“Arrepentíos o pereceréis”

 

Spencer W. Kimball, “El Milagro del Perdón

Capítulo 10: “Arrepentíos o pereceréis”

 

Si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente

—Lucas 13:3

 

El arrepentimiento es la llave del perdón. abre la puerta a la felicidad y a la paz, e indica el camino a la salvación en el reino de Dios. Desencadena el espíritu de humildad en el alma del hombre y lo torna contrito de corazón y sumiso a la voluntad de Dios.

“El pecado es infracción de la ley” (1 Juan 3:4), y según la ley eterna, se ha fijado un castigo para tal infracción. Todo individuo normal es responsable de los pecados que comete, y en igual manera quedaría sujeto al castigo que acompaña la violación de esas leyes. Sin embargo, la muerte de Cristo sobre la cruz nos ofrece la exención del castigo eterno en la mayor parte de los pecados. Tomó sobre sí el castigo por los pecados de todo el mundo, con el entendimiento de que aquellos que se arrepientan y vengan a El serán perdonados de sus pecados y se librarán del castigo.

 

El mensaje de las edades

En tales circunstancias no causa sorpresa que un Dios amoroso haya recalcado constantemente, por medio de sus profetas, el llamado al arrepentimiento. Sería interesante si pudiéramos tener una grabación de cada una de las dispensaciones del evangelio por orden, y escuchar las súplicas y mandatos de arrepentimiento que se han repetido en el curso de seis milenios. Sería impresionante ver al orador y escuchar el tono de su voz, ya fuerte, ya penetrante, ya suave, ora suplicando, ora llamando. Serían palabras portentosas.

Escucharíamos la voz de Jacob en el desempeño de la responsabilidad que pesaba gravemente sobre él: “Es necesario que os enseñe las consecuencias del pecado” (2 Nefi 9:48). Y procedentes del Areópago, donde los resabidos ateneos debatían concerniente a sus muchos dioses, escucharíamos las palabras con que el apóstol Pablo denunciaba a sus divinidades y les explicaba su “dios no conocido”: “Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan” (Hechos 17:30).

También se oirían las voces de Adán, Noé, Lehi, Alma Abraham, Isaías y muchos otros, todos ellos a semejanza de un Juan el Bautista, clamando en el desierto: “Haced… frutos dignos de arrepentimiento” (Mateo 3:8). Prominentemente resaltaría la voz de Jesucristo mismo, dando prioridad a este importantísimo llamamiento, al iniciar la dispensación del meridiano de los tiempos con estas palabras: “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado” (Mateo 4:17).

 

Castigos para los impenitentes

El mensaje profético siempre ha llevado el mismo castigo, porque nadie puede rechazar impunemente el llamado del Dios de la ley y la justicia. Por consiguiente el Señor ha dado la alternativa: ¡Arrepentíos o pereceréis!

Abinadí hace esta solemne amonestación:

“Mas he aquí, temed y temblad ante Dios; porque tenéis razón para temblar; pues el Señor no redime a ninguno de los que se rebelan contra él, y mueren en sus pecados; si, todos aquellos que han perecido en sus pecados desde el principio del mundo, que voluntariamente se han rebelado contra Dios, y que, sabiendo los mandamientos de Dios, no quisieron observarlos, éstos son los que no tienen parte en la primera resurrección” (Mosíah 15:26. Cursiva del autor).

En las Santas Escrituras se testifica abundantemente de la miseria y sufrimiento sin fin que esperan al pecador impenitente. Por ejemplo:

“Y si sus obras han sido malas, le serán restituidas para mal. Por tanto, todas las cosas serán restablecidas a su propio orden; cada cosa a su forma natural—la mortalidad levantada en inmortalidad, la corrupción en incorrupción—resucitada a una felicidad sin fin para heredar el reino de Dios, o a una miseria interminable para heredar el reino del diablo; una cosa por un lado y otra por el otro” (Alma 41:4).

Tal vez el mejor resumen de la multitud de pasajes de las Escrituras que advierten de los castigos que se imponen al impenitente es la comparación que el Señor hace entre estos castigos y su propio padecimiento relacionado con su sacrificio:

“Así que, te mando arrepentir; arrepiéntete, no sea que te hiera con la vara de mi boca, y con mi enojo, y con mi ira, y sean tus padecimientos dolorosos: cuán dolorosos no lo sabes; sí, cuan difíciles de aguantar no lo sabes.

“Porque he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten;

Mas si no se arrepienten, tendrán que padecer así como yo;

“padecimiento que hizo que yo, Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu” (D. y C. 19:15–18. Cursiva del autor).

 

Civilizaciones destruidas a causa del pecado

Uno pensaría que todas las súplicas y amonestaciones que el Señor ha impartido por medio de sus profetas en el transcurso de los siglos provocarían un alto nivel general de rectitud. Lamentablemente no es tal el caso. Según parece, le es más fácil al hombre pecar que llevar una vida de rectitud; por tanto, es necesario hacer mayores esfuerzos para evitar el mal y conformar nuestras vidas, a los principios elevadores del evangelio. Esto es comprensible, dado que “el hombre natural es enemigo de Dios, y lo ha sido desde la caída de Adán, y lo será para siempre jamás, a menos que se someta al influjo del Espíritu Santo, se despoje del hombre natural, y se haga santo por la expiación de Cristo el Señor, y se vuelva como un niño: sumiso, manso, humilde, paciente, lleno de amor y dispuesto a someterse a cuanto el Señor juzgue conveniente imponer sobre él, tal como un niño se sujeta a su padre” (Mosíah 3:19).

Esta ascendencia del hombre natural, este menosprecio del llamado de Dios al arrepentimiento, ha causado la destrucción de civilizaciones enteras. Es cierto que en las primeras generaciones, aquellos que eran suficientemente justos siguieron a Enoc hasta lograr una condición trasladada; pero únicamente ocho personas, Noé, sus hijos y sus cuatro esposas, fueron preservados posteriormente durante el gran diluvio, mientras que todos los demás se ahogaron. En su degeneración, los babilonios impenitentes perdieron su reino, y los habitantes de la nación colocaron sus almas en grave peligro cuando no se arrepintieron. Asimismo fueron destruidas Sodoma y Gomorra, las ciudades de las llanuras. También tuvieron su oportunidad de arrepentirse, mas no hicieron caso de las voces amonestadoras de los profetas que fueron a ellos.

¿Podrá uno olvidar jamás las angustias de las tribus de Israel cuando llegaron contra ellos las naciones extranjeras y despojaron sus ciudades y su país, violaron a sus mujeres, cegaron a su rey y los llevaron cautivos para servir como esclavos? Su templo quedó profanado, les expropiaron sus utensilios sagrados, llegó a su fin su identidad nacional. Leemos con corazones tristes el cántico de remordimiento, angustia y soledad que entonaron los judíos sobrevivientes:

“Junto a los ríos de Babilonia, allí nos sentábamos, y aun llorábamos, acordándonos de Sión.

“Sobre los sauces en medio de ella colgamos nuestras arpas.

“Y los que nos habían llevado cautivos nos pedían que cantásemos, y los que nos habían desolado nos pedían alegría, diciendo: Cantadnos algunos de los cánticos de Sión.

“¿Cómo cantaremos cántico de Jehová en tierra de extraños?

“Si me olvidare de ti, oh Jerusalén, pierda mi diestra su destreza.

“Mi lengua se pegue a mi paladar, si de ti no me acordare; si no enalteciere a Jerusalén como preferente asunto de mi alegría (Salmos 137:1–6).

Mas con todo, cuando posteriormente se permitió que los exili4dos volvieran a su país nativo, la lección pasó inadvertida, la maldad dominó la vida del pueblo y todas las amonestaciones y amenazas para nada sirvieron. Los judíos aun rechazaron y crucificaron a su Señor y Maestro. Entonces el peso abrumador de los castigos finalmente descendió sobre ellos por conducto de las legiones romanas, las cuales los arrollaron, destruyeron sus palacios y mataron y dispersaron al pueblo.

¿Y qué decimos de la situación de los descendientes de Lehi, quienes al parecer olvidaban rápidamente sus aflicciones después de ser aliviados de ellas? Por motivo de su persistencia en la iniquidad, fue necesario castigarlos numerosas veces, y finalmente fueron destruidos. Nos parece oír los gemidos de Mormón al llorar por ellos:

“¡Oh bello pueblo, cómo pudisteis apartaros de las vías del Señor! ¡Oh bello pueblo, cómo pudisteis rechazar a ese Jesús, que esperaba con brazos abiertos para recibiros!

“He aquí, si no hubieseis hecho esto, no habríais caído. Mas he aquí, habéis caído, y lloro vuestra pérdida” (Mormón 6:17, 18).

Un año mi esposa y yo pasamos unos días en la tierra de los mayas. Nos detuvimos algunos días en Chichén Itzá y Uxmal, y escalamos las viejas pirámides y ruinas de una civilización antigua. Mientras ascendíamos por aquellos pendientes escalones, cruzábamos a tientas aquellos pasajes obscuros y contemplábamos aquella amplia zona, no se alejaba de mí este pensamiento: ¿Por qué, por qué no están construyendo todavía templos y otros edificios espléndidos estos indios mayas?

Entramos en algunas de las pequeñas casas mayas de la actualidad. Son casas de tamaño reducido, en forma elíptica, su longitud es el doble de su anchura y con pisos de tierra. Se construyen con varas y palos revestidos de barro, y tienen techos de paja en los que utilizan las cañas que crecen en la selva que los rodea por todos lados.

Nuevamente me pregunté: ¿Por qué se hallan hoy reducidos al polvo de la tierra, cuando en un remoto pasado tenían sus observatorios y estudiaban los cielos? La respuesta sacude la memoria como fuerte campanada: ¡Porque olvidaron el propósito de la vida! Se olvidaron del objeto para el cual habían venido a la tierra, y moraron sobre la tierra y llevaron una vida terrenal. Y llegó el momento en que Dios no pudo tolerarlo por más tiempo, y se permitió que fuesen diezmados y destruidos.

Cuando nos hallábamos en el extranjero, la ciudad de Pompeya fue una de las cosas interesantes que vimos en Italia. En mi juventud, en los primeros años de mi adolescencia había leído, de entre los numerosos libros de mi padre, Los Ultimos Días de Pompeya. Me dejó intrigado; lo leí muchas veces. Por tanto, cuando cruzamos la frontera de Italia ese día, uno de mis mayores deseos era ir a Pompeya.

Después de pasar algunos días entre las ruinas de Roma, viajamos a Nápoles, con objeto de escalar el Vesuvio y ver a Pompeya. Ascendimos la montaña en un taxi, hasta donde pudo llevarnos, y de allí continuamos a pie hasta la cumbre. Bajamos al cráter, y debajo de nuestros pies, a menos de un metro de distancia, yacía la hirviente y burbujeante masa de lava. Pudimos sentir su fogoso aliento y ver su rico color. El Vesuvio todavía estaba activo. Entonces recordamos que en el año 79 de la era cristiana el Señor permitió que “estallara” literal y figurativamente.

La ciudad de Pompeya, según la llegamos a conocer por observación personal, era una ciudad mundana. Los políticos, los ricos, los de la clase social llegaban de Roma a Pompeya, cerca de la costa del Mediterráneo. Allí gastaban su dinero y pasaban su tiempo viviendo lujosa y desenfrenadamente.

La ciudad de Pompeya ha sido excavada en la actualidad. En sus carreteras de piedra se ven las huellas de las ruedas de las carrozas. Los caminos quedan bajo el nivel de las aceras, y podíamos ver donde los cubos de las ruedas de las carrozas habían dejado sus huellas en las piedras de las esquinas de las calles. Entramos en sus panaderías donde se había preparado el alimento; entramos en sus casas donde habían vivido; entramos en sus teatros y en sus baños. Sus prostíbulos y sitios de mancebía estaban vacíos y cerrados con candado, y sobre ellos había letreros en italiano: “Sólo para hombres”. Después de diecinueve siglos sus centros deshonestos permanecían como testimonio de su degradación; y sobre los muros dentro de estos edificios, en colores que se habían preservado casi dos milenios, se hallaba representado todo vicio que el ser humano puede cometer, todos los pecados abominables que se han acumulado desde que Caín inició sus perversos caminos.

Entonces llegué a comprender por qué fue destruida Pompeya. Llegó el momento en que era preciso que fuese destruida. Así que al hacer erupción, el Vesuvio estalló, y las cenizas penetraron el cielo por muchos kilómetros, millones de toneladas de cenizas. Corrió la lava por la. pendiente de esta estructura cónica, llevándose a su paso cuanto encontró en su camino, incendiando las viñas, los huertos y algunas de las casas. Destruyó todo lo que había en su camino, y algunas ciudades pequeñas fueron completamente incendiadas o quedaron cubiertas hasta dejar de existir.

Sin embargo, no toda Pompeya se incendió. No corrió en esa dirección la lava, pero el polvo y las cenizas que había en el aire gradualmente descendieron y cubrieron la ciudad por completo. Los habitantes se asfixiaron en sus casas. Más tarde descubrieron sus cuerpos estrechados unos con otros en un abrazo mortal. Había gatos y perros en los edificios. Los encontraron tal como murieron, cubiertos de cenizas; de modo que cuando se terminó la excavación, las casas y su menaje estaban en su lugar. No había habido un incendio general, pero se habían quemado muchos de los techos. Pompeya fue destruida, y creo que sé la razón. Fue por motivo de su iniquidad y depravación. Creo que Pompeya debe haberse encontrado casi en la misma situación lamentable que Sodoma y Gomorra mucho antes.

 

Los pecadores modernos se exponen a castigos similares

Parece raro que con todos estos ejemplos históricos de personas que fueron destruidas por no arrepentirse del pecado, haya tantos que están siguiendo un curso similar en la actualidad, incluso muchos en las Américas. Sin embargo, se ha prometido a las grandes naciones de las Américas que jamás caerán, si tan sólo sirven a Dios. Los que están en el servicio del Señor en estas naciones son apenas un número insignificante. El diablo reina; el pecado sobreabunda en los círculos políticos, religiosos y sociales. Al mal se le dice bien, y al bien se le dice mal.

Desde el principio del tiempo, el tema musical de los que son sabios según el mundo ha sido: “Comamos, bebamos y alegrémonos, pues mañana moriremos.” Una interpretación más moderna sería: “Hay que darle a los gustos.” Significa divertirse hoy, y que mañana se las arregle como pueda. Tenemos a los amantes del placer que se sientan a la mesa en los banquetes, que beben su licor en sus casas y clubes, que quebrantan las leyes morales. También hay otra clase de personas dominadas por una obsesión de acumular bienes mundanos, aun a fuerte costa de espiritualidad y moralidad. A tales personas el Señor dirigió la parábola del rico insensato:

“También les refirió una parábola, diciendo: La heredad de un hombre rico había producido mucho.

“Y él pensaba dentro de sí, diciendo: ¿Qué haré, porque no tengo donde guardar mis frutos?

“Y dijo: Esto haré: derribaré mis graneros, y los edificaré mayores, y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes;

“y diré a mi alma: Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate.

“Pero Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será?

“Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios” (Lucas 12:16–21).

Algunos se dejan engañar por la prosperidad de los inicuos. Su argumento es que muchas personas adquieren sus ganancias por medio del crimen, y que por despreciar los mandamientos del Señor logran un rendimiento constante. Este concepto equivocadamente pone de relieve lo efímero. Los perversos podrán aparentar que triunfan provisionalmente, como sucedió con aquellos que crucificaron al Maestro; pero la Parábola de la Cizaña que relató el Salvador aclara esta situación. Igual que la cizaña, se permite que maduren los malvados… para su destrucción final.

 

El pecado trae consecuencias naturales

Si hubiere algún lector que se imagina al Señor como un Dios iracundo y cruel, que ejecuta venganza sobre el pueblo por no cumplir con sus leyes, piénselo de nuevo tal persona. El Señor organizó un plan que es natural, un programa de causa y efecto. Es inconcebible que Dios sienta deseos de castigar a sus hijos, o verlos con sufrimientos, dolor o angustia.

El es un Dios de paz y tranquilidad; ofrece gozo 1y crecimiento, felicidad y paz. Por boca de Ezequiel, el Señor pregunta: “¿Quiero yo la muerte del impío? dice Jehová el Señor. ¿No vivirá, si se apartare de sus caminos?” (Ezequiel 18:23). El Salmista agrega: “Caigan los impíos a una en sus redes” (Salmos 141:10).

Sí, las causas inevitablemente producen sus efectos. Uno puede apartarse de los alambres eléctricos de alta tensión, después de habérsele dicho que son peligrosos, o puede tocarlos y sufrir las consecuencias. En igual manera, uno puede aprender por obedecer las leyes de Dios con toda voluntad, o puede aprender mediante el sufrimiento; y esto se aplica a cualquier época, bien sea el año 4.000 a. de J. C., el año 2.000 a. de J. C., o en la época del Salvador o en el siglo veinte.

A muchas personas se les dificulta aceptar que son culpables de sus desgracias. Siempre debe haber una víctima expiatoria. Si caen, miran alrededor para ver quién los empujó; si fracasan, imputan el fracaso a otros que los estorbaron o no los ayudaron. De manera que si les sobreviene lo que ellos llaman “mala suerte”, tienden a culpar a la fortuna más bien que a sí mismos. Y finalmente, es al Señor a quien se culpa de muchas de nuestras calamidades, y raras veces se le dan las gracias por lo que logramos.

Dos profetas del Libro de Mormón ayudan a aclarar lo anterior. Alma dijo a su hijo Coriantón: “Y así se sostienen o caen; pues he aquí, son sus propios jueces, ya para obrar bien, ya para cometer lo malo” (Alma 41:7). Y de Mormón aprendemos que “es por los malos que los malos son castigados” (Mormón 4:5).

Sin embargo, pese a sus esfuerzos, el hombre no puede escapar de las consecuencias del pecado. Estas siguen como la noche al día. Hay ocasiones en que los castigos tardan en llegar, pero son tan seguros como la vida misma; sobrevienen el remordimiento y la agonía. Ni aun por ignorar la ley se evita el castigo, aunque puede mitigarse. Por medio del alardeo y la “lavada de cerebro” se podrá hacer a un lado el remordimiento, pero volverá para punzar y pinchar. Se le podrá ahogar en el alcohol, o tornarlo insensible provisionalmente por medio de los pecados que siguen en un número cada vez mayor; pero la conciencia finalmente despertará, y con el remordimiento y la angustia vendrán el dolor y el sufrimiento, y finalmente el tormento y la aflicción en ese grado intenso de que habla el Señor en el pasaje citado previamente en este capítulo. Y cuanto más tiempo se haga caso omiso del arrepentimiento, tanto más intenso será el castigo cuando finalmente se manifieste.

Las palabras de Alma nos proporcionan lo que tal vez sea la mejor exposición que hallamos en las Escrituras tocante al intenso padecimiento del pecador.

“Pero me martirizaba un tormento eterno, porque mi alma estaba atribulada hasta el límite, y atormentada por todos mis pecados.

“Sí, me acordaba de todos mis pecados e iniquidades, los cuales me atormentaban con las penas del infierno; sí, veía que me había rebelado contra mi Dios y que no habla guardado sus santos mandamientos.

“Sí, y que había asesinado a muchos de sus hijos, o más bien, que los había conducido a la destrucción; si, y por último, mis iniquidades hablan sido tan grandes que sólo el pensar en volver a la presencia de mi Dios atormentaba mi alma con indecible horror.

“¡Oh si pudiera ser desterrado—pensaba yo—y aniquilado en cuerpo y alma, a fin de no tener que estar en la presencia de mi Dios para ser juzgado por mis obras!

“Y por tres días y tres noches me vi atormentado, si, con las penas de un alma condenada” (Alma 36:12–16).

¡Si los hombres sólo permitieran que sus pecados los perturbaran desde temprano, cuando éstos son leves y pocos, cuánta angustia evitarían! Aquellos que jamás han padecido el dolor y el “crujir de dientes” por los cuales el pecador tiene que pasar, difícilmente entenderían. Las autoridades de la Iglesia reciben a muchos que están empezando a comprender la gravedad de sus errores. Ver a algunos de éstos retorcerse y agitarse mentalmente en su padecimiento es comprender algo de lo que el Señor quiso decir cuando declaró que sus sufrimientos serían graves e intensos. Desafortunadamente, muchos transgresores cauterizan su conciencia y continúan en sus pecados hasta que les llega un día de juicio.

Es también de lamentarse que las consecuencias naturales del pecado no se limitan al transgresor. Uno de los aspectos más dignos de lástima relacionados con la comisión del mal es que afecta seriamente la vida de aquellos que aman al malhechor: hijos inocentes, una esposa devota, un marido ofendido y padres ancianos. Todos ellos padecen los castigos.

 

Las consecuencias son inevitables

La persona que intenta huir de la realidad y evitar los castigos, para no tener que encarar la situación, es semejante en algunas cosas al prófugo que había cometida un grave crimen y se hallaba en la penitenciaría, condenado a prisión perpetua. Le parecía que había sido muy astuto en sus manipulaciones, y que sólo por causa de algún error o revés de la fortuna se le había aprehendido.

Durante las largas e interminables horas tras las rejas trazó los planes para su fuga. Con mucha organización y esfuerzos elaboró una pequeña sierra con la cual trabajó casi incesantemente en el silencio de la noche hasta que finalmente aserró una de las rejas. Esperó hasta que llegó lo que él consideró el momento oportuno en el silencio de la noche para forzar la reja a un lado y deslizar su cuerpo a través de la abertura; y al pasar por entre las rejas le vino a la mente este pensamiento: “¡Ah, por fin estoy libre!” Entonces se dio cuenta de que sólo se encontraba en uno de los pasajes interiores, y que todavía no estaba libre.

Cautelosamente se dirigió por el pasillo hasta la puerta y se ocultó en la obscuridad del rincón hasta que pasó por allí el guardia. Con un golpe lo dejó sin sentido, tomó sus llaves y abrió la puerta. Al respirar el aire fresco exterior, nuevamente le vino al pensamiento: “¡Estoy libre! Soy muy listo. Nadie puede contenerme; nadie puede obligarme a sufrir la condena.” Al salir sigilosamente, notó que aún se hallaba en el patio exterior de los recintos de la prisión. Todavía estaba preso.

Sin embargo, había hecho sus planes cuidadosamente. Encontró una soga, la arrojó sobre el muro, logró que el extremo se asegurara y, tirando de la cuerda, escaló hasta la cima del muro. “Por fin estoy libre—pensó—no tengo que pasar castigos. Tengo la habilidad suficiente para escapar de los perseguidores.” En esos momentos se encendieron las luces de las torres sobre el muro, se oyeron disparos y sonó la alarma. Se dejó caer rápidamente por el lado exterior y huyó en la obscuridad. Al alejarse de la prisión oyó el aullido de los perros sabuesos, pero éstos perdieron la pista, porque echó a correr una buena distancia por un arrollo. Encontró un lugar donde esconderse en la ciudad hasta que sus perseguidores dieron por perdido su rastro.

Finalmente logró llegar a la parte oriental del estado, donde se alquiló a un ganadero para cuidar ovejas. Se encontraba en un sitio remoto en los cerros. Tal parecía que nadie lo había reconocido. Alteró su apariencia, dejándose crecer el cabello y la barba. Pasaron los meses. Al principio se deleitaba en su libertad y se sentía orgulloso de su destreza: de cómo había logrado ponerse fuera del alcance de todos sus perseguidores; y ahora no había ni testigos ni acusadores, y estaba libre y no tenía que responder ante nadie. Sin embargo, los meses probaron ser estériles e infructuosos; las ovejas le eran monótonas; las horas parecían interminables; sus sueños nunca podían terminar. Llegó a comprender que no podía huir de sí mismo ni de su conciencia acusadora. Llegó a darse cuenta de que no estaba libre, y que de hecho se hallaba en cadenas y en la servidumbre; y parecía haber oídos que escuchaban lo que decía, ojos que veían lo que hacía, voces silenciosas que continuamente estaban acusándolo de lo que había hecho. La libertad en la cual se había deleitado se había convertido en cadenas.

Por fin este prófugo abandonó sus ovejas, fue al pueblo y renunció a su empleo. Entonces halló la manera de volver a la ciudad y a los oficiales de la ley, y les dijo que estaba preparado para pagar el precio a fin de poder sentirse libre.

Este hombre aprendió lo que cuesta el pecado. Muchos no se dan cuenta de ese precio en esta vida, sencillamente porque los pagos pueden aplazarse. ¿Qué efecto surtiría si los pagos siempre fueran “al contado”? Un comentario que da en qué pensar, y cuyo autor desconozco, repara en este punto:

Estoy convencido de que si cada cosa mala que hiciéramos llevara marcado su precio, se efectuaría en el mundo un cambio fenomenal. Es decir, si pudiéramos ver lo que está costando cada acto malo, tal vez pensaríamos dos veces antes de cometer el acto. Desafortunadamente, a menudo sólo tenemos una vaga idea del precio tan terrible, o dejamos que Satanás cubra con miel nuestro concepto de las circunstancias. Mas detengámonos y examinemos algunos de estos precios. Casi es seguro que si en el acto se pudiera disponer de todas las recompensas por los buenos hechos, y se impusieran y ejecutaran inmediatamente todos los castigos por las cosas malas, raras veces se cometería una segunda maldad; pero entonces, esto sería intervenir en el precioso libre albedrío que uno tiene.

Podríamos agregar que la categoría de la persona en ninguna manera afecta el carácter ineludible de las consecuencias del pecado. En la Iglesia, el obispo, el presidente de estaca, el apóstol, todos ellos están sujetos a las mismas leyes de una vida recta, y los castigos acompañan sus pecados precisamente como sucede con los demás miembros de la Iglesia. Ninguno queda exento de los resultados del pecado, ni en lo que concierne a los pasos que la Iglesia toma contra el ofensor, ni a los efectos del pecado en el alma.

 

No muráis en el pecado

Cuando pensamos en el gran sacrificio de nuestro Señor Jesucristo y en los sufrimientos que padeció por nosotros, seríamos muy ingratos si no lo apreciáramos hasta donde nuestras fuerzas nos lo permitieran. El sufrió y murió por nosotros; sin embargo, si no nos arrepentimos, toda su angustia y dolor por nosotros son en vano. Según sus propias palabras:

“Porque he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten.

“Mas si no se arrepienten, tendrán que padecer así como yo;

“padecimiento que hizo que yo, Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu” (D. y C. 19:16–18).

Abinadí expresó el peligro de demorar al arrepentimiento:

“Pero recordad que quien persiste en su propia naturaleza carnal, y sigue la senda del pecado y la rebelión contra Dios, permanecerá en su estado caído, y el diablo tendrá todo poder sobre él. Por tanto, queda como si no hubiera habido redención, y se hace enemigo de Dios; y también el demonio es enemigo de Dios” (Mosíah 16:5).

Esto sólo recalca la importancia vital de arrepentirse en esta vida, de no morir uno en sus pecados. En una entrevista con un joven en Mesa, Arizona, noté en él solamente un poco de pesar por haber cometido adulterio, pero no estaba seguro de que deseaba purificarse. Después de extensas, deliberaciones, en el curso de las cuales parecía que yo no estaba logrando mucho, frente a su espíritu rebelde, finalmente le dije: “Adiós, Bu!, pero le advierto que no maneje con exceso de velocidad, que tenga cuidado de lo que coma y que no arriesgue su vida. Cuídese del tráfico, porque usted no debe morir antes de resolver este asunto. No se atreva a morir.” Le cité este pasaje de las Escrituras:

“Por lo tanto, si morían en su estado de maldad, tendrían que ser rechazados también con respecto a las cosas espirituales que pertenecen a la justicia; de modo que deben comparecer ante Dios para ser juzgados según sus obras…

“…y ninguna cosa impura puede entrar en él [el reino de Dios]; de modo que es necesario que haya un lugar de inmundicia para lo que es inmundo” (1 Nefi 15:33, 34).

Una muerte lenta le lleva sus ventajas a la que ocurre repentinamente. Un padre de familia que es víctima del cáncer, por ejemplo, debe utilizar su tiempo para ser un asesor hacia aquellos que. lo van a sobrevivir. El período de inactividad, después que un paciente llega a saber que no hay esperanza de que viva, puede ser un período de mucha productividad. ¡Cuanto más cierto es esto al tratarse de uno que se ha visto envuelto en el pecado intencional! No debe morir sino hasta que se haya reconciliado con Dios. Debe tener cuidado y no sufrir un accidente.

 

Cómo apartarse del pecado

Tal vez la parte más triste de cometer pecados es que nuestro mal comportamiento afecta gravemente las vidas de otros. Niños inocentes, esposas, padres, maridos ofendidos— todos ellos sienten la punzada del dolor. Esto fue lo que sintió el hermano Adam S. Bennion con relación a uno de sus amigos. Lo oí narrar lo sucedido cuando yo todavía era muy joven, y no se ha apartado de mi memoria todos estos años. Uno de sus amigos anteriores se encontraba en la penitenciaría esperando ser ejecutado. El hermano Bennion lo visitó, y antes de despedirse le hizo esta pregunta: “¿Qué mensaje pudiera yo llevar de usted para la juventud de Sión?” La respuesta fue inmediata y positiva. “Dígales—dijo el sentenciado— que conserven su vida tan llena de buenas obras, que no habrá lugar para la maldad.”

Afortunadamente, para la mayoría de nosotros hay una manera de salir de debajo del manto del pecado. Un Dios sabio y justo ha dispuesto la manera mediante la cual se puede eliminar el deterioro moral que sobreviene a los seres humanos por causa del pecado. En otras palabras, el Gran Médico ha dado el remedio del arrepentimiento con la potencia necesaria para contrarrestar la enfermedad del pecado.

Se cuenta de una nave que había encallado frente a la costa de Sudamérica, cuyo capitán señaló a un barco que pasaba por allí, que compartiera su agua con sus pasajeros, pues estaban sufriendo de sed. El buque que iba pasando respondió a la señal, diciéndole que llenara sus baldes con el agua en la cual habían encallado, porque se encontraban en la desembocadura del río Amazonas y el agua era dulce.

El mensaje de las edades a toda persona que se ve encallada en sus pecados es que se encuentra en territorio favorable, y todo lo que tiene que hacer es dejar que descienda su balde para apagar su sed. El Maestro siempre está dispuesto a escuchar el llamado de la persona que desea arrepentirse, y permitirle beber de la fuente de vida gratuitamente.