“El papel de Adán desde la Caída hasta el final… y más allá”

 

Larry Dahl, Adán el Hombre

Cap. 7: “El papel de Adán desde la Caída hasta el final… y más allá”

 

Con la Caída, Adán ingreso en una nueva fase de su constante mayordomía de ayudar a que se produjera el paso a la inmortalidad y a la vida eterna del hombre. Su ministerio mortal tuvo una duración de novecientos treinta años. Luego, continuó ocupándose estrechamente de su posteridad en la tierra, dirigiendo, a través de sucesivas dispensaciones, la restauración del sacerdocio y sus llaves. No cabe duda de que también presidió a los espíritus en el mundo espiritual post–terrenal, supervisando sus esfuerzos para prepararse para el ministerio mortal del Salvador y la consiguiente visita personal a dicho reino Espiritual, con todos aquellos eventos comprendidos en ella. Además, mantuvo, y seguirá manteniendo, una vigilia constante contra el poder del diablo y de sus ángeles, ya que “les hace la guerra a los santos de Dios, y los rodea por todos lados” (DyC 76:29). En la batalla contra los santos de Dios, el diablo y sus ángeles no solo aplican directamente su oficio contra los Santos, sino que también utilizan a otros mortales cuyos corazones han capturado y quienes “aman las tinieblas más que la luz, porque sus hechos son malos” (DyC 10:20–21). En algunos puntos importantes a lo largo de la historia de la tierra, Adán debió enfrentar al diablo personalmente, o revelar su malicia a otro cuando el diablo se aparecía simulando ser un ángel de luz. Por lo tanto, la batalla que se inició en el cielo, continúa sobre la tierra. Dicha contienda continuará hasta su batalla final, lo que las escrituras denominan “la batalla del gran Dios”, que se llevará a cabo al final del Milenio (DyC 88:110–115). Entretanto, Adán vigilará al diablo y un día presidirá un consejo especial en Adán–ondi–Ahman, preparando la segunda llegada del Señor. Además, tendrá un papel fundamental en el juicio y la resurrección de toda la humanidad y luego seguirá en su papel jerárquico –en el orden patriarcal del sacerdocio– en las eternidades por venir.

 

El ministerio mortal de Adán

La Caída acarreó la muerte, tanto espiritual como temporal. La muerte espiritual llevó a que Adán fuera arrojado del Jardín de Edén y de la inmediata presencia de Dios; quedando sometido a las tentaciones y debilidades relacionadas con dicha condición mortal de la Caída, y quedando separado de Dios y con necesidad de reconciliación. La muerte temporal de Adán llegaría después –novecientos treinta años más tarde (Génesis 5:5)– pero “dentro” del día mencionado por Dios cuando les dio instrucciones a Adán y a Eva respecto del árbol de la ciencia del bien y del mal (Moisés 3:16–17). La expiación de Jesucristo actuó como medio para que Adán y su posteridad pudieran vencer ambas muertes, para que resucitarán y se reconciliarán con Dios (ver DyC 29:40–43; Alma 42; 2 Nefi 9).

Adán conocía el Evangelio

Para quo el hombre se reconcilie con Dios es necesario que obedezca los principios y sacramentos del convenio sempiterno, o la palabra del Evangelio (DyC 22:1; 66:2; 133:57). El Evangelio ha sido el mismo en todas las épocas y para todos los hombres. Adán conocía el Evangelio. Fue bautizado con agua. Fue “bautizado con fuego y con el Espíritu Santo”. Se le otorgó el sacerdocio “según el arden de aquel que fue sin principio de días ni fin de años”, convirtiéndose en “un hijo de Dios” (Moisés 6:64–68). ¿Qué significa ingresar en esta orden? El Presidente Ezra Taft Benson explicó: “Ingresar en la orden del Hijo de Dios equivale, en nuestros días, a ingresar en la totalidad del Sacerdocio de Melquisedec, que únicamente se recibe en la casa del Señor. Debido a que Adán y Eva cumplieron con estos requisitos, Dios les dijo: ‘Estarán bajo la orden del que fue sin principio de días ni fin de años, de eternidad en eternidad’ “

De hecho, “se le confirmaron todas las cosas a Adán mediante un santo sacramento; y se predicó el evangelio, y se proclamó un decreto de que debería estar en el mundo hasta su fin” (Moisés 5:59).

El lenguaje de Adán: puro e inmaculado

“El primer hombre situado sobre la tierra era un ser inteligente”, explicó el Presidente Joseph Fielding Smith, “creado a la imagen de Dios, poseía sabiduría y conocimiento, tenía el poder de comunicar sus pensamientos mediante un lenguaje, tanto oral como escrito, que era superior a cualquier otra cosa que pudiera encontrarse hoy en la tierra.” Adán y Eva tuvieron hijos e hijas que “comenzaron a separarse de dos en dos en la tierra, y a cultivarla y a cuidar rebaños; y también ellos engendraron hijos e hijas” (Moisés 5:3). Un buen número de estos hijos rechazaron el evangelio cuando sus padres se lo enseñaron. Ellos “amaron a Satanás más que a Dios” y “desde ese tiempo los hombres empezaron a ser carnales, sensuales y diabólicos”. (Moisés 5:12–13). Pero “Adán escuchó la voz de Dios y exhortó a sus hijos a que se arrepintieran” (Moisés 6:1). Nacieron más niños, entre ellos Set, quien, al igual que su padre Adán, era un hombre bello y justo. Con Set se dio inicio a una línea de patriarcas fieles a lo largo de muchas generaciones: Set, Enós, Cainan, Mahalaleel, Jared, Enoc, Matusalén (los siete fueron ordenados altos sacerdotes en el orden patriarcal del propio sacerdocio de Adán), Lamec (quien fue ordenado por Set, y Noé (quien fuera ordenado por Matusalén). Acerca de Adán, Set y Enoc, dice el registro de las escrituras:

Entonces empezaron estos hombres a invocar el nombre del Señor, y el Señor los bendijo.

…y se llevaba un libro de memorias, en el cual se inscribía en el lenguaje de Adán, porque a cuantos invocaban a Dios les era concedido escribir por el Espíritu de inspiración; y poseyendo un lenguaje puro y sin mezcla, enseñaban a sus hijos a leer y a escribir…

…y se guardaba una genealogía de los hijos de Dios. Y éste era el libro de las generaciones de Adán, y decía: El día en que Dios creó al hombre, a semejanza de Dios lo hizo; a imagen de su propio cuerpo, varón y hembra los creó, y los bendijo y dio a ellos el nombre de Adán, el día en que fueron creados y llegaron a ser almas vivientes en la tierra sobre el escabel de los pies de Dios. (Moisés 6:4–9)

¡Ah, si contáramos con ese libro de recuerdos! En la Biblia se han conservado partes de él, quizás sólo fragmentos. Lo que aparentemente son porciones adicionales han sido restauradas por el Profeta José Smith y se encuentran en las escrituras de los Últimos Días: el Libro de Mormón, Doctrina y Convenios, la Perla de Gran Precio y la Traducción de la Biblia realizada por José Smith. Si tuviéramos acceso a todo el registro llevado por Adán y otros patriarcas justos, podríamos comprender la Creación, la Caída y las obras de Dios en las primeras generaciones de la posteridad de Adán tan “puro e inmaculado” como el lenguaje en que dicho registro fue escrito. Algún día lo tendremos.

El gobierno de Adán: una teocracia patriarcal

El primer gobierno sobre la tierra fue patriarcal y teocrático. Es decir, era administrado por familias, con los padres a la cabeza, y estaba dirigido por Dios. Las llaves del reino estaban en poder del patriarca justo de mayor edad. Él ordenaba y presidía a los demás patriarcas fieles de acuerdo a las revelaciones que Dios le diera. El Profeta José Smith enseñó: “El Sacerdocio fue dado a Adán en primer lugar, el obtuvo la Primera Presidencia, y tuvo en su poder las llaves del reino, de generación en generación… Tenía dominio sobre toda criatura viviente. Ese dominio era tanto civil como religioso. Acerca de este primer gobierno, el Elder Bruce R. McConkie escribió:

Adán, nuestro padre, el primer hombre, es el sumo sacerdote que presidió la tierra durante años. El gobierno que le otorgó el Señor era patriarcal, y desde la expulsión del Edén hasta la expurgación de la tierra por medio del agua en los días de Noé, la parte justa de la humanidad fue bendecida y gobernada por una teocracia patriarcal.

Este sistema teocrático, creado según el modelo del orden y del sistema que reinaba en el cielo, fue el gobierno de Dios. El mismo, aunque residía en el cielo, fue el Legislador, el Juez y el Rey. Daba directivas tanto civiles como eclesiásticas sobre todas las cosas; no existía separación alguna entre la iglesia y el estado, como ocurre hoy. Todos los asuntos gubernamentales se dirigían, controlaban y reglamentaban desde los cielos. Los administradores legales del Señor en la tierra servían por virtud de sus invocaciones y ordenaciones en el Sacerdocio Sagrado y según eran guiados por el poder del Espíritu Santo.

“Este orden se instituyó en los días de Adán, y descendió por linaje”. Se designó que “descendiera de padre a hijo”. Se heredaba por sucesión; es el gobierno del sacerdocio; es el gobierno de Dios tanto en la tierra como en el cielo. E incluso hoy, “pertenece a los descendientes literales del linaje escogido, al cual se hicieron las promesas” (DyC 107:40–41) El hecho de que este sistema ya no se utilice significa, sencillamente, que los hombres se han alejado de las formas antiguas y que ahora se gobiernan entre sí a su entera elección.

Pero en el principio, el verdadero sistema del Señor prevaleció. Los hijos sucesivos que sustentaban el poder de uno u otro tipo en el reino original de la tierra fueron Adán, Set, Enós, Cainan, Mahalaleel, Jared, Enoc, Matusalén, Lamec y Noé. En sus días respectivos ellos eran, no cabe duda, apostatas que conformaban sus propios gobiernos. Pero aquellos que creyeron en el evangelio y que buscaron la salvación se mantuvieron sujetos al orden patriarcal revelado y establecido por el Patriarca Eterno.

Adán presidió a su justa posteridad bajo este sistema de teocracia patriarcal durante novecientos treinta años, recibiendo revelaciones, llevando un libro de recuerdos, enseñando, ordenando, implorando arrepentimiento, ofreciendo sacrificios, anticipándose al sacrificio de expiación eterno e infinito del Salvador, y ejerciendo fielmente la ostentación de las llaves de la Primera Presidencia como cabeza de la primera dispensación del evangelio sobre la tierra. Cuando se acercó el final de su ministerio mortal, Adán convocó a la posteridad justa para darles su última bendición.

Un consejo de despedida en Adán–ondi–Ahman

En marzo de 1835, se registró una revelación recibida por el Profeta José Smith, que incluía parte de una importante e interesante información originariamente registrada en el libro de Enoc, un libro que probablemente fuera parte de dicho antiguo libro de recuerdos:

Tres años antes de su muerte, Adán llamo a Set, Enós, Cainan, Mahalaleel, Jared, Enoc y Matusalén, todos ellos sumos sacerdotes, junto con el resto de los de su posteridad que eran justos, al valle de Adán–ondi–Ahman, y allí les confirió su última bendición.

Y el Señor se les apareció, y se levantaron y bendijeron a Adán, y lo llamaron Miguel, el príncipe, el arcángel. Y el Señor suministró consuelo a Adán, y le dijo: Te he puesto para estar a la cabeza; multitud de naciones saldrán de ti, y tú les serás por príncipe para siempre.

Y Adán se puso de pie en medio de la congregación, y a pesar de que lo agobiaba el peso de sus años, lleno del Espíritu Santo, predijo todo cuanto habría de sobrevenir a su posteridad hasta la última generación.

Todas estas tusas se escribieron en el libro de Enoc, y se testificara de ellas en su debido tiempo. (DyC 107:53–57)

José Smith enseñó que la bendición que Adán les diera a sus hijos fue una “bendición patriarcal”, y que la esperanza de Adán era “llevarlos ante la presencia de Dios”. Esa esperanza se concretó, puesto que el Señor se les apareció a ellos, no solo a Adán. ¡Qué maravillosa escena! ¡Generaciones de la posteridad de los justos de Adán reunidos para honrar y recibir la bendición de su venerable padre al acercarse el final de su ministerio mortal, y contando ellos con el ministerio del Salvador! Y que adecuado tributo le fue dado a Adán por el Señor, afirmando que él era Miguel, el príncipe, el arcángel, y que él sería la cabeza o el príncipe de toda su posteridad por siempre jamás.

En ese fabuloso escenario Adán, por el don del Espíritu Santo, “predijo todo cuanto habría de sobrevenir a su posteridad hasta la última generación”. En la actualidad, no tenemos acceso a dicha profecía, pero estamos seguros de que se encuentra registrada en el libro de Enoc y de que “será testificada en su debido momento”. Al igual que Moroni, Adán pudo ver a través de los corredores del tiempo las escenas de existencia mortal en la tierra y escribió, de hecho, la historia profética (ver Mormón 8:35). ¡Qué poderoso testimonio constituirá, cuando se lea esa historia profética, después del hecho, para aquellos que negaron o dudaron de la presciencia de Dios y de su poder de revelar el futuro a sus profetas! Y allí se presentarán muchas pruebas de ello. A todos los profetas de Dios se les ha mostrado estas cosas y ellos han dejado sus registros como testimonio. El Elder Wilford Woodruff enseñó:

Adán, nuestro primer gran progenitor y padre, luego de la Caída recibió este Evangelio, y recibió el santo Sacerdocio con todo su poder, y sus llaves y sacramentos. Sello estas bendiciones sobre sus hijos: Set, Enós, Jared, Cainan, Mahalaleel, Enoc y Matusalén. Todos estos hombres recibieron este santo y sagrado Sacerdocio. Todos profesaron para poder recibir revelaciones. Todos tenían inspiración y dejaron su registro sobre la tierra; y ninguno de ellos dejó de ver y profetizar acerca del gran cielo de Dios en los Últimos Días. Y cuando decimos esto de ellos, también lo decimos respecto de todo Apóstol y Profeta que viviera sobre la tierra. Sus revelaciones y profecías apuntan todas a nuestros días y al gran reino de Dios del que habló Daniel, ese gran cielo de Dios del que hablaron Isaías y Jeremías, y a ese gran encuentro de la casa de Israel del que habla Ezequiel y Malaquías y muchos de los antiguos Patriarcas y Profetas.

Tres años después de que esta trascendental familia se reuniera en Adán–ondi–Ahman, Adán murió. Su ministerio mortal llegó a su fin, pero su inclusión en la historia del mundo y su relación con los habitantes de la tierra no terminó. Aun ostentaba las “llaves de la salvación bajo el consejo y la dirección del Muy Santo. Sólo había transcurrido uno de los siete “días” de “existencia temporal” de la tierra (DyC 77:6). Las “llaves de la salvación” de Adán incluyen, como explicó José Smith, las llaves de todas las dispensaciones “hasta el final de las dispensaciones que sean reveladas”. Todavía quedaba mucho por hacer.

 

El Sacerdocio y las llaves reveladas por la autoridad de Adán

Desde la muerte de Adán hasta el presente han existido numerosas apostarías que requirieron de la restauración del evangelio y del sacerdocio. El Profeta José Smith explicó que Adán dirigió dichas restauraciones. “El Sacerdocio es un principio sempiterno”, dijo “y existió con Dios desde la eternidad, y hasta la eternidad, sin principio de días ni fin de años. Las llaves tendrán que provenir del cielo cada vez que se envíe el Evangelio. Cuando son reveladas desde el cielo, es por autoridad de Adán.” Para seguir el orden del cielo, debería haber una delegación o una cadena de mando a través de la cual Adán lograría su importante obra. El Profeta enseñó: “Cristo es el Gran Sumo Sacerdote; Adán es el que le sigue”. También dio esta explicación respecto de la posición de Adán en cuanto a la autoridad: “El Sacerdocio fue primero dado a Adán; el obtuvo la Primera Presidencia, y ostentó las llaves de generación en generación… Luego a Noé, quien es Gabriel: le sigue en autoridad a Adán en el Sacerdocio… Estos hombres fueron los primeros que tuvieron las llaves en la tierra, y luego en el cielo.” Por lo tanto, cuando Juan el Bautista entregó el Sacerdocio Aarónico a José Smith y a Oliver Cowdery, declarando que actuaba bajo la dirección de Pedro, Santiago y Juan, (José Smith–Historia 1:72), podemos suponer que Pedro, Santiago y Juan también actuaron bajo la dirección de algún otro, es decir, Adán o Noé o algún otro individuo autorizado. Lo mismo se aplicaría a aquellos que aparecieron en el Monte de la Transfiguración (ver Mateo 17:1–9), y a todos los que recibieron alguna dispensación.

Adán y Noé no sólo dirigían a otros en la restauración del sacerdocio y de sus llaves, sino que también se aparecieron en ocasiones, con diferentes propósitos. Noé o Gabriel se le apareció a Zacarías, hablándole de su futuro hijo, Juan (Lucas 1:5–23). También le anunció a María su singular privilegio de convertirse en madre del Hijo de Dios (Lucas 1:26–38). Tanto Miguel como Gabriel se encontraban entre aquellos que se presentaron ante José Smith en esta, la dispensación de todos los tiempos. Doctrina y Convenios dan cuenta de las apariciones de los últimos días no solo de Moisés, Elías y Elías el Profeta (ver DyC 110), sino también de Moroni, Juan el Bautista, Pedro, Santiago y Juan y Rafael, y de “diversos ángeles, desde Miguel o Adán, hasta el tiempo actual, todos ellos declarando su dispensación, sus derechos, sus honores, su majestad y gloria, y el poder de su sacerdocio; dando línea sobre línea, precepto sobre precepto, un poco aquí y otro poco allí.” (DyC 128:20–21). Poca sabemos de la mayor parte de estas visitas, salvo que ocurrieron y que sucedieran bajo la dirección de Adán.

 

La coordinación de esferas diferentes

Es interesante contemplar la logística de Adán al coordinar y dirigir los esfuerzos de seres diferentes provenientes de esferas diferentes en estas diversas restauraciones y visitas. Evidentemente, Adán se encontraba en el mundo espiritual posterior a la tierra, desde el momento de su muerte hasta, por lo menos, el momento de la resurrección de Cristo. Puesto que, en un principio, se le dieron las llaves para presidir a los espíritus de todos los hombres, sin duda continuó presidiéndolos aquí. Desde su ubicación en el mundo espiritual post–terrenal, Adán debe haber continuado haciendo todo lo que hizo “bajo el consejo y la dirección del Muy Santo”, lo que significa que estaría en contacto constante con el Salvador. Además, uno de aquellos que fueron enviados a la tierra para restaurar el sacerdocio y sus llaves bajo la dirección de Adán, antes de la primera resurrección, fueron seres transportados, tales como Moisés y Elías. José Smith, hablando de estos seres trasladados, enseñó que “su lugar de residencia es de orden terrestre, un lugar preparado para dichos personajes que él [Dios] mantuvo en reserva para que sean ángeles administradores en muchos planetas, y que aún no habían ingresado en una totalidad tan grande como los que resucitaron de los muertos.” Así, por espacio de tres mil años, Adán, desde su morada y en el mundo espiritual post–terrenal, hubiera estado coordinando los esfuerzos de al menos estas tres esferas de acción. Luego, una vez que la resurrección fue instituida en el meridiano de los tiempos (y sólo Adán pudo haber sido una de las primeras personas, si no la primera, resucitada después de Cristo), la base de operaciones de Adán estaría en cualquier lugar desde donde dichos seres resucitados esperarán que llegue el momento en que esta tierra se convertirá en celestial y en el hogar eterno. Nuevamente, debemos recordar que las llaves del sacerdocio de Adán le pertenecen, desde el mundo premortal, a través de su ministerio mortal, durante el mundo Espiritual post–mortal y hasta la resurrección.

 

Vigilando al diablo

La obsesión del diablo es la de obstruir la obra de Dios, la de “engañar y cegar a los hombres y llevarlos cautivos según la voluntad de él” (Moisés 4:4), la de hacer a todos los hombres “miserables como el” (2 Nefi 2:27), “les hace la guerra a los santos de Dios, y los rodea por todos Iados” (DyC 76:29), que “[os] sellara como cosa suya” y tendrá “todo poder sobre [nosotros] (Alma 34:35). En una visión, Enoc observó que cuando Satanás hacia tenido un éxito transitorio en los días de Noé, “miró hacia arriba y se rio, y sus ángeles se alegraron” (Moisés 7:26). El diablo no tiene poder ilimitado. Como enseñó José Smith:

Los espíritus de los hombres del bien no pueden interferir con los del mal más allá de los límites prescriptos, puesto que Miguel, el Arcángel, no se atrevió a acusar directamente al diablo, pero dijo, “El Señor te regañará, Satanás”.

También parecería, que los espíritus del mal tendrían sus límites, sus restricciones y leyes mediante las cuáles han gobernado o controlado, y que conocen su destino futuro. Por lo tanto, aquellos dijeron a nuestro Salvador: “Vendrás a atormentarnos antes de tiempo,” y cuando Satanás se presentó ante el Señor, entre los hijos de Dios, le dijo que llegaba de “ir y venir de la tierra, y de recorrerla de punta a punta”; y a él se lo denomina príncipe del poder del aire, y es evidente que ellos poseen un poder que nadie más que aquellos que tengan el Sacerdocio podrán controlar.

El Profeta también realizó ésta breve explicación: “El diablo no tiene ningún poder sobre nosotros, a no ser que se lo permitamos. Cuando nos rebelamos ante cualquier cosa que provenga de Dios, el diablo toma el poder.” Aparentemente, podemos evitar, la mayor parte de las veces, ser sometidos por el poder del diablo, siendo obedientes a Dios. No obstante, hay momentos cuando Satanás intenta traspasar sus límites y debe ser vigilado por alguien que ostente más poder que él. Hay tres ocasiones en los registros de las escrituras en que esa persona resulta ser Adán.

Una disputa con el diablo sobre el cuerpo de Moisés

Adán disputó con el diablo sobre el cuerpo de Moisés (Judas 1:9). ¿Por qué? Evidentemente, el diablo insistía en que cuando Moisés muriera, su cuerpo le sería entregado a él. No obstante, Adán regia por sobre el diablo, y Moisés fue trasladado. El Elder Joseph Fielding sugirió que era necesario que Moisés y Elías el profeta fueran preservados de la muerte “porque tenían una misión que cumplir, y debía cumplirse antes de la crucifixión del Hijo de Dios, y no podía hacerse en el Espíritu. Debían tener cuerpos tangibles.” Respecto a la disputa entre Adán y el diablo, El Elder Bruce R. McConkie escribió: “Parece ser, entonces, que Satanás, ansioso por obstruir los propósitos del Señor, se disputaba el cuerpo de Moisés. Esto significa que buscaría la muerte mortal del legislador de Israel de modo de que no tuviera un cuerpo tangible en el cual pudiera venir, junto con Elías, quien también había sido trasladado sin haber probado la muerte, para conferir las llaves del sacerdocio a Pedro, Santiago y Juan.”

Puesto que Moisés no fue el primero en ser trasladado de esta tierra, quizás ésta misma disputa, con los mismos principios, se hayan producido anteriormente

Oposición del Príncipe del Reino de Persia

En Daniel, capítulo 10, hay un relato de un mensajero celestial enviado a Daniel para ayudarlo a comprender su visión de los últimos días. El mensajero le explicó a Daniel que él había sido detenido porque “el príncipe del reino de Persia se me opuso durante veintiún días: pero he aquí Miguel, uno de los principales príncipes, vino para ayudar[le]” (Daniel 10:13). Parecería que el príncipe del rey de Persia era Satanás o uno de sus emisarios, agitando a una nación para que se volviera hostil a la gente del Señor. Miguel acudió para ayudar.

Detectó al diablo cuando apareció como un ángel de luz

En 1842, al recordar a los Santos acerca de algunos de los hechos maravillosos de la restauración del evangelio, José Smith incluyó una experiencia que el mismo tuvo con el diablo y con Miguel en las orillas del rio Susquehanna. El diablo se apareció como un ángel de luz. Y Miguel vino a exponerlo (Ver DyC 128:20). ¿Cuántas otras ocasiones existieron a lo largo de la historia de la tierra en que Lucifer y Miguel se enfrentaron? Es razonable pensar que esto se produjo repetidas veces.

 

Otro Concilio en Adán–ondi–Ahman

Adán mantuvo una reunión importante con su posteridad formada por los justos en Adán–ondi–Ahman tres años antes de morir. Antes de la segunda venida del Señor, Adán convocara otra importante reunión en ese mismo lugar sagrado. Nuevamente, se reunirán los justos y nuevamente aparecerá el Señor. Sin embargo, esta vez, en lugar de predecir “toda lo que le ocurrirá a la posteridad hasta la última generación”, Adán escuchará los informes de su posteridad. Sobre este hecho futuro, José Smith enseñó:

Daniel, en el capítulo décimo, habla sobre el Anciano de Días; se refiere al hombre más antiguo: nuestro padre Adán, Miguel. El reunirá a sus hijos y realizará un consejo con ellos para prepararlos para la llegada del Hijo de Dios. El (Adán) es el padre de la familia humana y preside a los espíritus de todos los hombres, y todos los que han tenido las llaves deberán estar a su lado en este gran consejo. Esto se producirá antes de que algunos de nosotros dejen esta etapa de acción. El Hijo del Hombre está a su lado, y allí recibe gloria y dominio. Adán entrega su mayordomía a Cristo, que fue entregada a él al igual que las llaves de todo el universo, pero mantiene su lugar como cabeza de la familia humana.

Joseph Fielding Smith ha agregado a esto:

Este encuentro de los hijos de Adán, donde los miles, y las decenas de miles se reúnan para el juicio, será uno de los grandes eventos que ha experimentado esta tributada tierra: En esta conferencia, o consejo, todos los que hayan tenido las llaves de la dispensación presentarán un informe de su mayordomía. También lo hará Adán, y luego le entregará Cristo toda la autoridad. Luego Adán será confirmado en su designación como el príncipe sobre su posteridad y se lo instalará oficialmente y coronará eternamente. Luego Cristo será recibido como el Rey de Reyes, y el Señor de Señores. No sabemos cuánto tiempo durará este encuentro, o cuantas sesiones formarán parte de este gran consejo. Basta con saber que es una reunión del Sacerdocio de Dios desde el inicio de esta tierra hasta el presente, en el cual se brindarán informes y todos a los que se les ha otorgado dispensaciones (talentos) declararán sus llaves y sus ministerios e informarán de su mayordomía de acuerdo a la parábola. Serán juzgados porque esta es una reunión de los justos, aquellos que han ostentando o que ostentan las llaves de la autoridad en el Reino de Dios sobre esta tierra. No será el juicio de los viles. Cuando todas las cosas estén preparadas y cada llave y cada autoridad estén en orden con un informe completo y perfecto de la mayordomía de cada hombre, entonces Cristo recibirá estos informes y se instalará como el legítimo Gobernador de esta tierra. Tomará su lugar en este gran consejo por la voz unida de los cientos que, por derecho deI Sacerdocio, estarán reunidos allí. Esto precederá el gran día de la destrucción de los malvados y será la preparación para el Reino Milenario.

En realidad, dicha reunión en Adán–ondi–Ahman será un momento de gran importancia para Adán. Pero el final todavía no llegó. Aún tiene que cumplir con un papel fundamental en la resurrección y en el juicio final y en la batalla final con el diablo y sus ángeles.

 

El papel de Adán en la resurrección y en el juicio

“Más he aquí, de cierto os digo que antes que pase la tierra, Miguel, mi arcángel, sanará su trompeta, y entonces todos los muertos despertarán, porque se abrirán sus sepulcros y saldrán; sí, todos” (DyC 29:26). Fue el Salvador el que venció a la muerte a través de la suya propia y de la resurrección, pero evidentemente las llaves para lograr la resurrección de todos los demás se le dieron a Adán, y él se las entregó a otros. El Presidente Spencer Kimball habló acerca de las llaves de la resurrección en la conferencia general de abril de 1977, tomando una breve cita de Presidente Brigham Young. En dicho discurso, el presidente Young declaró:

Estas personas suponen que nosotros poseemos todos los sacramentos para la vida y la salvación, y la exaltación, y estamos administrando dichos sacramentos. No es así. Paseemos todos los sacramentos que pueden administrarse en la carne, pero existen otros sacramentos y administraciones que deben administrarse más allá de esto mundo. Sé muy bien que preguntarán cuáles son. Mencionaré uno. No hemos, ni podemos recibir aquí, el sacramento y las llaves de la resurrección. Se les entregará a aquellos que han atravesado esta etapa de acción y que han recibido nuevamente sus cuerpos, como ya ha ocurrido en muchas oportunidades, y seguirá ocurriendo del mismo modo. Les entregarán los sacramentos aquellos que ostentan las llaves de la resurrección, para poder salir y resucitar a los Santos, del mismo modo en que recibimos el sacramento del bautismo, se entregarán las llaves de la autoridad para bautizar a otros por la absolución de sus pecados. Este es uno de los sacramentos que aquí no podemos recibir, y hay muchos más.

Qué apropiado es que Adán, quien trajo la muerte al mundo por medio de la Caída, sea el que convoque a su posteridad desde la tumba, para proclamar la resurrección con el sonido de su trompeta. Puesto que todos los muertos no se levantarán al mismo tiempo, algunos de ellos han muerto hace más de cien años, aquella trompeta deberá sonar varias veces hasta que la escuchen todos los hijos de Adán. (DyC 88:94–102).

La resurrección y el juicio son, de algún modo, hechos simultáneos, puesto que “vuestra gloria será aquélla por medio de la cual vuestro cuerpo será vivificado” (DyC 88:28). Pero, además, habrá un relato, luego una alabanza o bien, una afirmación de nuestros lugares en los diversos reinados preparados para albergar a toda la humanidad. Al igual que la resurrección, no cabe duda de que el juicio será un asunto de llaves y delegación. Elder Bruce R. McConkie escribió: “El Anciano de Días, el hombre más anciano y más antiguo de la tierra, Adán nuestro padre, está sentado para juzgar a los justos de su raza.

No debemos olvidar que los Doce Apóstoles del Cordero, que estuvieron junto al Señor en su ministerio en Jerusalén, juzgarán a toda la casa de Israel, refiriéndose al sector que cumplió los mandamientos, ‘y a ningún otro’. (DyC 29:12). En ese gran día habrá una enorme jerarquía de jueces, de quien Adán, bajo Cristo, será el jefe de todos. Esos jueces juzgarán a los justos que se encuentren bajo su jurisdicción, pero el mismo Cristo, personalmente, juzgara a los viles.”

El Profeta José Smith tuvo la visión de una escena tierna del juicio, resaltando el papel de Adán al presentar su justa posteridad a nuestro Padre Celestial y al Salvador, para que estos reciban su recompensa eterna. Heber C. Kimball relata esta visión en su diario: “Allí se encontraba el Padre Adán y les abría la puerta (a los Doce), y a medida que ingresaban, los abrazaba uno por uno y los besaba, y los coronaba ante la presencia de Dios… La impresión que la visión dejó en la mente del Hermano José fue de tal magnitud, que nunca podía cesar su llanto al recordarla.”

Durante un discurso que pronunció en el Tabernáculo de Salt Lake, el Presidente Kimball mencionó la misma visión: “Esto trae a mi mente la visión que tuvo José Smith, cuando vio a Adán abrir la puerta de la Ciudad Celestial y admitir a las personas, una por una. Luego vio al Padre Adán conduciéndolos al trono, uno por uno, cuando fueron coronados Reyes y Sacerdotes de Dios. La mención de este hecho solo tiene la intención de que sus mentes comprendan los principios del orden; pero, de todos modos, se aplicará a todo miembro de la Iglesia.”

 

La batalla del Gran Dios

La resurrección y el juicio continuarán durante los miles de años desde que arribe el Salvador y comience el Milenio. “Y Satanás será atado, aquella serpiente antigua que es llamada el diablo y no será desatado por espacio de mil años. Y entonces quedará suelto por una corta temporada, para poder reunir a sus ejércitos” (DyC 88:110–111).

Tristes, hacia el final de los mil años, estarán aquellos mortales en la tierra que “de nuevo empezarán a negar a su Dios” (DyC 29:22). Sin duda alguna, algunos de ellos formarán parte del ejército que Satanás conforme en ese momento. La otra parte de su ejército estará conformado por todos aquellos espíritus que escogieron seguir a Lucifer. Satanás reunirá a todo aquél que niegue a Dios, cuya mentalidad y fin están descriptos en la revelación moderna: “Aquello que traspasa una ley, y no se rige por la ley, artes procura ser una ley en sí mismo, y dispone permanecer en el pecado, y del todo permanece en el pecado, no puede ser santificado por la ley, ni por la misericordia, la justicia o el juicio. Por tanto, tendrá que permanecer sucio aún.” (DyC 88:35) Satanás y sus “huestes del infierno” vendrán a combatir contra Miguel y sus ejércitos, “incluso las huestes del cielo”. Esta batalla que se producirá al final del Milenio es la batalla final en la guerra que comenzó en el cielo. Se la denomina la “batalla del gran Dios” o la batalla de Dios y Magog. El resultado es seguro. “Y el diablo y sus ejércitos serán arrojados a su propio lugar, para que nunca más tengan poder sobre los santos. Porque Miguel peleará sus batallas, y vencerá al que ambiciona el trono de aquél que sobre él se sienta, si, el Cordero. Esta es la gloria de Dios y los santificados; y nunca más verán la muerte.” (Ver DyC 112–116).

Cuando haya terminado la batalla del gran Dios y todos estén ubicados en sus reinos respectivos, Adán continuará presidiendo a su posteridad durante toda la eternidad.