“El Propósito de la Vida Terrenal”

 

W. Cleon Skousen, “El Segundo Milenio”,

Capítulo 5: “El Propósito de la Vida Terrenal”

 

¿Fue una importante contribución al conocimiento religioso moderno aprender que la “caída” de la vida terrenal tuvo un propósito divino en lugar de ser una mera metida de pata de los hombres? ¿Por qué?

¿Puedes imaginar algunas razones del por qué habría sido imposible obtener cuerpos físicos en la vida espiritual o preexistencia?

¿Cuáles son algunas de las características distintivas de esta vida que no podrían encontrarse en el estado preexistente?

¿Existe alguna diferencia entre “gozo” y “placer”?

¿Por qué piensas que una persona resucitada es el único tipo de individuo capaz de recibir una “plenitud de gozo”?

¿Qué especial significado el Señor le da al poder de procreación? ¿Es esto un conocimiento nuevo?

¿Han sido “probados” los seres humanos antes de esta vida?

¿Por qué es tan importante el período de prueba de esta vida?

¿Era posible aprender la diferencia entre el bien y el mal en “los cielos” tan eficazmente como lo hacemos aquí? ¿Por qué?

¿Por qué es particularmente importante para el Padre entrenarnos en contra de la rebelión en este estado de nuestra existencia?

¿Es una bendición vivir en un ambiente donde el juicio es “temporalmente suspendido”? ¿Es esta una de las condiciones exclusivas de la vida terrenal?

¿Por qué sería de poco valor el arrepentimiento sin la Expiación de Jesucristo? ¿Qué hace la Expiación?

¿Existe la oportunidad de arrepentirse en los cielos?

 

El Primer propósito de la Vida Terrenal

Por muchos siglos profesores de religión sin entendimiento han enseñado que la más grande calamidad del hombre fue la desobediencia de Adán y Eva en el Jardín de Edén lo cual ocasionó la Caída. Sin embargo, las Escrituras modernas clarifican el problema y enseñan que la Caída fue un proyecto cuidadosamente planeado por el Padre que no solo estaba anticipado sino que se esperaba que sucediera. De hecho, una lectura cuidadosa de las Escrituras antiguas y modernas revela que el Señor dio la mayor importancia a este estado mortal, temporal y caído, el cual actualmente estamos cursando.

Al menos cinco propósitos profundamente importantes se cumplen en este estado mortal y caído que no podrían ser alcanzados de otra manera.

Primero, era la única manera de que varios billones de hijos espirituales del Padre que comprendían nuestro particular grupo familiar pudieran ser provistos de cuerpos temporales.

En la preexistencia o mundo espiritual alcanzamos todo lo que se podía obtener allá.

Disfrutamos del privilegio de ser provistos de tabernáculos espirituales en los cuales nuestras personalidades individuales o inteligencias pudieran morar.[1] Pero estos cuerpos tenían limitaciones definidas. Se nos negó mayor progreso a menos que nos fuera “añadido” al adquirir cuerpos de materia temporal.[2] Estos no podían ser obtenidos en el mundo espiritual. Para asegurarnos cuerpos de materia temporal deberíamos abandonar el mundo espiritual y sujetarnos a un plano de existencia inferior donde los cuerpos de materia temporal estuvieran disponibles. Y cuando obtuviéramos estos cuerpos deberíamos aprender las leyes por las cuales los materiales de estos cuerpos pudieran ser controlados.

 

El segundo propósito

Segundo, este era el curso que el Señor dijo que deberíamos seguir con la finalidad de obtener “una plenitud de gozo,” al igual que Nuestro Padre Celestial.

La cálida, excitante, y emocionante sensación que el cuerpo registra en respuesta a condiciones que son diseñadas para su estimulación o beneficio es llamada “gozo”. Esto es algo que nosotros aparentemente no teníamos en abundancia mientras estábamos en el mundo espiritual. El Profeta Lehi indica que a menos que hubiéramos venido a este mundo mediante la Caída y hubiéramos recibido cuerpos físicos no habríamos conocido la abundancia de esta rica experiencia emocional llamada “gozo”.[3]

Gozo es la unión emocional de la mente y el cuerpo. Por siglos los hombres han mal interpretado los requisitos previos del verdadero gozo y lo han considerado una mera expresión física de sutil y fugaz duración. Han, por tanto, tratado de manufacturar la sensación de gozo a través de medios artificiales. Algunos recurren al alcohol, otros a narcóticos, y otros más por medio de disipaciones físicas. Pero todas estas resultan disolutas y decepcionantes.

Los verdaderos componentes del gozo se encuentran no solo en las respuestas físicas sino en reacciones intelectuales y espirituales también. En esta vida es posible aprender a un grado limitado la dulzura del verdadero gozo.

Sin embargo, una “plenitud de gozo” podrá ser solo alcanzada cuando nuestros cuerpos hayan sido resucitados y estén inseparablemente unidos con nuestros espíritus para siempre. Como el Señor ha dicho: “Espíritu y elemento, inseparablemente unidos, reciben una plenitud de gozo.”[4] Entonces el añade esta significativa enseñanza: “y cuando están separados, el hombre no puede recibir una plenitud de gozo.”[5] Nuestros espíritus, cuando están solos, por alguna razón son incapaces de disfrutar de esta experiencia en toda su plenitud.

En la fusión de nuestros tabernáculos espirituales y físicos alcanzamos un medio de expresión exaltado y glorificado con el cual únicamente somos capaces de reflejar el mismo emocionante y trascendental regocijo de continuo placer físico tal como Nuestro Padre Celestial lo hace.

La mortalidad es la puerta por medio de la cual la humanidad tiene que pasar antes de que pueda poseer una plenitud de gozo como Dios. Concerniente a aquellos que alcanzan esta gran bendición el Señor dice lo siguiente: “Son aquellos en cuyas manos el Padre ha entregado todas las cosas; son sacerdotes y reyes que han recibido de su plenitud y de su gloria… De modo que, como está escrito, son dioses, sí, los hijos de Dios. –Por consiguiente, todas las cosas son suyas, sea vida o muerte, o cosas presentes o cosas futuras, todas son suyas, y ellos son de Cristo y Cristo es de Dios.”[6]

 

El tercer propósito

Tercero, la mortalidad hizo posible para nosotros ser investidos con los poderes de la procreación por primera vez.

La procreación fue otra bendición reservada para el Segundo Estado o existencia mortal aquí en la tierra. Esta funcional investidura fue dada como exclusiva y divina dispensación a aquellos que fueron considerados dignos y preparados para entrar en este Segundo Estado. La paternidad es una porción del poder de la Deidad y por lo tanto este privilegio de participar en la organización o procesos creativos de Dios nos fue negado hasta que hubimos escalado las alturas mediante nuestra obediencia fiel por eones en nuestra existencia ante mortal –primero como inteligencias y después como espíritus.

Solo en este último estado de nuestro desarrollo cuando hemos llegado a ser candidatos potenciales para un lugar en los concilios de los dioses se nos permite participar de estos poderes.

Por supuesto, muchos –de hecho, la gran mayoría– de aquellos que entran a la mortalidad y disfrutan de forma temporal de los poderes de la procreación no obtendrán el último estatus de Deidad, y todos aquellos que no alcancen la meta –el cual es el más alto grado del reino celestial– perderán esta divina capacidad de perpetuarse a sí mismos a través de su posteridad.[7]

Una de las más profundas y significativas revelaciones recibidas en la Dispensación del Cumplimiento de los Tiempos es el hecho de que la paternidad sobre esta tierra no es más que un período de entrenamiento para la paternidad en la eternidad. El divino poder de la procreación es descrito por el Señor como una cualidad fundamental de la Deidad. De hecho, la paternidad eterna es la Deidad.[8]

Es interesante notar que cuando Adán y Eva fueron colocados en el Jardín de Edén, ellos eran incapaces de tener hijos mortales.[9] De acuerdo a la escritura, si no se hubieran sujetados a sí mismos a la metamorfosis de la Caída nunca habrían tenido hijos.[10] No solo ellos, sino también nosotros, no habríamos pasado por la puerta de la mortalidad para recibir estas bendiciones.

 

El cuarto propósito

Cuarto, la mortalidad fue diseñada para sujetar a la raza humana a su período final de probación.

Después de eones de progreso y prueba, nosotros, los que habíamos sido lo suficientemente afortunados para pasar al Segundo Estado, enfrentamos ahora nuestra última prueba de selección para fines de evaluación. Indudablemente fuimos probados como inteligencias y sabemos que fuimos probados en el mundo espiritual porque el Señor habló de los espíritus en el estado preexistente y dijo: “y con esto los probaremos, para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare; y a los que guarden su primer estado les será añadido; y aquellos que no guarden su primer estado no tendrán gloria en el mismo reino con los que guarden su primer estado.”[11]

Debe tenerse en cuenta que a través de los corredores de la eternidad ha habido un programa altamente competitivo de progreso eterno que ha sido un constante desafío para nosotros. Esto ha resultado en una amplia diferencia entre nosotros tanto en integridad personal, iniciativa, inteligencia y calidad de caracter.[12] Las Escrituras señalan que a lo largo del camino ha habido muchas bajas. De vez en cuando grandes cantidades de nuestros hermanos y hermanas voluntariamente han elegido un curso de conducta que permanentemente los ha apartado del camino del progreso que debemos seguir. De hecho, tan atrás como nuestro reciente estado preexistente, un tercio de las huestes de los hijos espirituales del Padre decidieron renunciar a la lucha y al hacerlo se negaron a sí mismos, para siempre, la posibilidad de obtener la plenitud de gozo por la cual ahora estamos luchando.[13]

Sin embargo, para el resto de nosotros, esta vida es el estado de probación final. Nuestro última prueba. Por eso es que el Señor constantemente enfatiza la importancia de perseverar en esta vida.

Estamos tan cerca del fin de la carrera; pero el riesgo es igualmente grande. Como Alma declaró:

“Porque he aquí, esta vida es cuando el hombre debe prepararse para comparecer ante Dios; sí, el día de esta vida es el día en que el hombre debe ejecutar su obra. Y como os dije antes, ya que habéis tenido tantos testimonios, os ruego, por tanto, que no demoréis el día de vuestro arrepentimiento hasta el fin; porque después de este día de vida, que se nos da para prepararnos para la eternidad, he aquí que si no mejoramos nuestro tiempo durante esta vida, entonces viene la noche de tinieblas en la cual no se puede hacer obra alguna. No podréis decir, cuando os halléis ante esa terrible crisis: Me arrepentiré… Porque si habéis demorado el día de vuestro arrepentimiento, aun hasta la muerte, he aquí, os habéis sujetado al espíritu del diablo y él os sella como cosa suya; por tanto, se ha retirado de vosotros el Espíritu del Señor y no tiene cabida en vosotros, y el diablo tiene todo poder sobre vosotros; y éste es el estado final del malvado.”[14]

Aunque comparativamente hablando, la familia humana está ahora cerca del objetivo final de las vidas eternas y de la exaltación, no obstante habrá muy pocos que llenarán los estrictos requisito de esta prueba final. Como el Señor mismo ha declarado: “Estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hayan.”[15]

 

El quinto propósito

Quinto, la mortalidad esta diseñada para prepararnos para siempre contra la rebelión. Debido a que el Padre ha perdido tantas de Sus inteligencias elegidas debido a la rebelión equivocada a través de todas las épocas, El desea inmunizarnos de forma efectiva contra la rebelión en el futuro. Él quiere que estemos en contacto directo con el pecado y la rebelión pero bajo circunstancias en las cuales no quedemos permanentemente marcados por la experiencia. Él quiere que descubramos por nosotros mismos que el pecado nunca trae la felicidad –que no hay atajos para la exaltación– que es por lo cual Lucifer se rebeló. El Señor quiere que nos convenzamos por nosotros mismos para siempre que el camino de Dios es el único camino seguro, probado, y confiable, de modo que nunca, por todas las eternidades del futuro, nos permitamos ser atraídos a la rebelión contra Él como lo fue un tercio de nuestros hermanos y hermanas en la preexistencia. La vida terrenal, por tanto, fue establecida y diseñada para darnos la oportunidad de distinguir mediante experiencias reales la diferencia entre la amargura del pecado y la rebelión, y la dulzura de la obediencia recta.[16]

Esto no era posible “en los cielos”. Allá la ley celestial prevalece, lo cual significa que la perfección es mantenida y que ningún pecado o rebelión es tolerado ni con el más “mínimo grado de tolerancia”[17]. Por supuesto, al igual que nuestros hermanos y hermanas de la preexistencia podríamos rebelarnos, pero no sin sufrir las inmediatas consecuencias. En los cielos no hay oportunidad de “aprender” sobre la rebelión, aquellos que incurren en esto inmediatamente perciben el impacto del juicio.

Con la finalidad de aprender lo que es el pecado y la rebelión debemos ser removidos del reino celestial del Padre a un ambiente donde el bien y el mal existen uno al lado del otro. Tiene que ser un lugar donde podamos “probar” y entonces tener el tiempo para decidir qué elegiremos.[18] Debe ser un lugar donde el juicio sea temporalmente suspendido de manera que en caso de quedar atrapados en graves errores durante nuestro proceso de aprendizaje aun tengamos tiempo para dar marcha atrás antes de que se pronuncie un juicio o que se imponga un castigo final. En otras palabras, tuvieron que hacerse algunas disposiciones para que el hombre tuviera “un tiempo en el cual pudiera arrepentirse”[19], un tiempo en el cual pudiera recapacitar y, en la medida de lo posible, recuperar el terreno perdido.

Finalmente, el Padre dijo que tan rápido como nos alejemos de la maldad y la venzamos, Él perdonará la ofensa mediante la expiación de Jesucristo para que no sea retenida en contra de nosotros. Es importante reconocer que a pesar de que aprendamos la diferencia entre el bien y el mal y decidamos gobernar nuestras vidas con lo bueno, nunca podremos regresar a la perfección del reino celestial si no fuera por la Expiación del Salvador que “borra” las ofensas que son contabilizadas en nuestra contra durante nuestro proceso de aprendizaje. El cómo es esto posible lo discutiremos en otra parte.[*] Es suficiente en este momento simplemente reafirmar que tenemos la garantía divina de que cada pecado que superemos lo suficiente para ponerlo debajo del manto de la Expiación será completamente borrado de nuestro registro para que cuando recibamos nuestro juicio final sea como si ese error en particular ¡nunca hubiera sucedido! Este es el principio del arrepentimiento.[20]

Por esto veremos que el principio del arrepentimiento es una gran bendición que solo puede operar en un laboratorio cuidadosamente preparado y que está aislado de la presencia inmediata del Padre. Para ser eficaz debe operar en un ambiente: 1– donde haya un “tiempo” de juicio suspendido en el cual los hombres puedan elegir, y si lo desean, “dar marcha atrás” mediante el arrepentimiento, y 2– donde haya sido provista una expiación infinita mediante la cual todos los pecados que sean superados mediante el arrepentimiento puedan ser borrados para siempre.

El Señor declara que cuando esta tierra sea celestializada y regrese a Su presencia, “la compasión será escondida de mi vista.”[21] En otras palabras, ¡no hay arrepentimiento ni juicio suspendido en los cielos! Como dijo Alma: “¡Esta vida es cuando el hombre debe prepararse para comparecer ante Dios; sí, el día de esta vida es el día en que el hombre debe ejecutar su obra!”[22]

 

Notas

[1] Abraham 3:22–23

[2] Ibid. 3:26

[3] 2 Nefi 2:25; ver también D. y C. 93:34

[4] D. y C.93:33

[5] Ibid. 93:34

[6] Ibid. 76:55–59; ver también 2 Nefi 9:18

[7] Ibid. 131:1–4

[8] Ibid. 132:19–20

[9] 2 Nefi 2:23

[10] Moisés 5:11

[11] Abraham 3:25–26

[12] Ibid.3:19

[13] D. y C. 29:36; 76:33–34

[14] Alma 34:32–35; ver también 1 Nefi 10:20–21

[15] Mat. 7:14; D. y C.132:22

[16] D. y C.29:39

[17] Ibid. 1:31

[18] Ibid. 29:39

[19] Alma 12:24; ver también 42:4

[*] Ver artículo en el apéndice “¿Por qué era necesaria la Expiación?”

[20] Isaías 1:18; 43:25; 44:22; D. y C.58:42; Ezequiel 33:14–16; Alma 7:13

[21] Oseas 13:14

[22] Alma 34:32