Moisés 6

 

Los análisis en color verde han sido extraidos del Libro Comentarios de La Perla de Gran Precio, del Sistema Educativo de la Iglesia.

Y aquellos insertados en color marrón del documento Introducción a La Perla de Gran Precio, Guía para Instructores de Institutos.

 

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Relato de Moisés 6

 

CAPÍTULO 6

(de noviembre a diciembre de 1830)

 

Los de la posteridad de Adán llevan un libro de memorias—Los justos de su posteridad predican el arrepentimiento—Dios se revela a Enoc—Enoc predica el evangelio—El plan de salvación se reveló a Adán—Este recibió el bautismo y el sacerdocio.

 

Conceptos claves a analizar:

1. Visualizar la continuidad del evangelio que ha existido en el mundo desde el comienzo; esto es, a pesar de que han habido repetidas apostasías, el Señor ha visto necesario que suficiente verdad permanezca en el mundo para que los hombres buenos y sinceros se motiven para buscar más.

2. Considerar la relación que existió entre Adán y los grandes dirigentes de las dispensaciones del evangelio.

3. Apreciar la gran bendición de tener un testimonio de Jesucristo y que tal cosa es posible pues Dios desea que sus hijos tengan las ventajas de la verdad del evangelio.

4. Darse cuenta que nuestra actual dispensación sigue un modelo de restauración del evangelio que ha ocurrido varias veces como cumplimiento de la proclamación del Señor que el evangelio debe estar en el mundo hasta su fin. Esto debe ayudar a entender la naturaleza de la apostasía, la necesidad de la restauración, y la importancia de las llaves que tenía el Profeta José Smith.

5. Familiarizarse con el llamamiento y misión de Enoc.

6. Ver la lógica de la declaración: “el Hijo de Dios ha expiado el pecado original, por lo que los pecados de los padres no pueden recaer sobre las cabezas de los niños, pues son limpios desde la fundación del mundo”.

7. Alcanzar las mismas conclusiones y testimonio que Enoc deseaba inspirar en sus antiguos oyentes, de que Jesucristo es en verdad el redentor de la humanidad ante el cual todos los corazones deben ceder por causa de su salvación.

8. Obtener una comprensión más clara de la manera en que se enseñó a Adán los medios de redención para sí mismo y su posteridad.

 

Moisés demostró muy dramáticamente el poder de Satanás de persuadir las mentes de los hombres que no escuchan al Señor y sus palabras de tal forma que se alejan más y más siguiendo sus fines egoístas. No era entre los creyentes donde Satanás tenía su más grande influencia sino que entre aquellos que no escuchaban al Señor. Contrastando con el fondo de tal aceptación satánica, éste relato viene como una fresca brisa de aire. El amor de Dios por sus hijos y su gran preocupación por su bienestar se demuestra al mostrar la obra de alguno de los grandes líderes justos que constituyeron un nexo entre Adán y Enoc.

 

1 Y Adán escuchó la voz de Dios, y exhortó a sus hijos a que se arrepintieran.

 

Con cada una de las fibras de su ser a tono con las indicaciones del Santo Espíritu, el cual vino del Padre para guiarle, conducirle y dirigirle acertadamente, Adán escuchó la voz de Dios. Sea por medio de la propia voz de Dios, o por la voz de ángeles enviados desde las cortes de gloria, o por medio de la alentadora e inspiradora influencia del Espíritu Santo, ya desde el mismo principio del mundo el evangelio de Jesucristo fue declarado a los hombres, y éstos fueron amonestados aquí creyeran en el Hijo Unigénito quien fue preparado “desde antes de la fundación del mundo”.

Debemos, de nuevo, que el Evangelio fue proclamado de forma que Adán y sus hijos lo comprendieran, y Adán, obedeciendo la voz y habiendo captado las verdades del evangelio, llamó a sus hijos al arrepentimiento. Adán recordó que un ángel enviado de la presencia de Dios le había aparecido y relatado en detalle los santos propósitos de Dios en cuanto al sacrificio. El ángel le dijo también que todo lo que hiciera lo hiciese en el nombre del Hijo; el visitante celestial dio fin a su comisión divina, diciendo a Adán: “Te arrepentirás e invocarás el nombre del Hijo para siempre jamás” (Moisés 5:6-8).

 

2 Y Adán conoció de nuevo a su esposa, la cual dio a luz un hijo, y él le dio el nombre de Set. Y Adán glorificó el nombre de Dios, porque dijo: Dios me ha designado otra descendencia en vez de Abel, a quien Caín mató.

 

Nacimiento de Set. A Adán y a su esposa, Eva, les nacieron muchos hijos; entre éstos hubo uno a quien llamaron Set. A medida que Set fue creciendo evidenció muchas cualidades que les hizo recordar a Abel, a quien Caín había matado.

Adán vio en Set una persona firme y resuelta en la observancia de los mandamientos de Dios, y por ello alabó al Señor. Adán se regocijó y glorificó el nombre de Dios, pues la fidelidad y las buenas acciones de Set le habían reconfortado. Adán dijo: “Dios me ha dado otra simiente, en lugar de Abel, a quien mató Caín”.

 

Set recibió las llaves de la presidencia que habían estado en posesión de Abel. Es muy posible que luego de la muerte de Abel, Adán y Eva tuvieran más hijos fuera de Set, pero él recibió las llaves del sacerdocio que habían sido de Abel.

Aun cuando no tenemos ninguna escritura específica que nos diga que Set obtuvo las llaves del sacerdocio bajo su padre Adán, podemos tener la insinuación que tal fue el caso en las Enseñanzas del Profeta José Smith. Si Set ofreció un sacrificio aceptable como su hermano Abel, y si Dios se reveló a Set, entonces Set debe haber tenido las llaves mediante las cuales obtenía las revelaciones de Dios (D. y C. 107:18-19). Parece que encontramos a varios patriarcas en los primeros días de la historia de la tierra en posesión de las llaves de la dispensación bajo Adán; aun siendo todos coetáneos, o al menos así lo parece al leer D. y C. 107:41-57. El profeta José Smith indicó que Noé era el segundo después de Adán en lo que ha poder se refiere. El Presidente Wilford Woodruff enseñó que Noé recibió el sacerdocio luego de Adán en la pre-existencia.

 

3 Y Dios se reveló a Set, el cual no fue rebelde, sino que ofreció un sacrificio aceptable, como lo hizo su hermano Abel. Y también a él le nació un hijo, y lo llamó Enós.

 

“A Set le nació un hijo, y le llamó Enós”. Set, igual que su hermano, Abel, ofreció al Señor un sacrificio aceptable, y no fue rebelde en la obediencia de los otros mandamientos que le fueron dados. Dios se reveló a Set, lo cual, por sí solo, es una evidencia de que Set anduvo en santidad delante del Señor, tal como lo había hecho su hermano Abel.

 

4 Entonces empezaron estos hombres a invocar el nombre del Señor, y el Señor los bendijo;

 

Set y su hijo Enós, junto con Adán, comenzaron a invocar el nombre del Señor. Se nota aquí que la relación familiar entre Adán y sus hijos se fortaleció en justicia, al invocar únicamente el nombre del Señor y ofrecer un sacrificio digno y aceptable.

Al abordar en unión a Dios, ellos instituyeron un servicio de adoración, el cual incluía ofrecer sacrificio y oraciones, las que surgieron de corazones firmemente determinados a obedecer al Señor.

Entonces comenzaron estos hombres a invocar el nombre del Señor. Es posible que en la época mencionada en este verso, los hombres comenzaron a adorar al Señor Dios empleando su verdadero nombre, Jehová (ver comentarios sobre el nombre sagrado al final del capítulo 1).

Nota: el empleo del título Jehová se lo atribuye a los historiadores del reino de Judá, los historiadores Jahwisticos. En su historia ellos emplearon el nombre Jehová para el Señor. Los historiadores del Reino del Norte (las tribus que se separaron luego de la muerte de Salomón), emplearon Elohim, como el nombre de Dios, por ello sus escritos se conocieron como el “documento Elohista”. Ambos, el documento Jahwista y el Elohista, fueron escritos poco después de los reinados de David y Salomón, el Elohista, unos 50 años más tarde que el Jahwista. En cuanto al empleo del título Jehová, el documento o historia Jahwista lo utiliza desde el comienzo de la historia, mientras que el denominado documento sacerdotal, dice que el nombre le fue revelado a Moisés recién (Éxodo 6:2-3).

 

5 y se llevaba un libro de memorias, en el cual se escribía en el lenguaje de Adán, porque a cuantos invocaban a Dios les era concedido escribir por el espíritu de inspiración;

6 y poseyendo un lenguaje puro y sin mezcla, enseñaban a sus hijos a leer y a escribir.

 

Vers. 5-6. Fue llevado un libro de memorias. Para que ellos pudieran recordar siempre su glorioso linaje y la bondad de Dios para con sus antepasados, a los hijos de Adán se les enseñó a leer y escribir en el lenguaje de Adán un relato sobre la providencial solicitud de Dios.

Al libro que ellos escribieron, le pusieron como título “Libro de Memorias”. En él escribieron sólo aquellas cosas que recibieron por inspiración. Gracias a Dios de que se han escrito estos registros. No se basaron en la simple tradición o en la traicionera memoria; no quedó esa historia librada a la diluyente influencia de la tradición oral. No fue ligada a corazones enfermos y depravados que podrían corromperla, sino que estos registros fueron escritos por expreso mandato del mismo Dios, y algo de ellos nos han llegado en los escritos de Moisés, que ahora estamos considerando.

 

Vers. 3-6. En los días de Enós los poderes de los discípulos de Cristo aumentaron se dieron cuenta de la importancia de guardar registros de los miembros así como también de historia.

Parece que durante los días de Enós el sacerdocio se extendió más entre los hijos de Adán. El texto dice que los hombres empezaron en aquel día a invocar el nombre del Señor. El texto hebreo nos permite una lectura alternativa que implicaría que los hombres empezaron a designarse por el nombre del Señor en ese día. Puesto que es inconcebible que los hombres nunca hubiesen invocado el nombre del Señor antes de la época de Enós (pues Adán ciertamente lo había hecho), entonces al interpretar lo que esto significa podemos creer que los hombres empezaron a identificarse como los “hijos de Jehová” en aquel día. Esto indica que tal vez hasta ese tiempo no habían tenido ninguna otra designación particular que la de seguidores de la tradición de Adán, en la misma forma en que los cristianos fueron así primeramente llamados en Galacia. Posiblemente una cantidad mayor de hombres que la que servía como líderes religiosos tuvo el privilegio de recibir el sacerdocio y llegar a ser “los hijos de Dios” en esa época. Es significativo que se mencione un “libro de recuerdos” que se guardaba en conexión con “ese mismo sacerdocio” infiriendo que el tomar sobre sí el nombre de Dios o el invocar el nombre de Dios tenía que ver con hombres llamados al sacerdocio.

El poder o conocimiento de leer y escribir es sumamente antiguo y era considerado como un privilegio divino o bendición. Generalmente este privilegio iba unido al sacerdocio. Mientras más comprenda el hombre al Dios que adora, su adoración tendrá más cualidad.

Se consideraba a los idiomas antiguos como un lenguaje de los dioses. Jeroglífico significaba en Egipto “escritura sagrada o divina”, y el antiguo Sánscrito fue primeramente un lenguaje sacerdotal. Se creía que el idioma chino había sido dado a la gente por los dioses. Puesto de nuestro texto indica que la primera Escritura sagrada era en el lenguaje puro de Dios, en esto podemos muy bien tener el precedente de que todos los hombres pudieran creer que su lenguaje, junto con la escritura, había sido dado a ellos por los dioses.

 

7 Ahora bien, este mismo Sacerdocio que existió en el principio, existirá también en el fin del mundo.

 

Este mismo Sacerdocio que fue el principio antes de que se crease la tierra; antes de que se colocasen los fundamentos de la misma, Dios, en su poder y gloria, apartó y santificó sus propósitos era el bienestar de sus hijos. Dios les proveyó abundantemente con su poder y su gracia, y ellos fueron investidos de poder para representarle en la ejecución de todas sus obras. Esta delegación de autoridad para actuar en el nombre de Él, le señala a una persona como un administrador en la tierra de los asuntos del Reino de Dios. Tal autoridad delegada de esa manera, es el Santo Sacerdocio (Abraham 1:2, Alma 13:1-19).

Este mismo Sacerdocio que existió en el principio existirá también en el fin del mundo. No quiere decir esto que el mundo llegará a ser una cosa del pasado, o de que el tiempo lo deteriore, sino que el fin del mundo quiere decir ese tiempo en el cual la tierra habrá alcanzado y cumplido el propósito que Dios tuvo cuando colocó al principio sus fundamentos.

Cuando decimos fin, no se le debe interpretar como el punto más allá del cual la tierra ya no podrá continuar existiendo, un estado concluyente o final, sino una condición donde la contraseña de los hijos de Dios será perfección.

 

8 Adán declaró esta profecía al ser inspirado por el Espíritu Santo, y se guardaba una genealogía de los hijos de Dios. Y éste era el libro de las generaciones de Adán, y decía: El día en que Dios creó al hombre, a semejanza de Dios lo hizo;

9 a imagen de su propio cuerpo, varón y hembra los creó, y los bendijo y les dio a ellos el nombre de Adán, el día en que fueron creados, y llegaron a ser almas vivientes en la tierra sobre el estrado de los pies de Dios.

 

Vers. 8-9. Adán declaró esta profecía…”. La profecía dicha por Adán, la que pronunció en una ocasión cuando todo su ser sintió la inspiración del Espíritu Santo. El espíritu de profecía es el testimonio de Cristo, y vemos que el sacerdocio que él menciona es el Sacerdocio según el orden del Unigénito Hijo de Dios. Existió en el principio del mundo y existirá en el fin de la tierra. Este Sacerdocio no comenzó ni terminará, sino que todas las cosas que son creadas y las que lo serán, serán llevadas a un estado de perfección por obra del Santo Sacerdocio, el cual es el Sacerdocio de Jesucristo.

La tierra fue creada por Cristo. Por medio de Cristo la vida eterna es una dote del hombre. Dios recompensará a todos quienes con corazones firmes acaten sus mandatos, con el gozo de estar a su servicio. Este Sacerdocio del cual estamos hablando ha sido confiado en manos de hombres que viven sobre esta tierra. Por este Sacerdocio todas las cosas hechas son hechas; todas las cosas efectuadas en el nombre de Cristo. El Sacerdocio de Cristo nunca se extinguirá; sus creaciones nunca cesarán.

“Y se conservaba una genealogía de los hijos de Dios”. Ellos llevaron una genealogía de sus antepasados a fin de que los hijos de Dios no olvidarán su glorioso linaje, y que el evangelio de su Hijo fuese recordado por todas las generaciones que les sucedieran. Dicha genealogía comenzó con Adán mismo y registra el hecho de que Dios le creó a su propia imagen, “A semejanza de Dios lo creo”.

Ambos, macho y hembra, fueron creados a su imagen por Dios, y El los bendijo “y llamó su nombre Adán”. No sólo el primer hombre fue llamado así, sino que toda la raza humana que surgió de él, fue así llamada (vers. 1:34).

 

Al comienzo se instruyó a los hombres que todos los hombres había sido creados a imagen del propio cuerpo de Dios. Los primeros días de la existencia del hombre en la mortalidad fueron bendecidos por el hecho de que las llaves del sacerdocio estaban en posesión de hombres que habían recibido el testimonio del Dios viviente ya sea por mi situación personal o por la voz de Adán, que conversaba personalmente con Dios.

Cuando los hombres adoran ídolos o imágenes como ha sucedido en muchas culturas, su servicio se centraba generalmente en su creencia que ellos podrían de alguna manera agradar a sus dioses mediante ofrendas en un altar o ante la imagen del dios. La adoración llegaba a dirigirse en un esfuerzo de agradar al dios -ya sea por medio de ofrendas personales, o por medio de actos de penitencia que se suponía que el dios podía ver y apreciar. Jehová no deseaba esa clase de servicio, y los profetas entendieron que el más grande acto de reverencia y alabanza a Dios sería el de asistirle en la obra de bendecir a sus hijos. Así Moisés le dijo a Israel que no debían hacer ninguna imagen tallada de Dios en semejanza a nada, pues Dios había creado al hombre a su propia imagen y semejanza para representarla quien la tierra. A causa de esto, el hombre debía servir a sus semejantes y amar a su prójimo como a sí mismo. Juan dijo que no podemos amar a Dios a quien no hemos visto si no amamos a nuestro prójimo que ha sido creado a la imagen de Dios. El rey Benjamín dijo que cuando estábamos en el servicio de Dios, debíamos estar en el servicio en otros semejantes (Mosíah 2:17). Éste concepto de adoración es importante pues mientras más ennoblecemos al hombre, más semejante lo hayamos a la imagen de Dios; y mientras más concebimos y apreciamos a Dios en esta luz, mejor será la cualidad del amor a Dios y el servicio a nuestros semejantes.

 

10 Y Adán vivió ciento treinta años, y engendró un hijo a su propia imagen y semejanza, y llamó su nombre Set.

11 Y fueron los días de Adán, después de engendrar a Set, ochocientos años, y engendró muchos hijos e hijas;

 

Vers. 10-11. Adán engendró a Set. A los 130 años de edad, “Adán engendró a un hijo a su propia semejanza, según su propia imagen, y llamó su nombre, Set. Antes de su muerte, 800 años más tarde, Adán llegó a ser padre de muchos hijos e hijas.

Si es que una vez más consideramos la gloriosa descendencia de Israel, la raza escogida, de la cual él fue la cabeza, podemos darnos una idea de qué fue lo que Moisés tuvo en mente cuando dio los nombres y las edades de los patriarcas que vinieron antes del diluvio.

De acuerdo a la computación hebrea son 1656 años los que transcurrieron entre la Creación y el Diluvio. Se han adelantado muchas razones para explicar la gran cantidad de años atribuidos a las vidas de estos videntes y patriarcas, pero ninguna parece satisfactoria. Son 10 los que se enumeran en sucesión directa, siendo la vida más breve de 365 años, y la más prolongada de 969 años. No podemos explicar esta longevidad, por lo tanto pensamos que lo más prudente es dejarla a la soberana voluntad de Dios.

 

Véase:

 

12 y fueron todos los días que Adán vivió novecientos treinta años, y murió.

13 Set vivió ciento cinco años, y engendró a Enós, y profetizó todos sus días y enseñó a su hijo Enós conforme a las vías de Dios; por tanto, Enós también profetizó.

14 Y vivió Set, después de engendrar a Enós, ochocientos siete años, y engendró muchos hijos e hijas.

15 Y los hijos de los hombres eran muchos sobre toda la faz de la tierra. Y en aquellos días Satanás ejercía gran dominio entre los hombres y agitaba sus corazones a la ira; y desde entonces hubo guerras y derramamiento de sangre; y buscando poder, el hombre levantaba su mano en contra de su propio hermano para darle la muerte, por causa de las obras secretas.

16 Y todos los días de Set fueron novecientos doce años, y murió.

 

Vers. 12-16. “Set vivió ciento cinco años, y engendró a Enós”. Set sirvió al Señor, así como lo hizo Adán su padre. Y no como Caín, su hermano, quien se rebeló contra los mandamientos de Dios. Con recto corazón y con paternal afecto, Set transmitió a Enós, su hijo, el glorioso conocimiento de la creación divina.

Durante todos los días de su vida, que fueron muchos, Set profetizó en cuanto a las vías de Dios. Las vías de Dios son las vías del evangelio, y el peso del mensaje de Set descansó sobre la fe en el Hijo Unigénito de Dios y el arrepentimiento del pecado. Todos los profetas, desde Adán hasta José Smith, y aún en nuestros días, han testificado de Cristo y amonestado “que todos los hombres deben venir a Él, o no pueden salvarse” (1 Nefi 13:40).

El mensaje llevado por Set fue continuado por su hijo, Enós, quien también fue profeta y su clamor evangélico de “arrepentíos”, resonó por la tierra hasta sacudirla con sus repercusiones.

En los días de Set, la gente comenzó a multiplicarse y a extenderse por lugares lejanos. A la vez algunos pequeños grupos entre los habitantes del país, que al principio parecieron no tener poder, crecieron en número y empezaron a tratar de dominar injustamente a sus hermanos. Satanás dominó en los corazones y las mentes de los hombres. La guerra y el derrame de sangre asolaron los hogares, tanto los justos como de los injustos, “y el hombre levantaba la mano en contra de su propio hermano, para darle la muerte, por causa de las obras secretas“.

“Y todos los días de Set fueron novecientos veinte años”.

 

17 Enós vivió noventa años, y engendró a Cainán; y Enós y el resto del pueblo de Dios salieron de la tierra que se llamaba Shulón y habitaron en una tierra prometida, a la cual él dio el nombre de su propio hijo, a quien había llamado Cainán;

18 y después de engendrar a Cainán, Enós vivió ochocientos quince años, y engendró muchos hijos e hijas. Y todos los días de Enós fueron novecientos cinco años, y murió.

 

Vers. 17-18. “Y Enós vivió noventa años y engendró a Cainán. Los habitantes de la tierra de Shulón donde vivía Enós, se habían endurecido en la iniquidad. Ellos no procuraron servir al Señor. Ni rendirle ningún tipo de obediencia. Su maldad hizo peligrar las vidas de los justos que moraban entre ellos. Por lo tanto, Enós condujo a los fieles a otra tierra, “al este del mar”, a la que puso el nombre de Cainán, según se llamaba su hijo. En esta nueva tierra que para el pueblo de Enós fue una tierra de promisión, ellos se convirtieron en una nación fuerte cuya justicia la exaltó por sobre los pueblos del país del cual habían huido. Enós vivió otros ochocientos años en este estado santo y feliz, “y todos los días de Enós fueron novecientos cinco años”, y anota el historiador, “y murió”.

 

Véase:

 

19 Cainán vivió setenta años, y engendró a Mahalaleel; y vivió Cainán, después que engendró a Mahalaleel, ochocientos cuarenta años, y engendró hijos e hijas. Y fueron todos los días de Cainán novecientos diez años, y murió.

 

Y Cainán vivió sesenta años y engendró a Mahalaleel. Después de haber engendrado a Mahalaleel, Cainán vivió otros ochocientos cuarenta años, lo cual hizo un total de novecientos diez años cuando murió. El fue también padre de otros hijos e hijas, los cuales junto a Mahalaleel, formaron una generación justa.

 

20 Mahalaleel vivió sesenta y cinco años, y engendró a Jared, y después de engendrar a Jared, vivió ochocientos treinta años, y engendró hijos e hijas. Y fueron todos los días de Mahalaleel ochocientos noventa y cinco años, y murió.

 

Mahalaleel vivió sesenta y cinco años, y engendró a Jared. Mahalaleel, el quinto en la sucesión de patriarcas justos, tuvo sesenta y cinco años cuando nació Jared. Después de engendrar a Jared, él vivió otros ochocientos treinta años, y llegó a ser el padre de otros hijos e hijas. “Todos los días de Mahalaleel fueron ochocientos noventa años”.

 

21 Jared vivió ciento sesenta y dos años, y engendró a Enoc; y vivió Jared ochocientos años después de engendrar a Enoc, y engendró hijos e hijas. Y Jared instruyó a Enoc en todas las vías de Dios.

22 Y ésta es la genealogía de los hijos de Adán, que fue el hijo de Dios, con el cual Dios mismo conversó.

23 Y fueron predicadores de rectitud; y hablaron, profetizaron y exhortaron a todos los hombres, en todas partes, a que se arrepintieran; y se enseñó la fe a los hijos de los hombres.

24 Sucedió, pues, que todos los días de Jared fueron novecientos sesenta y dos años, y murió.

 

Vers. 21-24. Jared vivió ciento sesenta y dos años y engendró a Enoc. Jared, cuya vida se prolongó ochocientos años después del nacimiento de Enoc, enseñó a Enoc, “conforme a todas las vías de Dios”.

En este capítulo seis, hemos visto hasta aquí una sucesión directa del Sacerdocio desde Adán, el primer hombre, hasta Enoc, el séptimo en ser coronado con sus privilegios y poderes preordenados. El orden en que ellos fueron ordenados a esta santa y alta comisión fue, comenzado por el primero, Adán, Set, Enós, Cainán, Mahalaleel, Jared y Enoc. Adán camino y habló con Dios (DyC 107:40-57).

Éstos patriarcas, todos los cuales fueron siervos del altísimo, emplearon sus días en predicar la justicia, profetizando de la venida del Mesías, y exhortando a los hombres de todos los lugares y de todas las posiciones a que se arrepintieran y creyeran en el Unigénito Hijo de Dios, mediante quien vendría la redención.

“Y vino a suceder que todos los días de Jared fueron novecientos sesenta y seis años, y murió”.

 

Véase:

 

25 Y Enoc vivió sesenta y cinco años, y engendró a Matusalén.

 

Y Enoc vivió sesenta y cinco años y engendró a Matusalén. Enoc tuvo sesenta y cinco años cuando le nació un hijo que llegaría a vivir más tiempo que ninguno de los que tenemos noticia, Matusalén, el cual vivió 969 años.

 

Vers. 10-25. Los grandes patriarcas de que se habla en este texto fueron predicadores de justicia y Moisés los empleó para mostrar una cadena del sacerdocio desde Adán hasta el tiempo de Enoc.

Adán, que había conversado personalmente con Dios, pudo testificar inequívocamente a sus hijos que Dios vivía. Aun cuando no todos los hijos de Adán iban a creer el testimonio de su padre, todos los que sí creyeron, llegaron a ser grandes maestros; y el testimonio de que hay un Dios ha penetrado todas las naciones de la tierra. Es un hecho desafortunado que la plenitud de la verdad no haya permanecido en forma constante a través de todas las generaciones; pero de vez en cuando grandes y fieles ministros de la justicia, preordenados para sus llamamientos, han contemplado al Dios viviente y han vuelto a declarar este gran hecho a la humanidad. José Smith vio a Dios y así tuvo un conocimiento personal de la existencia de Dios, por lo tanto, se diferencia de todos los grandes maestros de la cristiandad desde el tiempo de Cristo. La calidad y poder de ese testimonio se verifica por los grandes predicadores de la verdad que fueron atraídos por el Profeta, esto es, Brigham Young, Wilford Woodruff, John Taylor, los hermanos Pratt y otros demasiado numerosos para mencionarles. Estos hombres no tan sólo fueron atraídos por las cosas que José Smith enseñó, sino que recibieron tal inspiración y fe que algunos de ellos obtuvieron un conocimiento personal de la existencia de Dios. Miles de otros han obtenido este conocimiento por el poder del Espíritu Santo y se han regocijado en el mensaje consolador de la salvación.

 

26 Y aconteció que Enoc viajaba por la tierra, entre el pueblo, y mientras viajaba, el Espíritu de Dios descendió del cielo y reposó sobre él.

 

Enoc viajó por la tierra. Mientras Enoc viajaba por la tierra donde vivía, predicando la justicia a todos los que estuvieran al alcance de su voz, y testificándoles del Hijo Unigénito de Dios, quien vendría en el meridiano de los tiempos para expiar por el pecado de Adán, a causa del cual la muerte había entrado en el mundo, “el Espíritu de Dios descendió del cielo, y reposó sobre él”.

 

Posiblemente Enoc había sido llamado en una misión para llamar al arrepentimiento a los incrédulos y estaba así viajando entre el pueblo cuando Dios le habló. Enoc fue ordenado a la edad de veinticinco años (D. y C. 107:48) y fue llamado a predicar en una misión cuando tenía sesenta y cinco años.

 

27 Y oyó una voz del cielo que decía: Enoc, hijo mío, profetiza a los de este pueblo y diles: Arrepentíos, porque así dice el Señor: Estoy enojado contra este pueblo, y mi furiosa ira está encendida en contra de ellos, pues se han endurecido sus corazones, y sus oídos se han entorpecido, y sus ojos no pueden ver lejos;

28 y durante estas muchas generaciones, desde el día en que los creé, se han desviado, y me han negado y buscado sus propios consejos en las tinieblas; y en sus propias abominaciones han ideado el asesinato, y no han guardado los mandamientos que yo di a su padre Adán.

29 Por consiguiente, se han juramentado entre sí, y a causa de sus propios juramentos han traído la muerte sobre sí mismos; y tengo preparado un infierno para ellos, si no se arrepienten;

30 y éste es un decreto que he enviado, de mi propia boca, desde el principio del mundo, desde la fundación de éste; y lo he decretado por boca de mis siervos, tus padres, tal como ha de ser enviado al mundo, hasta sus confines.

 

Vers. 27-30. “Y oyó una voz del Cielo…”. La comisión de oficiar como profeta, le fue dada a Enoc por el mismo Dios cuya voz desde el cielo se dirigió a Enoc diciendo: “Enoc, mi hijo, profetiza a este pueblo, y diles -arrepentíos”. Dios, por su propia voz, dio a Enoc el mandamiento divino de amonestar a los habitantes de la tierra de que les esperaba la destrucción, a menos que escucharan la voz de Dios.

El dueño de esa voz, el Señor Dios Todopoderoso, dijo a Enoc y le comisionó para que dijera al pueblo que El estaba enojado con ellos pues habían endurecido sus corazones como el granito, tenían los oídos ensordecidos por las promesas de Satanás y sus ojos ensordecidos por el resplandor de los caminos de la maldad. No pasaría mucho tiempo antes de que en su furiosa ira les enviara su castigo.

El Señor procedió a explicar a Enoc la razón por la cual su enojo se había inflamado tanto, diciéndole que desde que Él había creado al hombre, éstos habían sido rebeldes. Ellos lo habían negado a Él, su Creador, y sin la luz que viene de su presencia, ellos, ensoberbecidos, se aconsejaron a sí mismos, siguiendo las obras de obscuridad. “En sus abominaciones, ellos han ideado el asesinato”, dijo el Señor, “Y no han guardado los mandamientos que yo di a su padre, Adán”.

En su estado caído no vacilaban en prestar falso juramento. Ellos desechaban la guía del Señor y “han traído la muerte sobre sí mismos; y he preparado un infierno para ellos si no se arrepienten”.

Esto es un decreto… El Señor decretó el terrible fin de quienes no se arrepienten. Fue decretado desde el principio del mundo y vino de la propia voz del Señor y no de ningún otro ser, por lo tanto es absoluto y no puede dejar de cumplirse.

Los decretos del cielo, sea que nos lleguen directamente de Dios o por boca de sus santos siervos, son obligatorios sobre los padres a quienes Él los anunció, y también lo son para sus hijos por todas las generaciones. Porque ellos son “… mis siervos, a quienes he enviado para declararos alegres nuevas” (Helamán 5:29). Es como decir, sus palabras son mis palabras porque “yo soy el que habla” (Éter 4:10; 3 Nefi 20:39).

El decreto que se menciona en estos versos es para todo pueblo, aún hasta el fin de la tierra, lo cual significa para siempre jamás.

 

Los descendientes de Adán habían llegado a ser extremadamente inicuos con la excepción de aquellos que vivían en la tierra de Cainan; y puesto que estaban madurando rápidamente en la iniquidad, el Señor dio a Enoc la misión de llamarles al arrepentimiento.

Sin duda de que se podrían narrar grandes obras de fe respecto a hombres tales como Set, Cainan, Enós, etc., pero Moisés estaba más preocupado por Enoc y se saltó rápidamente hasta su época. Había sido Enoc quien había fundado la antigua ciudad de Sión; y en la misma forma como nuestros líderes de los últimos días estaban preocupados con la construcción de una Sión, Moisés deseo establecer Sión entre los israelitas. El hecho de que las doctrinas de Sión tuvieron lugar entre las enseñanzas de Israel parece evidente por el hecho de que los profetas literarios hablaran de Jerusalén refiriéndose a ella como a Sión.

Enoc se refería a su tierra natal cuando hablaba de Cainan, una tierra de justicia. Cainan es una palabra que significa “unido” en hebreo. Tiene significado connotativo de un domicilio fijo o permanente. Puede ser que Enoc deseaba transmitir la idea de que él había venido de una tierra que había sido el centro fijo de la fe o la residencia de Adán luego que él había sido expulsado del Jardín del Edén. Cainan estando definitivamente identificada con los “padres” o patriarcas, pudo haber sido la sede o centro de los creyentes, tomando su nombre de uno de entre ellos que había sido grande en su época.

 

31 Y cuando Enoc oyó estas palabras, se humilló a tierra ante el Señor, y habló ante él, diciendo: ¿Por qué he hallado gracia ante tu vista, si no soy más que un jovenzuelo, y toda la gente me desprecia, por cuanto soy tardo en el habla; por qué soy tu siervo?

 

“¿Por qué soy tu siervo?” Enoc, con un cierto temor al oír la voz del Señor, pero aún dueño de sí mismo, reconoció su indignidad. Postrándose en la tierra, y luego contestó al llamado del Señor: “¿Por qué es que he hallado gracia en tu vista?” Enoc estuvo perplejo, desconcertado. Lo mismo que Moisés, quien muchos años más tarde fue el dirigente de Israel, era torpe para hablar, y debido a esa deficiencia pocos se asociaron con Enoc, y no tuvo muchos amigos. “No soy más que un mozuelo”, protestó, “y todo el pueblo me desprecia; ¿porque soy tu siervo?” Pero el Señor mira más allá de la apariencia exterior. “El hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero el Señor mira en el corazón” (1 Samuel 16:7).

Hablando del caso del defecto de Enoc para hablar, se registró un incidente similar cuando el Señor le dio a Moisés las señales mediante las cuales probaría a los hijos de Israel que el Señor lo había enviado (Éxodo 4:10-12).

 

32 Y el Señor dijo a Enoc: Ve y haz lo que te he mandado, y ningún hombre te herirá. Abre tu boca y se llenará, y yo te daré poder para expresarte, porque toda carne está en mis manos, y haré conforme bien me parezca.

 

“Ve y haz lo que te he mandado”. A Enoc se le mandó que dejara su problema en manos del Señor, quien enviaría sus bendiciones sobre él. A pesar de la incapacidad de Enoc, el señor le prometió que ningún hombre tendría poder sobre él; que en el Señor, él sería fortalecido, que su habla defectuosa sería respaldada por las palabras del Señor pues mediante el Espíritu de Dios hablaría palabras de sabiduría. “Por consiguiente”, le dijo, “Ve y haz lo que te he mandado”. “Porque toda carne está en mis manos, y haré conforme bien me parezca”.

 

33 Di a este pueblo: Elegid hoy servir a Dios el Señor que os hizo.

 

“Elegid hoy…”. El mandamiento del Señor que Enoc comunicaría a la gente, no era para que ésta lo escuchara y luego lo hiciera a un lado. El edicto imperativo fue “este día”. Fue una orden de importancia inmediata; se refería al aspecto principal de algo muy importante.

Aquí hay una lección que todos podemos aprender. No demorar nuestras ofrendas de gratitud a Dios hasta que sea demasiado tarde, quizás hasta que nuestras espaldas estén encorvadas por el peso de los años. No dejemos que los años sean una razón para disminuir nuestro esfuerzo, sino que sea al revés. Si es que nuestros días de peregrinación sobre esta tierra están finalizando, apresuremos nuestros pasos, no sea que la noche nos sobrevenga y comprobemos que aún no hemos finalizado el viaje. Y a los jóvenes les decimos: no se jactan en la vana ilusión de que mañana servirán al Señor y guardarán sus mandamientos. No, sino que reflexionemos, y digamos como el siervo de Dios de la antigüedad, que desde ahora en adelante, y para siempre, yo serviré al Señor que me creo, y a Él sólo serviré.

 

34 He aquí, mi Espíritu reposa sobre ti; por consiguiente, justificaré todas tus palabras; y las montañas huirán de tu presencia, y los ríos se desviarán de su cauce; y tú permanecerás en mí, y yo en ti; por tanto, anda conmigo.

 

“He aquí, mi Espíritu reposa sobre ti”. Agregando a las muchas bendiciones que le fueron prometidas por el Señor, la voz le anunció a Enoc otros grandes y maravillosos dones. El Espíritu del Señor que vendría sobre él le haría experimentar el gozo que viene como resultado de estar al servicio del Señor. “Yo justificaré todas tus palabras”, significa “en mí todas ellas se cumplirán”. El poder del Sacerdocio poseído por Enoc, sería magnificado dentro de él, hasta el punto de que toda la naturaleza, al mandato de Enoc, se sujetaría a la causa del Señor, aún hasta el punto de que las montañas serían allanadas, y ríos correrían por donde antes era tierra seca.

“Tú permanecerás en mí, y yo en tí” imaginamos que el señor dijo a Enoc, “confía en mí y verás mi salvación. Todos mis propósitos se cumplirán”. En adelante, todas las cosas que hizo Enoc, las hizo con un ojo sencillo a la gloria de Dios, ya que él tuvo constantemente presente su deber hacia Dios, aún cuando ello le costara todo lo que él quería en la vida.

“Por tanto, anda conmigo”. “Andar con Dios“, fue un dicho común entre los orientales y significaba “un trato familiar y constante”. La tradición judía, nos informa que “Enoc camino con Dios” (Génesis 5:22), y sugiere su iniciación en los misterios del universo, y los secretos del pasado y del futuro.

 

35 Y el Señor habló a Enoc y le dijo: Úntate los ojos con barro, y lávatelos, y verás. Y Enoc lo hizo.

36 Y vio los espíritus que Dios había creado; y también vio cosas que el ojo natural no percibe; y desde entonces se esparció este dicho por la tierra: El Señor ha levantado un vidente a su pueblo.

 

Vers. 35-36. “Úntate los ojos con barro”. Un mandamiento sencillo; sin embargo, vemos que en el cumplimiento del más pequeño de los mandamientos de Dios a menudo llegan las más grandes recompensas. Enoc, cumplió gozosamente con las instrucciones dadas por la voz y lleno de gozo “vio los espíritus que Dios había creado”. La vista de Enoc, propia de un hombre mortal, fue inmediatamente cambiada de modo que “el vio cosas que el ojo natural no percibe”. En su visión Enoc vio detrás del velo, y profetizó sobre ello.

La gente se dio cuenta enseguida que el Señor les había enviado un profeta. Al escuchar a Enoc, y que él les denunciaría su maldad. Un fuerte clamor se extendió por el país, “El Señor ha levantado un vidente a su pueblo”.

 

Vers. 34-36. Se llamó y bendijo a Enoc con los poderes de videncia pues él había escuchado el consejo del Señor dado por medio de su padre.

Poca gente ha tenido los poderes conferidos sobre Enoc, se le dio poder para controlar los elementos y para ver cosas desde el comienzo hasta el fin de los tiempos. Se le dio la visión del gran amor de Dios por sus hijos -evidenciado por su llanto por ellos. Fue un predicador poderoso y tenía un testimonio de las escrituras que habían sido guardadas para asistirle en su obra. Las Escrituras tuvieron un rol importante en la preservación de la verdad entre los creyentes.

 

Véase:

 

37 Y sucedió que Enoc salió por la tierra, entre el pueblo, y subía a las colinas y a los lugares altos y clamaba en voz alta, testificando en contra de sus obras; y todos los hombres se ofendían por causa de él.

38 Y salían a escucharlo, en los lugares altos, y decían a los que guardaban las tiendas: Quedaos aquí y cuidad las tiendas mientras vamos allá para ver al vidente, porque profetiza, y hay una cosa extraña en la tierra; ha venido un demente entre nosotros.

 

Vers. 37-38. “Enoc salió… testificando en contra de sus obras”. Obediente al mandamiento del Señor, Enoc salió sin demora a testificar al pueblo sobre sus maldades (vers. 27).

Parándose en los lugares donde la gente le podría oír, especialmente sobre cerros u otros puntos prominentes, él les denunció intrépidamente sus iniquidades. En alta voz, él vehementemente les reprochó sus malas acciones. El acentuó tanto su reprobación que todos sus oyentes se ofendieron. En todas partes la gente estuvo atónita por la forma en que Enoc puntualizaba sus extravíos y sus faltas. Y grandes cantidades de gente salía a escucharlo. Muchos de los pastores y de los que tenían ganado quienes vivían en tiendas, dijeron a los encargados de cuidar las tiendas, “Quedaos aquí, y cuidad las tiendas, mientras vamos allá a ver al vidente”. Un poco curiosos y un poco con temor, deseaban hoy en lo que decía, pues se había extendido el comentario de que “hay una cosa extraña en la tierra; ha venido un demente entre nosotros”. Algunos lo consideraban un loco, otros un salvaje.

 

39 Y aconteció que cuando lo oyeron, ninguno puso las manos en él, porque el temor se apoderó de todos los que lo oían; porque andaba con Dios.

 

“Ninguno puso las manos en él”. Como hemos visto en el versículo anterior, muchos vinieron a ver y escuchar a Enoc. Lo hicieron por diferentes razones. Pero hubo quienes conspiraron en contra de él; vinieron con la intención de apresarle. Pero el Señor estuvo con Enoc, él habló conforme a los dictados del Santo Espíritu. La gente que se había congregado a escuchar a Enoc se dio cuenta inmediatamente de la justicia de sus profecías y de las terribles consecuencias que acarrearía el ignorarlas. Llenos de temor se dieron cuenta del significado de lo que Enoc les estaba diciendo. Los que habían venido para burlarse de él o desprestigiarlo también tuvieron temor. En consecuencia “ninguno puso las manos en él, …porque andaba con Dios”.

Nos hace recordar de un incidente similar que está registrado, acerca del profeta Abinadí (Mosíah 13). Lo mismo que Enoc, Abinadí fue enviado por el Señor para clamar el arrepentimiento a una generación malvada y perversa. Podemos leer el relato de uno de ellos y aplicar sus enseñanzas al otro.

“Y cuando el rey hubo oído estas palabras, dijo a sus sacerdotes: llevaos a este hombre y matadlo; porque, ¿qué tenemos que ver con él? Pues está loco.

“Y avanzaron y trataron de echarse sobre él; mas él los resistió, diciendo;

“No me toquéis, porque Dios los herirá si me echáis mano, porque no comuniqué el mensaje que Dios me mandó; ni tampoco os he dicho lo que pedisteis que dijera; por tanto, Dios no permitirá que yo sea destruido en este momento.

“Mas debo cumplir los mandamientos que Dios me ha mandado; y porque os he dicho la verdad, estáis enojados conmigo. Y más aún, porque he hablado la palabra de Dios, me habéis juzgado de estar loco.

“Y ahora bien, aconteció que después que Abinadí hubo hablado estas palabras, el pueblo del rey Noé no se atrevió a echarle mano, porque el Espíritu del Señor estaba sobre él, y su rostro resplandecía con un brillo extraordinario, aun como el de Moisés en el monte de Sinaí, mientras hablaba con el Señor.

“Y habló Abinadí con poder y autoridad de Dios; y continuó sus palabras, diciendo:

“Vosotros veis que no tenéis poder para matarme; por tanto, concluyo mi mensaje. Sí, y percibo que os hiere hasta el corazón, porque os digo la verdad acerca de vuestras iniquidades.

“Sí, y mis palabras os llenan de maravilla, de asombro y de cólera.

“Mas doy fin a mi mensaje; y entonces no importa a dónde vaya, con tal de que yo sea salvo” (Mosíah 13:1-9).

 

40 Y vino a él un hombre llamado Mahíjah, y le dijo: Dinos claramente quién eres, y de dónde vienes.

 

“Y vino a él un hombre llamado Mahíjah…”. Las palabras de Enoc provocaron una seria deliberación entre la gente. Estaban asombrados de las maravillosas cosas que les había dicho. ¿Quién era el y de dónde venía? Fueron las preguntas que más les inquietaron. Uno de ellos, que seguramente era alguno de sus dirigentes, reunió suficiente coraje como para interpelarle en representación de todos los que allí estaban.

Temerosamente, Mahíjah, pues tal fue su nombre, le preguntó, “Dinos claramente, quién eres y de dónde vienes”.

 

41 Y él les contestó: Vine de la tierra de Cainán, tierra de mis padres, una tierra de rectitud hasta el día de hoy. Mi padre me instruyó en todas las vías de Dios;

 

Enoc, sin vacilación, contestó a la abrupta pregunta de Mahíjah con una sencilla respuesta: “Vine de la tierra de Cainán”.

No debemos confundir esta tierra con la tierra de Canaán, mencionada en el Antiguo Testamento, o con la tierra santa donde Cristo ejerció su ministerio. Estas dos denominaciones se refieren a la misma área. La tierra de Cainán, que se menciona aquí, estuvo en la región oriental de lo que conocemos como la parte norte del continente americano.

La tierra de Cainán fue denominada según el nombre del hijo del Enós, el cuarto de los patriarcas y el bisabuelo de Enoc. Enós, vio que la vida entre el pueblo de Shulón, donde vivía con sus familiares, era una continua lucha entre los justos y los injustos; entre quienes obedecieron los mandamientos de Dios y aquellos que fueron desobedientes. En consecuencia, él condujo a los justos de corazón a una tierra en la cual pudieran adorar a Dios de acuerdo con sus leyes (vers. 17).

En esa tierra prometida, el pueblo de Dios creció hasta formar un poderoso concurso de gente que sirvió a Dios y se esforzó por hacer su voluntad. Allí, sirviendo a Dios, y por lo tanto, sirviéndose mutuamente, y llevando a cabo buenas acciones, ellos se regocijaron en el gran nombre de Dios y en sus obras. El país se exaltó en la justicia.

Enoc le dijo a todos los que allí se habían congregado que en aquella tierra bendita de donde había venido, “mi padre me instruyó en todas las vías de Dios”.

 

42 y aconteció que mientras yo venía de la tierra de Cainán, por el mar del oriente, vi una visión; y he aquí, vi los cielos, y el Señor habló conmigo y me dio un mandamiento; de modo que, por esta causa hablo estas palabras a fin de cumplir el mandamiento.

 

Enoc relata su historia. Plenamente imbuido con las enseñanzas que su padre le había dado acerca de las sendas de Dios, Enoc salió a recorrer la tierra, y en cualquier lugar donde encontraba gente que le escuchaba, él anunciaba los santos propósitos de Dios.

En una ocasión, mientras viajaba desde la tierra de Cainán, su hogar ancestral, tratando de encontrar a las personas de corazón puro, él “vio una visión”, y Enoc describió a Mahíjah, casi en detalle, las maravillosas cosas que vio mientras estuvo en ese glorioso estado. No sólo dio la maravillosa creación que Dios había hecho que se formara, sino que además de ello, dijo Enoc, “El Señor habló conmigo y me dio un mandamiento; de modo que, por esta causa hablo estas palabras a fin de cumplir el mandamiento”.

 

43 Y Enoc continuó sus palabras, diciendo: El Señor que habló conmigo es el Dios del cielo; y es mi Dios y vuestro Dios, y vosotros sois mis hermanos; y ¿por qué os aconsejáis vosotros mismos y negáis al Dios del cielo?

 

“Enoc continuó sus palabras, diciendo…”. Enoc les testificó a quienes le estaban escuchando y también a aquellos que sabrían de esas palabras por medio de quienes ahora le escuchaban, que “el Señor que habló conmigo es el Dios del cielo; y es mi Dios y vuestro Dios, y vosotros sois mis hermanos…”. Enoc proclamó la gran verdad de que el Dios del cielo y de la tierra es el Padre amoroso de todos los hombres, y que el buscar su consejo es parte de la sabiduría.

Nos imaginamos a Enoc diciéndoles, ¿”Porqué os aconsejáis a vosotros mismos, y ponéis vuestra sabiduría por encima de la de un bondadoso y sabio Padre Celestial? ¿No sabéis que vuestra máxima sabiduría es necedad y toda vuestra fuerza es debilidad comparada con la de aquel a quien os estoy anunciando? ¿Porqué negáis su existencia, cuando sabéis de vosotros mismos que Dios se aconseja en sabiduría y en justicia, y en gran misericordia, sobre todas sus obras?” (Alma 30:37; Jacob 4:10; 2 Nefi 9:28; 15:19; 27:27).

 

44 Él hizo los cielos; la tierra es el estrado de sus pies; y suyo es el fundamento de ella. He aquí, él la estableció, y ha traído una hueste de hombres sobre la faz de ella.

 

“Él hizo los cielos…”. Triunfalmente, Enoc exalzó al Altísimo: un glorioso digno de alabanza al creador de los cielos y la tierra salió de los labios de Enoc proclamando el santo nombre de Dios. La tierra es suya, y él puso su fundamento, y por su poder es sostenido. En sabiduría y poder el trajo una hueste de hombres sobre la faz de ella, para que la cultivaran y las subyugaran.

 

45 Y la muerte ha venido sobre nuestros padres; no obstante, los conocemos, y no podemos negar, y conocemos aun el primero de todos, sí, Adán.

 

“Y la muerte ha venido sobre nuestros padres…”. En respuesta a los interrogantes de sus oyentes, Enoc les hizo notar que, aunque la muerte de un ser querido crea ese estado ver alma del cual ha sido dicho que “ningún viajero puede volver” (2 Nefi 1:14), y que nos priva del gozo de tenerlo con nosotros, aún todavía nosotros sabemos que nuestros padres están vivos.

 

46 Porque hemos escrito un libro de memorias entre nosotros, de acuerdo con el modelo dado por el dedo de Dios; y se ha dado en nuestro propio idioma.

 

“Porque hemos escrito un libro de memorias…”. Estas cosas ellos las sabían, porque habían llevado un registro de sus antepasados en su propio idioma, y ese registro, titulado libro de memorias, había sido llevado de acuerdo al modelo dado por “El dedo de Dios”.

La expresión “dedo de Dios”, se emplea en las escrituras y significa el poder, por la presencia, o el propósito de Dios. Nótese que cuando los magos del faraón no pudieron hacer lo mismo que habían hecho Moisés y Aarón, dijeron “esto es el dedo de Dios” (Éxodo 8:19).

 

47 Y al hablar Enoc las palabras de Dios, la gente tembló y no pudo estar en su presencia.

 

“… la gente tembló…”. A pesar de la fiera denuncia que Enoc hizo acerca de las maldades de la gente, y sus terribles predicciones de lo que les iba suceder, Moisés no dice que ellos hicieron caso. En cambio, ellos se llenaron de temblor y temblaron. Se estremecieron de temor y ansiedad. Tan sacudidos se sintieron que cayeron todos al suelo. “La gente… no pudo estar en su presencia”, y algunos se alejaron furtivamente del lugar.

 

48 Y él les dijo: Por motivo de que Adán cayó, nosotros existimos; y por su caída vino la muerte; y somos hechos partícipes de miseria y angustia.

 

“Por motivo de que Adán cayó, …existimos”. Habiendo comenzado a cumplir el mandamiento que Dios le había dado de llamar al pueblo al arrepentimiento, Enoc viajó por la tierra, y repitió la historia de la creación de Adán, el primer hombre, a todos sus escuchas. Asimismo les recordó un hecho que todos conocían muy bien: que a Adán, había seguido una multitud de hombres, quienes poblaron la tierra.

Enoc, continuó su discurso probando la necesidad del arrepentimiento, no sólo para Adán, sino para todos los hombres, debido a que todos los descendientes del primer hombre habían heredado la miseria y las penas de su padre. El les mostró lo necio que era atribuir a Adán todos y cada uno de los pecados y males que son herencia del ser mortal. El les llevó a reconocer en lo íntimo de sus corazones que de no haber sido por la transgresión de Adán ellos no se contarían entre los seres vivientes; ni formarían parte de la “hueste de hombres” que Dios había traído sobre la faz de la tierra.

Siguiendo más adelante, Enoc mencionó que la muerte es la separación del espíritu y el cuerpo mortal. Dicha muerte también vino por motivo de la caída de Adán.

 

49 He aquí, Satanás viene entre los hijos de los hombres, y los tienta para que lo adoren; y los hombres se han vuelto carnales, sensuales y diabólicos, y se hallan desterrados de la presencia de Dios.

 

“… los hombres se han vuelto carnales, sensuales y diabólicos”. Ya en el mismo principio de la vida humana sobre la tierra, cuando Adán y Eva estuvieron en el jardín del Señor, Satanás tumbando su intimidad, con excusas y pretextos, les propuso que si violaban la santa ley de Dios obtendrían un más alto honor y una recompensa más valiosa. Ellos cayeron en la trampa que él les tendió y como consecuencia trajeron al mundo la miseria y el sufrimiento. Ya desde ese tiempo, Satanás planeó hacer lo mismo con toda la posteridad de Adán. Con palabras engañosas y con sofisterías que agradan al orgullo del hombre y satisfacen sus inclinaciones carnales el “los tienta para que le adoren”. Esto es algo cuyo significado no podemos captarlo de inmediato, pero que sin embargo es verdad, de que a Satanás no le importa lo que los hombres creen, con tal de que no crean en Dios y le adoren en el nombre de Jesucristo. Esto fue una verdad en el tiempo de Enoc, así como lo es ahora. El evangelio del Hijo Unigénito de Dios, le fue declarado a Adán y sus hijos por la voz de Dios y la voz de ángeles enviados desde el cielo. Creer en Dios, arrepentirse de los pecados, bautizarse en el agua, y confiar en la gracia de Dios, le fue enseñado al hombre en muchas diferentes maneras.

Satanás se enfurece de sólo escuchar el nombre de Cristo, el es el enemigo jurado del Unigénito; Cristo es el amigo del hombre; Satanás haría cualquier cosa por destruir esa amistad. Por lo tanto él va “entre los hijos de los hombres” procurando hacerles tan miserables como lo es el (Alma 13:1-9). Uno de los recursos más preferidos por Satanás para su propaganda, es tentar a los hombres a que busquen la felicidad cometiendo iniquidades. Su propaganda tuvo alto éxito en engañar a los incautos, que los hombres, “se volvieron carnales, sensuales y diabólicos”, y “están desterrados de la presencia de Dios”. Carnal, significa del cuerpo, o de la carne; sensual, dedicado a los placeres y apetitos de los sentidos, voluptuosos, algunas veces lascivos; diabólico, mostrando características que son propias del diablo. Ser desterrado de la presencia de Dios significa ser privado de su santa palabra, de su sabiduría y de su consejo; ser privado de su guía.

Para que el lector pueda comprender más plenamente la terrible condición en la que el sebo de Satanás ha hecho caer a los hijos de los hombres, luego de citar a Nefi, el hijo de Helamán -ese inigualado profeta de Dios- lo referiremos a una serie de citas de otros grandes hombres, tocantes al tema en cuestión: lo dicho por ellos fue igualmente cierto en el tiempo de Enoc (Helamán 12:4-6).

 

50 Mas Dios ha hecho saber a nuestros padres que es preciso que todos los hombres se arrepientan.

 

“…es preciso que todos los hombres se arrepientan”. Arrepentirse significa enmendar nuestra vida o resolvernos a enmendarla, como resultado del sentimiento de contrición que viene por pecar; dejar de hacer lo que no se debe hacer, y hacer lo que debería hacerse. La doctrina del arrepentimiento es una parte esencial del evangelio, pero el arrepentimiento no es sólo una doctrina. Es la manifestación de la vida nueva de quienes han nacido de nuevo. Es la evidencia real de la resolución de observar los mandamientos de Dios, de ser fiel hasta el fin y certifica de la bondad de las acciones de una persona.

El Señor ha mandado a todos los hombres que se arrepientan. No hay nadie entre nosotros que no necesitan arrepentirse. El arrepentimiento conduce a la puerta (el bautismo) a través de la cual entramos en el reino de Dios. No es opcional para nadie. Es un “debe” para todos. Quien no se arrepienta y se bautice “será condenado” (2 Nefi 9:23-24).

El arrepentimiento no es una decisión de la mente sino una determinación del corazón de ser firme e inmutable en guardar los mandamientos del Señor. La convocatoria a todos los hombres para que se arrepientan ha sido hecha a todos los hombres, por cada uno de los profetas y videntes que ha hablado en el nombre del Señor. En cada dispensación del evangelio, y a toda la gente, le ha sido enseñada la fe en el Señor Jesucristo y el arrepentimiento del pecado. A Adán, el primer hombre, le fue dicho por un ángel: “Todo lo que hagas lo harás en el nombre del Hijo, y te arrepentirás…” (Moisés 5:8). Moisés dice también de Adán, “Adán escuchó la voz de Dios, y exhortó a sus hijos a que se arrepintieran” (Moisés 6:1).

 

51 Y por su propia voz llamó a nuestro padre Adán, diciendo: Yo soy Dios; yo hice el mundo y a los hombres antes que existiesen en la carne.

 

“Yo soy Dios…”. Enoc reiteró a sus oyentes la necedad de su comportamiento al rechazar la santa palabra de Dios, y en forma retrospectiva les señaló cómo Adán había escuchado la voz del Todopoderoso; de aquel que tiene presentes todos los hechos de los hombres; la voz del Padre Eterno, el Dios Sempiterno; el Supremo Hacedor y Legislador de los cielos y de la tierra, el Juez Supremo de los dominios en las alturas y en las cortes abajo, cuya voz le dijo: “yo soy Dios; yo hice el mundo, y a los hombres, antes que fuesen en la carne” (Moisés 3:5).

Por estas palabras, el que se las dijo trató de hacer que el primer hombre comprendiera que Él (Dios) tenía autoridad absoluta; que El está por encima de todas las cosas; que lo que El proclama es la verdad.

Para esa época, Adán todavía vivía, y él mismo estaba predicando el mensaje del evangelio, cuando Enoc, todavía un jovencito, recibió la comisión divina de ir por toda la tierra declarando el arrepentimiento. No nos cabe duda de que Enoc escuchó el relato del glorioso incidente registrado en esta escritura, de la propia boca de Adán. (Adán vivió 930 años, y Enoc nació casi trescientos años antes de la muerte del patriarca; DyC 107:48).

 

52 Y también le dijo: Si te vuelves a mí y escuchas mi voz, y crees y te arrepientes de todas tus transgresiones, y te bautizas en el agua, en el nombre de mi Hijo Unigénito, lleno de gracia y de verdad, el cual es Jesucristo, el único nombre que se dará debajo del cielo mediante el cual vendrá la salvación a los hijos de los hombres, recibirás el don del Espíritu Santo, pidiendo todas las cosas en su nombre, y te será dado cuanto tú pidieres.

 

“Si te vuelves a mí y escuchas mi voz…”. Enoc proclama ahora a la gente las mismas gloriosas verdades que fueron declaradas a Adán por la voz de Dios. En las más hermosas y sencillas palabras, Dios instó a Adán. “Vuélvete a mí, y escucha mi voz, y cree, y arrepiéntete de todas tus transgresiones (Moisés 5:8), y bautízate (Moisés 7:11; 8:24), aún en el agua, en el nombre de mi Hijo Unigénito, quien es lleno de gracia y de verdad (Moisés 1:16-17), quien es Jesucristo (Moisés 7:50; 8:24), el único nombre debajo de los cielos por el cual la salvación vendrá a los hijos de los hombres (Moisés 5:8), y recibirás el don del Espíritu Santo (Moisés 1:24) pidiendo todas las cosas en su nombre (de Cristo), y todo lo que pidas te será dado”.

(2 Nefi 25:20; Mosíah 3:17; 5:8; DyC 76:1; Jacob 4:6; 3 Nefi 7:19-20; 19:6, 8; 26:17-21; 28:30; 4 Nefi 5; Mormón 9:6; 9:27; Éter 5:5).

En lo antes citado se manifiesta la sempiterna verdad de que el evangelio de Cristo en su pureza fue proclamado en los días de los patriarcas quienes lo comprendieron, tal como actualmente nosotros lo estamos aprendiendo en su plenitud.

 

Adán no entendió al comienzo por qué todos los hombres debían bautizarse puesto que había sido él quien había traído la caída sobre el hombre Dios le dijo que la transgresión del Jardín del Edén había sido ya perdonada, pero le explicó que a través de la Caída se había introducido al mundo un ambiente de pecado; por lo tanto, en la misma manera como todos son afectados por el ambiente, todos deben ser limpiados por medio de Cristo o no pueden entrar al reino de los cielos.

Algunos han argumentado que Dios les dio mandamientos conflictivos a Adán y Eva. Enoc arroja considerable luz sobre este tema. Si Dios se hubiera propuesto que su advertencia sobre los efectos dañinos del fruto del árbol del conocimiento del bien y el mal, inhibiera a Adán, entonces podríamos considerar culpable a Adán de mala conducta que requiriera su arrepentimiento. En la forma en que ocurrió, sin embargo, cuando Adán asumió que Dios esperaba que todos los hombres bautizaran como resultado de su transgresión (Moisés 6:52-53), el Señor respondió que la transgresión del jardín ya había sido perdonada. Al ser perdonada, entonces no se podía esperar ningún castigo que fuera impuesto sobre Adán o su posteridad, sino que tan sólo arrepentirse de sus propios pecados.

Esto ciertamente está de acuerdo con las enseñanzas del Libro de Mormón que la caída de Adán fue parte de un gran plan de misericordia y salvación, pues por ello llegó a ser el hombre. La advertencia de Dios, sin embargo fue vindicada puesto que Adán y su posteridad sufrieron y sufren la muerte, siendo aislados de la presencia de Dios.

 

53 Y nuestro padre Adán habló al Señor, y dijo: ¿Por qué es necesario que los hombres se arrepientan y se bauticen en el agua? Y el Señor le contestó: He aquí, te he perdonado tu transgresión en el Jardín de Edén.

 

“Y nuestro padre Adán habló al Señor”. Durante la conversación entre el Señor y nuestro padre Adán, parece que nuestro primer padre estuvo algo confundido o perplejo, debido a su falta de experiencia. No que él dudó de la sabiduría de su Creador al mandarle que se bautizara, sino que Adán exhibe aquí una de las características del verdadero creyente, de un Santo, de un cristiano. Abraham procuró saber y comprender su ¿Por qué? No fue con un espíritu de rebelión ni aún de oposición. Evidencia en Adán un alto grado de inteligencia, un deseo de obtener la verdad y luz. El Señor Dios, desea que su pueblo obedezca sus mandamientos, pero no ciegamente. Los antiguos hermanos hebreos solían decir “aprende y adquiere entendimiento”. Además consideraban verdad que, “hay un espíritu en el hombre, y la inspiración del Todopoderoso le da entendimiento” (Job 32:8).

Entendimiento es luz. Imaginamos que su mente estuvo impregnada con este concepto: “Tu palabra es lámpara a mis pies, y luz en mi sendero” (Salmos 119:105). Por lo tanto, Adán presto para aprender, buscó una explicación para el bautismo. El señor se apresuró a contestar esa pregunta. “He aquí, yo he perdonado tu transgresión en el Jardín de Edén”, o, en otras palabras, imaginamos al señor diciendo: “El bautismo es para la remisión del pecado”.

 

54 De allí que se extendió entre el pueblo el dicho: Que el Hijo de Dios ha expiado la transgresión original, por lo que los pecados de los padres no pueden recaer sobre la cabeza de los niños, porque éstos son limpios desde la fundación del mundo.

 

“…el Hijo de Dios ha expiado la transgresión original”. No tenemos por qué asombrarnos, pero el caso es que la gente en los días de los patriarcas entendió el evangelio en sus más amplios aspectos. Los padres de la raza humana caminaron y hablaron con Dios. Ángeles de las cortes celestiales (de las cortes de gloria) les aconsejaron. El camino ante ellos fue iluminado por revelaciones de lo alto. Para ellos fue una realidad el propósito de la expiación de Cristo, y comprendieron plenamente su significado. Hablando en términos que conocemos como pasado profético, la expiación efectuó una reparación satisfactoria de la transgresión de Adán, una justa reconciliación entre Dios y el hombre, por intermedio de Cristo. Quitó de sobre la cabeza de los niños pequeños, que son incapaces de pecar, toda culpabilidad, o cualquier tipo de reproche por motivo del pecado de sus padres. Ellos entendieron bien que los niños pequeños, viven en Cristo, es decir, reciben la plenitud de su gracia redentora (Mosíah 3:20-21; 15:25; Moroni 8:8).

 

55 Y el Señor habló a Adán, diciendo: Por cuanto se conciben tus hijos en pecado, de igual manera, cuando empiezan a crecer, el pecado nace en sus corazones, y prueban lo amargo para saber apreciar lo bueno.

56 Y les es concedido discernir el bien del mal; de modo que, son sus propios agentes, y otra ley y mandamiento te he dado.

 

Vers. 55-56. “Por cuanto se conciben tus hijos en pecado… otra ley y mandamiento te he dado”. Esto no debe interpretarse como queriendo decir que cada hijo de Dios nace con una mancha sobre sí, sino que puntualiza las condiciones que reinan en el mundo como consecuencia de la transgresión de Adán.

“El concepto ortodoxo en cuanto a la condición de los niños pequeños, es que ellos son completamente depravados desde el primer momento de su existencia; que están contaminados por el pecado, y por ello, si mueren antes de ser bautizados, ellos irán a la destrucción como propiedad del príncipe de las regiones inferiores. En cuanto un niño es capaz de actuar moralmente, dicen ellos, ya la evidencia de un carácter moral pervertido, manifestándose en muestras de ira, malicia, egoísmo, envidia, orgullo, etc. ellos nacen el pecado, y comienzan su vida como pecadores.

“En contra de esta ominosa concepción del estado de un infante, la revelación registrada en la sección 93 de Doctrina y Convenios, establece que el espíritu del hombre viene inocente al mundo, redimido de la caída de Adán mediante la expiación del Salvador. Es cierto que hay ciertas consecuencias de la Caída que perdurarán hasta que el paraíso sea restaurado en su primitiva gloria. Pero el infante viene al mundo tan inocente y puro como nuestros primeros padres vinieron. Sin embargo, tan pronto como los niños comienzan a tomar conciencia de su propia existencia y de la existencia del mundo que les rodea, el adversario trata de privarles de la luz y la verdad, sembrando en ellos el espíritu de desobediencia. Así es como el pecado entra en la vida de cada persona, o ser humano, igual como sucedió con Adán y Eva en el Jardín de Edén. Por lo tanto, los padres deberían combatir con el adversario desde el primer momento, disputándole el dominio sobre sus hijos, lográndolo por criarlos en la luz y la verdad (Janne M. Sjodahl, “Comentarios de Doctrina y Convenios”).

El pecado nace en sus corazones. A medida que los niños crecen, con el pasar de los años, participan más y más de la abundancia de la tierra mientras que se van olvidando de aquel que ha dado todas las cosas. Endurecen sus corazones, y no pasa mucho tiempo antes que las exigencias de la carne con juran en sus corazones todos los pecados que el poder maligno puede sugerir o que la ingenuidad humana puede idear. “Ellos buscaron la felicidad en la maldad”. En esto ellos se equivocaron, “Porque la maldad nunca fue felicidad” (Alma 41:10), sino una amarga mezcla de temblor, temor y lágrimas. Nosotros no apreciamos el valor que tiene lo bueno, hasta que gustamos lo amargo.

Les es dado el bien y el mal. El Señor ha dotado a sus hijos con el poder del razonamiento para distinguir entre lo justo de lo injusto, y con la libertad para elegir lo bueno o lo malo. Ha puesto a nuestro alcance la abundancia de la tierra y nos ha indicado que hagamos su voluntad. Todo lo que Él nos pide es que por encima de las efímeras cosas del mundo, busquemos a aquel que está cerca de los de manso corazón.

Por esa razón y para que podamos tener esperanza, Él ha dado a la humanidad la ley del arrepentimiento, la que nos manda que obedezcamos. El Señor no desea la muerte del pecador, sino que el transgresor viva y se vuelva a Él. Es por eso que dio la ley mencionada. Repetimos: “esa ley es arrepentimiento”, y como hemos indicado, el Señor manda que todos los hombres se arrepientan.

 

Véase:

 

57 Enséñalo, pues, a tus hijos, que es preciso que todos los hombres, en todas partes, se arrepientan, o de ninguna manera heredarán el reino de Dios, porque ninguna cosa inmunda puede morar allí, ni morar en su presencia; porque en el lenguaje de Adán, su nombre es Hombre de Santidad, y el nombre de su Unigénito es el Hijo del Hombre, sí, Jesucristo, un justo Juez que vendrá en el meridiano de los tiempos.

58 Por tanto, te doy el mandamiento de enseñar estas cosas sin reserva a tus hijos, diciendo:

 

Vers. 57-58. “Enséñalo, pues, a tus hijos, que es preciso que todos los hombres, en todas partes, se arrepientan”. Aún desde tan antiguo como los días de los patriarcas, le fue impuesto los hombres un encargo divino; de que ellos enseñaran a sus hijos que “… es preciso que todos los hombres, en todas partes, se arrepientan, o de ninguna manera heredarán el reino de Dios”. Si es que leemos correctamente, esto es un mandamiento, y recordamos: “Tu palabra, oh Dios, es mi mandamiento”. Fue obligatoria para ellos, así como lo es para nosotros. Los requisitos del evangelio son los mismos para todas las generaciones en cada dispensación. Los niños de hoy serán los poseedores del Sacerdocio de mañana. Deben ser enseñados correctamente. Una vida de pureza y santidad, de devoción y de lealtad, se desarrolla como resultado de la enseñanza y la educación que los padres les han dado desde su infancia. El Señor ha dicho en esta generación, por medio del profeta José Smith: “Yo os he mandado a criar a vuestros hijos en la luz y la verdad” (DyC 93:40).

En el famoso éxodo de Egipto, los hijos de Israel recibieron este mismo mandato. Al instruirlos en cuanto a las cosas que acontecerían, Moisés les dice: “Escucha, oh Israel, Jehová nuestro Dios, Jehová uno es: y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma y con todo tu poder. Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón: y las repetirás a tus hijos…” (Deut. 6:4-7).

El arrepentirse y bautizarse es un testimonio ante Dios de que el arrepentido verdaderamente es penitente en su corazón, y que desde ese momento y para siempre servirá a su Hacedor y guardara sus mandamientos. Si verdaderamente ha cumplido con los requisitos de la sagrada ordenanza y cumplido con todas sus obligaciones, los pecados le son perdonados. El entonces están puro e inocente como lo fueron Adán y Eva antes de la tragedia en el Edén. Tal santo -porque eso es lo que es- entonces es heredero legítimo de un lugar en el Reino de Dios, y entrará allí limpio y libre de los pecados del mundo. Pero debemos recordar que el bautismo por sí solo no salvará. La condición estipulada es expresada en forma clara y definida: “Y persevera hasta el fin”. Las ordenanzas por sí solas no salvan. Uno podría bautizarse muchas veces y aún no salvarse en el Reino de Dios.

Ninguna cosa inmunda puede morar en su presencia. En este punto, requerimos los comentarios de algunos de los más dignos nefitas antiguos:

“Recuerda, pues, oh hombre, que por todos tus hechos, serás llamado a juicio.

Por lo que, si habéis seguido lo malo en los días de vuestro prueba, seréis declarados impuros ante el tribunal de Dios; y ninguna cosa inmunda puede habitar con Dios; así que tendréis que ser desechados para siempre.

Y el espíritu Santo me da autoridad para que declare estas cosas y no las niegue” (1 Nefi 10:20-22).

“Pero he aquí, os digo que el reino de Dios no es inmundo, y que ninguna cosa impura puede entrar en él; de modo que es necesario que haya un lugar de inmundicia para lo que es inmundo.

Y se ha preparado un lugar; sí, aquel infierno horroroso del que he hablado, cuya fundación es el diablo. Por tanto, el estado final de las almas de los hombres es habitar en el reino de Dios, o ser arrojados de él, o razón de eso a que me he referido” (1 Nefi 15:34-35).

“Y no habita en templos impuros; y ni la sociedad ni cosa inmunda alguna pueden ser recibidas en el reino de Dios; por tanto, os digo que vendrá el tiempo, sí, será en el postrer día, cuando el que es inmundo permanecerá en su inmundicia” (Alma 7:21).

“Y te vuelvo a decir que no puede salvarlos en sus pecados; y yo no puedo negar su palabra, pues él ha dicho que nada inmundo puede heredar el reino del cielo; por tanto, ¿Cómo podéis salvaros sino heredáis el reino de los cielos? De modo que no podéis salvaros en vuestros pecados” (Alma 11:37).

“Mas he aquí, habéis despreciado la verdad y os habéis rebelado contra vuestros Santo Dios; y aún hoy mismo, en lugar de haceros tesoros en los cielos, donde nada se corrompe, y donde no entra nada impuro, os estáis acumulando ira para el día del juicio”.

 

Vers. 53-58. Cristo rompió las ligaduras de la muerte para todos los hombres, pero todos los hombres son puestos a tono con Dios por medio de la vida, enseñanzas y expiación de Cristo.

Cada persona que nace en el mundo de la mortalidad es llevada a un nivel de contacto íntimo con la realidad de la oposición en todas las cosas. Todos prueban la parte amarga de la vida para que puedan apreciar lo dulce. Esto es lo que el Señor quiso decir cuando le dijo a Adán de que sus hijos eran concebidos en pecado, esto es, en un mundo pecador o un mundo en que el pecado es una parte común de la vida a causa de las demandas de la supervivencia que ningún hombre puede escapar las trampas. Todos deben ser renovados interiormente por medio de un conocimiento de la relación adecuada entre la ley, la obediencia, la pureza, el hombre y Dios.

Una de las más grandes verdades que una persona puede llegar a entender es la de la responsabilidad personal. Si nos damos cuenta de que somos lo que somos a causa de que nos hemos hecho así, y si no nos gusta lo que encontramos en nosotros, entonces sabremos que solamente nosotros mismos, podemos cambiar los hechos y hacernos diferentes. Alma explicó esto a su hijo Coriantón, diciendo:

“Y si sus obras son malas, les serán restituidas para mal. Por tanto, todas las cosas serán restablecidas a su propio orden; todo a su forma natural —la mortalidad levantada en inmortalidad; la corrupción en incorrupción— levantado a una felicidad sin fin para heredar el reino de Dios, o a una miseria interminable para heredar el reino del diablo; uno por una parte y otro por la otra;

“uno levantado a la dicha, de acuerdo con sus deseos de felicidad, o a lo bueno, según sus deseos del bien; y el otro al mal, según sus deseos de maldad; porque así como ha deseado hacer mal todo el día, así recibirá su recompensa de maldad cuando venga la noche.

“Y así sucede por la otra parte. Si se ha arrepentido de sus pecados y ha deseado la rectitud hasta el fin de sus días, de igual manera será recompensado en rectitud.

“Éstos son los redimidos del Señor; sí, los que son librados, los que son rescatados de esa interminable noche de tinieblas, y así se sostienen o caen; pues he aquí, son sus propios jueces, ya para obrar el bien o para obrar el mal” (Alma 41:4-7).

Como un hombre siembra, aún así cosecha los frutos de su siembra. Satanás tiene en verdad un maravilloso poder para engañar las mentes de los hombres haciendo que piensen que pueden vivir en desarmonía con el espíritu de los mandamientos de Dios y que en alguna manera misteriosa todo estará bien con ellos y que podrán disfrutar de la asociación de los justos en la eternidad. Algunos piensan que serán azotados con algunos latigazos y que entonces se les investirá con las bendiciones de los justos. Esa es una locura total, pues todo el castigo de las eternidades no podían acercar a un hombre al círculo de la asociación de Dios; sin embargo, como lo expresó Heber C. Kimball, puede ser estregado y mezclado hasta que llega el punto de su misión donde él pueda empezar a aprender las leyes necesarias para esa clase de asociación.

 

59 Que por causa de la transgresión viene la caída, la cual trae la muerte; y como habéis nacido en el mundo mediante el agua, y la sangre, y el espíritu que yo he hecho, y así del polvo habéis llegado a ser alma viviente, así igualmente tendréis que nacer otra vez en el reino de los cielos, del agua y del Espíritu, y ser purificados por sangre, a saber, la sangre de mi Unigénito, para que seáis santificados de todo pecado y gocéis de las palabras de vida eterna en este mundo, y la vida eterna en el mundo venidero, sí, gloria inmortal;

60 porque por el agua guardáis el mandamiento; por el Espíritu sois justificados; y por la sangre sois santificados;

61 de manera que se da para que permanezca en vosotros; el testimonio del cielo; el Consolador; las cosas pacíficas de la gloria inmortal; la verdad de todas las cosas; lo que vivifica todas las cosas; lo que conoce todas las cosas y tiene todo poder de acuerdo con la sabiduría, la misericordia, verdad, justicia y juicio.

 

Vers. 59-61. “Porque por el agua guardáis el mandamiento; por el Espíritu sois justificados, y por la sangre sois santificados”. Por motivo de haber Adán y Eva transgredido la santa ley de Dios y participado del fruto prohibido, ellos cayeron de las exaltadas alturas de la bienaventuranza celestial, al ámbito de la mortalidad terrenal, en donde su porción fue la aflicción y el sufrimiento, y la muerte la penalidad prescrita a causa de su desobediencia. Sin embargo, del mismo mal, Dios continuamente extrae el bien. En el caso de la Caída, que trajo la muerte a toda la humanidad, El desarrolló para beneficio de toda la humanidad, el plan de vida y salvación.

Lo que es el plan, y las bendiciones adjudicadas a la obediencia del mismo, se aclaran en estos versos, en los que el Señor, el mismo Dios, le explica a Adán sus requisitos y los consiguientes beneficios.

Ya al nacer uno al mundo, la entrada al mismo es hecho posible por el agua y la sangre que provienen de la madre, y que nutren al ser que aún no ha nacido, el cual, junto con el espíritu que han sido creado antes por Dios, “del polvo de la tierra se convierte en un alma viviente”, del mismo modo, el plan de salvación de Dios provee que sus hijos deben entrar a la vida eterna, o al reino de Dios en una forma similar a la que entran en la vida terrenal. “Aún así, tendréis que nacer otra vez en el reino de Dios, del agua y del espíritu, y ser purificados por sangre, aún la sangre de mi Unigénito”. ¿Con qué fin? Con el fin de que sus hijos puedan ser liberados de los efectos de todo pecado, y ser hechos santos para su Padre que está en los cielos. El señor lo explica así en sus propias palabras: “Para que seáis santificados de todo pecado y gocéis de las palabras de vida eterna en este mundo, y la vida eterna en el mundo venidero, sí, gloria inmortal; porque por el agua guardáis el mandamiento, por el Espíritu sois justificados, y por la sangre sois santificados”.

Aquí se hace la promesa a los fieles en Cristo de que “el Espíritu Santo, el Consolador, el que registra las cosas celestiales y la gloria inmortal, el abastecedor de paz” -el más precioso de los dones de Dios- “morará en vosotros”. Y mediante él, porque El conoce todas las cosas y En el todas las cosas son vivificadas, será manifestada la verdad de todas las cosas. Los justos serán investidos de gracia celestial, y a los que son santificados en la sangre de Cristo les era manifestado todo poder “de acuerdo con la sabiduría, la misericordia, la verdad, la justicia y el juicio”.

 

62 Y ahora bien, he aquí, ahora te digo: Éste es el plan de salvación para todos los hombres, mediante la sangre de mi Unigénito, el cual vendrá en el meridiano de los tiempos.

63 Y he aquí, todas las cosas tienen su semejanza, y se han creado y hecho todas las cosas para que den testimonio de mí; tanto las que son temporales, como las que son espirituales; cosas que hay arriba en los cielos, cosas que están sobre la tierra, cosas que están en la tierra y cosas que están debajo de la tierra, tanto arriba como abajo; todas las cosas testifican de mí.

 

Vers. 62-63. “Éste es el plan de salvación”. En estos versículos tenemos registrado el testimonio personal de Dios mismo de que el plan de salvación es para todos los hombres. “Mediante la sangre de mi Unigénito, quien vendrá en el meridiano de los tiempos”. No sólo eso, sino que Dios declara por su propia voz que aquellos quienes por el Santo Espíritu son justificados para remisión de sus pecados, y “son nacidos de nuevo” y son santificados por creer en “la sangre” de Cristo, gozarán de “vida eterna en el mundo venidero, aún gloria inmortal”.

Y se han creado y hecho todas las cosas para que den testimonio de mí. Al considerar este versículo nos hace recordar las palabras del rey David, el salmista, “Oh Señor, nuestro Dios, cuán glorioso es tu nombre en toda la tierra, que has puesto tu gloria sobre los cielos. Cuando veo tus cielos, obra tu de tus manos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas que él memoria, y el hijo del hombre para que lo visites?… Oh, Jehová, Señor nuestro ¡cuán grande es tu nombre en toda la tierra!” (Salmos 8). Y también una oración que los judíos ofrecen en sus asambleas públicas: “¡Cuán múltiples son tus obras, oh Señor! En tu sabiduría las has creado todas; la tierra está llena de las riquezas de tu abundancia.

“Desde donde nace el sol hasta donde se pone, es alabado el nombre del Señor.

“Con El están la sabiduría y el poder. El tiene el consejo y el entendimiento.

“Los cielos son del Señor, la tierra también, y todo lo que en ella hay.

“El hizo las grandes luminarias, el sol para señorear el día, la luna para señorear la noche.

“El mandó, y ellos fueron creados, El dio una ley que ellos no pueden traspasar.

“El cubrió los cielos con nubes, y preparó lluvia para la tierra. Hizo crecer el pasto para el ganado y la hierba para provecho del hombre.

“Para que saque el pan de la tierra, y el vino que alegra el corazón del hombre.

“El hombre sale a su trabajo, y a su labor hasta la tarde. Dios gobierna el orgulloso oleaje del mar; cuando las olas de él se levantan, Él las calma. El dijo hasta aquí llegarán, pero no más allá; y allí se detendrán sus orgullosas olas.

“El Dios Sempiterno estableció los fundamentos del mundo; El puso su piedra angular.

“El Creador de los extremos de la tierra no desfallece, ni se cansa El; su discernimiento todo lo penetra.

“El camino del Señor es perfecto, su palabra es fidedigna, su consejo permanece para siempre.

“El Señor vive. Exaltado sea el Dios de mi salvación”.

Al alabar a Dios con estos versos inspirados, nos sentimos constreñidos a citar parte del Salmo 36. “Jehová, hasta los cielos es tu misericordia; hasta las nubes alcanza tu fidelidad. Tu justicia como las grandes montañas, sus juicios como el gran abismo; oh, Jehová, al hombre y a la bestia conservas. ¡Cuán ilustre, oh Dios, su misericordia! Y los hijos de los hombres se refugian bajo tus alas. Se embriagan en la grosura de tu casa; y tú los abrevas en el torrente de tus delicias. Porque contigo está el manantial de la vida; en Toulouse veremos la luz. Oh, continúa extendiendo tu misericordia a los que te conocen, y tu justicia a los rectos de corazón”.

Ciertamente se han creado todas las cosas para que den testimonio de Él. Si fuera que hubiésemos llegado a la conclusión: “Dios no existe”, seríamos los más miserables de todos los hombres, dignos de la más profunda compasión. No podríamos descansar en nuestra indagación para ver, si por ventura, le podríamos encontrar. Ascenderíamos a todas las alturas; descenderíamos a los abismos; buscaríamos en cada acre del globo, a ver si encontramos escrito en forma indeleble: “Hay un Dios”. El versículo 63 es un himno de gozo, un glorioso digno de alabanza a Dios. En él se hace a la Creación glorificarle y magnificar su santo nombre. Todas las cosas son creadas para que den testimonio de su bondad y su grandeza, tanto las temporales como las espirituales; “cosas que están arriba en los cielos, y cosas que están sobre la tierra, y cosas que están en la tierra, y cosas que están debajo de la tierra, tanto arriba como debajo de ella: todas las cosas dan testimonio de Él”.

Ver el sol, o la luna, o las estrellas, cualquiera de ellos, “que ruedan sobre sus alas en su gloria” (DyC 88:45), es ver el poder y la majestad de Dios. El salmista los llama “la vestidura y el ropaje” del Todopoderoso, o sea el manto real y la corona, por las cuales se hace visible su majestad al hombre mortal.

Verdaderamente: “los cielos declaran la obra de Dios; y el firmamento la obra de sus manos” (Salmos 19. La tierra, también es un memorial a su nombre).

 

Todas las cosas dadas por Dios tienen por intención enseñar a la humanidad de Dios y dar testimonio de El.

Si deseamos acercarnos a Dios o estar a tono con El, sería bueno considerar un consejo del élder Heber C. Kimball que dijo:

“Si habéis de ser salvos, debéis tomar un curso que os aproxime al trono de Dios; ¿y como os podéis acercar al trono de Dios a menos que os acerquéis a aquellos hombres que han sido puestos como sus representantes aquí en la tierra? Los mismos principios, el mismo orden, el mismo Sacerdocio, los mismos dones y los mismos poderes están instituidos, establecidos y organizados en nuestra época como lo estaban en los días de Jesús, y la única razón que impide a la gente verlo son sus tradiciones; un velo de obscuridad cubre sus mentes y no lo pueden ver”.

Es ridículo en verdad decir que podemos amar al Señor y no aprendemos primeramente a amar aquellos a quienes ha llamado como nuestros líderes. Aún cuando no se nos pide tener una fe ciega incuestionable hacia nuestros mentores espirituales, se nos advierte solemnemente que no debemos llamar aquellas cosas que son buenas y de Dios como del maligno. El acto y espíritu de apostasía está en rechazar la autoridad de los siervos de Dios.

Todas las cosas son hechas para dar testimonio de Dios. Las ordenanzas son algunas de las más interesantes herramientas de enseñanza. El Señor no inventó de mala gana una rutina que nos mantuviera ocupados para evidenciar nuestra disposición a obedecer. En el bautismo, la muerte del antiguo hombre pecador y la resurrección a una nueva vida por medio de la fe en Cristo están hermosamente simbolizados. En la imposición de manos para conceder el Espíritu Santo se simboliza el acto de entrega de un don de parte de la Deidad. Y así ocurre con cada ordenanza; fue por la recepción del Espíritu Santo de Adán recibió el testimonio de que había llegado a ser un hijo de Dios, y se le instruyó de que todos los hombres debían llegar a serlo de igual manera.

 

64 Y cuando el Señor hubo hablado con Adán, nuestro padre, sucedió que Adán clamó al Señor, y lo arrebató el Espíritu del Señor, y fue llevado al agua, y sumergido en el agua, y sacado del agua.

65 Y de esta manera fue bautizado, y el Espíritu de Dios descendió sobre él, y así nació del Espíritu, y fue vivificado en el hombre interior.

66 Y oyó una voz del cielo que decía: Eres bautizado con fuego y con el Espíritu Santo. Éste es el testimonio del Padre y del Hijo, desde ahora y para siempre;

67 y eres según el orden de aquel que fue sin principio de días ni fin de años, de eternidad en eternidad.

68 He aquí, eres uno en mí, un hijo de Dios; y así todos pueden llegar a ser mis hijos. Amén.

 

Vers. 64-68. “Y de esta manera fue bautizado”. Cuando el Señor hubo finalizado las palabras que El habló a Adán concernientes al plan de salvación, Adán trató de prolongar la conversación. Probablemente Adán esperó poder agregar alguna gozosa expresión de alabanza a su Creador, y también testificar que El había cumplido con los requisitos establecidos en el plan. Pero Adán fue detenido en su intento. Súbitamente, y sin que él pudiera ver lo que era, “lo arrebató el Espíritu del Señor, y fue llevado al agua, y sumergido en el agua, y sacado del agua” “Y de esta manera fue bautizado, y el Espíritu de Dios descendió sobre él, y así nació del Espíritu, y fue vivificado en el hombre interior”. Se escuchó una voz del cielo diciéndole: “Eres bautizado con fuego y con el Espíritu Santo”. Con estas palabras, el Padre y el Hijo dieron testimonio de que ese sería el modelo establecido para todos los hombres, para entrar en el reino de Dios.

La voz también le aseguró a Adán que él era un poseedor del Sacerdocio de Dios, lo cual lo hacía semejante al Hijo de Dios, “Quién es sin principio de días o fin de años, de eternidad en eternidad”. Y lo mismo que el Unigénito, Adán, por la obediencia a los mandamientos de Dios, llegó a ser un hijo de Dios, y de igual manera “todos pueden llegar a ser mis hijos”.

 

Adán se bautizó y llegó a ser un hijo de Dios por medio de un convenio y todos los hombres deben llegar a ser hijos de Dios en igual manera.

El bautismo ha sido siempre propuesto como un signo de la aceptación del hombre y su disposición para cumplir con todos los mandamientos de Dios. Simboliza el entierro del hombre es obediente para que la muerte destruya al pecado. Si un hombre no entiende que su bautismo es un entierro del hombre pecador -un entierro de propia voluntad pues el pecador desea que su antiguo yo muera en Cristo y sea levantado de entre los muertos siendo nuevo en Cristo- entonces su bautismo es tan eficaz como sumergir una rosquilla en chocolate. A menos que un hombre abandone el pecado por medio de la fe en Cristo, será siempre un pecador y no importa cuántas veces se llame asimismo santo, ha de cambiar esto. Por el bautismo guardamos el mandamiento; diciéndolo en otras palabras, mediante el bautismo evidenciamos al Padre que tenemos fe en Cristo y hacemos el convenio de guardar todos sus mandamientos. El Espíritu Santo entonces justifica el hombre. Esto es simplemente otra forma de decir que el Espíritu Santo bendice la mente del hombre con el conocimiento de que ha sido absuelto de su antigua culpa. Ser limpiado por la sangre de Cristo es solamente una manera antigua de decir que uno ha sido limpiado por la vida de Cristo o, en otras palabras una vida como la de Cristo. La sangre y la carne eran antiguamente símbolos de la vida. En la mayoría de las veces entenderemos mejor las escrituras si donde se menciona la palabra sangre la sustituimos por la palabra “vida”. Jesús le dijo a sus seguidores judíos una vez que a menos que comieran de su carne y bebieran de su sangre, no tendrían vida en él” (Juan 6:53). Pablo escribió los romanos, “Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida” (Romanos 5:10). Nuevamente Cristo dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie bien al Padre, sino por mí” (Juan 14:6). El Presidente McKay nos ha dicho en nuestros días que debemos hacer de Cristo nuestro ideal. Tan sólo al hacerle nuestro ideal y emular su ejemplo seremos limpiados por su sangre o en otras palabras, por su vida.

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