“Adán y Eva obtienen respuestas a algunas de sus preguntas”

 

W. Cleon Skousen, “Los Primeros 2.000 Años

Capítulo 10: “Adán y Eva obtienen respuestas a algunas de sus preguntas”

 

Cuando Adán estaba solo, un ángel se apareció delante de él, ¿qué le preguntó el ángel? ¿Cuál fue la respuesta de Adán?

Cuando el Señor se apareció delante de Adán, ¿cómo se presentó?

¿Cuál fue la pregunta que Adán hizo al Señor después que se le mandó arrepentirse y bautizarse?

¿Qué muestra esto?

El Señor no ofreció una respuesta inmediatamente a la pregunta de Adán pero le dio un emocionante anuncio, ¿cuál fue?, ¿fue una sorpresa?

¿Qué aprendió Adán sobre el principio del arrepentimiento?

¿Qué opinas del hecho de que la humanidad se niega obstinadamente a creer que Dios es un “hombre exaltado” incluso cuando lo ha revelado una y otra vez? ¿Qué le dijo a Adán?

¿Fue Pedro el primero en predicar que excepto por Jesucristo no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos? (Hechos 4:12)

¿Qué aprendió Adán respecto al “nuevo nacimiento”?

Después del bautismo, ¿qué debe hacer el “Espíritu” antes de que haya una remisión de los pecados por medio de la expiación?

¿Qué tan antiguo es el evangelio de Jesucristo? ¿Qué tan antigua es la Iglesia de Jesucristo?

¿Quién fue la primera persona en el mundo en ser bautizada e investida con el don del Espíritu Santo?

¿Quién fue el primero en recibir el Sacerdocio?

¿Sabemos si hubo ordenanzas del templo en los días de Adán?

Adán recibió una rica efusión del don de profecía, ¿habrá sido él confortado por las cosas que dice la escritura que vio?

¿Cuáles son las tres cosas que se destacan en el Salmo de Adán de alabanza a Dios?

 

Adán es visitado por un ángel ministrante

Cuando la voz del Señor penetró el silencio sepulcral del vacío espiritual en el cual Adán y Eva habían estado viviendo por muchos años y les mandó ofrecer sacrificios, ellos fueron obedientes en ejecutar esa obra. Sin embargo, la escritura no describe la reacción de sus hijos ante estos extraños procedimientos. De eventos subsecuentes pareciera que ellos probablemente quedaron en shock y con desdeño hacia las acciones de sus padres. Para ellos, los sacrificios pudieron haber parecido desgastantes, crueles y, lo peor de todo, sin sentido.

Seguramente Adán y Eva no pudieron presentar ninguna razón persuasiva del por qué el Señor había demandado sacrificios de sangre que incluso eran incompresibles para ellos tambien.[1] Pero la cosa significativa es que ellos obedecieron los mandamientos.

Entonces la escritura declara, “Y después de muchos días, un ángel del Señor se apareció a Adán”[2]; “muchos días” es siempre usado en las escrituras para referirse a un considerable período de tiempo,[3] frecuentemente muchos años. Es obvio a partir de esta afirmación que la fidelidad de Adán y Eva fue probada por el Señor por un período de tiempo extenso.

El mensajero celestial le preguntó a Adán, “¿Por qué ofreces sacrificios al Señor?” Adán humildemente contestó, “No sé, sino que el Señor me lo mandó.”[4]

Esta es probablemente la respuesta que el ángel esperaba. El esperaba escuchar a Adán confesar con su falta de entendimiento para que así pudiera ser más receptivo a las instrucciones que estaba a punto de recibir. Adán debió estar profundamente impresionado al mirar la personalidad de este glorioso personaje que venía del otro lado del velo. “Estos sacrificios,” dijo el ángel, “es una semejanza del sacrificio del Unigénito del Padre.”[5] Por primera vez Adán escuchó el inicio de la historia del evangelio.

El ángel explicó que el derramamiento de sangre de los primogénitos de los rebaños domésticos de Adán tenía la intención de ser un recordatorio tangible de que en el Meridiano de los Tiempos, el Padre Celestial permitiría el sacrificio de Su Hijo Unigénito como expiación por la raza humana. El Padre quería que Adán y todos sus hijos después de él recordaran este gran evento. Él quería que Adán entendiera que la oleada de emoción y simpatía despertada dentro de su pecho cada vez que tomara el cuchillo para sacrificar a la víctima elegida de sus rebaños era simplemente un instrumento de enseñanza. Esto fue iniciado por un Padre Celestial sabio y prudente para imprimir sobre Su débil y mortal hijo la realidad del más grande de todos los sacrificios que sería consumado unos cuatro mil años después, cuando la angustia, crueldad y el sudor de sangre en el Getsemaní y el Gólgota marcarían el clímax de la vida y misión de Jesucristo.

Pero Adán debió haberse preguntado por qué tal supremo sacrificio expiatorio del mismísimo hijo de Dios era necesario. ¿Quién demandaba que la vida del hijo de Dios fuera sacrificada?[*] En este momento Adán no recibió respuesta. El solo recibió la seguridad por parte del ángel que este sería el evento más importante en la historia y salvación de la raza humana.

Entonces el ángel continuó: “Por consiguiente, harás todo cuanto hicieres en el nombre del Hijo, y te arrepentirás e invocarás a Dios en el nombre del Hijo para siempre jamás.”[6]

¡Aquí estaban dos extraños mandamientos! ¿Qué significaba arrepentirse? Y ¿Por qué se debía acercar al Padre en el nombre del Hijo Unigénito?

Pero aparentemente Adán nunca tuvo la oportunidad de hacer estas preguntas al ángel porque la glorificada influencia del Espíritu Santo repentinamente lo cubrió, y un instante después el escuchó la voz de Dios hablándole directamente a él.

Esta emocionante conversación entre Adán y su Creador es narrada por Moisés en un solo versículo de las escrituras.[7] Sin embargo, en una parte posterior del Libro de Moisés tenemos una cita de Enoc donde esta conversación entre Adán y el Señor es dada con lujo de detalles.[8]

 

Adán es instruido por el Señor

Al inicio de esta significativa entrevista, este glorioso personaje se identificado ante Adán diciendo: “Yo soy Dios; yo hice el mundo y a los hombres antes que existiesen en la carne.”[9] De este y de otros pasajes subsecuentes es obvio que Adán no recordaba nada sobre su preexistencia y el Señor tuvo que explicarle esta emocionante épica de la humanidad “antes que existiesen en la carne,” porque Adán y Eva habían olvidado esto como resultado de la Caída.

El Señor entonces mencionó los mandamientos anunciados por el ángel unos momentos antes: “Si te vuelves a mí y escuchas mi voz, y crees y te arrepientes de todas tus transgresiones, y te bautizas en el agua, en el nombre de mi Hijo Unigénito… recibirás el don del Espíritu Santo.”[10]

Todo esto no significaba nada para Adán. Él no podía comprender estos nuevos conceptos. Él estaba en la oscuridad, por lo tanto, inquirió directamente al Señor: “¿Por qué es necesario que los hombres se arrepientan y se bauticen en el agua?” La respuesta que el Señor le dio debió causarle una tremenda sorpresa. En lugar de explicarle las razones de las primeras ordenanzas y principios del evangelio, el Señor le dio a Adán la diadema brillante de la esperanza que era el fin que se pretendía alcanzar con ellas. Dijo el Señor: “¡He aquí, te he perdonado tu transgresión en el Jardín de Edén!”

¡Qué impacto debió causar esto en la mente de Adán! Era demasiado para creerse. ¿Cómo era posible –después de todas las vicisitudes y tribulaciones que habían sufrido– que Dios finalmente los perdonaba por su desobediencia en el Jardín de Edén? En confirmación, el Señor empezó a darle las “buenas nuevas” del evangelio de salvación para la redención y exaltación de la raza humana.

La primera cosa que el Señor quería que Adán entendiera era el hecho de que la Caída fue intencional. Fue diseñada como una bendición, no como una maldición. El Señor señaló, que en sus condiciones caídas, Adán y Eva ahora tenían el poder de engendrar hijos y que estos hijos aprenderían la diferencia entre el bien y el mal como resultado de sus experiencias en la mortalidad. “Prueban lo amargo,” dijo el Señor, “para saber apreciar lo bueno. Y les es concedido discernir el bien del mal; de modo que, son sus propios agentes.”[11]

En otras palabras, cuando Adán y Eva precipitaron la Caída al participar del fruto prohibido ellos habían de hecho cumplido los propósitos esperados de su Padre Celestial.

Adán y Eva habían estado viviendo en pesar –reprochándose amargamente por su irreparable error– cuando, de hecho, ellos habían hecho la cosa exacta que era necesaria para proveer ¡el progreso y la exaltación tanto a ellos como a sus hijos! Adán debe haber quedado aturdido por las abrumadoras implicaciones de esta emocionante revelación. Conforme la realidad literal de las palabras del Señor gradualmente recibían una aceptación racional en su mente, Adán debió haber sentido que el complejo de culpa, el cual había estado colgando de su cuello como un gran imán, se desvanecía. Por primera vez en su vida mortal, Adán se vio a sí mismo con la luz que reflejaba la verdad respecto a él. Él no era un paria. No era un renegado desobediente desechado para siempre de la presencia de Dios. Él era un hijo de Dios valiente y leal que eventualmente regresaría a las mansiones de su Padre Celestial.

 

Adán aprende el significado del Arrepentimiento

Ahora el Señor estaba listo para responder la pregunta de Adán concerniente al arrepentimiento. ¿Qué significaba? ¿Por qué era necesario? La explicación del Señor fue en la forma de una instrucción.

Le dijo a Adán que enseñara a sus hijos que solo aquellos que trataran de mejorar sus vidas y obedecer los mandamientos de Dios podrían esperar heredar el reino de Dios. La salvación no es automática.

Solo está disponible para aquellos que se esfuercen durante toda su vida por vencer el mal y limpiarse de la imperfección. Ninguno de nosotros puede lograr el nivel más alto de absoluta perfección en esta vida, pero debemos avanzar lo más que podamos de manera que en el mundo de los espíritus la obra que quede por realizar sea mínima. Este auto–mejoramiento es llamado “arrepentimiento” y el Señor dio a entender que debe ser un proceso contínuo hasta que eventualmente lleguemos a ser perfectos incluso como nuestro Padre que está en los cielos es perfecto. De otro modo no podemos retornar al reino celestial del Padre “porque ninguna cosa inmunda puede morar allí, ni morar en su presencia.”[12]

El Señor reveló algo concerniente a Dios, el Padre, algo que los hombres han encontrado siempre difícil de creer o comprender. El reveló el verdadero nombre de Dios a Adán. En el lenguaje puro de Adán este nombre significa “Hombre de Santidad.” ¡Aquí había una revelación en sí misma! Detrás de esta declaración estaba uno de los más buscados, nobles e inspiradores conceptos jamás concedidos a la humanidad:

Como el hombre es, Dios una vez fue

Como Dios es, el hombre puede llegar a ser.

En otras palabras, Dios mismo una vez siguió el patrón de progreso que hoy nosotros estamos cursando. Él es el Hombre de Santidad –un personaje exaltado que alguna vez pasó a través de un estado probatorio tal como lo hacemos nosotros ahora. Cada cosa que experimentamos, ya sea gozo, pesar, desanimo o éxito, es completamente apreciado por Nuestro Padre Celestial porque El, El mismo, pasó por escenarios similares de prueba y auto–mejoramiento. No es admirarse que posteriormente Jesús dijera: “No puede el hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre,”[13] y comentando sobre esto José Smith declaró que si “el Hijo hace lo que ha visto hacer al Padre entonces el Padre algún día dio Su vida para volverla a tomar.”[14]

Hay quienes encuentran este magnífico concepto difícil de aceptar porque sienten que rebaja a Dios al nivel de hombre; pero, de hecho, es una verdad completamente opuesta. Esto demuestra lo que Dios a enseñado a sus hijos desde el principio –que el hombre es descendencia de Dios, creado a su propia imagen, y que es potencialmente capaz de elevarse a la misma altura celestial de omnipotencia y gloria que Nuestro Padre Celestial alcanzó exitosamente antes que nosotros. El Señor mismo ha dicho que aquellos que lleguen a ser sus herederos: “Son aquellos en cuyas manos el Padre ha entregado todas las cosas; son sacerdotes y reyes que han recibido de su plenitud y de su gloria… De modo que, como está escrito, son dioses, sí, los hijos de Dios. Por consiguiente, todas las cosas son suyas, sea vida o muerte, o cosas presentes o cosas futuras, todas son suyas, y ellos son de Cristo y Cristo es de Dios.”[15]

De esto queda claro que Dios no solamente es un exaltado “Hombre de Santidad” sino que El aspira que Sus hijos lleguen a ser como Él es. Esta es la meta para todos aquellos que siguen el angosto camino que asciende por el elevado camino del progreso eterno. Nada puede ser más claro en la escritura de arriba que el hecho que “como Dios es, el hombre puede llegar a ser” por medio de la obediencia a los principios y ordenanzas del evangelio.

Adán también fue instruido abundantemente en esta ocasión concerniente a la misión de Jesucristo. Después que se le dijo que el verdadero nombre del Padre significaba “Hombre de Santidad,” el Señor añadió, “y el nombre de su Unigénito es el Hijo del Hombre, sí, Jesucristo, un justo Juez que vendrá en el meridiano de los tiempos.”[16] La escritura declara que a Adán definitivamente se le hizo saber que la razón por la cual él y Nuestra Madre Eva podían ser perdonados de su transgresión en el Jardín de Edén era gracias al sacrificio expiatorio de Jesucristo el cual podría ser aplicado en su beneficio tan pronto como ellos se arrepintieran e hicieran convenio con el Señor a través del bautismo.

Adán supo que Jesucristo es el “único nombre que se dará debajo del cielo mediante el cual vendrá la salvación a los hijos de los hombres.”[17]

En esta temprana etapa de su entrenamiento, Adán probablemente no entendía cómo es que la expiación de Jesucristo podía hacer que su arrepentimiento fuera eficaz o trajera la salvación a los hijos de los hombres, pero al menos estuvo satisfecho por la seguridad positiva por parte del Señor de que así sería.

 

Adán aprende el significado del “nuevo nacimiento”

El Señor también le explicó a Adán que el sacrificio de Jesucristo no limpiaría a los hombres de sus pecados a menos que, después de arrepentirse, estuvieran dispuestos a ser bautizados por agua y recibir el Espíritu Santo. Entonces el Señor presentó a Adán el simbolismo de la primera ordenanza del evangelio.

El explicó que el nacimiento natural de cada ser humano en la mortalidad está caracterizado por tres cosas: primero, el elemento agua en el cual el infante es acunado hasta el tiempo de su nacimiento, segundo, la presencia del espíritu humano el cual toma posesión del cuerpo del infante y le da luz y vida, y tercero, la sangre, la cual representa el trabajo y sufrimiento al nacer. El Señor entonces explicó que así como el agua, el espíritu y la sangre son características de nuestra iniciación o nacimiento en la mortalidad, así mismo son símbolos empleados para iniciarnos en el reino de Dios.

El candidato es primero sumergido y sacado luego del agua del bautismo; entonces es investido con el Don del Espíritu Santo que de ahí en adelante lo guiará a toda verdad y lo justificará o testificará de su dignidad delante del trono de Dios; y finalmente, la sangre y sufrimiento de Jesucristo que llegan a ser efectivos a modo de sacrificio expiatorio para sus pecados individuales.

El simbolismo tiene un impacto definitivo en la mente humana, y Dios lo ha empleado siempre que éste nos ayuda a recordar y entender Sus eternos propósitos y designios. El Señor imprimió este hecho sobre Adán cuando declaró: “Y he aquí, todas las cosas tienen su semejanza, y se han creado y hecho todas las cosas para que den testimonio de mí.”[18] Nótese que el simbolismo es endosado por Dios como un método de enseñanza, pero El rechaza el misticismo. El misticismo es lo que hacía la antigua pseudo–escolástica la cual fuertemente pretendía saber grandes verdades pero en cierta forma nunca se disponía a revelarlas.

Vemos de la escritura de arriba que la comparación simbólica entre nacimiento natural y el “nuevo nacimiento” en el reino de Dios ha sido usada desde los tiempos más antiguos. El Señor hizo libre uso de este simbolismo al explicar las ordenanzas iniciatorias a Adán: “y como habéis nacido en el mundo mediante el agua, y la sangre, y el espíritu que yo he hecho, y así del polvo habéis llegado a ser alma viviente, así igualmente tendréis que nacer otra vez en el reino de los cielos, del agua y del Espíritu, y ser purificados por sangre, a saber, la sangre de mi Unigénito, para que seáis santificados de todo pecado.”[19]

Palabras similares fueron usadas después por el Apóstol Juan,[20] y cuando el Salvador estuvo sobre la tierra, Él continuamente se refería a ser “nacido del agua y del espíritu” aunque esto fue causa de considerable admiración entre Sus oyentes materialistas.[21]

Ahora el Señor resumió para Adán el significado del “nuevo nacimiento” en esta clásica declaración: “Por el agua guardáis el mandamiento; Por el Espíritu sois justificados; Por la sangre sois santificados.”

En estas tres declaraciones puede ser encontrada la verdadera importancia y significado de las ordenanzas iniciatorias del evangelio. Aquí le fue enseñado a Adán primero, el bautismo es la muestra o señal por parte del candidato de que obedecerá los mandamientos de Dios; segundo, el Espíritu Santo evalúa el arrepentimiento y la sinceridad del candidato y si él es digno, lo justifica;[22] tercero, el Hijo entonces intercede en su beneficio y mediante la eficacia de Su sangre y sufrimiento en el Calvario obtiene para el candidato una remisión de sus pecados lo cual lo santifica y permite que su nombre sea registrado en el libro de la vida.

En esta entrevista con Adán, el Señor también estaba ansioso de que el primer patriarca de la raza humana entendiera la obra y misión del Espíritu Santo así como la del Salvador. Él por tanto, se refirió al tercer miembro de la Deidad de la siguiente manera: “de manera que se da (el Espíritu Santo) para que permanezca en vosotros; el testimonio del cielo; el Consolador; las cosas pacíficas de la gloria inmortal; la verdad de todas las cosas; lo que vivifica todas las cosas; lo que conoce todas las cosas y tiene todo poder de acuerdo con la sabiduría, la misericordia, verdad, justicia y juicio.”[23]

En otras palabras, la inspirada compañía del Espíritu Santo que constantemente bendice al hombre al permanecer con él, es el don del Espíritu Santo. El Espíritu Santo temporalmente inspirará e iluminará a todos los que busque luz y verdad,[24] pero es el don del Espíritu Santo el que es dado para que “permanezca” como un consolador constante y compañero que brinda luz, verdad, paz, conocimiento, misericordia, justicia y juicio.

 

Adán es bautizado y recibe el Espíritu Santo

Habiéndosele enseñado a Adán el significado y la necesidad de las ordenanzas iniciatorias, Dios se preparó para introducir a Adán a su primer convenio. La escritura dice: “Adán clamó al Señor, y lo arrebató el Espíritu del Señor, y fue llevado al agua, y sumergido en el agua, y sacado del agua. Y de esta manera fue bautizado.”[25]

Adán tuvo el honor de ser instruido respecto a los principios del evangelio por Jehová en persona y de ser llevado físicamente a las aguas del bautismo por el Espíritu del Señor u Espíritu Santo quien es el segundo consolador en la Primera Presidencia de los cielos. No solamente Adán, sino que de varios profetas se dice que gozaron del contacto personal con esta notable personalidad llamada el Espíritu Santo.[26] Inmediatamente después de su bautismo, el Espíritu Santo envolvió a Adán de manera que “así nació del Espíritu, y fue vivificado en el hombre interior.”[27]

Hoy, como en los días antiguos, cuando el don del Espíritu Santo es conferido sobre un candidato, a él se le da esta solemne encomienda, “Recibe el Espíritu Santo.” Esta es una instrucción para el recipiente de esta gran bendición, el ser receptivo al Espíritu Santo quien después buscará permanecer con él y vivificará el hombre interior. El “hombre interior” es el espíritu de cada uno de nosotros –el cual es descendencia literal de Dios[28] –y que nace con un tabernáculo temporal, y así llega a estar más o menos sujeto a los instintos y dictados de la carne.

El don del Espíritu Santo vivifica el espíritu u “hombre interior” y nos da la motivación para dominar nuestro ambiente físico y moldearlo conforme a nuestras necesidades espirituales así como a las temporales. Nos hace “más vivos” espiritualmente. Después de ser vivificada por el don del Espíritu Santo, la personalidad humana es a menudo cambiada notablemente de modo que el refinamiento personal, la comprensión de los temas profundos del evangelio y la manifestación de lealtad tenaz a los ideales y principios, llegan a ser atributos prominentes que remplazan las burdas debilidades carnales del pasado.

Fue por esta mera razón que el Salvador posteriormente instruyó a Sus Apóstoles que deberían esperar en Jerusalén “hasta que seáis investidos de poder de lo alto.”[29] Jesús sabía que una vez que ellos hubieran sentido el poder del Espíritu Santo serían capaces de soportar todas las cosas.

Adán recibe el Sacerdocio y las ordenanzas del templo

La revelación moderna específicamente declara que el orden del Sacerdocio se “instituyó en los días de Adán.”[30] La posesión del Sacerdocio por parte de Adán queda referida en los siguientes versículos: “Y oyó (Adán) una voz del cielo que decía: Eres bautizado con fuego y con el Espíritu Santo. Éste es el testimonio del Padre y del Hijo, desde ahora y para siempre; y eres según el orden de aquel que fue sin principio de días ni fin de años, de eternidad en eternidad. He aquí, eres uno en mí, un hijo de Dios; y así todos pueden llegar a ser mis hijos.”[31]

El, “el orden de aquel que fue sin principio de días ni fin de anos”, es una fraseología única y peculiar con la cual siempre se ha referido al Santo Sacerdocio según el orden del Hijo de Dios.[32] A pesar de que la ordenación de Adán no es mencionada, el hecho de que ésta ya había tomado lugar está claramente implícita en este pasaje.

En los escritos de Moisés, otro versículo implica fuertemente que en algún momento durante este período de entrenamiento, Adán también fue instruido en cuanto a las investiduras y posiblemente a otras ordenanzas del templo. Moisés dice: “Y así se empezó a predicar el evangelio desde el principio, siendo declarado por santos ángeles enviados de la presencia de Dios, y por su propia voz, y por el don del Espíritu Santo. Y así se le confirmaron todas las cosas a Adán mediante una santa ordenanza…”[33] Aquellos familiarizados con las bendiciones recibidas en el templo reconocerán en esta declaración una referencia muy parecida a la investidura la cual no puede ser más cuidadosamente descrita que como “una santa ordenanza” designada para confirmar todas las cosas pertenecientes al plan del evangelio –la Caída, la influencia de la adversidad en la tierra, la prédica del evangelio a toda la humanidad y la necesidad del arrepentimiento y la obediencia a los principios y ordenanzas del plan de salvación.

El Bautismo es también una “santa ordenanza”, pero ésta no confirmaría “todas las cosas” a Adán. Debería de haber algo mucho más iluminador que eso. Y esto parece apuntar claramente a la investidura.

 

Adán ve una historia profética del mundo

A la conclusión de esta magnífica revelación, el Señor la culminó con una visión panorámica del futuro en la cual Adán tuvo una visión profética de “todas las familias de la tierra.”[34] El profetizó concerniente a ellos. Esto le dio a Adán una verdadera perspectiva de su propio rol en esta vida así como la de sus hijos, quienes se multiplicarían y cubrirían la tierra. Fue casi más de lo que podría comprender. Conforme la realidad de todo esto penetraba, su percepción consiente se encontró a penas capaz de contenerse de gozo. Al considerar el gran destino de sus hijos a través de los corredores del tiempo “Adán bendijo a Dios en ese día y fue lleno, y empezó a profetizar.”[35]

En conexión con esta profecía, Adán se sintió constreñido a expresar a su Padre Celestial una oración de agradecimiento por la nueva avalancha de conocimiento que súbitamente depositó luz y entendimiento a su mente en esta sagrada y memorable ocasión. Levantando su rostro hacia los cielos, el cantó su salmo de alabanza: “¡Bendito sea el nombre de Dios, pues a causa de mi transgresión se han abierto mis ojos, y tendré gozo en esta vida, y en la carne de nuevo veré a Dios!” (Moisés 5:10)

 

Notas

[1] Moisés 5:6

[2] Ibid.

[3] Isaías 24:22; Ezequiel 38:8; Oseas 3:4

[4] Moisés 5:6

[5] Ibid. 5:7

[6] Moisés 5:8

[*] Ver Apéndice: “¿Por qué fue necesaria la Expiación?”

[7] Ibid.5:9

[8] Ibid. 6:51–58

[9] Ibid. 6:51

[10] Ibid. 6:52

[11] Moisés 6:55–56

[12] Ibid. 6:57

[13] Juan 5:19

[14] Enseñanza de José Smith, Pág. 312

[15] D. y C. 76:55–59

[16] Moisés 6:57

[17] Ibid. 6:52

[18] Ibid. 6:63

[19] Ibid. 6:59

[20] 1 Juan 5:1–9

[21] Ibid. 3:4

[22] Ver también D. y C. 76:53

[23] Moisés 6:61

[24] Moroni 10:4

[25] Moisés 6:64–65

[26] 1 Reyes 18:12; 2 Reyes 2:16; Ezequiel 3:12, 14; Hechos 8:39

[27] Moisés 6:65

[28] D. y C. 76:24; Hebreos 12:9; Hechos 17:28

[29] Lucas 24:49

[30] D. y C. 107:41

[31] Moisés 6:66–68

[32] Enseñanza de José Smith, p. 323

[33] Moisés 5:58–59; Enseñanzas de José Smith, pp. 166–170

[34] Ibid. 5:10

[35] Ibid.