“La Caída del Hombre”

 

Larry Dahl, Adán el Hombre

Cap. 4: “La Caída del Hombre”

 

Este capítulo está basado en el punto de vista de la creencia en las cuatro obras fundamentales consideradas por la Iglesia como la escritura revelada y sagrada. Partimos de la convicción de que estas escrituras son correctas y que transmiten una impresión precisa respecto de los objetivos de Dios en la creación de la tierra, el origen divino del hombre, la realidad de la caída del hombre y la provisión de la expiación después de la Caída.

No es intención de este capítulo buscar la armonización de las opiniones conflictivas de aquellos que se remiten a fuentes no pertenecientes a las escrituras, seculares o filosóficas para encontrar información sobre el tema de la Caída, o que desean racionalizar o avenirse a un compromiso, con el objeto de hacer que las piezas encajen en un marco de referencia no referido a las escrituras. Estoy convencido de que las escrituras son coherentes consigo mismas, y que aunque los detalles no se conozcan, existe información suficiente en ellas que nos permite comprender que ocasionó la Caída, cuáles fueron sus consecuencias y cuál es el papel se cumplen respecto de los propósitos de Dios. Ya nos ha sido revelado lo suficiente como para ilustrarnos acerca de los propósitos prácticos y útiles que cumple la Caída en el progreso del hombre hacia la salvación. También estos nos permiten comprender que ni Adán ni Dios se arrepintieron que la Caída se produjera. De hecho, este acto es materia de regocijo. Puesto que en este capítulo partimos de la base de que el relato de las escrituras es preciso (aunque no completo), no nos ocuparemos en determinar si la narración es correcta, sino en aprender lo que realmente dicen las escrituras y sus interpretaciones a cargo de los profetas de los últimos días.

Existe un buen motivo por el cual debemos considerar y confiar en las escrituras como nuestra fuente principal de información acerca del origen de las cosas, incluso de las raíces del hombre. Hasta no saber cuáles son dichos orígenes, es imposible obtener una visión completa. Ninguno de nosotros recuerda haber estado presente en la Caída. Ninguno de nosotros recuerda, a partir de nuestra propia experiencia, cuáles fueron las condiciones, o que temas se trataron antes, durante o después de la Creación o de la Caída. Dependemos por completo de fuentes externas a nosotros para la información acerca de estos elementos. Puesto que ningún otro ser humano que habite la tierra cuenta con recuerdos personales de estos temas, la revelación de quién sí lo recuerda es absolutamente fundamental para contar con la información necesaria al respecto.

Se cuenta que Diógenes de Sinope, el educador griego que vivió aproximadamente 300 años A.C., presenció el relato que un filósofo hacía con mucha certeza acerca de las cosas eternas, frente a lo cual Diógenes se acercó y le preguntó: “¿Cuándo regresaste del Cielo?” Del mismo modo, el profeta José Smith, comentando sobre nuestra necesidad de la revelación, si deseamos contar con información correcta, dijo: “Los hombres de la actualidad [hablan] del cielo y de la tierra, y no los han visto; y diré que ningún hombre conoce estas cosas sin [la revelación].” Y también expresó: “Nunca podremos comprender las cosas referidas a Dios y al cielo, sino por medio de la revelación. Podemos espiritualizarnos y expresar opiniones sobre toda la eternidad; pero sin ninguna autoridad.” El profeta agregó: “Si observaran el cielo durante cinco minutos, conocerían más que si leyeran todo lo que se ha escrito sobre el tema”.

Por lo tanto, nuestro objetivo en este capítulo es el de presentar y comentar lo que el Señor, quien estuvo presente y recuerda la situación, ha revelado acerca de la caída del hombre y sus efectos sobre el hombre y toda la creación.

 

El Plan de Salvación: un marco doctrinario de principios fijos

Una contribución especial de la revelación de los últimos días es el concepto de que hay un plan de salvación que ha existido en la mente de Dios desde antes de la creación del mundo, un concepto sobre el cuál el actual registro bíblico no ofrece declaraciones definitivas. Si bien la Biblia no es material suficiente para comprender que Dios tiene, en realidad, dicho plan, luego de haber leído acerca del plan en las escrituras de los últimos días, se pueden encontrar rastros del tema en la Biblia.

El plan del Padre exige la caída del hombre como una etapa y un proceso indispensables en Su propósito de “llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre” (Moisés 1:39). Así, la Creación, la Caída, y la Expiación son todas partes necesarias del gran plan del Señor. Todas han sido planeadas, y cada una de ellas es fundamental para el éxito de las otras.

Que Dios tiene un plan para la humanidad se menciona al menos veintiocho veces en la escritura de los últimos días. Estas escrituras denominan de diverso modo el plan divino, a saber:

“Gran y eterno plan” (Alma 34:16) “Gran plan de felicidad” (Alma 42:8)

“Gran plan de redención” (Jacob 6:8; Alma 34:31)

“Plan de redención de la muerte” (2 Nefi 11:5)

“Plan de la misericordia” (Alma 42:15)

“Plan de nuestro Dios” (2 Nefi 9:13)

“Plan de redención” (Alma 12:25, 26, 30, 32, 33; 17:16; 18:39; 22:13–14; 29:2; 39:18; 42:11, 13)

“Plan de la restauración” (Alma 41:2)

“Plan de salvación” (Jarom 1:2; Alma 24:14; 42:5; Moisés 6:62)

“Plan del Dios Eterno” (Alma 34:9) “Plan del gran Creador” (2 Nefi 9:6)

“Su plan (de los Dioses)” (Abraham 4:21)

El plan de Dios requiere de una creación, de una caída que conlleva dos tipos de muerte, un período de probación, una serie de mandamientos y ordenanzas, una expiación infinita por parte de Dios, una resurrección, un juicio y una asignación al destino sempiterno.

Si se cambiara u omitiera cualquier parte o cualquiera de las etapas, el plan se destruiría (ver Alma 42:8). El plan es un todo, nada en él es superfluo, nada es optativo. Su totalidad es “bien concertada y unida entre sí” por “todas las coyunturas que se ayudan mutuamente” (Efesios 4:16).

El Profeta José Smith nos ha enseñado que hay leyes inmutables que gobiernan las existencias pre–mortales, mortales y post–mortales. El las denominó “principios inmutables”.

Sólo podemos comprender que ciertas cosas existen, que las podremos adquirir por medio de determinados principios inmutables. Si los hombres obtuvieran la salvación, deberían estar sujetos, antes de dejar este mundo, a determinadas reglas y principios, que fueron establecidos por un decreto inalterable antes de que exista el mundo…

La organización de los mundos espirituales y celestiales, y de los seres espirituales y celestiales, se realizó en el más perfecto orden y armonía. Sus límites y fronteras fueron establecidos irrevocablemente y las suscribieron ellos mismos voluntariamente en su estado celestial, y fueron suscriptas por nuestros primeros padres sobre la tierra. De allí la importancia de que todos los hombres de la tierra que esperen la vida eterna abracen y suscriban los principios de verdad eterna.

Les aseguro a los Santos que la verdad, en cuanto a estos temas, puede conocerse a través de las revelaciones de Dios.

Y nuevamente dice el Profeta:

Dios realizó determinados decretos que son fijos e inmutables. Por ejemplo Dios situó al sol, a la luna y a las estrellas en los cielos, y les dio sus leyes, condiciones y límites, que no pueden transgredir, salvo por Su mandamiento. Todos se mueven en perfecta armonía en su esfera y orden, y son como luces, signos y señales para nosotros. El mar también tiene límites que no puede traspasar. Dios ha colocado muchas señales en la tierra, así como también en los cielos. Por ejemplo, el roble del bosque, el fruto del árbol, la hierba del campo, todos presentan una señal de que allí se plantó la semilla, porque existe un decreto de que cada árbol, planta y hierba que tengan semillas deberán producir frutos de su especie, y no podrán transgredir ninguna ley ni principio.

 

Lo que deberíamos saber acerca de la Caída

El motivo por el cuál es importante que sepamos que Dios tiene un plan para la salvación de la humanidad, y que dicho plan incluye la caída del hombre, es que dicho conocimiento dignifica la Caída y le otorga al hombre un sentido de seguridad, mediante la eliminación de la idea del azar o de una circunstancia fortuita. La idea de un plan de Dios nos lleva a la conclusión de que la Caída: (1) fue necesaria, (2) no fue una sorpresa para Dios, (3) no fue una rebelión y (5) es una parte esencial del trayecto del hombre hacia la perfección. Es probable que haya otras dimensiones referidas a la Caída, pero todas las conclusiones anteriormente mencionadas son, desde el punto de vista filosófico y doctrinario, de importancia fundamental para que el hombre las sepa mientras vive en la tierra como un ser mortal. Si no fuera por el concepto de que se está llevando a cabo un plan completo e inteligente en beneficio de la tierra y del hombre, sería imposible tomar la distancia necesaria y contar con la fe requerida en la redención de Jesucristo. Las revelaciones se nos hacen saber cómo un marco de referencia doctrinarlo para la comprensión, de modo de poder tener fe en las cosas justas.

El Presidente Ezra Taft Benson nos ha dado una muy buena razón para comprender la Caída:

En el Libro de Mormón, los Santos supieron que el plan de redención debería empezar con el relato de la caída de Adán. En las palabras de Moroni: “Por Adán vino la caída del hombre. Y por causa de la caída del hombre, vino Jesucristo… y a causa de Jesucristo vino la redención del hombre” (Mormón 9:12).

Del mismo modo en que un hombre no desea comer hasta que siente hambre, no desea la salvación de Cristo hasta que no sabe por qué necesita a Cristo.

Nadie sabe, con total convicción, por qué necesita a Cristo hasta que comprende y acepta la doctrina de la Caída y su efecto sobre toda la humanidad. Y ningún otro libro en el mundo explica la doctrina vital, tal como lo hace el Libro de Mormón.

 

Declaraciones acerca de la Caída

Existen sobradas evidencias en el mundo de que la humanidad se encuentra en un estado de decadencia. Sabemos que la familia humana es hija de la Deidad, no sólo una de sus creaciones, sino literalmente sus hijos del espíritu, sus hijos e hijas. Por lo tanto, el hombre tiene una relación con Dios diferente de la que tienen los animales, la tierra y los planetas y estrellas. Aquellas cosas son obra de sus manos; el hombre es su progenie. Aun así, a pesar de su linaje divino, el hombre ha desplegado mucho odio, egoísmo, codicia, guerras, enfermedades y otras característica que van más allá de la majestuosidad y del elevado carácter moral de un Dios pleno de sabiduría, conocimiento, perfección y benevolencia. Una breve reflexión acerca de la historia de la humanidad y de la naturaleza de la sociedad humana nos llevaría a la conclusión de que o bien el hombre no desciende de una Deidad noble, o el hombre se ha apartado de los caminos de Dios y ha caído desde una posición sagrada y justa que una vez sustentó. De cualquier modo, el hombre mortal, pasado o presente, no ha desplegado en forma coherente las características de virtud o la perfección física, moral, espiritual e intelectual que naturalmente se esperaría encontrar en la familia de un Dios perfecto y glorioso.

El Señor ha explicado a través de sus profetas cómo se produjo esto. Es el resultado de la caída de Adán, o de la caída del hombre.

En Doctrina y Convenios, leemos: “sabemos que hay un Dios en el cielo, infinito y eterno, de eternidad en eternidad el mismo Dios inmutable…; y que creó al hombre, varón y hembra, según su propia imagen y a su propia semejanza él los creó; y les dio mandamientos de que lo amaran y lo sirvieran a él, el único Dios verdadero y viviente…Pero por transgredir estas santas leyes, el hombre se volvió sensual y diabólico, y llegó a ser hombre caído”. (DyC 20:17–20)

Aarón, hijo de Mosíah enseñó esta misma doctrina:

Y aconteció que al ver que el rey creería sus palabras, Aarón empezó por la creación de Adán, leyendo al rey las Escrituras, de cómo creó Dios al hombre a su propia imagen, y que Dios le dio mandamientos, y que, a causa de la transgresión, el hombre había caído.

Y Aarón le explicó las Escrituras, desde la creación de Adán, exponiéndole la caída del hombre, y su estado carnal, y también el plan de redención que fue preparado desde la fundación del mundo, por medio de Cristo, para cuantos quisieran creer en su nombre.

Y en vista de que el hombre había caído, éste no podía merecer nada de sí mismo; más los padecimientos y muerte de Cristo expían sus pecados mediante la fe y el arrepentimiento. (Alma 22:12–14)

Hay muchas otras declaraciones en las Escrituras, particularmente en las escrituras de los Últimos Días, que describen los efectos de la Caída. El relato de la caída de Adán se narra en el Génesis, capítulo 3, y en Moisés, capítulo 4. El relato de la caída de Adán también figura en el Libro de Mormón, que nos dice que Lehi, habiendo recibido las planchas de bronce, leyó acerca “de Adán y Eva, nuestros primeros padres” (1 Nefi 5:10–11, ver también 2 Nefi 2:17–20).

Además, el Libro de Mormón contiene gran cantidad de referencias a la tentación de Adán y Eva por parte de Satanás en el Jardín de Edén.

Resulta claro que los profetas Nefitas estaban familiarizados con el relato de las Escrituras sobre la Creación y Adán, Eva, el árbol de la vida, el árbol de la ciencia, Lucifer, la tentación, la transgresión, la expulsión del Edén y los efectos de la Caída en Adán y Eva y en toda su posteridad. Estos temas en particular son tratados con detalle por Lehi, Jacob, Benjamín, Abinadí, Alma, Amulek, Aarón, Ammón, Samuel el Lamanita y Moroni. Incluso el apóstata Antiona muestra cierta familiaridad con el contenido de la escritura Nefita, cuando le pregunta a Alma sobre la espada encendida, el Jardín de Edén y el libro de la vida (ver Alma 12:20–21).

A partir de los detalles que figuran en el Libro de Mormón, podemos arribar a la conclusión de que el relato de la Caída que figura en las placas de bronce era más completo que el de nuestro libro del Génesis. Evidentemente, las planchas de bronce contenían un registro similar al que se encuentra en el libro de Moisés, que es un extracto de la inspirada traducción del Profeta José Smith del relato del Génesis. Es obvio que al relato bíblico de la Caída le faltan algunos temas preciosos y sencillos, lo que ha conducido a un empañamiento y debilitación del mensaje.

 

La Caída fue un hecho real

Para poder tener valor eterno, es necesario que la caída de Adán sea un hecho histórico que ocurrió en la realidad en un momento y lugar específico. Aceptamos a Adán y a Eva como personas reales que vivieron, transgredieron y condujeron su propia caída y la consiguiente caída de toda la humanidad. Si contáramos con un registro completo, podríamos marcar en un calendario el momento preciso en que se produjo la Caída. Del mismo modo, si tuviéramos un mapa adecuado, podríamos marcar el lugar exacto en donde ocurrió la transgresión. La Caída es un hecho real y absoluto. Un hombre real y una mujer real transgredieron, en un momento en particular y en una ubicación geográfica, un mandamiento que trajo consigo la caída del hombre, un hecho que no sólo afectó a toda la humanidad, sino también a toda creación. La Caída es un hecho histórico, un evento real, un hecho absoluto, y no simplemente una verdad filosófica, o así llamada “religiosa”.

 

Las condiciones de vida en el Jardín del Edén

¿Qué tipo de vida era el que llevaban el hombre y los animales en el Jardín del Edén antes de la Caída? Según las escrituras, y las interpretaciones realizadas por muchos Hermanos, eran las siguientes:

1. No existía la muerte para el hombre y los animales en el jardín. El Padre Lehi declara que no había muerte entre todas las creaciones de Dios en esta tierra hasta el momento en que Adán comió el fruto prohibido: “Pues, he aquí, si Adán no hubiese transgredido, no habría caído, sino que habría permanecido en el jardín de Edén. Y todas las cosas que fueron creadas tendrían que haber permanecido en el mismo estado en que se hallaban después de ser creadas; y habrían permanecido para siempre, sin tener fin.” (2 Nefi 2:22) Del mismo modo, leemos en el libro de Moisés: “Y de la tierra yo, Dios el Señor, hice crecer físicamente todo árbol que es agradable a la vista del hombre; y el hombre podía verlos. Y también se tornaron en almas vivientes. Porque eran espirituales el día en que los cree, porque permanecen en la esfera en que yo, Dios, los cree, sí, todas las cosas que preparé para el uso del hombre; y este vio que eran buenas como alimento.” (Moisés 3:9)

Advertimos que las declaraciones anteriores no pertenecen sólo al hombre, sino a toda la creación. Lehi habla de “todas las cosas que fueron creadas” y el pasaje del libro de Moisés se refiere a la tierra, al hombre y a todas las cosas de la tierra; no había muerte, y todas esas cosas hubieran permanecido para siempre, sin fin, si la muerte no hubiera ingresado por la transgresión de Adán. Esto nos recuerda la declaración en Doctrina y Convenios de que para Dios todas las cosas son espirituales, y que no les ha dado mandamiento temporal ni mortal (DyC 29:34–35). Es decir, Dios es `sempiterno e infinito; es un ser espiritual, y lo que El hace es espiritual, no mortal ni temporal. Según las escrituras, fue Adán, no Dios, quién trajo la muerte. La muerte no era parte de la creación original del Señor de esta tierra o de cualquier cosa que estuviera sobre su faz.

2. No nacería ningún niño en el jardín. Lehi es directo en su explicación de que sin la Caída, Adán y Eva –no hubieran tenido hijos (2 Nefi 2:23). Y Lehi no es el único que menciona que Adán y Eva no hubieran tenido hijos si no hubiera existido la Caída. Eva advirtió a situación y dijo con alegría: “De no haber sido por nuestra transgresión, nunca habríamos tenido posteridad”. Esta maravillosa declaración no figura en nuestra Biblia actual. El Profeta José Smith la dio a conocer por medio de la traducción de la Biblia. No cabe duda de que esto estaba escrito en las planchas de bronce, que sería la fuente de comprensión de Lehi. Además, tenemos la confirmación mediante las palabras del profeta Enoc: “Por motivo que Adán cayó, nosotros existimos, y por su caída vino la muerte” (Moisés 6:48).

3. No había sangre en los cuerpos de Adán y Eva en el jardín. El hecho de que no hubiera sangre en los cuerpos de Adán y Eva antes de la Caída, y de que la sangre llegó como resultado de la Caída, no se encuentra en ningún pasaje de las escrituras en forma categórica. Sin embargo, importantes maestros doctrinarios como el Presidente Joseph Fielding Smith y Elder Bruce R. McConkie declararon que así fue. Esta conclusión se basa en las escrituras y toma en cuenta que la sangre es la vida mortal del cuerpo (ver Génesis 9:2–6; Levítico 17:10–15).

Otro punto que respalda la conclusión de que Adán y Eva no teman sangre en sus cuerpos pre–mortales e inmortales es que el Profeta José Smith nos asegura que los seres resucitados no poseen sangre, pero si cuerpos de carne y hueso “teniendo espíritu en sus cuerpos, pero no sangre”. El Profeta también expresó: “Cuando el Espíritu de vida a nuestra carne, no habrá sangre en este tabernáculo”.

Refiriéndose al lugar donde mora Dios, el Profeta dijo: ” La carne y la sangre no pueden ir allí; pero la carne y los huesos estimulados por el Espíritu de Dios, si pueden (Ver también 1 Corintios 15:50) Esto es todo lo que sabemos acerca de la sangre: (a) es parte vital de nuestras vidas mortales y es fundamental para el proceso reproductor de los mortales; (b) fue el agente de la redención en la expiación de Jesucristo; derramando su sangre para redimir a todas las personas de los efectos de la Caída y, bajo la condición del arrepentimiento, de sus pecados personales; y (c) la sangre no existirá en los cuerpos de los seres resucitados.

Conociendo estos hechos, resulta evidente que la sangre es la insignia de la mortalidad, y puesto que no existirá en los cuerpos inmortales de Adán, Eva y su posteridad en la resurrección, podemos razonablemente arribar a la conclusión de que no existió sangre en los cuerpos inmortales y pre–mortales de Adán y Eva antes de la Caída.

4. No existió pecado en el Jardín del Edén hasta la transgresión cometida por Adán y Eva. Este hecho no presenta controversia alguna.

Todo el concepto de la Caída se basa en él. Lehi declaró que sin la Caída, Adán y Eva “habrían permanecido en un estado de inocencia,… sin hacer lo bueno, porque no conocían el pecado (2 Nefi 2:23).

5. Adán y Eva estuvieron ante Dios en el Jardín de Edén. Si bien el Padre no estaba constantemente en el jardín con Adán y Eva, los visitaba con frecuencia y ellos podían verlo y hablar con Él. No obstante, Iuego de la Caída y de haber sido arrojados del jardín, pudieron oír la voz de Dios: “y no lo vieron, porque se encontraban excluidos de su presencia” (Moisés 5:4).

Las cinco condiciones descriptas anteriormente, que fueron características del Edén, Ya no existen en la tierra. Se han eliminado y reemplazado por la muerte física, la reproducción, la sangre, el pecado y la separación de Dios. Este es el mundo mortal, temporal, decadente en el que hemos nacido. Desde la Caída, el mundo ha provenido directamente del mundo de los espíritus pre–mortales, mediante el proceso de nacimiento, hacia un mundo de mortalidad. Sin embargo, Adán, Eva Y los animales, aquellos seres que primero ocuparon la tierra, se trasladaron del estado pre–mortal, hacia el Jardín, y luego hacia la mortalidad.

 

Definición de palabras claves

Sería de gran utilidad examinar y definir algunos términos que se emplean con frecuencia en las escrituras Y que se relacionan con el tema de la Caída.

Alma

Las escrituras definen al alma como la combinación de un cuerpo espiritual y de un cuerpo físico (DyC 88:15; ver también Génesis 2:7; Moisés 3:7, 9, 19; Abraham 5:7). Los hombres, los animales, los árboles y la misma tierra son todas almas vivientes. Todos se crean primero como espíritus y se vuelven almas vivientes al recibir los tabernáculos, los tabernáculos que han sido mortales, o temporales, desde la caída de Adán.

Espíritu y Espiritual

Un espíritu es un personaje, compuesto de materia de espíritu demasiado refinada y sutil para que el ojo de los mortales la perciba naturalmente o para que la mano de los mortales pueda tocarla. (DyC 129:6–8; 131:7–8). Todas las cosas que pertenecen a esta tierra han sido creadas como espíritus antes de haber sido creadas físicamente. Esto recibiría el término adecuado de la creación del espíritu. Entonces, Dios creó las cosas en el aspecto físico, pero no existía la muerte ni el pecado. Por lo tanto, la creación física (como se la describe en Génesis 1 y 2) era tangible en su naturaleza, pero espiritual en sus condiciones. Un cuerpo resucitado es un tabernáculo físico, tangible, tanto como lo son nuestros cuerpos en este tiempo respecto de la mortalidad; pero un cuerpo resucitado no es un cuerpo sujeto a la muerte, por lo que se lo denomina cuerpo espiritual (no cuerpo de espíritu). En este sentido, las escrituras mencionan los cuerpos resucitados físicos y tangibles como espirituales (ver Alma 11:45; DyC 88:26–28; 1 Corintios 15:42–49). No cabe duda, a partir del contexto de estos pasajes de las escrituras, de que se habla de un cuerpo físico, en contraposición con el cuerpo del espíritu, si bien se utiliza la palabra espiritual.

Habiendo ya determinado como se emplea el término espiritual en diversas escrituras que hablan de la muerte y de la resurrección, podemos comprender con mayor claridad la condición de la tierra y de todo lo que en ella habitaba cuando fueron creados. El relato de la creación en seis días que figura en el Génesis, en Moisés y en Abraham son registros de la creación espiritual, que era una creación física bajo condiciones inmortales. No obstante, no contamos con relatos detallados acerca de la creación del espíritu, aquella creación que ocurrió antes de la creación espiritual, y aun así debemos saber que la hubo.

Carne

La palabra carne tiene diversas connotaciones en las escrituras, una de las cuáles es la mortalidad. Repetidas veces se nos advierte que no confiemos en el “brazo de la carne” (2 Nefi 4:34; 28:31; Jeremías 17:5), y se nos recuerda que “la carne es hierba” (Isaías 40:6). Las escrituras también hablan de “las concupiscencias de la carne” (1 Nefi 22:23; Gálatas 5:19; 1 Juan 2:16). Todos estos pasajes se refieren al hombre en su condición mortal, decadente. También hay referencias a la carne de los seres resucitados, como en el Evangelio según San Lucas, donde Jesús dice: “porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo” (Lucas 24:39). No obstante, en la mayoría de los casos la palabra carne hace referencia al hombre en su estado mortal y decadente. Por lo tanto, cuando de Adán se dice que “es la primera carne sobre la tierra”, se refiere a ser el primero en volverse mortal (Moisés 3:7). En este caso, carne equivale a mortal. En la creación física, el hombre fue situado sobre la tierra luego de los animales. Pero en el proceso de la Caída, el hombre se volvió mortal antes de los animales. Siendo así el caso, el hombre no hubiera podido provenir de los animales, puesto que no existió la mortalidad antes de la caída de Adán, y sin mortalidad no podía haber ni nacimientos ni muertes sobre la faz de la tierra.

El proceso de tres etapas por el cual el hombre y la tierra se volvieron mortales se encuentra ilustrado por el cuadro que forma parte del presente capítulo.

Muerte

La palabra muerte significa literalmente “separación” o “estar separado de”. Así, la muerte física es la separación del cuerpo y el espíritu. La muerte espiritual significa estar fuera de la presencia de, o dividido de o separado de Dios o del bien.

 

Los efectos de la Caída

Una vez definidos los términos pertinentes, ahora nos encontramos preparados para abordar los efectos de la Caída. Una de las declaraciones más claras acerca de estos efectos es la de Jacob, hijo de Lehi:

Yo sé que vosotros no ignoráis que nuestra carne tiene que perecer y morir; no obstante, en nuestro cuerpo veremos a Dios… Porque así como la muerte ha pasado sobre todos los hombres, para cumplir el misericordioso designio del gran Creador, también es menester que haya un poder de resurrección, y la resurrección debe venir al hombre por motivo de la caída; y la caída vino a causa de la transgresión; y por haber caído el hombre, fue desterrado de la presencia del Señor (2 Nefi 9:4, 6).

En este pasaje, Jacob aborda el tema de las dos muertes que fueron consecuencia de la Caída. Un castigo infringido por el Señor por haber ingerido el fruto prohibido fue que “el día que (Adán) de él comieres, ciertamente morirás” (Génesis 2:17). Lo primero que ocurriría era la muerte espiritual, o dicho de otro modo, ser alejado de la presencia de Dios. Es, según lo describe Alma, “una muerte eterna respecto de las cosas pertenecientes a la rectitud” (Alma 12:32). Adán sufrió esta muerte luego de haber probado el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. Cuán rápido fue este proceso, no lo sabemos, pero fue un resultado directo de haber ingerido el fruto, y la impresión es que fue relativamente pronto.

La muerte física no llego con la misma rapidez. El registro indica que Adán vivió 930 años luego de haberse convertido en mortal (Moisés 6:12). Aun así, la muerte física de Adán se produjo dentro de un día del Señor, que equivale a mil de nuestros años, puesto que como expresa Abraham, en el momento en que se anunció el castigo de muerte, Adán y la tierra aún se regían por el tiempo del Señor (ver Abraham 5:13; 3:4).

Entonces, el primer juicio que recibió el hombre fue la muerte, ambos tipos de muerte, según la advertencia del Señor. En el contexto de la Expiación, Jacob define cuidadosamente los efectos de la Caída:

Por tanto, es preciso que sea una expiación infinita, pues a menos que fuera una expiación infinita, esta corrupción no podría revestirse de incorrupción. De modo que el primer juicio que vino sobre el hombre tendría que haber permanecido infinitamente. Y siendo así, esta carne tendría que descender para pudrirse y desmenuzarse en su madre tierra, para no levantarse jamás.

¡Oh, la sabiduría de Dios, su misericordia y gracia! Porque he aquí, si la carne no se levantará más, nuestros espíritus tendrían que estar sujetos a ese ángel que cayó de la presencia del Dios Eterno, y se convirtió en el diablo; para no levantarse más.

Y nuestros espíritus habrían llegado a ser como él, y nosotros seríamos diablos, ángeles de un diablo, para ser separados de la presencia de nuestro Dios y permanecer con el padre de las mentiras, en miseria como él. (2 Nefi 9:7–9).

Estas muertes, la física y la espiritual, son tan reales, tan terribles, y, sin la expiación de Cristo, tan destructoras de la felicidad de la humanidad –siendo la separación de Dios particularmente aterradora– que Jacob las llama “un terrible monstruo”: “!Oh, cuán grande es la bondad de nuestro Dios, que prepara un medio para que escapemos de las garras de este terrible monstruo, si, ese monstruo, muerte e infierno, que llamo la muerte del cuerpo y también la muerte del espíritu!” Y luego repite: “¡Oh, la grandeza de la misericordia de nuestro Dios, el Santo de Israel! Pues el libra a sus santos de ese terrible monstruo, el diablo y muerte e infierno, y de ese lago de fuego y azufre, que es tormento sin fin.”(2 Nefi 9:10, 19).

Debido a la caída de Adán, el advenimiento de la muerte física es inevitable para todos. El deterioro y la muerte son la herencia literal de toda cosa viva de esta tierra. La ciencia médica y el adecuado cuidado físico pueden posponer el día de la muerte física, pero nada puede evitarla. Si un accidente o una enfermedad no causan la muerte, el inexorable paso del tiempo y el “deterioro” de la carne la ocasionarán inevitablemente. Incluso aquellos que son trasladados deberán experimentar un tipo de muerte, un cambio, aunque sólo sea instantáneo. No sentirán el “sabor” de la muerte, pero deberán experimentar dicho cambio para poder ser resucitados (ver 3 Nefi 28:6–8, 17, 36–40; Juan 21:21–23).

La otra muerte, que también es heredada de Adán a toda la humanidad, es la separación de Dios. Ninguno de nosotros ha experimentado la muerte física, pero cada uno de nosotros ya ha sufrido la muerte espiritual.

Sólo por haber nacido como descendientes de Adán, hemos experimentado la muerte espiritual, al menos en cuanto a que no estamos ante la presencia de Dios. Este estado se inicia en el nacimiento mortal, y se incrementa luego de haber cumplido los ocho años de edad, a no ser que recibamos el renacimiento del espíritu, o hasta que lo hayamos recibido.

Jacob describe gráficamente cuál sería el efecto de la Caída sobre toda la humanidad de no existir la redención. No habría resurrección de nuestros cuerpos muertos, y nuestros espíritus se convertirían en diablos, miserables para siempre, alejados de la presencia de Dios, para vivir con el diablo por siempre jamás. Esta es la consecuencia última, legal y justa de la Caída, si no existiera la redención. En las palabras de Jacob: “El primer juicio que sobrevino al hombre fue de duración infinita”.

¿Cuál es ese primer juicio? Fue: “ciertamente morirás” (Génesis 2:17; Moisés 4:17). El motivo por el cual hay dos tipos de muerte es que la Caída afecta tanto al cuerpo como al espíritu. Jacob explicó la situación con mayor exactitud que cualquier otra persona en las escrituras. No podríamos considerar a Jesús como nuestro Salvador a no ser que supiéramos que se pierde y qué es lo que él salva de nosotros, y Jacob nos proporciona esta importante información.

Samuel el Lamanita también enseñó que había dos muertes como resultado de la Caída: “hallándose desterrados de la presencia del Señor por la caída de Adán, todos los hombres son considerados muertos, tanto en lo que respecta a cosas temporales como a cosas espirituales” (Helamán 14:16). El hermano de Jared, expresando humildemente su sentido de debilidad e indignidad, suplicó misericordia al Señor, diciendo: “por causa de la caída la naturaleza se torna mala continuamente” (Éter 3:2).

En nuestra dispensación el Señor también habló sobre el efecto de la Caída sobre Adán y su posteridad. Cabe advertir que ambos tipos de muerte se tratan a continuación:

Aconteció, pues, que el diablo tentó a Adán, y éste comió del fruto prohibido y transgredió el mandamiento, por lo que vino a quedar sujeto a la voluntad del diablo, por haber cedido a la tentación.

Por tanto, yo, Dios el Señor, hice que fuese echado del jardín de Edén, de mi presencia, a causa de su transgresión, y en esto murió espiritualmente, que es la primera muerte, la misma que es la última muerte, que es espiritual, y la cual se pronunciará sobre los inicuos, cuando yo diga: Apartaos, malditos.

Más he aquí, os digo que yo, Dios el Señor, le concedí a Adán y a su posteridad que no muriesen, en cuanto a la muerte temporal, hasta que yo, Dios el Señor enviara ángeles para declararles el arrepentimiento y la redención mediante la fe en el nombre de mi Hijo Unigénito. (DyC 29:40–42).

Pablo, en el Nuevo Testamento, declara suscintamente que “así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados” (1 Corintios 15:22). Otros pasajes de las escrituras nos ayudan a comprender claramente que lo expresado por Pablo se refiere a algo más que a la muerte física. También se aplica a la muerte espiritual. Todos los seres atraviesan la muerte espiritual y la mortal debido a Adán. Del mismo modo, por causa de Cristo (como se demostrará en el siguiente capítulo) todo ser será redimido de la muerte espiritual y de la muerte física, que fueron ambas heredadas de Adán. A partir de allí, los hombres serán juzgados por sus propios pecados y no por la transgresión de Adán (ver Helamán 14:15–18).

 

Cuando Adán cayó, también cayó toda la Creación

A esta altura del capítulo, habiendo tratado los efectos de la caída de Adán, hemos enfatizado el efecto fue tuvo sobre la humanidad. No obstante, advertimos anteriormente que las escrituras aplican la Caída a “todas las cosas que fueron creadas” (2 Nefi 2:22; Moisés 3:9). Las enseñanzas de muchos de los Hermanos a lo largo de los años explican que cuando Adán cayó, lo hizo toda la creación. Observamos evidencias de la caída universal en la muerte y en la naturaleza temporal, mortal de todas las plantas, animales y aves. La muerte es la orden de esta creación en la que vivimos.

Las escrituras dicen que hasta la tierra perecerá y será vivificada: “La tierra soporta la ley de un reino celestial… así que será santificada; sí, a pesar de que morirá, será vivificada de nuevo” (DyC 88:25–26). Esto agrega significado al décimo artículo de fe, que establece que la tierra “será vivificada y recibirá su gloria paradisíaca.”

Entre los Hermanos que enseñaron la doctrina acerca de que toda la creación cayó, se encontraba Elder Orson Pratt, quien dijo:” Los cielos y la tierra fueron contaminados, es decir, los cielos materiales y todo lo que se relaciona con nuestro planeta; todos cayeron cuando el hombre cayó, y se volvieron sujetos a la muerte cuando el hombre se volvió sujeto a ella.”

Del mismo modo, Elder Parley P. Pratt escribió:

Tengo el penoso deber de rastrear algunos de los cambios importantes que se produjeron y las causas que conspiraron para reducir la tierra y sus habitantes a su estado actual. En primer lugar, el hombre cayó de su presencia frente a Dios por dar lugar a la tentación, y esta caída afectó a toda la creación, así como también al hombre, y ocasionó varios cambios. Se lo separó de la presencia de su Creador; un velo los dividió, y el hombre fue arrojado del Jardín de Edén para labrar la tierra, que había sido maldecida por su causa y que debía comenzar a producir espinas y cardos, y con el sudor de su frente debería ganarse el pan, y con dolor, comer de él todos los días de su vida, y finalmente volver al polvo…

Ahora bien, lector, observe el cambio. Esta escena, que antes había sido tan hermosa, se había convertido ahora en una morada de dolor, de muerte y de duelo; la tierra rugía con su producción de espinas y cardos maldecidos; y el hombre y la bestia eran enemigos; la serpiente arrastrándose astutamente, temiendo que su cabeza recibiera el golpe fatal; y el hombre asombrado en medio del camino lleno de espinas, temiendo que los dientes de la serpiente mordieran su talón; mientras el cordero derrama su sangre sobre el altar humeante. Al poco tiempo, el hombre comienza a perseguir, a odiar y a asesinar a sus congéneres, hasta que finalmente la tierra se Llena de violencia, la carne se corrompe, los poderes de las tinieblas prevalecen.

En épocas más recientes, Elder Bruce R. McConkie escribió acerca de la caída universal: “A Adán le llegó la orden: ‘Maldita será la tierra por tu culpa; con pena comerás de ella todos los días de tu vida. Las espinas y también los cardos llegarán a tí’. Así, fue maldecida la tierra paradisíaca; así cayó; y así se llegó al estado en que ahora se encuentra”. Otra declaración del mismo Apóstol dice:

“Cuando llegó la caída, se produjeron cambios radicales para el hombre, la tierra y todas sus formas de vida”. Y agregó: “Cuando Adán cayó, también lo hizo la tierra y se convirtió en una esfera mortal, en la que las personas carnales y terrestres vivirían”.

En un discurso pronunciado por el presidente Brigham Young, advertimos lo siguiente:

[Adán y Eva] transgredieron un mandamiento del Señor, y por dicha transgresión el pecado ingresó al mundo. El Señor sabía que ellos lo harían, y así lo planeó. Luego llegó la maldición sobre los frutos, los vegetales y sobre toda la madre tierra; y sobre las cosas que se arrastran, sobre los granos del campo, los peces del mar y sobre todas las cosas pertenecientes a esta tierra, a causa de la transgresión del hombre.

Y finalmente, contamos con esta breve declaración del Presidente Joseph Fielding Smith acerca del efecto de la caída de Adán sobre toda la creación: “Luego de la caída de Adán, el Señor “maldijo” la tierra, y su condición mortal, pasó a la tierra y a toda su faz.”

Evidentemente, los animales, las plantas y la tierra no tienen la responsabilidad moral que le cabe al hombre, pero todos los otros efectos de la Caída pertenecen a toda la creación, y no sólo al hombre. La importancia de advertir que la caída de Adán trajo consigo la mortalidad a toda la creación consiste en que niega el concepto de que el hombre evolucionó de otras formas inferiores de vida por evolución orgánica. Adán fue el primero en volverse mortal, el primero en contar con el poder de reproducir.

 

El tema del pecado original

Puesto que los efectos de la caída de Adán han sido transmitidos a toda su posteridad, desde el nacimiento hasta la inmortalidad, cada uno de los descendientes de Adán, excepto Jesucristo, han participado de la caída de Adán y sufrirán tanto la muerte física como la espiritual. Jesús llegó a este mundo como el Único Engendrado del Padre en la carne, y por lo tanto, la muerte no lo dominó como a la posteridad de Adán. Jesús tuvo prosapia a través del Padre fuera de o más allá de la descendencia de Adán, y por lo tanto, Jesús tuvo “vida en sí mismo” porque era el Hijo de Dios en la carne (Juan 5:26; 10:17–18): Así, pudo redimirse por la Caída y pagar la deuda generada por Adán. Por lo tanto, lo que perdimos en Adán, lo volvemos a ganar en Cristo. Si bien todos deben morir, Jesús levantará a los descendientes de Adán en la resurrección, de modo que nunca volverán a morir una muerte física (Alma 11:45). Toda la posteridad de Adán fue separada de la presencia de Dios a causa de la Caída, pero gracias a la Redención, realizada por Jesucristo, quien no había pecado, toda la posteridad de Adán será rescatada de la muerte espiritual y será regresada a la presencia de Dios para un juicio de los hechos individuales (Alma 42:43; Helamán 14:17). Si en dicho momento, un individuo da cuenta de incesantes pecados, podrá ser separado nuevamente de la presencia de Dios por siempre jamás, por sus propios pecados, no por la transgresión de Adán.

Puesto que el hombre hereda los efectos de la caída de Adán, se plantea el tema del pecado original y de si los niños nacen pecadores, habiendo heredado el pecado de Adán. Los defensores del pecado original, un concepto enseñado durante siglos a lo largo de toda la Cristiandad, se basan en su interpretación (o mala interpretación) de los escritos de Pablo para justificar sus opiniones.

Pablo es más específico que otros escritores bíblicos en lo referente a la Caída y testifica que la caída de Adán ha descendido sobre la naturaleza del hombre. Por ejemplo, escribió a los Corintios: “En Adán todos mueren” (1 Corintios 15:22) y a los Santos Romanos declaró: “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte; así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron… Porque si por la transgresión de aquel uno murieron los muchos, abundaron mucho más para los muchos la gracia y el don de Dios por la gracia de un hombre, Jesucristo… Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos.” (Romanos 5:12, 15, 19)

Si bien Pablo describe la relación entre Adán y Cristo mejor que cualquier otro escritor de la Biblia, sus escritos no tienen la misma claridad que el Libro de Mormón, Doctrina y Convenios o la Perla de Gran Precio. Debido a las palabras empleadas en el pasaje de Romanos que citamos anteriormente, los teólogos han arribado a la conclusión de que los niños pequeños en realidad heredan el pecado de Adán. Lo denominan “pecado original”.

“Pecado original” es el concepto de que, puesto que la caída de Adán trajo consigo la muerte y la enajenación de toda la familia humana, los niños pequeños nacen en pecado, o con el castigo del pecado, y no reciben los favores de Dios. Por lo tanto, si muriesen en su primera infancia sin ser bautizados, estarían por siempre separados de la presencia de Dios. Es probable que esta creencia tenga sus raíces en una toma de conciencia de los efectos de la Caída, sin tener una visión completa de los resultados de la Redención. Este concepto de pecado original es, no cabe duda, una doctrina falsa, porque reconoce la Caída y la consiguiente muerte y el pecado, pero no reconoce la tarea del Salvador al redimir a la humanidad de la Caída. La doctrina del pecado original tendría parte de verdad si no hubiera redención a través de Jesucristo, y no sólo se aplicaría a los niños, sino también a toda la familia humana. Pero puesto que Cristo si sufrió una expiación, la doctrina del pecado original, así como ha sido enseñada tradicionalmente, es incorrecta.

La doctrina del pecado original, sostenida durante grandes períodos de la Cristiandad, se basa en el razonamiento de varios filósofos que vivieron en la época de la Apostasía. Esta teoría surgió durante el segundo y tercer siglos A.C. y fue desarrollada particularmente por Agustín en el siglo quinto. Este razonamiento sostenía que la posteridad de Adán en realidad pecó por la transgresión de Adán. Los defensores de este concepto citarían Romanos 5:12, 15, 19 (ya citados), interpretando el significado de que a través de Adán, el pecado ingresó a este mundo, y Adán lo traspasó a todos los hombres, convirtiéndolos en pecadores. Cabe advertir que existe una diferencia entre que un niño herede el pecado real en sí y que herede solo las consecuencias del pecado. Los padres de la iglesia desde el segundo al cuarto siglo A.C. enseñaban que los niños pecaban realmente en Adán. Las revelaciones de los Últimos Días enseñan que el hombre sólo hereda las consecuencias, no el pecado en sí.

Puesto que a los niños se los consideraba como pecadores reales desde su nacimiento, parecería que los poco inspirados filósofos llegaron sin demasiadas bases a la suposición de que, por lo tanto, a los niños les sería negado un lugar en el cielo si morían antes de ser bautizados. A partir de allí, se desarrolló el concepto de bautismo en la niñez temprana para adaptar esta peculiar visión de la caída de Adán.

La equivocada opinión del pecado original, que sostiene que los niños pequeños nacen en pecado, también condujo al desarrollo en el Catolicismo de la doctrina de la “inmaculada concepción”. Esta doctrina no es, como muchos suponen, una referencia a la concepción de Jesús, sino que se refiere a la creencia de que María, madre de Jesús, fue concebida milagrosamente en el vientre de su madre de modo que ella (María) no naciera con el estigma del pecado original, y así pudiera ser libre para concebir al sagrado niño Jesús.

No existe nada en el Viejo o en el Nuevo Testamento que explique con claridad, y sin resquicios, cómo se aplica la caída de Adán a los niños. Si en realidad la humanidad pecó en Adán, o si el hombre sufre únicamente las consecuencias de la Caída. Tampoco encontramos en la Biblia una declaración que exprese claramente cómo se aplica la Redención específicamente a los niños. No obstante, sólo podemos encontrar dicha declaración en el libro de Moisés, que fue revelada como parte de la traducción del Génesis por parte del Profeta José Smith.

En este pasaje en particular, el profeta Enoc les enseña a las personas acerca de Adán y de cómo la muerte y el pecado ingresaron al mundo. Enoc les recuerda a sus oyentes qué le fue enseñado a Adán y cómo se explicó al primer hombre el plan de salvación:

Y por su propia voz [Dios] llamó a nuestro padre Adán, diciendo: yo soy Dios; yo hice el mundo y los hombres antes que existiesen en la carne.

Y también le dijo: Si te vuelves a mí y escuchas mi voz, y crees y te arrepientes de todas tus transgresiones, y te bautizas en el agua, en el nombre de mi Hijo Unigénito, lleno de gracia y de verdad, el cual es Jesucristo, el único nombre que se dará debajo del cielo, mediante el cual vendrá la salvación a los hijos de los hombres, recibirás el don del Espíritu Santo, pidiendo todas las cosas en su nombre, y te será dado cuanto tú pidieres. Y nuestro padre Adán habló al Señor, y dijo:

¿Por qué es que los hombres deben arrepentirse y bautizarse en él agua? Y el Señor le contestó: He aquí, te he perdonado tu transgresión en el Jardín de Edén. De allí que se extendió entre el pueblo el dicho: Que el Hijo de Dios ha expiado el pecado original, por lo que los pecados de los padres no pueden recaer sobre la cabeza de los niños, porque éstos son limpios desde la fundación del mundo. (Moisés 6:51–54).

Este pasaje nos asegura por completo que Adán es perdonado por su transgresión en el jardín y que su posteridad es libre de toda responsabilidad respecto de dicha transgresión. Sólo somos responsables de nuestros propios pecados. Si este pasaje hubiera permanecido en el Libro del Génesis, o si la doctrina correcta hubiera sobrevivido en nuestro Nuevo Testamento, se podría haber evitado el concepto erróneo del pecado original y del bautismo de los niños, como lo han enseñado y practicado muchos cristianos, durante los últimos ochocientos años.

En un discurso registrado en el Libro de Mormón, el Rey Benjamín explica que un hombre hereda su condición de caída de Adán, pero también dice que la redención de Cristo protege a los no conocedores y a los niños de toda la fuerza de la Caída. “Pues he aquí”, dice, “y también su sangre expía los pecados de aquellos que han caído por la transgresión de Adán, que han muerto no sabiendo la voluntad de Dios concerniente a ellos” (Mosíah 3:11). Y luego declara: “más te digo que son benditos [los niños pequeños]; pues he aquí, así como en Adán, o por naturaleza ellos caen, así también la sangre de Cristo expía sus pecados” (Mosíah 3:16).

Del mismo modo, el Señor ha hablado de este tema: “Todos los espíritus de los hombres fueron inocentes desde el principio; y habiéndolo redimido Dios de la caída, el hombre llegó a quedar de nuevo en su estado de infancia, inocente delante de Dios.” (DyC 93:38). Lo que está implícito en el pasaje anterior es que: Todo hombre, por haber nacido en la mortalidad, cae por ser descendiente de Adán, pero por la expiación de Dios (Cristo), todos los niños pequeños en su estado mortal infantil son inocentes frente a Dios.

En nuestra era sofisticada e “iluminada”, muchos religiosos rechazan la idea del pecado original y de la culpabilidad de los niños. Pero lo hacen por motivos equivocados. No lo rechazan porque tienen una comprensión cabal de la expiación de Jesucristo, sino porque también han rechazado la caída de Adán y la caída de la humanidad. Habiendo tomado un enfoque humanístico, descartaron la historia de Adán y por lo tanto, la necesidad de una expiación. En lugar de ser teólogos, son sociólogos eclesiásticos y maestros de ética. La palabra de Jesucristo proporciona las únicas respuestas correctas a las preguntas y los problemas referentes a la vida; a la muerte, al pecado y a la inocencia. Estas respuestas se encuentran en la verdadera doctrina de la caída de Adán y de la expiación de Jesucristo. Así, podemos observar el poder y la importancia que tiene el Libro de Mormón y las otras revelaciones doctrinarias que nos develó el Profeta José Smith. Además, podemos llegar a apreciar la energía con la cual Mormón testificó contra el bautismo de los niños pequeños, según lo registra el, Libro de Mormón. Habiendo “preguntado al Señor respecto de esta práctica, Mormón le escribió a Moroni, su hijo:

“Y la palabra del Señor vino a mí por el poder del Espíritu Santo, diciendo:

Escucha las palabras de Cristo, tu Redentor, tu Señor y tu Dios… los niños pequeños son sanos, porque son incapaces de cometer pecado; por tanto, la maldición de Adán les es quitada en mí, de modo que no tiene poder sobre ellos; y la ley de la circuncisión se ha abrogado en mí.

Y de esta manera me manifestó el Espíritu Santo la palabra de Dios; por tanto, amado hijo mío, sé que es una solemne burla a los ojos de Dios que bauticéis a los niños pequeños…

Más los niños pequeños viven en Cristo, aún desde la fundación del mundo…

Los niños pequeños no pueden arrepentirse; por consiguiente, es una terrible iniquidad negarles las misericordias puras de Dios, porque todos viven en él por motivo de su misericordia.

Y el que dice que los niños necesitan el bautismo niega las misericordias de Cristo y menosprecia su expiación y el poder de su redención. (Moroni 8:7–9, 12, 19–20).

Mormón no negó los efectos y la realidad de la Caída, sino todo lo contrario: con inteligencia, ubicó la Caída y la Expiación en la perspectiva correcta.

 

Por qué el Señor no creó al hombre mortal

Probablemente, nuestro tratamiento de la caída del hombre no fuere correcto sin intentar tratar un tema que con frecuencia surge respecto del tema de la Caída. ¿Por qué el Señor no creó en primer lugar a un hombre mortal y evitó que todos los conflictos y los traumas pasaran a través de la transgresión y de los mandamientos no cumplidos?

En las escrituras no hay respuestas a esta pregunta, pero se nos ha enseñado lo suficiente acerca del plan de Dios como para pensar en una respuesta posible. Dios sólo hace por la humanidad lo que ella no puede hacer por sí misma. El hombre debe hacer todo lo que puede por sí solo. La doctrina dice que somos salvados por la gracia “después de hacer cuanto podamos” (2 Nefi 25:23). Reconocemos este principio, tanto en la salvación de los vivos como en el trabajo para los muertos. Debemos hacer todo lo que podamos por nuestra propia cuenta. Si Adán y Eva hubieran sido creados como seres mortales, hubieran negado una de las etapas del proceso que podían realizar por sus propios medios. Como leemos en el Libro de Mormón, el hombre “el mismo se había ocasionado su propia caída” (Alma 42:12). Puesto que la Caída era parte necesaria del plan de salvación, y puesto que el hombre era capaz de producir la condición de la Caída por sí mismo, se le fue requerido, o mejor dicho, tuvo el privilegio, de realizar los pasos necesarios.

Si Dios hubiera creado al hombre mortal, luego la muerte, el pecado y todas las circunstancias de la mortalidad serían creación de Dios y se constituirían en eternas y permanentes por naturaleza. Él es el agente moral responsable, y Dios puede salvarlo y redimirlo de su condición de caído. Además, el hecho de que Adán y Eva hayan ocasionado la Caída por sí mismos, los convierte en sujetos pasibles de ser castigados o recompensados por sus acciones. Una reflexión acerca de estos temas nos lleva a concluir que la Caída se llevó a cabo de la mejor manera posible. Como dijo Lehi acerca de la Caída y de la Redención: “todas las cosas han sido hechas según la sabiduría de aquel que todo lo sabe” (2 Nefi 2:24). Asimismo, el Señor nos ha explicado que El no crea las condiciones temporales o mortales ni funciona en un nivel mortal (DyC 29:34–35).

La observación de Elder Orson F. Whitney nos aclara aún más el tema: “La Caída tenía un doble sentido: hacia abajo y hacia adelante”. Es como dijo el Profeta José Smith: “Adán fue creado para abrir el camino del mundo”. Adán y Eva tuvieron el privilegio de hacer que las cosas sucedieran por sus propias acciones. Esto es mucho mejor que haber sido creados mortales y pecadores.”

 

La Caída de Adán fue una bendición

¿Cómo debemos considerar la Caída? ¿Cómo se sintieron Adán y Eva al respecto? No conocemos su reacción inmediata, pero luego de que fueron iluminados con la palabra y que obtuvieron el discernimiento eterno, se regocijaron en la Caída por sus beneficios finales. Sobre Adán leemos: “Y Adán bendijo a Dios ese día y fue lleno, y empezó a profetizar concerniente a todas las familias de la tierra, diciendo:

Bendito sea el nombre de Dios, pues a causa de mi transgresión se han abierto mis ojos, y tendré gozo en esta vida, y en la carne de nuevo veré a Dios.”

Y acerca de Eva está escrito: “Y Eva, su esposa… se regocijó diciendo: De no haber sido por nuestra transgresión, nunca habríamos tenido posteridad, ni hubiéramos jamás conocido el bien y el mal, ni el gozo de nuestra redención, ni la vida eterna que Dios concede a todos los que son obedientes. Y Adán y Eva bendijeron el nombre de Dios, e hicieron saber todas las cosas a sus hijos e hijas.” (Moisés 5:11–12).

El Presidente Brigham Young habló muy a favor de Adán y Eva y de la Caída:

Algunos podrán lamentar que nuestros primeros padres hayan pecado. Esto es una tontería. Si nosotros hubiéramos estado allí, y ellos no hubiesen pecado, nosotros lo hubiéramos hecho. No culparé a Adán y Eva. ¿Por qué? Porque fue necesario que el pecado ingresara en el mundo; ningún hombre podría haber entendido jamás el principio de exaltación sin su opuesto; nadie jamás podría recibir una exaltación sin familiarizarse con su opuesto. ¿Cómo pecaron Adán y Eva? ¿Se rebelaron directamente a Dios y a Su gobierno? No. Pero transgredieron un mandamiento del Señor, y a través de esa transgresión el pecado ingresó al mundo. El Señor sabía que lo harían, y El planeó que lo hicieran.

Y nuevamente expresa el Presidente Brigham Young:

La Madre Eva… [comió] el fruto prohibido. No deberíamos estar aquí si ella no lo hubiera hecho; nunca poseeríamos sabiduría e inteligencia si ella no lo hubiera hecho. Todo formaba parte del plan del cielo, y no es necesario que hablemos de ello; todo es correcto. Nunca deberíamos culpar a la Madre Eva, de ninguna manera. Doy gracias a Dios de discernir entre el bien y el mal; entre lo amargo y lo dulce, entre las cosas de Dios y las cosas que no son de Dios. Cuando observó el plan del cielo mi corazón brinca de alegría, y si tuviera la lengua de un ángel, o las lenguas de toda la familia humana en una, alabaría a Dios por la grandeza de Su enorme sabiduría y condescendencia al hacer que los hijos de los hombres caigan en el pecado en el que han caído, porque El hizo que ellos, al igual que Jesús, descendieran por debajo de todas las cosas y luego, por fuerza propia, se elevaran por encima de todo.

El Presidente Joseph Fielding Smith declaró que la caída de Adán fue una bendición “Cuando Adán fue arrojado del Jardín de Edén, el Señor le dio una sentencia. Algunas personas han considerado a esa sentencia como algo terrible. No lo fue. Fue una bendición. No creo que pueda siquiera considerarse como un castigo oculto”. También explicó que la transgresión de Adán no incluyó el pecado de sexo como algunos creen y enseñan falsamente. Adán y Eva fueron casados por el Señor cuando aún eran seres inmortales en el Jardín de Edén y antes de que la muerte ingresara al mundo.”

Nuevamente, alabando a Adán y a Eva, el Presidente Smith declaró:

Ahora, puedo abrir la Biblia, casi cualquier Biblia quizás esta misma, y encontrar en ella que Adán [en el encabezamiento de la página], no por las palabra de las escrituras, sino por la interpretación de hombre, cometió un pecado terrible. No, no lo hizo. Adán no cometió un pecado. Hizo lo que se le ordenó hacer, lo que se le asignó hacer antes de haber llegado aquí…

Creo que he dicho en este mismo ámbito anteriormente que le estoy muy, pero muy agradecido a la Madre Eva. Si alguna vez llego a verla, quiero agradecerle por lo que ella hizo, y ella hizo la cosa más maravillosa que jamás ocurrió en este mundo y eso fue ubicarse donde Adán tenía que hacer lo mismo que ella hizo, o serían separados para siempre.

Adán y Eva hicieron lo que debían hacer. Les digo, yo me saco el sombrero ante la Madre Eva y me regocijo y deseo leer lo que ella dijo. Cuando Eva supo cuál era la condición, el resultado de dicha caída, predicó este discurso. Es el primer discurso registrado, es decir, con el que contamos. [Cita Moisés 5:11].

El Presidente Smith también expresó una esclarecedora definición y aplicación de la idea del “fruto prohibido”. Declaró que el aspecto de “prohibición” no se refería a la ingestión del fruto, sino que hacía referencia a que Adán y Eva no podían permanecer en el jardín si lo ingerían. Esta explicación sugiere que el Señor quería que la Caída tuviera lugar. El Presidente Smith expresó del siguiente modo estas ideas:

¿Por qué vino aquí Adán? No sujeto a la muerte cuando fue ubicado en la tierra, debía producirse un cambio en su cuerpo a través de la ingestión del elemento, como quieran llamarlo, el fruto, que trajera la sangre a su cuerpo; y la sangre se convirtió en la sangre del cuerpo en lugar del espíritu. Y la sangre tiene en si las semillas de la ingestión del fruto prohibido, si desean denominarlo prohibido, pero creo que el Señor dejó muy en claro que no lo era. Sólo le dijo a Adán: “si deseas permanecer aquí [en el jardín] esta es la situación. Si no, no lo comas”.

 

Conclusión

En este capítulo hemos presentado algunos de los principales factores doctrinarios e históricos referentes a la caída del hombre.

Se ha enfatizado especialmente la necesidad de la Caída y el concepto de que la caída de Adán afectó a toda la creación. Debido a la Caída, el hombre y todas las cosas creadas se volvieron mortales y necesitaron la redención. La Caída es una parte integrante y necesaria del plan de salvación, y Adán y Eva son héroes, merecedores de nuestras loas. Si el relato de la Caída de Adán es correcto según las escrituras, y lo creemos, luego Adán no podría haber existido en esta tierra a través del proceso de evolución orgánica desde formas inferiores de vida, porque Adán y Eva fueron los primeros en convertirse en mortales y los primeros en tener el poder de reproducción.

 

“La muerte”
Bruce R. McConkie
Conferencia General Octubre 1976