“Adán en la Vida Pre–Mortal”

 

Larry Dahl, Adán el Hombre

Cap. 1: “Adán en la Vida Pre–Mortal”

 

Las escrituras, y particularmente las escrituras de los últimos días, junto con el comentario profético de José Smith, son sumamente esclarecedores respecto del papel que juega Adán en ayudar a alcanzar la inmortalidad y la vida eterna de todos aquellos que han habitado o que habitarán este mundo. A Adán se lo identifica como “Miguel, el príncipe, el arcángel” (DyC 107:54). “[El Señor]… le ha dado (a Miguel) las llaves de la salvación bajo el consejo y dirección del Muy Santo, que es sin principio de días o fin de vida” (DyC 78:16).

 

El lugar que ocupa Adán en el Plan de Salvación

José Smith explicó el papel fundamental que juega Adán en el gran plan del Padre:

Adán fue el primer hombre… Daniel, en el séptimo capítulo de sus profecías, habla del Anciano de Días o, en otras palabras, el hombre más antiguo, el gran progenitor… el primero y padre de todos, no sólo por progenie, sino por haber sido el primero en recibir las bendiciones espirituales, a quien se le hizo saber el plan de los ritos para la salvación de su posteridad hasta el final, y a quien Cristo se reveló por primera vez desde el cielo, y que seguirá revelándose de allí en más. Adán tiene la llave de la dispensación de todos los tiempos, es decir, las dispensaciones de todos los tiempos han sido y serán reveladas a través de él desde el comienzo a Cristo y desde Cristo hasta el fin de las dispensaciones que han de ser reveladas… Lo que se ha propuesto en sí mismo (Dios) en la escena final de la última dispensación es que todas las cosas que pertenecen a esta dispensación sean conducidas precisamente de acuerdo con las dispensaciones anteriores. Y, además, Dios propuso en sí mismo que no hubiese una plenitud eterna sino hasta que se cumplieran todas las dispensaciones, y fueran reunidas en una, y que todas las dispensaciones, cualesquiera que fueren, que habían de ser reunidas en una, en dichas dispensaciones, para la misma plenitud y gloria eterna, lo fuesen en Cristo Jesús; por tanto, El determinó que las ordenanzas fueran las mismas para siempre jamás, y puso a Adán para vigilarlas, revelarlas desde los cielos al hombre o enviar ángeles que las revelasen…

Estos ángeles se hallan bajo la dirección de Miguel o Adán, y, él obra bajo la dirección del Señor.

En cuanto a la posición y facultad de sacerdocio de Adán, el Profeta también explicó:

El Sacerdocio fue dado primeramente a Adán; a él se dio la Primera –Presidencia, y tuvo las llaves de generación a generación. Lo recibió en la creación, antes de ser formado el mundo, como se ve en Génesis 1:26–28. Le fue dado el dominio sobre toda cosa viviente. Es Miguel el Arcángel, de quien se habla en las Escrituras. Entonces a Noé que es Gabriel; este sigue a Adán en la autoridad del sacerdocio. Dios confirió este oficio sobre Adán, que fue el padre de todo ser viviente en sus días, y a él le fue dado el dominio. Estos hombres tuvieron las llaves primeramente en la tierra, y luego en los cielos.

El sacerdocio es un principio sempiterno, y existió con Dios desde la eternidad, y existirá por las eternidades, sin principio de vida o fin de años. Las llaves tienen que ser traídas de los cielos cuando se envía el evangelio; y cuando se revela de los cielos, se hace mediante la autoridad de Adán…

…El (Adán) está a la cabeza y se le mandó multiplicar. Las llaves fueron dadas a él primeramente, y él las dio a otros. El tendrá que dar cuenta de su mayordomía, y estos otros a él…

…Cristo es el Gran Sumo Sacerdote, Adán, el siguiente…

Esto, pues, es la naturaleza del sacerdocio: Cada hombre tiene la presidencia de su dispensación, y un hombre tiene la presidencia de todas ellas, a saber, Adán; y Adán recibe su presidencia y autoridad del Señor, mas no puede recibir la plenitud sino hasta que Cristo haya entregado el reino al Padre, que será al fin de la última dispensación.

A partir de la lectura de las citas mencionadas, resulta indudablemente claro que el papel de Adán en el plan de salvación, como perteneciente a esta tierra, no comenzó al ser ubicado en el Jardín del Edén, ni tampoco terminó con su muerte. Este breve capítulo trata acerca del rol de Adán en la vida pre–mortal. Otro capítulo se ocupará de su ministerio terrenal y del cuidado continuo de su posteridad durante toda la historia de la tierra –a través de las dispensaciones–, incluyendo su participación en la última dispensación, el juicio, la resurrección y en las eternidades por venir. Ahora centraremos nuestra atención en el rol pre–mortal de Adán.

 

Un espíritu hijo de Dios

En una declaración oficial publicada en 1909 por la Primera Presidencia (José Smith, John R. Wilder y Anthon H. Lund), leemos:

“Adán, nuestro progenitor, “el primer hombre”, fue, al igual que Cristo, un espíritu pre–existente, y al igual que Cristo tomó un cuerpo apropiado, el cuerpo de un hombre y así se convirtió en “alma viviente”. La doctrina de la pre–existencia, revelada de manera tan clara, especialmente en los últimos días, arroja luz sobre el misterioso problema del origen del hombre. Demuestra que el hombre, como espíritu, fue engendrado y concebido por padres celestiales, y llegó a la madurez en las mansiones eternas del Padre, antes de llegar a la tierra en un cuerpo temporal para experimentar la mortalidad. Enseña que todos los hombres existieron en espíritu antes de existir en carne, y que todos los que han habitado la tierra después de Adán, han tomado cuerpos de manera similar, se han convertido en almas”.

El espíritu de Adán fue “engendrado y concebido por padres celestiales y llegó a la madurez en las eternas mansiones del Padre”, al igual que los espíritus de toda la humanidad. Y todos los espíritus que habitarían la tierra fueron creados de ese modo antes de la creación de la tierra misma. (ver Moisés 3:5). Cuando le fue mostrada una visión de estos espíritus pre–mortales, Abraham comprendió que muchos de ellos eran “nobles y grandes”, y que habían sido elegidos para ser los gobernantes de Dios en la tierra (Abraham 3:22–23). Adán se mantuvo en un nivel superior (por debajo de Cristo) entre todos estos espíritus, hijos de nuestro Padre Celestial. No fue sólo un arcángel, sino el arcángel, el jefe de los ángeles.

 

Adán condujo a las fuerzas del bien en la batalla del cielo

“Después hubo una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón; y luchaban el dragón y sus ángeles; pero no prevalecieron, ni si halló ya lugar para ellos en el cielo. Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él”. (Apocalipsis 12:7–9).

Hubo una batalla porque el diablo y “la tercera parte de las huestes del cielo” que decidieron seguirlo se rebelaron contra Dios y el plan de salvación (DyC 29:36).” Juan nos cuenta que el diablo fue “el acusador de nuestros hermanos” y que él “los acusaba delante de nuestro Dios día y noche” (Apocalipsis 12:10). Resulta obvio que la Batalla del Cielo no fue una breve escaramuza vespertina, sino que se extendió durante “día y noche”. ¿Quiénes eran los “hermanos” a los que se acusaba con tanta persistencia? No cabe duda de que Adán, como el líder de los espíritus buenos, hubiera sido el objetivo principal del desdén del diablo. ¿Y quiénes eran los “ángeles” que pelearon, ya sea con Adán o con el diablo? No cabe duda de que todos los hijos e hijas de Dios tenían conocimiento de cuáles eran los temas de discusión, motivo de la Batalla del Cielo. Como se aplica al caso de nuestra existencia actual, podríamos suponer que había una gran divergencia entre el compromiso y la valentía de los espíritus de los individuos. Seguramente algunos defendieron sus causas respectivas con más vigor que otros.

¿Cuáles fueron los motivos y que armas se utilizaron? Los motivos versaban acerca de quién sería el salvador, como se llevaría a cabo su misión y quién recibiría los honores. Tanto el diablo como Jesús ofrecieron ser el salvador. El diablo proclamaba que salvaría a todos “de modo que no se perderá ninguna alma”, demandándole a Dios el lugar o el honor a cambio de sus esfuerzos (Moisés 4:1). Jesús simplemente quería honrar a su Padre haciendo su voluntad. En un comentario acerca de este hecho, el Profeta José Smith explicó: “La batalla en el cielo se debió a que Jesús dijo que algunas almas no serían salvadas; y el diablo dijo que las podía salvar a todas; y presentó sus planes frente al Gran Consejo; quienes votaron a favor de Jesucristo. Entonces el diablo se rebeló contra Dios, y fue arrojado, con todos aquellos que lo siguieron”.

La “garantía” de salvación para todos de Satanás tenía profundas implicaciones. Quien garantice algo debe tener el control absoluto. Por lo tanto, los sujetos deben perder su albedrío. El Señor le afirmo a Moisés que Satanás “pretendió destruir el albedrío del hombre que yo, Dios el Señor, le había dado” (Moisés 4:3). ¿Cómo pudo Satanás persuadir a una tercera parte de las huestes del cielo para que lo siguiera si luego deberían enfrentar tales consecuencias? ¿Les habría dicho que si lo seguían, él les quitaría su albedrío? ¡Por supuesto que no! Es demasiado astuto para hacer eso. El albedrío es una posesión demasiado preciada como para un acercamiento de este tipo. Entonces, ¿cómo es que los persuadió? La promesa de la salvación sin ningún precio a cambio, sin riesgo de dolor ni tristeza, es una propuesta atractiva y persuasiva a la vez. Parecería probable que este fuera uno de los argumentos de Satanás, dadas las declaraciones de Juan referentes a aquellos que no sucumbieron a la maniobra del diablo. Juan dice que aquellos que eligieron a Cristo en esta batalla pre–mortal “menospreciaron sus vidas hasta la muerte” (Apocalipsis 12:11). El diablo y sus ángeles evidentemente amaban sus vidas hasta la muerte o, dicho de otro modo, se aferraban tenazmente a un programa que prometía comodidad y tranquilidad, en lugar de la perspectiva de un mundo plagado de riesgos y dolor, hasta tal punto que los condujo a la muerte, a una muerte espiritual. Qué triste ironía, trazarse su propio camino hasta el punto de la muerte espiritual, mientras que el diablo “os sellara como cosa suya; por tanto, se retira de vosotros el Espíritu del Señor y no tiene cabida en vosotros; y este es el estado final del malvado” (Alma 34:35).

Lo que el diablo prometía no podía cumplirlo. No puede lograrse la divinidad sin habernos puesto a prueba. Y para ponernos a prueba es necesario contar con albedrío, con riesgos, y dolores que equilibren los placeres y las comodidades de la vida.

Porque es preciso que haya una oposición en todas las cosas. Pues de otro modo… no se podría llevar a efecto la justicia ni la iniquidad, ni tampoco la santidad ni la miseria, ni el bien ni el mal. De modo que todas las cosas necesariamente serían un sólo conjunto; por tanto, si fuese un sólo cuerpo, habría de estar como muerto, no teniendo ni vida ni muerte, ni corrupción ni incorrupción, ni felicidad ni miseria, ni sensibilidad ni insensibilidad.

Por lo tanto tendría que haber sido creado en vano; de modo que no habría ningún objeto en su creación. Esto, pues, habría destruido la sabiduría de Dios y sus eternos designios, y también el poder, y la misericordia, y la justicia de Dios. (2 Nefi 2:11–12; ver también DyC 29:39; Moisés 6:55)

Adán y sus ángeles comprendieron la futilidad de la respuesta del diablo y “ellos le han vencido por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos, y menospreciaron sus ideas hasta la muerte” (Apocalipsis 12:11). Ya nos hemos referido a la última de estas tres armas o medios mediante los cuales se venció al diablo. ¿Y las otras dos? ¿Qué significa “la sangre del Cordero”? En mi opinión, significa la verdadera doctrina de Expiación, en contrapartida a las nociones de falsedad de Satanás: la necesidad de un “sacrificio infinito y eterno” (Alma 34:10) “para apaciguar las demandas de la justicia” (Alma 42:15). Algunos, como parecería ser el caso de Coriantón, se sienten ofendidos por la justicia de Dios (ver Alma 41:1–3; 42:1). Se preguntan por qué Dios no puede simplemente perdonarlos, sin requerir pago alguno en forma de sufrimiento por haber quebrantado la ley. Alma le explicaba a su hijo Coriantón que si Dios ofrecía misericordia sin justicia reparadora El “dejaría de ser Dios” (Alma 42:13, 22, 25), que satisfacer las demandas de la justicia a través de la expiación es lo que le permite a Dios ser “un Dios perfecto, justo y misericordioso también” (Alma 42:15). Pero de no satisfacerse la justicia, ¿cómo podría Dios dejar de ser Dios? ¿Quién se ocuparía de ello? Cesaría de ser Dios porque carecería de uno de los atributos necesarios que lo convirtieron en Dios: la justicia. Y si no poseyera el atributo de la justicia, y si no supiéramos que lo posee, no podríamos tener fe en El hasta la salvación. Por tanto, para nosotros, dejaría de ser un Dios. Las Conferencias de la Fe, preparadas por o bajo la dirección de José Smith, afirman esta relación entre la justicia de Dios y nuestra fe:

También es necesario, para poder ejercer la fe en Dios hacia la vida y la salvación, que los hombres tengan la idea de la existencia de la justicia inherente en El, puesto que sin la idea de la existencia de la justicia inherente a la Deidad, los hombres no podrían tener la suficiente confianza como para colocarse bajo su guía y dirección; puesto que los invadiría el miedo y la duda, a no ser que el juicio de toda la tierra no fuera legítimo, y de ese modo el miedo o la duda, existentes en la mente, impediría la posibilidad del ejercicio de la fe en El, respecto de la vida y la salvación.

Pero cuando la idea de la existencia de la justicia inherente a la Deidad se encuentra asentada en la mente, no deja lugar para que la duda penetre en él corazón, y la mente puede ponerse al servicio del Todopoderoso sin temor y sin dudas, y con la confianza más sólida, creyendo que el Juicio de toda la tierra será el correcto.

Las escrituras son claras respecto de que se requirió para equilibrar la justicia y la misericordia. Cristo Jesús “obró esta perfecta expiación derramando su propia sangre” (DyC 76:69), sufriendo “aún más de lo que el hombre puede sufrir, sin morir” (Mosíah 3:7), que lo que el sufrimiento le causó “hizo que incluso Dios, el más grande de todos, temblara de dolor”, “sangrara cada poro” y “sufriera en cuerpo y espíritu”, y anhelara soportar el juicio de Dios sin huir de él. Lo hizo todo para satisfacer la justicia y ofrecer misericordia. “Porque, he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten; más si no se arrepienten, tendrán que padecer así como yo”. (DyC 19:16–18). Su sufrimiento y/o el nuestro no es un inconveniente arbitrario, sino una parte necesaria del plan de salvación. La comprensión y el compromiso con la verdadera doctrina de la Expiación, como la sugiere la frase de Juan “la sangre del Cordero”, fue un medio que le permitió a Miguel y a sus ángeles prevalecer ante el diablo y sus ángeles en la Batalla del Cielo.

La tercera arma o medio identificado por Juan como empleada por Miguel y sus ángeles en esa batalla previa a la creación de la tierra “es la palabra del testimonio de ellos” (Apocalipsis 12:11). Esto sugiere algunas preguntas. ¿Cómo se deciden los temas de consecuencia eterna? Cuando las personas no están de acuerdo sobre verdades eternas, ¿cómo puede resolverse el problema? Si suponemos que dos tercios y no un tercio de las huestes del cielo estuvieron del lado del diablo, ¿el plan de salvación hubiera sido diferente? Según mi opinión, la única diferencia hubiera sido que los dos tercios y no un tercio de las huestes del cielo se hubieran negado la oportunidad de seguir en pos de la vida eterna.

Existe un sólo camino que conduce a la felicidad, que como lo expresó el Profeta José Smith es “el objeto y el diseño de nuestra existencia”. El camino está compuesto por principios eternos que se volvieron operativos a través del poder de los Dioses, principios que no pueden cambiarse mediante argumentos o por voto. Uno de estos principios es el albedrío, mediante el cual cada individuo puede elegir entre alternativas dadas con consecuencias dadas. Las alternativas y consecuencias no pueden ser alteradas ni mezcladas a nuestro antojo. “Hay una ley, irrevocablemente decretada en el cielo antes de la fundación de este mundo, sobre la cual todas las bendiciones se basan; y cuando recibimos una bendición de Dios, es porque obedece aquella ley sobre la cual se basa”. (DyC 130:20–21). Cuando un tercio de las huestes del cielo, a sabiendas, rechazó el camino por completo, intento reconstruirlo; la consecuencia fue una sola y hubiera sido la misma, cualquiera fuera el número de rebeldes; porque “aquello que traspasa una ley, y no se rige por la ley, antes procura ser una ley a sí mismo, y dispone permanecer en el pecado, no puede ser santificado por la ley, ni por la misericordia, la justicia o el juicio. Por tanto, tendrá que permanecer sucio aún.” (DyC 88:35). Para Miguel y sus ángeles, argumentando sobre los méritos del camino, en comparación con su camino (el camino expuesto por Satanás y sus seguidores) no debe haber rendido sus frutos. Lo que quedaba era prestar testimonio, testimonio proveniente del Espíritu, con la facultad de “sellar, tanto en la tierra como en el cielo, al incrédulo y al rebelde” (DyC 1:8). Quizá sea importante destacar aquí que seguramente el testimonio no se prestó con un sentimiento burlón de victoria o con un arrogante tono de justicia. No caben dudas de que fue dado con solemnidad y humildad, y probablemente con tristeza; en realidad “el cielo lloró” ante el resultado de la Batalla del Cielo (DyC 76:26).

 

Adán ayudó a crear la Tierra

Abraham tuvo el privilegio de tener una visión de la vida antes de que la tierra fuera creada. En cuanto a la creación de la tierra, escribió: “Y estaba entre ellos uno que era semejante a Dios, y dijo a los que se hallaban con el: Descenderemos, pues hay espacio allá, y tomaremos de estos materiales y haremos una tierra sobre la cual estos puedan morar” (Abraham 3:24). El que “era semejante a Dios, claramente era Jesucristo, puesto que “por él, por medio de él y de él los mundos son y fueron creados” (DyC 76:24; ver también Juan 1:3; Hebreos 1:2; Mosíah 4:2). ¿Pero quiénes eran “aquellos que estaban con él?” Seguramente Adán, como jefe de los ángeles o arcángel, el que fue designado como “el primer hombre” (Moisés 3:7), en la tierra y para presidir durante la posteridad a lo largo de toda la historia de la tierra; jugó un papel prominente en dicha empresa. Si bien las escrituras que están a nuestra disposición hasta la actualidad no hacen mención de aquellos que estuvieron junto a Cristo en la Creación, sabemos, por lo que escribió Elder Bruce McConkie, “de otras fuentes sagradas… que Jehová–Cristo, ayudados por ‘muchos de los nobles y de los grandes’ (Abraham 3:22), de quien Miguel es sólo un ejemplo, en realidad creó la tierra y todas las formas de vida vegetal y animal en su superficie.” Además, José Smith nos enseñó que Adán recibió el sacerdocio “durante la creación, antes de formarse el mundo”. También, en 1863, el presidente Heber C. Kimball realizó la siguiente observación: “Se nos ha enseñado que nuestro Padre y Dios, de quien descendemos, llamó y les solicitó a sus siervos que fueran y organizaran una tierra, y, entre los demás, le dijo a Adán: ‘Vé también y ayuda en todo lo que puedas: una vez que esté organizada, la habitarás, por tanto vé y ayuda a realizar un buen trabajo’. Dicen las Escrituras que el Señor lo hizo, pero la verdad es que el Todopoderoso envió a Jehová y a Miguel para hacer la tarea”. En las escrituras de muchos de los presidentes de la Iglesia, desde el comienzo de esta dispensación hasta la actualidad, pueden encontrarse declaraciones similares acerca del papel de Adán en la Creación.

 

Conclusión

Adán, a quien también se lo conoce como Miguel, el arcángel, tiene las llaves de la salvación, después de Cristo, para todos los habitantes de esta tierra. Fue uno de los hijos del espíritu de Dios más noble y grande en la vida pre–mortal. Por tanto, sé le dio autoridad por sobre otros espíritus (salvo Cristo) designados para experimentar la mortalidad en esta tierra. Condujo las huestes del bien contra el diablo y sus ángeles en la Batalla del Cielo, luego de que el Gran Consejo llamó a considerar el plan de salvación del Padre. Miguel y sus ángeles vencieron al diablo y a sus ángeles en esa batalla “por medio de la sangre del Cordero y de la palabra y del testimonio de ellos; y menospreciaron sus vidas hasta la muerte” (Apocalipsis 12:11). También jugó un rol fundamental, bajo la dirección de Cristo, en la creación de la tierra.