“El cumplimiento de los mandamientos de Dios trae el perdón”

 

Spencer W. Kimball, “El Milagro del Perdón

Capítulo 15: “El cumplimiento de los mandamientos de Dios trae el perdón”

 

No obstante, el que se arrepienta y

cumpla los mandamientos del Señor será perdonado.

—Doctrina y Convenios 1:32

 

Y en nada ofende el hombre a Dios,

o contra ninguno está encendido su enojo,

sino aquellos que no confiesan su mano en todas las cosas y

no obedecen sus mandamientos.

—Doctrina y Convenios 59:21

 

En su prefacio a la revelación moderna el señor bosquejó lo que es uno de los requisitos más difíciles del arrepentimiento verdadero. Para algunos es la parte más trabajosa del arrepentimiento, porque lo pone a uno en guardia el resto de su vida. El Señor dice:

“…yo, el Señor, no puedo contemplar el pecado con el más mínimo grado de tolerancia.

“No obstante, el que se arrepienta y cumpla los mandamientos del Señor será perdonado” (D. y C. 1:31, 32. Cursiva del autor).

Este pasaje es de lo más preciso. Primero, uno se arrepiente. Habiendo logrado ese paso debe entonces vivir de acuerdo con los mandamientos del Señor para retener esa ventaja. Esto es necesario para lograr el perdón completo.

Ninguno de los pasos que integran el arrepentimiento es universalmente fácil, lo cual es una de las razones porque es preferible conservarse apartado de las cadenas del pecado. El grado de dificultad correspondiente a cada paso varía según el participante.

 

Se requieren la devoción, el esfuerzo

Bajo la humillación de una conciencia culpable, con la posibilidad de que tal vez salga a luz y venga el consiguiente escándalo y bochorno, con un espíritu lidiador que impele hacia un ajuste—con tal estímulo, los primeros pasos de pesar, abandono, confesión y restitución podrán resultar menos difíciles para algunos. Sin embargo, la observancia de los mandamientos de Dios somete a dura prueba la fe y fuerza de voluntad del alma más resuelta.

El cumplimiento de los mandamientos del Señor, como lo exige el pasaje citado, es un esfuerzo que dura el resto de la vida. “Hasta el fin” es una frase que se usa a menudo en las Escrituras, y significa literalmente hasta el fin de la vida. Esta frase ahora cobra nuevo y adicional sentido y significado para el que se arrepiente: “Sólo se salva aquel que persevera hasta el fin” (D. y C. 53:7). Además: Si haces lo bueno, sí, y te conservas fiel hasta el fin, serás salvo en el reino de Dios” (D. y C. 6:13. Cursiva del autor).

En vista de que todos nosotros pecamos en grado mayor o menor, todos tenemos necesidad de arrepentimos constantemente, de elevar continuamente nuestras miras y nuestra actuación. Uno difícilmente puede cumplir los mandamientos del Señor en un día, una semana, un mes o un año. Se trata de un esfuerzo que debe continuar durante el resto de nuestros años de vida. A fin de realizarlo, toda alma debe desarrollar el mismo espíritu de devoción y dedicación a la obra del Señor de que disfrutan el obispo y la presidenta de la Sociedad de Socorro. En la mayoría de los casos su devoción es casi total.

Hay necesidad de aplicar esta devoción tanto al esfuerzo mental, como al espiritual y al físico. Se requiere tiempo y aplicación para entender el evangelio en forma tal que pueda rendirse obediencia verdadera a sus requisitos en forma inteligente. El niño que nace en la Iglesia va a la Primaria y a la Escuela Dominical; más tarde asiste a la AMM, al seminario y al instituto; trabaja en los programas de Scouts y Exploradores; más adelante participa en la Sociedad de Socorro y muchas otras tareas especializadas, además de servir y asistir y participar en otras reuniones y conferencias, y todo esto aparte del estudio del evangelio y muchas horas puesto de rodillas orando. El converso adulto puede lograr mucha de esta instrucción por medio del estudio intenso, la meditación y la oración.

Sin embargo, muchas personas esperan obtener un conocimiento y entendimiento del plan entero del evangelio y sus eternidades de implicaciones y asociaciones en un espacio muy breve de tiempo. Están dispuestos a pasar años y años de estudio intenso para dominar parcialmente uno de los rudimentos del conocimiento total, a fin de llegar a ser dentista, médico, juez, profesor o especialista en cualquier ramo; y con todo, muchos rechazan el evangelio porque no se puede discernir ni entender en un corto número de lecciones fáciles. No están “cumpliendo los mandamientos” y, por tanto, no se arrepienten.

 

El arrepentimiento debe ser de todo corazón

Refiriéndose al arrepentimiento, las Escrituras usan la frase “de todo corazón” (véase D. y C. 42:25). Es obvio que con esto se excluye cualquier reserva. El arrepentimiento debe incluir una entrega total y completa al programa del Señor. No se ha arrepentido completamente el transgresor que deja de pagar sus diezmos, falta a sus reuniones, quebranta el día de reposo, desatiende sus oraciones familiares, no sostiene a las autoridades de la Iglesia, desobedece la Palabra de Sabiduría, no ama al Señor ni a sus semejantes. El adúltero que está reformándose no está arrepentido si es borracho o maldiciente. El ladrón que está arrepintiéndose no está listo para recibir el perdón si comete inmoralidades sexuales. Dios no puede perdonar a menos que el transgresor manifieste un arrepentimiento verdadero que se extienda a todo aspecto de su vida.

El Señor sabe, como el individuo en cuestión lo sabe, el grado de contrición que se ha mostrado, y la recompensa se recibirá proporcionalmente, porque Dios es justo. El conoce el corazón; El sabe si uno meramente está o no está simulando el arrepentimiento. Fingir el arrepentimiento o aparentarlo es inútil, pues tanto el transgresor como el Señor saben el grado de sinceridad.

 

Llevar el evangelio a otros ayuda al arrepentimiento

“Cumplir los mandamientos” incluye las muchas actividades que se requieren a los fieles, de las cuales acabamos de mencionar sólo unas pocas. Obras buenas en general y la devoción, acompañada de una actitud constructiva, es lo que hace falta. Por otra parte, una manera sana de neutralizar los efectos del pecado en la vida de uno es llevar la luz del evangelio a otros que hoy no la disfrutan. Esto puede significar hacer la obra tanto con los miembros inactivos de la Iglesia como con los que no son miembros, tal vez con éstos en la mayoría de los casos. Notemos cómo el Señor ha relacionado el perdón de los pecados con el testimonio que uno da tocante a la obra de los últimos días:

“Porque os perdonaré vuestros pecados con este mandamiento: que os conservéis firmes en vuestras mentes en solemnidad y el espíritu de oración, en dar testimonio a todo el mundo de las cosas que os son comunicadas” (D. y C. 84:61. Cursiva del autor).

Tal parece que el Señor se desilusiona con muchos que no dan sus testimonios, en vista de que dice:

“Mas con algunos no estoy complacido, porque no quieren abrir su boca, sino que esconden el talento que les he dado a causa del temor de los hombres. ¡Ay de éstos!, porque mi enojo está encendido en contra de ellos” (D. y C. 60:2).

Esta negligencia en dar testimonio sería particularmente grave para aquellos que tienen que vencer y neutralizar pecados mortales. Cabe notar en particular las palabras dadas en 1831, por conducto del Profeta José Smith, a él y a los hermanos que lo acompañaban en su viaje a Sión. Dirigiéndose a ellos, el Señor dijo:

“Sin embargo, benditos sois, porque el testimonio que habéis dado se ha escrito en el cielo para que lo vean los ángeles… y vuestros pecados os son perdonados” (D. y C. 62:3).

Aquí, El promete el perdón de pecados a aquellos élderes que habían sido valientes en la obra de buscar prosélitos y en dar testimonio. Los ángeles, así como el Padre que está en los cielos, ciertamente se regocijarían a causa de aquellos miembros que con gran sinceridad vencieran sus pecados y recibieran la remisión de los mismos, debido en parte a sus esfuerzos por elevar la norma espiritual de sus semejantes, dándoles testimonio del evangelio restaurado.

Otra declaración del Señor—ésta por conducto del apóstol Santiago—recalca el valor del testimonio en cuanto al vencimiento de los pecados. El testimonio proviene del estudio, la oración y el cumplimiento de los mandamientos, y la repetición del testimonio lo edifica y le da estabilidad. El citado apóstol dice que por medio de esta obra misional de salvar las almas de otros, uno llega al punto de traer la salvación y la santificación a si mismo.

“Hermanos, si alguno de entre vosotros se ha extraviado de la verdad, y alguno le hace volver,

“sepa que el que haga volver al pecador del error de su camino, salvará de muerte un alma, y cubrirá multitud de pecados” (Santiago 5:19, 20).

Toda persona que está iniciando el largo viaje para emanciparse de la esclavitud del pecado y la maldad hallará consuelo en el concepto expresado por Santiago. Podríamos ampliarlo un poco y recordarle al transgresor que cada testimonio que dé, cada oración que ofrezca, cada sermón que predique, cada pasaje de las Escrituras que lea, toda ayuda que proporcione para estimular y elevar a otros—todas estas cosas lo fortalecen a él y lo elevan a un nivel más alto.

La causa motriz correcta para efectuar la obra misional, de la clase que sea, así como para prestar servicio alguno en la Iglesia es, desde luego, el amor por el prójimo; pero como en todos los casos, este servicio surte su efecto secundario en la propia vida de uno. Por tanto, al convertirnos en instrumentos en las manos de Dios para cambiar la vida de otros, nuestra propia vida no puede menos que ser elevada. Difícilmente se puede ayudar a otro a llegar a la cumbre del monte sin escalarlo uno mismo.

No todos nosotros podemos dedicar nuestro tiempo entero a la obra misional, en la cual uno podría tener la oportunidad de explicar el evangelio y dar testimonio de su divinidad muchas veces todos los días. Ni tampoco podemos todos ser apartados formalmente como misioneros de estaca, en la cual se presentan oportunidades semejantes a las del misionero de regla, aunque en un grado algo menor. Sin embargo, lo que todo miembro muy definitivamente puede hacer es seguir el lema inspirado del presidente McKay: “Todo miembro debe ser misionero.” Puede amistar y hermanar a vecinos, amigos y conocidos que no son miembros, y por medio de su interés y asociación esforzarse por conseguir que estos no miembros lleguen al punto en que estarán dispuestos a recibir a los misioneros de estaca o de regla. Nadie tiene que preocuparse porque no puede enseñar el evangelio debidamente a sus amigos. Los misioneros que han sido apartados están preparados para hacerlo. Lo que todo miembro debe hacer, por medio del buen ejemplo y por su testimonio, es hacer ver a quienes no son miembros el gozo de vivir y entender el evangelio, y de esta manera ayudar para que lleguen al punto en que aceptarán instrucción más formal.

Además de las posibilidades en la obra misional, se presentan oportunidades casi ilimitadas de elevar a otros en actividades como la obra de los quórumes, las organizaciones auxiliares y comités de la Iglesia, y por este medio bendecirse uno mismo. Mensualmente se efectúan reuniones de testimonio en las que cada uno tiene la oportunidad de testificar. Pasar por alto tales oportunidades equivale a dejar de acumular, hasta ese grado, créditos para balancear los errores y transgresiones que se han amontonado.

 

Fe y obras

En vista de la manera en que hasta este punto se ha recalcado la importancia de las buenas obras, en lo que concierne a volverse del pecado y establecer una vida de arrepentimiento, tal vez convendría decir una o dos palabras sobre el concepto de la salvación por medio de la fe únicamente. Algunas personas que no son de nuestra Iglesia se complacen en citar para apoyar tal concepto, las siguientes palabras del apóstol Pablo:

“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios;

“no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8, 9).

Una de las doctrinas más falaces originadas por Satanás, y que el hombre propone, es que el género humano se salva únicamente por la gracia de Dios; y que la fe sola en Jesucristo es cuanto se requiere para la salvación. Tal cosa podría eliminar la necesidad de arrepentirse, así como todas las demás obras necesarias para la exaltación del hombre en el reino de Dios. Daría licencia para pecar y, en vista de que no requeriría que el hombre labrara su salvación, podría aceptar, en su lugar, el homenaje de boca, el “arrepentimiento” en el lecho de muerte y la confesión de pecados superficial e insignificante.

Los miembros de la Iglesia son verdaderamente afortunados en tener Escrituras que se han revelado en esta época, las cuales aclaran ésta y otras cuestiones doctrinales de modo que no dejan lugar a ninguna duda. Un pasaje en el Libro de Mormón, tal vez escrito con el mismo propósito que las palabras ya citadas de Pablo, es decir, para recalcar e impulsar el agradecimiento por el precioso don de salvación que se ofrece mediante la obediencia, es de esclarecimiento particular:

“Porque nosotros trabajamos diligentemente para escribir, a fin de persuadir a nuestros hijos, así como a nuestros hermanos, a creer en Cristo y a reconciliarse con Dios; pues sabemos que es por la gracia que nos salvamos después de hacer cuanto podamos” (2 Nefi 25:23. Cursiva del autor).

Además, el Señor hizo hincapié en el hecho de que:

“Nada impuro puede entrar en su reino; por tanto, nadie entra en su reposo, sino aquel que ha lavado sus vestidos en mi sangre, mediante su fe, el arrepentimiento de todos sus pecados y su fidelidad hasta el fin.

“Y este es el mandamiento: Arrepentíos, todos vosotros, extremos de la tierra, y venid a mí y bautizaos en mi nombre, para que seáis santificados por la recepción del Espíritu Santo, a fin de que en el postrer día os halléis en mi presencia, limpios de toda mancha” (3 Nefi 27:19, 20).

Esto pone de relieve las dos facetas, ninguna de las cuales por sí sola podría traer la salvación individual: la gracia de Cristo, particularmente cual la representa su sacrificio expiatorio, y el esfuerzo individual. Pese a lo bueno que fuesen sus obras, una persona no podría salvarse si Jesús no hubiera muerto por los pecados de dicho individuo, así como por los de todos los demás. De igual manera, pese a la potencia de la gracia salvadora de Cristo, ésta no trae la exaltación a ninguno que no cumpla con las obras del evangelio.

Por supuesto, hay necesidad de que entendamos los términos. Si por la palabra “salvación” se entiende una mera salvación o redención de la tumba, basta con la “gracia de Dios”. En cambio, si el término “salvación” significa volver a la presencia de Dios, con progreso eterno, aumento eterno y finalmente la categoría de un dios, ciertamente uno necesita la “gracia de Dios”, cual generalmente se entiende, además de la pureza personal, el dominio del mal y las buenas “obras” que tanto se acentúan en las exhortaciones del Salvador y de sus profetas y apóstoles.

Son pocos, si acaso los ha habido, los que han entendido estos asuntos mejor que el apóstol Pablo, el cual se habría sorprendido de que se le diera cualquier otra interpretación a sus palabras. En todos sus escritos recalca la importancia de las obras rectas. Predica contra el pecado, de la clase que sea, instando al arrepentimiento e indicando que el perdón es un elemento necesario de la salvación. Declara en su Epístola a los Romanos que “la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres” (Romanos 1:18). No sólo condena toda cosa mala, sino promete que Dios “pagará a cada uno conforme a sus obras” (Romanos 2:6). Promete “vida eterna a los que, perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad” (Romanos 2:7). Hace hincapié en el hecho de que “no son los oidores de la ley los justos ante Dios, sino los hacedores de la ley serán justificados” (Romanos 2:13). Además, como previamente se dijo en esta obra, él señala un número considerable de pecados particulares y amonesta a los hombres a que se arrepientan de ellos.

 

La vida compungida busca la perfección

Uno podría multiplicar referencias casi interminablemente, pero se ha dicho lo suficiente para establecer el punto de que la vida compungida, la vida que constantemente lucha por la perfección, debe basarse tanto en las obras como en la fe. El evangelio es un programa de acción, de realizar algo. La inmortalidad y la vida eterna del hombre constituyen las metas de Dios (Moisés 1:39). La inmortalidad se ha realizado mediante el sacrificio del Salvador. La vida eterna se halla en suspenso, en espera de las obras de los hombres.

Este progreso hacia la vida eterna es cuestión de lograr la perfección. El cumplimiento de todos los mandamientos garantiza el perdón total de los pecados y le asegura a uno la exaltación por medio de esa perfección que se logra al seguir la fórmula que el Señor nos dio. En su Sermón del Monte dio este mandamiento a todos los hombres: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mateo 5:48). Ser perfecto significa triunfar del pecado; es un mandato del Señor. El es justo y sabio y benévolo. Jamás requeriría a sus hijos cosa alguna que no fuera para su beneficio, o que no se pudiera lograr. Por tanto, la perfección es una meta realizable.

El Salvador repitió la misma instrucción a sus directores nefitas cuando les declaró los requisitos del evangelio: de ser como El (3 Nefi 12:48). El Salvador había vivido de acuerdo con los mandamientos de su evangelio; ahora se requería a todos los hombres que en igual manera vivieran según los mandamientos. Nefi citó las palabras del Salvador que atañen al mismo asunto:

“Y también percibí la voz del Hijo, que me decía: A quien se bautizare en mi nombre, el Padre dará el Espíritu Santo, como a mí; por tanto, seguidme y haced las cosas que me habéis visto hacer” (2 Nefi 31:12).

El Señor amplificó un tanto su afirmación a los nefitas cuando, después de una extensa disertación sobre el desarrollo de la perfección por medio de la obediencia al evangelio, El dirigió a sus discípulos esta pertinente pregunta: “Por lo tanto, ¿qué clase de hombres habéis de ser?” Pudo haber estado meramente tratando de impresionarlos adicionalmente con la verdad y recalcarla, o pudo haber hecho esta pregunta para ver hasta qué punto habían estado comprendiendo las verdades vitales que les estaba enseñando. No esperó que respondieran, pues la respuesta siguió inmediatamente a la pregunta: “En verdad os digo, habéis de ser como yo soy” (3 Nefi 27:27).

La perfección realmente viene por vencer. El Señor reveló por boca del apóstol Juan: “Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono” (Apocalipsis 3:21).

Tal parece que la maldad siempre está a nuestro derredor. Una de nuestras primeras Autoridades Generales teorizaba que hay centenares de espíritus malos que se oponen a cada uno de nosotros; consiguientemente, siempre debemos estar alertas. Cataloguemos nuestras debilidades y procedamos en contra de ellas para vencerlas. Cristo se perfeccionó venciendo. Sólo a medida que logremos vencer llegaremos a ser perfectos y continuaremos hacia la categoría de dioses. Como se ha indicado previamente, la ocasión para efectuar esto es ahora, en el estado terrenal.

Alguien dijo en una ocasión: “El individuo que está proyectando reformarse va un paso atrás. Debe dejar de proyectar y empezar a desempeñar la tarea. Hoy es el día.” Ciertamente el autodominio es un programa continuo, una jornada, no simplemente un comienzo. Así como una pequeña bellota no puede convertirse repentinamente en un roble, tampoco los hombres pueden repentinamente volverse justos. No obstante, el progreso hacia la perfección puede ser rápido, si uno resueltamente se dirige hacia la meta.

 

Es importante la perspectiva

En la marcha hacia la perfección por medio del vencimiento del pecado, es importante tener la perspectiva correcta. Por ejemplo, algunas personas confunden los medios con los fines. A muchos les parece que la Palabra de Sabiduría tiene como fin principal aumentar nuestra salud, extender nuestra vida terrenal; pero un estudio más cuidadoso de la revelación (D. y C. 89) nos revela un propósito más profundo. Desde luego, la abstinencia completa fortalecerá nuestro cuerpo, lo hará sobrevivir más años a fin de que se disponga de tiempo adicional para perfeccionar el cuerpo, y especialmente el espíritu, mirando hacia el estado eterno y el gozo eterno. El Señor hizo solemnes promesas a “todos los santos que se acuerden de guardar y hacer estas cosas, rindiendo obediencia a los mandamientos” (D. y C. 89:18. Cursiva del autor). Aquí los compromisos del Señor fueron dos. Primero, prometió a cuantos obedecen que “recibirán salud en el ombligo y médula en los huesos”; que como consecuencia de la buena salud física “correrán sin fatigarse y andarán sin desmayar”. Es una promesa gloriosa.

Sin embargo, las promesas espirituales grandemente sobrepujan a las físicas. Para aquellos que observaren estas instrucciones particulares y fueren obedientes a todos los mandamientos del Señor, las bendiciones realmente aumentan y se multiplican. Prometió que el ángel de la muerte pasará de estos santos y no los matará. Esta promesa nos trae a la memoria el libro de Éxodo, donde leemos que el Señor puso a prueba la fe de los hijos de Israel para ver si obedecerían al gran Moisés.

Ahora bien, la promesa en la revelación que se acaba de citar es semejante y desemejante a la prueba de Israel antiguo, como generalmente lo son las comparaciones. En ambas circunstancias se hallarían el elemento de pasar de ellos un peligro, el elemento de la obediencia de fe sin saber todas las razones. La “obediencia de fe” es fundamental; sin ella, el milagro no puede efectuarse. Si Israel no hubiera obedecido, sus hijos primogénitos no habrían sido protegidos.

El galardón por observar la Palabra de Sabiduría es vida, no sólo vida terrenal prolongada, sino vida eterna. No se promete por conducto de la Palabra de Sabiduría que el fiel cumplidor no morirá: “porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados” (1 Corintios 15:22). En cuanto a Israel antiguo, se trataba de vida física o muerte física. En nuestra promesa moderna se trata de vida espiritual o muerte espiritual. Si uno menosprecia “estas cosas” y no rinde “obediencia a los mandamientos”, su muerte es segura; pero si obedece implícitamente, se asegura su vida eterna mediante la perfección. El ángel de la muerte acorta la vida terrenal de uno por motivo de su desobediencia; el ángel de luz despeja el camino para lograr la vida espiritual eterna.

 

La iniciativa esta en manos del individuo

Nos hemos referido previamente a esa otra clase de personas que básicamente permanecen impenitentes porque no están “cumpliendo los mandamientos”. Son los miembros de la Iglesia que se han hundido en el letargo. No toman, ni cometen pecados sexuales; no son jugadores, no hurtan, ni matan. Son buenos ciudadanos y espléndidos vecinos, pero hablando espiritualmente, parece que los ha vencido un largo y profundo sueño. No están cometiendo error alguno gravemente malo, salvo el de no hacer las cosas rectas para ganar su exaltación. A tales personas bien se pueden aplicar las palabras de Lehi:

“¡Oh que despertaseis; que despertaseis de ese profundo sueño, si, del sueño del infierno, y os sacudieseis de las espantosas cadenas que os tienen atados, que son las que sujetan a los hijos de los hombres a tal grado que son llevados cautivos al eterno abismo de miseria y angustia!” (2 Nefi 1:13).

El tercer capítulo del libro del Apocalipsis contiene estas palabras del Salvador:

“He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo” (Apocalipsis 3:20).

El artista Holman Hunt se sintió inspirado para representar este conmovedor pasaje en un lienzo. Un día estaba mostrando su pintura de “Cristo llama a la puerta” a un amigo, cuando éste de pronto exclamó:

—Le falta un detalle a su cuadro.

—¿Cuál es?—preguntó el artista.

—La puerta a la cual Jesús está llamando no tiene tirador.

—Ah, pero no es un error—respondió el Sr. Hunt.—Es que ésta es la puerta al corazón humano. No se puede abrir sino desde adentro.

Y así es. Jesús puede llegar y llamar, pero cada uno de nosotros decide si vamos a abrirle. El Espíritu no tiene el poder para compeler al hombre a que actúe. El hombre mismo debe tomar la iniciativa; él mismo debe desear arrepentirse y dar los pasos concretos. Como lo aconsejó el apóstol Pablo, debe vestirse “de toda la armadura de Dios” y así asegurarse de que podrá permanecer firme “contra las asechanzas del diablo” (Efesios 6:11). Esa armadura queda incompleta sin un esfuerzo constante por vivir según los mandamientos de Dios. Sin tal esfuerzo, el arrepentimiento también queda incompleto; y el arrepentimiento incompleto jamás obró el perdón completo.