“Por qué fue necesaria la Expiación”

 

W. Cleon Skousen, “El Segundo Milenio”,

Apéndice 1: “Por qué fue necesaria la Expiación”

 

Probablemente ningún tema en las escrituras ha generado más preguntas o provocado mayor admiración que la expiación. En cada dispensación, el Señor ha declarado que es la piedra angular del plan de salvación. Durante cuatro milenios la humanidad la esperó, y, por obediencia a los mandamientos de Dios, sacrificaron los primogénitos de sus rebaños elegidos para recordarse a sí mismos su importancia. Después de que ésta se llevó a cabo, el Señor instruyó que el sacramento debía ser instituido para conmemorar el gran evento y que los emblemas eran dados “en memoria de su sufrimiento” y sirven a los miembros de la Iglesia siempre que estos se reúnan. Desde Adán hasta el día de hoy, la expiación ha sido el tema principal de todas las sagradas escrituras y de los rituales de la iglesia verdadera.

Es apropiado, entonces, que estudiemos este sorprendente evento que ocupa tan prominente lugar en el plan de salvación.

Fue solo doce horas antes de la ocasión de Su crucifixión que Jesús de Nazaret se retiró a la intimidad de Su lugar favorito de oración y meditación en las pendientes del Monte de los Olivos. La escritura dice que Él se apartó un poco de sus discípulos y repentinamente se postró sobre el suelo. Era una noche tranquila y silenciosa. Desde el laberinto arbóreo del Getsemaní, Sus Apóstoles escucharon el corazón del mismo Hijo de Dios lanzando suplicas conforme temblaba en mortal angustia ante el inminente destino para el cual Él había sido ordenado y para lo cual había nacido. “Padre mío,” dijo El, “¡si es posible, pase de mí esta copa!”[1] Y, de acuerdo a Marcos, El imploró fervientemente, “Abba, Padre, todas las cosas son posibles para ti; aparta de mí esta copa; mas no lo que yo quiero, sino lo que tú.”[2]

¿Cómo respondió Elohim a esta suplica? Ahora sabemos que ésta no fue solo una hora amarga para Jesús sino también para Su Padre. Probablemente el dolor desesperado de Abraham cuando levantó el cuchillo para degollar a su amado hijo, Isaac, se puede comparar en un grado infinito al incomprensible dolor que el Padre Eterno debió sentir en aquella oscura noche cuando contemplaba a Su propio Hijo amado enfrentar el calvario de tortura y muerte. Un calvario que pudo haber evitado, por supuesto, pero solo con el riesgo de estropear el plan de salvación completo para la raza humana.

A lo largo de los corredores de diecinueve siglos ha retumbado el eco de aquellas palabras suplicantes: “Padre mío, si es posible, pase de mi esta copa…” El estudiante no puede más que preguntarse, “¿Por qué no era posible?”

 

La incapacidad de Dios para salvar al hombre directamente

La aparente necesidad de la expiación demanda una explicación. Algunos pueden decir que el sacrifico expiatorio de Jesucristo fue para satisfacer “la justicia.” Pero, ¿la justicia de quién? La justicia no existe excepto como un concepto en la mente. ¿El sentido de justicia de quien habría sido violado?

Muchos estudiantes podrán argumentar que la expiación era necesaria para satisfacer el sentido de justicia de Dios. Pero pensemos un poco al respecto. Si el Padre deseaba que tuviéramos esta experiencia llamada la Caída como un medio para hacernos elegibles para la exaltación y la vida eterna, ¿por qué el llevarnos de regreso a Su presencia después que la escuela de la mortalidad hubiera sido completada violaría Su sentido de justicia?

¿Por qué el Padre demanda una expiación vicaria para redimirnos de la Caída lo cual fue su idea en primer lugar?[3] Las escrituras plenamente enseñan que la venida del hombre a la tierra fue parte del Plan del Padre.[4] Él quería que Adán cayera con la finalidad de participar de la experiencia de la mortalidad y para proveer tabernáculos físicos para la gran familia de hijos espirituales que Él había preparado para venir a esta tierra. ¿Por qué, entonces, el Padre no podía llevarnos de regreso? ¿Por qué Jesús tuvo que “comprarnos” mediante su sufrimiento y actuar como mediador para poder llevarnos de vuelta? ¿No nos ama el Padre tanto como el Hijo?

En las escrituras queda obvio que el Padre estaba de alguna manera sujeto a cierta circunstancia que le impedía y hacía imposible llevarnos de vuelta a Su presencia actuando directamente o mediante su propia iniciativa.[5] Como lo declaró Pedro, “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.”[6] Ese nombre es Jesucristo.

Nadie más tiene el poder para regresarnos: Ni siquiera Elohim, nuestro Padre. Las escrituras enseñan el por qué.

 

La omnipotencia de Dios está circunscrita a la Ley

Concebimos a nuestro Padre Celestial como omnipotente y todopoderoso. Pero esto no significa que Él es libre de hacer cualquier cosa de forma caprichosa o arbitraria. Dios es omnipotente, pero solo dentro de las circunstancias limitadas por la ley, la verdad y la justicia. Él no puede violar estas o Él dejaría de ser Dios. Como Mormón y Alma plenamente enseñaron:

“Y he aquí, os digo que él no cambia; si así fuese, dejaría de ser Dios…” (Mormón 9:19)

“Pero la obra de la justicia no podía ser destruida; de ser así, Dios dejaría de ser Dios.”

(Alma 42:13)

“¿Qué, supones tú que la misericordia puede robar a la ajusticia? Te digo que no, ni un ápice. Si fuera así, Dios dejaría de ser Dios.” (Ibid. 42:25)

En otras palabras, si los principios eternos fueran violados, ¡Dios cesaría de ser Dios!

Pero, ¿quién ocupa una posición tan elevada en el universo como para demandar al exaltado Elohim su Deidad en caso de que El violara alguno de los principios de verdad y justicia? De que hay un poder al cual el Padre está sujeto parece evidente en las escrituras antes mencionadas.

 

La fuente del poder de Dios

Mediante la revelación moderna aprendemos que el universo está lleno con un gran número de inteligencias, y más tarde aprendemos que Elohim es Dios simplemente porque todas estas inteligencias le honran y le sostienen como tal. En otras palabras, conforme Dios extiende Su poder e influencia a lo largo de Su gran reino. Él lo hace obteniendo la cooperación y el apoyo voluntario de estos concursos de inteligencias.

En la sección 93 de Doctrina y Convenios, el Señor declara que todas estas inteligencias actúan libre e independientemente en sus propias esferas. Ellas obedecen a Dios porque lo desean; no porque tengan que hacerlo.[7] Por lo tanto, El Padre es de hecho dependiente de la influencia sostenedora u honor para cumplir sus propósitos. Aquí está la clave de la fuente del poder de Dios.

El Señor se refiere a esto específicamente en otra sección de Doctrina y Convenios. Él está hablando del gran concilio en los cielos, y dice que en aquella ocasión Lucifer “se rebeló contra mí, diciendo: Dame tu honra, la cual es mi poder…[8] El poder de Dios se deriva del honor y apoyo de las inteligencias sobre las que El gobierna. Esto es lo que Lucifer codició.

Es aparente en estas y en otras escrituras que la actual posición exaltada de Nuestro Padre Celestial se construida gradualmente. Su gloria y poder es algo que El lentamente adquirió hasta que hoy “todas las cosas se inclinan en humilde reverencia.”[9] Pero dado que Dios “adquirió” el honor y la influencia sostenedora de “todas las cosas” esto tiene como consecuencia que si El, alguna vez hace algo para violar la confianza o “sentido de justicia” de estas inteligencias, ellas rápidamente retirarían su apoyo, y el “poder” de Dios se desintegraría. Esto es lo que Mormón y Alma quieren dar a entender cuando específicamente declaran que si Dios cambiara o actuara contrariamente a la verdad y justicia, “El dejaría de ser Dios.” Nuestro Padre Celestial puede hacer solo aquellas cosas que las inteligencias debajo de Él están voluntariamente dispuestas a apoyarlo en su realización.

 

La naturaleza y alcance de las inteligencias organizadas en todo el Universo

Para apreciar mejor la relación de interdependencia existente entre Dios y las inteligencias sobre las que El gobierna, es importante examinar la función de estas inteligencias en el reino de Dios.

En Doctrina y Convenios, “inteligencia” o aquella “voluntad” eterna y auto percibida que se encuentra dentro de cada uno de nosotros es conocida por diferentes nombres. A veces es llamada “la luz de la verdad,” a veces “la luz de Cristo,” y en algún lugar es identificada como el fenómeno “vida.”

Un ejemplo del primer uso está en la Sección 93:29: “La inteligencia, o sea, la luz de verdad, no fue creada ni hecha, ni tampoco lo puede ser.” Un ejemplo del segundo uso está en la Sección 88:6–7. Allí la escritura explica que Cristo ha extendido Su influencia personal hasta que ésta comprende todas las cosas. Su voluntad se ha convertido en el criterio aceptado de todas las inteligencias en el universo. Él se ha llegado a identificar como la “luz de la verdad” que este vasto océano de inteligencias obedientes pueden bien ser llamadas “la luz de Cristo.”[10] Unos pocos versículos después, ésta es descrita como la esencia o fuerza la cual es ordinariamente referida como “vida.”[11]

A partir de lo anterior se verá que la “luz de la verdad” y la “luz de Cristo” simplemente parecen ser términos colectivos para designar las masas de inteligencias organizadas en el reino de Dios. Y ¿qué son capaces de hacer estas inteligencias?

De acuerdo a las escrituras, estas inteligencias organizadas, las cuales son indistintamente mencionadas como “la luz de verdad” y “la luz de Cristo”, constituyen la sustancia misma “que existe en todas las cosas, que da vida a todas las cosas, que es la ley por la cual se gobiernan todas las cosas, sí, el poder de Dios.”[12]

El hecho de que el universo está literalmente saturado con inteligencias cuidadosamente organizadas hace posible para Dios dar “una ley a todas las cosas, mediante la cual se mueven en sus tiempos y estaciones.”[13] Es el medio mediante el cual Dios extiende Su voluntad en la organización y control del sol, la luna y los otros cuerpos celestes.[14] Explica por qué Dios puede organizar la tierra mandando directamente a los elementos obedecer.[15] Explica el testimonio de profetas tales como Jacob que dice: “…verdaderamente podemos mandar en el nombre de Jesús, y los árboles mismos nos obedecen, o los montes, o las olas del mar.”[16]

Cada creación de Dios está llena con la cantidad necesaria de inteligencias para organizarla de acuerdo al modelo que el Señor haya diseñado. Y estas inteligencias que ocupan cada creación de Dios reconocen la voz del Sacerdocio y la obedecen cuando este es ejercido adecuadamente.

Por introspección es muy sencillo poder apreciar cómo la inteligencia humana está conectada al fenómeno de la “vida” en un ser humano, pero puede que sea un concepto nuevo para algunos que este mismo patrón esté presente al colocar las inteligencias de vida en “todas las cosas” –incluso en aquellas cosas que son ordinariamente referidas como “inorgánica.”

Brigham Young dijo: “Hay vida en toda la materia a través de la vasta extensión de todas las eternidades; está presente en la roca, la arena, el agua, el aire, los gases, y en general, en cada descripción y organización de materia ya sea sólida, líquida o gaseosa, partículas operando sobre partículas.”[17]

Cada átomo de materia es, por lo tanto, un intrincado compuesto de “elemento” combinado con inteligencia o vida. Cuando vemos a las tan renombradas leyes de la física, la química, la biología o “naturaleza” en acción, solo estamos observando inteligencias organizadas operando sobre la materia, inteligencias que honran a su supremo organizador justo como le han honrado devotamente a través de los eones de las eternidades.

 

Las inteligencias están graduadas

En una revelación dada a Abraham, Dios le enseñó que hay un amplio y variado rango entre las inteligencias del universo.[18] Algunas han sido lentas en desarrollarse. Otras han avanzado, celosamente ansiosas en seguir a la inteligencia más grande que ellas, el cual es Elohim.[19]

El Señor nos informa en esta misma revelación, que las inteligencias más valientes (llamadas “las nobles y grandes”) fueron organizadas y apartadas para recibir entrenamiento para ocupar posiciones de presidencia en el gobierno celestial.[20] Se esperaba que aquellas que respondieran al entrenamiento eventualmente se asemejaran a Dios mismo.[21] Estas inteligencias superiores fueron honradas con cuerpos espirituales que fueron “engendrados” por Dios. Él, por lo tanto, se convirtió en nuestro Padre Celestial en el sentido completo y literal tal como Pablo dijo, “…¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos?[22] Y también: “…Porque linaje suyo somos.”[23]

Obviamente, el número de inteligencias honradas con cuerpos espirituales a la imagen de Dios fue una minoría infinitesimal entre el gran mar de inteligencias que existían entre los confines del reino de Dios. Estas otras que se desarrollaron más lentamente necesariamente tendrían que satisfacerse con bendiciones inferiores. Y debe mantenerse en mente, que todo lo que el Padre hizo por aquellos de nosotros que fuimos entrenados para la Deidad, tenía que ser hecho de una manera que sería aceptable para aquellas inteligencias menos avanzadas que constituyen la vasta mayoría de las inteligencias en el universo.

 

El problema de la Caída

Ahora, nosotros que fuimos entrenados para la Deidad, teníamos que ser colocados en un Segundo Estado.[24] Desde el punto de vista de Dios, esta experiencia era la más necesaria para nosotros y desde nuestro punto de vista era la más grande bendición que pudimos haber recibido. Pero el problema que confrontaba el Padre era el hecho de que el Segundo Estado aquí en la mortalidad, necesariamente involucraría una Caída o descenso de nuestra posición exaltada en el círculo familiar de Dios. Y una vez que hubo ocurrido y que entramos en este mundo de pecado, el error y la rebelión le harían imposible a Dios llevarnos de vuelta a su presencia por su propia iniciativa. Si Él lo hacía, significaría que nosotros, que deliberadamente habíamos caído o pecado, seriamos llevados a Su presencia como si nunca hubiéramos pecado. Esto violaría los principios de equidad, justicia y ley que prevalecen en el reino de Dios.

Las escrituras registran la posición de Dios como el supremo arbitro de los cielos: “Porque yo, el Señor, no puedo considerar el pecado con el más mínimo grado de tolerancia.”[25] Y si lo hacía, El dejaría de ser Dios. Las inteligencias del universo perderían su confianza en Él. Mirarían Sus acciones como discriminatorias y parciales hacia un pequeño grupo de inteligencias al no permitírsele lo mismo a todas.

Por lo tanto, no importa cuánto deseara Dios hacer una excepción en el caso de Sus inteligencias mayores que habían sido entrenadas para la Deidad, no podía hacerlo. Una vez que había caído, Dios, el Padre, tenía prohibido en virtud de su relación con las demás inteligencias en el universo, llevarnos de vuelta por su propia iniciativa. De esta naturaleza, entonces, era el problema de la Caída.

Lucifer trató de salvar esta dificultad al sugerir que si cada uno de nosotros era forzado a vivir por la ley celestial mientras se experimentaba esta vida terrenal, entonces no habría objeción por parte de las otras inteligencias cuando fuéramos admitidos al celestial hogar de nuestro Padre. Este plan, sin embargo, tenía dos defectos. Primero, involucraría la coerción y la subyugación del libre albedrio– por lo tanto, violaría la piedra angular del sistema de gobierno de Dios de la teo–democracia. Segundo, habría eliminado el propósito original de la vida terrenal, –aprender cómo usar el libre albedrio en un “estado” caído y vencer la maldad voluntariamente.

Así que otro plan debería elaborarse.

 

El Plan de Jehová

El plan presentado por Jehová o Jesucristo era uno que el Padre mismo, había elaborado. Esto se ve confirmado por la declaración de Jehová cuando propuso el plan: “Hágase tu voluntad.”[26] El plan, simplemente declaraba lo siguiente:

Jehová, un miembro de la Primera Presidencia de los cielos, nacería en la tierra y viviría una vida perfecta –sin pecado. Entonces no habría objeción a Su retorno a los cielos cuando Su vida y misión hubiera sido completada. Mientras estuviera en la tierra El sufriría violencia en manos de Sus hermanos a quienes El procuraría enseñar y ayudar. Entonces después de volver a los cielos, Él le diría al Padre: “He descendido entre Tus hijos. En sus manos he sufrido grandemente. He gastado mucha energía y esfuerzo para perfeccionarlos. Ahora sentiré que mi esfuerzo ha sido en vano si no se les permite venir aquí conmigo.”

O, para citar al Señor directamente: “Padre, ve los padecimientos y la muerte de aquel que no pecó, en quien te complaciste; ve la sangre de tu Hijo que fue derramada, la sangre de aquel que diste para que tú mismo fueses glorificado; por tanto, Padre, perdona a estos mis hermanos que creen en mi nombre, para que vengan a mí y tengan vida eterna.”[27]

Es mediante el derramamiento de Su sangre y sufrimiento que padeció mientras intentaba ensenar a la humanidad que puede decir: “Por mi causa, permíteles venir.”

Gracias al amor y respeto que las inteligencias del universo tienen por Jehová, estas no objetarían cuando el Padre nos aceptara de vuelta en Su presencia (no gracias a nuestro propio mérito, “…por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios;[28] sino por los méritos de Jesucristo quien dice que no sería feliz sin nosotros.) Por esto es que el Padre no podía salvarnos directamente por Su propia iniciativa, El sería capaz de lograrlo indirectamente mediante la misión y sacrificio de Su Amado Hijo.

 

¿Era necesario el sufrimiento físico de Jesucristo?

La base para el reclamo de Jesucristo de que Él nos ha “comprado” tuvo que ser muy real y de una consideración auténtica por parte de Jesucristo. No podía ser meramente una ofrenda simbólica o un gesto sutil. Tenía que ser tan profunda y conmovedora al grado de persuadir a cualquier grupo de inteligencias, que de otro modo objetarían lo que la familia humana realmente significa para Jesucristo.

Su sufrimiento fue Su prueba de que El realmente nos quería con El con la finalidad de ser feliz. Esta es la base para la declaración de que el Salvador es el “Novio” y la Iglesia es como la “novia”, la cual Él toma de vuelta a la presencia del Padre. Es por “Su” causa que la membresía de la Iglesia es admitida de nuevo en el hogar celestial y es a través de El que la Iglesia es hecha una con Él para compartir Su celestial gloria.[29]

Que este sufrimiento era una parte irrevocable de la misión de Cristo y fue muy bien entendida desde el principio, queda de manifiesto por la declaración de que Él es el “Cordero inmolado desde el principio del mundo.”[30]

Cuando nació de la virgen, María, la memoria consciente del gran Jehová fue borrada por la mortalidad. Tal como todos nosotros, El obtuvo una apreciación de Su misión e identidad solamente conforme incrementaba Su sabiduría y entendimiento mediante experiencias e instrucciones de arriba.

A los treinta y tres años, El aun tenía un entendimiento parcial de Su anterior llamamiento y poder y debido a la tenue luz del entendimiento mortal El continuaba preguntándose si, de algún modo, el Padre podría salvarle de Su insoportable tortura en el Gólgota. En el Getsemaní, El propuso la pregunta a Su Padre en humilde súplica; pero cuando obtuvo la respuesta final, Jesús se elevó a la estatura completa de Su Mesiazgo y dijo “…si no puede pasar de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad.”[31]

Dieciocho horas después, sangrando y desnudo sobre la cruz Romana, Jesús de Nazaret padeció la tortura de “sufrir todas las cosas.” No muy lejos estaba Su madre abatida por el dolor, y cerca de ella estaba Juan, el discípulo amado. Pero sobre la cruz Jesús tuvo que soportar solo la terrible angustia de aquel momento. Para consumar Su obra completamente el Padre incluso retiró Su luz que es derramada sobre todos los hombres, y, al hacerlo, causó que el Salvador gritara: “Eloi, Eloi, ¿lama sabactani? que traducido es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”[32] Inmediatamente después Él dijo, “¡Consumado es!”[33] Y luego, “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.”[34]

En aquel instante Jesús se convirtió en el Cristo.

 

Notas

[1] Mateo 26:39

[2] Marcos 14:36

[3] Moisés 4:2

[4] 2 Nefi 2:22–25

[5] Alma 11:37

[6] Hechos 4:12

[7] D. y C. 93:30

[8] Ibid. 29:36

[9] Ibid. 76:93

[10] Ver Joseph Fielding Smith, The Way to Perfection, págs. 227–229

[11] D. y C. 88:13

[12] Idem.

[13] Ibid. 88:42

[14] Ibid. 88:7–10; 42–43

[15] Abraham 4:18

[16] Jacob 4:6; Mormón 8:24

[17] Disc. Brigham Young, 1925 Ed., p. 566

[18] Abraham 3:16–19

[19] Ibid. 3:19

[20] Ibid. 3:25–26

[21] D. y C. 132:19–20

[22] Hebreos 12:9

[23] Hechos 17:28–29

[24] Abraham 3:23–26

[25] D. y C. 1:31

[26] Moisés 4:2

[27] D. y C. 45:4–5

[28] Romanos 3:23

[29] Romanos 3:23

[30] Apoc. 13:8

[31] Mateo 26:42

[32] Marcos 15:34

[33] Juan 19:30

[34] Lucas 23:46