“Nuestra Gloriosa Madre Eva”

 

Larry Dahl, Adán el Hombre

Cap. 6: “Nuestra Gloriosa Madre Eva”

 

A Adán lo conocemos. En la vida pre–mortal fue Miguel, cuyo significado es “semejante a Dios”. Probablemente haya secundado a Cristo en el poder de gobierno. Se sentó en el consejo junto a los Dioses para planear y ejecutar las creaciones de la tierra; condujo a las fuerzas del bien en la Batalla del Cielo; fue preordenado para bajar a la tierra como el padre de la familia humana; tiene las llaves de la salvación para toda su posteridad; reinará como Miguel, nuestro príncipe, durante toda la eternidad. Se lo situó a la cabeza de la familia humana para marcar el camino. Así como él fue el modelo para su hijo Set, quien fue a su imagen y semejanza, también es el modelo de todos sus hijos que buscan la salvación en el reino de Dios.

A Adán lo conocemos, pero, ¿qué sabemos de nuestra “gloriosa Madre Eva?” (DyC 138:39). La doctrina de Adán es la doctrina de Eva; su misión y propósito son uno. “Así como estuvo al lado de Miguel antes de haberse fundado la tierra”, escribió el Elder Bruce R. McConkie, “del mismo modo llegó con él al Edén”. Juntos realizaron la misión de la Caída, haciendo que la probación de vida estuviera disponible para todos. Elegida como la primera esposa y la primera madre, su rol en la salvación de su posteridad es tan crucial como el de Adán. Ella es la contrapartida de Adán y su corona. Es nuestra gloriosa madre. Junto con Adán, fue situada a la cabeza para marcar el camino.

Para lograr la misma salvación que ella alcanzó, debemos buscar su camino y recorrerlo del modo en que ella lo hizo. ¿No debiéramos pedirle consejo respecto de todo lo que hizo? ¿No debiéramos preguntar, entonces, quién fue Eva en la existencia pre–mortal, y cómo logró su preeminencia aquí? ¿Acaso fue su participación en los consejos del cielo, su rol en la gran batalla de los espíritus, su participación en la creación de la tierra? ¿Cuál era su estado en el Jardín de Edén, su lugar como la esposa de Adán y su participación en la Caída? ¿Cuál fue su experiencia como la primera madre terrenal? ¿Qué sabemos de su crecimiento en el mundo? ¿Y cuál es su destino?

La verdadera historia de Eva se conoce sólo a través de la restauración deI evangelio por medio del Profeta José Smith. Debemos buscar en las escrituras, en sus comentarios, en los sermones y en los escritos del profeta, quien estableció la obra de los Últimos Días. A partir de estas fuentes, sabemos que el evangelio es siempre el mismo, dispensación por dispensación, antes y después del mundo. Estos principios son los que nos enseñan acerca de Eva. Aprendemos que la historia de Eva tiene muchos niveles y verdades infinitas. Al hablar de Eva, no podemos separarla de Adán. No se los debe separar. Separarlos significaría despojarla de su verdadero lugar. Debemos tenerlo presente: Adán y Eva son uno, hueso de hueso y carne de carne. Su viaje es el modelo de fe.

 

Eva fue preparada desde la fundación del mundo

Eva nació en la vida pre–mortal de padres celestiales, un Padre eterno y una Madre eterna, en una unidad familiar eterna. La inteligencia se organizó a través de un proceso de nacimiento para convertirse en su cuerpo espiritual (ver DyC 93:29; 131:7–8). Nació como espíritu femenino en semejanza a la madre universal en el cielo, su naturaleza, por herencia divina, fue femenina. Podemos suponer que era radiante y hermosa, y que su espíritu era semejante al de su madre celestial y que moldearía la semejanza de la persona mortal que sería en el futuro (ver DyC 77:2; Éter 3:14–17)

Eva fue dotada de toda capacidad para ser, con el tiempo, exaltada como sus padres celestiales. Literalmente, fue una hija de la Deidad. Podemos suponer que Eva fue cuidada, nutrida y educada por sus padres celestiales en el corazón de la familia celestial. Como espíritu, tenía albedrío; contaba con la capacidad absoluta de comprender, razonar, actuar y crecer. Eva se encontraría entre los grandes y nobles.

Posiblemente, el tutelaje para su misión en la tierra no proviniera solamente de la familia, sino también de la Iglesia pre–mortal, porque resulta razonable suponer que dicha organización ya existía en la vida pre–mortal. La Iglesia habría enseñado el evangelio y administrado las ordenanzas de salvación pertenecientes a esa esfera. Eva y todos los hijos del Padre que pactaron servirlo y cumplir con sus mandamientos fueron “benditos… con toda bendición espiritual en los lugares celestiales”, queriendo significar que recibieron todos los convenios y las ordenanzas de la Iglesia pre–mortal (Efesios 1:3–4).

La Iglesia celestial era perfecta en cuanto a cada bendición y administración, y no cabe duda de que Eva era una participante activa en dicha organización pre–mortal. Quizás tuvo la responsabilidad de la enseñanza y de la administración en la familia y en la Iglesia, particularmente entre sus hermanas. A través de estas experiencias, se la probó, creció y desarrolló una capacidad cada vez mayor. Al igual que el Señor y todos los que conformaron la verdad, Eva creció de gracia en gracia, hasta convertirse en conductora de los espíritus femeninos.

En este período infinito de educación, Eva aprendió el evangelio en su totalidad, y llegó a tener una comprensión exhaustiva del plan de salvación. Si bien seguramente desarrolló fuerzas en muchos campos, inferimos que era particularmente receptiva a los principios de la salvación; y que sus preferencias espirituales se antepusieron a sus capacidades. Ella depositó su fe en la palabra de Dios, y su fe en esta palabra se volvió el principio de acción y poder en cada etapa de su ser.

Podríamos suponer que a las hijas de Dios se les enseñó que una vez en la tierra, deberían casarse y “multiplicarse y henchir la tierra… para cumplir la promesa dada por [su] Padre antes de la fundación del mundo… a fin de que [pudieran] engendrar las almas de los hombres”, una bendición y una obra a través de la cual lograrían la exaltación y continuarían con las obras del Padre (DyC 132:63).Desde el comienzo Eva fue quien, habiendo elegido el bien, ejerció una enorme fe, haciendo buenas obras que la prepararon para la sagrada invocación a la llegada (comparar con Alma 13:3). La preparación de Eva para convertirse en la “madre de todos los vivos” sería la bisagra sobre la cual giraría la puerta de la mortalidad.

 

Eva en el Gran Consejo del Cielo

No cabe duda alguna de que existieron muchos consejos celestiales en los que se enseñó el plan de salvación al hijo espiritual del Padre. Aparentemente, el Gran Consejo del Cielo fue la solemne asamblea invocada por el Padre para anunciar formalmente las disposiciones del plan que serían llevadas a cabo. En este consejo, como explicó el Profeta José Smith, “todo hombre que tiene un ministerio respecto de los habitantes del mundo fue ordenado con ese propósito”. En el Gran Consejo, ante la presencia de todos los espíritus, Jesucristo, el Hijo Unigénito espiritual del Padre, “Amado y Escogido desde el inicio” (Moisés 4:2) se convirtió en el Redentor y Salvador designado para la humanidad. Se convirtió en el “autor” o motivo de salvación (Hebreos 5:9). La palabra de Dios el Padre se convirtió en el evangelio de Jesucristo, el Hijo. Cristo se convirtió en el Sumo Sacerdote, y la salvación se centró en su expiación. Reformaría a la humanidad del pecado y de la muerte. Ahora era ordenado “el Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo” (Apocalipsis 13:8). Así como se había trazado el plan de redención antes de la fundación del mundo, del mismo modo lo fue el plan de la Caída. Así como se escogió y se ordenó un Redentor desde el comienzo, del mismo modo se eligió uno para la Caída. Miguel, probablemente el que secundara a Cristo en intelecto y poder, fue llamado para cumplir ese papel. Así como Cristo fue designado para traer la vida, Miguel fue designado para abrir el mundo y traer la mortalidad para sí y para los espíritus hijos del Padre (ver Alma 12:25–27).

El significado del nombre Miguel es “quien se asemeja a Dios”. “Él es Miguel”, dijo el Profeta, “porque fue el primero y el padre de todos” y porque fue “el primero en recibir las bendiciones espirituales”. Miguel se asemejaba a Dios, el Padre Eterno de los espíritus, quien entendió el oficio sacerdotal de enseñar, liderar y conducir a su posteridad hacia la salvación. Miguel estaba hecho a imagen y semejanza de su Padre. Cuando fue invocado, Miguel recibió las llaves de la presidencia y de la salvación sobre los espíritus que lo siguieron en la mortalidad. “Cristo es el Gran Sacerdote Supremo; y Adán, quien le sigue”, enseñó José Smith.

Miguel no podía caer solo en la mortalidad, ni tampoco podía multiplicarse como se le había mandado. La mortalidad tenía que llegar al primer hombre y a la primera mujer por los mismos medios; la posteridad llegaría a través de un hombre y de su esposa. Miguel recibiría una compañera que se le asemejara en estatura, dignidad y preparación, alguien preeminente en estado y carácter, adecuada para convertirse en la madre de todos los vivos, y alguien a quien el amara como a su propio ser.

Eva fue la elegida para estar junto a Adán. Fue una compañera de “similar estatura, capacidad e inteligencia”, como escribió el Elder McConkie. A través de todo su aprendizaje de la eternidad, Eva había demostrado ser merecedora de ese lugar en todo aspecto. Si bien no le hemos dado su nombre pre–mortal, sabemos que fue alguien creada según el modelo de la madre celestial.

Entonces, arribamos a la conclusión de que Eva, por dotes propias y por la preparación recibida, se correspondía en todos los sentidos con Miguel. Ella era su complemento.

Podemos suponer que el Gran Consejo del Cielo fue una tarea de larga duración, una conferencia compuesta por muchas sesiones. El trabajo de Miguel en el Consejo pudo haber sido el de ayudar a organizar las “naciones de hombres”, en cuanto a que “les ha prefijado el orden de los tiempos; y los límites de su habitación” (Hechos 17:26). En otras palabras, Miguel ayudó a organizar las dispensaciones del hombre: Él era quien presidiría, después de Cristo, las dispensaciones de los hombres, traspasando continuamente la salvación a su posteridad. En las palabras del Profeta José Smith, él fue “hecho” para esa tarea, no una tarea que realizaría junto a Eva. Era una tarea propia a su naturaleza, la substancia de su fe, y su pleno deseo.

 

Miguel y Eva en la batalla del cielo

Mientras Miguel y Eva se regocijaban en Cristo, Lucifer se rebeló. Mientras Miguel y Eva ejercitaban su fe en el plan para crear y poblar el mundo, Lucifer buscaba lograr el reinado y la gloría: Contando con un conocimiento abarcativo (de su Padre y de sus leyes), Lucifer, el hijo de la mañana y que sustentaba autoridad, dio inicio a su abierta rebelión. La batalla se produjo en el cielo, un combate de distorsión, mentira y difamaciones por un lado, y un combate de fe, por el otro.

Desde el comienzo, Cristo había adoptado, abogado y auspiciado el plan del Padre. Pero las aspiraciones de Lucifer no eran sagradas. Él había expresado en su corazón: “Levantaré mi trono, en lo alto, sobre las estrellas de Dios… Y seré semejante al Altísimo” (Isaías 14:13–14). En el consejo, Lucifer se rebeló al plan del Padre, buscando sustituir a Cristo como Salvador e Hijo. “He aquí”, declaró, “heme aquí, envíame a mí, seré tu hijo…; dame, pues, tu honra” (Moisés 4:1).

Habiéndose rechazado el dominio que tanto deseaba, Lucifer intentó quitarle el reino a su Padre y a Cristo (DyC 76:28). Estableció su oposición contra el Padre, el Hijo y el plan de expiación que habían abrazado. Trabajó expresamente para destruir la fe en el advenimiento de una Caída y una expiación, y en Miguel y en un Cristo que aún no habían llevado a cabo sus misiones. Libró una guerra sistemática por las almas de los hombres, reclutando a un tercio de las huestes del cielo, que en realidad eran diablos que se rebelaron contra su propio Dios. Se convirtió en Satanás, “el gran dragón”, “esa antigua serpiente” (Apocalipsis 12:9), títulos que denotan la fiereza de su ira y la fatalidad de su malicia.

Lucifer luchó contra la autoridad y la doctrina. Fue una batalla de palabras, un tumulto de opiniones: “He aquí” y “He allí”. Lucifer, un ser mentiroso y asesino “desde el comienzo”, desencadenó la violencia de la blasfemia, el siseo de la calumnia y del perjurio, la astucia y la mentira (DyC 93:25; Juan 8:44). Fue el acusador de sus hermanos (Apocalipsis 12:10) y les ordenó hacer lo mismo a sus profetas y sirvientes.

Su violencia surgió en grandes olas exaltadas contra Miguel, quien conducía las fuerzas del Señor. Por debajo de Jehová, Miguel contaba con el poder de dar directivas a la Iglesia y a la familia del hombre. Todos los espíritus estaban bajo su liderazgo, todos, excepto los subordinados de Satanás, creían en su voz y obedecían su consejo, puesto que lo recibía del Padre y del Hijo: Miguel no realizó ninguna acusación. La suya era la voz de la verdad y del testimonio, que no acepta controversias. (Comparar Judas 1:9; Apocalipsis 12:11). Él fue quien enseñó las ordenanzas y las leyes, y les mostró a los hombres “el camino por donde deben andar, y lo que han de hacer” (Éxodo 18:20). Y les ordenó lo mismo a los futuros profetas.

De seguro, Eva conocía el peligro de desafiar la ley eterna y la urgencia de una batalla; era una guerra de salvación para su semilla prometida. Su intelecto y su capacidad eran semejantes a los de Miguel. Sin lugar a dudas, Eva sostuvo el estandarte de la verdad en cuanto a la familia y a la Iglesia. Enseñó, trabajó e hizo todo lo que estaba a su alcance para llevar a cabo el plan del Padre. Grandes fueron las obras y las palabras de Miguel y de Eva. Engendraron fe y testimonio en los espíritus hijos de Dios, y, así, esos espíritus creyeron en cosas que aún no podían verse, pero que eran auténticas (ver Alma 32:21). Estas fueron las leales tareas y las palabras de la batalla. La sangre de la guerra fue la del Cordero, a través del cual todas las promesas se volverían realidad.

Así lo describió Juan, el Amado: “Entonces oí una gran voz en el cielo que decía: Ahora ha venido la salvación, el poder, y el reino de nuestro Dios, y la autoridad de su Cristo; porque ha sido lanzado fuera el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba delante de nuestro Dios día y noche. Y ellos le han vencido por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos, y menospreciaron sus vidas hasta la muerte” (Apocalipsis 12:10–11).

 

Miguel y Eva en la Creación

En el comienzo, el Padre, como enseñó José Smith: “convocó a todos los Dioses y se sentaron en el gran consejo para crear el mundo”. Esta tarea consistió en planificar y delegar, integrando, posiblemente, a aquellos designados como nobles y grandes (Abraham 3:22). Al igual que la Batalla del Cielo, la Creación fue un ejercicio de gran fe y obediencia. Para Miguel, la Creación constituyó una obra del sacerdocio, para la cual ostentaba la autoridad adecuada. Para Eva, fue la creación de un hogar para su posteridad.

Miguel recibió las llaves del universo y de la creación. Con Jehová, y bajo la dirección del Padre, realizó la obra de la creación por medio del sacerdocio, que, según las palabras del Elder Bruce R. McConkie, era el poder y la autoridad “por medio de las cuales existen las cosas; por medio de las cuales el universo y los incontables mundos comenzaron a existir”. Este era el poder del sacerdocio del Padre y del Hijo, y el poder del sacerdocio del cielo. La Creación, al igual que la batalla, fue una obra de autoridad y delegación. Miguel, junto a Cristo, dio órdenes a los nobles y a los grandes para la realización de la obra creativa, cada uno de los cuales efectuaba la tarea que se le había asignado. Estos fueron los que gobernaron en el cielo y que se convertirían en gobernantes en la tierra (Abraham 3:23). Seguramente, este grupo de espíritus era de la misma jerarquía impuesta sobre la familia del hombre en el Gran Consejo y constituía el mismo cuerpo de sirvientes y profetas que condujeron la gran batalla. Posiblemente a estos espíritus ahora se los llamaría “Dioses” por la comisión creativa que recibieron a través de la palabra de Dios (Abraham 3:22–24; 4:1).

Sin duda, su obra fue el resultado de muchos consejos y de mucho aprendizaje. “Los grandes consejeros”, dijo el Profeta, “se sentaron a la cabeza de los cielos y contemplaron la creación de los mundos que se estaba llevando a cabo”. La Creación se realizó de acuerdo con las mismas leyes eternas e inmutables que regían para la creación de todas las tierras, de todos los infinitos eones hasta el futuro sin fin. (Abraham 5:3; Moisés 1:28–35).

La Creación fue un ejercicio de fe en las leyes de la creación, o, en otras palabras, la fe en la palabra de Dios. “Por la fe, entendemos, ha sido constituido el universo por la palabra de Dios”, dijo Pablo, “de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía” (Hebreos 11:3). Aparentemente, los creadores, apoyándose en la palabra de Dios, tomaron materiales existentes, que el hombre no podía ver, y organizaron una tierra.

La tierra se creó en tres etapas: primero, la planificación; en segundo lugar, la creación del espíritu y en tercer lugar, como el mundo paradisíaco que caería. Cada trabajo, o día sucesivos, se realizaron de acuerdo con la ley de generación de tierras. Durante la empresa creativa, los creadores, los consejeros, los nobles y los grandes, o “Dioses”, como se los llamaba, “acordaron entre sí formar”. Se completó la obra, leemos, “de acuerdo con todo lo que habían dicho”. (Abraham 5:3–5)

El Elder McConkie sugirió que Eva se encontraba entre esos “Dioses” que edificaron la tierra:

Cristo y María, Adán y Eva, Abraham y Sara, y una gran cantidad de hombres poderosos y mujeres igualmente gloriosas fueron los integrantes de ese grupo de “los nobles y los grandes”, a quienes el Señor Jesús Ies dijo: “Descenderemos, pues hay espacio allá, y tomaremos de estos materiales y haremos una tierra sobre la cual éstos puedan morar” (Abraham 3:22–24). Esto es lo que sabemos: Cristo, por debajo del Padre, es el Creador; Miguel es su campañero y socio, que dirigió gran parte del trabajo de la creación; y junto a ellos, como lo vio Abraham, se encontraban muchos de los nobles y de los grandes. ¿Acaso podemos llegar a otra conclusión que no sea que María y Eva y Sara e innumerables hermanas leales se encontraban en ese grupo? Por cierto, estas hermanas trabajaron en forma tan diligente en ese momento, y lucharon con tanto valor en la batalla del cielo, como lo hicieron los hermanos, aun cuando hoy, del mismo modo defienden con firmeza, en la mortalidad, la causa de la verdad y del bien.

Estos nobles y grandes trabajaron por la inmortalidad y la vida eterna de su posteridad. Miguel y Eva probablemente hayan trabajado juntos, preparando una esfera en donde su asignada posteridad pudiera lograr su salvación. Este trabajo de enorme magnitud fue obra del amor y del testimonio. Habían creado el hogar terrenal “sobre el cual estos puedan morar”, y fue una obra que el Padre consideró “buena” (Abraham 3:24; Moisés 2:31).

Al describir la ubicación del hombre y de la mujer en la tierra, el Elder Bruce McConkie escribió:

¿Cómo obtuvieron Adán y Eva sus cuerpos temporales? Nuestras revelaciones registran las palabras de la Deidad de este modo: “Y yo, Dios, dije a mi Unigénito, el cual fue conmigo desde el principio: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza” (Moisés 2:26). El hombre en la tierra –Adán y Eva y todos sus descendientes– debía ser creado a imagen y semejanza de Dios; debía ser creado a su imagen espiritual y temporalmente, con la facultad de convertir la imagen en realidad volviéndose como El. Luego las escrituras dicen: “Y yo, Dios, cree al hombre a mi propia imagen, a imagen de mi Unigénito lo creé, varón y hembra los creé” (Moisés 2:27). También: “Y yo, Dios el Señor, formé al hombre del polvo de la tierra, y soplé en su nariz el aliento de la vida, y el hombre fue alma viviente, la primera carne sobre la tierra, también eI primer hombre” (Moisés 3:7).

Para aquellos cuyo limitado entendimiento espiritual les impide comprender una narración de todos los hechos, el relato revelado, en lenguaje figurativo, habla de que Eva fue creada a partir de una costilla de Adán. (Moisés 3:21–25). No obstante, una escritura más clara habla de “Adán, que fue el hijo de Dios, con el cual Dios mismo conversó” (Moisés 6:22). En un pronunciamiento doctrinario formal, la Primera Presidencia de la Iglesia (Joseph F. Smith, John R. Winder y Anthon H. Lund) dijo que “todos los que habitaron la tierra desde Adán han tomado cuerpos y se han convertido en almas del mismo modo”, y que el primero de nuestra raza inició su vida como germen o embrión humano que se convierte en hombre” (ver Improvement Era, noviembre de 1909).

A Cristo se lo menciona en las escrituras como el Hijo Unigénito. En este punto, al considerar la “creación” de Adán, y a no ser que exista algún malentendido, debemos recordar que Adán fue creado en inmortalidad, pero que Cristo vino a la tierra como mortal. Así, nuestro Señor es el Único Unigénito en la carne, es decir, en esta esfera de existencia mortal. Adán vino a la tierra para morar en la inmortalidad, hasta que la Caída cambió su condición a la de mortal.

Aquellos que tengan oídos para oír comprenderán estas cosas. No obstante, todos debemos saber y creer, que cuando Adán y Eva fueron situados en el Jardín de Edén, no existía la muerte. Eran inmortales. A no ser que se produjera algún cambio, vivirían por siempre jamás, conservando toda la frescura, la lozanía y la belleza de la juventud. José Smith, Brigham Young, Orson Pratt y nuestros primeros hermanos predicaron muchos sermones al respecto.

Además, aunque se les hubiera mandado multiplicarse y henchir la tierra con su posteridad, Adán y Eva, en su condición de inmortalidad, no podrían haber tenido hijos. Tampoco podrían haber estado sujetos a las pruebas y experiencias probatorias de la mortalidad. Por lo tanto, se produjo la necesidad –imperativa, absoluta– de la Caída, de un cambio en la condición que pudiera traer al mundo hijos, muerte y pruebas.

 

El casamiento en el Edén

En mi opinión, la historia de la costilla es una historia de amor, de belleza incomparable, realizada en el comienzo de los tiempos y con el objetivo de ser repetida por la posteridad de Adán y Eva de allí en más: Es la historia de nuestros primeros padres unidos en el convenio de unión eterna por el Padre, quien era Dios. La historia es el preludio de la Caída y la base de toda promesa futura. Quisiera dar mi parecer respecto de esta historia, que es de gran significación para mí.

Adán y Eva fueron situados en el Jardín de Edén separadamente, a criterio del Padre. Dios ubicó a Adán en el jardín antes que a Eva, por motivos de gobierno y de preparación. Adán debía presidir o gobernar la tierra y la familia que luego vendría. (Moisés 3:15; 1 Corintios 11:3, 8–9). Le fue indicado vestir o cultivar, mantener o proteger el jardín, todas las cosas que habían sido preparadas para que las usara el hombre (Moisés 3:9). Esta mayordomía fue la iniciación de su obra predeterminada. Se le había ordenado multiplicarse y henchir la tierra, pero Adán todavía se encontraba solo, sin compañía y solitario para realizar todas sus tareas.

“No era bueno”, declaró Dios “que el hombre estuviese solo” (Moisés 3:18), o, como sugiere el hebreo, “separado”, “dividido” o “desolado”. La consecuencia personal es que Adán no podía prosperar sin su amada compañera. Dios le anunció a Adán que le proveería de su consorte, compañera y amiga predeterminada. Las palabras del Padre son su prefacio a la doctrina de la unión eterna.

“Le haré”, dijo Dios, “una ayuda idónea para él” (Moisés 3:18). No empleó una palabra, sino dos, queriendo significar que el Señor le proporcionaría “una Asistente, ayudante o socia” que fuera “adecuada, merecedora o correspondiente a Adán”. Eva era la compañera preparada y adecuada para Adán, “una socia… tanto en las cosas temporales como espirituales”, como lo expresó el Elder McConkie. Ella sería, en hebreo, “la ayuda, asistencia y el refuerzo” indispensables, y la “protección”, que “fortalece, resguarda o salva el curso futuro”.

Ahora sugeriré más específicamente una interpretación sumamente interesante acerca de la historia de la costilla. Leemos que el Señor diseñó en el esquema natural de las cosas que un “sueño profundo” cayera sobre Adán (Moisés 3:21), una frase enfatizadora que en hebreo sugiere probablemente que Adán se volvió sin vida y desanimado. Mientras Adán languidecía, el Señor le quitó la costilla, literalmente “su lado”, y creó a Eva. Eva es la costilla, lo cual es una metáfora que nos dice que Eva es el lado, el apoyo y la sujeción de Adán, y que ella es intrínseca a su ser, la compañera más íntima e inseparable. Se la llama mujer, cuyo significado es esposa del hombre, porque “fue tomada del hombre” (Moisés 3:22–24). Eva no fue una extensión misteriosa del hombre, como algunos pudieron suponer, sino la compañera que llegó en respuesta a su pedido y se la ubicó a su lado.

A través de su necesidad, el hombre le dio vida a la mujer. En compensación, ella le dio un objetivo y el ser a él. Ahora había motivos para sobrevivir, amar y trabajar, y en el curso del tiempo llegaría el regalo más preciado. Y entonces el Señor cerró la carne de la herida en el costado de Adán (Moisés 3:21), lo que nos sugiere que cerró o curó la herida del anhelo de Adán. “Porque así como la mujer procede del varón”, dijo Pablo, “también el varón nace de la mujer; pero todo procede de Dios” (1 Corintios 11:12).

Ahora, ambos estaban enteros. “Esta (mi compañera)”, dijo Adán, “ahora sé que es hueso de mis huesos” es decir, es de mi propia forma o génesis. El término hueso también connota poder y fuerza. Eva, continuó Adán, “es carne de mi carne”, indicando una unión física adecuada que une al esposo y a la esposa. “Por tanto”, advirtió Adán, “dejará el hombre a su padre y a su madre, y se allegará a su mujer” en unión fiel. (Moisés 3:23–24)

Ahora bien, el registro dice: “Y estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, y no se avergonzaban” (Moisés 3:25). Las leyendas judías sugieren una explicación alternativa fascinante para el término desnudos: un “símbolo de su relación libre de culpas con Dios y uno con el otro” Tomando prestada una metáfora del Profeta Jacob, podríamos decir que ellos estaban libres de culpa y mancha: “hallándose vestidos de pureza, sí, con el manto de rectitud” (2 Nefi 9:14). La idea de que vestían mantos sagrados en su unión corresponde a las tradiciones judías que dicen que, mientras estaban en el jardín, Adán y Eva se cubrían con vestimentas de luz.

En ese día, Dios “los bendijo y dio a ellos el nombre de Adán”, un nombre que Eva consideraba como honorífico y que presagiaba la voluntad de Adán de amarla, protegerla y cuidarla. El nombre dado a Adán simboliza su unidad perfecta. Eran uno solo en cuanto a sus propósitos y destinos, se les había ordenado permanecer juntos por siempre jamás. (Moisés 6:9)

Adán y Eva, descriptos en la bibliografía apócrifa como supremos en sus intelectos, e incomparables en belleza, se asemejaban a sus padres celestiales. La palabra hebrea “imagen” significa una reproducción exacta. Y la palabra semejanza significa similitud. Eva debía parecerse mucho a María, “una virgen, más hermosa y pura que toda otra virgen” (1 Nefi 11:14). Adán y Eva no sólo estaban hechos a imagen y semejanza de sus padres celestiales, sino que también anduvieron sus mismos pasos, marcando el camino para las generaciones venideras.

En el Edén, a Adán se le entregó el sacerdocio y las llaves, y allí Adán y Eva recibieron las instrucciones y ordenanzas sagradas. El casamiento realizado par Dios en el jardín fue una ordenanza, cuya intención era que durara para siempre. En las palabras de José Smith, “El casamiento fue una institución del cielo, instituida en el jardín de Edén… era necesario que fuera celebrada por la autoridad del Sacerdocio sempiterno.”

Adán y Eva comprendieron y creyeron en las ordenanzas que recibieron en el jardín. Comprendieron el poder del sacerdocio, puesto que sus motivos le habían sido revelados a Adán en el jardín. Sabían que el pacto de su casamiento les permitía la posteridad en el mundo y ofrecieron la promesa de la exaltación o de la vida en la familia eterna, como lo sabía el Padre. Su herencia y aspiraciones se asemejarían a Dios.

En mi mente, entonces, esta historia incluida en el relato de la costilla, es una historia de amor y belleza eternos. Cuando Adán estuvo preparado para recibirla, Dios trajo a Eva a los florecientes valles y bosques de Edén. Adán recibió a la compañera que tanto había deseado, una ayuda para cumplir con su obra. Eva lo asistiría y lo apoyaría en su obra y en su misión, porque su misión era la de él. Unidos para siempre por ordenanza eterna, elegirían obedecer el mandamiento del Padre: permanecerían como uno, y abrirían el mundo para la familia del hombre.

 

La Caída

Todo lo que se encuentra dentro del esquema eterno fue planeado y ejecutado de acuerdo a la ley divina. Dios ordenó la Caída de Adán de acuerdo a los principios eternos. Así como la redención fue preparada en los consejos eternos, lo fue el plan de la Caída, sobre la cual se predicó la redención. Adán y Eva fueron situados en el jardín para llevar a la tierra de su estado edénico al estado mortal. Por fe, cumplieron con su misión.

Para facilitar la Caída, Dios ubicó dos árboles en medio del jardín: el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal. La importancia de estos árboles va más allá de la de un fruto natural o físico: su importancia reside en su significado figurativo. Los árboles, con sus ramas y frutos, representaban las doctrinas esenciales.

Por ejemplo, el árbol de la ciencia del bien y del mal era el árbol de la probación mortal. Ingerir su fruto acarrearía consigo la mortalidad, el pecado y la muerte al mundo (Moisés 3:17; 4:9). El hombre caería fuera de la presencia de Dios en el jardín hacia la tierra de la mortalidad, donde estaría sujeto al pecado. Se lo probaría hasta lo indecible, se lo desafiaría constantemente en la lucha del bien sobre el mal, adquiriendo sabiduría, en caso de que así lo eligiera, a través de las Enseñanzas adquiridas al encontrarse frente a lo amargo y lo dulce. La procreación sería su herencia natural, y la disolución del cuerpo físico sería el destino más cierto. Los efectos de la Caída se traspasarían a la tierra y a todas las formas de vida que habitaran su faz (Abraham 3:24–25; 2 Nefi 2:22).

El árbol de la vida, básicamente, era la representación de la vida eterna. Todas las referencias de las escrituras sobre el árbol de la vida hablan del mismo árbol de la inmortalidad y vida eterna. Nefi identifica al árbol con el amor de Dios manifestado en toda su hermosura en la misión de su Hijo, y al fruto, con la vida eterna que proviene de la expiación de Cristo (1 Nefi 11:4–23). Como escribieron Joseph Fielding McConkie y Robert L. Millet, “el árbol de la vida de las escrituras es el símbolo, incluso desde los tiempos del Paraíso, del rol central y salvador de Jesucristo.”

Adán y Eva disfrutaron de la relación libre con el Padre y con el Hijo. Como lo explica el Profeta José Smith: “Adán… recibió instrucciones y caminó, habló y conversó con él [Dios], como un hombre habla y se comunica con otro.” Adán y Eva estaban espiritualmente vivos en el Jardín, y aun así no disfrutaron de las bendiciones de la vida eterna. Ellos no eran como Dios, poseyendo la vida eterna como seres salvados. Comprendieron que la promesa era suya por convenio. ¿Cómo podrían lograrlo? “Y para realizar sus propios designios [Dios] en cuanto al objeto del hombre, después que hubo creado a nuestros primeros padres,” Lehi dijo… “era menester una oposición; sí, el fruto prohibido en oposición al árbol de la vida, siendo dulce el uno y amargo el otro” (2 Nefi 2:15). Dios había enviado a Adán y a Eva a la tierra para multiplicarse y henchir la tierra con su posteridad. Ese fue el gran mandamiento dado a Adán y Eva en el día de su creación y nuevamente en el jardín. Fue el objetivo de su unión marital. La procreación era una función de la mortalidad. La procreación solo podía llegar a través del árbol de la ciencia del bien y del mal (2 Nefi 2:22–23; Moisés 5:11).

Por otro lado, Dios prohibió a Adán y a Eva que probaran el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, que simbolizaría la mortalidad. Dios no crearía el estado imperfecto, ni le instruiría al hombre que llenara la tierra con pecado y pena. “Más del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás”, le dijo Dios a Adán, “No obstante, podrás escoger según tu voluntad, porque te es concedido, pero recuerda que yo lo prohíbo, porque el día en que de él comieres, de cierto morirás” (Moisés 3:17)

“Dios el Señor le concedió al hombre que obrara por sí mismo”, dice nuevamente el padre Lehi. “De modo que el hombre no podía actuar por sí, a menos que lo atrajera lo uno o lo otro” (2 Nefi 2:16). Así, se les requirió que utilizaran su albedrío en cuanto a la Caída: la oposición significó el medio de la elección, la elección fue por medio del albedrío y el poder era de ellos. La Caída no pudo ser materia de coerción por parte del Padre. El hombre debe asumir la mortalidad por decisión consciente. Él debe, por voluntad propia, someterse a la muerte, al pecado y a la corrupción. Por voluntad propia, él debe traer esta condición la tierra y a todas las formas de vida que en ella habiten.

Es posible que la decisión de ingerir el fruto haya sido un proceso. Adán y Eva fueron tentados por un fruto y por el otro, lo que los condujo a razonar, sopesar y deliberar. Los dos árboles se encontraban en medio del jardín, como un recordatorio constante de los principios que representaban. En el momento más propicio, “ese Satanás”, quien fuera arrojado de la presencia del Padre por su rebelión (Moisés 4:3), se introdujo en el proceso de decisión.

Satanás, quien “no conocía la mente de Dios” (Moisés 4:6), se convirtió en la oposición incrementada, en el ímpetu del proceso. Tentó tanto a Adán como a Eva (DyC 29:40).

Satanás es nuevamente la serpiente, una criatura furtiva, astuta y mala. Satanás habló por boca de la serpiente, que en hebreo podría indicar el siseo y murmullo continuos de su mentira. Su motivación era la destrucción de la humanidad; debía ganar acceso a los espíritus de los hombres, y a la tierra como su dominio (Moisés 4:6; 2 Nefi 2:18). Satanás utilizó la comprensión de ellos para tentarlos.

A Eva le dijo: “De cierto no moriréis”, sino que “seréis como Dioses” (Moisés 4:10–11). ¡De qué forma tan astuta urdió Satanás su plan! A diferencia de lo que Satanás le dijo a Eva, la muerte espiritual sería el resultado inmediato de la Caída, y luego seguiría la muerte física. En realidad, ganarían en sabiduría, como dijo Satanás, pero Satanás ofrecía la sabiduría del mundo, las filosofías y sacerdocios sobre las cuales él reina, y no la sabiduría de Dios a la que aspiraban Adán y Eva. Si bien Adán y Eva comprendían los principios de la exaltación, Satanás intentó mentir y conducir a los primeros padres y a su posteridad cautiva.

A través del proceso natural del engaño y de la tentación de Satanás, el árbol de la ciencia “se volvió agradable a los ojos” (Moisés 4:12). La frase “agradable a los ojos” es un giro idiomático hebreo que significa “una cosa deseable”. Eva vio que el árbol era, en hebreo, “deseable como un medio para llegar a la sabiduría, al conocimiento”, y que el hombre debía conocer el mal para apreciar el bien. Eva sabía que el árbol de la vida era un gran árbol, con un fruto más precioso que ningún otro, y aún así decidió que el árbol de la ciencia también era ”bueno para comer”, queriendo significar nutrición y crecimiento.

Deliberadamente, Eva probó el fruto. Un hecho irreparable del cual ella conocía su esencia. Ella “dio también a su marido, y él comió con ella” (Moisés 4:12). Podemos suponer que los procesos de la Caída ya habían comenzado a funcionar en Eva, a diferencia de su marido, pues ella fue la primera en probar el fruto prohibido. Eva ofreció el fruto a Adán, no “con malicia, sino con la creencia sincera de que lo favorecería”. El Elder Bruce R. McConkie explicó: “Eva probó el fruto sin una comprensión cabal del hecho; Adán lo probó sabiendo que de no hacerlo, él y Eva no tendrían descendencia y no cumplirían el mandamiento que habían recibido de multiplicarse y henchir la tierra.”

No conocemos el verdadero significado de los términos fruto prohibido. Si sabemos que Adán y Eva transgredieron, literalmente no respetaron, en forma sistemática, la ley de continuidad en el jardín.

Ellos “cumplieron con la ley que les permitiría convertirse en seres mortales”, escribió el Elder McConkie, “y a esta conducta se la denomina ingerir el fruto prohibido”. Lo que Adán y Eva sabían, y lo que debían saber en los designios del Padre, era suficiente para que la fe les hiciera escoger la Caída. En este aspecto, es interesante advertir que Alma dijo que Dios los expulsó del jardín (Alma 42:2).

De algo podemos estar seguros: para obtener lo que les ofrecía cada uno de los árboles, Adán y Eva no podían permanecer en el jardín.

Debían probar uno para obtener lo que el otro les otorgaba. Ambos árboles en conjunto comprendían el plan de salvación eterna.

Entonces, podemos decir que fue su fe en las Enseñanzas simbolizadas por los árboles lo que les permitió nuevamente “tener esperanzas en cosas que no se ven, y que son verdaderas” (Alma 32:21). Para probar el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, deben confiar en el árbol de la expiación. Sabían lo suficiente como para hacerlo. La fe ejercida por Adán y Eva fue mayor que la que podríamos llegar a suponer. “La fe no sólo es el principio de la acción, sino también el poder, en todos los seres inteligentes, ya sea de la tierra o del cielo”, nos enseñó el Profeta. Por lo tanto, arribo a la conclusión de que sin fe “no existe el poder, ¡y sin poder no podría existir ni la creación ni la vida!” Por medio de la fe, abrieron las puertas del cielo. El hombre podría tener una oportunidad de salvación. “Y ahora, he aquí”, proclamó el padre Lehi, “si Adán no hubiera transgredido, no habría caído, sino que habría permanecido en el jardín de Edén. Y todas las cosas que fueron creadas tendrían que haber permanecido en el mismo estado en que se hallaban después de ser creadas; y habrían permanecido para siempre, sin tener fin.

“Y no hubieran tenido hijos; por consiguiente, habrían permanecido en un estado de inocencia, sin sentir gozo, porque no conocían la miseria; sin hacer lo bueno, porque no conocían el pecado.

“Pero he aquí, todas las cosas han sido hechas según la sabiduría de aquel que todo lo sabe.

“Adán cayó para que los hombres existiesen; y existen los hombres para que tengan gozo.” (2 Nefi 2:22–25).

 

Adán y Eva se preparan para ingresar al mundo

¿Por qué las escrituras enfatizan tanto la Caída de Eva, mientras la historia de Adán es casi secundaría? A través de la Restauración nos damos cuenta que la historia a mal interpretado el relato de la Caída de Eva. Dicho relato no tiene de ningún modo la intención de ser una difamación de la madre Eva. Simplemente, no sabemos cuánto comprendían Adán y Eva en el jardín. El énfasis que las escrituras colocan sobre las acciones de Eva, señala la fundamental importancia de su misión.

Podríamos decir que Eva es el pozo de la vida. Toda la creación dependió de su maternidad. Dios le sopló el aliento de la vida a Adán, según nos enseñó el Profeta José Smith, pero a Eva le dio el aliento de las vidas. Mientras que Adán vino a gobernar y a hacerse cargo, Eva vino a tener hijos y a criarlos. El don de los hijos fue el peso que Eva llevaba en su corazón y que llevó al Edén.

Con la Caída de Eva, el Padre, además de disponer las consecuencias que de seguro seguirían, la confortó. Si bien Satanás, en el curso de la mortalidad, lastimaría el talón del hombre, a través de su linaje vendría Cristo, quien aplastaría la cabeza de la serpiente (Génesis 3:15; Moisés 4:21; Hebreos 2:14). Satanás, con el poder del pecado, corrupción y muerte, sería destruido, por medio de la redención de Cristo. Las palabras del Padre testimoniaron que Adán y Eva, en la Caída, hicieron lo que debían.

El Padre le explicó a Eva la naturaleza de su maternidad en el mundo (Moisés 4:22). Su concepción se multiplicaría: Eva iba a dar a luz a muchos hijos. Los tendría con dolor, un término que en hebreo significa que Eva realizaría un trabajo mental y físico al cumplir con su papel, y no que sería castigada por su participación en la Caída. Esta fue la naturaleza del árbol de la ciencia del bien y del mal, el campo del conocimiento y del crecimiento. Pero lo más importante de todo es que fue el comienzo de la raza humana.

El hecho de que Adán le hiciera caso a su mujer en el tema de la Caída sugiere su voluntad de aceptar la paternidad. Por lo tanto, el Padre, le ordenó a Adán trabajar con el sudor de su frente. Con dolor –es decir con un trabajo afanoso que demandara el esfuerzo físico y mental– Adán trajo su abundancia a la reacia tierra. Su tarea fue, hasta cierto grado, para su propio bien, y esto, en el área del árbol de la ciencia del bien y del mal, fue parte de su aprendizaje y desarrollo. Todo lo que Adán hizo, lo hizo por su mujer y por los hijos que traerían al mundo. “Y Adán llamó Eva a su mujer, por cuanto ella fue la madre de todos los vivientes”. Eva era a la vez un título y un nombre. Eva, la primera de todas las mujeres, la madre del comienzo (Moisés 4:26). Al anunciar su nombre, Adán reveló la comprensión de su llamado y reconoció su responsabilidad de proteger y cuidar a Eva en su rol.

Con la Caída, su obra se convirtió en realidad. Por lo tanto, el Señor los “sacó del Jardín de Edén, para que labren la tierra” de la cual fueron tomados (Moisés 4:29). El lenguaje de las escrituras es el de una misión. El Señor vistió a Adán y a Eva con ropajes o indumentarias de piel antes de que dejaran el jardín. Estas vestiduras les servirían de protección en su residencia temporal, por medio del cumplimiento y obediencia a sus convenios. Entrarían al mundo vestidos adecuadamente, ungidos e instruidos. Su juicio y sabiduría, puesto que conocían el bien y el mal, dependería de su fe en Dios, y de la sabiduría que Satanás les procurara. “He aquí”, dijo el Padre, “el hombre ha llegado a ser como uno de nosotros”, queriendo significar que Adán y Eva habían avanzado un paso hacia el camino de la exaltación (Moisés 4:28).

Adán y Eva habían caminado y conversado con el Padre y el Hijo en el jardín de Edén. Ni el pecado, ni la falta de creencia, ni la mala interpretación habían levantado una barrera entre ellos. Caminar y conversar sin ningún velo que los separara era una gran bendición. Pero la mejor bendición era ser igual que el Padre, un ser exaltado. Adán y Eva probaron el fruto del árbol de la muerte para ganar la vida eterna. En el mundo volverían a probar del árbol de la vida. En su elección, Adán y Eva obtuvieron la salvación. La subsistencia de Satanás fue el polvo de la tierra, que no dio ningún tipo de recompensa. Habiéndose apoyado en la palabra de Dios, Adán y Eva ingresaron al mundo del dolor y las espinas. Tal fue su fe.

 

Adán y Eva en el mundo

Adán y Eva llegaron al mundo y moraron en algún lugar de las planicies de Olaha Shinehah (DyC 117:8). Juntos trabajaron, juntos formaron una familia; juntos invocaran el nombre del Señor y juntos escucharon su voz desde el camino del jardín de Edén. Se regocijaron en el evangelio y juntos se lo enseñaron a sus hijos (Moisés 5:1–2).

Adán y Eva, juntos, trazaron el modelo de salvación para sus hijos.

Adán fue un príncipe, un patriarca, un padre que reinó sobre su familia. Primero, estuvo al frente de su unidad familiar inmediata y luego fue el padre de toda la humanidad. El nombre Adán, que significa hombre o humanidad, también significaba “primer padre” y “muchos”, indicando la posteridad que fluiría de él. Se convirtió en el padre de todos. Indudablemente, la forma en que gobernaba a su familia era la persuasión, de longanimidad, benignidad, mansedumbre y amor sincero (DyC 121:41). Colocó su nombre a su esposa y a su familia como un escudo y una cubierta. Leemos que Adán, quien ostentó el sacerdocio de Dios, engendró un hijo qué creció a su imagen y semejanza, y “que él denominó Set”, frase que sugiere la posibilidad de que el niño haya recibido el nombre y la bendición a través de una ordenanza (Moisés 6:10). La ordenanza significó el reconocimiento parental de la obligación y responsabilidad en la educación del hijo.

Suponemos que Adán bautizó a sus hijos a la edad de responsabilidad, que les dio a sus hijos fieles el sacerdocio y que bendijo su posteridad con bendiciones patriarcales (ver Moisés 6:51; 7:1; DyC 107:42–50; 84:16). Con seguridad, les enseñó a hacer todo lo que hicieran en nombre del Hijo”, a “arrepentirse e invocar a Dios en el nombre del Hijo por siempre jamás” (Moisés 5:8). Fue un testigo viviente, y habló con el poder que le otorgó el Espíritu Santo, incluso prediciendo aquellas cosas que recaerían sobre su posteridad (Moisés 5:10). Su paternidad fue la demostración de la fe.

 

Eva, la Madre de todos los seres vivos

De igual modo, Eva sin duda ejerció una gran fe para cumplir con su misión como la madre de todos los seres vivos. La palabra madre aplicada a Eva, traducida del hebreo, significa “unión de la familia”. Eva se convirtió en la fuerza de unión que asegura y cuida en el curso futuro. Ahora, más que nunca, Eva le brinda su apoyo y soporte revelados por la figura de la costilla, y a través de las obras de su amor, se convirtió en una verdadera madre. Su amor era tal que, en las palabras de José Smith, “se aproxima al amor de Dios más que a cualquier otro”.

El significado literal de Eva es “la que da la vida”, o, como lo dijo el Profeta José “vive”, refiriéndose a la posteridad que fluiría de ella. Esta creación fue obra de ella y de nadie más. La ubicó en el centro mismo de la existencia de sus hijos, puesto que engendró y acunó a toda nueva vida humana. Eva sería salvada a través de la maternidad; es decir, no solo sería preservada por su trabajo físico, sino que también su salvación provendría de su sacrificio y de su obra (ver JST, 1 Timoteo 2:15). Su voluntad de traer vida al mundo podría considerarse como una agradable semejanza al sacrificio del Señor.

Eva recibió sus hijos como dones de Dios. “He adquirido un varón del Señor”, dijo; y oró por la fe de sus hijos, “por tanto, tal vez éste no rechace sus palabras” (Moisés 5:16). En realidad, Eva se sintió en la obligación de capacitar y educar a sus hijos. Sin duda, ella también fue una maestra que enseñó con poder, habiendo caminado en el Edén con el Padre y con el Hijo (Moisés 5:11–12)

Eva sería la madre de una línea de sacerdotes. Los profetas y los “predicadores de justicia” llegarían a través de ella (Moisés 6:23).

En el Edén se le había prometido que el Redentor provendría de su semilla, y Eva trabajó con esta esperanza en su seno (Moisés 4:21).

Así, Eva fue fiel a su cargo como la primera madre y la iniciadora de la familia humana.

 

Adán y Eva en la organización de la Iglesia

Fue a Miguel, o Adán, a quien se le entregaron las llaves de la Primera Presidencia. Fue Miguel, o Adán, quien, bajo Cristo, condujo los ejércitos del cielo. Fue Miguel, o Adán, quien bajó con Jehová un día después del día de la creación para hacer la tierra y los cielos.

Fue Adán quien abrió el mundo a los espíritus de los hombres, otorgándoles la oportunidad de una probación mortal. Y también fue Adán, bajo el servicio de Cristo, quien regiría y gobernaría todos los asuntos del Señor en la tierra.

“El hecho de que él [Adán] recibiera las revelaciones, los mandamientos y las ordenanzas en el principio está más allá de toda controversia”, declaró el Profeta José Smith. A Adán se le entregaron, enseñó el Profeta, “las llaves de la dispensación de todos los tiempos; es decir, la dispensación de todos los tiempos ha sido y será revelada a través de él desde el inicio a Cristo, y desde Cristo hasta el fin de las dispensaciones que sean reveladas.” Así, la mayordomía de Adán era trabajar por la salvación de toda la humanidad.

Las llaves de la presidencia que ostentaba Adán le autorizaron a organizar la Iglesia en su momento y, como dijo José Smith, a velar por las ordenanzas y “a revelarlas desde el cielo al hombre, o a enviar ángeles para que las revelasen”, en las eras subsiguientes.

El Profeta agrega: “Adán recibió mandamientos e instrucciones de Dios: ésta fue la orden desde el inicio.” La Iglesia se organizó línea sobre línea, a medida que Adán recibía las instrucciones: “Y Así se empezó a predicar el evangelio desde el principio, siendo declarado por santos ángeles enviados de la presencia de Dios, y por su propia voz y por el don del Espíritu Santo” (Moisés 5:58).

La Iglesia era patriarcal. Era una época en que todas las cosas, seculares y espirituales, provenían de la familia. De seguro, Eva le sirvió de apoyo a su marido a medida que la Iglesia crecía para albergar a su extensa posteridad. “Después de la Caída”, escribió el Elder McConkie, “Eva continuó recibiendo revelaciones, teniendo visiones, caminando en el espíritu.” Eva, como la primera y la cabeza de la familia, sería la primera en haber conducido y enseñado a sus leales hijas. El conocimiento de Eva sobre el evangelio, su capacidad y su inteligencia debieron de haber sido, al igual que el padre Adán, insuperables.

Si bien Adán y Eva se lamentaban por sus hijos que “amaban a Satanás más que a Dios” (Moisés 5:13), se regocijaban con aquel sector de su posteridad que servía al Señor. Estos eran los fieles miembros de la familia y de la Iglesia que se reunían en Adán–ondi–Ahman, donde “el Señor confortaba a Adán”. Esta era la posteridad que conocía la misión realizada por los primeros padres y que los bendecían por ello. Estos hijos fieles “se levantaron y bendijeron a Adán, y lo llamaron Miguel, el príncipe, el arcángel”. (DyC 107:53–56).

Adán y Eva comprendían el proceso de la mortalidad. Habían soportado la prueba terrenal. Ya no tenían que dirigirse en forma personal, cara a cara, al Padre. Cristo era el Mediador que les transmitía las palabras del Padre, que intercedía a su favor, que abogaba por su causa en las cortes del cielo, bajo la condición del arrepentimiento. En el día del bautismo de Adán, el Señor declaró:

“He aquí, te he perdonado tu transgresión en el Jardín de Edén”, queriendo significar que a través de la expiación de Cristo, la herida de pecado y muerte se había curado (Moisés 6:53). Por medio del arrepentimiento y del bautismo, Adán y Eva nuevamente se volvieron seres vivos a través de Cristo. El acto redentor de Cristo, la mayor manifestación del amor de Dios, fue el árbol de la vida:

Adán y Eva siguieron el mismo consejo que Alma le diera más tarde a aquellos que se encontraban en Zarahemla: “Venid y bautizaos para arrepentimiento, a fin de que… participéis del fruto del árbol de la vida” (Alma 5:62).

 

La hora de la Redención

Ha llegado la hora de la redención. Es el momento entre la Crucifixión y la tumba vacía. Eva, nuestra madre, gloriosa y leal, se confirma en todo lo que ha hecho. Está, como siempre lo estuvo, al lado de Miguel, el príncipe y padre de todos, para recibir al Señor redentor en el mundo de los espíritus expectantes, dentro de la congregación de los justos (DyC 138:38–39).

Las huestes espirituales se reunieron para ver el rostro del Señor y para escuchar su voz como los muertos justos, aquellos que fueron fieles al testimonio de Jesús y que sufrieron tribulaciones en su nombre. Son los hijos fieles de los días de Adán y Eva hasta los meridianos de los tiempos. Ellos son los que siguieron a los profetas y que ahora aceptan la dirección de la mano de Adán (DyC 138:12–13).

Es un intervalo de felices hosannas, el momento de gozo que Eva profetizó cuatro mil años antes, diciendo “De no haber sido por nuestra transgresión, nunca habríamos tenido posteridad, ni hubiéramos conocido jamás el bien y el mal, ni el gozo de nuestra redención, ni la vida eterna que Dios concede a todos los que son obedientes”(Moisés 5:11). En este momento aparece el Señor, predicando el evangelio sempiterno, declarando la doctrina de la resurrección y la redención de la humanidad, de la Caída. Es el momento cuando se romperán las bandas de la muerte, cuando los fieles cautivos serán libres. (DyC 138:18–19).

A aquellos que se reúnen, el Señor les da poder para hacer su aparición luego de Su propia resurrección, cada uno en su propio orden (DyC 138:51; 1 Corintios 15:23).

Adán, ostentando las llaves de la salvación y de la presidencia sobre todos sus hijos, seguramente se encontraría entre los primeros que se levantarán, a continuación de Eva, su eterna compañera.

Es en este punto que Adán y Eva deberán seguir al Señor resurrecto hacia el reino del Padre para ser coronados con la inmortalidad y las vidas eternas. Se convirtieron en dioses. Ellos, a su vez, conducirán a sus fieles hijos por su camino, aquellos a quienes les han abierto las puertas del mundo y el camino de la salvación. (DyC 138:51). Este es el momento de la eficacia, de la fuerza y de la validez, el momento en que se unen la Creación, la Caída y la Expiación. Adán, nuestro padre, y Eva, nuestra madre, participaron íntimamente en este proceso.

 

Conclusión

Adán y Eva son el espejo para aquellos que buscan la salvación eterna. Son los primeros, el ejemplo, el modelo, el arquetipo, o la figura de salvación para sus hijos. Son los primeros de un tipo o grupo de personas que buscan y reciben la salvación. Lo que obtuvieron, lo lograron por medio de la fe en la palabra de Dios.

Por fe, Eva buscó el conocimiento de Dios antes de haberse creado el mundo; por una “enorme fe”, Eva recibió un nombre sagrado como la primera esposa y la primera madre, la madre de la familia de toda la tierra; por fe trabajó para enseñar a los espíritus hijos de Dios acerca del Redentor y de su salvación; por fe, ella, junto a los Dioses, ayudó a la creación del mundo; por fe Eva pactó convenios santos en el Edén; por fe Eva engendró y crio hijos y pobló la tierra con ellos; por fe participó de la vida eterna y fue coronada con la gloria.

Así como ella conoció el principio, sus hijas deben conocerlo. Así como ella se atuvo a la verdad, deben hacerlo sus hijas. Así como ella ejerció la fe en el plan de Dios y de Cristo, debemos ejercer la fe. Así como ella y su esposo adoraron, debemos adorar nosotros. Los fieles hijos de Adán y Eva, en toda época, deben luchar y obtener de acuerdo a los mismos principios si desean obtener las mismas recompensas. Este modelo se basa en el Padre y en el Hijo. Caminar por donde Dios y sus profetas caminaron es la naturaleza de la salvación.