Artículo de Fe No 2

 

2 Creemos que los hombres serán castigados por sus propios pecados, y no por la transgresión de Adán.

 

La transgresión de Adán y Eva

El élder James E. Faust, en ese entonces miembro del Quórum de los Doce Apóstoles, explicó:

“Debido a su transgresión, Adán y Eva, al decidir abandonar su estado de inocencia (véase 2 Nefi 2:23–25), fueron expulsados de la presencia de Dios; esto se conoce entre los cristianos como la Caída, o la transgresión de Adán. Fue una muerte espiritual porque Adán y Eva fueron separados de la presencia de Dios y se les dio el albedrío ‘para actuar por sí mismos, y no para que se actúe sobre ellos’ (2 Nefi 2:26). También se les dio el gran poder de la procreación para que pudieran cumplir el mandamiento de multiplicarse y llenar la tierra, y tener gozo en su posteridad (véase Génesis 1:28).

“El resto de su posteridad también quedó al margen de la presencia de Dios (véase 2 Nefi 2:22–26). Sin embargo, la posteridad de Adán y Eva era inocente del pecado original, dado que no participó en la transgresión y, por lo tanto, era injusto que toda la humanidad sufriera eternamente por el pecado de nuestros primeros padres, Adán y Eva. Era necesario poner en orden esa injusticia y, por lo tanto, se necesitaba el sacrificio expiatorio de Jesús en Su función de Salvador y Redentor. Debido al hecho trascendental de la Expiación, es posible que toda alma obtenga el perdón de sus pecados, que éstos se limpien y se olviden” (véase “El divino don de la Expiación”, Liahona, enero de 1989, págs. 13–14).

 

Véase:

 

El castigo por nuestros propios pecados

El élder Dallin H. Oaks dijo:

“A fin de tener derecho a reclamar la victoria del Salvador sobre la muerte espiritual que sufrimos por nuestros pecados, debemos aceptar las condiciones que Él nos ha impuesto. Según Él mismo nos ha dicho en la revelación moderna: ‘…yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten;

“ ‘mas si no se arrepienten, tendrán que padecer así como yo’ (DyC 19:16–17)” (“La luz y la vida del mundo”, Liahona, enero de 1988, pág. 62).

 

Véase:

 

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Véase:

  • James E. Talmage, “Artículos de Fe”, Artículo 2

.

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