“El abandono del pecado”

 

Spencer W. Kimball, “El Milagro del Perdón

Capítulo 12: “El abandono del pecado”

 

Por esto podréis saber si un hombre

se arrepiente de sus pecados:

He aquí, los confesará y abandonará.

—Doctrina y Convenios 58:43

 

Hay una prueba decisiva del arrepentimiento, a saber, el abandono del pecado. Si es que una persona discontinúa sus pecados con intenciones rectas—por motivo de una percepción cada vez mayor de la gravedad del pecado y una disposición de cumplir con las leyes del Señor—tal persona verdaderamente se está arrepintiendo. La pauta que el Señor ha establecido dice así: “Por esto podréis saber si un hombre se arrepiente de sus pecados: He aquí, los confesará y abandonará” (D. y C. 58:43. Cursiva del autor).

 

El deseo no es suficiente

En otras palabras, no es arrepentimiento verdadero sino hasta que uno abandona el error de su camino y emprende un nuevo derrotero. Alguien ha dicho que no hay sino una manera de poner fin a un hábito malo, y es no haciéndolo más. El poder salvador no se extiende a aquel que meramente quiere cambiar su vida. El arrepentimiento verdadero impele a uno a obrar.

Uno no debe sorprenderse de que se requiera el esfuerzo y no solamente el deseo. Después de todo, es el trabajo lo que desarrolla nuestra musculatura moral así como física. Ralph Parlette lo expresa de esta manera:

“La fuerza y la lucha van juntas. El galardón supremo de la lucha es la fuerza. La vida es una batalla, y el gozo mayor es triunfar. La prosecución de las cosas fáciles debilita al hombre. No os proveáis de poder y esperanzas superiores sólo para rehuir la responsabilidad y el trabajo. No se puede hacer. Es por seguir el trayecto de menor resistencia por lo que los ríos y los hombres andan por vías torcidas.”

 

No basta con la intención

Tampoco es completo el arrepentimiento cuando uno meramente intenta abandonar el pecado. Intentarlo con una actitud y esfuerzos débiles es asegurar el fracaso, frente a los potentes esfuerzos resistentes de Satanás. Lo que hace falta es acción resuelta. Tal vez una anécdota ilustrará el punto.

Un oficial militar llamó a un soldado y le mandó que llevara un mensaje a otro oficial. El soldado saludó y dijo: “¡Sí, señor, en seguida voy a intentarlo!” A esto el oficial respondió: “No quiero que lo intente; quiero que entregue este mensaje.” Algo abochornado, el soldado le contestó: “Sí señor, haré lo mejor que pueda.” El oficial, a su vez disgustado, se expresó con cierto vigor: “No quiero que lo intente y no quiero que ‘haga lo mejor que pueda’. Lo que quiero es que entregue este mensaje.” Entonces el joven soldado, cuadrándose de hombros, encaró el asunto en forma espléndida, según pensó él, cuando nuevamente saludó y dijo: “Sí, señor, lo haré o moriré.” Al oír esto, el oficial bien irritado le dijo: “No quiero que muera, ni tampoco quiero que meramente haga lo mejor que pueda, ni quiero que lo intente. Mire, lo que le pido es razonable; el mensaje es importante; la distancia no es mucha; usted no está incapacitado; usted puede hacer lo que he ordenado. Ahora dé media vuelta y cumpla con su misión.”

Es normal que los niños intenten. Se caen y se ponen de pie numerosas ocasiones antes que puedan sentirse seguros de sus pasos. Sin embargo, los adultos, que ya han pasado por estas etapas de aprendizaje, deben determinar lo que van a hacer, y entonces proceder a efectuarlo. “Intentar” es débil.

“Hacer lo mejor que yo pueda” carece de fuerza. Siempre debemos actuar mejor de lo que podemos. Esto es verdad en todo aspecto de la vida. Tenemos un compañero que ha prometido: “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá” (Mateo 7:7). Con la inspiración del Señor podemos elevarnos sobre nuestras fuerzas individuales, extendernos mucho más allá de nuestra propia potencialidad personal.

 

No hay perdón sin el arrepentimiento

A menudo no se entiende esta relación entre el esfuerzo y el arrepentimiento que logra el perdón del Señor. En mi niñez, nos presentaron unas lecciones en la Escuela Dominical sobre el octavo capítulo de Juan, donde aprendimos acerca de la mujer que habían echado a los pies del Redentor para que la juzgara. Mi amable maestra de la Escuela Dominical encomió al Señor por haber perdonado a la mujer. Ella no entendía la imposibilidad de este acto. En todos los años que han transcurrido desde entonces, repetidas veces he oído a personas alabar al Señor por su misericordia al perdonar a la mujer adúltera. Este ejemplo se ha empleado en numerosas ocasiones para mostrar cuán fácilmente uno puede recibir el perdón de un magno pecado.

Sin embargo, ¿perdonó el Señor a la mujer? ¿Podía El perdonarla? No parece haber evidencia alguna de tal perdón. Lo que le mandó fue: “Vete, y no peques más.” Estaba instruyendo a la mujer pecadora que fuera, abandonara su mala vida, no pecara más y transformara su vida. Estaba diciendo: Ve, mujer, y comienza tu arrepentimiento; y le estaba indicando el paso inicial, a saber, que abandonara sus transgresiones.

Amulek, el profeta del Señor, había dicho enfáticamente: “No podéis salvaros en vuestros pecados” (Alma 11:37. Cursiva del autor). Fue este mismo Señor Jesucristo el que formuló las leyes, y El debe observarlas. Consiguientemente, ¿cómo podía haber perdonado a la mujer en su grave pecado? Cuando ella hubiera tenido tiempo de arrepentirse; cuando hubiera abandonado sus malos caminos y malas compañías; cuando hubiera hecho toda la restitución que le fuera posible; cuando hubiera mostrado por sus obras y su cumplimiento de los mandamientos que ella había “renacido” y era una nueva criatura; cuando hubiera hecho todas estas cosas, el perdón del Salvador podría cubrirla, y reclamarla, y darle paz.

Otro concepto errado es que le fueron perdonados sus pecados al ladrón sobre la cruz, cuando el Cristo moribundo declaró: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:43). ¿Cómo iba a perdonar el Señor a un malhechor? Había quebrantado las leyes. Ninguna duda había en cuanto a la culpabilidad de los dos reos, pues uno de ellos había confesado voluntariamente que eran culpables.

El Señor no puede salvar a los hombres en sus pecados, sino únicamente de sus pecados, y esto sólo cuando han manifestado arrepentimiento verdadero. Es verdad que uno de los ladrones manifestó cierta compasión; si lo hizo por el interés nacido de la esperanza no estamos seguros. Estaba confesando, pero ¿cómo podía abandonar sus prácticas perversas cuando los muros de la prisión impedían la comisión de malos hechos? ¿Cómo podía. restaurar los bienes robados estando sobre la cruz? ¿Cómo podía, según lo requerido por Juan el Bautista, hacer “frutos dignos de arrepentimiento”? ¿Cómo podía vivir de acuerdo con los mandamientos del Señor, asistir a sus reuniones, pagar sus diezmos, prestar servicio a sus semejantes? Todo esto toma tiempo; y tiempo era lo que se le estaba acabando rápidamente. “Ninguna cosa inmunda puede entrar en el reino de los cielos.” Este concepto se repite numerosas veces en todas las Escrituras, y es una verdad fundamental. Podemos estar seguros de que son comparables las instruccioes del Salvador al ladrón sobre la cruz y su amonestación a la mujer tomada en adulterio: “Ve, y transfórmate, y arrepiéntete.”

Con el transcurso de las horas, la vida del ladrón fenecería y su espíritu abandonaría el cuerpo inerte e iría al mundo de los espíritus, donde Cristo iba a organizar su programa misional. (Véase 1 Pedro 3:18–20; 4:6) Allí viviría al lado de los antediluvianos y todos los demás que habían muerto en sus pecados. Todo lo que las palabras del Señor le prometieron al ladrón fue que los dos se hallarían en breve en el mundo de los espíritus. El arrepentimiento que manifestó el ladrón sobre la cruz le fue provechoso; pero sus breves palabras no borraron una vida de pecado. El mundo debe saber que en vista de que el Señor mismo no puede salvar a los hombres en sus pecados, ningún hombre sobre la tierra puede administrar sacramento alguno que logre ese resultado imposible. De modo que la simple manifestación de fe o arrepentimiento en el lecho de muerte no es suficiente.

Cuando el Señor, en sus últimos momentos, se volvió al Padre y suplicó: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:24), se estaba refiriendo a los soldados que lo crucificaron. Estos obraban bajo el mando de una nación soberana. Fueron los judíos los culpables de la muerte del Señor. Además, ¿cómo iba El a perdonarlos, o cómo iba su Padre a perdonarlos, cuando no se habían arrepentido? Esta gente cruel que clamó: “Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos” (Mateo 27:25), no se había arrepentido. Aquellos que “le injuriaban” en el Calvario (Mateo 27:39) no se habían arrepentido. Los principales judíos que juzgaron a Jesús ilícitamente, que exigieron a Pilato que lo crucificara e incitaron al populacho a los actos más viles, no se habían arrepentido. Ni tampoco lo habían hecho los soldados roma­nos, los cuales, aunque indudablemente obligados bajo su ley militar a crucificar a Jesús como se les mandó, no estaban compelidos a agregar los insultos y crueldades a los cuales sometieron al Salvador antes de la crucifixión.

¿Podría el Señor perdonar a Pilato? Claro está que no, sin que Pilato se arrepintiera. ¿Se arrepintió Pilato? Nada sabemos de lo que hizo después que dejan de mencionarlo las Escrituras. Tenía el deseo de favorecer al Salvador. No manifestó el valor necesario para resistir la presión del pueblo. ¿Pudo él haber salvado la vida del Señor? Tampoco lo sabemos. Dejamos a Pilato en manos del Señor, como lo hacemos con todos los demás pecadores, pero hay que recordar que “saber y no hacer” es pecado.

 

El arrepentimiento toma tiempo

El arrepentimiento y el tiempo son inseparables. Nadie puede arrepentirse sobre la cruz, ni en la prisión, ni cuando se encuentra detenido. Uno debe tener la oportunidad de cometer el mal a fin de que verdaderamente pueda arrepentirse. Un hombre con esposas en las manos, el reo en la penitenciaría, el hombre que se está ahogando o está a punto de morir—tal persona ciertamente no puede arrepentirse en forma total. Puede desear hacerlo, podrá tener la intención de cambiar su vida, podrá determinar que tal hará, pero es sólo el principio.

Por eso es que no debemos esperar hasta la otra vida, sino que debemos abandonar las malas prácticas y debilidades mientras nos hallamos en la carne sobre la tierra. El hermano Melvin J. Ballard señaló con precisión este problema:

“Un hombre podrá recibir el sacerdocio y todos sus privilegios y bendiciones, pero hasta que aprenda a dominar la carne, su genio, su lengua, su disposición de participar de las cosas que Dios ha prohibido, no puede entrar en el reino celestial de Dios. Debe vencer, ya sea en esta vida o en la vida venidera. Sin embargo, esta vida es el tiempo en que los hombres deben arrepentirse. No nos imaginemos, ninguno de nosotros, que podemos descender al sepulcro sin haber dominado las corrupciones de la carne, y entonces dejar en el sepulcro todos nuestros pecados y malas tendencias. Estarán con nosotros. Acompañarán al espíritu cuando se separe del cuerpo.” (Ballard, Three Degrees of Glory)

Claro está que en el mundo de los espíritus es difícil arrepentirse de los pecados que tienen que ver con vicios y actos físicos. Uno tiene allí espíritu y mente, pero no la facultad física para dominar un vicio físico. Puede sentir el deseo de cambiar su vida, pero ¿cómo puede dominar los deseos de la carne, a menos que tenga carne que pueda dominar y transformar? ¿Cómo puede dominar el vicio del tabaco o del licor en el mundo de los espíritus, donde no hay licor ni tabaco, ni carne para apetecerlos? Otro tanto sucede con los demás pecados relacionados con la falta de dominio del cuerpo.

 

Es más fácil el arrepentimiento antes de arraigarse el pecado

Aun cuando es posible arrepentirse en cualquier etapa del desarrollo del pecado, ciertamente es más fácil cuando está comenzando. Las prácticas pecaminosas pueden compararse a un río que fluye lenta y plácidamente al principio, y entonces, al acercarse a las cataratas al borde del precipicio, corre con mayor rapidez. Cuando las aguas fluyen calmadamente, uno puede cruzarlo en una canoa con facilidad relativa. Al aumentar la velocidad de las aguas, se dificulta más cruzarlo, pero aún es posible hacerlo. Al aproximarse la corriente a las cataratas, se requiere un esfuerzo casi sobrehumano para remar de un lado al otro sin ser lanzado despiadadamente por las cataratas. Hay poca probabilidad para la canoa y su pasajero cuando las recias aguas están a punto de lanzarse hasta el desfiladero que yace abajo. Sin embargo, aun en ese momento, con mucha ayuda externa, uno puede quedar a salvo de la destrucción. Igualmente, en la corriente del pecado, es relativamente fácil arrepentirse al principio, pero a medida que el pecado se va arraigando cada vez más, el dominio sobre él se vuelve progresivamente más difícil.

Si uno pasa por alto el rugido de las cataratas próximas, su suerte está decidida; si no presta atención a las amonestaciones que ‘se le imparten, la succión de la tempestuosa corriente lo arrastra a la destrucción.

Podemos utilizar otra analogía de la naturaleza. Los antiguos pobladores del valle de Gua en Arizona decían que cuando llegaron allí por primera vez, podían cruzar de un salto el arroyo que corría cuesta abajo por el valle de San Simón para convertirse en un pequeño tributario del río Gila. Sin embargo, el valle, al ser despojado de su pasto, fue víctima de la erosión. Las pequeñas corrientes de agua seguían las huellas del ganado, causando profundas grietas. Las aguas de cada tormenta sucesiva socavaron la tierra de ambos lados, dando al barranco una profundidad y anchura cada vez mayores. Las orillas socavadas se desplomaron, y la vereda del ganado se convirtió en una zanja. La zanja se convirtió en una profunda quebrada y la quebrada a su vez se convirtió en un abismo sumamente ancho y profundo, y casi imposible de cruzar.

Así es con la transgresión. Cuando un pecado se repite una y otra vez, la zanja se torna más y más profunda; y aun cuando se rellene la grieta, cualquier corriente fuerte de agua probablemente volverá a encontrar el cauce de la quebrada y lo seguirá, dándole una profundidad cada vez mayor. De la misma manera, aun cuando el pecado se puede abandonar y perdonar, un acto descuidado o deliberado puede causar que vuelva de nuevo.

 

Cuando se reincide en el pecado se abroga el perdón

Los pecados anteriores vuelven, dice el Señor en sus revelaciones modernas. Muchas personas no saben esto, o bien lo olvidan por conveniencia. “Vete, y no peques más”, fue la amonestación del Señor. También: “Los pecados anteriores volverán al alma que peque, dice el Señor vuestro Dios” (D. y C. 82:7).

¿Significará esto que la persona que vuelve a los pecados que supuestamente había abandonado debe iniciar de nuevo el procedimiento del arrepentimiento desde el principio? ¿que uno, al volver al pecado, no puede entonces comenzar el arrepentimiento a partir del punto en donde se hallaba?

Volver al pecado es de lo más destructivo que puede sobrevenir a la moral del individuo, y da a Satanás más poder sobre su víctima. Aquellos que creen que pueden pecar y ser perdonados, y entonces volver a pecar y ser perdonados una y otra vez, deben poner en orden su manera de pensar. Cada pecado previamente perdonado se agrega al nuevo, y la suma total se convierte en una carga pesada.

De modo que cuando un hombre ha determinado cambiar el curso de su vida, no debe haber retroceso. Cualquier paso hacia atrás, aun en un grado pequeño, perjudica gravemente. El alcohólico reformado que acepta de nuevo “sólo una copita” bien puede perder todo lo que ha aventajado. El pervertido que se descuida y vuelve a los antiguos compañeros o situaciones corre un grave peligro nuevamente. El que en otro tiempo fue esclavo del cigarrillo, que fuma sólo un cigarrillo más, se está encaminando de nuevo a este vicio. Fue Mark Twain el que dijo que sabía que podía dejar de fumar, porque ya lo había logrado mil veces. Cuando uno deja una cosa, debe cesar de hacerla. Por regla general, aquellos que intentan dejar de hacer algo paulatinamente descubren que es una tarea imposible.

Un hombre que había sido esclavo del alcohol la mayor parte de su vida adulta se convenció, por medio de los varios programas de la Iglesia, que debía dejar el vicio y prepararse para el programa del templo. Tras un gran esfuerzo dejó de beber. Se mudó a un sitio muy retirado del lugar donde vivían sus amigos con quienes solía beber, y aun cuando su cuerpo padecía dolor, y gruñía, y ansiaba el estimulante del cual por tan largo tiempo había dependido, el hombre por último dominó. Concurría a todas sus reuniones en la Iglesia y estaba pagando sus diezmos. Sus nuevos amigos en la Iglesia parecían fortalecerlo. Se sentía bien en esta nueva actividad, y la vida era hermosa. Su esposa rebosaba de alegría porque toda la familia ahora siempre estaba junta. Era lo que había soñado toda su vida conyugal.

Recibieron sus recomendaciones para el templo, llegó el día feliz y viajaron hasta la ciudad donde se hallaba el templo, para efectuar este magno acontecimiento. Llegaron temprano, y se separaron para hacer algunas compras. Tocó la casualidad de que el esposo se encontró con algunos de sus viejos amigos, los cuales lo invitaron a que los acompañara a la taberna. Les dijo que no podía, que tenía otras cosas importantes que hacer. Bueno, podía beberse un refresco, le instaron. Con las mejores intenciones finalmente aceptó; mas para cuando quedó de verse con su esposa en el templo, se hallaba tan incapacitado, que la familia volvió a casa avergonzada, apesadumbrada y decepcionada.

Pasaron los meses; se había efectuado una nueva reformación y otra vez se hallaba en condición de ir al templo. Desafortunadamente se repitió la experiencia anterior. Sabía que ahora sí tenía la fuerza suficiente para resistir; pero de nuevo fue necesario postergar la oportunidad para entrar en el templo. Lamentablemente falleció antes que pudiera lograrse otra reformación.

Habiéndome criado en el campo, sabía que cuando se salían los puercos, lo primero que yo debía hacer era examinar el sitio por donde se habían escapado previamente. Cuando la vaca se salía del campo en busca de pasto más apetitoso en otras partes, yo sabía a dónde ir primero para buscar el lugar por el cual se había salido. Lo más probable sería el mismo sitio por donde había brincado el cerco la vez pasada, o donde el cerco estaba roto. En igual manera, el diablo sabe dónde tentar, dónde asestar sus golpes fatales. El halla el sitio vulnerable. Donde uno previamente fue débil es donde más fácilmente puede ser tentado la siguiente vez.

Al abandonar el pecado uno no solamente puede desear condiciones mejores; debe causarlas. Tal vez tenga necesidad de aborrecer las ropas contaminadas y tener repugnancia al pecado. No sólo debe estar seguro de que ha abandonado el pecado, sino de que ha alterado las situaciones que rodean el pecado. Debe evitar los lugares, condiciones y circunstancias donde se efectuó el pecado, porque éstos podrían incubarlo de nuevo con suma facilidad. Debe abandonar a las personas con quienes se cometió el pecado. Tal vez no llegue a aborrecer a las personas involucradas, pero debe evitarlas junto con todo aquello que se relacione con el pecado. Debe deshacerse de toda la correspondencia, regalitos y cosas que le hagan evocar “aquellos días” y “aquellos tiempos”. Debe olvidar domicilios, números de teléfonos, personas y situaciones relacionadas con el pasado pecaminoso, y construir una vida nueva. Debe eliminar cualquier cosa que pueda despertar en él recuerdos de lo pasado.

¿Significa esto que el hombre que ha dejado de fumar o beber licores o cometer pecados sexuales encuentra su vida vacía por un tiempo? Las cosas que lo atraían, y que lo intrigaban y ocupaban sus pensamientos han desaparecido, y un reemplazamiento adecuado todavía no ha llenado ese hueco. Esta es la oportunidad de Satanás. El hombre da el primer paso, pero puede descubrir que la falta de los vicios de ayer es tan grande, que se siente incitado a volver a sus malos caminos, y su situación empeora infinitamente. El Salvador estaba pensando en esta clase de situación cuando dijo:

“Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, anda por lugares secos, buscando reposo; y no hallándolo, dice: Volveré a mi casa de donde salí.

“Y cuando llega, la halla barrida y adornada.

“Entonces va, y toma otros siete espíritus peores que él; y entrados, moran allí; y el postrer estado de aquel hombre viene a ser peor que el primero” (Lucas 11:24–26).

El triunfo en la lucha para abandonar el pecado depende de una vigilancia constante.

La importancia de esta precaución también se ejemplifica en la historia de mi manzano. El césped había llegado hasta debajo de este árbol favorecido, el único que quedó después de haberse removido todos los demás árboles. Al podarse el manzano, un extremo puntiagudo de una de las ramas inferiores quedó escondido parcialmente entre las hojas. El nuevo césped había crecido bien, y llegó el tiempo de cortarlo. Después de haber dado varias vueltas con la máquina cortadora de césped, llegué al árbol y choqué con el extremo puntiagudo de la rama. Al recibir el golpe en la frente, tambaleé y caí al suelo. Después de reponerme, me dije a mí mismo:

“¡Qué estupidez! Nunca más me volverá a suceder.”

Seguí cortando el césped el resto del verano, y tenía presente el árbol y evitaba la rama ofensora. Entonces llegó y pasó el invierno, y con la vuelta de la primavera se hizo necesario cuidar del jardín. Había olvidado mi golpe; no procedí con cuidado y nuevamente recibí en la frente otro golpe de la rama puntiaguda y volví a caer. Había descuidado mi defensa; no me había fortalecido suficientemente. El dolor me hizo reflexionar y ahora me protegí contra una repetición.

En relación con el pecado, muchas personas constantemente están dándose contra esa rama puntiaguda. Vuelven una y otra vez para cometer el mismo error. Enterados del punto peligroso, todavía regresan. Una señorita, sabiendo del riesgo que corre al salir con un joven que le ha dado razón para desconfiar, se aventura a acompañarlo una y otra vez hasta que el resultado podría ser fatal. La persona que se casó fuera de la Iglesia, y cuyo matrimonio fracasó, vuelve para casarse nuevamente fuera de la Iglesia y del templo, sin haber aprendido mucho. Después de un tiempo, la “frente” no volverá a sanar. Aquel que no puede aprender de los errores de otros es insensato. El que no puede aprender de sus propios errores es un necio.

Muchos de los que han abandonado sus hábitos malos han descubierto que la substitución es parte de la respuesta, y han vencido un hábito malo reemplazándolo con un hábito bueno o inofensivo. Un ejemplo clásico es abandonar la propensión a masticar tabaco mientras se habitúa a mascar chicle.

En Australia me impresionó una expresión que se usa mucho allí: “Soltó su bulto.” Al hablar de uno que se había tornado inactivo, o había retrocedido y reanudado sus maneras anteriores de vivir, alguien empleó esta expresión familiar y dijo disgustado: “Soltó su bulto.”

Todo lo que se ha dicho y escrito sobre este tema debe prevenir, desde el principio, a las personas que son dignas para que no se enreden en el pecado; pero no se debe interpretar en el sentido de que es inútil empezar de nuevo cuando uno ha reincidido en el pecado. Siendo un dios en embrión, con las semillas de la divinidad nítidamente depositadas en él, y con el poder de finalmente llegar a ser un dios, no hay necesidad de que el hombre se desespere. No debe darse por vencido. Si ha tenido problemas y se ha salido de la vía de la rectitud y de la justicia, debe frenar su desliz y volverse y transformarse. Debe empezar de nuevo. Si se resbala, debe recuperar su equilibrio y protegerse de nuevos deslices y no volver más al pecado. Si en su debilidad fracasa una vez tras otra, ni así debe perder la esperanza, sino procurar que cada esfuerzo nuevo sea más fuerte que el anterior.

Las debilidades humanas parecen causar que la gente olvide lo pasado. Habiendo estado en un tiempo bajo la esclavitud del pecado, y finalmente habiéndose librado del yugo, muchos se sienten profundamente compungidos por un tiempo y transforman sus vidas para poder cumplir con todos los requisitos del perdón. Sin embargo, el tiempo tiene su manera de ir borrando las impresiones, y algunos caen nuevamente en el pecado.

“Mas si el justo se apartare de su justicia y cometiere maldad, e hiciere conforme a todas las abominaciones que el impío hizo, ¿vivirá él? Ninguna de las justicias que hizo le serán tenidas en cuenta; por su rebelión con que prevaricó, y por el pecado que cometió, por ello morirá” (Ezequiel 18:24).

 

Satanás quiere a los que dirigen en la Iglesia

¡Cuán lamentable es la ocasión en que los hombres, a quienes se ha concedido mucho conocimiento, muchas ministraciones del Espíritu, aun visiones celestiales, se apartan entonces de su rectitud! Tenemos los lastimosos ejemplos de muchos hombres en los primeros días de la Iglesia que estaban destinados a altos nombramientos y grandes recompensas, pero quienes se enemistaron, abandonaron la fe y se apartaron de todo lo que podía santificarlos y darles la vida eterna.

Uno de estos ejemplos fue Oliverio Cowdery, el cual compartió algunas de las más notables de todas las bendiciones que han llegado al hombre sobre la tierra. Por razones que a él le parecieron suficientes, se separó de los hermanos y de la Iglesia que progresaba rápidamente. Después de permanecer alejado por mucho tiempo, el profeta José se compadeció y deseó que volviera. Dirigiéndose a sus hermanos, el miércoles 19 de abril de 1843, José Smith escribió en su diario:

“Escribid a Oliverio Cowdery y preguntadle si no está hastiado de comer la hoja más bien que el maíz. Si no se encuentra ya casi dispuesto para volver, vestirse con ropas de justicia y subir a Jerusalén. Orson Hyde lo necesita. [Se escribió una carta conforme a lo indicado.]” (Documentary History of the Church, tomo 5, pág. 368.)

Sin embargo, este gran hombre que había ‘recibido más de una docena de revelaciones del Señor dirigidas a él, y otras tantas en las que se hacía referencia a él, y había recibido visitantes celestiales en muchas ocasiones, menospreció sus bendiciones y oportunidades.

Lucifer quiere ganarse a toda persona buena. Aun tentó al Salvador, según los registros, por lo menos en tres ocasiones. Tenía puesta la mirada en el apóstol Pedro, el cual en breve iba a ser el principal en el mundo de rectitud. El Señor amonestó a Pedro que se cuidara, porque, dijo El:

“Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo;

“pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos” (Lucas 22:31, 32).

Satanás anda tras todos los hombres, pero en particular está ansioso de atraerse a los hombres principales que ejercen influencia. Tal vez se esfuerce mucho más por ganarse a hombres con altos cargos que pueden persuadir a muchos otros a no convertirse en siervos de Satanás.

Parece que los misioneros son su blanco especial. El joven va a pasar dos años exclusivamente en la obra de convertir a la gente del error a la verdad, de enseñar a los hombres a dejar de trabajar para Lucifer y servir al Señor, de traer a la persona de las tinieblas, donde es más vulnerable, a la luz, donde hay una medida de protección y donde pueden desarrollarse nuevas fuerzas. Satanás tiene interés especial en todos estos obreros.

 

Podemos lograr lo que queramos

Aun cuando se admite que no es fácil cambiar uno su vida de lo malo a lo bueno, no podemos recalcar demasiado el hecho de que toda persona dotada de facultades normales puede lograrlo. El élder Richard L. Evans ha dicho:

“En la vida no se puede recorrer por segunda vez ningún camino tal como en otro tiempo existió. No podemos empezar donde estábamos. Sin embargo, podemos comenzar donde estamos, y en una eternidad de existencia éste es un hecho que reasegura. No hay prácticamente ninguna cosa de la que un hombre no pueda apartarse, si realmente quiere… No hay prácticamente ningún mal hábito que no pueda abandonar, si sinceramente dispone su voluntad para lograrlo…”

La llave consiste en disponer la voluntad. Debe haber resolución y determinación; la discontinuación del pecado debe ser permanente. La voluntad para obrar debe ser fuerte y conservarse fuerte. Se dice que fue Napoleón quien compuso esta frase: “Es segura la derrota del que teme ser vencido.” Si uno teme que no puede triunfar; si no hace más que intentarlo, bien puede fracasar.

Alguien nos ha dado esta verdad:

“La altura del éxito de un hombre se mide por su autodominio; la profundidad de su fracaso, por su propio abandono. No hay ninguna otra limitación en una u otra dirección, y esta ley es la expresión de la justicia eterna. El que no puede establecer un dominio sobre sí mismo, ningún dominio tendrá sobre los demás. Aquel que se domina a si mismo, será rey.

 

El espíritu ayuda al compungido

El apóstol Santiago dio esta receta para vencer: “Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros” (Santiago 4:7). Para abandonar lo malo, transformar la vida, cambiar la personalidad, ahormar el carácter o volver a ahormarlo, necesitamos la ayuda del Señor, y podemos estar seguros de recibirla si cumplimos con nuestra parte. El hombre que depende fuertemente de su Señor se convierte en el amo de sí mismo y puede efectuar cualquier cosa que emprenda, sea obtener las planchas de bronce, construir un barco, vencer algún vicio o conquistar una transgresión profundamente arraigada.

Aquel que es más fuerte que Lucifer, aquel que es nuestra fortaleza y nuestra fuerza, puede sostenemos en épocas de grave tentación. Aun cuando el Señor jamás apartará a uno del pecado o de las manos de los tentadores por medio de la fuerza, El ejerce su Espíritu para inducir al pecador a que él mismo lo realice con ayuda divina. Y al hombre que se somete a la dulce influencia e instancias del Espíritu, y hace cuanto esté en su poder para conservarse en una actitud de arrepentimiento, se le garantizan protección, poder, libertad y gozo.