“¿Tragedia o destino?”

 

Spencer W. Kimball, “La Fe Precede al Milagro”, Cap. 8, págs. 95–98

 

“¿Tragedia o destino?”

 

La ley básica del evangelio prescribe el uso del libre albedrío y da la oportunidad del desarrollo eterno. Forzarnos a ser prudentes o rectos sería como anular la ley fundamental e imposibilitar el crecimiento.

“Y el Señor habló a Adán, diciendo: Por cuanto se conciben tus hijos en pecado, en igual manera, cuando empiezan a crecer, el pecado concibe en sus corazones, y prueban lo amargo para saber cómo apreciar lo bueno.

“Y les es concedido distinguir el bien del mal; de modo que, son sus propios agentes. . .” (Moisés 6:55–56)

“. . .Satanás se rebeló contra mí, y pretendió destruir el albedrío del hombre que yo, Dios el Señor, le había dado. . .” (Moisés 4:3)

Si consideráramos la mortalidad como el todo de la existencia, entonces las penas, aflicciones, fracasos y la muerte prematura serían una calamidad. Más, si al contrario, vemos la vida como algo eterno que se extiende más allá del pasado premortal y se prolonga hasta el futuro eterno postmortal, entonces debemos colocar cada suceso que acontece en su propia perspectiva.

¿Es que no podemos ver la sabiduría de Dios al darnos pruebas a las cuales sobreponernos, responsabilidades que podamos cumplir, trabajo que vigorice nuestros músculos y penas que pongan a prueba nuestras almas? ¿No se nos expone a las tentaciones para probar nuestra fortaleza, a la enfermedad para probar nuestra paciencia, y a la muerte para que podamos ser un día inmortalizados y glorificados?

Si todos los enfermos por quienes oramos fueran sanados, y todos los justos protegidos, y si todos los pecadores fueran destruidos, se anularía así todo el programa de nuestro Padre y se daría fin al principio más básico del evangelio, el libre albedrío, y nadie tendría que vivir por la fe.

Si al hacedor del bien se le recompensara inmediatamente con gozo, paz y todo lo que mereciera, entonces no existiría el mal —todos harían el bien, mas no por las razones justas. No habría, por ende, prueba de fortaleza, ni desarrollo del carácter, ni crecimiento y expansión de poderes, ni libre albedrío, sino únicamente controles satánicos.

Si el Señor contestara todas nuestras oraciones inmediatamente después de hacerlas, de acuerdo con nuestros deseos egoístas y nuestra limitada comprensión, entonces existiría muy poco a ningún sufrimiento, dolor, decepción, o ni la muerte aun; y si éstos no existieran, tampoco habría gozo, éxito, resurrección ni vida eterna o divinidad.

“Porque es preciso que haya una oposición en todas las cosas . . justicia, . . iniquidad, . . santidad, . . miseria, . . bien, . . mal. . .” (2 Nefi 2:11)

Por nuestra parte y como seres humanos, descartaríamos de nuestras vidas el dolor físico y la angustia mental, garantizándonos así una vida de constante comodidad y placidez, pero al hacerlo estaríamos cerrando las puertas a las aflicciones y al dolor, y con ello excluyendo probablemente a nuestros mejores amigos y benefactores. El sufrimiento puede volver santas a las personas, al aprender éstas a tener paciencia, perseverancia y autodominio. Los sufrimientos fueron parte de la educación de nuestro Salvador.

“Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia;

“Y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen.” (Hebreos 5:8–9)

Una de mis estrofas favoritas del himno “¡Qué firmes cimientos!” dice así:

“Y cuando torrentes tengáis que pasar, los ríos del mal no os pueden turbar; pues yo las tormentas podré aplacar, salvando mis santos de todo pesar.” (Himnos de Sión, 144)

El élder James E. Talmage escribió: “Todo dolor que hombre o mujer tenga que sufrir en esta vida tendrá su efecto compensador. . . si se sobrelleva con paciencia.”

Si nos entregamos a las debilidades, las quejas y las críticas, es muy probable que todas estas pruebas de que hemos hablado nos agobien con su poderoso impacto.

“Las penas que sufrimos y las pruebas que pasamos jamás vienen en vano, sino más bien contribuyen a nuestra educación, al desarrollo de virtudes como la paciencia, la fe, el valor y la humildad. Todo lo que sufrimos y todo lo que soportamos, especialmente cuando lo hacemos con paciencia, edifica nuestros caracteres, purifica nuestros corazones, expande nuestras almas y nos hace más sensibles y caritativos, más dignos de ser llamados hijos de Dios . . .No es sino a través del dolor y el sufrimiento, de las dificultades y las tribulaciones, que adquirimos la educación por la cual hemos venido a la tierra, mediante la cual seremos más semejantes a nuestro Padre y a nuestra Madre que están en los cielos. . .” (Orson F. Whitney)

Muchas personas se llenan de resentimientos al ver a sus seres queridos sufrir agonías y perennes dolores y torturas físicas. Algunos atribuirían la causa de ellos al Señor, tachándolo de despiadado, indiferente e injusto. ¡¿Qué derecho tenemos nosotros para juzgar así?!