Moisés 1

 

Los análisis en color verde han sido extraidos del Libro Comentarios de La Perla de Gran Precio, del Sistema Educativo de la Iglesia.

Y aquellos insertados en color marrón del documento Introducción a La Perla de Gran Precio, Guía para Instructores de Institutos.

 

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Relato de Moisés 1

 

CAPÍTULO 1

(junio de 1830)

 

Dios se revela a Moisés—Éste es transfigurado—Moisés tiene una confrontación con Satanás—Moisés ve muchos mundos habitados—El Hijo ha creado mundos sin número—La obra y la gloria de Dios es llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre.

 

Conceptos claves a analizar:

1. La revelación que Moisés recibió en la montaña extremadamente alta pone ante la mente del hombre la gloria y majestad de los dioses y su obra eterna.

2. La palabra “espiritual” puede significar “eterno”; mientras que la palabra “natural” es deprimente a cosas temporales o en un estado sujeto al cambio que conocemos como muerte.

3. Aquel que solamente puede ver las cosas “naturalmente” o como si las considerase que comienzan y terminan con su vida, es un extranjero (enemigo) de Dios y no tiene el poder de discernimiento.

4. El hombre que trata de construir sin el Señor fracasará.

5. Moisés 1 relata un incidente ocurrido luego de la experiencia de la zarza ardiente (Moisés 1:17) y anterior a la liberación de los hebreos de su cautividad (Moisés 1:25, 26).

6. La liberación de Israel de Egipto está directamente conectada con el cumplimiento del convenio del Señor con Abraham, Isaac y Jacob.

7. El Señor no está interesado solamente en un pueblo insignificante que se halle en cautiverio, sino que en toda la humanidad, pues su obra y gloria es llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre.

8. Este no es el único mundo que está habitado por la simiente de Dios.

9. No se pueden entender las cosas de Dios por medio de la mente natural pero pueden, en parte, ser comprendidas por la mente espiritual.

10. Solamente se pueden lograr cosas de consecuencia perdurable con la ayuda de Dios.

11. Esta tierra puede ser la clave para comprender la obra de Dios en otros planetas.

12. Moisés no tuvo éxito en su primer intento de liberar a Israel porque debía aprender una importante lección, debía comprender el poder del aniversario de la justicia y que el hombre de por sí está indefenso ante el gran poder de Satanás.

13. ¿Debía preocuparse Satanás por el resultado de la misión de Moisés? ¿Era solamente liberación de un cautiverio físico la que habría de cumplir Moisés?

14. Cuando Moisés subió a la montaña extremadamente alta tenía el propósito de recibir revelación que le proporcionara conocimiento de la gran obra y gloria de todos aquellos que han llegado a ser dioses, de la relación que existe entre el hombre y la Deidad, que “… todas las cosas están en lo presente para conmigo, porque a todas las conozco”. A Moisés le fueron mostrados muchos mundos habitados y en la Doctrina y Convenios, sección 76, versículo 24 leemos: “Que por él y a través de él, y de él, los mundos son y fueron creados, y los habitantes de ellos son engendrados hijos e hijas para Dios”. El hecho de saber que los hombres que habitan estos mundos o planetas son los hijos e hijas de Dios nos ayuda a entender la declaración del señor a Moisés que su obra y gloria es llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre.

15. El señor le dijo a Moisés que no le podía revelar concerniente a todos los mundos o todos los cielos, pero que le revelaría las cosas pertinentes a esta tierra y a este cielo.

 

La visión que se registra en Moisés 1 tuvo lugar después de que Jehová habló a Moisés desde la zarza que ardía pero antes de que éste sacara a los hijos de Israel de Egipto y cruzaran el Mar Rojo (Moisés 1:17, 25–26).

Moisés y la zarza ardiente

 

1 Las palabras de Dios, las cuales habló a Moisés en una ocasión en que Moisés fue arrebatado a una montaña extremadamente alta,

2 y vio a Dios cara a cara, y habló con él, y la gloria de Dios cubrió a Moisés; por lo tanto, Moisés pudo soportar su presencia.

 

Aunque sólo podemos conjeturarlo, probablemente en los primeros años de la madurez de Moisés, éste fue arrebatado a un lugar recóndito de una montaña muy alta, donde prevaleció la quietud y la soledad. Fue llevado a este sitio sagrado por el poder y el Espíritu de Dios, quien consideró prudente que, por medio de Moisés, el género humano supiese de la creación de la Tierra y del Hombre.

Como hemos señalado, algunos consideran que dicha historia es un mito. También hemos indicado que este relato es la historia autorizada más antigua dada a la humanidad concerniente al origen del hombre y del universo, la Caída y la promesa de una Redención.

En la soledad de la cima de la montaña Moisés vio a Dios cara a cara, y habló con él. A fin de que pudiera aguantar el glorioso esplendor de la presencia de Dios, Moisés fue transfigurado. (Transfigurado significa cambiar la forma o apariencia de: exaltar, glorificar, iluminar, especialmente nos referimos al cambio sobrenatural en la apariencia de Jesús cuando estuvo sobre el monte Mateo 17; Marcos 9). La gran y gloriosa revelación dice: “la gloria de Dios cubrió a Moisés, por lo tanto Moisés pudo soportar su presencia”.

 

Véase:

 

3 Y Dios habló a Moisés, diciendo: He aquí, soy el Señor Dios Omnipotente, y Sin Fin es mi nombre; porque soy sin principio de días ni fin de años; ¿y no es esto sin fin?

 

Aquí el Señor explica a Moisés lo que significa su nombre, Infinito. El tiempo, medido como nosotros en años, es una medida desconocida en la eterna vida de Dios, porque él le dijo a Moisés: “yo soy sin principio de días o fin de años”. Esto puede ser explicado de este modo: las obras de Dios son obras de verdad, y la verdad es sempiterna. La verdad siempre existió como tal, no tuvo principio, y no tendrá fin. Existe en sí misma. Todas las obras de Dios y toda la verdad en él están dedicadas a la salvación y exaltación de sus hijos, “mundos sin fin”, “¿y no es esto sin fin?”.

Indudablemente Moisés enseñó esta maravillosa verdad a los hijos de Israel, porque desde los comienzos de su historia ellos entendieron su alto significado. Nos lo es recordado en el Salmo 111 de David: “Daré gracias al Señor con todo mi corazón, en la compañía y en la congregación de los rectos… etc.”

 

4 He aquí, tú eres mi hijo; mira, pues, y te mostraré las obras de mis manos; pero no todas, porque mis obras son sin fin, y también mis palabras, porque jamás cesan.

 

El Padre Todopoderoso impartió aquí el conocimiento de algo que Moisés jamás debe haber soñado. La exaltada relación que existe entre ambos, la de padre e hijo. El Padre complacido con las obras que había realizado, y evidentemente satisfecho con los propósitos para los cuales las había establecido, le mandó a Moisés que mirara, “Y te mostraré las obras de mis manos”. Pero Dios agregó rápidamente “no todas”, “porque mis obras son sin fin y también mis palabras”, “porque jamás cesan”.

 

5 Por consiguiente, ningún hombre puede contemplar todas mis obras sin ver toda mi gloria; y ningún hombre puede ver toda mi gloria y después permanecer en la carne sobre la tierra.

 

Un hombre en su estado mortal no puede ver todas las grandiosas obras de Dios, sin, al mismo tiempo, contemplar toda la gloria de Dios. Esto no puede hacerse pues hay muchas cosas, que Dios ha decretado para los exaltados, y alguien que esté en la carne en su estado mortal no puede ni aún vislumbrarlas, y mucho menos verlas, pues verlas es también participar de ellas.

 

6 Y tengo una obra para ti, Moisés, hijo mío; y tú eres a semejanza de mi Unigénito; y mi Unigénito es y será el Salvador, porque es lleno de gracia y de verdad; pero aparte de mí no hay Dios, y para mí todas las cosas están presentes, porque todas las conozco.

 

El señor Dios no hace nada que no sea para un propósito sabio. Él no hace promesas vanas, ni hace cosas sin sentido o inútiles. Así que cuando Dios le dijo a Moisés “tengo una obra para ti”, vemos en ello el comienzo de una producción grande y maravillosa, efectuada para la gloria y honra de Dios.

El gran y eterno Padre, Rey de todos nosotros, saludó a Moisés como a un hijo, o si les parece mejor, como un príncipe en la casa real. “Tú eres a semejanza de mi Unigénito”. Semejante al único del cual yo soy el Padre en la carne. Él “es lleno de gracia y de verdad”. Lleno de gracia, significa que el Unigénito está imbuido con un amor tal hacia los hijos de Dios, que le impulsó a hacer por nosotros lo que nosotros no podríamos haber hecho. El ofreció su vida terrenal para qué nosotros pudiéramos vivir eternamente. Al hacer tal cosa, Él, el Salvador, nos redimido de la Caída de Adán. Por su gracia somos salvos. Nosotros, por nosotros mismos, no hubiéramos podido lograrlo.

“Pero aparte de mí, no hay Dios”. Podemos comprender más plenamente el propósito de Dios al hacer este importante pronunciamiento a Moisés, cuando entendemos las siguientes condiciones: debemos recordar que ha de haber sido necesario gravar en la mente de Moisés el preponderante significado de adorar al verdadero y viviente Dios. Hay sólo un Dios, y ningún otro. Moisés había sido criado en la corte de gobernantes egipcios. Estuvo rodeado del esplendor de la realeza. A pesar del futuro alto llamamiento que recibiría, Moisés participó de las creencias y prácticas de los egipcios. Esto fue especialmente cierto en el caso de los israelitas, quienes vivieron esclavos de ese país durante 400 años.

Durante sus años de esclavitud, los hijos de Israel habían adoptado muchos de los hábitos y costumbres de sus amos. Esto influyó en su forma de pensar. La gran cantidad de deidades que se adoraban en esa tierra hizo que en los descendientes de Jacob gradualmente se debilitara el recuerdo del Dios de sus padres; los egipcios fueron extremadamente idólatras. Se dijo de ellos en ese tiempo que en Egipto era más fácil encontrar un dios que a un hombre.

Los hijos de Israel habían olvidado al Dios de sus padres; al igual que sus opresores, ellos trabajaban el día que el Señor había apartado como día de descanso, y consagrado a su adoración. Eran tan inclinados a jurar como los egipcios, y se hicieron para ellos dioses de piedra y de metales preciosos, ante los cuales se inclinaban, adorándolos.

Mas luego, Moisés enseñó esta gran verdad a los hijos de Israel, de la cual el Maestro dijo: “Deut. 6:4-7”.

Aquí Dios mismo declaró su omnipresencia y su omnipotencia. “Yo conozco todas las cosas”. El no olvida nada (salvo las transgresiones del pecador arrepentido) (Jer. 31:4).

El presente está delante de Él: El sabe el futuro, y el pasado testifica de su gloria. El que creó el ojo, ve todo: El que puso el oído, oye todo; El que le enseña conocimiento al hombre, conoce todo (Salmos 94:9-10).

 

7 Y ahora bien, he aquí, te revelo sólo esto, Moisés, hijo mío, porque tú estás en el mundo, y ahora te lo muestro.

 

Al contrario del Señor, cuyas creaciones son muchas, Moisés era de la tierra, terreno. El gran globo sobre el cual estaba viviendo era una réplica de muchos otros mundos, que también fueron obra de Dios. Sin embargo, esos mundos permanecían invisibles y silenciosos para los mortales, aunque a Moisés le testificaron de la gloria y magnificencia del Ser Supremo. Sólo por decreto de Dios podían llegar a ser conocidos.

Dios decretó entonces que le fuese dada a conocer a Moisés la historia de la creación. “Yo te lo diré” decretó Dios autoritativamente.

 

8 Y aconteció que Moisés miró, y vio el mundo sobre el cual fue creado; y vio Moisés el mundo y sus confines, y todos los hijos de los hombres que son y que fueron creados, de lo cual grandemente se maravilló y se asombró.

 

Moisés miró con sus ojos iluminados por la gloria de Dios, y sus oídos abiertos por la majestad de sus palabras, y él vio “el mundo y sus confines, y todos los hijos de los hombres que son y que fueron creados”; vio a todos, desde Adán y Eva hasta el último. La voz de Dios, no una voz semejante al trueno sobre las lejanas montañas, sino un suave susurro, le explicó la historia del mundo, que como un panorama se desarrollaba frente a él. Esto sorprendió mucho a Moisés. Estaba maravillado ante las escenas que desfilaban frente a sus ojos, pues jamás había imaginado que fuese el hacedor y creador de todo.

 

9 Y la presencia de Dios se apartó de Moisés, de modo que su gloria ya no lo cubría; y Moisés quedó a solas; y al quedar a solas, cayó a tierra.

 

Finalizó la visión de Moisés, y ya no le rodeó la gloria de Dios por más tiempo. Moisés fue dejado solo. La fuerza del Señor no sostuvo más su cuerpo mortal. Y él cayó a tierra.

 

10 Y sucedió que por el espacio de muchas horas Moisés no pudo recobrar su fuerza natural según el hombre, y se dijo a sí mismo: Por esta causa, ahora sé que el hombre no es nada, cosa que yo nunca me había imaginado.

 

Durante muchas horas Moisés, exhausto a causa de la visitación celestial, permaneció tendido en tierra sin fuerza. Sin embargo, mientras permanecía allí, no sabiendo qué hacer, pasmado por lo que le había sido mostrado y, imaginamos que sin poder captar plenamente la magnitud de su visión, solemnemente concluyó, “El hombre no es nada”, cosa que Moisés, acostumbrado a una vida refinada, “nunca …había imaginado”.

Nuestros pensamientos acerca de la grandeza del poder de Dios, son expresados en las palabras de David (Salmos 8).

 

11 Pero ahora mis propios ojos han visto a Dios; pero no mis ojos naturales, sino mis ojos espirituales; porque mis ojos naturales no hubieran podido ver; porque habría desfallecido y me habría muerto en su presencia; mas su gloria me cubrió, y vi su rostro, porque fui transfigurado delante de él.

 

La gloria de Dios, la majestad de su presencia, el Espíritu de Santidad, estuvieron sobre Moisés, y al ser transfigurado ante Él, Moisés vio la cara de Dios. Algunos podrán ponerlo en tela de juicio -los sofistas y los incrédulos que son sabios en su propia opinión -pero ese joven pastor que en un tiempo había estado cuidando las majadas de su suegro Jetro, vio a Dios cara a cara con sus ojos eternos, y conversó con Él.

El glorioso esplendor de la presencia de Dios, al que ya nos hemos referido, hizo que, mientras yacía en el suelo, Moisés analizara la magnificencia de su visión. Y refiriéndose a ello, en voz alta manifestó que de no haber sido “transfigurado delante de él”, “habría desfallecido y me habría muerto en su presencia”.

Demasiado a menudo confiamos en nuestras propias fuerzas, imaginamos que somos los amos de todo lo que nos rodea. Raras veces nos damos cuenta de que nuestra labor se desarrolla en la esfera donde Dios nos ha colocado, y en el momento en que salimos de dicha esfera y entramos en aquella donde sólo Dios manda – solos y sin la presencia de Dios – descubrimos que no somos nada. Nuestra mayor fortaleza se convierte en debilidad, y toda nuestra sabiduría en necedad. Pero, en la debilidad de Moisés, Dios evidenció su fuerza (1 Cor. 12:7). La fuerza de Dios se evidenció en la flaqueza de Pablo. Es así como podemos comprender la debilidad de Moisés, y la fuerza de Dios.

 

Véase:

 

12 Y aconteció que cuando Moisés hubo pronunciado estas palabras, he aquí, Satanás vino para tentarlo, diciendo: Moisés, hijo de hombre, adórame.

 

Mientras Moisés aún yacía en el suelo, debilitado por la severa experiencia que acababa de pasar, Satanás vino a tentarlo. Él le mandó a Moisés, “Moisés, hijo de hombre, adórame”.

No vendría mal en este punto, una palabra para apreciar el carácter de Satanás. Desde el principio, Lucifer, quien más adelante fue conocido como Satanás fue un hijo desobediente. Al ir madurando en las cosas espirituales, con creciente rebeldía se deleitó en la falsedad. En Doctrina y Convenios se le llama “El que fue mentiroso desde el principio” (Sección 93:25). En el libro de Éter 8:25, se dice de él que es “Padre de todas las mentiras”, todo lo cual significa que él fue el primero en actuar y hablar mentirosamente. Por lo tanto, todas las mentiras se han hecho y se hacen su poder.

Lucifer buscó de congregar a su alrededor a quienes, lo mismo que él, se complacían en ignorar y desatender el consejo de un Padre Bueno, sabio y lleno de amor. Asimismo, Lucifer fue impetuoso. El buscó imponer sus ideas sobre quienes sostuvieron distinta opinión y que tenían conciencia de su exaltada posición como hijos de Dios. Hubo también otros quienes con gran consideración y satisfacción obedecieron y honraron los deseos y la voluntad de su Real Padre. Lucifer no hizo tal cosa.

El fue orgulloso, soberbio, y rebelde; orgulloso porque él, como “Hijo de la mañana”, tuvo una alta posición en el concilio celestial; soberbio, porque alimentó el pensamiento de que podría imponer sus ambiciones personales sobre sus muchos hermanos y hermanas que moraban en la casa de su Padre; rebelde, porque cuando fracasó en su intento de seducirles su desilusión se convirtió en ira, y de todas las pasiones que alberga el corazón, tanto de ángeles como de hombres, el orgullo herido es uno de los más amargos y malignos. El condujo a una tercera parte de las huestes celestiales en rebeldía contra la autoridad de su padre, el Dios y Padre de todos.

 

13 Y sucedió que Moisés miró a Satanás, y le dijo: ¿Quién eres tú? Porque, he aquí, yo soy un hijo de Dios, a semejanza de su Unigénito. ¿Y dónde está tu gloria, para que te adore?

 

Moisés, algo desconcertado, pero aun conservando la fortaleza recibida del Señor, miró a Satanás quien procuró engañarle llamándole, “hijo de hombre”; le preguntó al engañador: “¿Quién eres tú?”. Evidentemente Satanás deseó que Moisés se sintiera inferior, porque Moisés sabía, que uno digno de ser adorado, ha de ser mayor que el adorador. “He aquí, yo soy un hijo de Dios”. Moisés, dudando de la identidad de Satanás, dijo: “¿Dónde está tu gloria, para que te adore?”

 

14 Porque he aquí, no hubiera podido ver a Dios, a menos que su gloria me hubiera cubierto y hubiera sido transfigurado ante él. Pero yo puedo verte a ti según el hombre natural. ¿No es verdad esto?

 

Frescas aún en su mente las escenas de su visión y aun resonando en sus oídos las palabras de Dios, resistió la orden de Satanás de que le adorara. “Pero yo puedo verte a ti según el hombre natural”, fue la rápida respuesta de Moisés, y aún más rápida fue su determinación de adorar a aquel cuya gloria había brillado con esplendor sobre él. Pero en cuanto a quien le estaba exigiendo adoración, no le rodeaba ninguna luz; todo fue tenebroso, su presencia estaba rodeada de obscuridad.

 

Una lectura cuidadosa de D. y C. 29:30 aclarará el hecho de que José Smith a menudo hacía ecuaciones de las palabras “espiritual” con “eterno” y “natural” con “temporal”. En tanto pudiera Moisés captar el significado de las cosas comenzando con un nacimiento mortal y finalizasen con la muerte, habría sido incapaz de comprender la majestuosa continuidad de la obra de Dios en expandir la progresión eterna del hombre. El rey Benjamín, como está registrado en Mosíah 3:19 dice: “pues el hombre natural es un enemigo de Dios, y lo ha sido desde la caída de Adán, y lo será para siempre, a menos que se someta al influjo del Espíritu Santo”. Pablo, el apóstol, también habla del hombre carnal que está en oposición al hombre poseído por el Espíritu. Se comprende mejor a estos hombres si uno se da cuenta que en la antigüedad una persona que la extranjera era considerada como un enemigo pues aquellos que eran desconocidos no podían conocer sus intenciones. Era la responsabilidad de los hombres de invitar a los extranjeros a sus moradas y tratarles como a huéspedes, y luego de haber compartido el pan, establecer el convenio de la amistad. El rey Benjamín, hablando desde la asunción puede ser comprendido en mejor manera si cambiamos sus palabras para leerlas: “pues el hombre natural es un extranjero ante Dios, y lo ha sido desde la caída de Adán…” El hombre que es un extranjero ante Dios no conoce del amor y propósitos de Dios. Cuando uno llega a ser un amigo de Dios Él le hará conocer tales cosas. Tal fue el caso de Moisés, de Abraham y de José Smith, así como con los apóstoles del Señor en la antigüedad. Jesús dijo sus Apóstoles, “Ya no os llamaré más siervos, pues el siervo no sabe lo que hace su señor; pues todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer” (Juan 15:15). La persona que tiene deseos de servir al Señor y de vivir de tal manera que puede disfrutar de la vida eterna se esforzará por llegar a ser un amigo del Señor (D. y C. 84:63, 77; 94:1; 98:1; 100:1).

No habría sido posible que Moisés entendiera, al principio, el poder del adversario de justicia ni el deseo de Satanás de destruir la felicidad de la humanidad. En ese aspecto Moisés y José Smith tenían mucho en común. Ambos debían llegar a conocer esta poderosa fuerza disuasiva. José Smith no podía entender por qué los hombres religiosos de su tiempo estaban tan enconadamente en su contra, alguien que había visto a Dios. Debía aprender que los hombres que parecían ser embajadores de la luz podían ser a veces siervos de las tinieblas, aún en la manera en que Satanás había tratado de oponerse ante Moisés como el Dios de luz. Habiendo despertado a las cosas espirituales y eternas, Moisés fue capaz de discernir a Satanás y rechazar su influencia. Si los estudiantes han de tener este mismo poder en sus vidas, deben aprender los propósitos de Dios, ya sea en lo que concierne a sus vidas y al resto de la humanidad, y entonces el poder del discernimiento crecerá en ellos para que puedan discernir y rechazar esas influencias que destruirían la felicidad de la humanidad.

 

15 Bendito sea el nombre de mi Dios, porque su Espíritu no se ha apartado de mí por completo, y por otra parte, ¿dónde está tu gloria?, porque para mí es tinieblas. Y puedo discernir entre tú y Dios; pues él me dijo: Adora a Dios, porque a él sólo servirás.

 

Vivificado por el Espíritu de Dios que aún permanecía en él, Moisés estuvo en condiciones de distinguir entre Dios y su maligno visitante, porque Dios era luz mientras que el malvado era tinieblas. Aquel cuya luz brilló esplendorosa, radiando verdad y con rayos del glorioso esplendor, le había dicho a Moisés: “Adora a Dios, porque a él sólo servirás”.

 

16 Vete de aquí, Satanás; no me engañes; porque Dios me dijo: Eres a semejanza de mi Unigénito.

 

Con presteza Moisés captó el significado de las palabras de Dios, “eres a semejanza de mi Unigénito”. Esto colocó a Moisés en una posición de superioridad en relación con Satanás, y la tentativa de Satanás por someter a Moisés y seducirle para que le obedeciera fue resistida en una forma que quizás él jamás habría pensado. “Apártate Satanás. Vete de aquí. No me engañes. Porque sólo a Dios adoraré, y a él sólo serviré”.

 

“Dios mismo fue una vez como nosotros somos ahora, y es un hombre exaltado, y se sienta en un trono allá en los cielos. Ese es el gran secreto. Si el velo se rompiese hoy, y el gran Dios que sostiene este mundo en su órbita, y que sostiene todos los mundos y todas las cosas por su poder, se hiciese invisible -os digo, que si le viéseis hoy día, le veríais en la forma de un hombre- como ustedes en todo lo que respecta a su persona, imagen y forma misma como la de un hombre; pues Adán fue creado en la misma forma, imagen y semejanza de Dios, y recibió instrucciones, caminó y conversó con El, como un hombre conversa y se comunica con otro.

“…Os diré cómo Dios llegó a ser un Dios. Hemos imaginado o supuesto que Dios fue Dios por toda la eternidad. Refutaré esa idea y sacaré el velo, para que puedan ver.

“Estas ideas son incomprensibles para algunos, pero son sencillas. Es el primer principio del evangelio el de conocer por seguro el carácter de Dios, y saber que podemos conversar con él como un hombre conversa con otro, y de que Él fue una vez un hombre como nosotros, moró en una tierra, en la misma forma como Jesucristo mismo lo hizo una vez; y os lo demostraré con la Biblia” (Historia de la Iglesia, vol. 6, pág. 305).

“Si Abraham razonó así -si Jesucristo era el Hijo de Dios, y Juan descubrió que Dios el Padre de Jesucristo tenía un Padre, pueden suponer que El tenía un Padre también. ¿Hubo alguna vez un hijo sin un padre? ¿Y hubo alguna vez un padre sin que primero hubiese sido un hijo? ¿Cuando ha surgido un árbol a la existencia sin un progenitor? Y todo ocurre de esa manera. Pablo dice que lo que es terrenal ha sido hecho a semejanza de lo que es celestial, por lo tanto, si Jesús tenía un Padre, ¿no podemos creer que Él también tenía uno? Desprecio la idea de asustarse respecto a tal doctrina, pues la Biblia está llena de ella” (Historia de la Iglesia, vol. 6, pág. 476).

 

17 Y también me dio mandamientos cuando me habló desde la zarza que ardía, diciendo: Invoca a Dios en el nombre de mi Unigénito y adórame.

 

Casi sobrepujado, Moisés sin embargo, recordó otra visión en la cual del Señor le llamó desde la zarza ardiente. Con esa, eran dos las veces en que Dios le había hablado en dos maravillosas manifestaciones de su divina voluntad. “Invoca a Dios en el nombre de mi Unigénito, y adórame”, fue el mensaje principal que la voz de Dios declaró a Moisés en ambas ocasiones. Muchos de los mandamientos revelados por Dios mientras Moisés estuvo sobre el monte, confirmaron los mandamientos que él conoció cuando Dios los proclamó desde la zarza ardiente. Nuevamente fue repetido el mensaje de ambas ocasiones, “Invoca a Dios en el nombre de mi Unigénito, y adórame” (Éxodo 3:1-10).

 

18 Y añadió Moisés: No cesaré de clamar a Dios; tengo otras cosas que preguntarle: porque su gloria ha estado sobre mí; por tanto, puedo discernir entre tú y él. Retírate de aquí, Satanás.

 

En esta forma fue puesta a prueba la integridad de Moisés y su capacidad para distinguir entre el bien y el mal, y en consecuencia su comprensión se vivificó y sus ojos bendecidos penetraron las tinieblas con que su maligno visitante le había rodeado.

Habiendo recibido abundante conocimiento gracias a las escenas que le habían sido mostradas, él, ansiosos por saber más, pudo percibir la existencia de aún más conocimiento, y él pediría a Dios que le diera a saber esas otras cosas, pues su gloria había iluminado la mente de Moisés.

De nuevo Moisés, con creciente firmeza, ordenó a Satanás que se alejara de él.

 

19 Y cuando Moisés hubo pronunciado estas palabras, Satanás gritó en alta voz y bramó sobre la tierra, y mandó y dijo: Yo soy el Unigénito, adórame a mí.

 

De acuerdo con los atributos enclavados en él, Satanás al escuchar la inflexible determinación de Moisés de adorar sólo a Dios y servirle, gritó en alta voz, el eco de la cual hizo temblar la tierra: “Yo soy el Unigénito, adórame a mí”.

 

20 Y aconteció que Moisés empezó a temer grandemente; y al comenzar a temer, vio la amargura del infierno. No obstante, clamando a Dios, recibió fuerza, y mandó, diciendo: Retírate de mí, Satanás, porque sólo a este único Dios adoraré, el cual es el Dios de gloria.

 

La conmoción causada por la violenta desilusión de Satanás, al negarse Moisés a adorarle -una demostración de ira furiosa que casi pareció partir la tierra- causó gran temor a Moisés, y al llenarse de temor, Moisés pudo ver la amargura del infierno, y los extremos a los que el poder maligno puede llegar para mostrar su odio al bien.

“…clamando a Dios, recibió fuerza”, para combatir su desmayo. De esta manera, fortalecido por el poder de Dios, Moisés nuevamente mandó a Satanás que se apartara de su presencia, y de nuevo, aún con mayor énfasis, repitió su definida determinación, “porque sólo a este único Dios adoraré, el cual es el Dios de gloria”.

 

21 Y entonces Satanás comenzó a temblar, y se estremeció la tierra; y Moisés recibió fuerza, e invocó a Dios, diciendo: En el nombre del Unigénito, retírate de aquí, Satanás.

 

“Satanás comenzó a temblar”. El aterrador espectáculo que ofreció Satanás al tratar de inducir a Moisés a que obedeciera su mandato, sólo tuvo el resultado de que Moisés se desvinculara por completo de los designios de Satanás, y Moisés, “invocó a Dios”, diciendo, “En el nombre del Unigénito, retírate de aquí, Satanás”.

 

22 Y ocurrió que Satanás gritó en voz alta, con lloro, y llanto, y crujir de dientes; y se apartó de allí, sí, de la presencia de Moisés, de modo que no lo vio más.

 

“Satanás… se apartó de allí”. Ante el autorizado mandato de Moisés, ordenándole a Satanás que se alejara, en el nombre del Unigénito, Satanás gritó de nuevo en alta voz, y de nuevo la tierra se sacudió, “con lloro, y llanto y crujir de dientes”, Satanás “se apartó de allí, sí, de la presencia de Moisés, de modo que no lo vio más”.

 

23 Y Moisés dio testimonio de esto; pero no existe entre los hijos de los hombres por motivo de la iniquidad.

 

“Moisés dio testimonio de esto”. Moisés registró todas estas cosas que le sucedieron. Pero a causa de la falta de fe en las palabras y en las obras de Dios, la maldad hizo que el relato de estas cosas permaneciese oculto al conocimiento de la humanidad. Por más de 3500 años, o sea hasta estos tiempos, en que fue revelado nuevamente de acuerdo con la promesa de Dios, mediante aquel que Él levantaría en su sabiduría para ese propósito. Esa persona fue José Smith.

 

24 Y cuando Satanás se hubo retirado de la presencia de Moisés, sucedió que éste levantó los ojos al cielo, estando lleno del Espíritu Santo, el cual da testimonio del Padre y del Hijo,

 

“Moisés, …levantó los ojos al cielo, estando lleno del Espíritu Santo”. Satanás no perturbó o molestó más a Moisés. El tumulto y la agitación producidos por el diablo fueron reemplazados por la quietud. Nuevamente reinaba la paz. Moisés, lleno del Espíritu Santo, quien da testimonio del Padre y del Hijo, alzó los ojos al cielo.

 

 

25 e invocando el nombre de Dios, de nuevo vio su gloria, porque lo cubrió; y oyó una voz que decía: Bendito eres, Moisés, porque yo, el Omnipotente, te he escogido, y serás más fuerte que muchas aguas, porque éstas obedecerán tu mandato cual si fueses Dios.

 

“Bendito eres, Moisés”. Una vez sólo, Moisés, meditando en calma, pero con los ojos fijos en el cielo como en oración, invocó el Santo nombre de Dios e inmediatamente vio de nuevo su gloria, circundado de una luz que imaginamos debe haber sido más brillante que cualquier otra que Moisés hubiera visto, y lleno de esa paz que es el más precioso de los dones de Dios, escuchó una voz que decía, “Bendito eres, Moisés, porque yo, el omnipotente, te he escogido, y serás más fuerte que muchas aguas, porque éstas obedecerán tu mandato cual si fueses Dios”.

 

26 Y he aquí, estoy contigo hasta el fin de tus días, porque librarás de la servidumbre a mi pueblo, sí, a Israel mi escogido.

 

“…librarás de la servidumbre a mi pueblo, sí, a Israel mi escogido”. Sin duda que Moisés debe haber mirado alrededor, intrigado: ¿no estoy solo? Se habrá preguntado ¿Dónde está Satanás? Fue entonces que la voz Celestial le aseguró, “estoy contigo hasta el fin de tus días”. El gran propósito encomendado a Moisés, “librarás de la servidumbre a mi pueblo, sí, a Israel mi escogido”, es más plenamente detallado en Éxodo 3:7-12.

 

Moisés había obedecido el mandamiento del Señor de decirle al faraón que permitiese que los israelitas saliesen de Egipto, y el faraón no tan sólo no había aceptado, sino que además había puesto cargas más pesadas sobre los hebreos, de tal forma que en su desesperación se habían vuelto hacia Moisés. Moisés volvió ante el Señor a preguntarle por qué había fallado (ver Éxodo 5 hasta 6:9). Es posible que nuestro texto coincida con este mismo incidente (Moisés 1). Moisés habría de ser poderoso aun hasta el punto de que las aguas se pusieron en movimiento a su mandato.

Si los israelitas no hubieran sido el pueblo del convenio (queriendo decir que estaban obligados a llevar el conocimiento de Dios a todas las naciones), no habría habido necesidad de que Dios hubiera interferido en sus vidas. Otros pueblos han estado en cautividad y han sufrido gran tormento; sin embargo no han sido liberados de sus enemigos ni fueron convertidos en una gran nación como los israelitas. El relato completo de Moisés es más comprensible si recordamos que por medio de Israel, habría de ejecutarse una obra que sería para la salvación de toda la humanidad.

 

27 Y sucedió, mientras la voz aún hablaba, que Moisés fijó los ojos y vio la tierra, sí, la vio toda; y no hubo partícula de ella que no viese, discerniéndola por el Espíritu de Dios.

 

“Moisés fijó los ojos y vio la tierra”. La voz celestial continuó instruyendo a Moisés, y mientras escuchaba, Moisés, meditando lo que escuchaba, vio y determinó en su mente mediante el Espíritu de Dios, los tiempos y las épocas de toda la tierra. Vio la creación de ella y su preparación para que pudiera cumplir los grandes propósitos del Creador.

 

28 Y también vio a sus habitantes; y no hubo una sola alma que no viese; y pudo discernirlos por el Espíritu de Dios; y grande era su número, sí, incontables como las arenas sobre la playa del mar.

 

“Y …vio sus habitantes”. No sólo Moisés observó la tierra y su creación, sino también sus numerosos habitantes. Por el Espíritu de Dios vio las numerosas naciones de hombres que habitarían la maravillosa creación de Dios. Su cantidad era tan grande que eran incontables, aún “como las arenas sobre la playa del mar”. No obstante, grande como fue su cantidad, no hubo uno de ellos que Moisés no viese.

 

29 Y vio muchas regiones; y cada una se llamaba tierra, y había habitantes sobre la faz de ellas.

 

“…vio muchas regiones”. Fueron vistas por Moisés las almas que ocupaban las muchas regiones de la tierra, que como en un panorama pasaron frente a sus ojos. Las regiones fueron llamadas tierra por la voz que escuchaba, refiriéndose al terreno seco que emergía de las aguas, en la tierra creada por Dios. Los ojos de Moisés vieron hasta la última generación de los hombres que vivirían sobre la tierra. Lo vio por inspiración, por el poder de Dios.

 

30 Y sucedió que Moisés imploró a Dios, diciendo: Te ruego que me digas ¿por qué son estas cosas así, y por qué medio las hiciste?

 

“Te ruego que me digas ¿por qué son estas cosas así…?”. Asombrado y maravillado, Moisés contemplaba la escena que con tanta claridad se presentaba ante su visión. No estaba confundido ni curioso, pero siendo mortal, no captaba fácilmente el propósito celestial. Le preguntó al Señor, “Te ruego… ¿por qué son estas cosas así, y por qué medio las hiciste?”

 

Véase:

 

31 Y he aquí, la gloria del Señor cubrió a Moisés, de modo que Moisés estuvo en la presencia de Dios y habló con él cara a cara. Y Dios el Señor le dijo a Moisés: Para mi propio fin he hecho estas cosas. He aquí sabiduría, y en mí permanece.

 

“Para mi propio fin he hecho estas cosas”. Y de nuevo la gloria de Dios brilló sobre Moisés, y nuevamente él estuvo en la presencia de Dios. En la conversación que siguió entre ellos, a saber, entre Dios y Moisés, éste recibió una respuesta a su pregunta, la que, aunque no fue directa, estuvo llena de significado. “Para mi propio fin he hecho estas cosas”. “Su sabiduría en mi permanece”, dijo el Señor, pero nosotros podemos juzgar que los eternos propósitos de Dios son bien tenidos en cuenta en las cosas que Dios hace. Todas las cosas de Dios y todas sus obras, están consagradas por completo al bien de sus hijos y al engrandecimiento de su propia gloria.

Vamos a dejar que una observación de Juan el revelador, y algunas palabras del rey David, sirvan de comentario completo para esta importante respuesta, a la importante pregunta de Moisés (Apoc. 4:11) (Salmos 104). Y ahora unas palabras de Salomón, el antiguo rey sabio hebreo; en esas palabras habla la sabiduría (Prov. 8).

 

32 Y las he creado por la palabra de mi poder, que es mi Hijo Unigénito, lleno de gracia y de verdad.

 

“Y las he creado por la palabra de mi poder”. Dios continúa conversando con Moisés, explicándole que todas las cosas, Él, Dios, las ha creado mediante su Hijo Unigénito, Jesucristo, quien es el Unigénito del Padre, el gran Jehová, que significa Creador, (ver “el nombre sagrado“), quién, obedeciendo las órdenes del Padre, la creó bajo su supervisión. Jesucristo fue la palabra del poder de Dios (Juan 1:1).

 

33 Y he creado incontables mundos, y también los he creado para mi propio fin; y por medio del Hijo, que es mi Unigénito, los he creado.

 

“Mundos sin número he creado”. Las obras de Dios no se pueden numerar; las estrellas del cielo que vemos en la noche, las flores del campo, las montañas, los lagos, y los valles, testifican de su gloria, y todos juntos magnifican y exaltan su santo nombre.

El propósito de Dios al crear la tierra y sus bellezas fue para la felicidad del hombre y su pureza. Bendecir en vez de maldecir al hombre.

La belleza de la tierra y sus riquezas, los metales preciosos y los minerales útiles, que abundan en sus colinas, las fuentes de agua que calman la sed de la tierra sedienta, las colinas y llanuras cubiertas de hierba, donde pastan miríadas de majadas y rebaños, los campos cubiertos de granos maduros, los verdes montes, los azules cielos, los riachuelos, todos en conjunto hacen de la tierra un lugar feliz y santo en donde los hijos de Dios pueden morar (Salmos 19:1).

Cuando los magos de la corte de Faraón no pudieron hacer lo que habían visto hacer a Moisés y Aarón, dijeron, “éste es el dedo de Dios” (Éxodo 8:19). Esa expresión se usa a través de las escrituras, y significa el poder o la presencia de Dios, o su propósito. La creación de la tierra, su preparación como morada de los hijos de Dios, en donde ellos pudieran ser santos y puros para Dios, es verdaderamente el “dedo de Dios”. En ello se manifiesta el poder y la presencia y el propósito del Gran Creador.

Mundos creados: “Ha sido usual referirse al Padre como el Creador, y esto es verdad en el sentido que El es el organizador del Plan. Pero los mundos fueron creados por El, mediante su Hijo. El Hijo de Dios, el Gran Jehová, fue el arquitecto y constructor, el ejecutivo del gran concilio celestial, mediante quien fue hecho realidad el Plan de Salvación, lo mismo que el Plan de Redención (ver Hebreos 1:2).

Nótese la palabra “Creados”, que significa “Formados”, “Organizados”. No fueron hechos de la nada o “Ex Nihilo”, como los entendidos expresan dicha imposible proposición. Ni son sin principio, en cuanto a su forma actual. El mundo tal como lo conocemos, ha tenido un principio, tendrá un fin. La materia en sí misma, es la que no tiene principio ni fin, hasta donde nosotros los mortales sabemos. (D. y C. 93:10) Cristo, el Unigénito, fue el real constructor y hacedor de los mundos, lo mismo como un arquitecto es, el real hacedor de la casa que edifica. Los mundos fueron hechos por Él, porque El es la misma fuente de la luz y la vida que impregna la creación.

 

34 Y al primer hombre de todos los hombres he llamado Adán, que es muchos.

 

“El primer hombre de todos los hombres, yo lo he llamado Adán”. El principal conocimiento aquí impartido, es que Adán, del cual más adelante el Señor dice que significa “muchos”, es que Adán fue el primer hombre. Esto es importante pues con Adán empezó la obra de la redención.

En estos días, de acuerdo con el modo de pensar mundano y carente de inspiración, cuando Dios ha enviado fuerte error a muchos hombres doctos “para que crean la mentira” (2 Tesalonicenses 2:11), se considera como demostración de gran sabiduría afirmar que es falso que Adán fue el primer hombre, el padre de la raza humana. En este versículo, el Señor declara enfáticamente que Adán “lo fue” (Moisés 3:7).

En el Improvement Era 13:75-81, se dice lo siguiente: “Adán, nuestro gran progenitor, el primer hombre, fue, lo mismo que Cristo, un espíritu preexistente, y al igual que Cristo tomó sobre sí un cuerpo apropiado, el cuerpo de un hombre, “un alma viviente”. La doctrina de la preexistencia, tan claramente revelada, particularmente en estos últimos días, derrama un diluvio de luz sobre el problema del origen del hombre, que de otro modo resulta misterioso. Muestra esta doctrina, que el hombre, como entidad espiritual fue engendrado por padres celestiales y nació de ellos y se crió hasta llegar a la madurez en las eternas mansiones del Padre, antes de venir sobre la tierra. Dentro de un cuerpo temporal, a fin de pasar la experiencia de la mortalidad. Nos enseña que todos los hombres existieron como entes espirituales antes de que existiese un hombre carnal, y que todos quienes han habitado la tierra, desde Adán, han tomado cuerpos y llegado a ser almas, lo mismo que Adán.

Algunos sostienen que Adán no fue el primer hombre sobre la tierra y que el hombre originalmente se fue desarrollando desde órdenes inferiores de la creación animal. Pero éstas, son las teorías de los hombres. La palabra del Señor declara que Adán fue: “El primero de todos los hombres” (Moisés 1:34), y por lo tanto, nosotros no albergamos ninguna duda en cuanto a que él fue el primer padre de nuestra raza”.

Joseph F. Smith

John R. Winder

Anthon H. Lund

Primera Presidencia de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días

 

35 Pero sólo te doy un relato de esta tierra y sus habitantes. Porque he aquí, hay muchos mundos que por la palabra de mi poder han dejado de ser. Y hay muchos que hoy existen, y son incontables para el hombre; pero para mí todas las cosas están contadas, porque son mías y las conozco.

 

“Pero sólo te doy un relato de esta tierra”. El trabajo que a Moisés le fue asignado hacer, bajo la dirección de Dios, tuvo que ver únicamente con el mundo en el cual estaba. Pero las obras de Dios abarcan muchos otros mundos, y en cuanto a éstos, Moisés no recibió información.

Quizás nosotros no podemos concebir la inmensidad de la obra de Dios; realmente, sus “Obras y Palabras” no tienen fin. Los mundos que Él ha creado por medio de su Hijo, no pueden ser contados por el hombre. Son los mundos que perduran para siempre, sirviendo a los propósitos del Señor.

Hay otros que no han cumplido la medida de su creación, y por la palabra del Señor han cesado de existir. Pero verdaderamente, en los cielos que nos cubren, en las estrellas, Dios ha levantado un memorial a su grandeza para todas las generaciones.

La obra que a Moisés le fue encomendada concernía únicamente a las cosas de esta tierra y sus habitantes. Pero, nos es dicho, que si bien los otros mundos no pueden ser numerados por el hombre, para Dios están numerados; el ama esos mundos y los reclama como suyos.

 

Véase:

 

36 Y aconteció que Moisés habló al Señor, diciendo: Sé misericordioso para con tu siervo, oh Dios, y dime acerca de esta tierra y sus habitantes, y también de los cielos; y entonces quedará conforme tu siervo.

 

“Moisés habló al Señor”. Moisés no murmuró por causa de que su visión sobre las cosas pasadas y futuras fuese restringida al mundo en el cual estaba.

Moisés, hambriento de conocimiento, buscó saber acerca de esta tierra y los habitantes de ella, y también sobre los cielos. Suplicando piadosamente, Moisés, recordando las cosas que había visto y las palabras que la voz de Dios le había declarado, rogó al Gran Creador, que le mostrara más de esas cosas que tuvieran que ver con la misión que se le había encomendado. Y entonces Moisés dijo, “Tu siervo estará contento”.

 

37 Y Dios el Señor habló a Moisés, diciendo: Los cielos son muchos, y son innumerables para el hombre; pero para mí están contados, porque son míos.

 

“El Señor habló a Moisés”. Ver comentario sobre versículo 5.

 

38 Y así como dejará de existir una tierra con sus cielos, así aparecerá otra; y no tienen fin mis obras, ni tampoco mis palabras.

 

No hay fin para las obras y las palabras de Dios. Porque así como una de sus grandes obras deja de existir, otra tiene su comienzo. Es nuestra opinión que los materiales que componen un mundo que no ha llenado los propósitos de su creación se emplean para la formación o creación de otra tierra. No podemos creer que nada de todo ese material en desuso se convierta en desperdicio, sino que el arquitecto o constructor del mundo lo emplea nuevamente, tal como el pastelero mezcla de nuevo los ingredientes para hacer una torta. ¡La materia no puede ser destruida ni creada!

 

39 Porque, he aquí, ésta es mi obra y mi gloria: Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre.

 

Todos los propósitos de Dios, todas sus obras y palabras, están consagradas a llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre. El se deleita en bendecir a sus hijos. Esa es su gloria; ese es el principio sempiterno sobre el cual todas las cosas son y fueron creadas.

 

40 Y ahora, Moisés, hijo mío, yo te hablaré acerca de esta tierra, sobre la cual te hallas; y tú escribirás las cosas que yo hablaré.

 

Dios le manda a Moisés que escriba ahora las cosas que “yo te hablaré, acerca de la tierra sobre la cual te hallas”. Moisés así lo hizo. O bien su secretario trabajando bajo su dirección, o escribiendo Moisés mismo, pero quien quiera que haya sido el escritor, los escritos los adjudicamos a Moisés.

Será nuestro deber explicar aquella profecía expresada por el Creador (registrada en el versículo 41) fue cumplida plena y completamente en la artística obra de los copistas y editores por cuyas manos pasaron después estos escritos.

 

41 Y en el día en que los hijos de los hombres menosprecien mis palabras y quiten muchas de ellas del libro que tú escribas, he aquí, levantaré a otro semejante a ti, y de nuevo existirán entre los hijos de los hombres, entre cuantos creyeren.

 

En los días de incredulidad, cuando las palabras de Dios son desestimadas entre los hijos de los hombres; cuando las declaraciones divinas son calificadas como necedades; cuando se dice que las obras ejecutadas por las manos de Dios no son sino fruto de la casualidad, que existen por obra del azar; cuando los sabios en sus propios ojos quitan parte de las Santas Escrituras por motivo de que sus ojos no ven y sus oídos no oyen las maravillosas verdades que Dios ha confiado al hombre; entonces el señor dice: “Levantaré a otro semejante a tí, y de nuevo existirán entre los hijos de los hombres, entre cuantos creyeren”.

 

42 (Estas palabras le fueron declaradas a Moisés sobre el monte, el nombre del cual no se sabrá entre los hijos de los hombres; y ahora te son declaradas a ti. No las muestres a nadie sino a quienes creyeren. Así sea. Amén.)

 

Las palabras habladas por Dios a Moisés (vers. 1) son repetidas aquí por la misma fuente, el Dios todopoderoso, al profeta José Smith en el mes de junio de 1830.

Al profeta José Smith le fueron dadas instrucciones muy definidas tocantes a estas palabras. Deberían ser dadas a conocer únicamente a “quienes creyeren” (Cap. 4:32).

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Ir a Moisés 2

 

Una respuesta a Moisés 1

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