Moisés 7

 

Los análisis en color verde han sido extraidos del Libro Comentarios de La Perla de Gran Precio, del Sistema Educativo de la Iglesia.

Y aquellos insertados en color marrón del documento Introducción a La Perla de Gran Precio, Guía para Instructores de Institutos.

 

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Relato de Moisés 7

 

CAPÍTULO 7

(diciembre de 1830)

 

Enoc instruye y dirige al pueblo, y mueve montañas—Se establece la ciudad de Sión—Enoc prevé la venida del Hijo del Hombre, su sacrificio expiatorio y la resurrección de los santos—Prevé la Restauración, el Recogimiento, la Segunda Venida y el regreso de Sión.

 

Conceptos claves a analizar:

1. Comprender que el gran enemigo de la felicidad eterna del hombre es el poder que le quitaría su libertad de escoger.

2. Estar más conscientes de la gran preocupación de Dios por todas sus creaciones.

3. Darse cuenta que Sión está en el individuo cuando su vida está centrada en Dios y que la salvación y la felicidad eterna son, en un análisis final, un asunto de decisión personal.

 

Han pasado muchas generaciones desde que Adán y Eva fueron expulsados del Jardín del Edén. Una y otra vez el Señor ha llamado al arrepentimiento a los hombres por medio de grandes predicadores que habían recibido el sacerdocio de Adán; pero a causa de las investigaciones de la maldad, Satanás tenía gran poder sobre los corazones de los hijos de los hombres. El tiempo parecía ser propicio para llamar a la gente al arrepentimiento una vez más, y un hombre de gran fe había llegado a una situación de prominencia entre aquellos que se estaban esforzando por escuchar al Señor. Este hombre habría aún de construir una ciudad y sus seguidores podrían así vencer el poder de Satanás en sus vidas y podrían obtener las bendiciones del cielo. Ningún hombre en las escrituras ha llegado a ser tan recordado por su justicia. Se menciona a otros por su fe, pero cuando uno piensa en un ejemplo de extraordinaria justicia y de lo que puede alcanzarse por medio de la justicia, nos llega la memoria inmediatamente Enoc y su ciudad. Parece que desde esa época, que ha llegado el concepto de Sión como un pueblo unido de corazón.

En D. y C. 107:54-57 leemos de una ocasión en que el anciano Adán llamó y congregó a su posteridad y les dio su bendición. No hay duda de que este texto y los versículos precedentes dan la impresión de que el hombre ha estado en la tierra por un período aproximado de 6000 años, esto es, si se emplea la cronología bíblica. Realmente la Iglesia nunca ha tomado una posición de autoridad en lo que concierne al advenimiento del hombre sobre la tierra al menos en lo que a fechas concierne. Si aceptamos que el hombre estaba la tierra con una cultura definitivamente identificable desde la época neolítica (alrededor del año 7000 a. C.) o aún antes como algunos afirman basados en teorías científicas, entonces debemos aceptar que se debería hallar alguna interpretación de las escrituras, que estuviera de acuerdo con este evidencia. Se sugiere que, sin hundirnos en una discusión respecto a la edad del hombre, veamos a los grandes patriarcas antediluvianos como líderes de su dispensación respectiva, todos actuando bajo las llaves del sacerdocio en posesión de Adán. Esto significaría que desde el tiempo que Adán recibió el evangelio y lo enseñó a sus hijos hubo una cantidad de apostasías seguidas por otras dispensaciones y que Moisés deseó sumarizar éstas, en vez de detallarlas, mencionando solamente aquellos que habían estado a la cabeza de cada gran restauración.

 

1 Y sucedió que Enoc continuó sus palabras, diciendo: He aquí, nuestro padre Adán enseñó estas cosas, y muchos han creído y han llegado a ser hijos de Dios; y muchos no han creído y han perecido en sus pecados, y con temor esperan, atormentados, que se derrame sobre ellos la ardiente indignación de la ira de Dios.

2 Y de allí en adelante Enoc empezó a profetizar, diciendo al pueblo: Mientras viajaba y me hallaba en el lugar llamado Mahújah, clamé al Señor, y vino una voz de los cielos que decía: Vuélvete y asciende al monte de Simeón.

3 Y aconteció que me volví y subí al monte; y mientras estaba en el monte, vi abrirse los cielos y fui revestido de gloria;

4 y vi al Señor; y estaba ante mi faz, y habló conmigo, así como un hombre habla con otro, cara a cara; y me dijo: Mira, y te mostraré el mundo por el espacio de muchas generaciones.

 

Vers. 1-4. “Enoc continuó sus palabras…”. Enoc continuó exhortando a todos aquellos que quisieron escucharlo, diciéndoles: “nuestro padre Adán enseñó estas cosas”. Enseguida él les pidió que creyeran en las palabras de Adán, siendo que venían de su gran progenitor. El les dijo: “vuestro padre declaró que debéis nacer de nuevo en el reino del cielo, del agua, y del espíritu, y ser limpiados por sangre, aún la sangre del Hijo Unigénito de Dios”.

Sin duda, Adán aún estaba vivo, y apelar a su nombre serviría para fortalecer su creencia. Son muchos, señaló Enoc, los que creyeron en las palabras que Adán les habló, haciéndose así hijos de Dios, como él mismo les había prometido, mientras que otros, les reconvino Enoc, a causa de sus maldades, rehusaron creer, “y han perecido en sus pecados”.

Los malvados que sin arrepentirse habían muerto en sus pecados, miraban el futuro con temor y temblor, en tormento, “por la ardiente indignación de Dios que se derramaría sobre ellos”.

Enoc comenzó a profetizar. El testimonio de Cristo que ardía en el pecho de Enoc, le inspiró a dar ese grande y urgente mensaje. El espíritu de profecía fue lo que lo hizo brotar de sus labios. En ningún momento su celo se debilitó. Aunque él fue joven, de acuerdo a la edad del hombre en los tiempos patriarcales, su celo estuvo templado por la sabiduría. Y él se comportó con un alto respeto hacia el mandamiento que había recibido de Dios. Intrépidamente y vigorosamente les explicó los detalles de una visión que le había sido mostrada mientras recorría la tierra predicando a Cristo y el arrepentimiento del pecado.

En una ocasión, mientras estaba haciendo eso, el separó en un lugar llamado Mahújah, y allí en humilde oración, imploró al Señor que le guiara para que pudiera llevar a cabo la misión que le había asignado. Mientras estaba en esa humilde actitud, escuchó una voz que parecía venir del cielo: “Vuélvete y sube al monte Simeón”.

Obedeciendo la voz, Enoc se volvió atrás y subió al lugar indicado. Mientras se encontraba allí, la gloria del Señor vino sobre él, “y fue investido con la gloria del señor”.

Vio los cielos abiertos y el glorioso esplendor de la majestad de Dios llenó su alma. Una luz divina le rodeó.

Yo vi al Señor en ese lugar providencialmente embellecido, Enoc vio al Señor, “y estaba delante de mí, y habló conmigo, aún como un hombre habla con otro cara a cara”. Se le mandó a Enoc “Mira, y te mostraré el mundo por el espacio de muchas generaciones”.

Iluminado por el espíritu de santidad, Enoc obedeció al Señor.

 

Véase:

 

5 Y he aquí, aconteció que vi en el valle de Shum un pueblo numeroso que habitaba en tiendas, el cual era el pueblo de Shum.

6 Y otra vez me dijo el Señor: Mira; y miré hacia el norte y vi al pueblo de Canaán, que vivía en tiendas.

7 Y el Señor me dijo: Profetiza; y yo profeticé, diciendo: He aquí, el pueblo de Canaán, que es numeroso, saldrá a la batalla contra el pueblo de Shum y lo matará hasta destruirlo por completo; y el pueblo de Canaán se repartirá sobre la tierra, y la tierra será estéril e infecunda y ningún otro pueblo vivirá allí sino el de Canaán;

8 porque he aquí, el Señor maldecirá la tierra con mucho calor, y su esterilidad continuará para siempre; y vino un color obscuro sobre todos los hijos de Canaán, de modo que fueron despreciados entre toda gente.

9 Y sucedió que el Señor me dijo: Mira; y miré y vi la tierra de Sarón, y la tierra de Enoc, y la tierra de Omner, y la tierra de Heni, y la tierra de Sem, y la tierra de Haner, y la tierra de Hannanníah, y a todos sus habitantes;

10 y el Señor me dijo: Ve a los de este pueblo y diles: Arrepentíos, no sea que yo venga y los hiera con una maldición, y perezcan.

11 Y me dio el mandamiento de bautizar en el nombre del Padre, y del Hijo, lleno de gracia y de verdad, y del Espíritu Santo, que da testimonio del Padre y del Hijo.

 

Vers. 5-11. “Y aconteció que vi en el valle de Shum a un pueblo numeroso que moraba en tiendas”. Enoc miró, según se le había mandado, y vio un pueblo numeroso en el valle de Shum. No hay duda que han de haber sido pastores de cabras y ovejas. El vivir en tiendas les permitía trasladarse rápidamente en busca de pasto para sus rebaños.

Y el Señor dijo de nuevo a Enoc, “Mira”, y Enoc se volvió hacia el norte, “y vio al pueblo de Canaán”, el que también vivía en tiendas.

Mientras Enoc contemplaba silencioso la escena, el Señor le dijo, “profetiza”. Y la lengua de Enoc fue soltada de modo que el pudo predecir la historia futura de esos pueblos. El pueblo de Canaán, “que era numeroso”, en un futuro cercano haría guerra en contra del pueblo de Shum, y los matarían y destruirían por completo. La tierra de Shum se repartiría entre los que formaban el pueblo de Canaán, pero debido a que el Señor lo había maldecido, era “árida y estéril”. Nadie sino los canaanitas, quienes eran vagabundos y nómades, podría sostenerse en ella.

Los canaanitas tuvieron además un aspecto desagradable; eran negros, y por ello fueron “despreciados por la gente”.

Una vez más el señor le mandó Enoc “Mira”, y Enoc testificó que el “vio la tierra de Sarón, y la tierra de Enoc, y la tierra de Omner, y la tierra de Heni, y la tierra de Sem, y la tierra de Haner, y la tierra de Hannanníah, y a todos sus habitantes”.

No hubo una tierra donde habitaban los hijos de Adán, que Enoc no vio, y el Señor le comisionó a que les proclamará que “se arrepientan, no sea que yo tenga, y los azotes con una maldición y mueran”.

Se le mandó a Enoc que bautizara a los que se arrepintieran “en el nombre del Padre y del Hijo… y del Espíritu Santo”. Éste es el mismo mandamiento que le ha sido dado al Sacerdocio en cada dispensación del evangelio. El profeta Nefi dice que es la puerta por la cual entramos al reino de Dios; es también un convenio en el cual nos comprometemos solemnemente con Dios de que le serviremos, que conservaremos nuestra fe en El y que seremos disciplinados por su santa palabra.

 

La gente trae sobre sí sus maldiciones. En cualquiera ocasión que se menciona una maldición en las escrituras, se ve que es como resultado de una desobediencia a las leyes conocidas de Dios.

Cuando Cristo se apareció a los nefitas luego de la destrucción de varias ciudades inicuas, la gente escuchó primeramente su voz declarándoles lo siguiente:

“¡Oh pueblo de estas grandes ciudades que han caído, que sois descendientes de Jacob, sí, que sois de la casa de Israel, cuántas veces os he juntado como la gallina junta sus polluelos bajo las alas, y os he nutrido!

“Y además, ¡cuántas veces os hubiera juntado como la gallina junta sus polluelos bajo las alas, oh pueblo de la casa de Israel que habéis caído; sí, oh pueblo de la casa de Israel, que habitáis en Jerusalén, así como vosotros los que habéis caído; sí, cuántas veces os hubiera juntado como la gallina junta sus polluelos, y no quisisteis!

“¡Oh vosotros de la casa de Israel, a quienes he preservado, cuántas veces os juntaré como la gallina junta sus polluelos bajo las alas, si os arrepentís y volvéis a mí con íntegro propósito de corazón!

“Pero si no, oh casa de Israel, los lugares de tus habitaciones serán hechos desiertos hasta la época del cumplimiento del convenio hecho con tus padres” (3 Nefi 10:4-7).

El profeta nefita Alma registró un incidente en el Libro de Mormón donde los Amlicitas empezaron a marcarse en sus frentes para identificarse, y comentó:

“Y quisiera que entendieseis que ellos mismos incurrieron en la maldición; e igualmente todo hombre que es maldecido trae sobre sí su propia condenación” (Alma 3:19).

 

12 Y sucedió que Enoc continuó llamando a todo pueblo al arrepentimiento, salvo al pueblo de Canaán;

13 y tan grande fue la fe de Enoc que dirigió al pueblo de Dios, y sus enemigos salieron a la batalla contra ellos; y él habló la palabra del Señor, y tembló la tierra, y huyeron las montañas, de acuerdo con su mandato; y los ríos de agua se desviaron de su cauce, y se oyó el rugido de los leones en el desierto; y todas las naciones temieron en gran manera, por ser tan poderosa la palabra de Enoc, y tan grande el poder de la palabra que Dios le había dado.

 

Vers. 12-13. Enoc siguió llamando al pueblo al arrepentimiento, con excepción del pueblo de Canaán. Perder tiempo en trivialidades, o aún en dar descanso a su físico, cansado y maltrecho por su trabajo en la causa de su maestro, Enoc salió a su misión y tan rápidamente como se lo permitió su inspirado esfuerzo, anunció entre todas las personas, menos los canaanitas, las palabras que el Señor le había dado. “Arrepentíos”, clamó él, y escapad así a la ira del Señor. Su mensaje tuvo claridad y fuerza.

No pasó mucho antes de que los amantes de la iniquidad se juntaran y vinieran a combatir contra el pueblo de Dios, y Enoc, quien aún estaba predicando los justos, los guió para hacer frente a los enemigos de todo lo que es bueno y puro.

Enoc, los dirigió a la batalla no sólo con ondas y espadas, sino también con la palabra de Dios. A él le fue dado poder para que mediante el Santo Espíritu, las montañas se allanaran, los ríos se desviaran de sus cursos, y todas las cosas se sometieran a los propósitos de Dios. Tan grande fue el poder de las palabras de Enoc, que los malvados temieron y temblaron, y toda la naturaleza manifestó todo su poder para que se realizaran los designios de Dios.

 

Siempre ha habido discriminación en lo que concierne al evangelio pues solamente aquellos que rindan sus corazones a Dios disfrutarán las bendiciones de la salvación. Estamos viviendo en una época donde la palabra “discriminación” está llegando a ser despreciable. La escritura divinamente inspirada invita al pueblo de Dios a discriminar.

A causa de que el pueblo de Canaán era duro de corazón, no se instruyó a Enoc que les predicase el arrepentimiento. No dice que la negrura hubiera llegado a ellos en ese tiempo; aún así Enoc no había de ir entre ellos definitivamente. Esta es una discriminación obvia contra un pueblo que había endurecido sus corazones en contra de la verdad. Hay otros ejemplos de discriminación de parte de los siervos del Señor como se menciona en las escrituras. Por ejemplo, Cristo no predicó personalmente entre los samaritanos.

Aunque los detalles de la batalla que Enoc vio entre los Cananitas y los Shumitas no se incluyen, el contexto de la historia parece indicar que los Cananitas se fueron contra el pueblo de Shum sin mediar provocación para obtener sus tierras para morar en ellas. Esto no ha de considerarse muy seriamente pues otros pueblos hacían lo mismo (los Israelitas contra los Cananitas de una época posterior, por ejemplo), excepto por el hecho de que el pueblo de Shum no era presumiblemente un pueblo entregado a la iniquidad, mientras que los Amoritas, Jebusitas, Hevitas, etc., de Canaán habían abandonado completamente Jehová por su dios. El Señor no condona el derramamiento de sangre porque si y nos ha dado en nuestra propia dispensación consejo sobre ese punto (D. y C. 93:34-36). El mal generalmente sigue a la gente que ha abandonado los consejos del Señor. Los hombres llegan a ser sus propios jueces en el hecho de que sean maldecidos o bendecidos.

Aún cuando se habla mucho hoy día respecto a que es malo discriminar, el hecho aún permanece de que sería totalmente irreal y tonto si no hiciéramos discriminación. La gente discrimina al escoger un compañero; discriminan en la elección de vestuario y al escoger un hogar y alimentos. Una persona sensible encuentra que es casi imposible dar su testimonio en presencia de personas que ridiculizarían sus creencias, aunque los misioneros, a causa de su responsabilidad han tenido que hacerlo así. El Salvador invitó a los hombres a discriminar cuando les dijo que no debían arrojar las perlas ante los cerdos. Los presidentes de estaca discriminan cuando escoger entre los hombres de una estaca para ocupar una posición de responsabilidad. Enoc discriminó contra la gente de Canaán al predicar el evangelio, y no les fue a predicar el arrepentimiento pues ellos habían endurecido sus corazones. Sabía que su misión entre ellos sería completamente infructuosa. Hoy en día llevamos el evangelio a aquellas tierras y pueblos que es más posible que lo acepten. Si se cree que esa gente no podría soportar la responsabilidad a causa de sus deficiencias culturales, es muy poco probable que los líderes de la Iglesia consideren sabio el llevarles la luz del evangelio. Hay tantos que estarían listos y serían capaces de recibir y participar completamente de las bendiciones y responsabilidades del evangelio. Si creemos que Dios es la inspiración y poder tras los líderes de la Iglesia, debemos creer también que es él quien inspira a los líderes de la Iglesia para abrir el camino para que un pueblo reciba el evangelio y sus bendiciones. Esto inevitablemente querrá decir que hay individuos que se regocijarían en el evangelio y lo recibirían con alegría si les fuera presentado pero deben esperar por el día cuando el Señor, en su justicia, premie a cada hombre de acuerdo a los justos deseos de sus corazones.

 

14 También salió una tierra de la profundidad del mar, y fue tan grande el temor de los enemigos del pueblo de Dios, que huyeron y se apartaron lejos y se fueron a la tierra que salió de lo profundo del mar.

15 Y los gigantes de la tierra también se quedaron lejos; y cayó una maldición sobre todo el pueblo que pugnaba contra Dios;

 

Vers. 14-15. “Y cayó una maldición sobre todo el pueblo que pugnaba contra Dios”. Vimos en el versículo 13 que la tierra tembló, las montañas desaparecieron, los lugares altos fueron allanados, los ríos cambiaron su cauce; toda la naturaleza se convino para que los planes de Dios se llevaran a cabo.

Tan grandes fueron las convulsiones provocadas por el poder de Dios, invocado por Enoc, que del fondo del mar surgió una nueva tierra. Esto provocó el pánico de los enemigos del pueblo de Dios, y con la esperanza de poder escapar a la ira de Dios que amenazaba hacer que las tumultuosas o las les tragarán, “huyeron a la tierra que había surgido de las profundidades del mar”.

Y los gigantes de la tierra se pararon lejos. La palabra hebrea empleada en el Génesis para decir gigantes, en la forma en que se la usa allí, no necesariamente quiere decir de gran estatura, sino más bien feroces, impíos, y personas que se deleitan en la matanza y la destrucción.

 

Aquellos que ejercen un dominio injusto sobre sus semejantes son enemigos de Dios. Han existido tiranos en todas las épocas de la tierra que han deseado gobernar por medio de la fuerza obviando el libre albedrío del hombre.

En Moisés 7:15 hay una mención de gigantes en la tierra que lucharon contra Dios. La palabra “gigante” es una traducción de la palabra hebrea “nephal” que significa “hacer caer”. Este pasaje arroja luz considerando que el significado tiene más que ver con el poder e influencia que con el porte.

En las traducciones de la Biblia del hebreo, los traductores por una u otra razón han escogido usar la palabra “gigantes” para expresar la palabra “nephalim”. La palabra aparece en la forma causativa hebrea basada en el radical que significa “caer”; por esto en el causativo, los nephalim son literalmente los “que causan caer”, o “aquellos que causan la caída”. Una mejor rendición de la palabra al español, y ciertamente una nacida del contexto, es “tiranos”. Podemos sacar paralelos de otras escrituras para ejemplificar lo que el texto quiere transmitir. Por ejemplo: en el Libro de Mormón nos encontramos con los Nehors, Amlicis, Amalakiahs, Noés, Lamanes, etc.; en la Biblia, los Ahabs, Manasés, Herodes, Cesares, etc. Todos estos ejercían injusto dominio y lucharon contra Dios y su gente. Cuando quiera los tiranos han tratado de restringir la libre adoración del Señor, se pierde algo del libre albedrío y los profetas están ansiosos de identificar estos esfuerzos disuasivos como inspirados por Satanás.

 

16 y de allí en adelante hubo guerras y derramamiento de sangre entre ellos; mas el Señor vino y habitó con su pueblo, y moraron en rectitud.

17 El temor del Señor cayó sobre todas las naciones, por ser tan grande la gloria del Señor que cubría a su pueblo. Y el Señor bendijo la tierra, y los de su pueblo fueron bendecidos sobre las montañas y en los lugares altos, y prosperaron.

18 Y el Señor llamó SIÓN a su pueblo, porque eran uno en corazón y voluntad, y vivían en rectitud; y no había pobres entre ellos.

 

Vers. 16-18. “… el Señor vino y habitó con su pueblo”. Mientras los inicuos se enfurecían, el diablo se reía y sus ángeles se regocijaban por motivo de la guerra y el derrame de sangre. Los justos se congregaron, y Dios mismo moró con ellos. Ellos vivieron en justicia, en una bienaventuranza celestial. Superiores al poder de la espada fueron los pacíficos goces otorgados por Dios, quien elevó a su pueblo a alturas sin precedentes de caridad y tranquilidad. Cada hombre anduvo con Dios; ellos le buscaron para glorificarle.

El miedo de quienes luchaban contra los poderes de la justicia llegó a ser tal que temieron ser aniquilados. Pero los justos se regocijaron en el santo nombre de Dios y en su gracia. El Señor bendijo los lugares donde moraban, aún toda la tierra, las montañas y las alturas dieron las riquezas de su abundancia de forma que el pueblo de Dios floreció gracias a la bondad de Dios para con ellos.

El Señor llamó a su pueblo Sión. Viendo el Señor que su pueblo deseaba servirle, con “un solo corazón y una sola mente”, Dios le llamó Sión, que significa “los puros de corazón” (DyC 97:21).

 

Sión es un nombre aplicado a un pueblo, pero también significa una forma de vida. Los buenos hombres no son vencidos por el mal, si no que en su desafío encuentran la inspiración para forjar una unión más fuerte con el Señor.

Las escrituras judías están repletas con ejemplos de la necesidad y realidad de la oposición en todas las cosas. Lehi, un profeta nefita, dijo que había eficacia en un estado de oposición en todas las cosas (2 Nefi 2:11), pues él se daba cuenta de que tan sólo bajo esas condiciones podría la libertad de elegir del hombre ser más operativa. Esta vida ha sido considerada como un terreno de pruebas o un período probatorio. Como tal, es una escuela donde adquirimos sabiduría, vencemos debilidades o probamos nuestras fuerzas. Para Pablo fue una pista de carreras y un campo de batalla. Los hombres que han captado la perspectiva espiritual de la existencia no han sido vencidos por fallas momentáneas o reveses. Con una fe inmanente que la justicia triunfará sobre la maldad, han soportado las mofas y escarnio de hombres sin fe; y la oposición los ha hecho fuertes. Así como el hombre que levanta pesas y siente que sus músculos físicos se fortalecen, lo mismo sucede con el hombre de fe que soporta la carga de la oposición y reconoce que sus nervios espirituales son fortalecidos. De toda la oposición que Enoc y sus seguidores sufrieron surgió un vínculo de unidad, en el que se necesitaban mutuamente, de amor al trabajar juntos, que culminó en una unidad de corazón y una Sión. Los Santos de los Últimos Días como un grupo han estado más unidos siguiendo a sus líderes en tiempos cuando todos sentían la espina de la oposición que cuando todo estaba bien con ellos.

 

Véase:

 

19 Y Enoc continuó su predicación en justicia al pueblo de Dios. Y aconteció que en sus días él edificó una ciudad que se llamó la Ciudad de Santidad, a saber, SIÓN.

 

Enoc edificó una ciudad a la que llamó ciudad de santidad, aún Sión. La predicación del profeta Enoc, tuvo tanto éxito que el pueblo de Dios se aumentó tanto que el lugar donde vivía no pudo mas albergarlo. El, por lo tanto, construyó una ciudad y la dedicó a la causa de Dios. La llamó ciudad de santidad, aún Sión, según se llamaba el pueblo de Dios. En el versículo anterior se nos dice que el Señor llamó a su pueblo Sión por motivo, dijo El, que ellos fueron “puros de corazón”. Además de esa cualidad, que los convirtió en un pueblo distinto a los demás, ellos fueron unidos, justos y prósperos.

Enoc y la ciudad de Sión

20 Y aconteció que Enoc habló con el Señor, y le dijo: Ciertamente Sión morará segura para siempre. Mas el Señor le dijo a Enoc: He bendecido a Sión, pero he maldecido al resto de la gente.

 

Aunque poderoso en la fuerza de Dios, Enoc fue el más humilde de los hombres. No hizo ninguna cosa sin buscar antes la guía del Señor. Se postró delante del Señor suplicando que le hiciera saber su voluntad. La preocupación de Enoc fue servir a Dios, y en su oración suplicó por el bienestar de Sión. Para que siempre su existencia se desarrollará segura al margen de las agitaciones y luchas provocadas por los inicuos.

En contestación a la ferviente súplica de Enoc expresando que Sión “para siempre morará en paz“, el Señor benignamente le dijo: “Sión será bendecida, pero al resto del pueblo yo he maldecido”. Nos recuerda las palabras de Salomón, el antiguo rey hebreo “la bendición del Señor enriquece, y no añade tristeza con ella” (Proverbios 10:22).

 

Véase:

 

21 Y aconteció que el Señor le mostró a Enoc todos los habitantes de la tierra; y vio, y he aquí, con el transcurso del tiempo, Sión fue llevada al cielo. Y el Señor dijo a Enoc: He allí mi morada para siempre.

 

“… el Señor le mostró a Enoc todos los habitantes de la tierra”. El Padre, en respuesta a la oración de Enoc, le mostró todas las gentes que habitarían la tierra. En la visión que se desplegó ante sus bendecidos ojos, Enoc vio que Sión, la ciudad donde moraba el pueblo de Dios, “fue llevada al cielo”, luego de lo cual le fue asegurado que el Señor, por su Santo Espíritu moraría aquí para siempre, lo que fue una respuesta directa a la oración de Enoc que se registra en el versículo anterior.

 

22 Y Enoc también vio al resto de los del pueblo, que eran los hijos de Adán; y eran una mezcla de toda la descendencia de Adán, salvo la de Caín, porque los de la posteridad de Caín eran negros, y no tenían cabida entre ellos.

 

“Y Enoc también vio al resto de los del pueblo”. Después de haberle el Señor prometido a Enoc que su Espíritu moraría en Sión para siempre, Enoc vio en visión profética el “resto” del pueblo y sus hechos. Notó que estuvo compuesto por una mezcla de toda la simiente de Adán, excepto la simiente de Caín, quienes eran negros y que no se casaban con los de otro pueblo. La simiente de Caín, a causa de su piel negra y su aspecto diferente, fueron gente que vivieron aisladas de los demás, y “no tuvieron cabida” entre sus hermanos de piel clara.

 

En el transcurso de la predicación y ministerio de Enoc y por la manera en que presentó el mensaje de salvación, se produce un incidente en la vida de Enoc en el que vio el mundo por el espacio de muchas generaciones. Parece haber tenido una cantidad de visiones de cosas que transcurrirían durante el tiempo de su vida o posteriormente a esta. A esta altura del análisis, inevitablemente debemos dedicarnos a una discusión de la “semilla de Caín” y la negrura mencionada en su conexión. Se espera que esta discusión sea satisfactoria, o tan satisfactoria como pueda ser donde se ha dicho tan poco en las escrituras y donde se ha dicho tanto como opinión.

Luego que Sión fue llevada del cielo, la simiente de Caín fue una amenaza para toda la gente. Aquellos que hacen las obras de Caín son su simiente. En las escrituras hallamos que se emplea el término “simiente” bastante a menudo, pero en la mayoría de las veces se emplea en forma figurativa.

Las escrituras tienen muchas instancias en las cuales la “semilla” se refiere a una simiente figurativa más bien que a una literal, así como el Libro de Mormón habla de lamanitas y nefitas.

Ejemplos que podríamos anotar pueden ser la simiente de la serpiente en Génesis 3:15, la simiente de los hacedores de maldad en Isaías 1:14 y la simiente de la mujer (de la Iglesia) en Apocalipsis 12:17. En la Perla de Gran Precio la simiente de Abraham son todos los que reciben el evangelio (Abraham 2:9-11, comparar con Gálatas 3:29), y en el Libro de Mormón, Mosíah 15:10, leemos de la simiente de Cristo en una forma figurada. Puesto que el texto en Moisés 5:24-25 parece tener referencia a una futura simiente de Caín en un sentido figurado, es posible que la “simiente de Caín” mencionada en Moisés 7:22 pueda ser otra que la simiente literal o los descendientes literales de Caín.

Hay una fuerte tradición de interpretación que cree que la marca puesta sobre Caín fue la de una piel negra. En ninguna parte del texto dice que sea así, y la práctica antigua de marcar a los fugitivos antes de exiliarles cumple con las condiciones del texto muy bien. La primera negrura de que se hace mención en las escrituras tiene que ver con la gente de la época de Enoc, y el texto parece identificarles en alguna manera con Caín. La pregunta es: ¿Se les llamaba la simiente de Caín por linaje o a causa de que ellos también, habían hecho las abominaciones de Caín y habían rechazado el consejo que había del Señor?

Hay algunos que han teorizado de que toda la negrura vino de Caín (el color no puede ser un factor determinante, puesto que mucha gente cuya piel es negra son participantes activos de la Iglesia de Cristo y su sacerdocio -esto es, nativos de la India y las islas Fiji).

Algunos dicen que puesto que hoy tenemos gente con piel negra deben haber descendido de un ancestro que preservó la maldición anti diluviana a través del diluvio dentro de la familia de Noé, esto es, a través de Cam. No puede haber otra conclusión de que tal fue el caso si el Señor quiso transmitir al profeta José Smith que la gente negra eran descendientes literales de Caín cuando inspiró al profeta con la idea de que ellos eran “simiente de Caín”. Pero si tal clasificación tuviera que ver con el hecho de que esta gente de África era idólatra y no eran creyentes en el Dios verdadero, eso es otro asunto.

Para hacer un estudio serio de la Perla de Gran Precio debemos tratar de ver que es lo que el texto dice realmente y discernir entre lo que es conocimiento revelado y lo que es suposición de parte del hombre, sin importar cuán sincera sea tal suposición.

El hecho aún permanece en lo que se refiere a la interpretación de la simiente de Caín que los que descendían literalmente y aquellos que cometían los mismos errores que Caín pueden ser llamados legítimamente su “semilla”.

 

23 Y después que Sión fue llevada al cielo, Enoc miró; y he aquí, todas las naciones de la tierra estaban delante de él;

24 y una generación sucedía a otra; y Enoc fue enaltecido y elevado hasta el seno del Padre y del Hijo del Hombre; y he aquí, el poder de Satanás se extendía sobre toda la faz de la tierra.

25 Y vio que descendían ángeles del cielo; y oyó una voz fuerte que decía: ¡Ay! ¡Ay de los habitantes de la tierra!

 

Vers. 23-25. Todas las naciones de la tierra estuvieron delante de Enoc. Después de que Enoc vio que su oración tocante a la ciudad que él había edificado y a su futura felicidad sería contestada con las bendiciones del Señor, y que Sión sería preservada en santidad aún en el cielo, el vio también todas las naciones de la tierra. Delante de él se desplegó el devenir y el destino de todas ellas.

El vio el advenimiento y desaparición de muchas generaciones; sus actos de justicia y de maldad, sus insensateces y necedades. Vio también “ángeles descendiendo del cielo”, divinamente comisionados para prestar ayuda y consuelo a los hijos de los hombres. En medio de estos tiempos peligrosos, Enoc escuchó una fuerte voz que dijo: “Ay, ay de los habitantes de la tierra”.

 

26 Y vio a Satanás; y éste tenía en su mano una cadena grande que cubrió de obscuridad toda la faz de la tierra; y miró hacia arriba, y se rió, y sus ángeles se alegraron.

 

Enoc vio a Satanás. Satanás rondó por la tierra y Enoc le vio llevando “una gran cadena en la mano”, para atar con ella a los habitantes de la tierra. Esa es la cadena de obscuridad con la cual Satanás se propone mantener a los hombres en la ignorancia, el error y la superstición. “La obscuridad cubre la tierra, y profundas tinieblas al pueblo”, y en su malvado proceder, Satanás se deleita en apretar las ligaduras con las que esclaviza a la gente. “El miró hacia arriba”, hacia el cielo, “y sus ángeles se alegraron” (3 Nefi 9:2).

 

Las “cadenas del infierno” es una forma figurativa de decir o representar la obscuridad de la ignorancia espiritual. La ignorancia maldice a un individuo o le ata con las cadenas de la obscuridad, esto es, la ignorancia causada por una mente endurecida que no acepta la verdad cuando está disponible.

Las escrituras no castigan al hombre que no ha recibido la ley. No le promete en las mismas bendiciones como a aquellos que reciben y obedecen el evangelio, pero no le condenan tampoco. En este sentido puede que sea verdad que se piense en la ignorancia como sinónimo de felicidad. Por otra parte, la persona que recibe la luz del evangelio pero endurece su corazón, recibe condenación. Esta condenación no es meramente para la persona que lo escucha pero nunca lo acepta, sino que hará la persona que lo acepta primeramente con alegría pero luego se permite ser espiritualmente flojo. La condenación se aplicaría a aquellos que son incapaces de recibir más verdad pues sus mentes se cerraron para recibir más.

 

27 Y Enoc vio que descendían ángeles del cielo, dando testimonio del Padre y del Hijo; y el Espíritu Santo cayó sobre muchos, y fueron arrebatados hasta Sión por los poderes del cielo.

 

“Enoc vio ángeles que descendían del cielo”. Para contrarrestar las tinieblas con las que Satanás engolfaba a los inocentes y los buenos entre los hijos de los hombres, ángeles enviados desde las cortes de gloria a los hombres en la tierra, les testificaron del Padre y del Hijo, dándoles testimonio de que en el cielo está Dios, quien creó a los hombres, y Jesucristo quien los salva. Muchos creyeron en las palabras de los ángeles y “nacieron de nuevo”, como se les había mandado. “El Espíritu Santo cayó sobre muchos y fueron arrebatados a Sión por los poderes del cielo”, en cuyas alturas el pueblo de Dios moraba seguro.

 

28 Y aconteció que el Dios del cielo miró al resto del pueblo, y lloró, y Enoc dio testimonio de ello, diciendo: ¿Por qué lloran los cielos, y derraman sus lágrimas como la lluvia sobre las montañas?

 

Dios lloró. El bondadoso Padre de todos los hombres miró a todos los habitantes de la tierra a quienes había creado y lloró. Al ver que sus hijos buscaban solamente lo malo; que constantemente se aproximaban hacia ese punto de maldad del cual los seres humanos no pueden pasar, Él se apenó y los cielos “derramaron sus lágrimas como la lluvia sobre las montañas”.

 

29 Y dijo Enoc al Señor: ¿Cómo es posible que tú llores, si eres santo, y de eternidad en eternidad?

30 Y si fuera posible que el hombre pudiese contar las partículas de la tierra, sí, de millones de tierras como ésta, no sería ni el principio del número de tus creaciones; y tus cortinas aún están desplegadas; y tú todavía estás allí, y tu seno está allí; y también eres justo; eres misericordioso y benévolo para siempre;

31 y de todas tus creaciones has tomado a Sión a tu propio seno, de eternidad en eternidad; y nada sino paz, justicia y verdad es la habitación de tu trono; y la misericordia irá delante de tu faz y no tendrá fin; ¿cómo es posible que llores?

 

Vers. 29-31. “¿Cómo es posible que tú llores?” Que Dios pudiera llorar, siendo Todopoderoso y Omnisciente desde toda la eternidad, fue algo que desconcertó a Enoc, y él buscó una explicación para ello.

Nos imaginamos que Enoc debe de haber reflexionado de este modo: “la Majestad del Señor; su glorioso esplendor y su poder; sus ilimitadas creaciones; El, que extendió la cubierta de los cielos, y puso los fundamentos de la tierra; quien hace caer las cortinas de la noche, y cuya misericordia hace que la luz brille sobre la tierra y sus habitantes; que renueva diariamente la obra de la creación; y sin embargo, siendo tan poderoso como eres, siendo que eres misericordioso y bondadoso; tú que estás en todas las cosas y alrededor de todas las cosas; en tu palabra los poderosos son abatidos y los esclavos liberados. ¿Dónde puedo ir que no estés aquí? ¿Dónde puedo huir de tu presencia? Si voy a los extremos de la tierra allí estás tú, y aún estaré en tu seno. Tu camino, oh Dios, es perfecto; sus designios permanecen para siempre. Tú, oh Señor de todas sus creaciones has tomado a Sión en tu seno, en donde la paz, la justicia y la verdad justifican a los rectos, y tu misericordia permanece para siempre. “¿Cómo es que puedes llorar?”

 

No importa cuántas creaciones haya organizado Dios, el es omnipresente ante todas. Los Santos de los Últimos Días evitamos el uso de la palabra “omnipresente” al hablar de Dios pues tememos dar la impresión de que Dios sea un ser impersonal; pero Dios es omnipresente aún cuando tiene cuerpo, partes y pasiones.

Sería difícil encontrar una palabra más descriptiva del antiguo concepto hebreo de la proximidad de Dios a sus creaciones, que “omnipresente”. Aún cuando esta palabra tiene una mala connotación para muchos Santos de los Últimos Días que ven en ella una clase de similitud con las nociones de sectas cristianas en el sentido de que Dios es un ser sin cuerpo, partes o pasiones y por lo tanto puede llenar la inmensidad del espacio y al mismo tiempo morar en la más pequeña cavidad del corazón, no obstante expresa muy fielmente el concepto de las escrituras en el sentido de que Dios está cerca de todas sus creaciones.

En varios lugares dentro de las páginas de las escrituras se encuentran declaraciones tales como, “Dios conoce todas las cosas”, o “a Dios le son conocidas todas sus obras”. Sin negar en ninguna manera el poder del intelecto del Todopoderoso, debe no obstante entenderse que el verbo hebreo “conocer” implica intimidad más bien que reconocimiento intelectual; por lo tanto tenemos, “Adán conoció a Eva y ella concibió y dio a luz a Caín”. Jesús dijo: “Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti, el único Dios verdadero y a Jesucristo a quien has enviado”.

Esto significa que un hombre tiene la vida eterna cuando él ha cumplido todos los requisitos necesarios de una asociación íntima entre él y el Señor.

En la Perla de Gran Precio tenemos dos espléndidos ejemplos de la clase declaración que tiene que ver con la proximidad del Señor a sus creaciones. La primera está en Moisés 1:6 donde leemos:

“…aparte de mi no hay Dios, y todas las cosas están en la presente para conmigo, pues las conozco a todas”.

La otra se encuentra en Moisés 7:29-31:

“Y dijo Enoc al Señor: ¿Cómo es posible que tú llores, si eres santo, y de eternidad en eternidad?

“Y si fuera posible que el hombre pudiese contar las partículas de la tierra, sí, de millones de tierras como ésta, no sería ni el principio del número de tus creaciones; y tus cortinas aún están desplegadas; y tú todavía estás allí, y tu seno está allí; y también eres justo; eres misericordioso y benévolo para siempre;

“y de todas tus creaciones has tomado a Sión a tu propio seno, de eternidad en eternidad; y nada sino paz, justicia y verdad es la habitación de tu trono; y la misericordia irá delante de tu faz y no tendrá fin; ¿cómo es posible que llores?”

En estas citas y muchas otras, se implica algo más que la idea de que meramente la inteligencia de Dios está manifiesta en todas sus creaciones (D. y C. 88:6-13, 49-50). Más bien se implica la clase de intimidad que permite a Dios observar a un la caída de un pequeño gorrión o escuchar los labios de un niño en su primer intento de orar.

Algunos eruditos han declarado su creencia que los antiguos judíos adoraban un Dios trascendental (esto es, una deidad que podría concebirse solamente por medio de los poderes intelectuales de la razón”. Sin embargo, la evidencia es preponderante en el sentido de que el Dios de los escritores inspirados era uno que se creía podía ser afectado por lo que ocurría en el curso de la historia o la vida personal de uno. Las cosas ocurrieron así, al menos parcialmente, pues Jehová estaba personal e íntimamente envuelto en los eventos que transcurrirían en esta tierra.

 

32 El Señor dijo a Enoc: He allí a éstos, tus hermanos; son la obra de mis propias manos, y les di su conocimiento el día en que los creé; y en el Jardín de Edén le di al hombre su albedrío;

33 y a tus hermanos he dicho, y también he dado mandamiento, que se amen el uno al otro, y que me prefieran a mí, su Padre, mas he aquí, no tienen afecto y aborrecen su propia sangre;

 

Vers. 32-33. “… éstos, tus hermanos; son la obra de mis propias manos”. Percibiendo el sentimiento de maravilla de Enoc al ver que la tristeza y la angustia llenaran al Todopoderoso hasta el punto de hacerle derramar lágrimas, el Señor se apresuró a asegurarle a Enoc que no fue por debilidad que lloró, o por falta de firmeza, sino por la compasión que sintió por el sufrimiento de sus hijos, y su piedad para con los malvados. El sufrimiento y la maldad van mano a mano.

Explicando a Enoc “porqué lloraba”, el Señor le dijo que “éstos son tus hermanos”. Yo los creé a ellos y a ti en el espíritu antes que naciesen como mortales en la tierra. “Ellos son la obra de mis propias manos”. El Señor también le hizo saber a Enoc que cuando los creó, les había hecho saber con qué grandes propósitos lo había hecho para que así pudieran razonablemente escoger entre lo bueno y lo malo. “Y en el Jardín de Edén le di al hombre su albedrío”, o la libertad de escoger entre lo bueno y lo malo”.

Ellos deben amarse el uno al otro. Ya desde el mismo comienzo de su existencia Dios le mandó a sus hijos que comí ya se tal como una gran familia, ellos debían amarse unos a otros como hermanos, “y elegir someterse a mí, su Padre”. Este mandamiento es igual al que dio el Señor Jesucristo, cuando estuvo viviendo en la tierra, y que él calificó como el primero y grande mandamiento; “amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas… y el segundo es semejante a éste, amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:37-39). La palabra hebrea traducida como “prójimo” se entiende mejor interpretándola como “hermano”.

Sin embargo, y a pesar de las enseñanzas recibidas desde el principio, “os amaréis unos a otros”, lo que es en realidad (lo que fue en realidad) un mandamiento, los hombres se enfrascaron tanto en la búsqueda de los placeres de la vida que ello eliminó de sus corazones todo pensamiento acerca de Dios.

Perdieron todo afecto, y hasta tal punto menospreciaron el mandamiento de Dios que “aborrecen su propia sangre”. Trataron de buscar la felicidad en la maldad.

Aquí no podemos menos que citar las palabras de Samuel el Lamanita a los nefitas de su época y comparar la descripción que hace de ellos con el “residuo” del pueblo en el tiempo de Enoc. En ambos casos la verdad es la misma. Ha de notarse que en todas las generaciones el diablo ha empleado las mismas argucias para llevar al hombre a cometer maldades.

“He aquí, nos rodean los demonios; sí, cercados estamos por los ángeles de aquel que ha tratado de destruir nuestras almas. He aquí, grandes son nuestras iniquidades. ¡Oh Señor!, ¿no puedes apartar tu ira de nosotros? Y éstas serán vuestras palabras en aquellos días.

“Mas he aquí, vuestros días de probación ya pasaron; habéis demorado el día de vuestra salvación hasta que es eternamente tarde ya, y vuestra destrucción está asegurada; sí, porque todos los días de vuestra vida habéis procurado aquello que no podíais obtener, y habéis buscado la felicidad cometiendo iniquidades, lo cual es contrario a la naturaleza de esa justicia que existe en nuestro gran y Eterno Caudillo” (Helamán 13:37-38).

 

Donde mucho se da mucho se espera. Los celos de Dios pueden compararse a los de un esposo cuya mujer ha sido infiel.

En esta conexión se comprende mejor el celo de Dios cuando nos damos cuenta que la palabra en hebreo transmite el sentimiento de un esposo cuando la persona a quien se ha entregado y con quien ha compartido intimidades se aparta de él y se aleja en busca de otro. El celo no es la venganza o ira con alguien que no ha conocido nunca al Señor, sino que es más bien una preocupación vital para recuperar aquello que justamente le pertenece. Dios da su amor sin medida a sus hijos y es celoso cuando se apartan de Él. Su preocupación continúa para que el extraviado pueda ser llevado de regreso a una relación de convenio.

 

34 y el fuego de mi indignación está encendido en su contra; y en mi intenso desagrado enviaré los diluvios sobre ellos, porque mi furiosa ira está encendida en contra de ellos.

 

“… Enviaré los diluvios sobre ellos”. Verdaderamente es terrible hacer que se encienda en contra de uno el fuego de la indignación de Dios. Ello muestra que se ha persistido por mucho tiempo en seguir una senda de desobediencia a sus leyes, y de abierta rebelión, en contra de sus deseos y de su voluntad. Ya sea uno solo o muchos, un individuo o una hueste de hombres, una nación o un pueblo, al continuar por ese curso trae su propia recompensa -la destrucción.

Aunque el Señor es lento para enojarse y su misericordia permanece para siempre, él no puede ni podrá permitir que la obra de sus manos sea enteramente arruinada por la maldad de los hombres. La creación del hombre tuvo un propósito glorioso, y nosotros creemos que no obstante todas las faltas e insensateces de los hombres, “los eternos designios de Dios han de seguir adelante hasta que se cumplan todas sus promesas”. Pero cuando los hombres dicen en su corazón: “destruiremos la obra del Señor, y él no recordar el propósito por qué las creó”, ellos están en peligro de ser echados al fuego antes mencionado.

Y así fue con el “residuo” del pueblo en el tiempo de Enoc; las furiosas llamas de la ira de Dios se encendieron en contra de ellos. Pero ellos mismos contribuyeron a avivar esas llamas. Ellos se sumergieron más y más en el crimen, la degradación y la suciedad moral hasta profundidades inimaginables. El Señor en su ardiente desagrado al ver cómo la maldad había proliferado en los lugares donde antes se había sembrado la semilla de la justicia, solemnemente declaró no con ira, sino con un sentimiento de piedad, “enviaré los diluvios sobre ellos”.

 

35 He aquí, yo soy Dios; Hombre de Santidad es mi nombre; Varón de Consejo me llamo; y Sin Fin y Eterno es también mi nombre.

 

Yo soy Dios; Varón de Santidad me llamo. “Yo soy Dios. Señoreo en los cielos arriba, y en la tierra abajo. Yo aconsejo en verdad, y en santidad mandó. Todas las cosas que son hechas, en mi sabiduría son hechas. Infinito y eterno es mi nombre”.

De nuevo, el Señor consideró aconsejable fijar en la mente de Enoc la idea de que Él (el Señor) tiene todo el poder y toda la sabiduría y que en todas las cosas manda para bien.

 

36 Por consiguiente, puedo extender mis manos y abarcar todas las creaciones que he hecho; y mi ojo las puede traspasar también, y de entre toda la obra de mis manos jamás ha habido tan grande iniquidad como entre tus hermanos.

 

“Jamás ha habido tanta iniquidad como entre tus hermanos”. Debido a que el Señor es eterno e infinito, y a causa de su sabiduría y de su poder, todas las cosas están presentes ante El. También a su mandato, sus creaciones en los más lejanos confines se presentan ante su visión. No existe nada que El no puede ver. Nada que no obedezca su voluntad. Con su ojo que todo lo ve, El puede señalar aún a la más pequeña de sus obras.

“De entre toda la obra de mis manos jamás ha habido tan grande iniquidad como entre tus hermanos”.

 

37 Mas he aquí, sus pecados caerán sobre la cabeza de sus padres. Satanás será su padre, y miseria su destino; y todos los cielos llorarán sobre ellos, sí, toda la obra de mis manos; por tanto, ¿no han de llorar los cielos, viendo que éstos han de sufrir?

38 Mas he aquí, éstos que tus ojos ven morirán en los diluvios; y he aquí, los encerraré; he preparado una prisión para ellos.

 

Vers. 37-38. “Éstos que tus ojos ven morirán en los diluvios”. Debido a la iniquidad que abundaba entre los padres, poco o ningún esfuerzo se hizo para instruir a los hijos en los caminos del Señor, y por ello los pecados de las generaciones que estaban creciendo caerían sobre las cabezas de sus padres. Esto es actualmente una enseñanza fundamental en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los últimos Días. El diablo, quien es el padre de todas las mentiras, es también el padre de toda maldad. El engendro todas las inclinaciones que se albergan en el corazón de los hombres, y de ese modo el llega a ser el padre de las obras de maldad resultantes. El es el prototipo del pecado.

“Y por haber caído del cielo, y haber llegado a ser miserable para siempre, el procuró también la miseria de todo el género humano” (2 Nefi 2:18). Por lo tanto, los hijos malvados igual que un padre malvado, “se esconden de la presencia del Señor y caen en estado de miseria y tormento sin fin, desde donde ya no pueden volver más” (Mosíah 3:25). “La miseria será su porción”.

La tristeza, y ese sentimiento que nos aflige cuando nuestros seres queridos sufren, hizo que “toda la hechura de las manos de Dios se lamentara y lloren por ellos”, porque, “éstos que tus ojos ven, morirán en los diluvios”.

Una pequeña porción de la creación de Dios había fallado en cumplir el propósito para el cual había sido creada, “por tanto, ¿No han de llorar los cielos, siendo que éstos han de sufrir?”.

Sin embargo, se había preparado una prisión para ellos, en la cual se les enseñaría de nuevo los principios de justicia, y allí mientras esperaban su liberación, permanecerían en tormento, hasta el día grande y terrible del Señor.

 

Vers. 37. Dios tiene la capacidad de sufrir gran tristeza por sus hijos. Enoc hizo un gran descubrimiento concerniente al amor de Dios cuando le dio llorar por sus malvados hijos.

Uno de los puntos importantes del libro de Moisés es el pasaje en el que se expresa la sorpresa de Enoc por el hecho de que Dios pudiera llorar por una pequeña creación entre el número infinito de las obras de Dios. La compasiva declaración viene del Señor “… ¿no han de llorar los cielos, siendo que éstos han de sufrir?” ¿Dónde podemos hallar un mejor ejemplo del hecho que los hombres traen sobre sí su propia destrucción y del hecho de que Dios se entristece cuando sus hijos tienen que sufrir, sin importar cuán poco lo puedan merecer?

 

Vers. 38. Enoc vio la época de Noé y la destrucción de la humanidad (la familia de Noé fue salvada por supuesto). Algunas veces Dios debe tomar medidas drásticas para asegurarse de que el poder de Satanás no se eleve sobre el esfuerzo conjunto de Dios para llevar salvación a sus hijos.

Enoc habla de dos clases de diluvios que barrirían la tierra. El primero había de tener lugar en los días de Noé cuando los hombres llegaron a ser tan inicuos que entre todas las obras de las manos de Dios no hubo un ejemplo mayor de iniquidad. Los inicuos habrían de ser encerrados en una prisión preparada para ellos para que en algún tiempo futuro pudiera ser visitados nuevamente con la oportunidad de arrepentirse. Parece que llegaron a endurecerse tanto que ya no escuchaban las palabras de reprensión sino que obraban la maldad continuamente. Se halla una situación similar en Mormón 2:12-15. Aún el diluvio sería un ejemplo de la misericordia de Dios al salvar a sus hijos de la influencia permanente de Satanás.

La segunda vez que ocurra un diluvio ocurrirá antes de la segunda venida de Cristo. Esta vez el diluvio será el de la verdad y la justicia, pero ocurrirán los mismos resultados. Este diluvio salvará al justo de la misma manera como el otro salvó a Noé y su familia, mientras que los inicuos serán destruidos por haber endurecido sus corazones.

 

39 Y Aquel a quien he escogido ha abogado ante mi faz. Por consiguiente, él padece por los pecados de ellos, si es que se arrepienten el día en que mi Elegido vuelva a mí, y hasta ese día se verán atormentados.

40 Por esto, pues, llorarán los cielos, sí, y toda la obra de mis manos.

 

Vers. 39-40. “Por consiguiente, él padece por los pecados de ellos…”. Por la misericordia de Dios, y por su gracia, se preparó un camino y se señaló una senda, siguiendo la cual los pecadores, aún los del tiempo de Noé, podrán vivir y volver a Él.

Jesucristo, el Gran Mediador entre Dios y el hombre, a quien el Padre escogió como su representante en todos los asuntos que tienen que ver con sus hijos, abogó personalmente ante Dios, ofreciéndose para sufrir por sus pecados con la sola condición de que el pecador se arrepintiera y se volviera a Dios, en el día en que “mi electo vuelva a mí”, “y hasta ese día se verán en tormento”.

“Por lo tanto”, este costoso precio que pagarían por sus pecados hizo que los cielos llorasen, y toda la naturaleza, obra de las manos de Dios, se lamentase y se negase a ser consolada.

 

41 Y aconteció que el Señor le habló a Enoc, y le declaró todos los hechos de los hijos de los hombres; por lo que Enoc supo, y vio las abominaciones y la miseria de ellos, y lloró y extendió sus brazos, y se ensanchó su corazón como la anchura de la eternidad; y se conmovieron sus entrañas; y toda la eternidad tembló.

 

“… el Señor le habló a Enoc, y le declaró todos los hechos de los hijos de los hombres”. La visión de Enoc aún no había finalizado. El pudo ver la perfidia y la maldad de los hombres tal como si los tuviera enfrente suyo. El Señor le explicó las diferentes escenas a medida que se iban presentando ante Enoc. Este, con exaltada comprensión contempló las malvadas prácticas en las que el género humano había caído, y vio que les sobrevendría la miseria, y que les circundaría el tormento y la condenación. Los sentimientos compasivos de Enoc no pudieron contenerse más, aunque él supo que ellos fueron víctimas de su propia corrupción. Enoc lloró. Su pena, excitada por la compasión que sentía hacia sus hermanos transgresores no tuvo límites. No pudo contenerla. Aunque ellos estuvieron llenos de maldad, el amor de Enoc por la humanidad fue intenso. Dominado por su profunda tristeza, Enoc extendió sus brazos como suplicando Dios que tuviera misericordia. Se preguntó si es que ellos podrían, en el transcurso de la eternidad llegar a ser perdonados, y ante ese pensamiento sus entrañas se conmovieron de compasión. Él supo que Dios velaría por ellos, en la muerte, así como en la vida.

 

42 Y Enoc también vio a Noé y a su familia; que la posteridad de todos los hijos de Noé se salvaría con una salvación temporal;

43 por tanto, Enoc vio que Noé construyó un arca; y que el Señor estuvo complacido con ella, y la sostuvo con su propia mano; pero las aguas descendieron sobre el resto de los inicuos y los tragaron.

 

Vers. 42-43. “Enoc vio que Noé construyó un arca”. Entre las generaciones de la posteridad de Adán que Enoc vio, apareció Noé y su familia. A Enoc le fue revelado que todos los hijos del gran patriarca se salvarían de las aguas que cubrirían la tierra.

Enoc vio que Noé construiría un arca en la cual se salvarían él y su familia de las lluvias que inundarían los lugares poblados. El vio que el Señor les protegería y los libraría del viento, de la tormenta y de la tempestad. Pero, “las aguas, vinieron y se tragaron al resto de los inicuos”.

 

44 Y al ver esto, Enoc sintió amargura dentro de su alma, y lloró por sus hermanos, y dijo a los cielos: No seré consolado; mas el Señor le dijo: Anímese tu corazón, regocíjate y mira.

 

No pudo ser consolado. Cuando Enoc vio el desastre que sobrevendría a sus hermanos por no querer arrepentirse de sus iniquidades, su corazón se lleno de tristeza, y su mente se perturbó. El lloró. “No seré consolado”, clamó mirando hacia el cielo. Desesperado y angustiado, el casi perdió toda esperanza por sus hermanos. El Señor, viendo su angustia, tuvo compasión de él, y le dijo: “anímese tu corazón, y alégrate; y mira”.

 

45 Y aconteció que Enoc miró; y desde Noé vio a todas las familias de la tierra; y clamó al Señor, diciendo: ¿Cuándo vendrá el día del Señor? ¿Cuándo será derramada la sangre del Justo, a fin de que todos los que lloran sean santificados y tengan vida eterna?

46 Y el Señor dijo: Será en el meridiano de los tiempos, en los días de iniquidad y venganza.

 

Vers. 45-46. “¿Cuándo vendrá el día del Señor?”. El Señor mandó a Enoc que se alegrara y mirara, porque las escenas que se presentarían ahora delante de Enoc le mostrarían el plan de Dios para la salvación de todos, aún de aquellos que a causa de su maldad se ahogarían en las aguas que dentro de poco tiempo inundarían la tierra.

Enoc vio a Noé, y que de él nacerían todas las familias de la tierra. Le fue mostrado que por medio de Noé y de sus hijos, y de su descendencia, se poblarían de nuevo las vastas regiones que Dios había creado para el uso y beneficio del hombre.

Enoc, aunque lleno de consideración por los malvados, pregunto al señor con cierta impaciencia “¿Cuándo vendrá el día del Señor?” ¿Cuando se derramará la sangre del justo a fin de que los que lloran sean santificados, y tengan vida eterna? En estas palabras queda ampliamente mostrado que la sangre expiatoria de Jesucristo no fue solamente una misteriosa tradición, vagamente concebida por la gente, sino una fe activa en la salvación de todos los que estuvieron dispuestos a servir al Señor.

En el meridiano del tiempo, el tiempo del nacimiento de Cristo, generalmente situado en un punto equidistante entre el tiempo de Adán, y el tiempo del milenio.

 

47 Y he aquí, Enoc vio el día de la venida del Hijo del Hombre en la carne; y se regocijó su alma, y dijo: El Justo es levantado, e inmolado es el Cordero desde la fundación del mundo; y por medio de la fe estoy en el seno del Padre, y he aquí, Sión está conmigo.

 

“Enoc vio el día de la venida del Hijo del Hombre…”. Enoc, no sólo vio el día cuando Cristo vendría y nacería en la carne, sino que entendió cuales serían las bendiciones que su venida traería a toda la humanidad. “Su alma se regocijó”; él se gozó en el Señor y se regocijó en su gracia. El vio que el Justo, aún Jesucristo, sería alzado sobre la cruz, y que le matarían para redimir los pecados de los hombres. Vio que por tener fe en el nombre de Cristo, el se salvaría eternamente con el Padre y que moraría en seguridad en Sión, donde el Señor habitarían para siempre.

 

Enoc vio el ministerio terrenal de Jesucristo, su crucifixión y su segunda venida. Supo de una gran dispensación de la verdad que precedería aquel día y que una futura Nueva Jerusalén sería construida. Enoc vio las varias dispensaciones del evangelio como cumplimiento de la promesa de Dios que los medios de salvación estarían en el mundo hasta su fin. Deberíamos añadir a nuestro testimonio el hecho de que Dios se preocupa mucho de nosotros ahora y está guiando el destino de la humanidad.

 

48 Y sucedió que Enoc miró a la tierra; y oyó que venía una voz de sus entrañas, y decía: ¡Ay, ay de mí, la madre de los hombres! ¡Estoy afligida, estoy fatigada por causa de la iniquidad de mis hijos! ¿Cuándo descansaré y quedaré limpia de la impureza que de mí ha salido? ¿Cuándo me santificará mi Creador para que yo descanse, y more la justicia sobre mi faz por un tiempo?

 

“¿Cuando descansaré?…”. Mientras Enoc se encontraba sobre la cima del monte Simeón, contemplando los gloriosos eventos que han sido mencionados, el escuchó una voz que vino como de las profundidades de la tierra sobre la cual estaba parado. No fue una voz áspera, sino como una fuerte exclamación; una voz en la que se notó indignación y lamentación. Refiriéndose a los habitantes de la tierra, imaginamos que su significado ha de haber sido más o menos este: “ellos han usado de mi abundancia, la han devorado en una vida licenciosa; han contaminado mis cursos de aguas vivas, y mi faz ha sido inundada con las aguas de sus inmundicias, como con un océano; han aceptado mis dones, pero se han olvidado de aquel que ha hecho todas las cosas. Ay, ay de mí, la madre de los hombres; estoy afligida, estoy fatigada por causa de la iniquidad de mis hijos. ¿Cuándo descansaré y quedaré limpia de la impureza que de mí ha salido? ¿Cuándo me santificará mí Creador para que pueda descansar, y more la justicia sobre mi faz, por un tiempo?”

 

49 Y cuando Enoc oyó que la tierra se lamentaba, lloró y clamó al Señor, diciendo: Oh Señor, ¿no tendrás compasión de la tierra? ¿No bendecirás a los hijos de Noé?

50 Y sucedió que Enoc continuó su clamor al Señor, diciendo: Te ruego, oh Señor, en el nombre de tu Unigénito, que es Jesucristo, que tengas misericordia de Noé y su descendencia, para que las aguas nunca más vuelvan a cubrir la tierra.

 

Vers. 49-50. “¿No tendrás compasión de la tierra?” Cuando Enoc escuchó la dolorida exclamación de la tierra, y vio los penosos sufrimientos y la angustia de sus hermanos que iban a ser consignados a la muerte por las aguas del diluvio que vendría, su alma se lleno de compasión. Sintió dolor en su corazón, y en su angustia clamó al señor que fuese misericordioso con los hijos de Noé que después habitarían la tierra, y que tuviese compasión de la tierra que ellos habitarían.

“Pidiéndolo en el nombre del Unigénito Hijo del Padre, aún Jesucristo”, tal como se le había mandado que hiciera, Enoc, en su angustia, continuó rogando al Padre que tuviese “misericordia de Noé y su descendencia, para que las aguas nunca más vuelvan a cubrir la tierra”.

 

51 Y el Señor no pudo resistir; e hizo convenio con Enoc, y le juró con juramento que detendría las aguas; que visitaría a los hijos de Noé;

52 y expidió un decreto inalterable de que un resto de su descendencia siempre se hallaría entre todas las naciones, mientras permaneciese la tierra;

53 y el Señor dijo: Bendito es aquel por medio de cuya descendencia vendrá el Mesías; porque él dice: Yo soy el Mesías, el Rey de Sión, la Roca del Cielo, que es extensa como la eternidad; quien entre por la puerta y suba por medio de mí, jamás caerá; por tanto, benditos son aquellos de quienes he hablado, porque vendrán con canciones de gozo sempiterno.

 

Vers. 51-53. “Yo soy el Mesías, el Rey de Sión, la Roca del Cielo”. El Señor, viendo que la confianza de Enoc en su misericordia era tan grande, no pudo refrenarse de concederle las bendiciones por las que había suplicado. Por lo tanto, el señor hizo convenio con Enoc, y le “juró con juramento”, que nunca más vendrían sobre los hombres las aguas del diluvio. La misma promesa continuaría vigente durante todas las generaciones de los descendientes de Noé, y más aún, El le dijo que “llamaría a los hijos de Noé”, y con su propia voz se lo haría saber (Génesis 9:8-12).

El Señor emitió un decreto que no podría ser alterado, pues fue el mismo Señor quien lo dijo, y no puede ser cambiado, de que los descendientes de Noé se encontrarían para siempre entre las naciones del mundo mientras “permaneciese la tierra”.

“Bendito es aquel por medio de cuya simiente vendrá el Mesías”; el Señor pronunció y proclamó una bendición sobre nueve debido a que de su simiente nacería el Señor, como un ser mortal. “Yo soy el Mesías, el Rey de Sión, la Roca del Cielo” lo cual involucra todas las cosas, presentes y futuras, de eternidad en eternidad. (Los judíos tienen un dicho que evidentemente se originó en las anteriores palabras escritas por Moisés: “¿Quién es nuestro Rey, sino nuestra Roca; y quién es nuestra Roca sino el Señor, y quién es el Señor a menos que El sea Dios?”. De los muchos significados que roca tienen hebreo, tal como se usa aquí significa Creador).

No solo Noé es bendecido, sino también aquellos que de su simiente entraren “por la puerta”, la que conduce al sendero “derecho y angosto”. Quienes “subieron por mí, jamás caerán. Continuarían hasta el fin porque vendrán con canciones de gozo sempiterno”.

 

54 Y sucedió que Enoc clamó al Señor, diciendo: ¿Descansará la tierra cuando el Hijo del Hombre venga en la carne? Te ruego me muestres estas cosas.

55 Y dijo el Señor a Enoc: Mira; y mirando, vio que el Hijo del Hombre era levantado sobre la cruz, a la manera de los hombres;

56 y oyó una fuerte voz; y fueron cubiertos los cielos; y todas las creaciones de Dios lloraron; y la tierra gimió; y se hicieron pedazos los peñascos; y se levantaron los santos y fueron coronados a la diestra del Hijo del Hombre con coronas de gloria;

57 y salieron cuantos espíritus se hallaban en la prisión, y se pusieron a la diestra de Dios; y el resto quedó en cadenas de tinieblas hasta el juicio del gran día.

 

Vers. 54-57. ¿Cuándo descansará la tierra? Enoc, ansioso aún por obtener sabiduría y conocimiento, clamó de nuevo al Señor, “¿Descansará la tierra cuando el Hijo del Hombre venga en la carne?” Enoc, lleno de una gozosa esperanza, aguardó la respuesta del Señor.

La respuesta no fue en palabras. Enoc, en diferentes escenas que pasaron ante su vista, contempló la venida del Mesías, el Rey de Sión, la Roca del cielo; su muerte sobre la cruz; su ministerio y su ascensión al cielo. El también oyó una fuerte voz proclamando al Hijo del Hombre, el Unigénito de Dios; y una nube de obscuridad ocultó los cielos; y toda la creación lloró; mientras la tierra gemía y las rocas se hacían pedazos; y los santos, aquellos que habían muerto, pero que habían creído en El, se levantaron de sus sepulcros y fueron coronados a la diestra del Hijo del Hombre con coronas de gloria.

Enoc vio también que todos los espíritus de los justos que habían estado en prisión, salieron y se pusieron a la “diestra de Dios”. Los espíritus de los hombres que durante su vida en la tierra, había sido malvados, fueron dejados en “cadenas de obscuridad” hasta el día del juicio, sin saber cuál sería su suerte y temiendo lo que el destino les depararía (Isaías 42:1-8; 1 Pedro 3:18-20; DyC 76:73; 88:99).

 

58 Y Enoc lloró otra vez y clamó al Señor, diciendo: ¿Cuándo descansará la tierra?

59 Y Enoc vio al Hijo del Hombre ascender al Padre, y se dirigió al Señor, diciendo: ¿No vendrás otra vez a la tierra? Por cuanto eres Dios, y te conozco, y me has jurado, y me mandaste que pidiera en el nombre de tu Unigénito; tú me has creado y me has dado derecho a tu trono, y no de mí mismo, sino mediante tu propia gracia; por consiguiente, te pregunto si no volverás otra vez a la tierra.

 

Vers. 58-59. Enoc clamó de nuevo: ¿Cuando descansaría la tierra? Quizás no entendiendo del todo el alcance de las escenas presentadas ante él, Enoc nuevamente preguntó el señor: “¿Cuándo descansará la tierra?” Queriendo significar, ¿Cuándo será la tierra limpiada de pecado? ¿Cuándo será relevada de tener que sufrir las aflicciones con las que la afligen los malvados? ¿Cuándo prevalecerá la justicia, y será eliminada la maldad?

Los distintos episodios sobre el ministerio de Cristo que desfilaron ante los ojos de Enoc, le hicieron maravillarse en extremo. El “vio al Hijo del Hombre ascender al Padre” y clamó: “¿no vendrás otra vez a la tierra?” Por cuanto tú eres Dios, te conozco, y me has mandado que pida en el nombre de tu Unigénito; tú me has creado y me has dado el derecho de ir a tu trono, y no de mí mismo sino de tu propia gracia, por consiguiente, te pregunto si no volverás otra vez a la tierra”.

 

60 Y el Señor dijo a Enoc: Vivo yo que vendré en los últimos días, en los días de iniquidad y venganza, para cumplir el juramento que te hice concerniente a los hijos de Noé;

61 y llegará el día en que descansará la tierra, pero antes de ese día se obscurecerán los cielos, y un manto de tinieblas cubrirá la tierra; y temblarán los cielos así como la tierra; y habrá grandes tribulaciones entre los hijos de los hombres, mas preservaré a mi pueblo;

62 y justicia enviaré desde los cielos; y la verdad haré brotar de la tierra para testificar de mi Unigénito, de su resurrección de entre los muertos, sí, y también de la resurrección de todos los hombres; y haré que la justicia y la verdad inunden la tierra como con un diluvio, a fin de recoger a mis escogidos de las cuatro partes de la tierra a un lugar que yo prepararé, una Ciudad Santa, a fin de que mi pueblo ciña sus lomos y espere el tiempo de mi venida; porque allí estará mi tabernáculo, y se llamará Sión, una Nueva Jerusalén.

 

Vers. 60-62. “Vivo yo que vendré en los últimos días”. Enoc vio en visión que en un tiempo, que para él no fue muy distante, la justicia y la paz se entenderían sobre la tierra, y ésta descansaría. En profética visión vio el día cuando desaparecería la incredulidad y no existiría más el error; un día en el cual los hombres invocaría en al santo nombre de Dios y cuando todos los habitantes de la tierra sabrían que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios. Con ansioso corazón él anticipó ese día, y de nuevo preguntó al Señor: “¿Cuándo descansará la tierra?”.

La interrogación de Enoc fue bondadosamente contestada por el Señor: “como yo vivo, aún así vendré en los últimos días de iniquidad y venganza”. El Señor teniendo presente la promesa que había hecho a Enoc de que El nuevamente visitaría a los hijos de Noé -explicó a su siervo que antes que viniera ese día caerían grandes tribulaciones sobre quienes hubieran elegido el camino de la iniquidad. El Señor derramaría su venganza sobre los inicuos y sobre los que tratarán de destruir la justicia de los santos de Dios. La venganza del Señor es terrible, pero El librará a su pueblo.

Antes de que venga ese día, los cielos se obscurecerán y desde ellos no se escuchará ninguna voz. Un velo de obscuridad cubrirá la tierra, y esa noche no será penetrada por ninguna luz divina; la palabra de Dios no despejará la obscuridad de ese día. La ignorancia y la superstición se mostrarán de ese glorioso día del Señor que estará próximo. El profeta Isaías vio ese día de venganza, y dice que vendría a causa de los inicuos, “desecharon la ley de Jehová de los ejércitos, y abominar de la palabra del Santo de Israel” (Isaías 5:14-25). “Pero”, dice el Señor, “preservaré a mi pueblo”.

“Verdad”. Ese noble atributo de las cosas invisibles, pero que sin embargo son reales, la cual el señor dice que El haría “brotar de la tierra para testificar de mi Unigénito”, esa verdad estará establecida sobre la santa ley de Dios, y será mantenida en alto y sostenida por los justos. “Su resurrección de la muerte; sí y también la resurrección de todos los hombres” será proclamada de un extremo a otro de la tierra, y como un río de agua que da vida a la tierra sedienta, del mismo modo la verdad, cual un torrente cuya fuente es el Señor nuestro Dios -inspirara y animará a cada ser; cada hombre será justo con su vecino; ninguno padecerá injurias. En ese lugar, los ángeles del cielo ministrarán a los hijos de la mortalidad, y las revelaciones del cielo les guiarán constantemente. En paz, ellos aguardarán la venida de su Roca y su Redentor, porque, dice el Señor, “allí estará mi tabernáculo, y será llamada Sión, una Nueva Jerusalén”.

El día del Señor o ¿Cuándo descansará la tierra?

En la hermosura de su santidad; el poder y gran autoridad; rodeado de un innumerable concurso de ángeles que cantarán alabanzas a su nombre, el Señor Omnipotente, el Rey del Cielo; el que es desde toda la eternidad a toda la eternidad; el poderoso Príncipe de Paz, bajará de los cielos investido con el esplendor de su gloria para recibir su Reino que estará establecido sobre la tierra.

Ningún lenguaje, por más sublime que sea, puede expresar la majestad de su venida; no hay palabras que puedan describir el glorioso esplendor de su morada cuando el de nuevo more en su Santo Monte. Del Monte de Sión, su morada en la tierra, la Nueva Jerusalén, saldrá la ley y la palabra de Dios. “Cuán bellos sobre las montañas”, dice el profeta, “son los pies de los que traen alegres nuevas; que publican la paz; que traen alegres nuevas de gran gozo; que anuncian salvación; que dicen a Sión, tu Dios reina”.

Ciertamente El es nuestro rey; nuestro Señor y nuestro Dios, nuestra luz y nuestra salvación. Las alegres nuevas de la redención del hombre mediante Cristo, resonarán de un extremo al otro de la tierra. El reino milenario de Cristo será inaugurado. La paz llenará la tierra. No la paz que se consigue en el campo de batalla, ni la paz que se teje en los tratados hechos en lejanas ciudades del mundo; ni la paz de los acuerdos políticos, o la paz de la holganza. Sino la paz establecida sobre la verdad mantenida y sostenida por la justicia. Ninguna paz que se oponga a esta es paz; ninguna paz en la cual en realidad no hay paz.

Nuestra porción es la paz del Señor. Esa paz es la fuente de la cual brota nuestra plenitud de gozo y nuestra alegría; nuestra felicidad y nuestro contentamiento; nuestro amor por la ley de Dios. “Gran paz tienen aquellos que aman tu ley” (Salmos 119:165).

Cuando llegué aquel día de paz, el día del Señor; cuando todos los hombres invoquen su santo nombre; cuando no existan más el mal y el error; cuando desaparezca el odio; cuando su santo nombre sea adorado en toda la tierra, entonces nuestros hijos serán enseñados del Señor “y grande será la paz de tus hijos” (3 Nefi 22:13).

En aquel día, el cordero se echará sin temor al lado de león; “las murallas de las ciudades se convertirán en los jardines; el olivo y la palma crecerán en el suelo sobre el cual ahora marchan los soldados”; la tierra estará llena del conocimiento de la ley de Dios, y los hombres la observarán de todo corazón. La voz del Creador, si, una voz agradable, como un susurro, henchirá la tierra como un grandioso himno, incesante, y universalmente oído: “Paz, paz a vosotros a causa de vuestra fe en mí muy amado, quien fue desde la fundación del mundo” (Helamán 5:47). Entonces todo Israel le verá, y escuchará su voz, y ellos sabrán que “yo soy el que habla” (3 Nefi 20:39).

En aquel día, y en medio de nosotros, en medio de todos a quienes tanto amó, aunque ellos le clavaron en una cruz, Jesús de Nazaret, el rey de los judíos, será entronizado sobre todas las cosas y Coronado como el Rey de reyes y Señor de señores. Entonces las huestes celestiales unidas al pueblo en la tierra no dirán, sino que gritarán:

“¡Gloria, honor, poder, majestad, y dominio! sean dados a Él, porque ha sido Coronado como nuestro rey, y reinará para siempre jamás”.

Entonces la tierra descansará.

 

63 Y el Señor dijo a Enoc: Entonces tú y toda tu ciudad los recibiréis allí, y los recibiremos en nuestro seno, y ellos nos verán; y nos echaremos sobre su cuello, y ellos sobre el nuestro, y nos besaremos unos a otros;

64 y allí será mi morada, y será Sión, la cual saldrá de todas las creaciones que he hecho; y por el espacio de mil años la tierra descansará.

65 Y aconteció que Enoc vio el día de la venida del Hijo del Hombre, en los últimos días, para morar en rectitud sobre la tierra por el espacio de mil años;

66 pero antes de ese día vio grandes tribulaciones entre los inicuos; y también vio que el mar se agitaba y que desfallecía el corazón de los hombres mientras esperaban con temor los juicios del Dios Todopoderoso que habrían de sobrevenir a los inicuos.

 

Vers. 63-66. “Entonces tú y toda tu ciudad los recibiréis allí”. Una gozosa reunión le espera el pueblo de Dios cuando Él lo congregará en la Nueva Jerusalén. Se congregarán de las cuatro partes de la tierra para alzar el estandarte de su rey y morar delante de Él, en santidad. Enoc y todos los residentes de Sión les recibirán allí. La felicidad y la bienaventuranza de los santos, unidos no sólo en su presencia física, sino también en el servicio a Dios, no conocería límites. Tendrán un gozo profundo y un intenso amor los unos por los otros. El señor le dice Enoc, “nosotros le recibiremos en nuestro seno”.

Dios ha escogido de entre todas sus creaciones, un lugar en el cual pueda morar personalmente. Ese lugar es la Nueva Jerusalén o Sión. Allí El, como rey de reyes y señor de señores, establecerá su morada durante mil años, y durante ese tiempo “la tierra descansará”, y el Señor consultará con sus santos con respecto al bienestar de Sión.

Otra escena que llenó de gozo Enoc y en la que se regocijó, fue la que mostró el día cuando Cristo vendría otra vez a la tierra. El vio los últimos días, en los que el Hijo del Hombre reinará en la tierra durante mil años. En justicia, vio el día cuando toda rodilla se doblará y toda lengua confesaría que El es el Cristo, el Unigénito del Padre, el Salvador y Redentor del mundo.

Sin embargo, el Señor advirtió a Enoc que antes del día del Señor, grandes sufrimientos y aflicciones caerían sobre los malvados. El vio las turbulentas aguas de los grandes océanos estrechándose furiosamente contra las rocas, y nadie podría decirles “hasta aquí nomás”, a las altivas olas. Vio también que los corazones de los hombres desmayar y en de angustia al ver caer sobre ellos la merecida justicia de un Dios ofendido. Vio temblar y temer a los malvados y llorar aguardando el día del juicio.

 

67 Y el Señor le mostró a Enoc todas las cosas, aun hasta el fin del mundo; y vio el día de los justos, la hora de su redención; y recibió una plenitud de gozo;

68 y fueron todos los días de Sión, en la época de Enoc, trescientos sesenta y cinco años.

69 Y Enoc y todo su pueblo anduvieron con Dios, y él moró en medio de Sión; y aconteció que Sión no fue más, porque Dios la llevó a su propio seno, y desde entonces se extendió el dicho: SIÓN HA HUIDO.

 

Vers. 67-69. Enoc y todo su pueblo anduvieron con Dios. Coronando su maravillosa visión con escenas que mostraban el glorioso esplendor del poder de Dios, a Enoc le fueron mostradas todas las cosas que pertenecen al reino de Dios sobre la tierra, y los hechos de los justos, aún hasta el fin del mundo. Vio que los justos se salvarán mediante la expiación de Cristo; vio la hora cuando serían redimidos, y él mismo participó del espíritu de aquel evento por cuanto el Señor había contestado su oración: “¿Cuándo descansará la tierra?”. Enoc quedó satisfecho y recibió una plenitud de gozo.

Sión, la Nueva Jerusalén, prosperó bajo la justa administración de Enoc. Durante 365 años. Durante ese tiempo él, y todo su pueblo “anduvieron con Dios” y Dios “habitó en medio de Sión”, porque su pueblo fue “puro de corazón”.

Sión ha huido. El pueblo de Enoc, sirvió gozosamente al Señor. Su determinación fue guardar sus mandamientos, y de allí que entre ellos no hubo iniquidad. Verdaderamente ellos habían alcanzado un elevado nivel de bondad y pureza que muy raramente los mortales alcanzan, así que Enoc y toda su ciudad fueron llevados al cielo. Moisés, el historiador que escribió sobre aquellos tiempos, anotó: “Sión no fue más, porque Dios la llevó a su propio seno, y desde entonces se extendió el dicho: Sión ha huido”.

 

Véase:

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Volver a Moisés 6

Ir a Moisés 8

 

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