“El poder sanador de Cristo”

 

(Gordon B. Hinckley, “La Fe, Esencia de la Religión Verdadera”, Cap. 5, págs. 29—37)

 

“El poder sanador de Cristo”

 

Hace poco nos encontrábamos en la ciudad de Bacolod, en la isla Negros Occidentales, República de Filipinas, donde para gran sorpresa mía encontré a un hombre a quien no había visto por muchos años. El clima era extremadamente calu­roso —como de costumbre en Bacolod, que una vez fue el centro de la industria azucarera en las Filipinas— y mi amigo vestía camisa de mangas cortas, pantalones oscuros y zapatos bien lustrados. A su lado se hallaba su bella esposa y yo les pregunté: “¿Qué hacen aquí?”

Sonriendo, me contestó: “Estamos haciendo la obra del Señor y ayudando a esta gente. Somos misioneros”.

“¿Y dónde viven?,” dije.

“En una casita en follo, en la isla Panay. Vinimos en una barca para asistir a la conferencia”.

Pensé entonces en la última vez que les había visto, pocos años antes. Ellos vivían entonces en un hermoso hogar en Scarsdale, Nueva York. El era un químico muy distinguido y renombrado, doctorado en ingeniería química y trabajaba entonces para una de las grandes compañías multinacionales con oficinas centrales en Nueva York. Se le adjudicaba el mérito de haber formulado el ingrediente químico de un producto que ahora se vende en todo el mundo, cuyo nombre es conocido por millones de personas y cuya venta ha producido enormes ganancias para esa compañía. El recibía muy buen salario y era muy respetado por todos.

También era presidente de una estaca de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días y tenía bajo su dirección un verdadero ejército de trabajadores que servían fielmente en sus barrios locales, muchos de los cuales debían viajar diariamente hasta y desde la ciudad de Nueva York donde ocupaban posiciones de gran responsabilidad en algunas de las grandes corporaciones norteamericanas. Y este hombre era su líder en la Iglesia.

Ahora estaba jubilado y él y su esposa habían vendido su hermoso hogar, regalado a sus hijos los muebles que éstos querían y donado el resto a otros. Habían vendido sus automóviles y otras pertenencias con excepción de sus ropas, fotografías de la familia y registros de historia familiar. Se ofrecieron entonces al servicio del Señor y de Su Iglesia para que se los enviara a cualquier lugar a expensas propias.

Ahora se hallaban en la Misión Filipinas Bacolod, trabajando entre la gente maravillosa y amigable de esa región. El desempleo allí es considerable y hay mucha pobreza, pero por doquiera que va, esta pareja inspira la vida de todos aquellos entre quienes sirven. Se encuentran allí para sanar a las personas que sufren, enseñarles el Evangelio de Cristo y llevarles ánimo, fortaleza, esperanza y fe. Están allí para curar las heridas del error y la contención. Están allí para bendecir a los enfermos y ayudar a los que tienen cuerpos enfermizos y mentes desalentadas. Su sonrisa es contagiosa; su risa es agradable de oír. Viven con humildad entre los pobres, al nivel mismo de la gente pero sobre pies firmes para levantarla con manos fuertes.

Este hombre, ex ejecutivo neoyorquino, y su encantadora esposa están al servicio del Salvador, contribuyendo todo su tiempo, sus medios y su amor para bendecir con salud la vida de muchos que se sienten descorazonados y necesitan ayuda. He aquí un hombre jubilado, un hombre de mucho conocimiento y reconocida capacidad, que ahora vive en una casa de mínimas comodidades, tan pequeña que hasta podría caber en la sala de estar de su morada anterior.

Él y su esposa están allí con otras personas como ellos. Los dos forman parte de un grupo de notables y devotas parejas mayores de misioneros que ayudan a mucha gente afectada por numerosos problemas. Ellos no reciben remuneración alguna, sino que solventan sus propios gastos. Los bienes de este mundo tienen muy poco significado para ellos; vendieron todas sus posesiones para ir a las Filipinas y están dispuestos a permanecer allí por tanto tiempo como la Iglesia se los pida. Y después desean ir a otra misión. Son sanadores entre la gente y sirven en la causa del Sanador de sanadores.

Desde esa vez he meditado mucho acerca del poder de Cristo para sanar y bendecir. Fue El quien dijo: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10). En este mundo de enfermedades y de pesar, de angustia, de celos y de avaricia, es mucho lo que debe sanarse para tener vida en abundancia.

El profeta Malaquías declaró: “A vosotros los que teméis mi nombre, nacerá el Sol de justicia, y en sus alas traerá salvación” (Malaquías 4:2).

Esa profecía se cumplió. Jesús, el Hijo de Dios, vino a la tierra con poder sobre la vida y la muerte. Sanó a los enfermos, abrió los ojos de los ciegos, hizo caminar a los cojos y levantó de la tumba a los muertos. El fue el hombre de los milagros que “anduvo haciendo bienes” (Hechos 10:38).

“Vino, pues, Jesús otra vez a Caná de Galilea… Y había en Capernaum un oficial del rey, cuyo hijo estaba enfermo. Este, cuando oyó que Jesús había llegado de Judea a Galilea, vino a él y le rogó que descendiese y sanase a su hijo, que estaba a punto de morir…

“Jesús le dijo: Ve, tu hijo vive. Y el hombre creyó la palabra que Jesús le dijo, y se fue. Cuando ya él descendía, sus siervos salieron a recibirle, y le dieron nuevas, diciendo: Tu hijo vive” (Juan 4:46—47, 50—51).

Este fue el segundo de muchos milagros que el Maestro realizó. Cristo sanaba con el poder de Dios, que Él mismo poseía. Y dio ese poder a Sus discípulos escogidos cuando dijo:

“Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos” (Mateo 16:19). Ese mismo poder ha sido restaurado en esta generación.

Se recibió mediante la imposición de manos de Pedro, Santiago y Juan, quienes a su vez lo habían recibido del propio Señor. Se le confirió a José Smith, el Profeta de esta dispensación, y existe entre nosotros. Todo el que conozca la historia de la Iglesia estará familiarizado con el relato de Wilford Woodruff concerniente a lo que sucedió el 22 de julio de 1839. En esa época, Nauvoo era un lugar insalubre y pantanoso. Había allí muchas enfermedades y el mismo José Smith se contaba entre quienes las padecían. A pesar de ello, estando lleno del Espíritu, José se levantó de su lecho y fue a los que estaban enfermos para sanarlos y restablecerlos. Entonces cruzó el río hasta la colonia establecida en Montrose, Iowa. Cito ahora las palabras del élder Woodruff:

“La primera casa que visitó fue la que ocupaba el élder Brigham Young, el presidente del quórum de los doce, quien se encontraba enfermo. José lo sanó y entonces él se levantó y acompañó al Profeta para visitar a otros que estaban en la misma condición. Visitaron al élder Woodruff y también a los élderes Orson Pratt y John Taylor, todos los cuales residían en Montrose. También ellos lo acompañaron. El siguiente lugar que visitaron fue el hogar de Elijah Fordham, quien parecía estar dando sus últimos suspiros. Cuando el grupo entró en su habitación, el Profeta de Dios se acercó al hombre moribundo, le tomó la mano derecha y le habló; pero el hermano Fordham no podía ni responder, sus ojos eran como de vidrio y aparentemente se hallaba totalmente inconsciente de todo lo que sucedía a su alrededor. José le sostuvo la mano y en silencio le contempló a los ojos durante cierto tiempo. Todos los que estábamos presentes notamos enseguida un cambio en el semblante del hermano Fordham. Recobró la mirada y cuando José le preguntó si sabía quién era, él, como con un suspiro, respondió, ‘Sí’. José le preguntó si tenía fe para ser sanado, a lo cual él contestó: ‘Me temo que sea demasiado tarde; si usted hubiese llegado antes, creo que me habría sanado’. El Profeta dijo: ‘¿Cree usted en Jesucristo?’ Y él respondió con voz débil, ‘Sí, creo’. José entonces se mantuvo erguido, reteniéndole en silencio la mano por unos momentos; luego le habló con muy alta voz, diciendo: ‘Hermano Fordham, en el nombre de Jesucristo, le ordeno que se levante de este lecho y sea sanado’. Su voz fue como la voz de Dios, no de un hombre. Pareció como si toda la casa hubiese temblado hasta sus cimientos. El hermano Fordham se levantó de la cama y fue sanado inmediatamente. Sus pies estaban envueltos con emplastos que entonces se sacó sacudiéndolos, y poniéndose la ropa comió un tazón de pan con leche, y salió con el Profeta a la calle” (citado por Joseph Fielding Smith en Essentials in Church History, edición revisada [Salt Lake City: Deseret Book, 1979], págs. 223—224).

En la antigüedad, Santiago declaró: “¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor. Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si hubiese cometido pecados, le serán perdonados” (Santiago 5:14—15).

Ese poder para sanar a los enfermos está todavía con nosotros. Es el poder del sacerdocio de Dios. Es la autoridad que poseen los élderes de Su Iglesia.

Nosotros aceptamos, elogiamos y empleamos los maravillosos procedimientos de la medicina moderna, los cuales han hecho mucho para aliviar los sufrimientos humanos y prolongar la vida. Estamos en deuda para con los dedicados hombres y mujeres de la ciencia médica que han sabido vencer tantas enfermedades, mitigado tanto dolor y retrasado la mano de la muerte. No podemos expresar debidamente nuestra gratitud hacia ellos. Sin embargo, ellos son los primeros en reconocer las limitaciones de su conocimiento y las imperfecciones de su capacidad para enfrentar los innumerables problemas de la vida y de la muerte. El poderoso Creador de los cielos y de la tierra, y de todo lo que en ellos hay, ha dado a Sus siervos un poder divino que a veces transciende todos los poderes y conocimientos de la humanidad. Me atrevo a decir que no hay un solo élder fiel de la Iglesia que no pueda referirse a alguna ocasión en que este poder sanador se haya manifestado para bendecir a los enfermos. Es, verdaderamente, el poder sanador de Cristo.

Y existen muchas enfermedades entre nosotros, aparte de las que afligen el cuerpo. Tenemos la enfermedad del pecado. Una de nuestras revistas nacionales publicó una amplia reseña de cierta película sacrílega que ha estado exhibiéndose en las salas de todo el mundo. El editor recibió luego muchas cartas de los lectores, una de las cuales decía: “Yo era un alcohólico y un adúltero, pero he sido liberado por el poder de Jesucristo” (Time, 5 de septiembre de 1988, pág. 7).

Innumerables personas han testificado en cuanto al poder sanador de Cristo que los ha rescatado de la desolación del pecado, llevándolos a una vida más pura y noble.

Hay entre nosotros muchas enfermedades en otra categoría. Me refiero a los conflictos, las peleas y las discusiones, todo lo cual constituye una enfermedad debilitante en nuestras atribuladas familias. Donde existan tales problemas, deseo alentar a quienes los padezcan que procuren obtener el poder sanador de Cristo. A quienes escuchaban Su sermón en el Monte, Jesús dijo: “Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente. Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra… y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos” (Mateo 5:38—41).

La aplicación de este principio, difícil de cumplir pero maravilloso en cuanto a sus poderes curativos, tendrá un efecto milagroso en los hogares atribulados. El egoísmo es la causa principal de la mayoría de nuestros problemas. Es una enfermedad destructiva. El poder sanador de Cristo, manifiesto en la doctrina de andar la segunda milla, obrará maravillas para calmar las discusiones y acusaciones, las críticas y las calumnias.

Ese mismo espíritu sanador obrará milagros en cuanto a las enfermedades de nuestra sociedad actual. El Señor ha declarado que, siendo bendecidos con el poder sanador del Maestro, es nuestro deber “socorre[r] a los débiles, levanta[r] las manos caídas y fortalece[r] las rodillas debilitadas” (D. y C. 81:5).

Enorme es la capacidad para sanar que tienen aquellos que siguen la admonición de Santiago: “La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es ésta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo” (Santiago 1:27).

Vivimos en un ambiente en el que abundan los litigios y los conflictos, las demandas y las contrademandas. Aun en estas cosas se pueden invocar los poderes sanadores. Cuando yo era joven trabajé con el élder Stephen L. Richards, quien entonces era miembro del Consejo de los Doce. Cuando pasó a integrar la Primera Presidencia, me pidió que lo ayudara en cuanto a una cuestión muy seria y delicada, algo de posibles consecuencias muy graves. Después de escucharle cuando me explicó las circunstancias, le dije: “Presidente Richards, usted no me necesita a mí; usted necesita un abogado”; y él me dijo:

“Yo soy un abogado. Pero no quiero llevarlo a pleito, sino repararlo”.

Encaminamos entonces nuestros esfuerzos a tal fin y tuvimos resultados maravillosos. Ahorramos muchísimo dinero y evitamos confusiones. La tarea prosiguió sin agitación ni publicidad. Y muchas heridas fueron sanadas. Los poderes sanadores del Maestro, los principios del Evangelio de Jesucristo, se invocaron en una situación delicada y dificultosa para reparar lo que de otro modo podría haber resultado en una catástrofe.

No siempre es fácil vivir de conformidad con estos principios cuando nuestra propia naturaleza nos impulsa a contraatacar. Por ejemplo, hay algunos que se han abocado a la tarea de tratar de destruir la obra de Dios. Así ha sido desde los comienzos de la Iglesia y ahora, en épocas recientes, hemos estado experimentando un incremento en acusaciones malignas, falsedades e insinuaciones diseñadas para ultrajar la obra y sus oficiales. Es natural la inclinación a contraatacar, a desafiar estas falsedades y entablar juicio contra sus ejecutores. Pero cuando estas inclinaciones se manifiestan, también se nos presentan las palabras sanadoras del Maestro cuando dijo:

“Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen” (Mateo 5:43—44).

La mayoría de nosotros no ha logrado alcanzar ese nivel de compasión, de amor y de perdón. No es fácil. Requiere una autodisciplina casi mayor que la que somos capaces de ejercer. Pero a medida que lo intentamos, llegamos a saber que existe una fuente sanadora, que en Cristo existe un enorme poder para sanar y que, si hemos de ser verdaderamente Sus siervos, tenemos que ejercer ese poder sanador no sólo en beneficio de los demás sino, y quizás más importante aún, para nuestro propio beneficio.

Me agradaría que ese poder sanador de Cristo pudiese extenderse por toda la tierra y que se difundiese a través de nuestra sociedad y de nuestros hogares a fin de que lograra curar el corazón de los hombres de toda maldad y de los elementos degradantes de la avaricia, el odio y los conflictos. Yo creo que puede suceder. Creo que tiene que suceder. Si el cordero habrá de morar con el león, entonces la paz debe suplantar los conflictos y el sanar debe reparar toda herida.

Jesús de Nazaret sanó a los enfermos entre quienes andaba. Su poder regenerador está hoy con nosotros y puede invocarse por medio de Su santo sacerdocio. Sus divinas enseñanzas, Su ejemplo incomparable, Su vida inigualable y Su sacrificio total sanarán los corazones quebrantados, reconciliarán a quienes discutan y vociferen, y aun esparcirán la paz entre naciones combatientes si se aceptan con humildad, perdón y amor.

Como miembros de la Iglesia de Jesucristo, nuestro es el ministerio de sanar, con el deber de curar las heridas y aliviar el dolor de los que sufren. En un mundo afligido por la avaricia y la contención, con familias afectadas por las discusiones y el egoísmo y con personas acongojadas por el pecado, los problemas y las angustias, invoco el poder sanador de Cristo y testifico en cuanto a su real eficacia y maravilla. Doy testimonio de Jesucristo, quien es la gran fuente de sanidad. El es el Hijo de Dios, el Redentor del mundo, “el Hijo de Justicia”, que vino “con salvación en sus alas” (véase 3 Nefi 25:2).