José Smith—Historia 1 : 61 – 75

 

61 Sin embargo, la agitación continuaba, y el rumor con sus mil lenguas no cesaba de hacer circular calumnias acerca de la familia de mi padre y de mí. Si me pusiera a contar la milésima parte de ellas, llenaría varios tomos. Sin embargo, la persecución llegó a ser tan intolerable que me vi obligado a salir de Manchester y partir con mi esposa al Condado de Susquehanna, Estado de Pensilvania. Mientras nos preparábamos para salir —siendo muy pobres, y agobiándonos de tal manera la persecución que no había probabilidad de que se mejorase nuestra situación— en medio de nuestras aflicciones hallamos a un amigo en la persona de un caballero llamado Martin Harris, que vino a nosotros y me dio cincuenta dólares para ayudarnos a hacer nuestro viaje. El señor Harris era vecino del municipio de Palmyra, Condado de Wayne, en el Estado de Nueva York, y un agricultor respetable.

62 Mediante esta ayuda tan oportuna, pude llegar a mi destino en Pensilvania, e inmediatamente después de llegar allí, comencé a copiar los caracteres de las planchas. Copié un número considerable de ellos, y traduje algunos por medio del Urim y Tumim, obra que efectué entre los meses de diciembre —fecha en que llegué a la casa del padre de mi esposa— y febrero del año siguiente.

 El Profeta José Smith

José Smith—Historia 1:61–62. La preservación de las planchas

“Continuaron hostigando a los Smith y el Profeta tuvo que recurrir a varios lugares para esconder las planchas. Primeramente las colocó en el baúl de la ropa de Hyrum, después, en varias ocasiones escondió las planchas debajo del fogón de la casa de su padre, bajo una pila de lino en el desván del taller del tonelero, en una caja de embarque de cristal de la compañía Ontario perteneciente al padre Beman y en el baúl rojo de Marruecos de Emma [véase Smith, History of Joseph Smith, págs. 112–113].

“Sin embargo, el llamamiento de José Smith no era simplemente el de proteger las planchas de oro, sino también el de traducirlas. Como consecuencia de que la gente de Manchester y sus alrededores estaba tan dispuesta a robar las planchas, José y Emma decidieron mudarse a Harmony y vivir en la granja del padre de esta última. Ellos esperaban tener allí la paz necesaria para cumplir con la obra divina. Martin Harris le dio $50 dólares a José para la mudanza y Alva, el hermano de Emma, les prestó el carromato y los animales de tiro. De esa forma partieron con los anales escondidos en un barril de frijoles (judías), dentro del carromato. Varios hombres detuvieron a los viajeros, pero no pudieron encontrar las planchas. [Véase Richard L. Bushman, Joseph Smith and the Beginnings of Mormonism,1984, pág. 85]

“En Harmony, el matrimonio se mudó a una casa de dos habitaciones perteneciente a Jesse, otro de los hermanos de Emma, a unos 140 metros de la casa de Isaac Hale. El Profeta estaba listo para comenzar la traducción. En por lo menos seis ocasiones diferentes, José Smith dio descripciones breves de cómo llevó a cabo la traducción del Libro de Mormón, y en todas ellas dijo sin variar que las tradujo por el don y el poder de Dios, por medio del Urim y Tumim [véase José Smith—Historia 1:62; D. y C. 9:4–12; Warren Cowdery, Manuscript History of the Church, Book A-1, en “LDS Church Archives”, págs. 121–122; Elder’s Journal, 1 de julio de 1838, pág. 43; Times and Seasons, 3 de mayo de 1842, pág. 772; y Times and Seasons, 4 de noviembre de 1843, pág. 373]” (Kenneth W. Godfrey, “A New Prophet and a New Scripture: The Coming Forth of the Book of Mormon”, Ensign, enero de 1988, pág. 11).

 

63 En este mismo mes de febrero, el antedicho señor Martin Harris vino a nuestra casa, tomó los caracteres que yo había copiado de las planchas, y con ellos partió rumbo a la ciudad de Nueva York. En cuanto a lo que aconteció, respecto de él y los caracteres, deseo referirme a su propio relato de las circunstancias, cual él me lo comunicó a su regreso, y que es el siguiente:

64 “Fui a la ciudad de Nueva York y presenté los caracteres que habían sido traducidos, así como su traducción, al profesor Charles Anthon, célebre caballero por motivo de sus conocimientos literarios. El profesor Anthon manifestó que la traducción era correcta y más exacta que cualquiera otra que hasta entonces había visto del idioma egipcio. Luego le enseñé los que aún no estaban traducidos, y me dijo que eran egipcios, caldeos, asirios y árabes, y que eran caracteres genuinos. Me dio un certificado en el cual hacía constar a los ciudadanos de Palmyra que eran auténticos, y que la traducción de los que se habían traducido también era exacta. Tomé el certificado, me lo eché en el bolsillo, y estaba para salir de la casa cuando el Sr. Anthon me llamó, y me preguntó cómo llegó a saber el joven que había planchas de oro en el lugar donde las encontró. Yo le contesté que un ángel de Dios se lo había revelado.

65 “Él entonces me dijo: ‘Permítame ver el certificado’. De acuerdo con la indicación, lo saqué del bolsillo y se lo entregué; y él, tomándolo, lo hizo pedazos, diciendo que ya no había tales cosas como la ministración de ángeles, y que si yo le llevaba las planchas, él las traduciría. Yo le informé que parte de las planchas estaban selladas, y que me era prohibido llevarlas. Entonces me respondió: ‘No puedo leer un libro sellado’. Salí de allí, y fui a ver al Dr. Mitchell, el cual confirmó todo lo que el profesor Anthon había dicho, respecto de los caracteres, así como de la traducción.”

 

José Smith—Historia 1:63–65. Se cumple la profecía

Véase Isaías 29:11–12 y 2 Nefi 27:6–26. El élder James E. Talmage, que fue miembro del Quórum de los Doce Apóstoles, escribió: “[José] inició su tarea con las planchas copiando pacientemente varios de los caracteres y añadiendo su traducción a algunas de las páginas así preparadas. El primer ayudante del profeta, Martin Harris, recibió permiso de llevar algunas de estas copias con el fin de presentarlas a hombres instruidos en idiomas antiguos para que las examinaran. Llevó unas hojas al profesor Charles Anthon del Colegio de Columbia, quien después de estudiarlas certificó que los caracteres eran por lo general del antiguo orden egipcio, y que las traducciones que las acompañaban parecían correctas. Al saber cómo habían llegado los anales antiguos a manos de José, el profesor Anthon le dijo al señor Harris que le llevara el libro original para examinarlo, declarando que él se comprometía a traducir el libro; más oyendo que parte del libro estaba sellado, dijo: ‘No puedo leer un libro sellado’. Así fue como, sin saberlo, este hombre cumplió la profecía de Isaías concerniente a la venida de este volumen: ‘Y os será toda visión como palabras de libro sellado, el cual si dieren al que sabe leer, y le dijeren: Lee ahora esto; él dirá: No puedo, porque está sellado” [Isaías 29:11]. Otro lingüista, un profesor Mitchell, de Nueva York, después de haber examinado los caracteres, dio un testimonio de ellos que correspondía en todos los detalles importantes con el del profesor Anthon” (Los Artículos de Fe, págs. 298–299).

 

Oliver Cowdery sirve de escribiente en la traducción del Libro de Mormón—José y Oliver reciben el Sacerdocio Aarónico de manos de Juan el Bautista—Son bautizados y ordenados, y reciben el espíritu de profecía. (Versículos 66–75.)

 

66 El día 5 de abril de 1829, vino a mi casa Oliver Cowdery, a quien yo jamás había visto hasta entonces. Me dijo que había estado enseñando en una escuela que se hallaba cerca de donde vivía mi padre y, siendo éste uno de los que tenían niños en la escuela, había ido a hospedarse por un tiempo en su casa; y que mientras estuvo allí, la familia le comunicó el hecho de que yo había recibido las planchas y, por consiguiente, había venido para interrogarme.

67 Dos días después de la llegada del señor Cowdery (siendo el día 7 de abril), empecé a traducir el Libro de Mormón, y él comenzó a escribir por mí.

 

José Smith—Historia 1:66–67. Oliver Cowdery

“Oliver Cowdery había nacido el 3 de octubre de 1806 en Wells, condado de Rutland, estado de Vermont, siendo el menor de ocho hijos. Recibió cierta instrucción para aprender a leer, escribir y los conocimientos elementales de aritmética. Varios de sus hermanos mayores, al darse cuenta de que las oportunidades de progreso económico eran limitadas en Vermont, se habían mudado para el oeste del estado de Nueva York. En 1825, su hermano menor los siguió y consiguió trabajo de dependiente en una tienda de ramos generales; también se dedicaba a los trabajos de herrero y de granjero. Oliver Cowdery era delgado, medía aproximadamente 1,65 m de estatura, tenía el cabello negro y ondulado, y ojos oscuros de mirada penetrante.

“A principios de 1829, a uno de sus hermanos mayores, Lyman Cowdery, se le contrató para ser maestro de la escuela del pueblo que había en el municipio de Manchester, cerca de donde vivía la familia de Joseph Smith; pero como a él le era imposible tomar el puesto, sugirió a los administradores de la escuela que tomaran a su hermano Oliver. Después que éstos, entre los cuales se hallaba Hyrum Smith, lo aprobaron, Oliver Cowdery comenzó sus labores de maestro y recibió la invitación de hospedarse en la casa de los Smith. Lucy Mack Smith relata que, casi en seguida, ‘él empezó a escuchar toda clase de historias sobre las planchas y de inmediato comenzó a hacer [a su esposo] insistentes preguntas sobre el asunto, aunque durante mucho tiempo no logró sacarle ninguna información’ [History of Joseph Smith, pág. 138]. Los Smith se resistían a hablar de sus experiencias debido al ridículo que habían sufrido de parte de sus conocidos” (La historia de la Iglesia en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, págs. 57–58).

Oliver Cowdery siguió insistiendo para que los Smith le brindasen más información acerca de José y del Libro de Mormón. Según los recuerdos de Lucy Smith, Oliver estaba obsesionado con el relato e insistió en acompañar a Samuel Smith (el hermano de José) cuando éste viajó a Harmony, Pensilvania, para visitar al Profeta. Oliver había orado pidiendo comprensión y sintió que había una obra que debía llevar a cabo con José; finalmente, el domingo 5 de abril de 1829, cuando llegó a Harmony, aquél reconoció en él al ayudante que el Señor le había prometido. Esa noche se quedaron hasta altas horas de la noche hablando sobre las experiencias que José había tenido. A la mañana siguiente, atendieron varios asuntos y el martes 7 de abril comenzaron la obra de la traducción.

En relación con sus experiencias de trabajo con José Smith, Oliver recordó más adelante: “Estos fueron días inolvidables: ¡Estar sentado oyendo el son de una voz dictada por la inspiración del cielo despertó la más profunda gratitud en este pecho!” Día tras día yo continuaba escribiendo las palabras de su boca, sin interrupción, según él traducía con el Urim y Tumim” (José Smith—Historia, nota final al pie de la página).

 

José Smith—Historia 1:67. La traducción del Libro de Mormón

Acerca de la traducción del Libro de Mormón, el profeta José Smith explicó: “Juntamente con esos anales, se encontraba un curioso instrumento que constaba de dos piedras transparentes engastadas en aros de plata, las cuales estaban aseguradas a un pectoral, y que los antiguos conocían como el Urim y Tumim. Por el don y el poder de Dios y mediante el uso del Urim y Tumim, yo traduje esos anales” (History of the Church, tomo IV, pág. 537; citado en “Escritos y discursos de los profetas de nuestros días”, Liahona, junio de 1978, pág. 40).

“José y Oliver trabajaron incesantemente en la traducción durante todo abril. Con la ayuda de Oliver, José traducía más rápidamente que nunca. En los tres meses siguientes, entre ambos terminaron la asombrosa tarea de traducir aproximadamente quinientas páginas impresas. Aquél fue un glorioso periodo para ellos” (véase La historia de la Iglesia en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, pág. 59).

 

68 El mes siguiente (mayo de 1829), encontrándonos todavía realizando el trabajo de la traducción, nos retiramos al bosque un cierto día para orar y preguntar al Señor acerca del bautismo para la remisión de los pecados, del cual vimos que se hablaba en la traducción de las planchas. Mientras en esto nos hallábamos, orando e implorando al Señor, descendió un mensajero del cielo en una nube de luz y, habiendo puesto sus manos sobre nosotros, nos ordenó, diciendo:

69 Sobre vosotros, mis consiervos, en el nombre del Mesías, confiero el Sacerdocio de Aarón, el cual tiene las llaves del ministerio de ángeles, y del evangelio de arrepentimiento, y del bautismo por inmersión para la remisión de pecados; y este sacerdocio nunca más será quitado de la tierra, hasta que los hijos de Leví de nuevo ofrezcan al Señor un sacrificio en rectitud.

70 Declaró que este Sacerdocio Aarónico no tenía el poder de imponer las manos para comunicar el don del Espíritu Santo, pero que se nos conferiría más adelante; y nos mandó bautizarnos, indicándonos que yo bautizara a Oliver Cowdery, y que después me bautizara él a mí.

71 Por consiguiente, fuimos y nos bautizamos. Yo lo bauticé primero, y luego me bautizó él a mí —después de lo cual puse mis manos sobre su cabeza y lo ordené al Sacerdocio de Aarón, y luego él puso sus manos sobre mí y me ordenó al mismo sacerdocio— porque así se nos había mandado.

 

José Smith—Historia 1:71

Oliver Cowdery describe estos acontecimientos de la siguiente manera: “Estos fueron días inolvidables: ¡Estar sentado oyendo el son de una voz dictada por la inspiración del cielo despertó la más profunda gratitud en este pecho! Día tras día yo continuaba escribiendo las palabras de su boca, sin interrupción, según él traducía con el Urim y Tumim o ‘Intérpretes’, como los nefitas habrían dicho, la historia o relato llamado ‘El Libro de Mormón’.

“Mencionar, aun cuando brevemente, el interesante relato hecho por Mormón y su fiel hijo Moroni acerca de un pueblo que en un tiempo fue amado y favorecido del cielo, sería desviarme de mi presente intención. Dejaré, por tanto, este asunto para un tiempo futuro y, como ya he dicho en la introducción, pasaré más directamente a un corto número de sucesos que se relacionan íntimamente con la fundación de esta Iglesia, los cuales serán de interés para los miles que, en medio de la desaprobación de fanáticos y las calumnias de hipócritas, se han adelantado para abrazar el evangelio de Cristo.

“Ningún hombre, en su estado natural, podría traducir y escribir las instrucciones que de los labios del Salvador recibieron los nefitas, referentes a la forma precisa en que los hombres deberían edificar su Iglesia —y particularmente cuando la corrupción había cubierto de incertidumbre todas las formas y sistemas que se practicaban entre los hombres— sin anhelar el privilegio de mostrar la disposición de su corazón mediante la inmersión en la sepultura líquida ‘como la aspiración de una buena conciencia hacia Dios por la resurrección de Jesucristo’.

“Después de escribir el relato del ministerio del Salvador entre el resto de la posteridad de Jacob sobre este continente, fue fácil ver, tal como el profeta dijo que sucedería, que las tinieblas cubrieron la tierra, y densa obscuridad la mente de los pueblos. Reflexionando un poco más, fue igualmente fácil ver que en la gran contienda y clamor en cuanto a religión, ninguno tenía la autoridad de Dios para administrar las ordenanzas del evangelio. Pues se podría preguntar: ¿Tienen los hombres que niegan las revelaciones la autoridad para obrar en el nombre de Cristo, dado que el testimonio de Jesús no es ni más ni menos que el espíritu de la profecía, y que su religión está basada en revelaciones directas, y por ellas es edificada y sostenida en cualquier época del mundo en que ha tenido un pueblo sobre la tierra? Si se escondieron estas cosas y cuidadosamente las ocultaron hombres cuyos artificios habrían estado en peligro si se hubiera permitido que estos hechos alumbrasen la faz de los hombres, para nosotros ya no lo estaban; y solamente esperábamos que se diera el mandamiento: ‘Levantaos y bautizaos’.

“No tardó mucho este deseo en realizarse. El Señor, grande en misericordia, y siempre dispuesto a contestar la oración constante de los humildes, condescendió a manifestarnos su bondad, después que lo hubimos invocado fervientemente, apartados de las habitaciones de los hombres. Repentinamente, cual si hubiera salido desde el centro de la eternidad, la voz del Redentor nos habló paz, y se partió el velo y un ángel de Dios descendió, revestido de gloria, y dejó el anhelado mensaje y las llaves del evangelio de arrepentimiento. ¡Qué gozo! ¡Qué admiración! ¡Qué asombro! Mientras el mundo se hacía pedazos confundido; mientras millones buscaban palpando la pared como ciegos, y mientras todos los hombres se basaban en la incertidumbre, como masa general, nuestros ojos vieron, nuestros oídos oyeron, como en el fulgor del día; sí, más aún, ¡mayor que el resplandor del sol de mayo que en esos momentos bañaba con su brillo la faz de la naturaleza! ¡Entonces su voz, aunque apacible, penetró hasta el centro, y sus palabras, ‘Soy vuestro consiervo’, desvaneció todo temor. ¡Escuchamos! ¡Contemplamos! ¡Admiramos! ¡Era la voz de un ángel de la gloria, un mensaje del Altísimo! ¡Y al oír nos llenamos de gozo mientras su amor encendía nuestras almas, y fuimos envueltos en la visión del Omnipotente! ¿Qué lugar había para dudas? Ninguno; ¡la incertidumbre había desaparecido; la duda se había sumergido para no levantarse jamás, mientras que la ficción y el engaño se habían desvanecido para siempre!

“Pero, querido hermano, piensa, piensa un poco más en el gozo que llenó nuestros corazones, y en el asombro con que nos habremos arrodillado (porque ¿quién no se habría arrodillado para recibir tal bendición?) cuando recibimos de sus manos el Santo Sacerdocio, al decirnos: ‘Sobre vosotros, mis consiervos, en el nombre del Mesías confiero este sacerdocio y esta autoridad, que permanecerán sobre la tierra, a fin de que los hijos de Leví todavía puedan hacer una ofrenda al Señor en rectitud’.

“No procuraré describirte los sentimientos de este corazón, ni la majestuosa belleza y gloria que nos rodeó en esta ocasión; pero sí me has de creer cuando te digo que ni la tierra, ni los hombres, con la elocuencia del tiempo, pueden siquiera empezar a adornar el lenguaje de tan interesante y sublime manera como este santo personaje. ¡No! ¡Ni tiene esta tierra el poder para comunicar el gozo, conferir la paz o comprender la sabiduría contenida en cada frase declarada por el poder del Espíritu Santo! Los hombres podrán engañar a sus semejantes, las decepciones podrán venir una tras otra, y los hijos del inicuo podrán tener el poder para seducir a los incautos e ignorantes al grado de que las multitudes sólo vivan de la ficción, y el fruto de la falsedad arrastre en su corriente a los frívolos hasta la tumba; pero un toque del dedo de su amor, sí, un rayo de gloria del mundo celestial o una palabra de la boca del Salvador, desde el seno de la eternidad, lo reduce todo a una insignificancia y lo borra para siempre de la mente. La seguridad de que nos hallábamos en presencia de un ángel, la certeza de que oímos la voz de Jesús y la verdad inmaculada que emanaba de un personaje puro, dictada por la voluntad de Dios, es para mí indescriptible y para siempre estimaré esta expresión de la bondad del Salvador con asombro y gratitud mientras se me permita permanecer sobre esta tierra; y en esas mansiones donde la perfección mora y el pecado nunca llega, espero adorar en aquel día que jamás cesará.”—Messenger and Advocate, tomo I (octubre de 1834), págs. 14–16.

 Restauración del Sacerdocio de Aarón

72 El mensajero que en esta ocasión nos visitó y nos confirió este sacerdocio dijo que se llamaba Juan, el mismo que es conocido como Juan el Bautista en el Nuevo Testamento, y que obraba bajo la dirección de Pedro, Santiago y Juan, quienes poseían las llaves del Sacerdocio de Melquisedec, sacerdocio que nos sería conferido, dijo él, en el momento oportuno; y que yo sería llamado el primer Élder de la Iglesia, y él (Oliver Cowdery) el segundo. Fue el día quince de mayo de 1829 cuando este mensajero nos ordenó, y nos bautizamos.

73 Inmediatamente después de salir del agua, tras haber sido bautizados, sentimos grandes y gloriosas bendiciones de nuestro Padre Celestial. No bien hube bautizado a Oliver Cowdery, cuando el Espíritu Santo descendió sobre él, y se puso de pie y profetizó muchas cosas que habían de acontecer en breve. Igualmente, en cuanto él me hubo bautizado, recibí también el espíritu de profecía y, poniéndome de pie, profeticé concerniente al desarrollo de esta Iglesia, y muchas otras cosas que se relacionaban con ella y con esta generación de los hijos de los hombres. Fuimos llenos del Espíritu Santo, y nos regocijamos en el Dios de nuestra salvación.

74 Encontrándose ahora iluminadas nuestras mentes, empezamos a comprender las Escrituras, y nos fue revelado el verdadero significado e intención de sus pasajes más misteriosos de una manera que hasta entonces no habíamos logrado, ni siquiera pensado. Mientras tanto, nos vimos obligados a guardar en secreto las circunstancias relativas al haber recibido el sacerdocio y el habernos bautizado, por motivo del espíritu de persecución que ya se había manifestado en la región.

 

José Smith—Historia 1:68–74. Se restaura el Sacerdocio Aarónico

El 22 de septiembre de 1823, el ángel Moroni anunció: “Cuando ellas [las planchas de oro] se hayan interpretado, el Señor conferirá a algunos el santo sacerdocio y ellos comenzarán a proclamar este Evangelio y a bautizar en agua, y después de ello tendrán el poder de conferir el Espíritu Santo por la imposición de manos” (en Oliver Cowdery, Messenger and Advocate, octubre de 1835, pág. 199).

A medida que José y Oliver avanzaban en la traducción del Libro de Mormón, llegaron a la parte que habla de la visita que el Salvador hizo a los habitantes del hemisferio occidental y de Sus enseñanzas en cuanto al bautismo (véase 3 Nefi 11:18–41). Entonces tomaron la determinación de dirigirse al Señor en potente oración con el fin de saber cómo podían obtener la bendición del bautismo. El 15 de mayo de 1829, José y Oliver se dirigieron hasta un bosque cercano al río Susquehanna para orar, y Oliver describió la experiencia que tuvieron con las siguientes palabras: “Repentinamente, cual si hubiera salido desde el centro de la eternidad, la voz del Redentor nos habló paz, y se partió el velo y un ángel de Dios descendió, revestido de gloria, y dejó el anhelado mensaje y las llaves del evangelio de arrepentimiento. ¡Qué gozo! ¡Qué admiración! ¡Qué asombro! Mientras el mundo se hacía pedazos confundido… nuestros ojos vieron, nuestros oídos oyeron” (José Smith—Historia, nota final al pie de la página).

Poco después, Juan el Bautista apareció y restauró el Sacerdocio Aarónico, y tuvieron lugar significativas manifestaciones espirituales durante el bautismo de José y Oliver (véase José Smith—Historia 1:73–74).

 

75 De cuando en cuando habían amenazado golpearnos, y esto por parte de los profesores de religión; y lo único que contrarrestó sus intenciones de atropellarnos fue la influencia de los familiares de mi esposa (mediante la divina Providencia), los cuales se habían vuelto muy amigables conmigo, y se oponían a los populachos, y deseaban que se me permitiera continuar sin interrupción la obra de la traducción. Por consiguiente, nos ofrecieron y prometieron protección, hasta donde les fuera posible, de cualquier acto ilícito.

 

José Smith—Historia 1:75. La restauración del Sacerdocio de Melquisedec

Poco después de que Juan el Bautista hubo conferido el Sacerdocio Aarónico a José y Oliver, “los principales apóstoles del Señor, Pedro, Santiago y Juan, aparecieron ante ellos junto al río Susquehanna (véase D. y C. 128:20). Estos visitantes angélicos les confirieron entonces el Sacerdocio de Melquisedec y las llaves del Apostolado (véase D. y C. 27:12). A partir de ese momento, José Smith y Oliver Cowdery tuvieron la autoridad para actuar como agentes verdaderos del Señor en la edificación del reino de Dios en la tierra” (La historia de la Iglesia en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, pág. 56). Esa Restauración probablemente ocurrió entre el 16 y el 28 de mayo de 1929 (véase Larry C. Porter, “The Restoration of the Aaronic and Melchizedek Priesthoods”, Ensign, diciembre de 1996, págs. 33–47).

El presidente Wilford Woodruff explicó: “José Smith nunca intentó organizar esta Iglesia sino hasta que recibió el mandamiento de Dios de hacerlo. Jamás pretendió bautizar a hombre alguno sino hasta que recibió el Sacerdocio Aarónico bajo las manos de Juan el Bautista… Él nunca intentó oficiar en ninguna de las ordenanzas del Evangelio sino hasta que recibió el Apostolado bajo las manos de Pedro, Santiago y Juan. Esos hombres se le aparecieron, pusieron las manos sobre su cabeza y sellaron el Apostolado sobre él con todos los poderes pertinentes” (en Journal of Discourses, tomo XXIV, pág. 241).

El 13 de enero de 1849, a petición de Samuel W. Richards, que tenía como huéspedes a Oliver Cowdery y a su esposa en su casa del norte de Misuri, Oliver escribió lo siguiente:

“Cuando las tinieblas cubrían la tierra y la ignorancia religiosa oscurecía a la gente, mucho después de que la autoridad para administrar había sido quitada, el Señor abrió los cielos y dio a conocer Su palabra para la salvación de Israel. En cumplimiento de las sagradas Escrituras, el Evangelio sempiterno fue proclamado por un extraordinario ángel (Moroni), quien, investido con la autoridad de la misión que tenía a su cargo, dio gloria a Dios en lo alto. El Evangelio es ‘la piedra cortada del monte, no con mano’. Juan el Bautista, poseyendo las llaves del Sacerdocio Aarónico; Pedro, Santiago y Juan, poseyendo las llaves del Sacerdocio de Melquisedec, han ministrado también a quienes serían herederos de salvación y, por medio de esa administración, ordenaron hombres al mismo sacerdocio que ellos poseían. Esos sacerdocios, con su debida autoridad, están ahora y seguirán estando siempre en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Bendito es el élder que lo ha recibido, y más bendito y santo aún es quien persevera hasta el fin.

“Querido hermano, acepte el testimonio verdadero de quien, junto con José el Vidente, fue bendecido con esas ministraciones y que con devoción y de todo corazón espera reunirse con usted en la gloria celestial” (en B. H. Roberts, New Witnesses for God, 3 tomos, 1909–1911, tomo II, págs. 289–290).

El obispo Joseph L. Wirthlin, en ese entonces Obispo Presidente de la Iglesia, explicó: “Por medio de la dirección divina, la Presidencia Apostólica, Pedro, Santiago y Juan, confirieron a José Smith y a su compañero el Sacerdocio de Melquisedec, que posee las llaves de desatar y atar tanto en la tierra como en los cielos; la imposición de manos para conferir el don del Espíritu Santo; las llaves de predicar el Evangelio a toda nación, tribu, lengua y gente; y las llaves para la obra de los muertos. Por consiguiente, la relación que existió entre los profetas y apóstoles de la antigüedad se ha [r]establecido en esta época a fin de que los planes del Señor para las bendiciones eternas de Sus hijos se hiciesen realidad” (en “Conference Report”, abril de 1954, pág. 4; véase también Mateo 16:13–19; 17:3; Juan 15:16; Enseñanzas del Profeta José Smith, págs. 182–184).

 Restauración del Sacerdocio de Melquisedec

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