“Cuando algún hombre hallare una joven vírgen que no fuere desposada, y la tomare y se acostare con ella, y fueren descubiertos;

…ella será su mujer, por cuanto la humilló; no la podrá despedir en todos sus días” (Deuteronomio 22:28, 29).

En lo que al joven concierne, tal vez los padres, deseosos de evitar la publicidad y un escándalo, podrán disculpar y encubrir el asunto; pero ¿se han dado cuenta de lo que han hecho al alma de su hijo cuando éste multiplica su transgresiónal no arrepentirse?El arrepentimiento verdadero significa restitución, dar cumplimiento a toda obligación y restaurar todos los daños hasta donde sea posible. Sin embargo, ¡cuán extraño es ver las incontables veces en que los padres del hijo deciden que la joven que era digna de acompañarlo en sus paseos se ha vuelto repentinamente libertina y, por lo tanto, ahora es indigna del hijo; cuán extraño, también, ver el poco número de padres que acusan a un hijo de libertinaje y, consiguientemente, alientan al joven a que pase por alto sus responsabilidades aun para su propio perjuicio; cuán extraño que haya tantos padres que acusan a la joven de haberle tendido un lazo a su hijo, y ahora a él lo estiman “mejor que tú”, y a la joven, indigna de más consideración en el asunto!

He conocido a muchas parejas jóvenes que dieron rienda suelta a su inmoralidad, y los cuales, habiendo prostituido mutuamente sus cuerpos, descubren que van a ser padres. En algunos casos, cada cual acusó al otro; cada cual empezó a desconfiar del otro; cada cual empezó a aborrecer al otro. Ambos admitieron su pecado, pero ahora el joven estaba tratando de “escaparse por la tangente”. Sus padres lo estaban alentando a zafarse. Estaban al tanto de los muchos problemas consiguientes al matrimonio.

Tuve ocasión de hablar en mi oficina con una pareja joven, parcialmente arrepentida, acerca del matrimonio: un matrimonio sencillo, inmediato, sin gala, sin ostentación y sin publicidad. Habían optado por prescindir de muchas de estas cosas cuando menospreciaron la ley de castidad. El se manifestó bien dispuesto a casarse cuando los dos vinieron solos la primera vez, pero cuando él regresó la segunda vez, sus padres le habían hecho un “lavado de cerebro” y se negó a considerarlo.

Les insté a que el obispo efectuara el matrimonio en su casa. La joven, que ahora empezaba a darse cuenta de su dilema, estaba dispuesta a hacerlo, a pesar de que rápidamente se iba desvaneciendo su respeto o cariño por el joven egoísta que estaba manifestando su debilidad. Pero él, ¡qué esperanza! Su pregunta fue: “¿Por qué? ¿Por qué nos hemos de casar? ¿Cómo podemos casarnos? No tengo trabajo; no he terminado mis estudios. ¿Dónde podríamos vivir? ¿Cómo voy a pagar los servicios del médico y la cuenta del hospital? ¿Qué vamos a hacer sin automóvil? ¿Cómo podemos asumir las responsabilidades de una familia y de ser padres?”

Entonces yo hice unas preguntas: “¿Por qué se precipitaron a sí mismos en esta situación comprometedora? ¿Por qué participaron en relaciones que exigen un hogar, empleo, posición? Sus actos completamente irresponsables y la manera en que usted ha reaccionado lo tilda en el acto de falta de madurez. Usted no sabe el significado de la palabra responsabilidad. Parece estar sumamente interesado en sí mismo, en sus comodidades y en sus deseos. ¿Va usted a huir y dejar que la joven lleve la carga de su niño con todos los castigos suyos también? Ya es tiempo de que los dos crezcan y adquieran madurez y se enfrenten a la realidad. No fue la intención de ninguno de los dos verse en esta situación, sino es el resultado de sus actos desenfrenados. Ustedes hicieron su elección cuando violaron la ley de castidad. Sabían que era malo; sabían que podría surgir este problema. Ahora, si es que van a crecer y hacer frente a los problemas de la vida; si van a ser íntegros y justos; si van a iniciar una vida buena por un camino recto, empiecen desde ahora a cumplir con sus responsabilidades. Cuando cedieron su castidad, en esa oportunidad reemplazaron su libertad con ligaduras tiránicas (porque la transgresión es una bola de hierro atada al extremo de una cadena, es manillas, duras y pesadas), ustedes aceptaron grilletes y limitaciones, aflicciones y remordimientos eternos, cuando pudieron haber gozado de la libertad con paz.

“Hoy es un día oportuno para dar principio a una vida nueva de responsabilidad madura. Cesen de culpar a otros, empiecen a aceptar su propia responsabilidad; determinen por sí mismos. Juntos ocasionaron esto, ahora juntos resuelvan sus problemas. Perdónense el uno al otro, sigan adelante, acomódense lo mejor que puedan a una situación difícil, pero no huyan de ella.

“Ustedes dos han cometido un pecado abominable. ¿Quieren llevar a cuestas esta terrible carga todos sus días, o quisieran que se les perdonara? Para ser perdonado, uno debe arrepentirse. Arrepentimiento significa no sólo declararse ustedes culpables del horror del pecado, sino confesarlo, abandonarlo y hacer restauración, hasta el mayor grado posible, a todos los que hayan sido perjudicados; entonces pasen el resto de su vida tratando de vivir de acuerdo con los mandamientos del Señor a fin de que El finalmente los perdone y los purifique.”

 

Restauración y perdón

He conocido a muchas parejas jóvenes que tropezaron en su noviazgo y cometieron el grave pecado, pero quienes se casaron y lograron una vida buena y en gran manera pudieron “sobreponerse” al bochorno de su juventud. En una situación difícil, en la cual era imposible una restitución completa, hicieron lo mejor que pudieron en esa oportunidad y, después de haberse arrepentido, lograron el perdón.

En los pasos del arrepentimiento debemos restaurar en forma completa donde sea posible, de lo contrario restaurar al grado máximo que uno pueda. Y en todo ello debemos recordar que el pecador suplicante, que desea efectuar una restitución por sus actos, también debe perdonar a otros toda ofensa que se haya cometido en contra de él. El Señor no nos perdonará a menos que nuestros corazones estén completamente depurados de todo odio, rencor y acusación contra nuestros semejantes.