“El Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo”

 

Gordon B. Hinckley; La Fe, Esencia de la Religión Verdadera

Cap. 4: “El Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo”

 

El primer artículo de nuestra fe ocupa un lugar de vital importancia en nuestra religión. Es realmente significativo que, al declarar los elementos primordiales de nuestra doctrina, el profeta José Smith haya enunciado esto en primer lugar:

“Nosotros creemos en Dios el Eterno Padre, y en Su Hijo Jesucristo, y en el Espíritu Santo”.

La preeminencia otorgada a esta declaración está de acuerdo con otra declaración del Profeta: El primer principio del Evangelio consiste en conocer con certidumbre la naturaleza de Dios (History of the Church 6:305).

Estas declaraciones tan inmensamente significativas e integrales están en armonía con las palabras del Señor en Su maravillosa oración intercesora cuando dijo: “Y ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:3).

Cierta vez recibí un panfleto escrito por un crítico, un enemigo de la Iglesia cuyo deseo es destruir la fe de los débiles y los iletrados. En él reitera las mentiras que se han venido repitiendo por más de un siglo y pretende enunciar lo que, corno miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días, ustedes y yo creemos. Sin ánimo de entrar en polémica con ninguno de nuestros amigos de otras religiones, a muchos de quienes conozco y respeto sinceramente, quiero aprovechar esta ocasión para manifestar mi posición en cuanto a este importantísimo tema teológico.

Yo creo en Dios, nuestro Padre Eterno, sin reserva ninguna. El es mi Padre, el Padre de mi espíritu, y el Padre del espíritu de toda la humanidad. El es el gran Creador y el Rey del universo. El es quien dirigió la creación de esta tierra en que vivimos. El hombre fue creado a Su imagen. El es un Ser personal y real. El es un individuo y “tiene un cuerpo de carne y huesos, tangible como el del hombre” (D. y C. 130:22). Según el relato de la creación de la tierra, Dios dijo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza” (Génesis 1:26).

¿Podría algún otro lenguaje ser más explícito? ¿Degrada acaso a Dios, como creen algunos, que el hombre haya sido creado expresamente a imagen Suya? Antes bien, ello debería despertar en el corazón de hombres y mujeres un mayor aprecio para consigo mismos como hijos e hijas de Dios. Las palabras de Pablo a los santos de Corinto son tan apropiadas hoy para nosotros como lo fueron entonces para ellos: “¿No sabéis que sois templos de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios lo destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es” (1 Corintios 3:16—17).

Recuerdo una ocasión cuando, hace más de cincuenta años, yo era misionero y me encontraba hablando en una reunión al aire libre en el Parque Hyde, en Londres. Al presentar mi mensaje, un provocador me interrumpió diciendo: “¿Por qué no se conforma usted con la doctrina de la Biblia que dice en Juan 4:24 que ‘Dios es Espíritu’?”

Yo abrí mi Biblia y le leí en su totalidad el versículo que mencionaba: “Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren”. Entonces dije: “Por supuesto que Dios es un espíritu y también lo es usted, en la combinación del espíritu y el cuerpo que lo constituye en un ser viviente; y también lo soy yo”.

Cada uno de nosotros es un ser dual como entidad espiritual y entidad física. Todos entendemos cuán real es la muerte cuando el cuerpo fallece, y sabemos que el espíritu continúa existiendo como una entidad individual y que, en determinado momento, conforme al plan divino posibilitado por el sacrificio del Hijo de Dios, se efectuará la reunión del espíritu y el cuerpo. Al declarar Jesús que Dios es un espíritu, no niega el hecho de que posee un cuerpo, tal como yo puedo declarar que soy un espíritu y que a la vez tengo un cuerpo.

Yo no comparo mi cuerpo con el de Dios en cuanto a pureza, capacidad, belleza y refulgencia. Su cuerpo es eterno. El mío es mortal. Pero eso incrementa mi reverencia por El. Lo adoro “en espíritu y en verdad”. El me da fortaleza. Le suplico en oración que enriquezca mi sabiduría. Procuro amarlo con todo mi corazón, alma, mente y fuerza. Su sabiduría supera la sabiduría de todos los hombres. Su ,poder es mayor que los poderes de la naturaleza, porque El fue Su Creador Omnipotente. Su amor es más grande que el de cualquier otra persona, porque Su amor abarca a todos Sus hijos y Su obra y Su gloria consiste en llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna de todos Sus hijos e hijas de todas las generaciones (véase Moisés 1:39). “De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).

El es el Todopoderoso ante quien me presento con admiración y reverencia. Es El a quien contemplo con temor y estremecimiento. Es El a quien adoro y rindo honor, alabanza y gloria. El es mi Padre Celestial, quien me ha invitado a acercarme en oración para hablar con El, con la certidumbre de que ha prometido escucharme y responderme.

Le agradezco por la luz, el conocimiento y el entendimiento que ha concedido a Sus hijos. Le agradezco por Su voz, mediante la cual ha declarado verdades eternas con poder y con promesas. Le agradezco por haberse revelado a Sí mismo, tal como lo relata el Antiguo Testamento, y por Su declaración, según se explica en el Nuevo Testamento, en ocasión del bautismo de Su amado Hijo en las aguas del río Jordán, cuando se oyó Su voz decir: “Este es mi Hijo Amado, en quien tengo complacencia” (Mateo 3:17).

Le agradezco por Su similar declaración en el Monte de la Transfiguración al hablarles nuevamente a Jesús y a los Apóstoles, y también a los ángeles, cuando “seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Jacobo y a Juan su hermano, y los llevó aparte a un monte alto; y se transfiguró delante de ellos, y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz.

“Y he aquí les aparecieron Moisés y Elías, hablando con él.

“Entonces Pedro dijo a Jesús: Señor, bueno es para nosotros que estemos aquí; si quieres, hagamos aquí tres enramadas: una para ti, una para Moisés y otras para Elías.

“Mientras él aún hablaba, una nube de luz los cubrió; y he aquí una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd” (Mateo 17:1—5).

Le agradezco por esa voz que se escuchó otra vez cuando el Señor resucitado fue presentado a la gente de este hemisferio y Dios declaró: “He aquí a mi Hijo Amado, en quien me complazco, en quien he glorificado mi nombre” (3 Nefi 11:7).

Siento asombro, reverencia y gratitud por Su aparición en esta dispensación cuando, al presentarle el Señor resucitado al joven que había recurrido a El en oración, el Padre declaró:

“Este es mi Hijo Amado. ¡Escúchalo!” (José Smith—Historia 1:17).

Yo creo en el Señor Jesucristo, el Hijo del Dios eterno y viviente. Creo que El es el Primogénito del Padre, el Unigénito del Padre en la carne. Creo que El es una persona separada y distinta de Su Padre. Yo creo en la declaración de Juan, quien comenzó su relato evangélico con esta aserción majestuosa:

“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios… Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:1—2, 14).

Yo creo en que El nació de María, quien era del linaje de David, como el Mesías prometido; que fue, verdaderamente, engendrado por el Padre y que con Su nacimiento se cumplió la profética declaración de Isaías: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Príncipe de Paz” (Isaías 9:6).

Yo creo que, como ser mortal, El ha sido el único hombre perfecto que jamás haya caminado sobre la tierra. Creo que en Sus palabras se encuentran la luz y la verdad que, si se obedecen, salvarán al mundo y exaltarán a la humanidad. Creo que en Su sacerdocio descansa la autoridad divina, el poder para bendecir, para sanar, para administrar los asuntos temporales de Dios, y para sellar en los cielos lo que haya de sellarse en la tierra.

Creo que por medio de Su sacrificio expiatorio, al ofrecer Su vida en el monte de la Calavera, rescató de los pecados a la familia humana, aliviándonos de la carga de los pecados si estamos dispuestos a despreciar la maldad y a seguirle. Yo creo en la realidad y en el poder de Su resurrección. Creo en la gracia de Dios demostrada mediante el sacrificio y la redención de Jesús, y que Su expiación nos ofrece, a cada uno de nosotros y sin que tengamos que pagar precio alguno, el don para resuci­tar de la muerte. Creo además que ese sacrificio ofrece a todos los hijos de Dios, hombres y mujeres, la oportunidad de alcanzar la vida eterna y la exaltación en el reino de nuestro Padre si le escuchamos y obedecemos Sus mandamientos.

Ninguna otra persona mayor que El ha caminado jamás en la tierra. Nadie ha hecho jamás un sacrificio comparable ni nos ha ofrecido una bendición semejante. El es el Salvador y Redentor del mundo. Yo creo en El y declaro Su divinidad sin equivocación ni transigencia alguna. Lo amo y pronuncio Su nombre con reverencia y admiración. Lo adoro tal como adoro a Su Padre, en espíritu y en verdad. Le agradezco y me inclino ante Sus heridos pies, manos y costado, con verdadero asombro por el amor que me brinda.

Gracias rindamos a Dios por Su Hijo Amado, quien hace mucho tiempo, acercándose, nos dijo: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga” (Mateo 11:28—30).

El vive, primicias de la Resurrección. Yo sé que vive hoy tan ciertamente, tan realmente y tan personalmente como vivió cuando, como nuestro Señor resucitado, invitó a Sus desalentados discípulos diciéndoles: “Venid, comed… Y tomó el pan y les dio, y asimismo del pescado” (Juan 21:12—13).

Las Escrituras mencionan a otros ante quienes se mostró y con quienes habló como el Hijo viviente y resucitado de Dios.

De igual manera se apareció en esta dispensación, y quienes lo vieron declararon: “Y ahora, después de los muchos testimonios que se han dado de él, éste es el testimonio, el último de todos, que nosotros damos de él: ¡Que vive! Porque lo vimos a la diestra de Dios; y oímos la voz testificar que él es el Unigénito del Padre; que por él, por medio de él y de él los mundos son y fueron creados, y sus habitantes son engendrados hijos e hijas de Dios” (D. y C. 76:22—24).

Este es el Cristo en quien yo creo y de quien doy testimonio.

Tal conocimiento proviene de la palabra de las Escrituras y ese testimonio emana del poder del Espíritu Santo. Es un don, sagrado y maravilloso, manifestado por revelación del tercer miembro de la Trinidad. Yo creo en el Espíritu Santo como un personaje de espíritu que ocupa Su propio lugar con el Padre y el Hijo, y que los tres constituyen la divina Trinidad.

La importancia de tal ubicación quedó explicada con las palabras del Señor cuando dijo: “Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada. A cualquiera que dijere alguna palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero” (Mateo 12:31—32).

El hecho de que el Espíritu Santo era reconocido en la antigüedad como un miembro de la Trinidad se manifiesta en la conversación que Pedro mantuvo con Ananías cuando éste substrajo parte del dinero que obtuvo al vender un terreno. “Y dijo Pedro: Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo…? No has mentido a los hombres, sino a Dios” (Hechos 5:3—4).

El Espíritu Santo es el tercer miembro de la Trinidad, el Consolador que el Salvador prometió habría de enseñar todas las cosas a Sus seguidores y que les haría recordar todas las cosas que Él les había dicho (véase Juan 14:26).

El Espíritu Santo es el Testigo de la verdad que puede enseñar a la humanidad todo lo que por sí misma no puede aprender. Con las magníficas e inspiradoras palabras de Moroni, el conocimiento de la veracidad del Libro de Mormón se promete a todos “por el poder del Espíritu Santo”. Moroni declara: “Y por el poder del Espíritu Santo podréis conocer la verdad de todas las cosas” (Moroni 10:4—5).

Yo creo que este poder, este don, está hoy en día a nuestra disposición.

Yo creo en Dios el Eterno Padre, y en Su Hijo Jesucristo, y en el Espíritu Santo.

En el nombre de estos tres fui bautizado. En el nombre de estos tres fui sellado en matrimonio. No tengo duda alguna en cuanto a Su existencia e individualidad. Dicha individuali­dad quedó demostrada cuando Jesús fue bautizado por Juan en el río Jordán. Allí, en el agua, se encontraba el Hijo de Dios. La voz del Padre se dejó oír declarando la naturaleza divina de Su Hijo, en tanto que el Espíritu Santo se manifestó en forma de paloma (véase Mateo 3:16—17).

Yo sé bien que Jesús dijo que quienes le veían, habían visto en El al Padre. ¿No pueden acaso decir muchos lo mismo cuando un hijo se asemeja a su padre? ¡Por cierto que cuando Jesús oró al Padre no estaba hablando consigo mismo! Ellos son personas distintas, pero uno en propósito e intención. Están unidos en la empresa de llevar a cabo este magnífico y divino plan para la salvación y exaltación de los hijos de Dios.

En Su maravillosa y emotiva oración en aquel jardín antes de ser traicionado, Cristo suplicó al Padre con respecto a los Apóstoles que tanto amaba, diciendo: “Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como ni, oh Padre, en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros” (Juan 17:20—21). Es esa perfecta unión entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo lo que asocia a los tres en el todo de la Trinidad.

Milagro de milagros y maravilla de maravillas, Ellos están interesados en nosotros y nosotros somos la esencia de Su espléndida preocupación. Ellos están a la disposición de cada uno de nosotros. Recurrimos al Padre por intermedio del Hijo, quien es nuestro intercesor ante el trono de Dios. ¡Cuán maravilloso es que podamos hablar al Padre en el nombre del Hijo y, por medio del Espíritu Santo como un don divino, saber que realmente estos Seres vivientes constituyen la Trinidad!

 

“Cómo obtener un testimonio de Dios el Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”
Élder Robert D. Hales, del Quórum de los Doce Apóstoles,
Conferencia General Abril 2008

 

 

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