“La convicción trae el despertamiento”

 

Spencer W. Kimball, “El Milagro del Perdón

Capítulo 11: “La convicción trae el despertamiento”

 

El despertar de la conciencia es la

grandiosidad del alma.

—Charles A. Callis

 

El arrepentimiento es una ley bondadosa y misericordiosa. es trascendente y comprensiva. A distinción de lo que comúnmente se cree, se compone de muchos elementos, cada uno de ellos indispensables para un arrepentimiento completo. Esto queda bien aclarado en la siguiente definición del presidente Joseph F. Smith:

“Arrepentimiento verdadero no sólo es sentir pesar por los pecados, y humilde penitencia y contrición delante de Dios, sino comprende la necesidad de apartarse del pecado, la discontinuación de toda práctica y hechos inicuos, una reformación completa de vida, un cambio vital de lo malo a lo bueno, del vicio a la virtud, de las tinieblas a la luz. No sólo esto, sino hacer restitución, hasta donde sea posible, por todas las cosas malas que hayamos hecho, y pagar nuestras deudas y restaurar a Dios y a los hombres sus derechos, aquello que nosotros les debemos. Este es el arrepentimiento verdadero, y se requiere el ejercicio de la voluntad y toda la fuerza del cuerpo y mente para completar esta obra gloriosa del arrepentimiento.” (Smith, Gospel Doctrine págs. 100, 101.)

No hay ningún “camino realal arrepentimiento, ninguna senda privilegiada que conduzca al perdón; Todo hombre debe seguir el mismo curso, sea rico o pobre, educado o sin preparación, alto o bajo, príncipe ó limosnero, rey o plebeyo. “Porque no hay acepción de personas para con Dios” (Romanos 2:11). Sólo hay una vía. Es un largo camino poblado de espinas y abrojos, asechanzas y problemas. Es una vía que debe mantenerse abierta, de lo contrario el desierto, el yermo, la invadirán de nuevo y sobrepujarán, así como la selva ha invadido ciudades florecientes y regiones cultivadas de otros tiempos.

 

El primer paso

Antes que los muchos elementos del arrepentimiento empiecen a funcionar, debe haber un primer paso. Ese primer paso es el punto decisivo en el que el pecador reconoce conscientemente su pecado. Este es el despertamiento, la convicción de ser culpable. Si no hay esto, no puede haber arrepentimiento verdadero, porque falta el reconocimiento del pecado.

Son muchas las almas demasiado tercas para admitir sus pecados, aun a sí mismas. No tienen manera de escapar. Les falta mucho que aprender. A tales personas el profeta Jeremías hace esta penetrante pregunta:

“¿Se han avergonzado de haber hecho abominación? Ciertamente no se han avergonzado, ni aun saben tener vergüenza; por tanto, caerán… dice Jehová” (Jeremías 6:15).

Esta inhabilidad para reconocer nuestras culpas nos tiene presos, hace que la vida quede estancada. El profeta David O. McKay expresa el concepto en estas palabras:

“¿Qué progreso puede haber para el hombre que no está consciente de sus culpas? Tal persona ha perdido el elemento fundamental del desarrollo, el cual es la comprensión de que hay algo mayor, mejor y más deseable que la condición en que hoy se encuentra. En el terreno de la autosatisfacción, el verdadero crecimiento no se nutre debidamente. Sus raíces encuentran mucho sostén en la falta de contentamiento.

“Nuestras satisfacciones y disconformidades son los peldaños mediante los cuales podemos ascender.

“¡Compadézcase el cielo del hombre que no está consciente de una culpa! Téngase piedad también del que desconoce su ignorancia! Ninguno de los dos va por el camino de la salvación.”

Cuando nos hemos dado cuenta de la gravedad de nuestro pecado, podemos acondicionar nuestra mente para que se guíe por los procedimientos que nos librarán de los efectos del pecado. Alma intentó comunicar esto a Coriantón, cuando dijo: “Quisiera que… te preocuparas por tus pecados, con esa zozobra que te conducirá al arrepentimiento… No trates de excusarte en lo más mínimo” (Alma 42:29, 30).

 

El despertar de la conciencia

Para evitar la desagradable admisión de sus pecados, muchos recurren al pretexto. Algunos culpan a Dios o a sus leyes de su caída, y parecen creer que lograrán el alivio si eliminan a Dios y su Iglesia de sus vidas. Sin embargo, cuando se recurre al pretexto y no se da importancia al pecado, se pone de manifiesto un menosprecio o ignorancia de las Escrituras y del programa de Dios, pues Samuel el Lamanita dijo: “Y si creéis en su nombre, os arrepentiréis de todos vuestros pecados, para que de este modo os sean remitidos por los méritos de él” (Helamán 14:13). Alguien ha dicho: “Buscar pretextos equivale a rebajar los ideales al nivel de nuestra conducta. Arrepentimiento es elevar uno su conducta al nivel de sus ideales.”

Pese a lo mucho que los labios nieguen el pecado, es difícil escapar de las acusaciones de la conciencia. Muchas veces me han dicho personas: “Nunca he hecho nada malo”, cuando en realidad se hallaban sumergidas en transgresiones que ellos no habían catalogado. Por lo general, la gente sabe cuándo está haciendo lo malo. Ciertamente todos aquellos que poseen el Espíritu Santo y viven de tal manera que merecen sus impresiones sabrán cuándo entran por las puertas del pecado. Moroni dice: “Por el poder del Espíritu Santo podréis conocer la verdad de todas las cosas” (Moroni 10:5). Hasta y a menos que uno haya cauterizado su conciencia, esta influencia es una guía de la cual se puede depender.

El nacimiento o renacimiento de la conciencia se lleva a cabo por medio de la enseñanza y la instrucción. Los padres deben instruir a sus hijos a conocer al Señor y sus leyes. Para sentir pesar por el pecado uno debe saber algo de sus graves implicaciones, y para poder aprender también esto tenemos las Escrituras, las autoridades de la Iglesia y las enseñanzas de los padres. Es asunto serio el que los padres dejen de instruir a sus hijos, como el Señor nos dice en Doctrina y Convenios 68:25–28. En igual manera, aquellos que nos dirigen deben exhortarnos constantemente: “Antes exhortaos los unos a los otros cada día, entre tanto que se dice: Hoy; para que ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado” (Hebreos 3:13).

Aun los niños muy pequeños llegan a distinguir el bien del mal en un grado considerable cuando se les instruye debidamente en hogares rectos, y el Señor dice que cuando los niños cumplen los ocho años de edad, ellos son responsables de sus hechos y pensamientos. En tal ocasión, según la providencia de Dios, los niños se pueden bautizar y recibir el Espíritu Santo, y así se dispone la manera para que, por conducto de esa influencia celestial, reciban la orientación, consuelo y verdad prometidas. A medida que el niño crece, se va estimulando su conciencia y se desarrolla su conocimiento del bien y el mal por medio de la noche de hogar para la fa­milia, el programa de orientación familiar y las demás organizaciones y programas de la Iglesia.

¡Cuán maravilloso es que Dios nos haya conferido esta guía sensible, pero a la vez fuerte, que llamamos la conciencia! Alguien ha expresado aptamente que la “conciencia es una chispa celestial que Dios ha colocado en cada individuo con objeto de salvar su alma”. Ciertamente es el instrumento que despierta el alma para que esté consciente del pecado; que impulsa a la persona a decidirse a hacer un ajuste, a declararse a sí misma culpable de la transgresión sin atenuar o reducir el error, a estar dispuesta a encarar los hechos, a enfrentarse al problema y pagar los castigos necesarios; y hasta que la persona tome esta determinación mental, no ha empezado a arrepentirse. Sentir pesar es una aproximación, abandonar el error es un principio, pero hasta que la con­ciencia del individuo se haya agitado lo suficiente para impulsarlo a actuar en el asunto, mientras haya excusas y pretextos, uno difícilmente ha dado los primeros pasos hacia el perdón. Esto es lo que Alma dio a entender cuando declaró a su hijo Coriantón que “nadie se salva sino el que verdaderamente se arrepiente” (Alma 42:24).

El Espíritu Santo puede desempeñar un papel importante en convencer al pecador de su error. Ayuda a conocer “la verdad de todas las cosas” (Moroni 10:5); a enseñar a uno y traerle a la memoria todas las cosas (Juan 14:26); y a convencer al mundo del pecado (Juan 16:8).

 

El pesar no es suficiente

Con frecuencia las personas indican que se han arrepentido cuando todo lo que han hecho es expresar pesar por un acto malo. Por otra parte, el arrepentimiento verdadero se caracteriza por esa tristeza que es según Dios, la cual cambia, transforma y salva. Sentir pesar no es suficiente. Tal vez el reo en la penitenciaría, al llegar a comprender el alto precio que debe pagar por su necedad, podrá desear no haber cometido el crimen. Eso no es arrepentimiento. El hombre depravado que está sufriendo una dura condena por el delito de violar a una mujer debe sentir mucho pesar por lo que hizo, pero no se ha arrepentido si la fuerte condena es el solo motivo de su pesar. Ese es el pesar del mundo.

El hombre verdaderamente arrepentido siente pesar antes de ser aprehendido. Siente pesar aun cuando jamás salga a luz su secreto. Desea enmendarse voluntariamente. No hay esa “tristeza que es según Dios” en el reo que debe ser descubierto por medio de la denuncia o por una serie de circunstancias que finalmente ponen de manifiesto la ofensa. No se ha arrepentido el ladrón que continúa en sus graves delitos hasta que es aprehendido. Arrepentimiento “que es según Dios” significa que el individuo llega a reconocer el pecado, y voluntariamente y sin la presión de causas externas inicia su transformación. El apóstol Pablo lo expresa de esta manera a los santos de Corinto:

“Ahora me gozo, no porque hayáis sido contristados, sino porque fuisteis contristados para arrepentimiento; porque habéis sido contristados según Dios, para que ninguna pérdida padecieseis por nuestra parte.

“Porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse; pero la tristeza del mundo produce muerte” (2 Corintios 7:9, 10).

 

¿Cuán malo es el mal?

A veces escuchamos a algún joven de la Iglesia decir, con respecto a los pecados sexuales: “No sabía que era malo.” Esto es inconcebible. ¿Dónde quedaron las enseñanzas del hogar, de la Primaria, de la Escuela Dominical, de las organizaciones para la juventud y muchas otras? ¿Dónde quedó el susurro de la conciencia, la orientación del Espíritu Santo, a la cual tenía derecho hasta que alejó a ese Espíritu por medio del pecado? ¡Por lo menos algunas de estas influencias e indicaciones deben haber permanecido en su corazón para decirle que el acto era malo! Aun cuando no sabía cuán malo era, sabía que era pecado. De lo contrario, ¿por qué ocultar el hecho y encubrir el error?

Vino a mí una pareja joven con un problema. En la entrevista les dije: “Sí, es malo que dos miembros se casen fuera del templo; pero lo que ustedes hicieron, lo que les impidió entrar en el templo, fue infinitamente peor.” Y el hecho mismo de que todavía esperaban e insistían en poder entrar en el templo en una ocasión no muy lejana era una indicación de que todavía no habían llegado a comprender la gravedad de su pecado.

Esta transgresión de la cual eran culpables no es meramente una infracción de la etiqueta. No es solamente malas costumbres y algo que “simplemente no se hace”. Es la violación de una ley de Dios, algo que desde el principio el Señor siempre ha designado como de lo más abominable. No es cosa que se puede echar de lado con un ademán de indiferencia, ni aun con un pesar fingido, ni aun con una determinación de jamás volver a repetir el error. Se trata de la violación de una ley fundamental.

Aparentemente se había enseñado a esos dos jóvenes en el curso de los años, cosa bien hecha, que debían casarse en el templo. Sin embargo, no habían comprendido que el asunto de no cumplir tal requisito en esa ocasión era un error pequeño comparado al pecado de fornicación, y que la falta de arrepentimiento en cuanto al pecado sexual podía poner en peligro el valor de su matrimonio en el templo. Ese abominable pecado los preocupaba muy poco. Se había tergiversado su manera de valorar las cosas. Hay muchos como ellos que, aun cuando el pecado tiene un kilómetro de extensión, lo llaman un metro; cuando el pecado pesa una tonelada, dicen que es un kilogramo; cuando el pecado es tan voluminoso como un tanque de mil litros de capacidad, dicen que es un litro. Este procedimiento de atenuar es perjudicial, porque impide que la gente se arrepienta; y hasta que haya arrepentimiento verdadero, jamás puede haber perdón.

“¿Quiere decir que no podemos casarnos en el templo?”— .preguntó la pareja. Yo contesté con otra pregunta: “¿Creen ustedes sinceramente que se les debe permitir entrar en el templo después de tan indecente transgresión? ¿No comprenden lo que han hecho? Si yo pusiera en sus manos la responsabilidad completa con la libertad para entrar, ¿lo harían ustedes? Si cometieran homicidio, y entonces solamente sintieran un poco de pesar, ¿pensarían ustedes que debían concedérseles en el acto todos los privilegios que previamente tuvieron de obrar con libertad, únicamente porque se habían propuesto a jamás repetir el acto? ¿Piensan ustedes que no deben pagar un precio? ¿que no debe haber castigo? ¿ningún ajuste? Analícenlo. ¿Creen que ustedes mismos se hallarían en mejor situación si se les dejara ir libres?”

Si el adulterio o la fornicación merecieron la pena de muerte en los días antiguos, y aun en la época de Cristo, ¿es menos grave este pecado en la actualidad porque las leyes del país no imponen la pena de muerte cuando se comete? ¿Es menos atroz el acto? Debe haber un lavamiento, una depuración, un cambio de actitud, una enmienda en la manera de estimar lo que es de valor, un fortalecimiento hacia el autodominio. Sin embargo, estos pasos de la purificación no se llevan a cabo tan fácilmente como darse un baño o lavarse el cabello, o enviar la ropa a la tintorería. Debe haber muchas oraciones y abundantes lágrimas. Debe haber más que una admisión verbal. Debe haber una convicción interna mediante la cual se atribuye al pecado su íntegro peso diabólico. “Mis pecados son aborrecibles, repugnantes”, uno podría decir de sus pecados más viles, a semejanza del Salmista que se expresó con estas palabras: “Hieden y supuran mis llagas, a causa de mi locura” (Salmos 38:5).

Debe haber una devoción cada vez mayor, y mucha reflexión y estudio. Debe haber un nuevo despertamiento, una fortificación, un renacimiento; y esto requiere energía y tiempo, y con frecuencia se ve acompañado de penosos bochornos, serias privaciones y fuertes pruebas, aun cuando uno bien podría ser excomulgado de la Iglesia y perder todas las bendiciones espirituales.

Otra pareja de jóvenes manifestó un desconocimiento similar de la gravedad del pecado, y en particular del pecado sexual. En diciembre del año anterior se habían comprometido formalmente, intercambiando anillos, y en junio vinieron a yerme. En este intervalo de seis meses habían cometido frecuentemente su pecado sexual, y en junio fueron a ver a sus obispos respectivos para pedir la recomendación al templo. El obispo de la joven, sabiendo que siempre había sido activa, no la interrogó en forma minuciosa en cuanto a su pureza, y momentos después ya estaba guardando en su bolsa una recomendación que se iba a usar en la boda proyectada para junio. El obispo del otro barrio interrogó al joven cuidadosamente y se enteró de los seis meses de transgresión.

Al presentarse en mi oficina, la pareja francamente admitió su pecado y me quedé asombrado cuando dijeron: “¿No es cosa mala, verdad, en vista de que estábamos comprometidos formalmente y esperábamos casarnos en breve?” Ninguna comprensión tenían de la magnitud del pecado. Estaban ya para entrar en el santo templo y casarse sin ocurrírseles que estaban profanando la Casa del Señor. ¡Cuán defectuosa era su preparación! ¡Cuán insincera su manera de proceder! Se sintieron muy molestos cuando fue necesario aplazar su matrimonio para dar tiempo al arrepentimiento. Habían justificado de tal manera el pecado que ya casi ni existía. Insistieron en que se les señalara una fecha, la más próxima que les fuera posible obtener, en la cual pudieran fijar sus planes para efectuar su matrimonio en el templo. No entendían que el perdón no es cosa de días ni de meses ni aun de años, sino es cuestión de intensidad de sentimiento y transformación del ser. Nuevamente se manifestó en este caso una tergiversación de su actitud, una falta de convicción de la seriedad de su profunda transgresión. No habían confesado su grave pecado; no habían hecho más que admitirlo cuando se descubrió. Existe una amplia diferencia entre las dos situaciones.

Esta pareja no parecía tener ningún concepto de satisfacer al Señor, de pagar los castigos completos y procurar una liberación y ajuste que pudieran considerarse terminantes y ser aceptados por el Señor. Les hice esta pregunta: “Al considerar ustedes esta transgresión, ¿les parece que se les debe excomulgar de la Iglesia?” Los llenó de sorpresa tal pregunta. No habían considerado su abominable pecado como cosa mayor que una indiscreción. Habían nacido y se habían criado en la Iglesia, y habían recibido el don del Espíritu Santo a los ocho años de edad; pero en las noches sucesivas de su perfidia habían ahuyentado al Espíritu Santo. Lo habían hecho sentirse rechazado. No estaban escuchando sus impresiones. Es inconcebible que no hayan sabido cuán grave era su pecado, pero se habían convencido a sí mismos en contra de la verdad. Habían cauterizado su conciencia como con un hierro candente.

 

La convicción abre la puerta al arrepentimiento

Cuando llegamos a reconocer nuestro pecado sinceramente y sin reserva, estamos en condición para seguir los pasos que nos librarán de los efectos del pecado. Tenemos un buen ejemplo en Enós. Al empezar a comprender su verdadera situación delante de su Hacedor, reflexionó su condición: cómo había nacido en la fe y recibido instrucción de un buen padre, el cual le había enseñado la justicia, el conocimiento y la amonestación del Señor. Al hallarse a solas, lejos de donde pudiera ser oído, en lo profundo del bosque, donde no había nadie sino él, empezó a convencerse a sí mismo de sus pecados. Empezó a surgir la vida eterna ante él como algo muy anhelado, y dice que “las palabras… sobre la vida eterna y el gozo de los santos penetraron mi corazón profundamente; y mi alma tuvo hambre”.

Habiéndose convencido a sí mismo de que se hallaba en una situación desesperada, comenzó a poner su mente en orden. “Me arrodillé ante mi Hacedor—dijo—a quien clamé con ferviente oración y súplica por mi propia alma.”

La sinceridad del cambio habido en su corazón se manifiesta en sus esfuerzos prolongados por hacer su ajuste y obtener perdón: “Y clamé a él todo el día; sí, y cuando anocheció, aún elevaba mi voz hasta que llegó a los cielos” (Enós 3, 4).

Cuando existe este espíritu en el transgresor, y se entrega a la misericordia del Señor, empieza a recibir el alivio que por último se desarrollará en arrepentimiento total.

El joven Alma se había hundido tan profundamente en su pecado, que le era sumamente difícil humillarse a sí mismo hasta llegar al arrepentimiento; mas cuando sus experiencias vencieron su resistencia, aplacaron su rebelión y sobrepujaron su terquedad, empezó a verse a sí mismo en su verdadera luz y a darse cuenta de su situación tal como realmente lo era. Se ablandó su corazón; su arrepentimiento empezó a nacer. Escuchemos sus palabras de confesión. Aun cuando estas palabras de Alma se usan en esta obra en relación con otros aspectos del evangelio, se repiten aquí para indicar la convicción de culpabilidad:

“Pero me martirizaba un tormento eterno, porque mi alma estaba atribulada hasta el límite, y atormentada por todos mis pecados.

“Sí, me acordaba de todos mis pecados e iniquidades, los cuales me atormentaban con las penas del infierno; sí, veía que me había rebelado contra mi Dios y que no había guardado sus santos mandamientos.

“Sí, y que había asesinado a muchos de sus hijos, o más bien, que los había conducido a la destrucción; sí, y por último, mis iniquidades habían sido tan grandes que sólo el pensar en volver a la presencia de mi Dios atormentaba mi alma con indecible horror.

“¡Oh si pudiera ser desterrado—pensaba yo—y aniquilado en cuerpo y alma, a fin de no tener que estar en la presencia de mi Dios para ser juzgado por mis obras!

“Y por tres días y tres noches me vi atormentado, sí, con las penas de un alma condenada” (Alma 36:12–16).

La convicción produjo el “pesar de arrepentimiento” por medio de recuerdos atormentadores. Los dolores causados por su pecado fueron intensos y amargos. Alma se había convencido a sí mismo.

Vino a él la profunda seguridad de que se había aceptado su arrepentimiento, y una gran paz llegó a su alma:

“Porque, dijo él, me he arrepentido de mis pecados, y el Señor me ha redimido; he aquí, he nacido del Espíritu.

“Y el Señor me dijo: No te maravilles de que todo el género humano, sí, hombres y mujeres, toda nación, familia, lengua y pueblo, deben nacer otra vez; sí, nacer de Dios, ser cambiados de su estado carnal y caído a un estado de rectitud, redimidos de Dios, convertidos en sus hijos e hijas.” (Mosíah 27:24, 25).

¿Hasta dónde habrían llegado Enós y Alma sin esta admisión de su estado pecaminoso? Un padre muy preocupado me trajo a su hijo para considerar las perversiones sexuales a las cuales este joven se había habituado. El joven de referencia no estaba convencido de que sus prácticas eran tan malas. Había leído en libros, publicados por pervertidos, que se trataba de una actividad normal. Las Escrituras tenían poco significado para él, pues le parecía que no prohibían espe­cíficamente la cosa particular que estaba haciendo. Opinaba que su padre era de costumbres anticuadas y que no estaba al tanto de las tendencias más modernas. Había conversado con otros pervertidos, los cuales lo habían convencido de que él pertenecía a un tercer sexo, una situación normal. Por regla general, podemos fácilmente creer las cosas que queremos creer. Durante cuatro horas tratamos el asunto desde todo punto de vista, mediante la lógica, el sentido común, las Escrituras, y finalmente el joven admitió que estaba convencido. Ahora, y sólo hasta ahora, podía él proceder hacia el arrepentimiento.

 

La humildad es la llave

Desde luego, ni aun la convicción de culpabilidad es suficiente. Podría resultar asoladora y destructora si no la acompañara el esfuerzo por librarse uno de tal culpabilidad. Junto con. la convicción, pues, debe haber un deseo sincero de expurgar la culpabilidad y compensar la pérdida sufrida a causa del error.

La admisión de ser culpable debe darle a la persona una sensación de humildad, de un “corazón quebrantado y un espíritu contrito” y provocarle la actitud proverbial de cubrirse de “silicio y de ceniza”. Esto no quiere decir que uno debe tornarse servil y sentirse apocado hasta un grado destructivo, sino más bien que uno debe tener un deseo sincero de corregir el mal.

La convicción incluiría en sí la comprensión de que la ley que se violó era la ley de Dios, que todas sus leyes se han dispuesto para el beneficio y gloria finales del hombre, y que en su amorosa omnisciencia, Dios sabe lo que mejor nos conviene a cada uno de nosotros. Entonces, con respeto y reverencia y un amor creciente hacia Dios, desarrollamos el deseo de complacerlo y de finalmente ser como El y estar cerca de El. Esto proporciona el incentivo y la disposición para marchar por la senda que efectuará estos propósitos, incluso hacer lo que fuere necesario para obtener el perdón que posibilitará la realización final de estas metas. Esta es la humildad verdadera en el contexto de la convicción de la culpabilidad.

Es necesario que esta humildad sea voluntaria, y normalmente lo será cuando el ofensor quede convencido de su pecado sin presiones externas.

“Sí, el que verdaderamente se humilla y se arrepiente de sus pecados, y persevera hasta el fin, será bendecido; sí, bendecido mucho más que aquellos que se ven obligados a ser humildes…

“Por tanto, benditos son aquellos que se humillan sin verse obligados a ser humildes” (Alma 32:15, 16).

Cualesquiera que fueren nuestras predisposiciones al estar bajo la influencia de la altivez de nuestro corazón, la persona que se convence de su pecado, y a causa de ello sufre con humildad esa tristeza que es según Dios, se ve reducida, o mejor dicho en este caso, elevada a lágrimas. Así es como expresa su angustia por su necedad y por la aflicción que ha causado a los inocentes. Aquellos que no han pasado por tal experiencia tal vez no comprendan esta reacción, pero los autores de las Escrituras con su profunda percepción comprendían que en las lágrimas hay un bálsamo sanador para el alma humilde que se allega a Dios. Jeremías escribió: “¡Oh, si mi cabeza se hiciese aguas, y mis ojos fuentes de lágrimas, para que llore día y noche!” (Jeremías 9:1). El Salmista clamó en su angustia:

“Me he consumido a fuerza de gemir; todas las noches inundo de llanto mi lecho, riego mi cama con mis lágrimas” (Salmos 6:6). También elevó este ruego: “Mírame, y ten misericordia de mí, porque estoy solo y afligido” (Salmos 25:16).

 

La prueba de la convicción

Un retorno completo a las experiencias espirituales parece constituir un paso vital del arrepentimiento. La pérdida de la fe corre paralelamente a la pérdida de la virtud y la justicia. “A quien servimos, amamos.” Aborrecemos a los que menospreciamos, cuyas leyes quebrantamos. A muchos les parece que pueden resolver sus problemas con suprimir a Dios y su Iglesia de su vida, sin darse cuenta de que al hacerlo están desechando el aparato salvavidas y la “barra de hierro” que podría salvarlos.

Hay una buena prueba verbal que puede aplicarse para determinar la profundidad de la convicción que uno tiene del pecado y, consiguientemente, del comienzo de su jornada por el camino del arrepentimiento. Un hermano que había cometido transgresiones repugnantes estaba tratando de decirme que se había arrepentido. Yo me hallaba lejos de quedar convencido, y le hice algunas preguntas. Mucho antes que cesara de hacerle las preguntas, inclinó la cabeza y admitió que escasamente había iniciado su arrepentimiento. No creía que fuera tan extenso. Estas fueron las preguntas:

¿Desea usted ser perdonado?

¿Podría usted aceptar la excomunión a causa del pecado, en caso de que se considerara necesario? ¿Por qué le parece que no debe ser excomulgado? ¿En caso de serlo, se llenaría usted de rencor contra la Iglesia y sus oficiales? ¿Cesaría sus actividades en la Iglesia? ¿Estaría dispuesto a trabajar para lograr nuevamente el bautismo y la restauración de bendiciones anteriores, aun cuando fuera cuestión de años?

¿Qué ha hecho usted para demostrar su arrepentimiento? ¿Cuánto oraba usted antes del pecado? ¿Cuánto oró durante el tiempo del pecado? ¿Cuánto ha orado desde que lo ha admitido?

¿Cuánto estudiaba usted las Escrituras antes de su dificultad? ¿Cuánto desde entonces?

¿Está usted asistiendo a las reuniones? ¿pagando diezmos?

¿Lo ha comunicado a su esposa o padres? ¿Ha confesado sus pecados por completo?

¿Se siente humilde ahora? ¿Viene como resultado de “verse obligado a ser humilde”?

¿Ha luchado usted con sus problemas como lo hizo Enós? ¿Ha sentido hambre su alma por el bien de su alma? ¿Ha clamado “con ferviente oración a él todo el día”, y en la noche ha elevado su voz hasta llegar a los cielos, como lo hizo Enós?

¿Cuánto ha ayunado?

¿Cuánto sufrimiento ha soportado? ¿Se ha “expurgado” su culpabilidad?

 

Demos el primer paso

Las implicaciones de estas preguntas no son agradables a la vista, no son placenteras, como la apariencia que Satanás le da al pecado. Sin embargo, son implicaciones inevitables que resultan cuando se dan los primeros pasos del arrepentimiento de un grave pecado, y algunas de ellas, como en el caso de Enós, se aplican a todos nosotros que aún no llegamos a la santificación.

Por eso es que nuestro Padre amoroso, por medio del gran mensaje del evangelio, hace hincapié en lo siguiente: Absteneos de pecados graves. Arrepentíos de ellos si los habéis cometido. Arrepentíos firme y constantemente de vuestros pecados y debilidades y vencedlos, para que así recibáis el perdón que facilitará y embellecerá la jornada hacia arriba.

Y el primer paso en todo esto es estar uno consciente de sus pecados.