“El Misterio del Edén”

 

Larry Dahl, Adán el Hombre

Cap. 3: “El Misterio del Edén”

 

¿Qué era el Edén? ¿Acaso fue real o sólo un mito universal, una alegoría para explicar el origen del hombre, una respuesta para la mente primitiva? ¿Fue Adán moldeado en arcilla y Eva creada a partir de una costilla de Adán? ¿Existió alguna vez un jardín en el cual vivieron nuestros primeros padres, dichosamente inconscientes de su desnudez? Y de ser así, ¿qué ocurrió con el jardín cuando Adán y Eva ya no estaban allí para cuidar de él? ¿Las serpientes permanecían erguidas y tenían el poder de conversar con hombres y mujeres? ¿Existió alguna vez un árbol, el fruto que permitió el conocimiento de lo bueno y lo malo? ¿Existió otro árbol, cuyo fruto trajo consigo la vida sempiterna?

¿Qué era el Edén? ¿La narración es figurativa o literal? ¿Es real o una sombra de la realidad, o es una magistral combinación de ambas? ¿Eso se aplica con mayor razón en la Biblia, como una parábola, un libro sellado, un tipo, una narración velada a los ojos de los que no poseen instrucción espiritual? ¿La historia del Edén es, en realidad, una luz que revela el camino que todos deben recorrer para regresar ante la presencia divina? ¿En qué consiste el misterio del Edén?

La confusión de lenguajes en la ciudad de Babel no se compara, en cuanto a la confusión de ideas y de doctrinas entre los creyentes de la Biblia, con el significado del Edén y de la expulsión de Adán y Eva de sus esplendores paradisíacos. Al tratar de comprender la historia, no tenemos la intención de ser más inteligentes que otros.

En realidad, las respuestas a las preguntas espirituales tienen poco que ver con los poderes del intelecto únicamente, mientras que si entran dentro de lo que se relaciona con la capacidad de los ojos y los oídos de ver y escuchar. Tal es el privilegio de aquellos que albergan la fe, de aquellos que creen con su sangre, aquellos que se han instruido en las revelaciones de la Restauración: el Libro de Mormón, Doctrina y Convenios, el libro de Moisés y la ceremonia del templo. Esas son las fuentes en las que bregamos para obtener una comprensión del Edén y las experiencias de los que residieron allí.

 

El Edén: ¿figurativo o real?

La narración de las escrituras referente al nacimiento de Adán es una metáfora sagrada, como lo es el relato del nacimiento de su compañera eterna, Eva. De hecho, Adán y el Señor son los citados en el discurso de Enoc, a través del cual se nos dice que toda la humanidad proviene del polvo de la tierra (ver Moisés 6:49–50). Así, la promesa hecha a Adán de que en la muerte su cuerpo retornaría al polvo desde donde provino (Moisés 4:25) se extiende a toda su posteridad. “Todo es hecho del polvo, y todo volverá al mismo polvo” (Eclesiastés 3:20; ver también Mosíah 2:25).

Las imágenes utilizadas para encubrir el relato del nacimiento de Eva son bellísimas, en particular en una época en que hay tanta confusión acerca del rol de las mujeres. Simbólicamente, ella no nació de los huesos de la cabeza ni del talón de Adán, porque el lugar de una mujer no está por encima o por debajo del hombre. Debe estar a su lado, y de allí fue tomada, en sentido figurativo, de su costilla: el hueso que rodea el lado cercano al corazón. Así, encontramos que Adán expresa: “Ahora sé que ésta es hueso de mis huesos y carne de mi carne; Varona se llamará, porque del varón fue tomada” (Moisés 3:23). Eva, a diferencia del resto de las creaciones de Dios, provino del hueso y de la carne de Adán, queriendo significar con esto que ella era igual a él en cuanto a poderes, facultades y derechos.

“Por tanto”, afirma la palabra divina, “dejará el hombre a su padre y a su madre, y se allegará a su mujer; y serán una sola carne” (Moisés 3:24). De este modo, puesto que Eva provino de su carne y hueso, porque era su igual en creación y en dotes divinas, Adán debió dejar a su padre y a su madre, como debieron hacerlo todos los hombres después de él, y unirse a su mujer y a nadie más que a ella (ver Mateo 19:5–6). Se les ha ordenado a todos los hombres y mujeres que actúen del mismo modo, es decir, ellos (la pareja recientemente conformada), al igual que sus padres terrenales, deben conformar “una carne”; deben actuar como si tuvieran un sólo cuerpo, sugiriendo, de este modo, que no pueden tener diferentes preocupaciones o intereses, distintos derechos u otros privilegios. La frase también sugiere que así como Adán y Eva fueron creados a imagen y semejanza de sus padres, la posteridad también sería creada a su imagen y semejanza.

¿Cuán literalmente debemos tomar el relato del Jardín del Edén? Sabemos lo siguiente: Adán existió. Fue tan real como lo fue Cristo.

Porque si Adán no hubiera sido real, la Redención tampoco lo hubiera sido. Y si la Redención no hubiera sido real, Jesucristo no sería ni hubiera sido necesario. Acerca de algunas partes del relato del Edén poco importa si las consideramos figurativas o literales. Pero esto no se aplica a todo el relato. El testimonio de Cristo, de necesidad comprende el testimonio de Adán. Si no hubiera existido e Edén, no hubiera existido Getsemaní. Si Eva no hubiere existido, no podría haber existido María. Si no hubiéramos heredado la muerte de Adán, no podríamos reclamar la vida sempiterna a través de Cristo.

Entonces, ¿qué ocurrió con el Edén? Sabemos que era un espacio sagrado, cuando la madre tierra residía en su estado paradisíaco, porque fue allí donde Adán y Eva caminaron junto a Dios y hablaron con El, y fue desde los confines del Edén que fueron arrojados luego de la Caída durante un período y que Dios continuó dándoles instrucciones a Adán y a Eva desde sus huertos sagrados. (Moisés 5:4; 6:4). Relacionando a Tiro con el Edén, Ezequiel empleó el término “montaña de Dios” (Ezequiel 28:13–14), una frase que se utiliza a lo largo de todas las escrituras para describir un lugar a donde dirigirse para comulgar con Dios, para adorar, para hacer sacrificios, y para celebrar pactos sagrados. Las montañas eran lo más adecuado para dichos propósitos y por lo tanto se convirtieron en símbolos del templo, el lugar en donde se encuentran el cielo y la tierra. Quizás Ezequiel quería significar que el Edén era una montaña o que, al menos, tenía un sitio elevado para realizar adoraciones.

Las escrituras se vuelven silenciosas en cuanto al tema de qué ocurrió con el Edén. Es posible que luego de que Adán y su justa posteridad construyeran la ciudad de Adán–ondi–Ahman, que sin duda debía contar con un templo, el Edén ya no fuera necesario como lugar de presencia de Dios. Siendo un lugar de sacrificio y de pacto, el Edén pudo haber sido llevado al cielo o bien, asimilado a la tierra.

¿Y respecto de los árboles del Edén? ¿En realidad había un árbol cuyo fruto proveería de sabiduría y otro, cuyo fruto conferiría la vida sempiterna? El relato bíblico, por ejemplo, nos dice que el Señor plantó “el árbol de la ciencia del bien y del mal” en medio del jardín (Moisés 3:9). Luego ordenó a Adán y a Eva: “De todo árbol del jardín podrás comer libremente, más del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás. No obstante, podrás escoger según tu voluntad, porque te es concedido; pero recuerda que yo lo prohíbo, porque el día que de él comieres, de cierto morirás.” (Moisés 3:16–17).

“Nuevamente”, escribió Elder Bruce R. McConkie, “el relato es figurativo. El significado de comer el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal es que nuestros primeros padres cumplieron con todas las leyes, de modo que sus cuerpos pudieran transformarse del estado de inmortalidad paradisíaca al estado de mortalidad natural.” También escribió el Elder McConkie: “No sabemos más acerca de cómo se produjo la caída que lo que sabemos acerca de cómo Dios creó la tierra y la hizo girar a través de los cielos en su estado paradisíaco.”

Si razonáramos que el fruto en sí fue lo que produjo la modificación en los cuerpos de Adán y Eva, deberíamos suponer, entonces, que nuestros primeros padres ofrecieron el fruto a todas las cosas vivientes que existían sobre la faz de la tierra. Si no lo hubieran hecho, “todas las cosas que fueron creadas tendrían que haber permanecido en el mismo estado en que se hallaban después de ser creadas; y habrían permanecido para siempre, sin tener fin.” (2 Nefi 2:22; ver también Moisés 3:9). Toda planta y todo animal, incluyendo toda vida marina y las aves del aire, hubieran tenido que comer parte de este fruto (y también hubieran sido instruidos para no ingerirlo, ya sea por designio o accidente antes de ese momento). ¿Qué decir de la serpiente que sedujo a Eva para que ingiriera el fruto prohibido? ¿Acaso los animales del Edén tenían la capacidad de conversar en el idioma de los hombres, como lo sugieren algunas antiguas tradiciones? ¿Entonces para Eva era un hecho natural conversar con una serpiente? ¿Y qué decir de la maldición que le obligo a la serpiente arrastrarse sobre su vientre y comer el polvo de la tierra? ¿Acaso esto sugiere que una vez las serpientes se erguían, con brazos y piernas, como con tanta frecuencia se las describe en los antiguos dibujos egipcios? La pregunta clave es: ¿Satanás poseyó el cuerpo de una serpiente y habló a Eva por ese medio, o Moisés eligió describir el enfrentamiento de Eva con el padre de las mentiras como una conversación con una serpiente, porque la serpiente es una metáfora sumamente clara para dramatizar la naturaleza sutil, ladina y peligrosa del diablo?

Poco importa si una serpiente fue en realidad el agente del engaño en el relato del Edén o si fue meramente una representación metafórica del diablo. Ninguno de estos puntos de vista cambian la integridad de la historia ni la altera. No obstante, si suponemos que la ingestión del fruto prohibido es una representación figurativa de lo que realmente produjo la transformación de la tierra desde una esfera paradisíaca a una natural o mortal, podríamos concluir que la serpiente parlante también pudo haber sido figurativa.

Entonces, ¿a qué conclusión llegamos respecto del relato del Edén? ¿Fue figurativo o literal? Respondemos por medio de la comparación.

Esta, al igual que la ceremonia del templo, es una rica combinación de ambos. Nuestros templos son reales, el sacerdocio es real, los pactos que celebramos son reales, y las bendiciones que se nos prometen por obediencia son reales. Sin embargo, la forma de enseñanza puede ser metafórica. Somos como actores sobre un escenario. Actuamos e imaginamos. En realidad no avanzamos de un mundo a otro en el templo, sino que se nos enseña con representaciones figurativas que es lo que podrá ser y será.

 

El Edén como una alegoría

Si alguna vez tuviéramos el privilegio de dirigirnos al padre Adán y de pedirle que compartiera con nosotros sus recuerdos atesorados del Edén, ¿no podríamos llegar a suponer, con relativa confianza, que hablaría en términos reverentes sobre caminar junto a Dios y haber recibido instrucciones de Él? ¿No se referiría a las manos que se posaron en su cabeza para investirlo con el sacerdocio y entregarle las llaves? ¿No nos contaría de su casamiento con su amada compañera, Eva, y de la orden que se les diera de multiplicarse y henchir la tierra con su posteridad? ¿No nos detallaría aquella orden dada a él y a su compañera eterna por la cual podrían obtener la totalidad del conocimiento y del poder celestial? ¿No ensayaría ahora, cómo le fue enseñada, la ley del sacrificio (Moisés 1:5–8) y cómo él y Eva vestían las ropas de la salvación previo ingreso al mundo solitario y triste, en donde serían probados respecto de todas las cosas?

Un ensayo de los hechos de las llaves del Edén nos hace comprender que somos demasiado privilegiados como para dejar el mundo triste y solitario e ingresar en los sagrados santuarios del Señor, donde experimentaríamos prácticamente lo mismo que nuestros primeros padres antes de la Caída. El templo es para nosotros como el Edén lo fue para Adán y Eva. Es en el templo que, como Adán y Eva, se nos invita a caminar junto a Dios. Es en el templo donde se nos instruye acerca de aquellas cosas que debemos hacer para volver a la presencia sagrada. Es en el templo donde nos casamos para toda la eternidad y donde se nos ordena multiplicarnos y henchir la tierra. Es dentro de esas paredes sagradas donde se nos enseña la ley del sacrificio, que forma parte de un pacto para convertirnos en verdaderos y leales, vistiendo una investidura de protección.

Luego de que Adán y Eva probaron el fruto prohibido; pero antes de ser expulsados del jardín, el Padre les enseño la ley del sacrificio. Se mataron animales para que Adán y Eva vistieran “túnicas de pieles” (Moisés 4:27) que les sirvieran de protección en nuestro mundo. Por lo tanto, Adán y Eva aprendieron que el derramamiento de la sangre de los animales era semejante a la sangre redentora de Cristo (Moisés 5:7). Así, las vestiduras que se le entregaron en el Edén servirían de recordatorio constante de que a través de la sangre redentora de Cristo, podrían estar protegidos de todos los efectos de un mundo pecador. A través de su sangre podrían obtener el perdón por sus pecados, nacer nuevamente y volver a la presencia divina. Un ángel del Señor les dijo a Adán y a Eva que invocarían el nombre de Cristo y que todo lo que hicieran sería hecho en su nombre (Moisés 5:8). Entonces, como Dios los había vestido con ropas de piel, como signo de protección provista a ellos a través de Cristo, una protección contra los efectos de un mundo pecador, de modo que deberían vestirse en su nombre por fe, y en ese nombre deberían hacer todo lo que hicieron perteneciente a la salvación o a las cosas del Espíritu. Así, fueron asegurados de que vencerían.

“El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias”, escribió Juan a las siete iglesias de Asia, “Al que venciere, le daré a comer del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios” (Apocalipsis 2:7). El fruto es el verbo de Jesucristo y Lehi lo describe como “deseable para hacer a uno feliz” y que el alma “se llenó de un gozo inmenso” (1 Nefi 8:10–12). Nefi tuvo la revelación de que el árbol de la vida –el árbol que estaba en medio del Edén– representaba el amor de Dios, y por extensión, la vida eterna echa posible por la redención del Hijo de Dios (ver 1 Nefi 11:4–21).

 

Efectos de la Caída

Luego de que Adán y Eva probaron el fruto prohibido, con lo cual se convirtieron en mortales e impusieron la mortalidad en la tierra y en todas las formas de vida, fueron arrojados del Jardín del Edén para labrar la tierra, que en realidad significa que toda la tierra estaba destinada a perder su esplendor paradisíaco. El cambio de la tierra de su estado incorruptible al de un mundo caído esta simbolizado en la expulsión de Adán y Eva del jardín. El jardín, tierra que alguna vez fue, se volvió la tierra solitaria, triste y con frecuencia hastial que ahora es. Los “querubines y una espada encendida, la cual daba vueltas por todos lados, para guardar el camino del árbol de la vida” (Moisés 4:31) constituyó un anuncio simbólico de que la tierra no podría volver a su estado paradisíaco mientras reinara la muerte.

Hasta el gran día milenario, la tierra estaría sujeta a la corrupción.

En cuanto a la procreación y la mortalidad, Lehi dijo: “Y tuvieron hijos [Adán y Eva], si, la familia de toda la tierra” (2 Nefi 2:20). Eva es, en realidad, la madre de todos los vivos; toda alma viva en la tierra desciende de Adán y Eva. “Dios… de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres para que habiten sobre toda la faz de la tierra (Hechos 17:24–26). Todos los habitantes de la tierra tienen un padre en común.

Los días de los hijos de los hombres fueron prolongados, según la voluntad de Dios, para que pudieran arrepentirse mientras vivían. El día en que vino su muerte de destino mortal fue mil de nuestros años después (Abraham 3:4; 5:13). “Por lo tanto, su estado llegó a ser un estado de probación, y su tiempo fue prolongado, conforme a los mandamientos que Dios el Señor dio a los hijos de los hombres. Porque el dio el mandamiento de que todos los hombres deben arrepentirse; pues mostró a todos los hombres que estaban perdidos a causa de la transgresión de sus padres.” (2 Nefi 2:21). Los efectos de la Caída pasan entre los hombres; todos deben arrepentirse; todos deben reconciliarse con Dios; todos deben redimirse de la muerte, del infierno y del tormento eterno.

“Pues, he aquí, si Adán no hubiese transgredido, no habría caído, sino que habría permanecido en el jardín del Edén.” Estaría ahora allí, casi seis mil años después, porque no hubo muerte después de la Caída. “Y todas las cosas que fueron creadas”, todas las cosas: la tierra, todas las formas de vida, la vegetación, los árboles, el pasto, la hierba, todo lo que proviene del suelo, las aves y los peces y los animales que se arrastran, en todas sus variedades; animales de todo tipo; el ratón y el dinosaurio, ” tendrían que haber permanecido en el mismo estado en que se hallaban después de ser creadas” (es decir, en un estado paradisíaco “y habrían permanecido para siempre, sin tener fin” (2 Nefi 2:22). No existía la muerte, ni para el hombre, ni para las aves, ni para los peces, ni para los animales, ni para ninguna forma de vida, hasta que cayó Adán. “Y no hubieran tenido hijos; por consiguiente habrían permanecido en un estado de inocencia, sin sentí gozo, porque no conocían la miseria; sin hacer lo bueno porque no conocían el pecado” (2 Nefi 2:23). Hasta que Adán y Eva transgredieron, eran inocentes. No existía E bien, porque no existía el mal. Por lo tanto, como ya hemos visto, Adán necesitó transgredir para poder estar en estad de probación y estar sujeto al pecado, triunfar y abrazar bien.

“Pero he aquí, todas las cosas han sido hechas según sabiduría de aquel que todo lo sabe”. En contraposición a las creencias de la Cristiandad tradicional, Adán cumplió la voluntad del Señor cuando probó el fruto prohibido. “Adán cayó para que los hombres existiesen, y existen los hombres para que tengan gozo” (2 Nefi 2:24–25). Y al gozo sólo se llega por vía del dolor, su opuesto. Si no existiera el dolor, que no pudo haber existido en el estado de inocencia antes de la Caída, no existiría el gozo. Por eso es que Eva dijo que si ella y Adán no hubieran transgredido, nunca “habríamos tenido posteridad, ni hubiéramos conocido jamás el bien y el mal ni el gozo de nuestra redención, ni la vida eterna que Dios concede a todos los que son obedientes.” (Moisés 5:11).

En cuanto a la doctrina de la caída, y la base filosófica sobre la que se fundamenta, Alma nos dice que “nuestros primeros padres” fueron arrojados del Edén, que el hombre se convirtió a imagen de Dios en el sentido de que sabía discernir entre el bien y el mal; que los querubines y la espada encendida limpiaron el camino del árbol de la vida; y de que si el hombre hubiera probado el fruto del árbol de la vida, hubiera vivido para siempre en pecado. “Y así vemos que le fue concedido al hombre un tiempo para que se arrepintiera; si, un tiempo para arrepentirse y servir a Dios.” (Alma 42:2–4). La creación de un estado mortal de probación fue el real motivo para la Caída, y era un estado que no pudo llegar a existir sin la transgresión del primer hombre y de la primera mujer.

Si, después de la Caída, “Adán hubiese extendido su mano inmediatamente, y comido del árbol de la vida, habría vivido para siempre, según la palabra de Dios, sin tener un tiempo para arrepentirse; si y también habría sido vana la palabra de Dios y se habría frustrado el gran plan de salvación” (Alma 42:5). Nuevamente vemos que la transgresión de Adán produjo la probación, la necesidad de arrepentimiento, las oportunidades para obrar el bien, y las posibilidades de la salvación. “Más he aquí, le fue señalado al hombre que muriera –por tanto, como fueron separados del árbol de la vida, así iban a ser separados de la faz de la tierra– y el hombre se vio perdido para siempre, si, se tornaron en hombres caídos” (Alma 42:6). El hecho de que Adán y Eva fueran separados del árbol de la vida significa que se volvieron mortales y que no continuarían viviendo sin morir. El estado mortal, puesto que es inferior al estado inmortal, es un estado de caída.

“Y ahora ves por esto que nuestros primeros padres fueron separados de la presencia del Señor, tanto temporal como espiritualmente; y así vemos que llegaron a ser individuos capaces de seguir su propia voluntad. La muerte temporal es la muerte natural, la separación del cuerpo y el espíritu. La muerte espiritual es morir en cuanto a las cosas del Espíritu, que son las cosas de la justicia. “Y he aquí, no era prudente que el hombre fuese rescatado de esta muerte temporal, porque esto destruiría el gran plan de felicidad.” (Alma 42:7–8). La muerte es esencial para el plan de salvación. Sólo por medio de la muerte podemos tener la esperanza de una gloriosa resurrección y de la vida eterna. El gozo total se obtiene sólo cuando el cuerpo y el espíritu se encuentran inseparablemente conectados en la inmortalidad (ver DyC 93:33–34). “Por tanto, como el alma nunca podía morir, y ya que la caída había traído una muerte espiritual, así como una temporal, sobre todo el género humano, es decir, fueron separados de la presencia del Señor, se hizo menester que la humanidad fuese rescatada de esta muerte espiritual”. Aquellos que son reclamados desde la muerte espiritual vuelven a la vida por las cosas de la justicia y por lo tanto se encuentran en condiciones de volver frente a la presencia del Señor.

Por tanto, ya que se habían vuelto carnales, sensuales y diabólicos por naturaleza, este estado de probación llegó a ser para ellos un estado para prepararse, se tornó en un estado preparatorio.” (Alma 42:9–10). Y así se tendió la base y se estableció la necesidad de un gran y eterno plan de redención.

 

Conclusión

Desde el Génesis hasta el Apocalipsis ningún relato de la Biblia ha sido fuente de más injurias que el del Edén. Ese primer ejemplo de mal empleo y abuso de las escrituras. Los errores que han provenido de las perversiones de este relato han dado lugar a mil más. En ningún relato lo figurativo y lo literal se han confundido tanto, ni tampoco ningún otro relato tiene la ausencia de partes “sencillas y preciosas” más confusas. En el misterio del Edén vemos un clásico caso de los peligros y de las dificultades con las que se enfrenta la exégesis de las escrituras no inspiradas, y la forma en que las escrituras permanecen siendo un libro sellado para salvar a todos aquellos que conocen al Espíritu mismo por el cual les fue otorgado.

El deseo sexual es malo; los niños son infectados en el momento de la concepción con la mancha del pecado original; los niños que mueren sin haber sido bautizados están perdidos para siempre; nuestro estado paradisíaco fue perdido innecesariamente. Cada una de estas creencias reclama ser un fruto del Edén; todas ellas tienen un sabor amargo.

Pero los que probaron los frutos del Edén declararon que eran “de lo más dulces” y que les brindaban “un gran gozo” (1 Nefi 8:11–12). Nuestra promesa es la de frutos dulces, más allá de todo lo que es dulce, blancos, más allá de todo lo blanco, puros, más allá de todo lo puro, frutos mediante los cuales podemos regocijarnos hasta que ya no conozcamos el hambre y la sed. (ver Alma 32:42)

En realidad, el relato del Edén ha permanecido en el misterio. Con demasiada frecuencia, la pintura que se observa es la de Adán, arrodillado y doblegado en su nuevo mundo de espinas y cardos, con la débil y crédula Eva detrás. La religión revelada se alboroza en la Caída y se regocija en las bendiciones que de ella surgen (2 Nefi 2:25). El Adán que vemos es uno que “bendijo a Dios ese día y fue lleno, y empezó a profetizar concerniente a todas las familias de la tierra, diciendo: Bendito sea el nombre de Dios, pues a causa de mi transgresión se han abierto mis ojos, y tendré gozo en esta vida, y en la carne de nuevo veré a Dios. Y Eva, su esposa, oyó todas estas cosas y se regocijó, diciendo: De no haber sido por nuestra transgresión, nunca habríamos tenido posteridad, ni hubiéramos conocido jamás el bien y el mal, ni el gozo de nuestra redención, ni a vida eterna que Dios concede a todos los que son obedientes. Y Adán y Eva bendijeron el nombre de Dios, e hicieron saber todas las cosas a sus hijos e hijas”. (Moisés 5:10–12)

En la historia del origen terreno del hombre encontramos la rica combinación de lo figurativo y lo literal, que es tan característico de la Biblia, de las enseñanzas de Cristo y de nuestra experiencia diaria, es decir, es probable que el relato se revele de acuerdo con la fe y la sabiduría que le brindemos. Al igual que todos los textos de las escrituras, su interpretación se convierte en una medida de nuestra madurez y de nuestra integridad espiritual. Tal es el misterio del Edén.