“El alivio de las cargas mediante la confesión”

 

Spencer W. Kimball, “El Milagro del Perdón

Capítulo 13: “El alivio de las cargas mediante la confesión”

 

…yo, el Señor, perdono los pecados

y soy misericordioso con aquellos que

los confiesan con corazones humildes.

—Doctrina y Convenios 61:2

 

La confesión del pecado es un elemento necesario en el arrepentimiento y, consiguientemente, para obtener el perdón. Es una de las pruebas del arrepentimiento verdadero, porque “por esto podréis saber si un hombre se arrepiente de sus pecados: He aquí, los confesará y abandonará” (D. y C. 58:43. Cursiva del autor).

 

La confesión se requiere hoy igual que en lo pasado

Los hermanos Ezra Taft Benson y Mark E. Petersen del Consejo de los Doce, en un estudio preparado para las Autoridades, se expresaron en esta manera concerniente a la confesión:

“Parece que en el Nuevo Testamento y en las Escrituras de esta época claramente se expresa que el reconocimiento del pecado es una condición importante para recibir el perdón y efectuar la restitución. El apóstol Santiago amonestó a los santos a confesar ‘vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros” (Santiago 5:16). El apóstol Pablo dio este consejo a los romanos: ‘Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación’ (Romanos 10:10). Varias de las revelaciones en Doctrinas y Convenios se refieren a la obligación que tienen aquellos que han pecado, de confesar sus malos hechos. En la sección 59, en la cual el Señor da consejos referentes a la santificación del día de reposo, El menciona el ofrecimiento de oblaciones y sacramentos ‘al Altísimo, confesando tus pecados a tus hermanos y ante el Señor’ (D. y C. 59:12). Sin embargo, la sección 42 parece contener las instrucciones más completas que se hallan en las Santas Escrituras sobre este asunto. En esta revelación no sólo se manda a los hombres amar a su esposa y ‘allegarse a ella y a ninguna otra’, sino que también se condena al que ‘mirare a una mujer para codiciarla’. Se recalcan los pecados de adulterio y fornicación y se exponen los principios de confesión y perdón.”

Posiblemente la confesión sea uno de los más difíciles de todos los obstáculos que tiene por delante el pecador arrepentido. Su vergüenza a menudo le impide revelar su culpabilidad y reconocer su error. En ocasiones, su supuesta falta de confianza en las personas a quienes debe confesar su pecado justifica en su mente el hecho de conservar el secreto encerrado dentro de su propio corazón.

No obstante la dificultad con que tropiece el pecador arrepentido, el requisito permanece en pie, como lo ha recalcado el Señor a su Iglesia en esta época:

“Y traeréis ante la Iglesia al que no se arrepienta de sus pecados, ni los confiese, y haréis con él según lo que las escrituras os dicen, ya sea por mandamiento o por revelación (D. y C. 64:12. Cursiva del autor).

Así ha sido en todas las dispensaciones del evangelio. El Libro de Mormón nos proporciona ejemplos concretos y particulares. Alma recibió instrucciones directamente de Dios sobre la manera de proceder con el pecador arrepentido en la Iglesia, respecto de lo cual más tarde se escribió:

“Y a quienes se arrepintieron de sus pecados y los confesaron, él [Alma] contó entre el pueblo de la Iglesia;

“y los que no quisieron confesar sus pecados, ni arrepentirse de su iniquidad, no fueron contados entre los de la iglesia; y sus nombres fueron borrados (Mosíah 26:35, 36. Cursiva del autor).

Además, de acuerdo con el sistema establecido a raíz del ministerio personal del Salvador sobre el continente americano, prevalecía la misma pauta de disciplina en la Iglesia:

“Y vigilaban con cuidado, a fin de que no hubiese iniquidad entre ellos; y al que hallaban que había cometido iniquidad, y era condenado ante los líderes por tres testigos de la iglesia, y no se arrepentía ni confesaba, su nombre era borrado, y no era contado entre el pueblo de Cristo (Moroni 6:7. Cursiva del autor).

 

Los pecados mayores se confiesan a las autoridades de la Iglesia

Conociendo el corazón de los hombres, así como sus intenciones y habilidades para arrepentirse y regenerarse, el Señor, antes de perdonar, espera hasta que el arrepentimiento haya madurado. El transgresor debe tener un “corazón quebrantado y un espíritu contrito”, y estar dispuesto a humillarse y hacer todo lo que sea requerido. La confesión de sus pecados mayores a la autoridad pertinente de la Iglesia es uno de los requisitos estipulados por el Señor. Estos pecados incluyen el adulterio, la fornicación, otras transgresiones sexuales y otros pecados de gravedad comparable. Este procedimiento de la confesión asegura el debido control y protección para la Iglesia y sus miembros, y encauza los pies del transgresor por la vía del arrepentimiento verdadero.

Muchos ofensores en su vergüenza y orgullo han desahogado su conciencia, provisionalmente por lo menos, con unas pocas oraciones en silencio al Señor y se han convencido a sí mismos de que aquello fue suficiente confesión de sus pecados. “Pero ya he confesado mi pecado a mi Padre Celestial— insistirán en decir—y es todo cuanto se necesita.” Esto no es verdad cuando se trata de un pecado mayor. En este caso se requieren dos clases de perdón para traer la paz al transgresor: la primera, de las autoridades correspondientes de la Iglesia del Señor, y la segunda, del Señor mismo. Esto se manifiesta en la aclaración del Señor a Alma sobre la administración de la Iglesia:

“Te digo, por tanto: Ve; y al que transgrediere contra mí, juzgarás de acuerdo con los pecados que haya cometido; y si confiesa sus pecados ante ti y mi, y se arrepiente con sinceridad de corazón, entonces lo has de perdonar, y yo lo perdonaré también” (Mosíah 26:29. Cursiva del autor).

Según esto, y según la palabra del Señor a los de Israel en esta época, “confesando tus pecados a tus hermanos, y ante el Señor” (D. y C. 59:12), claro está que hay que hacer dos confesiones: una al Señor y la otra a los “hermanos”, que significa los oficiales eclesiásticos pertinentes. Se podría argumentar, basándose en los siguientes pasajes de las Escrituras, que la confesión se ha de hacer al Señor; pero en ninguno de ellos hay evidencia de que la confesión no debe hacerse también a las autoridades locales.

Yo, el Señor, perdono los pecados de aquellos que los confiesan ante mí y piden perdón, si no han pecado de muerte (D. y C. 64:7. Cursiva del autor).

Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad (1 Juan 1:9).

 

La confesión debe ser completa

En sus palabras a los santos de Roma, el apóstol Pablo subraya el hecho de que el corazón debe estar completamente involucrado en la confesión verbal que sale de los labios: “Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación” (Romanos 10:10. Cursiva del autor). De manera que uno no debe transigir ni ser artificioso; debe hacer una confesión franca y completa. Cuando se echan a perder las manzanas en un cesto, no basta con tirar la mitad de las manzanas podridas de la parte superior del cesto y reponerlas con manzanas frescas. Esto resultaría en que todas las manzanas se pudrieran. Más bien, sería necesario vaciar el cesto, y limpiar y lavar en forma completa todo el interior, y tal vez aun desinfectarlo. Entonces nuevamente podría llenarse de manzanas el cesto. Igualmente, cuando se trata de resolver problemas en nuestras vidas, conviene llegar hasta el fondo y confesar todas las transgresiones, para que el arrepentimiento pueda iniciarse sin verdades a medias, sin fingimiento, sin ningún residuo impuro.

El Profeta José Smith dio este consejo:

“Además, los Doce y todos los miembros de la Iglesia deben estar dispuestos a confesar todos sus pecados y no retener parte de ellos; y los Doce han de ser humildes y no exaltarse, y deben guardarse del orgullo y de querer superar el uno al otro; más bien deben obrar por el bien de cada cual, orar el uno por el otro y honrar a nuestro hermano o hablar bien de su nombre, y no calumniarlo ni destruirlo.” (Smith, Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 180.

 

La confesión voluntaria es la mejor

Sigue, pues, que la confesión ideal es voluntaria, no forzada. Es impulsada desde el interior del alma del ofensor, no encendida por haber sido sorprendido en el pecado. Tal confesión, a semejanza de la humildad voluntaria a que se refirió Alma (Alma 32:13–16), es una señal del arrepentimiento incipiente. Indica la convicción del pecador en cuanto al pecado y su deseo de abandonar las malas prácticas. La confesión voluntaria es infinitamente más aceptable a la vista del Señor que una admisión forzada, careciente de humildad, extraída del individuo por medio de preguntas cuando su culpabilidad es evidente. Esta admisión forzada no es evidencia del corazón humilde que invoca la misericordia del Señor: “Porque yo, el Señor, perdono los pecados y soy misericordioso hacia aquellos que los confiesan con corazones humildes” (D. y C. 61:2. Cursiva del autor).

El impío Caín negó su culpabilidad cuando primeramente se le acusó. Nunca confesó su grave pecado sino que finalmente lo admitió después de ser descubierto. Aun cuando se le confrontó con su vil acto, todavía quiso evadirlo, diciendo: “¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?”

Hace varios años un misionero en la América del Sur escribió una extensa carta de confesión. Había violado la ley de castidad. Nadie sino él y la joven sabían de la transgresión, pero había ido sin demora a su presidente de misión y la confesó en su totalidad.

Este misionero tenía apenas pocos meses de ser miembro de la Iglesia, y sus muchos años de edad adulta, mientras todavía era “del mundo”, habían producido una debilidad difícil de vencer. Citó estas palabras: “El espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil.” No se exculpó a sí mismo, ni pidió consideraciones especiales, ni se valió de circunstancias atenuantes. Dijo: “Sabía que iba a tener que pagar el castigo completo. Sabía que en vida o muerte iba a tener que responder por el pecado. Quería hacer lo que fuera menester y emprender mi camino hacia el perdón final. Prefería confesar, aceptar mi castigo y volver cuanto antes al camino del perdón, y no quería que mi eternidad quedara obstruida con estos escombros.”

Se le excomulgó de la Iglesia. Entonces, después de lo que a él le pareció una eternidad, y por motivo de su fidelidad y arrepentimiento, fue bautizado y finalmente le fueron restauradas sus bendiciones del sacerdocio y del templo. Encontró la paz por medio de un arrepentimiento completo, del cual su confesión total y voluntaria fue parte esencial.

Desafortunadamente, son muchos a quienes se hace necesario traer hasta esa admisión involuntaria o forzada del pecado. Tal sucede cuando las circunstancias e información señalan hacia la culpabilidad de la persona que está intentando ocultar su pecado. A menudo viene antes de su admisión final, y ha recorrido el camino de mentiras, y entonces de excusas cuando sus mentiras han fallado. Esta manera de proceder acumula más pecados sobre tal persona.

Un joven vino a mí a fin de ser entrevistado para una misión. No admitió nada malo salvo lo que él llamó masturbarse un “poco”. Le requerí que viniera a yerme por segunda vez. Mientras tanto había sentido un “poco” de remordimiento de conciencia. La siguiente semana admitió que había palpado un “poco” a una joven pero nada más. En visitas subsiguientes confesó un error tras otro hasta que finalmente admitió que había cometido fornicación.

Aun cuando tenga que hacerse la admisión frente a los hechos, es mejor así que continuar mintiendo y eludiendo la verdad. Por cierto, muchas de estas personas que tarde o temprano se ven obligadas a admitir sus pecados llegan a un arrepentimiento completo y sincero, y a un humilde deseo de recibir el perdón. También aquí se requieren los mismos pasos que conducen al arrepentimiento, con la convicción, el abandono de los pecados y la confesión como pasos fundamentales del procedimiento.

 

Confesión a los siervos de Dios

En el Libro de Mormón se hace la siguiente amonestación:

“¡Ay de aquellos que tratan de esconder sus designios del Señor! Hacen sus obras en las tinieblas, y dicen: ¿Quién nos ve? y ¿quién nos conoce?… Pero he aquí, dice el Señor de los Ejércitos, les mostraré que conozco todas sus obras” (2 Nefi 27:27).

Previamente se habló en este libro acerca del principio de que no hay nada que podamos esconder de Dios. Es verdad que, por medio de mentiras, evasivas y medias verdades, a veces es posible ocultar la verdad de los siervos de Dios sobre la tierra, pero ¿con qué objeto? Será imposible mentir a Dios el día del juicio, de manera que los pecados de los cuales no hubo arrepentimiento ciertamente se manifestarán en esa ocasión. ¡Cuánto mejor confesarlos y abandonarlos ahora, y deshacernos de su peso!

¿Cómo puede uno mentir al Señor o a sus siervos, especialmente cuando puede llegar a darse cuenta de que los siervos del Señor bien podrían discernir sus mentiras? En la sección 1 de Doctrina y Convenios leemos: “Los rebeldes serán traspasados de mucho pesar; porque se pregonarán sus iniquidades desde los techos de las casas, y sus hechos secretos serán revelados” (D. y C. 1:3). El mandamiento dice: “No mentirás.” Jacob proclamó: “¡Ay del embustero! porque será arrojado al infierno” (2 Nefi 9:34). Y por conducto del Profeta José Smith el Señor advirtió que las personas “que no son puras, y han dicho que son puras, serán destruidas, dice Dios el Señor” (D. y C. 132:52).

Los que mienten a las autoridades de la Iglesia olvidan o pasan por alto una importante regla y verdad que el Señor ha establecido: que cuando El llama a los hombres a cargos importantes en su reino, y ha colocado sobre ellos el manto de autoridad, el mentir a ellos es equivalente a mentir al Señor; una media verdad a sus oficiales es como una media verdad al Señor; una rebelión contra sus siervos es comparable a una rebelión contra el Señor; y cualquier infracción contra las Autoridades Generales que poseen las llaves del evangelio constituye un pensamiento o un acto contra El. Como lo expresó: “Porque el que recibe a mis siervos, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe a mi Padre” (D. y C. 84:36, 37). Y nuevamente lo aclaró en forma explícita cuando dijo:

“Lo que yo, el Señor, he dicho, dicho está, y no me exculpo; y aunque pasaren los cielos y la tierra, mi palabra no pasará, sino que toda será cumplida, sea por mi propia voz o por la voz de mis siervos, es lo mismo (D. y C. 1:38. Cursiva del autor. Véase también 3 Nefi 28:34).

Con respecto a los pensamientos de los hombres, me referí en un capítulo anterior al discernimiento que a menudo se concede a los siervos de Dios. Si hay en ellos esa dulce sintonización, las autoridades de la Iglesia tienen el derecho de que les sea “concedido discernir… no sea que haya entre vosotros alguno que profesare, y sin embargo, no ser de Dios” (D. y C. 46:27). No sólo las Autoridades Generales, sino los obispos y los presidentes de estaca y de misión frecuentemente han discernido ciertas situaciones, y de este modo han podido proteger a la Iglesia y traer al pecador al arrepentimiento. Permítaseme citar un caso.

Me hallaba frente a mi escritorio en una ocasión para entrevistar a un futuro misionero. Después de haber tratado la situación económica, asuntos de salud y otros de esa índole, procedí a los requisitos morales. Le pregunté si era virtuoso y se hallaba libre de toda inmoralidad.

Contestó que se encontraba libre de tales pecados e indiscreciones. Yo no tenía ninguna razón precisa para dudar de su palabra, pero una especie de desaliento e inquietud descendió pesadamente sobre mí. Me detuve un momento y entonces volví a preguntar: “¿Ha sido usted inmoral en forma alguna? Debo saberlo. Esta es la entrevista final.” Me miró a los ojos y nuevamente negó ser indigno en forma alguna.

De alguna manera yo sabía que no todo estaba en orden concerniente a este joven. Doblé los papeles, los coloqué en un extremo de mi escritorio, sin haberlos aceptado o firmado y le dije: “Necesitaré hablar con usted más tarde.” Salió del cuarto y yo seguí con mi trabajo. Algunas horas después, alguien tocó a la puerta, y el joven entró llorando. Los formularios para la recomendación se hallaban aún sobre el escritorio sin haberse tocado. Cuando dejó de sollozar, dijo de golpe: “Usted sabía que le mentí. Usted sabía que no era digno de cumplir una misión.” Sucedió que había sido inmoral por algún tiempo y había cometido fornicación muchas veces. Permaneció en casa, se arrepintió, transformó su vida y se convirtió en un fiel miembro de la Iglesia.

El Señor ha dispuesto un procedimiento ordenado en este asunto. Es la manera verdadera, a pesar de que se han propuesto tergiversaciones y programas espurios. Algunos se han quejado de la necesidad de tener que confesar uno sus pecados a las autoridades de la Iglesia, diciendo que es semejante a las prácticas de otras iglesias. En muchos sectores de la obra de la Iglesia hallamos lo que es genuino y lo que es falso. Sin embargo, el hecho de que haya superchería sacerdotal no es razón para rechazar el sacerdocio verdadero; porque existe una manera desfigurada del bautismo no es razón para desechar la verdadera puerta que conduce a la Iglesia; porque hay afirmaciones y prácticas supuestas y falsas no es razón para que la Iglesia abandone lo que es verdadero y correcto.

La confesión se puede hacer a las autoridades de la Iglesia en lo particular. La ley no requiere que un oficial eclesiástico revele ante un tribunal los asuntos que se le comuniquen en completa confianza en su carácter de asesor espiritual. Guardará con carácter de sagrado lo que se le diga en confianza. El obispo o presidente de estaca guardará lo que se le comunique en confianza tan cuidadosa y resueltamente como él querría que otro conservara sus propias intimidades, si la situación fuese al revés. Por ejemplo, se consideraría totalmente injustificable el que un oficial eclesiástico confiara a su esposa o amigos los secretos del corazón de otra persona, por lo menos sin el permiso de aquel que confió en él.

 

Confesión a otras personas

Aun cuando los pecados mayores, de la categoría de los que se enumeraron en la primera parte de este capítulo, requieren que se haga una confesión a las autoridades pertinentes de la Iglesia, claro está que tal confesión no es ni necesaria ni deseable para todos los pecados. Los de menor gravedad, pero que han ofendido a otros—por ejemplo, dificultades entre esposos, arranques menores de ira, desavenencias y otros semejantes—más bien se deben confesar a la persona o personas ofendidas, y el asunto se debe allanar entre las personas involucradas, normalmente sin acudir a una autoridad de la Iglesia. Además, si uno confiesa sus pecados, existe la obligación, por parte de los miembros de la Iglesia, de aceptar y perdonar, de borrar de su corazón el recuerdo de la transgresión omalos sentimientos. El Señor dijo en una revelación moderna, por conducto de José Smith:

“Y si tu hermano o tu hermana te ofende, lo tomarás o la tomarás, entre tú y él o ella, a solas; y si él o ella confiesa, os reconciliaréis.

“Y si él o ella no confiesa, has de entregarlo o entregarla a la iglesia, no a los miembros sino a los élderes…

“Y si tu hermano o hermana ofende a muchos, él o ella serán castigados ante muchos.

“Y si alguien ofende públicamente, él o ella serán reprendidos públicamente, para que se avergüencen. Y si no confesaren, serán entregados a la ley de Dios.

“Si alguien ofende en secreto, él o ella serán reprendidos en secreto, para que tengan la oportunidad de confesar en secreto ante aquel o aquella que hayan ofendido, y ante Dios…

“Y así obraréis en todas las cosas” (D. y C. 42:88–93).

A la Iglesia de la época anterior se comunicaron estas palabras: “Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados” (Santiago 5:16. Cursiva del autor).

Cuando uno ha ofendido a otro en una seria transgresión, o por haberle causado daños de menor magnitud, él, el agresor, el que causó la ofensa, pese a la actitud de la otra parte, debe reparar el error inmediatamente, confesando al ofendido y haciendo cuanto esté en su poder para allanar la dificultad y establecer nuevamente buenos sentimientos entre las dos partes.

 

La confesión no debe repetirse

El presidente Brigham Young se refirió al asunto de la confesión del pecado en estos términos:

“Creo que uno debe expresarse y hablar clara y francamente tocante a lo que se debe dar a conocer públicamente, y guardar para si lo que debe retenerse. Si tenéis vuestras debilidades, retenedlas del conocimiento de vuestros hermanos lo más que podáis. Nunca me habéis escuchado decir a las personas que revelen sus necedades… no habléis acerca de vuestra conducta insensata de la que nadie está enterado sino vosotros mismos.” (Journal of Discourses, tomo 8. pág. 326.)

Esta declaración del presidente Young da a entender que lo molestaba el gran número de personas que iban para confesar tonterías de una naturaleza menor. En el transcurso de mi propia experiencia ha habido algunos que parecen estar poseídos de una obsesión de confesar sus debilidades, y una vez tras otra han regresado a mi oficina para agregar otra confesión pequeña u otro detalle menor de una confesión anterior. Indudablemente había personas de esta naturaleza, que venían al presidente Young dispuestas a confesar sus pecados a fin de poder ser recibidas por el Profeta. Lo que nos aconseja es censurar dentro de uno las necedades que no atañen a otros. Ciertamente no es necesario hacer alarde de nuestros errores menores. Sin embargo, un pecado mayor abarca más que las dos partes contratantes. Se ha violado la ley de Dios; ha quedado de por medio la ley de la Iglesia. Los transgresores han ofendido a su Dios, a la Iglesia, a los miembros de la Iglesia. De manera que la confesión de los pecados mayores se debe hacer ante las autoridades apropiadas de la Iglesia, mientras que los pecados menos graves deben confesarse a las personas ofendidas.

Por regla general es imprudente y algo innecesario confesar el mismo pecado una y otra vez. Si se ha confesado totalmente una transgresión mayor, y la autoridad competente la ha absuelto, la persona usualmente podrá exculparse en cualquier entrevista subsiguiente, explicando que así se hizo y dando el nombre de la autoridad. Siempre que no haya habido una repetición de la ofensa, ni la comisión de alguna otra transgresión seria, el asunto usualmente puede considerarse resuelto.

 

Paz por medio de la confesión

La confesión trae la paz. ¡Con cuánta frecuencia han salido las personas de mi oficina, aliviadas y con el corazón menos pesado de lo que habían sentido por mucho tiempo! Sus cargas eran menos pesadas, por haberlas compartido; se sentían libres. La verdad los había hecho libres.

Después de amonestar en cuanto al intenso dolor y castigos, el Señor dijo: “Te mando… que confieses tus pecados para que no sufras estos castigos de que he hablado” (D. y C. 19:20). Hay en la confesión una considerable fuerza psicológica. La confesión no sólo consiste en revelar errores a las autoridades correspondientes, sino en compartir las cargas para que sean más ligeras. Uno quita por lo menos parte de su carga y la coloca sobre otros hombros, capaces y dispuestos para ayudar a llevar el peso. Entonces viene la satisfacción de haber avanzado otro paso en la tarea de hacer uno cuanto le sea posible para librarse del peso de la transgresión.

Aquellos que siguen la vía de una confesión honrada de sus pecados adelantan el procedimiento del arrepentimiento, de ajustar sus vidas, de reconciliarse con Dios. Para ilustrarlo, cito a continuación una carta recibida de un joven transgresor, el cual, a raíz de su excomunión, estaba encontrando la manera de volver a las bendiciones del evangelio y de la Iglesia.

“Le escribo esta carta con la esperanza de que pronto pueda ser rebautizado en la Iglesia. Fui excomulgado…

“Sentí mucho pesar por motivo de mis pecados y me causaron repugnancia. Leí mucho en el Libro de Mormón, buscando algo con qué justificarme para no ir al presidente de la misión y confesar. Leí acerca de Alma y Coriantón, y traté de convencerme de que, en vista de que me había arrepentido (así pensé) no habría necesidad de confesar a nadie sino a Dios. Oré mucho al respecto. Después que todos los demás se acostaban, yo seguía leyendo y orando. Finalmente una noche, una voz dentro de mí dijo: ‘Ya sabes lo que tienes que hacer; pues hazlo.’

“Unos días después, en una conferencia, confesé al presidente de la misión… No tenía otra alternativa, si es que iba a lograr el perdón.

“Después de haber confesado, aun sabiendo que sería excomulgado, sentí una paz extremadamente dulce en mi alma… y doy las gracias a Dios… que me concedió el valor para hacerlo.

“Cuando volví a casa, humillado y temeroso, mi familia se mostró sumamente bondadosa y comprensiva, e igualmente el obispo… el cual me dio la oportunidad de ponerme de pie en la reunión del sacerdocio… y… pedir… perdón. Fue extremadamente difícil… pero me siento agradecido por haberlo hecho. Entonces el obispo me dijo que yo debería… estrechar la mano de las personas y no escabullirme. Estoy agradecido por haber hecho esto también, porque así me fue más fácil. Parecían estar dispuestos a perdonarme y me aceptaron de nuevo. Su verdadero espíritu cristiano me ayudó a tener la fuerza para concurrir a todas las reuniones que podía.

“En vista de que este fin de semana era domingo de ayuno, comencé mi ayuno el viernes después de cenar, y el sábado me fui a las montañas y pasé unas cinco horas a solas, meditando y orando, y leí parte del Libro de Mormón, particularmente el Libro de Enós.

“Mientras oraba en voz alta a mi Padre, experimenté el pesar más amargo que jamás habla sentido. Tuve una ligera indicación de lo que realmente es padecer esa tristeza que es según Dios por el pecado… Había suplicado que se me perdonaran mis pecados y por haber sido el causante de tan gran sufrimiento a mi familia y al Señor Jesucristo. Comprendí, aun cuando vagamente, que Cristo efectivamente tomó sobre sí mis pecados y que padeció un pesar inexpresable por mí. Supliqué el perdón y un alivio de los efectos mortales y encarceladores del pecado, y el poder saber que se me había perdonado.

“Sentí la impresión… de que recibirla el perdón si continuaba siendo humilde y seguía ayunando y orando. Temo que tendré que padecer muchas otras veces la tristeza que sentí ayer, antes que todos los malos efectos del pecado salgan de mí y pueda yo sentir esa libertad que mi espíritu anhela.

“Ruego con toda humildad, comprendiendo que las responsabilidades de ser miembro son grandes, que se me acepte de nuevo en la Iglesia y vuelva al camino del cual me aparté. Yo sé que Dios vive y que su Hijo Jesucristo en verdad tomó sobre sí nuestros pecados, y que El vive hoy. Yo sé que la Iglesia fue restaurada por conducto de nuestro amado José Smith, y que todas las llaves permanecen con la Iglesia en la actualidad.

 

Sinceramente,

 

“P. D. Obedezco la Palabra de Sabiduría y he estado entregando mis diezmos a mi madre. Ella los paga al obispo en nombre de mi padre. Sentí que ese dinero era del Señor, y yo no podía robarlo. También me he conservado limpio mentalmente, así como en mis hechos, desde mi excomunión.”

Este joven había recibido una convicción de su culpa; había abandonado el pecado; había confesado la transgresión en la manera correcta. Iba bien encauzado en la vía del perdón completo y la paz del alma que de ello resulta.