“La expulsión de Adán y Eva del Jardín de Edén”

 

W. Cleon Skousen, “Los Primeros 2.000 Años

Capítulo 7: “La expulsión de Adán y Eva del Jardín de Edén”

 

¿Se apareció Dios a Adán y Eva inmediatamente después de que hubieron participado del fruto prohibido?

Cuando Adán y Eva escucharon la voz del Señor, ¿qué hicieron?

¿Asumió Adán la culpa de lo que había pasado? ¿Qué dijo él?

¿Asumió Eva la culpa de lo que había pasado? ¿Qué dijo ella?

¿Qué dijo el Señor qué le pasaría a la Madre Eva?

¿Fue esto un “castigo” o estaba el Señor simplemente recitando las circunstancias que caracterizarían su nueva existencia mortal?

En tu opinión, ¿por qué el Señor no hizo a Adán y Eva sus confidentes en este momento en particular y les explicó lo que acababa de pasar?

El Señor dijo a Eva: “tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti.” ¿Cuál parece ser el objetivo del Señor al establecer este procedimiento?

Cuando este procedimiento es llevado a cabo de acuerdo a las instrucciones del Señor. ¿Es un acuerdo equitativo y eficiente?

¿Qué dijo el Señor que le pasaría a Adán?

¿Qué quiso Él decir cuando dijo que el campo sería maldito por “tu causa”?

¿Qué se entiende por el “Evangelio de Trabajo”?

¿Tenían Adán y Eva ropa preparada antes de abandonar el Jardín de Edén? ¿De dónde las obtuvieron?

Tras dejar el Jardín de Edén, ¿qué tan lejos se fueron ellos para formar su hogar? ¿Sabemos dónde fue esto?

 

El Señor vuelve al Jardín de Edén

Dios no buscó a Adán y Eva inmediatamente después que ellos participaron del fruto prohibido.

El esperó hasta que el nuevo proceso físico de sus cuerpos los había hecho súbitamente conscientes de su desnudez y los había hecho cubrirse con hojas de higuera las cuales cocieron y las convirtieron en delantales.

Fue en el “fresco del día” o probablemente pasada la tarde cuando Adán y Eva estaban caminando por entre los arboles del Jardín que súbitamente escucharon la voz de Dios. Nótese la forma natural y sin pretensiones con la cual el Señor regresó. No se apareció sorpresivamente delante de ellos con un cegador y atronador fuego de indignación. En vez de eso, Él deliberadamente habló en voz alta mientras ellos permanecían escondidos de su vista para que ellos pudieran escucharlo y estuvieran preparados.

El Señor sabía lo que habían hecho. Llenos de una sensación nueva de terror y culpa, corrieron atemorizados a la arboleda más cercana buscando refugio. Entonces el Señor vino a ellos. Llamando a Adán por su nombre, el Señor dijo: “¿A dónde vas?”

Adán respondió con la honestidad de un niño, “Oí tu voz en el jardín y tuve miedo.” Él se sentía acusado por su conciencia al ser sorprendido huyendo del Señor a quien amaba. Sin habérsele preguntado el porqué de su huida, Adán voluntariamente ofreció la información. “Porque vi que estaba desnudo, y me escondí.”

“¿Quién te ha dicho que estabas desnudo?”, preguntó el Señor. Dios conocía la respuesta tan bien como Adán, pero Él quería que Adán confesara por sí mismo lo que había hecho. Para llegar al punto rápidamente Él confrontó directamente a Adán, “¿Has comido del árbol del cual te mandé no comer, pues de hacerlo de cierto morirías?”

La respuesta de Adán es una prueba clara de que la Caída había surtido efecto completamente.

En lugar de responder a la pregunta del Señor con un simple “si” –para lo cual se había formulado la pregunta– Adán procedió a presentar una excusa explicitaria. Su nuevo y recién adquirido instinto de auto–preservación le hizo echar la culpa de lo que había hecho a alguien más: “La mujer que tú me diste, y mandaste que permaneciese conmigo, me dio del fruto del árbol, y yo comí.”

Inmediatamente el Señor se dirigió a Eva.

“¿Qué es esto que has hecho?”

Eva no tenía defensa. Al mirarla el Señor, todos los argumentos persuasivos que Lucifer le había dado por medio de la serpiente parecieron desmoronarse como diques de arena antes de la inundación.

Lo que antes había parecido tan lógico, deseable y justificable ahora brotaba en su mente como un error monumental. Ella había violado un mandamiento específico del Señor y lo sabía.

Un deseo instintivo de escapar de la culpa que sentía, surgió dentro de ella. Al igual que los billones de hijos mortales que descenderían de ella, nuestra Madre Eva se sintió compelida a evitar la responsabilidad de lo que había hecho.

“La serpiente me engañó”, clamó ella, “¡y yo comí!”

El Señor no perdió tiempo y se dirigió vertiginoso sobre la serpiente. Esta criatura era uno de los sutiles intelectos del reino animal que, como muchos de su clase, había deliberadamente caído bajo la influencia de Satanás. El Señor pronunció su juicio inmediatamente sobre ésta.

“Por cuanto has hecho esto, maldita serás sobre todo el ganado y sobre toda bestia del campo. Sobre tu vientre te arrastrarás y polvo comerás todos los días de tu vida.”[1]

Parece evidente que algún cambio tomó lugar en las capacidades físicas de la serpiente como resultado de esta reprensión dado que de otra manera la reprensión carecería de significado. “Sobre tu vientre te arrastrarás” fue el juicio. Esto parece indicar que previamente esta parte del reino animal había gozado de otro medio de locomoción.

También es de valor mencionar aquí que la relación cercana que existía entre Satanás y los miembros de este grupo de animales en el Jardín de Edén resultó en la designación de “la serpiente”[2] que se le dio a Lucifer posteriormente.

 

El Juicio de Dios para nuestra Madre Eva

El Señor entonces se dirigió a nuestra Madre Eva con estas palabras: “Multiplicaré en gran manera tus dolores en tus preñeces. Con dolor darás a luz los hijos.”

De haberlo querido, el Señor habría hecho a nuestros primeros padres Sus confidentes y les habría dicho: “Os habéis proyectado vosotros mismos hacia el Segundo Estado al comer del fruto del Conocimiento. La gran bendición que yo había planeado desde el principio ahora está disponible para vosotros. Tendréis los poderes de la procreación. Sin embargo, la condición mortal y caída de vuestros cuerpos os hará sujetos a dolores y sufrimiento y el poder de generar vuestra especie estará relacionado con vuestro paso por el valle de sombra de muerte y el costo de traer a vuestros hijos será dolor y gran tribulación. Esta es la única manera en que estas bendiciones pueden ser obtenidas mientras vuestros cuerpos mortales estén constituidos.”

Sin embargo, en Su sabiduría, el Señor no compartió esta íntima confidencia con Adán y Eva en este momento. Conociendo la psicología humana como Él lo hace, apenas les recitó las consecuencias de la Caída sin entrar en mayores detalles. Él quería que nuestra Madre Eva estuviera constantemente consciente que las tribulaciones de esta vida mortal, particularmente las tribulaciones del parto, serían ocasionadas por su propia elección. Una cosa es aceptar la invitación de progresar en el Segundo Estado por medio del voto y otra muy distinta pagar el precio. En momentos de sufrimiento, el Señor no quería que Sus hijos gimieran contra los cielos y dijeran: “¡Miren la aflicción que el Señor ha impuesto sobre nosotros!” Él quería que nuestra Madre Eva recordara que todo lo que le viniera como resultado de entrar en la mortalidad había sido ocasionado por su propia voluntad y sus propios actos.

Entonces el Señor continuó: “y tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti.”

Esto no era un castigo como muchos han opinado. Esto solo era una declaración de carácter administrativo bajo el orden patriarcal del Sacerdocio. El hecho que una persona sea colocada debajo de otra en el Sacerdocio no necesariamente significa que la persona en la posición más alta es mejor o tiene una posición más exaltada ante los ojos del Señor que aquel que está en la posición de menor autoridad. Esto se hace con un único y solo propósito: establecer orden en el reino de Dios.

Aquellos colocados en oficios donde se preside bien podrían considerarse simplemente como “el primero entre los iguales.” En tanto que esta actitud prevalezca entre los poseedores del Sacerdocio prevalecerá un espíritu de paz, pero tan pronto como un hombre mira su oficio en el Sacerdocio como una muestra de superioridad sobre sus hermanos, entonces la superchería reemplaza al Sacerdocio.[3]

El mismo principio de aplica con relación al esposo y la esposa. El esposo es simplemente “el primero entre los iguales.” Por el bien del orden en la familia, en la comunidad y en el reino de Dios, el esposo es considerado la cabeza. Pero él es la cabeza solamente para propósitos administrativos. Él es simplemente el primero entre dos personajes los cuales son iguales ante los ojos de Nuestro Padre Celestial. La igualdad de los sexos como es vista por el Señor fue convincentemente declarada por Pablo: “Pero en el Señor, ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón.”[4] En otras palabras, un esposo y esposa están unidos en una co–paternidad eterna y no pueden progresar al más alto grado de gloria del reino celestial ni separados ni solos.[5]

Solo cuando un esposo mira a su esposa como un símbolo de igualdad puede entonces ejercitar su oficio en la familia como administrador recto. Es en el preciso momento cuando intenta ejercer injusto dominio que el Espíritu del Señor lo abandonará.[6]

Siempre que la luz del evangelio ha prevalecido entre los pueblos es que han tenido a la mujer en alta estima. Solo durante épocas de apostasía, oscuridad y degeneración incivilizada las mujeres han sido convertidas en objetos y esclavas por aquellos a los que Dios había dispuesto para ser sus compañeros y protectores.

Originalmente, se planeó en la economía divina del Señor establecer un orden donde la misión de la vida tanto para los hombres como para las mujeres fuera igual. A través de la maternidad la mujer adquiere una posición de superioridad e influencia sobre las generaciones más nuevas. Esto podría eclipsar completamente la influencia de sus esposos. Habiéndoseles dado tan grande misión a las madres, nuestro Padre Celestial las colocó bajo la presidencia de sus esposos para preservar un adecuado balance del poder, influencia y repartición del trabajo. Por esta razón no hay poder de presidencia o Sacerdocio entre las mujeres. Las bendiciones del Sacerdocio que ellas disfrutan deben venir a ellas a través de sus esposos. De esta manera se mantiene el balance. Hay un gran significado detrás de la solemne declaración a nuestra Madre Eva: “y tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti.” No fue para hacer inferior a su esposo a nuestra Madre Eva –Simplemente se diseñó así ¡para mantenerlos como iguales! La unidad familiar es promovida en aquel hogar donde la esposa alienta y sostiene a su esposo al ir al frente. Ese es su llamamiento. Este es su deber y responsabilidad, la de servir como una alerta y gobernadora recta en casa.

 

El Juicio de Dios para nuestro Padre Adán

Finalmente el Señor de dirigió a Adán. “Maldita será la tierra por tu causa”, proclamó Él; “con dolor comerás de ella todos los días de tu vida.”

Esto parece haber impuesto una gran aflicción sobre la raza humana. Nótese, sin embargo, que el Señor dijo a Adán que la tierra sería maldita por “tu causa”. Muchas pruebas y dificultades son en realidad bendiciones disfrazadas y son impuestas sobre nosotros por un Padre Celestial sabio y prudente para el propósito específico de ayudarnos a aprender tanto como podamos durante nuestro estado probatorio. ¿Quién podría dudar que la exigencia para obtener una cosecha frugal de los rebeldes y reacios elementos de esta tierra temporal no hacen del carácter, la paciencia y la apreciación la fibra moral y espiritual de los trabajadores descendientes de Adán?

Nótese también que Adán no quedó solo sujeto a la necesidad de conquistar el inflexible y tenaz campo sino también a los competitivos enemigos de los cultivos que el debería cosechar: “Espinas también, y cardos te producirá (el campo).”

Entonces el Señor anunció algo que fue probablemente nuevo para nuestros primeros padres: “comerás la hierba del campo.”

En el Jardín de Edén, Adán y Eva habían aparentemente encontrado cierto grado de satisfacción al comer la fruta del árbol y de la vid. Ahora, el ingerir alimento tomó una nueva y significativa importancia ya que Adán y Eva llegaron a confiar en esto para la contínua restauración de su fuerza física. Para este propósito el Señor mandó que además del fruto, ellos deberían “comer de la hierba del campo.” Para sostener la vida, Adán y Eva iban ahora a necesitar granos y vegetales. Posteriormente se les permitiría comer carne moderadamente.

“Con el sudor de tu rostro comerás el pan.”

A esto el Señor llamó el “Evangelio de Trabajo.” El consagró la santidad del trabajo físico. Aparte de aprender la obediencia, la más grande lección de vida proveniente de Adán y Eva durante la mortalidad, sería esta diadema eterna de verdad que ninguna cosa de valor puede ser ganada sino mediante el esfuerzo.

En años posteriores, cuando Adán trabajaba bajo un sol abrasador con las manos ampolladas y el cuerpo cansado –cuando los remolinos de polvo se enrollan para cortar su aliento y ensuciar su rostro transpirado– en aquel día Adán aprendería el significado literal de las palabras de Dios cuando dijo: “¡Con el sudor de tu rostro comerás el pan!”

En esta corta conversación, el Señor condenó a Adán por escuchar los consejos de su esposa aun cuando él sabía que éstos estaban en oposición directa a los mandamientos de Dios. Ninguna mujer tiene el derecho de pedirle a su esposo quebrantar los mandamientos de Dios. Ningún esposo tiene el derecho de exigir a su esposa que ejecute el mal. El Señor desea que un hombre y una mujer unidos en matrimonio se aconsejen mutuamente, pero El jamás deseará que ninguno de los dos siga al otro por los caminos de la desobediencia y la iniquidad. El Señor por lo tanto aprovechó esta ocasión para enfatizar este principio.

 

La Expulsión de Adán y Eva del Jardín de Edén

Ahora el Señor se preparó para mandar a Adán y Eva fuera de su Jardín paradisíaco. En poco tiempo ellos abandonarían la hermosa gama de flores, follaje y frutas que cubrían los arboles de su hogar. Se les mandó partir de su seguridad reconfortante y establecer su residencia en el mundo triste, frio y hostil que yacía a las afueras del Edén.

Sin embargo, antes de hacer esto, el Señor deseó prepararlos un poco para los rigores de su nueva vida. Él les confeccionó ropa hecha de pieles de animales.[7] Es indudable que hasta ese entonces ninguno de los dos había presenciado el fenómeno de la muerte. Ellos probablemente tomaron la nueva ropa como dándola por sentado, nunca se dieron cuenta que el confort de estos nuevos vestidos había costado la vida de dos o más criaturas sobre las cuales Adán y Eva habían previamente ejercido un dominio amistoso. Inmediatamente después de su exilio del Edén debieron haber hecho una pausa con asombro horrorizado cuando vieron a los miembros del reino animal destruyéndose inmisericordemente unos a otros en la gran batalla por sobrevivir la cual había sido iniciada sobre la tierra por la Caída.

Incluso después de su exilio, Adán y Eva no se fueron muy lejos del Jardín de Edén. De hecho, establecieron su hogar en las cercanías de Adán–ondi–Ahman el cual está a solo cuarenta millas del sitio donde se ubicó el Jardín de Edén. Como ya mencionamos anteriormente, Brigham Young declaró:

“José, el Profeta, me dijo que el Jardín de Edén estaba en el condado de Jackson Missouri. Cuando Adán fue expulsado se fue al lugar que ahora se llama Adán–ondi–Ahman, condado de Davies, Missouri.”[8]

Allá, Adán y Eva empezaron la misión de labrar su salvación temporal. Las llanuras cercanas a Adán–ondi–Ahman fueron llamadas “Olaha Shinehah.” Shinehah significa “sol”[9] y Olaha es posiblemente una variante de la palabra “Olea” o “luna.”[10] Si esto es correcto, entonces el nombre “Olaha Shinehah” sería las llanuras de la Luna y el Sol –el lugar donde las escrituras específicamente describen que Adán hizo su morada.[11]

Este llegó a ser la cuna de la civilización, la fuente geográfica de la cual se vierten los millones de seres humanos que posteriormente inundarían la faz de la tierra.

 

Notas

[1] Moisés 4:15–20

[2] D. y C. 76:28; 88:110; Apocalipsis 12:9

[3] D. y C. 84:109–110

[4] 1 Cor. 11:11

[5] D. y C. 131:1–4

[6] Ibid. 121:36–37

[7] Moisés 4:27

[8] Cowley, M.F., Wilford Woodruff, p. 481

[9] Abraham 3.13

[10] Ibid.

[11] D. y C. 117:8