“Se ve a Dios con los ojos espirituales”

 

Spencer W. Kimball; La Fe Precede al Milagro,

Cap. 7: “Se ve a Dios con los ojos espirituales”

 

Para conocer a Dios, se debe estar consciente de1 persona, atributos, poder y gloria tanto de Dios el Padre como de Dios el Hijo. Mucho es lo que aprendemos de las visitaciones que han tenido los profetas.

Moisés declara que él “vio a Dios cara a cara, y habló con él. . .” (Moisés 1:2)

Esta experiencia de Moisés concuerda con la escritura que dice: “Porque ningún hombre en la carne ha visto a Dios jamás, a menos que haya sido vivificado por el Espíritu de Dios. Ni puede hombre natural alguno aguantar la presencia de Dios, ni conforme a la mente carnal.” (D. y C. 67:11–12)

Queda entendido, entonces, que para poder soportar la gloria del Padre o la presencia del Cristo glorificado, un ser mortal tiene que ser trasladado o vivificado de alguna otra manera.

El aplicarse una crema o loción en el cuerpo antes de ir a nadar, o el usar un traje impermeable grueso de buzo pueden servir de protección contra el frío y el agua. Un traje de asbesto puede proteger a un bombero de las llamas del fuego en un incendio; un chaleco a prueba de balas puede proteger contra un atentado de asesinato; un hogar con calefacción puede proteger de los vientos fríos del invierno; una densa sombra protectora o una cubierta o pantalla de vidrio ahumado pueden modificar el calor abrasador o los fuertes rayos del sol de mediodía. En forma similar, existe una fuerza protectora que Dios utiliza cuando expone a sus siervos del género humano a la gloria de su presencia y de sus creaciones.

Moisés, uno de los profetas de Dios, poseía la protección del sagrado sacerdocio: “. . .y la gloria de Dios cubrió a Moisés; por lo tanto, Moisés pudo soportar su presencia.” (Moisés 1:2)

En gloriosa visión celestial, Moisés “vio el mundo. . . y todos los hijos de los hombres. . .” (Moisés 1:8) En esos momentos, Moisés estaba protegido, más cuando la fuerza que le había permitido soportar tal abundancia de gloria se apartó de él, Moisés quedó casi extenuado.

“Y la presencia de Dios se apartó de Moisés, de modo que su gloria no lo cubría; Moisés quedó a solas; y. . . cayó a tierra.” (Moisés 1:9)

“Y por el espacio de muchas horas, Moisés no pudo recobrar su fuerza natural. Por lo que exclamó: . . mis propios ojos han visto a Dios. . . mis ojos espirituales; porque mis ojos naturales no podrían haber visto; porque me habría desfallecido y muerto en su presencia; más su gloria me cubrió, y vi su rostro, porque fui transfigurado delante de él.” (Moisés 1:11)

También existe otro poder en este mundo, uno que es potente y atroz. En el desierto de Judea, en el pináculo del templo y en la cumbre del monte, tuvo lugar un encuentro decisivo entre dos hermanos, Jehová y Lucifer, ambos hijos de Elohim. Cuando Jesús se encontraba físicamente débil por causa de estar ayunando, fue tentado por Lucifer con estas palabras: “Si eres Hijo de Dios, dí a esta piedra que se convierta en pan.” (Lucas 4:3)

En los pináculos del templo, el demonio lo retó nuevamente, insinuando el innecesario uso de poder; a lo que Jesús contestó: “No tentarás al Señor tu Dios.” (Lucas 4:12)

En un alto monte, el demonio tentó a Cristo, ofreciéndole reinos, tronos, poderes y dominios; la satisfacción de las necesidades, deseos e instintos físicos; la gloria de la riqueza, la comodidad y el bienestar —todas estas cosas le ofreció Lucifer a Jesús con la condición de que lo adorara.

De manera pues, que en su mortalidad, Jesús fue tentado, pero supo resistir, ordenando: “Vete, Satanás. . .” (Mateo 4:10)

En forma similar había luchado ya una vez Satanás por subyugar a Moisés. Satanás, quien también era un hijo de Dios, se había rebelado en contra de Él y había sido expulsado de los cielos y condenado a no tener un cuerpo terrenal como el que su hermano, Jehová, sí poseería. Mucho de esto dependió del resultado del grandioso duelo ocurrido en los cielos. ¿Sería posible que Satanás pudiera dominar y ejercer control sobre Moisés, aquel profeta que había sido tan intensamente instruido por su propio Señor?

“Moisés, hijo del hombre, adórame”, le dijo Satanás, prometiéndole mundos, lujos y poder. Pero moisés miró a Satanás y dijo: “¿Quién eres tú? Porque, he aquí, yo soy un hijo de Dios, a semejanza de su Unigénito. . .” (Moisés 1:13)

Moisés sabía cuál era su misión y estaba preparado para esta tentación: “ . . ¿dónde está tu gloria, para que te adore? Porque he aquí, no pude ver a Dios, a menos que su gloria me cubriese y fuese fortalecido ante él. Pero yo puedo verte a ti según el hombre natural. ¿No es verdad esto? Bendito sea el nombre de mi Dios, porque su Espíritu no se ha apartado de mí por completo, o de lo contrario, ¿dónde está tu gloria?, porque para mí es tinieblas. Y puedo discernir entre ti y Dios.” (Moisés 1:13–15)

¡Qué acertado contraste! Moisés, el poseedor del sacerdocio, tenía que ser protegido para soportar la presencia de Jehová, pero a este impostor lo podía ver con sus ojos naturales y sin ningún problema.

De modo, pues, que ya con un conocimiento pleno, el profeta demandó: “Vete de aquí, Satanás. . .” (Moisés 1:16) El impostor, el tentador, el diablo, no dispuesto a abandonar a esta posible víctima, encendido en furia, “gritó en alta voz e hirió la tierra, y mandó y dijo: Yo soy el Unigénito, adórame a mí”. (Moisés 1:19)

Moisés se dio cuenta del engaño y vio el poder de las tinieblas y la “amargura del infierno”. He aquí una fuerza nada fácil de controlar o resistir. Aterrado, clamó a Dios, y con renovado poder, declaró: “. . . No cesaré de clamar a Dios. . . porque su gloria ha estado sobre mí; por tanto puedo discernir entre ti y él. . . En el nombre del Unigénito, retírate de aquí, Satanás.” (Moisés 1:18–21)

Ni aún Lucifer, el lucero de la mañana, el archienemigo del género humano, puede soportar el poder del sacerdocio. Temblando, sacudiéndose, blasfemando, llorando, gimiendo y crujiendo los dientes, se apartó del victorioso Moisés.

Cuando se encuentra debidamente protegido por la gloria de Dios y cuando ha alcanzado un grado suficiente de perfección, el hombre puede ver a Dios.

Entonces la gloria del Señor nuevamente cubrió a Moisés y éste escuchó la promesa: “. . . librarás de la servidumbre a mi pueblo. . . y serás más fuerte que muchas aguas, porque éstas obedecerán tu mandato cual si fueses Dios. (Moisés 1:26, 25)

¡Qué promesa! ¡Qué poder! Al escuchar esta promesa del Señor, podemos imaginarnos el agua fluyendo de la roca, el maná cayendo del cielo, las codornices revoloteando entre los arbustos, y las aguas del mar retrocediendo para dar paso en tierra seca a los hijos refugiados de Israel.

A Abraham también lo visitó un personaje celestial, diciendo: “. . .Yo soy el Señor tu Dios; yo habito en el cielo. . .  Jehová es mi nombre . . .” (Abraham 2:7–8)

“Así fue que yo, Abraham, hablé con el Señor cara a cara, como un hombre habla con otro. . . y él dijo: Hijo mío. . . Y puso sus manos sobre mis ojos, y vi aquellas cosas que sus manos habían creado, . . . y no pude ver su fin.” (Abraham 3:11–12)

Abraham fue protegido asimismo para poder soportar el brillo de la presencia del Señor y para que pudiera ver y comprender. Las visiones que él tuvo entonces, previo a su establecimiento en Egipto, no admiten descripción. Es posible que ni una sola alma haya podido ver, ni aun con el más potente de los telescopios, ni la milésima parte de lo que vio Abraham acerca de este universo, con todas sus infinitas partes y funciones. También vio la creación de esta tierra, tal como se lee en las palabras que el Padre le dirigió:

“Y he creado incontables mundos, y también los he creado para mi propio fin; y por medio del Hijo, que es mi Unigénito, los he creado.” (Moisés 1:33)

¡Cuán grandiosos son el poder de Dios, su majestad y su gloria!