Artículo de Fe No 13

 

13 Creemos en ser honrados, verídicos, castos, benevolentes, virtuosos y en hacer el bien a todos los hombres; en verdad, podemos decir que seguimos la admonición de Pablo: Todo lo creemos, todo lo esperamos; hemos sufrido muchas cosas, y esperamos poder sufrir todas las cosas. Si hay algo virtuoso, o bello, o de buena reputación, o digno de alabanza, a esto aspiramos.

 

Las características de la cristiandad verdadera

El élder Mark E. Petersen, que fue miembro del Quórum de los Doce Apóstoles, enseñó:

“La honradez, la verdad, la virtud y la bondad son todas características de la verdadera cristiandad, y si no las poseemos, no podemos decir que seguimos a Cristo…

“…las demostraciones de piedad sin obras que las apoyen son hipocresía, y son demostraciones muertas, aun ‘como el cuerpo sin espíritu está muerto’ (Santiago 2:26)” (“Creemos en ser honrados”, Liahona, julio de 1982, pág. 28).

El élder James E. Talmage escribió: “Religión sin moralidad, profesar santidad sin caridad, ser miembro de una iglesia sin responsabilidad adecuada, en lo que atañe a la conducta individual en la vida diaria, son como metal que resuena y címbalo que retiñe… La sinceridad de propósito, la integridad del alma, la pureza individual, la libertad de conciencia, el deseo de hacer bien a todos los hombres, aun a los enemigos, la benevolencia pura, estas cosas son algunos de los frutos que distinguen la religión de Cristo; y sobrepujan en importancia y valor la promulgación de dogmas y la declaración de teorías” (Los Artículos de Fe, págs. 471–472).

 

El ser honrado

El élder Marvin J. Ashton, que fue miembro del Quórum de los Doce Apóstoles, dijo:

“En la mentira hay pecado. El ser víctimas de la mentira es una verdadera tragedia. El caer en las garras de la deshonestidad y las falsas interpretaciones no es cosa que sucede en forma instantánea. Una pequeña mentira o acto deshonesto conduce a otro hasta que el infractor cae en las garras del engaño… Aquellos que caen víctimas de esta trampa a menudo cargan sobre sus espaldas el pesado yugo por no estar dispuestos a reconocer su problema ni a hacer un esfuerzo por cambiar. Muchos no están dispuestos a pagar el precio para librarse de las mentiras. Hay personas que pueden llegar a valorar la honestidad en toda su magnitud y aun así no se resuelven a ponerla en práctica en su vida…

“La honestidad es un elemento básico. Es muy cierto que la mentira es cómplice de todos los demás vicios o, como lo expresó alguien: ‘El pecado cuenta con muchas herramientas, pero la mentira es el mango que se adapta a cualquiera de ellas’ (O. W. Holmes, en The Home Book of Quotations, pág. 1111)” (véase “No hay nada de malo”, Liahona, julio de 1982, págs. 16—17, 20).

 

Véase:

 

El ser verídicos

El obispo J. Richard Clarke, en ese entonces consejero del Obispado Presidente, dijo:

“La práctica de la verdad, la prueba máxima de nuestros cometidos, se denomina de muchas maneras. Por ejemplo: honradez, integridad, corrección y probidad. Me gusta esta última; es una palabra que proviene del latín probitas, que significa bondad, y del probare, que se refiere a examinar o confirmar la integridad. La persona que ha logrado la probidad por medio de la disciplina, hasta que aquélla forma parte de su naturaleza, es como una brújula moral que indica automáticamente ‘el norte verdadero’, bajo cualquier circunstancia, y se esfuerza por tener una honradez instintiva que le haga actuar correctamente por impulso, sin pesar las ventajas o desventajas de la situación…

“…¿No sería una gran idea tener una tarjeta de crédito mormona? El mormón que la tuviera sería siempre digno de confianza, honrado con sus empleadores y cumplidor con sus acreedores. Nuestros profesionales, comerciantes y gente de negocios no transigirían en su integridad por amor al dinero. Cada uno de ellos respaldaría su labor con un nombre honorable, y todos se esforzarían por alcanzar la excelencia en todo sentido. ¿No sería magnífico ser ‘diferentes’ y ser reconocidos por nuestra honradez y la calidad de nuestros servicios? La norma de integridad de los mormones debería ser la más elevada del mundo, porque somos el pueblo del convenio de Dios. El Señor no hace acepción de razas ni de nacionalidades, sino espera que todos Sus santos vivan de acuerdo con las normas del Evangelio” (véase “La práctica de la verdad”, Liahona, julio de 1984, págs. 104–105).

 

El ser castos

El presidente Spencer W. Kimball declaró: “Muchas de las dificultades que acosan a la familia actualmente nacen de la violación del séptimo mandamiento (véase Éxodo 20:14). La castidad absoluta antes del matrimonio y la fidelidad absoluta después de él todavía son las normas de las cuales no podemos desviarnos sin caer en el pecado, la amargura y la infelicidad” (véase “La familia puede ser eterna”, febrero de 1981, pág. 5).

El élder Richard G. Scott enseñó que las relaciones físicas e íntimas fuera del matrimonio “causan graves daños emocionales y espirituales. Aunque los que lo hacen no se dan cuenta de eso ahora, lo sentirán más adelante.

“La inmoralidad sexual crea una barrera que aleja la influencia del Espíritu Santo con toda su capacidad de elevar, iluminar y fortalecer. Además, produce un poderoso estímulo físico y emocional; con el tiempo, esto crea un apetito insaciable que arrastra al transgresor a pecados más serios; engendra el egoísmo y puede provocar acciones agresivas como la brutalidad, el aborto, el abuso sexual y otros crímenes violentos. Ese estímulo también puede llevar a actos de homosexualidad, los cuales son aborrecibles y completamente errados.

“La transgresión sexual deshonraría el sacerdocio que ahora posees, agotaría tu fortaleza espiritual, minaría tu fe en Jesucristo y frustraría tu capacidad de servirle…

“…Toda intimidad sexual fuera de los lazos sagrados del matrimonio, o sea, todo contacto intencional con las partes sagradas y privadas del cuerpo de otra persona, ya sea vestido o sin ropa, es un pecado y está prohibido por Dios; también es una transgresión estimular esas emociones en tu propio cuerpo.

“Satanás trata de persuadir a las personas a creer que hay ciertos grados de contacto físico que están permitidos entre las personas que lo consienten y que buscan el fuerte estímulo de emociones que esto produce, y que si se mantiene dentro de ciertos límites, no hará ningún daño. Como testigo de Jesucristo, testifico que eso es totalmente falso. En particular, Satanás busca tentar a los que han llevado una vida pura y limpia a experimentar con revistas, cintas de video y películas que presentan vívidas imágenes de cuerpos femeninos. Lo que él quiere es estimular los apetitos que provocan a la experimentación, la cual lleva rápidamente a las intimidades y la deshonra. Así se forman fuertes hábitos que son muy difíciles de abandonar y que dejan como resultado cicatrices mentales y emocionales” (véase “Las decisiones correctas”, Liahona, enero de 1995, págs. 43–44).

El élder Marvin J. Ashton dijo: “Los que desean que perdamos la virtud y la castidad para ‘probar’ nuestro amor en relaciones sexuales ilícitas no son amigos ni tienen sus ojos puestos en la familia eterna” (“Servimos lo que amamos”, Liahona, agosto de 1981, pág. 33).

El presidente Spencer W. Kimball enseñó: “Dentro de los lazos del matrimonio legal, la intimidad de las relaciones sexuales está bien y cuenta con la aprobación divina. No hay nada impuro ni degradante en la sexualidad de por sí, puesto que por ese medio el hombre y la mujer se unen en un proceso de creación y en una expresión de amor” (citado por el élder Dallin H. Oaks, “Lo que enseñan los profetas en cuanto a la castidad y la fidelidad”, Liahona, octubre de 1999, pág. 29).

 

Véase:

 

El ser benevolentes

El élder Dean L. Larsen, miembro de los Setenta, enseñó: “La fortaleza perdurable del reino no se encuentra en el número de miembros, ni en lo rápido que crece ni en la belleza de sus edificios. En el reino de Dios, el poder no equivale al número de miembros, ni a la observancia superficial y rutinaria de sus leyes, sino que se encuentra en las acciones, difíciles de medir, que demuestran amor, obediencia y servicio cristiano, que es posible que los líderes pasen por alto, pero que siguen el ejemplo del ministerio del Señor mismo” (véase “La fuerza dentro del reino”, Liahona, febrero de 1982, pág. 49).

El élder Antoine R. Ivins, que fue miembro de los Setenta, dijo: “Una vez escuché a un joven dar un discurso en una convención de setentas en Barrat Hall; él dijo: ‘No tiene límite el bien que podemos hacer cuando no nos preocupamos por quién va a recibir el reconocimiento por ello’ ” (en “Conference Report”, abril de 1946, pág. 42).

 

El ser virtuosos

Al hablar en la reunión del sacerdocio de una conferencia general, el presidente Ezra Taft Benson dijo:

“El ser virtuoso supone que los pensamientos sean puros y las acciones limpias. No codiciará en su corazón, porque el hacerlo equivale a ‘negar la fe’ y a perder el Espíritu (D. y C. 42:23)…

“La virtud está emparentada con la santidad, una cualidad de la divinidad. El poseedor del sacerdocio debe buscar lo que es virtuoso y bello y no lo que es bajo y sórdido. La virtud engalanará sus pensamientos incesantemente (véase D. y C. 121:45). ¿Podrá un hombre complacerse en la malignidad de la pornografía, de la blasfemia y la vulgaridad y considerarse totalmente virtuoso? (véase “Las características divinas del maestro”, Liahona, enero de 1987, pág. 47).

 

Véase:

 

“El hacer el bien a todos los hombres”

El élder David O. McKay, en ese entonces miembro del Quórum de los Doce Apóstoles, enseñó: “No hay una cosa más grandiosa que todas las demás que se pueda hacer para obtener la vida eterna, sino que creo que la gran lección que debemos aprender en el mundo actual es la de aplicar, en los pequeños actos y deberes de la vida cotidiana, los gloriosos principios del Evangelio… El sol es una fuerza poderosa del universo, pero es una bendición para nosotros porque lo recibimos en rayos pequeños, que, todos juntos, llenan la tierra de luz solar. La oscuridad de la noche se hace más llevadera por el resplandor de lo que parecen ser pequeñas estrellas. Así también la vida de la persona cristiana se compone de pequeños actos buenos realizados a toda hora en el hogar, en el quórum, en la organización, en la comunidad o en cualquier lugar donde vivamos o sirvamos” (en “Conference Report”, oct. de 1914, págs. 87–88; citado por el élder Rex D. Pinegar en “Las cosas simples”, Liahona, enero de 1995, pág. 92).

El presidente Spencer W. Kimball dijo: “Dios nos tiene presentes y nos vigila, mas a menudo es a través de otro mortal que satisface nuestras necesidades; por lo tanto, es imperioso que nos sirvamos mutuamente en Su reino” (véase “Esos actos de bondad”, Liahona, diciembre de 1976, pág. 1).

 

La admonición de Pablo de creer, esperar y sufrir

El élder Jeffrey R. Holland, en ese entonces miembro de los Setenta, dijo: “Sólo el amor puro de Cristo puede salvarnos. El amor de Cristo es sufrido y benigno; el amor de Cristo no se envanece ni se irrita fácilmente. Sólo Su amor le permite a Él, y a nosotros, sufrir todas las cosas, creer todas las cosas y soportar todas las cosas (véase Moroni 7:45)” (“Aún hasta el final”, Liahona, enero de 1990, pág. 27).

El élder Marvin J. Ashton dijo: “Eviten descorazonarse porque el desaliento es una de las armas más poderosas de Satanás. Tener pensamientos como ‘no puedo seguir adelante’, ‘no sirvo para nada’, ‘ya es demasiado tarde’, ‘ahora ya que importa’ o ‘ya no tengo esperanzas’ es destructivo. Satanás quisiera que creyéramos que porque cometimos un error ya no hay remedio que valga. Él quiere que nos demos por vencidos. Es preciso que las personas que estén en ese lapso de espera no se desalienten y tal vez se requiera un considerable esfuerzo para lograrlo, pero es posible hacerlo” (véase “Y mientras ellos esperan”, Liahona, julio de 1988, pág. 62).

 

La admonición de Pablo de aspirar o buscar las cosas virtuosas, bellas, de buena reputación y dignas de alabanza

El élder Joseph B. Wirthlin, miembro del Quórum de los Doce Apóstoles, explicó:

“La palabra buscar significa tratar de obtener, procurar. Esto requiere una actitud enérgica y positiva. Por ejemplo, Abraham buscó ‘las bendiciones de los patriarcas… y ser un partidario más fiel de la justicia’ (Abraham 1:2). Es lo opuesto a esperar pasivamente que nos llegue algo bueno, sin hacer ningún esfuerzo de nuestra parte.

“Podemos llenar nuestra vida de cosas buenas, sin dejar lugar para nada más. Tenemos tanto bueno para elegir que no tenemos por qué hacer lo malo. El élder Richard L. Evans declaró: ‘Lo malo está en el mundo pero también está lo bueno. Está en nosotros distinguir y elegir entre los dos, para crecer en la autodisciplina, en la capacidad, en la bondad, para seguir adelante —paso a paso— un día, una hora, un momento, una tarea a la vez’ (Thoughts for One Hundred Days, 5 tomos, Salt Lake City: Publishers Press, 1966–1972, tomo IV, pág. 199).

“Si buscamos lo que es virtuoso y bello, con seguridad lo encontraremos” (“Busquemos lo bueno”, Liahona, julio de 1992, pág. 96).

El élder Russell M. Nelson enseñó: “A todos aquellos que tengan interés en la plenitud del Evangelio restaurado, sin importar la nacionalidad o las creencias religiosas, decimos lo mismo que el élder Bruce R. McConkie: ‘Conserven toda la verdad y todo lo bueno que poseen. No abandonen ningún principio bueno y sólido. No renuncien a ninguna norma del pasado que sea buena, justa y verdadera. Nosotros creemos toda verdad que se encuentre en cualquier iglesia en el mundo; pero también decimos esto al mundo: Vengan, participen de la luz y la verdad adicionales que Dios ha restaurado hoy día. Cuanta más verdad tengamos, mayor será nuestro gozo aquí y ahora; cuanta más verdad recibamos, mayor será nuestro galardón en la eternidad. Ésta es nuestra invitación a los hombres y a las mujeres de buena voluntad de todas partes’ [Informe de la Conferencia de Área en Tahití, marzo de 1976, pág. 31]” (véase “Llena nuestro corazón de tolerancia y amor”, Liahona, julio de 1994, pág. 80).

 

Véase:

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