“El Pecado”

 

Manual Conozca el Evangelio

Cap. 22: “El Pecado”

 

La fe en Jesucristo despierta en el hombre el deseo de arrepentirse de todas aquellas cosas de su vida que son contrarias a esa fe. El arrepentimiento, es, por lo tanto, una consecuencia natural de la fe. Es el segundo de los pasos que nos hacen discípulos de Cristo. El término, en el griego original, significa “tener otro pensamiento” o “cambio de intención”.

Si uno “va a cambiar de propósito”, es porque ha de haber algún inconveniente en su propósito actual. El arrepentimiento presupone que hay algo malo en nosotros, algo que se precisa quitar. Jesús lo explicó así: “Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar justos, sino pecadores a arrepentimiento.” E Isaías dio principio con estas palabras cuando exhortaba a Israel al arrepentimiento:

“¡Oh nación pecadora, pueblo cargado de maldad. Generación de malhechores, hijos depravados! Dejaron a Jehová, despreciaron al Santo de Israel, se volvieron atrás. ¿Por qué habéis de ser golpeados aún? ¿Todavía os rebelaréis? Toda cabeza está enferma, y todo corazón está desfallecido. Desde la planta del pie hasta la cabeza no hay en él cosa sana, sino heridas y moretones y llagas recientes; no están curadas, ni vendadas, ni suavizadas con aceite.” (Isaías 1:4–6)

 

¿Qué es pecado?

La palabra “pecado” no siempre se usa en el mismo sentido. En su significado más amplio quiere decir “la falta de conformidad con las leyes de Dios, o la transgresión de ellas”. En esta comprensiva y general explicación de la palabra, el pecado es la transgresión de la ley de Dios. Esto puede consistir en omisión o comisión, haciendo o dejando de hacer.

Aunque éste es el significado que más a menudo encontramos, aun en las Escrituras la definición es demasiado extensa para ayudarnos a entender nuestro comportamiento. Nosotros preferimos dar al pecado un significado más concreto y limitado, como se conoce en la vida de un pecador. La sencilla definición de Santiago es buena. “El pecado, pues, está en aquel que sabe hacer lo bueno, y no lo hace.” (Santiago 4:17) El matar, cometer adulterio, robar y dar falso testimonio son transgresiones de las leyes de Dios. En este sentido son pecados. Pero existe una diferencia muy grande cuando un caníbal mata a un hombre y cuando intencionalmente lo hace uno que profesa ser cristiano. También hay una diferencia notable entre, un muchacho de dieciocho años que hurta dinero del bolsillo de su padre y un niño de dos años que hace la misma cosa. La experiencia y la responsabilidad moral es en cada caso enteramente diferente.

Pecado, por lo tanto, en un sentido más estricto y útil de la palabra, significa transgredir las leyes de Dios a sabiendas, o intencional o conscientemente. El pecado es obrar mal moralmente. Presupone conocimiento y responsabilidad. Un niño pequeño, un idiota o alguien mentalmente irresponsable, no está obligado a responder por actos pecaminosos. Podrán cometer lo que nosotros conocemos como pecado: podrán transgredir las leyes de Dios; pero ellos mismos no son pecadores. El élder James E. Talmage, bien conocido escritor sobre la doctrina de la Iglesia y miembro del Consejo de los Doce Apóstoles, indica la importancia de distinguir entre el obrar en la ignorancia y a sabiendas:

“El pecado, según su definición técnica, consiste en la violación de la ley; y en este sentido limitado puede cometerse el pecado inadvertidamente o en la ignorancia. Sin embargo, en vista de la doctrina de las Escrituras relativa a la responsabilidad humana y la justicia infalible de Dios, claro es que en sus transgresiones, así como en sus hechos justos, el hombre será juzgado de acuerdo con la habilidad que tenga para comprender y obedecer la ley. Los requisitos de una ley más alta no se aplican en su totalidad a aquel que no se ha familiarizado con dicha ley. Para los pecados que se cometen por falta de conocimiento, es decir, para las leyes que se infringen en la ignorancia, se ha proveído una propiciación en la expiación efectuada mediante el sacrificio del Salvador; y tales pecadores no están condenados, sino que todavía se les dará la oportunidad de aprender y aceptar o rechazar los principios del evangelio.” (Artículos de Fe, por James E. Talmage, pág. 63)

Hay un buen número de pasajes en las Escrituras que indican la diferencia que existe en violar una ley a sabiendas y en la ignorancia.

No obstante hay entre vosotros algunos que han pecado excesivamente; sí, aun todos vosotros habéis pecado; mas de cierto os digo, tened cuidado de aquí en adelante, y absteneos de pecar, no sea que caigan sobre vuestras cabezas graves juicios. (D. y C. 82:2–3)

“Si yo no hubiera venido ni les hubiera hablado, no tendrían pecado, pero ahora no tienen excusa de su pecado… Si no hubiese hecho entre ellos obras que ningún otro ha hecho, no tendrían pecado; pero ahora las han visto, y me han aborrecido a mí y a mi Padre.” (Juan 15:22–24)

“Les dijo Jesús: Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero ahora, porque decís: Vemos, vuestro pecado permanece.” (Juan 9:41)

“Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar que se arrepientan.” (Hechos 17:30)

“Por tanto, él ha dado una ley; y donde no se ha dado ninguna ley, no hay castigo; y donde no hay castigo, no hay condenación; y donde no hay condenación, la clemencia del Santo de Israel los reclama por motivo de la expiación; porque el poder dí él los libra. Porque la expiación satisface lo que su justicia demanda de todos aquellos que no han recibido la ley, por lo que son librados de ese terrible monstruo, muerte e infierno, y el diablo, y el lago de fuego y azufre, que es tormento sin fin; y son restaurados a ese Dios que les dio aliento, el cual es el Santo de Israel. ¡Pero ay de aquel a quien la ley se ha dado; sí, que tiene todos los mandamientos de Dios, como nosotros, y los quebranta, y malgasta los días de su probación! porque su estado es terrible.” (2 Nefi 9:25–27)

 

El hombre tiene facultades morales

Tenemos un perro en nuestro corral. Se le ha dicho que allí debe quedarse, pero le deleita escaparse, y saltar y correr por el terreno. Vuelve al corral con la cabeza erguida y sin manifestar ni vergüenza ni culpabilidad perceptibles. Hace lo que le da la gana y no parece reflexionar sus acciones.

Por contraste con el animal, el hombre es un agente moral. No solamente actúa, sino que se siente obligado por su propia naturaleza a evaluar sus hechos de acuerdo con su concepto del bien y el mal. Ha participado “del fruto del árbol del conocimiento del bien y el mal”. Se pregunta a sí mismo: “¿Debí haber hecho esto?” Además, debe actuar y justificar sus acciones para consigo mismo. ¿Qué esposo o padre puede abandonar su hogar y andar libremente por el mundo, como el perro de nuestro ejemplo, y volver cuando, y si acaso, quiere, sin meditar las consecuencias morales de su comportamiento?

Todo hombre, a menos que tenga algún defecto mental, está obligado a rendir cuenta de su conducta a sí mismo. Debe actuar de acuerdo con sus convicciones. Cuando a sabiendas hace lo que no es correcto, se siente culpable y avergonzado; es un pecador a sus propios ojos. Cuando conscientemente quebranta las leyes de la sociedad, está pecando contra la sociedad. Cuando viola las leyes de Dios, está pecando contra Dios. Un hombre no es pecador porque alguien dice que lo es. Es pecador si ha participado en un hecho incorrecto conscientemente. Esto le ofende su propia naturaleza. Dios sabe que él es pecador. Cristo sabe que está enfermo. Y el propio hombre lo sabe.

En la vida de un hombre, hay una gran diferencia entre el efecto de la conducta ignorante y la conducta pecadora. Tienen consecuencias comunes, pero la acción pecadora es más destructiva para el carácter y la personalidad. Consideremos ahora las consecuencias de la transgresión ignorante, así como la intencionada, hacia las leyes de Dios.

 

Las consecuencias de la ignorancia

Cuando una persona quebranta las leyes de Dios o de la vida, ignorante o inocentemente, sufre las consecuencias naturales de la violación de esa ley. Por ejemplo, un día un niñito de quince meses de edad se subió a una silla, y abriendo el botiquín de su madre, se bebió el contenido de una botella de loción para las manos. Contenía el cincuenta por ciento de alcohol, afortunadamente de carácter no venenoso. El pequeño lo hizo inocentemente y no hubo en él ningún sentido de culpabilidad, pero sufrió de ciertos resultados consecuentes a lo que hizo. Se le subió el alcohol a la cabeza, y anduvo bamboleándose de un lado al otro, pidiendo agua y llorando, para luego quedar dormido más de dieciocho horas.

Supongamos que el padre del niño que nunca ha bebido en toda su vida, y siempre ha enseñado a sus hijos y les ha inculcado que el alcohol no es bueno para el hombre, toma, en un momento de debilidad, una cantidad considerable de alcohol y se emborracha. ¿Qué le ocurrirá? Su conocimiento no le evitará las consecuencias naturales de su acto, tal como ocurrió con el niño. También se emborrachará, sufrirá sed, tendrá nauseas, dolor de cabeza, sueño. Las consecuencias naturales de la violación de las leyes de la salud, de la naturaleza o de Dios, alcanzan en forma similar al inocente como al que posee conocimiento.

Pero además de las consecuencias naturales experimentadas por el niño, el padre también sufrirá las consecuencias del error moral o el pecado. No tendrá que esperar hasta el día del juicio final para recibirlas de Dios, porque son tan naturales como las otras consecuencias. La gente vanamente piensa que el único castigo que existe para el pecado o las faltas morales va a venir de Dios en la otra vida. Esto no es verdad. Las faltas morales traen sus propios castigos inherentes, sin consideración a lo que Dios haga en un tiempo futuro. El profeta Jeremías lo explicó con claridad:

“Oye, oh tierra: He aquí, yo traigo el mal sobre este pueblo, el fruto de sus pensamientos, porque no escucharon mis palabras y desecharon mi ley.” (Jeremías 6:19)

“¿Me provocarán ellos a ira?, dice Jehová. ¿No actúan más bien ellos mismos para su propia vergüenza?” (Jeremías 7:19)

 

Las consecuencias del pecado

1. El pecador sufre lo que un gran erudito hebreo llamó, “una infracción de su totalidad o unidad psíquica”. Uno no puede pecar con todo su corazón y mente. La falta moral crea un conflicto interno, divide el propio yo y tiende a desintegrar o deshacer la personalidad.

“Pero los malvados son como el mar en tempestad, que no puede estarse quieto, y sus aguas arrojan cieno y lodo. No hay paz para los malvados, dice mi Dios.” (Isaías 57:20–21)

La vida del hombre tiene por objeto ser una sola vivienda o habitación, no dos. Disfrutamos mejor de la vida cuando nos sentimos como una sola cosa. La unidad de acción, la consecuencia entre pensamientos y hechos, nos da un sano sentimiento de nosotros mismos. Los conflictos internos interrumpen esta unidad y nos sentimos como “la mar en tempestad que no puede estarse quieta.” En esta condición no somos libres para actuar con todo nuestro corazón, nuestra mente y nuestra fuerza.

2. El pecador sufre la pérdida del respeto de sí mismo. Creer una cosa y hacer otra es reconocer uno su debilidad, incompetencia y disconformidad. Cuando esto ocurre, el hombre se odia a sí mismo y desperdicia su vida condenándose y justificándose a sí mismo. El pecado acaba con la propia estimación; por lo tanto, nos odiamos por pecar así como estamos propensos a odiar a otras personas que hieren nuestro amor propio.

Por el contrario, si hacemos lo que creemos que es correcto, nos invade un sentimiento maravilloso de nuestro propio mérito. La vida es unidad y fuerza. Esta integridad es la que nos sostiene a través de todas las desilusiones y tragedias, aun cuando otras personas no demuestren respeto por nosotros. Así lo declaró Confucio, y está bellamente ilustrado en la historia de Job.

“Si un hombre se examina a sí mismo y está seguro de que lo que ha hecho está bien, ¿por qué ha de temer o preocuparse?” (Confucio)

“que todo el tiempo que mi aliento esté en mí y haya espíritu de Dios en mis narices, mis labios no hablarán iniquidad ni mi lengua pronunciará engaño. Nunca tal acontezca que yo os justifique; hasta que muera, no quitaré de mí mi integridad. A mi justicia me aferro y no la cederé; no me reprochará mi corazón mientras viva.” (Job 27:3–6)

3. El pecador sufre la pérdida de la fuerza moral, especialmente si su error se hace habitual, ya que se dice que el hombre es dominado por sus costumbres.

“El pecado es al principio tan sutil como el hilo de la tela de la araña, pero luego se vuelve tan fuerte como el cable de amarre de los barcos. Procura cumplir la más pequeña obligación y huye del pecado; porque un deber trae a otro tras sí; y un pecado arrastra tras de sí a otro pecado.” (Simeón Ben Azzai)

Es el rostro del vicio tan terrible, Que apenas lo miramos, ya lo odiamos; Pero visto a menudo, familiar ya su rostro, Primero soportamos, después compadecemos y luego lo abrazamos.

Alexander Pope, “Ensayo sobre el hombre”. En el error no hay fuerza. Hay la tendencia de llegar a ser parte de él, y dejarnos dominar por sus limitaciones.

4. El pecador causa perjuicios y sufrimientos a otros. Esto es verdad aun en el caso del que peca sin saber.

El niño que se bebió la loción asustó a su madre, y ella no quedó tranquila hasta que la crisis pasó; pero la herida sanó rápidamente y el recuerdo de ella, en este caso, provoca buen humor y no tristeza.

Cuando nosotros hacemos lo malo a sabiendas y persistimos en él, somos causa de continua tristeza a aquellos que nos quieren. Su sufrimiento nace del amor que nos tienen. Este amor comprende a toda la personalidad y las relaciones humanas también, y es permanente. Ningún hombre puede conscientemente dañar a otro ser humano sin agraviarse a sí mismo y a Dios.

5. El pecador se aparta de aquello que está violando. Si actúa contra un principio que cree que es correcto, empieza a dudar de dicho principio. Comienza a modificarlo o a dudar de su eficacia. El principio deja de ser una guía segura para nuestra conducta; se convierte en un enemigo que hay que destruir a toda costa a fin de conservar nuestro amor propio. El hombre que malversa dinero mientras todavía cree que debe ser honrado, empieza a tergiversar el principio de la honradez en su propia mente. Según él, no está haciendo más que “tomar prestado” el dinero, o “quitándolo a los ricos” para que el pobre también disfrute de él.

En igual manera, el hombre que es infiel a los votos y responsabilidades del matrimonio, se aparta sin darse cuenta de su esposa. Puede ser que ella no sepa de su infidelidad, pero él lo sabe, y en su corazón se aparta de ella. Uno no puede hacer mal a otro sin perjudicar el vínculo que existe entre él y esa persona.

Cuando nosotros a sabiendas transgredimos las leyes de Dios, también nos apartamos de El. Perdemos la fe en nuestras oraciones. Aunque nuestro Padre quiere llevarnos hacia El, a nosotros nos parece que está muy lejos. Para ser uno con Dios, debemos encontrar el modo de vencer el pecado.

 

Recapitulación

La fe en Jesucristo nos hace darnos cuenta de nuestros pecados y despierta en nosotros el deseo de vencerlos. El pecado es la transgresión intencional de las leyes de Dios y de lo que nosotros sabemos que es lo bueno.

Cuando pecamos, no solamente sufrimos las así llamadas consecuencias naturales, que resultan de no estar de conformidad con las leyes que hemos transgredido, sino que sufrimos las consecuencias morales y espirituales que acompañan al acto. Nos remuerde la conciencia, nuestra paz interior está destruida. Nos reprochan nuestra mente y corazón. No hallamos la paz. Perdemos el respeto hacia nosotros mismos y nos sentimos separados de nosotros, nuestros semejantes, Dios, y aun de los principios que hemos violado con nuestros pecados individuales.

La vida misma requiere que seamos uno; que la mente y los hechos, la razón y la acción trabajen en unión como una pareja. También necesitamos encontrar un modo de vencer el pecado, para sentirnos aceptables ante Dios y alcanzar su expiación. Ese modo se halla en el evangelio de Jesucristo.

 

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