Sección 134: “Los gobiernos y las leyes de la tierra”

 

Manual de Instituto Doctrina y Convenios

Sección 134: “Los gobiernos y las leyes de la tierra”

 

Antecedentes históricos

El 17 de agosto de 1835, se realizó una asamblea general de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días en Kirtland, Ohio, la cual tuvo por objeto la aceptación formal de la recopilación de las revelaciones recibidas por medio del Profeta, para imprimirlas como la primera edición de Doctrina y Convenios. Después que los quórumes del sacerdocio y la congregación aceptaron unánimemente las revelaciones, “el élder William W. Phelps se puso de pie y leyó un artículo preparado por Oliverio Cowdery referente al matrimonio. Se dispuso por voto unánime que éste también fuera publicado en el tomo de las revelaciones. Luego, el presidente Oliverio Cowdery nuevamente se puso de pie y leyó el artículo en cuanto a ‘gobiernos y leyes en general’, y éste también recibió el voto de aprobación para que se publicara en el libro de las revelaciones. Ninguno de esos artículos fue una revelación a la Iglesia” (Smith, Church History and Modern Revelation, 2:30).

El artículo referente al gobierno se incluyó en la edición de Doctrina y Convenios como declaración de creencia y como refutación a las acusaciones que los enemigos de la Iglesia habían hecho en contra de los miembros de ésta. “La razón por la cual se escribió el artículo sobre ‘gobiernos y leyes en general’ estriba en el hecho de que los encarnizados enemigos de los Santos de los Ultimos Días habían acusado a éstos, tanto en Misuri como en otros lugares, de ser opositores de la ley y del orden. Se les había acusado de establecer leyes opuestas a las del país” (Smith, Church History and Modern Revelation, 2:30–31).

Esta declaración de creencia se ha incluido en las ediciones de Doctrina y Convenios desde que fue propuesta en 1835. Cuando se leyó y se sometió a voto, “el profeta José Smith y su segundo consejero, Frederick G. Williams, andaban viajando por Canadá en una gira misional, y el Profeta no regresó a Kirtland hasta el domingo 23 de agosto, una semana después que la asamblea se había efectuado. Dado que en la asamblea se había aprobado por voto unánime que se publicara en Doctrina y Convenios tanto este artículo sobre gobiernos como el otro sobre el matrimonio, el Profeta aceptó la decisión y permitió que así se hiciera.

“Se debe tener en cuenta que en las actas, y también en la introducción de este artículo referente a gobiernos, los hermanos tuvieron cuidado de señalar que esta declaración fue aceptada como la creencia u ‘opinión’ de los oficiales de la Iglesia y no como revelación. Por lo tanto, no ocupa el mismo lugar en la doctrina de la Iglesia que el que ocupan las revelaciones.” (Smith y Sjodahl, Commentary, pág. 852.)

 

Notas y comentarios

 

D. y C. 134:1. “Dios instituyó los gobiernos para el beneficio del hombre”

El principio de gobierno lo dio el Señor, pero El no instituyó todas las formas de gobierno. Smith y Sjodahl hicieron notar que “en el principio mismo, el Señor reveló a Adán una forma perfecta de gobierno, la cual se instituyó ‘para el beneficio del hombre’; mas nosotros no creemos que todos los gobiernos, o cualquier gobierno hecho por el hombre, los haya instituido Dios, aunque el Señor pone su mano sobre ellos. No pasó mucho tiempo desde el momento en que el Señor estableció su gobierno con Adán, ocasión en que le mandó enseñar principios correctos a sus hijos, hasta que los hombres comenzaron a rebelarse y apartarse. [Véase Moisés 5:12–13]

“Desde ese tiempo en adelante, los hombres usurparon la autoridad para gobernar y, salvo pocas excepciones desde entonces, los gobiernos terrenales han sido y son de hombres, y se ha desechado la guía de la mano del Señor por revelación y la autoridad investida en sus siervos. Llegará el día —y está cercano— en que el Señor vendrá en su poder y dará fin a todos los gobiernos de los hombres y ocupará su lugar legítimo como Rey de reyes y Señor de señores.” (Commentary, págs. 852–853)

Algunos se preguntan por qué el Señor les pide a las personas que se sujeten a gobiernos inicuos; pero es mejor tener un gobierno malo que no tener gobierno alguno. En la conferencia de abril de 1881, el élder Erastus Snow explicó la razón: “La anarquía… ¿debo decir que es el peor de los sistemas de gobierno? No: La anarquía es la ausencia de todo tipo de gobierno; es lo opuesto al orden; es el colmo de la confusión; es el resultado de la libertad desenfrenada, lo contrario a la verdadera libertad. El apóstol Pablo dice acertadamente:’…no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas’ [Romanos 13:1]. A primera vista, esta declaración nos sorprende. Aun el monopolio del poder, como en el caso de los zares, o el monopolio de la autoridad en manos de la aristocracia, como en otras partes de Europa, o la incompetencia y a veces la torpeza de una república como la nuestra [refiriéndose al gobierno de los Estados Unidos en aquella época] es mucho mejor que no tener ningún gobierno. Y por esta razón, dice el apóstol Pablo, ‘porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas’; no es que sean siempre la mejor forma de gobierno para la gente, ni que den libertad al género humano, sino que cualquier forma de gobierno —y todas ellas— es mejor que no tener ningún gobierno, teniendo la tendencia —como la tienen— a controlar las pasiones de la naturaleza humana y a… establecer y mantener el orden en mayor o menor grado. Es mejor tener un monopolio que tener muchos; y la opresión de un monarca es tolerable, pero la de un populacho, donde cada hombre es su propia ley y su mejor asesor, su propio poder para poner en vigencia su voluntad, es la peor forma de gobierno” (en Journal of Discourses, 22:151).

 

D. y C. 134:1. Dios responsabiliza a los hombres por sus actos al decretar las leyes y administrarlas

El profeta José Smith dijo que la responsabilidad y la justicia se aplican tanto a los gobiernos como a las personas individualmente: “No tenemos que dudar de la sabiduría e inteligencia del Gran Jehová. El aplicará la justicia o la misericordia a todas las naciones de acuerdo con sus merecimientos, así como con sus medios para obtener inteligencia, con las leyes por las cuales se hayan gobernado, con las facilidades con que hayan contado para conseguir información correcta y con los inescrutables designios de El con respecto a la familia humana” (History of the Church, 4:596). El presidente John Taylor agregó:

“Si todos los hombres serán llevados a juicio por toda palabra y acto secreto, con cuánta mayor razón serán tenidos en cuenta delante de Dios y del santo sacerdocio los hechos públicos de los hombres al servicio público” (en Journal of Discourses, 20:42–43).

 

D. y C. 134:2. El gobierno y el albedrío del hombre

El élder John A. Widtsoe, que fue miembro del Quórum de los Doce, explicó la importancia de la función del gobierno en la protección del albedrío del hombre: “Creemos que Dios instituyó los gobiernos (D. y C. 134:1; 58:21); que la libertad individual es necesaria (134:2). No se debiera aprobar ley alguna que quite a las personas el derecho de elegir. El libre albedrío es fundamental como ley de conducta humana. Las personas tienen el derecho de obedecer o desobedecer la ley como les plazca y luego deben enfrentar las consecuencias. Eso es fundamental y es la base del pensamiento de los Santos de los Ultimos Días” (Message of the Doctrine and Covenants, pág. 154).

El élder David O. McKay dijo: “El mejor sistema de gobierno es el que tiene como meta impartir justicia y bienestar social, y promover la prosperidad entre sus miembros” (en Conference Report, abril de 1930, pág. 80).

También dijo que “debemos reconocer que los derechos de la propiedad son fundamentales para la libertad humana”, y citó las palabras de un miembro de la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos, George Sutherland, oriundo de Utah, que dijo: “‘No es el derecho de la propiedad lo que se protege, sino el derecho a la propiedad. La propiedad, en sí misma, no tiene derechos. Pero la persona —el ser humano— tiene tres grandes derechos igualmente sagrados ante toda interferencia arbitraria: el derecho a la vida, el derecho a la libertad y el derecho a su propiedad. Esos tres derechos están tan íntimamente ligados unos con otros que son esencialmente un solo derecho. Dar a una persona la vida, pero negarle la libertad, es quitarle todo lo que hace que valga la pena vivir. Darle libertad, pero quitarle la propiedad que es el fruto y el emblema de su libertad, es dejarlo esclavo’ (George Sutherland, discurso pronunciado ante la Asociación de Abogados del estado de Nueva York, 21 de enero de 1921)” (en Conference Report, octubre de 1962, pág. 6).

 

D. y C. 134:3. “…se debe buscar y sostener… a quienes administren la ley con equidad y justicia”

Muchos líderes de la Iglesia han hablado en cuanto a la importancia de que los miembros de la Iglesia elijan a hombres justos para que administren los asuntos del gobierno. En enero de 1928, la Primera Presidencia emitió una declaración oficial referente a la responsabilidad de los miembros de la Iglesia de elegir y apoyar a lideres cívicos rectos, la cual citó el presidente Anthony W. Ivins en la conferencia de octubre del mismo año:

“Las leyes que se promulgan para la protección de la sociedad no tienen valor alguno si no se administran con rectitud y justicia, y no se pueden administrar con rectitud y justicia si ocupan los puestos administrativos hombres deshonestos.

“El Señor dice: ‘Cuando el inicuo gobierna, el pueblo se lamenta’. En todas las comunidades, en todos los partidos políticos, en todos los credos, hay hombres buenos, prudentes y de espíritu patriótico. Ninguno, sino esos hombres, debe ser elegido…

“Sin leyes benéficas que se apliquen rectamente, se socavan los cimientos de la sociedad, reina la anarquía y se producen el caos y la aniquilación.

“Invitamos a todos los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días en todo el mundo a honrar las leyes de Dios y a obedecer y respaldar la ley del país; e invitamos a los hombres y a las mujeres buenos de todas partes, de todos los credos, de toda afiliación política, raza y condición a unirse a nosotros en un esfuerzo por poner en marcha las palabras de Lincoln, el gran emancipador, a fin de que nuestro país [cualquiera que éste sea] continúe siendo una luz al mundo, una nación temerosa de Dios y respetuosa de la ley.” (En Conference Report, octubre de 1928, pág. 16.)

El presidente Ezra Taft Benson expuso cuatro pautas excelentes mediante las que los Santos de los Ultimos Días pueden medir la dignidad de toda doctrina o líder político. “No sólo debemos buscar líderes humildes de corazón, dignos y valientes, sino que debemos sopesar toda propuesta que tenga que ver con el bienestar nacional o local de acuerdo con cuatro normas:

“Primero, ¿es la idea, la norma o propuesta recta de acuerdo con el evangelio de Jesucristo?.

“Segundo, ¿es correcta al sopesarla con la norma del Señor en cuanto al gobierno constitucional?. La norma del Señor es una guía segura.

“Tercero… ¿es correcta al compararse con los consejos de los oráculos vivientes de Dios?.

“Cuarto, ¿qué efecto tendrá sobre la moral y el carácter de la nación si se adopta ésta o aquella norma?” (En Our Prophets and Principies, págs. 69–70.)

 

Véase D. y C. 98:9–12. “A hombres buenos y sabios debéis esforzaros por apoyar”

Aunque la Constitución tuvo la influencia de la inspiración divina, la ley está en manos de hombres cuyas debilidades humanas a veces pueden interponerse en el camino de los principios justos. “Cuando los inicuos gobiernan, el pueblo se lamenta” (vers. 9). Por lo tanto, es obligatorio que los ciudadanos, siempre que tengan ocasión, además de apoyar la ley constitucional, elijan “a hombres honrados y sabios” que apliquen la ley de acuerdo con lo mejor de su capacidad (vers. 10). La Primera Presidencia dijo respecto a este consejo:

“Las leyes que se ponen en efecto para protección de la sociedad no tienen ningún valor si no se administran con justicia y equidad, y no pueden administrarse de esa manera si los que ocupan los cargos administrativos son personas deshonestas.

“El Señor dice: ‘Cuando los inicuos gobiernan, el pueblo se lamenta’ (vers. 9). Se debe buscar a hombres sabios, buenos y patriotas en todas las comunidades, en todos los partidos políticos, entre todos los credos. No se debe elegir sino a esa clase de personas.

“Sin leyes benéficas que se apliquen con justicia, se desmoronan los cimientos de la civilización, prevalece la anarquía, y surgen la decadencia y desintegración.” (La Primera Presidencia, citado por Anthony W. Ivins, en Conference Report, octubre de 1928, pág. 16.)

Al buscar a quiénes los representarán en el gobierno, los ciudadanos deben mantener su propio honor e integridad como tales. No es suficiente elegir hombres buenos y justos para los gobiernos, sino que las personas mismas deben seguir principios verdaderos y santos. Una ciudadanía justa es la mejor salvaguarda de la paz y la felicidad. Si desean establecer Sión, los santos deben apartarse de todo mal.

 

D. y C. 134:4, 9. La relación entre la religión y las leyes humanas

Es una clara y definida enseñanza de la Iglesia que las personas deben tener la libertad de adorar como les plazca. El presidente Heber J. Grant dijo:

“Uno de los Artículos de Fe fundamentales promulgados por el profeta José Smith fue: ‘Nosotros reclamamos el derecho de adorar a Dios Todopoderoso conforme a los dictados de nuestra propia conciencia, y concedemos a todos los hombres el mismo privilegio: adoren cómo, dónde o lo que deseen’.

“Pero no reclamamos derecho alguno ni prerrogativa alguna de interferir con ningún otro pueblo.” (En Conference Report, abril de 1921, pág. 203.)

El élder John A. Widtsoe escribió que el profeta José Smith dijo que “un buen gobierno debe garantizar a sus ciudadanos el libre ejercicio de la conciencia. Los asuntos de fe o práctica religiosa no se deben obstaculizar a menos que se opongan a leyes formuladas para el bien común. No se debe mezclar la influencia religiosa con el gobierno civil” (Joseph Smith, pág. 215).

 

D. y C. 134:5. “Sostener y apoyar a los gobiernos respectivos de los países donde residan”

El duodécimo Artículo de Fe dice: “Creemos en estar sujetos a los reyes, presidentes, gobernantes y magistrados; en obedecer, honrar y sostener la ley”.

El presidente David O. McKay dijo: “Las tres palabras importantes que se emplean en el duodécimo Artículo de Fe expresan la actitud apropiada de los miembros de la Iglesia con respecto a la ley. Esas palabras son: obedecer, honrar y sostener. El artículo no dice que creamos en la sumisión a la ley. La obediencia supone una actitud superior a la simple sumisión, puesto que la obediencia tiene sus raíces en la buena intención; la sumisión puede surgir del egoísmo o de la pobreza espiritual. Aunque tanto la obediencia como la sumisión suponen la restricción de la propia voluntad, somos obedientes sólo por un sentido del bien; somos sumisos por un sentido de necesidad.

“El honrar expresa un acto o actitud de un inferior hacia un superior. Cuando se aplica a las cosas, se entiende en el sentido de considerar con honor. Así, pues, al honrar la ley, la consideramos un estatuto que está por encima de los deseos egoístas o caprichos.

“Sostener significa apoyar, impedir que algo caiga. Sostener la ley, entonces, es refrenarse de decir o hacer cosa alguna que la debilite o la torne ineficaz.

“Obedecemos la ley por un sentido del bien. “Honramos la ley porque es necesaria y porque fortalece a la sociedad.

“Sostenemos la ley al observarla con respeto.” (En Conference Report, abril de 1937, pág. 28.)

Podría surgir una situación en la cual al obedecer la ley de Dios uno violara la ley territorial o del país. El élder James E. Talmage dijo: “Muchas veces se ha preguntado más o menos lo siguiente a la Iglesia y a sus miembros individuales: En caso de haber un conflicto entre lo que requiere la palabra revelada de Dios y lo que impone la ley secular, ¿cuál de estas autoridades obedecerían los miembros de la Iglesia? Por vía de respuesta se pueden citar las palabras de Cristo: Es el deber del pueblo dar a ‘César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios’. En la actualidad no se ha establecido sobre la tierra el reino de los cielos, como poder terrenal, con un rey soberano que ejerza autoridad directa y personal en asuntos temporales. Las ramas de la Iglesia, como tales, y los miembros que las integran, son súbditos de los varios gobiernos dentro de cuyos distintos confines existen las organizaciones de la Iglesia. En esta época de comparativa cultura y libertad no hay razón para creer que de una manera directa se obstruyera el derecho de la adoración privada y la devoción individual. En todas las naciones civilizadas, se concede a la gente el derecho de orar y este derecho está protegido por lo que propiamente puede llamarse una ley común del género humano. Ninguna alma sincera queda privada de la comunicación con su Dios; y, estando abierta esta vía de comunicación, se puede pedir un alivio de leyes gravosas, así como retribución por ultrajes sufridos, a aquel Poder que domina las naciones” (Artículos de Fe, págs. 464–465).

 

D. y C. 134:5–6. “No convienen la sedición ni la rebelión a ningún ciudadano”

El presidente N. Eldon Tanner habló concerniente al asunto de enfrentar leyes injustas:

“Muchos dudan de que ciertas leyes promulgadas por sus respectivos gobernantes sean constitucionales, aunque las hayan instituido autoridades del país, y consideran, por ende, que pueden desafiarlas y desobedecerlas.

“Abraham Lincoln dijo: ‘Si existen leyes injustas, deben abrogarse a la mayor brevedad posible; no obstante, mientras continúen en vigencia, deben observarse’.

“Y tal es la actitud de la Iglesia con respecto a la observancia de la ley.

“No hay justificación para los individuos que quebrantan las leyes o que intentan hacerlas valer por su propia mano.

“El deber de los ciudadanos de cualquier país es recordar que tienen responsabilidades individuales y que deben ajustarse a las leyes del país en que viven…” (“Las leyes de Dios”, Liahona, febrero de 1976, pág. 70.)

El presidente Joseph Fielding Smith también enseñó que la rebelión no es el camino aprobado para los miembros de la Iglesia: “No puede considerarse un buen miembro de la Iglesia aquella persona cuya vida se rebela contra el orden establecido de decencia y obediencia a la ley. No podemos rebelamos en contra de la ley y estar en armonía con el Señor, porque El ha dicho: ‘Sujetaos, pues, a las potestades existentes, hasta que reine aquel cuyo derecho es reinar…’ (D. y C. 58:22). Y El vendrá uno de estos días” (Liahona, diciembre de 1971, pág. 2).

La única excepción a este principio sería cuando el Señor dirigiera a su pueblo, por medio de sus profetas, a tomar una posición contraria a la de un gobierno. De no ser así, reconocen la autoridad del gobierno establecido.

 

D. y C. 134:6–7. “Las leyes humanas… y las leyes divinas… por las cuales el hombre responderá a su Creador”

El presidente Brigham Young enseñó: “Recordad que el Señor nos hace a todos responsables de nuestra conducta aquí. El hizo responsable de sus actos a nuestro padre Adán y nos hace responsables a nosotros de nuestros propios actos en proporción al lugar que ocupamos. Los reyes de la tierra tendrán que rendir cuentas ante Dios por su proceder en el cumplimiento de sus deberes reales. Los reyes son cabeza de naciones, los gobernadores son cabeza de las provincias; del mismo modo, los padres o esposos son gobernadores de su propia casa y deben actuar de conformidad con esa posición” (History of the Church, 4:309).

El presidente Wilford Woodruff añadió: “Diré que esta nación y todas las naciones, junto con los presidentes, reyes, emperadores, jueces y todos los hombres, justos y malvados, tienen que ir al mundo de los espíritus y comparecer ante el tribunal de Dios. Todos tienen que dar cuenta de sus hechos en esta vida” (en Millennial Star, 24 de noviembre de 1890, pág. 741).

Como parte de esa responsabilidad ante Dios, los mandatarios políticos tienen la obligación de otorgar a todos los hombres el libre ejercicio de su libertad y responsabilidad ante Dios. El presidente Wilford Woodruff añadió: “Dios no bendecirá a rey alguno, a ningún emperador ni presidente que no otorgue a sus súbditos los derechos y privilegios que tienen que ver con su relación personal con Dios, los cuales el Padre mismo les ha dado. En todos los casos en que a los súbditos se les prive de sus derechos, se hará responsables de ello a quienes les gobiernen” (Deseret Weekly News, 19 de abril de 1890, pág. 561).

 

D. y C. 134:8. “Todo hombre debe adelantarse y… procurar que se castigue a los que infrinjan las leyes buenas”

Dijo el élder James E. Talmage: “Ahora bien, el Señor ha provisto que los de esta Iglesia vivan de acuerdo con la ley, y El distingue entre la ley que pertenece a la Iglesia y la que llamamos secular o la ley territorial, pero requiere obediencia a ambas. Mi amor por mi hermano en esta Iglesia no significa que yo me interponga entre él y un veredicto justo. Esta Iglesia no es una organización como la de las combinaciones secretas de la antigüedad, las que el Señor ha dicho que aborrece y cuyos miembros hacían promesas de unirse en una fraternidad y se unían por medio de un juramento de que se encubrirían mutuamente sus delitos y de que se exculparían unos a otros en robos y asesinatos y en todo lo que era impuro. No es una organización así. Si lo fuera, no sería de Dios” (en Conference Report, octubre de 1920, pág. 63).

 

D. y C. 134:9. La separación entre la Iglesia y el estado

La Iglesia sostiene el principio establecido por la Constitución de los Estados Unidos de que la religión y el estado deben mantenerse separados. La Primera Presidencia (integrada entonces por Joseph F. Smith, John R. Winder y Anthon H. Lund) declaró lo siguiente en el año 1907:

“La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días apoya el principio de la separación entre la iglesia y el estado, de la no interferencia de la autoridad de la iglesia en los asuntos políticos y de la libertad e independencia absolutas del individuo en el cumplimiento de sus deberes políticos.

“Declaramos que en principio y norma, favorecemos:

“La separación total entre iglesia y estado;

“que la iglesia no ejerza influencia sobre el estado;

“que la iglesia no interfiera en las funciones del estado;

“que el estado no interfiera en las funciones de la iglesia ni en el libre ejercicio de la religión;

“la libertad absoluta del individuo del dominio de la autoridad eclesiástica en los asuntos políticos.

“la igualdad de todas las iglesias ante la ley.” (En Clark, Messages of the First Presidency, 4:153.)

 

D. y C. 134:10. “Toda sociedad religiosa tiene el derecho de disciplinar a sus miembros… si atañe a su confraternidad y buenos antecedentes”

El élder John A. Widtsoe escribió que “ningún oficial de la Iglesia tiene autoridad fuera de lo que corresponde a la Iglesia” (Priesthood and Church Government, pág. 62), y que “la Iglesia puede juzgar a los ofensores solamente en relación a su calidad de miembros. Todo otro castigo queda en manos de los tribunales civiles. Los miembros de la Iglesia pueden ser suspendidos en sus derechos o excomulgados” (Priesthood and Church Government, pág. 209).

 

D. y C. 134:11. “Todo hombre queda justificado en defenderse a sí mismo”

 

Véase D. y C. 98:16–48. Las leyes por las que deben guiarse los miembros en épocas de adversidad

La reacción natural de los santos contra la conducta injusta y terrible del populacho en el condado de Jackson debe de haber sido un sentimiento de venganza; pero esa reacción no está en armonía con la santidad que se requiere de los miembros, y en esta parte de la sección el Señor bosqueja las leyes por las que deben gobernarse los cristianos en tiempos de persecución:

La ley de la represalia (desquite) (vers. 23–32), la ley de la guerra (vers. 33–38) y la ley del perdón (vers. 39–48). Smith y Sjodahl explicaron lo siguiente respecto a estas leyes:

La ley de la represalia… Tal como el mundo está organizado en el presente, es imposible vivir en él sin recibir algún mal. Qué debemos hacer cuando alguien nos haga daño es uno de los grandes problemas que se le presentan al que quiere llevar una vida cristiana. El mundo dice: ‘¡Véngate!’ El Maestro dijo: ‘¡Perdona!’ ‘¡Absurdo!’, exclama el mundo. ‘Entonces, ¿para qué existen las leyes, los juzgados y las cárceles?’ Cristo nos ruega que recordemos que aun nuestro peor enemigo es, después de todo, uno de los hijos de Dios a quien El vino a salvar también, y que deberíamos tratarlo tal como trataríamos a un hermano que se equivocara. Muy a menudo, al devolver amor cristiano en pago de una mala acción, se logra la salvación del que había cometido el daño, y siempre tiene un efecto maravilloso sobre quienes lo practican. Los fortalece y los hace hermosos y semejantes a Dios, en tanto que el odio y la venganza estampan la imagen del diablo sobre el corazón que les da entrada.

La ley de la guerra. A través de su historia, Israel siempre ha estado en guerra, mas la ley divina puso muchas restricciones a su acción militar. A partir de los veinte años de edad, todos los hombres capaces de portar armas estaban sujetos al servicio militar (Números 1:3); pero todos los sacerdotes y levitas, que estaban comprometidos en el servicio del templo, quedaban eximidos de ese deber (Números 1:47). También lo estaba el hombre que hubiera edificado una casa y no la hubiera dedicado todavía, y el que hubiera plantado una viña pero no comido de su fruto, y el que estuviera desposado y todavía no se hubiera unido a su esposa (Deuteronomio 20:5–7). El recién casado quedaba eximido por un año (Deuteronomio 24:5) y, por último, todo el que tuviera temor y fuera ‘medroso y pusilánime’ quedaba excluido del servicio para que no ‘apoque el corazón de sus hermanos, como el corazón suyo’ (Deuteronomio 20:8). Mediante estas restricciones, el servicio del templo, las empresas industriales y agrícolas y la felicidad doméstica se consideraban más importantes que el militarismo en un momento en que la clase militar tenía la influencia predominante en muchos países.

“Israel recibió el mandamiento de no ir a la guerra contra nación alguna, a menos que ésta rechazara una oferta de paz (Deuteronomio 20:10; compárese con Deuteronomio 2:26–29). Cuando la guerra era inevitable, se mandaba expresamente a los israelitas no cortar los árboles frutales en el territorio enemigo (Deut. 20:19). El vandalismo estaba prohibido.

“Comparemos estas instrucciones con las que recibieron los nefitas (Alma 48:10–25).” (Commentary, pág. 623–624.)

El presidente David O. McKay dio una importante explicación respecto a las circunstancias en las que se justifica que una persona cristiana vaya a la guerra:

“Sin embargo, hay dos condiciones que pueden justificar al hombre verdaderamente cristiano a participar —y fijaos en que he dicho participar, no iniciar— en la guerra: (1) El intento de otro de dominar y eliminar el libre albedrío, y (2) lealtad a la patria…

“Entre estas razones, la que sobresale, naturalmente, es la defensa de la libertad del hombre. El intento de despojarlo de su libre albedrío causó disensión aun en los cielos.

“Privar al hombre, un ser inteligente, de su libertad de elección es cometer el crimen supremo de todos los tiempos.

“Tan fundamental en el progreso eterno del hombre es este derecho inherente de elección, que el Señor lo defendería aun al precio de la guerra. Sin libertad de pensamiento, sin libertad de elección y sin libertad de acción dentro de los límites legales, el hombre no puede progresar.

“La mayor responsabilidad del estado es salvaguardar la vida y proteger la propiedad y los derechos de sus ciudadanos; y si el estado está obligado a proteger a sus ciudadanos de la ilegalidad y la anarquía dentro de sus fronteras, está igualmente obligado a protegerlos de intrusiones exteriores, ya sean los atacantes individuos o naciones.” (En Conference Report, abril de 1942, págs. 72–73.)

Smith y Sjodahl describen la última ley de que habla esta sección de la siguiente manera:

La ley del perdón. En los versículos 23–32 se enseña a los santos a soportar pacientemente la persecución y a no buscar venganza; en estos otros se les manda ir aún más lejos y perdonar al enemigo tantas veces como se arrepienta del mal cometido, y un determinado número de veces aunque no se arrepienta (vers. 43). Sin embargo, si siguiera obrando mal y no se arrepintiera, el caso debe llevarse ante el Señor, con la esperanza de que el pecador sea llevado al arrepentimiento. Si se logra este objetivo, debe perdonársele (vers. 44, 45); si no hay arrepentimiento, el asunto debe dejarse enteramente en manos del Señor.

“ ‘Hasta setenta veces siete’ significa, prácticamente, un número ilimitado de veces. En la época de nuestro Señor, los rabinos enseñaban que nadie estaba obligado a perdonar a su prójimo más de tres veces. Pedro, pidiéndole al Maestro que diera una norma al respecto, sugirió que siete veces tal vez fuera una mejora bastante liberal sobre la regla de los maestros judíos, pero nuestro Señor respondió: ‘Setenta veces siete’.

“El evangelio nos enseña que si tenemos algún resentimiento contra alguna persona, tenemos que eliminar del corazón ese sentir; nos enseña a hacer el bien a todos nuestros semejantes, aun a los enemigos, y eso nos hace ser felices como sólo un corazón lleno de alegría puede serlo.” (Commentary, págs. 625–626)

 

D. y C. 134:12. “No… es propio meterse con los esclavos”

Aunque la indiscutible posición de la Iglesia es que la esclavitud es mala y contraria a los derechos fundamentales del hombre, el profeta José Smith enseñó que cuando un gobierno tolera la esclavitud, no es la posición de la Iglesia intentar derribar ese orden establecido: “…es el deber del élder, al entrar en una casa, saludar al amo de esa casa; y si logra su consentimiento, entonces podrá predicar a todos los que se hallan en dicha casa; pero si no recibe su consentimiento, no debe ir a sus esclavos o siervos, mas sea la responsabilidad sobre la cabeza del amo de esa casa; y las consecuencias y culpabilidad de aquella casa no quedan ya sobre los vestidos del élder… Mas si el amo de esa casa da su consentimiento, el élder podrá predicar a su familia, a su esposa, sus hijos y sus criados o criadas, o sus esclavos…” (Enseñanzas, pág. 100).

En 1834, cuando se escribió esta declaración, los enemigos de los miembros de la Iglesia que vivían en Misuri a menudo acusaban a éstos de procurar abolir la esclavitud. Dado que Misuri ingresó en la Unión como un estado esclavista, este asunto enardeció a los habitantes de la región. Doctrina y Convenios 132:12 fue una respuesta a las acusaciones levantadas contra los Santos de los Ultimos Días.

 

Véase: