José Smith—Historia 1 : 51 – 60

 

51 Cerca de la aldea de Manchester, Condado de Ontario, Estado de Nueva York, se levanta una colina de tamaño regular, y la más elevada de todas las de la comarca. Por el costado occidental del cerro, no lejos de la cima, debajo de una piedra de buen tamaño, yacían las planchas, depositadas en una caja de piedra. En el centro, y por la parte superior, esta piedra era gruesa y redonda, pero más delgada hacia los extremos; de manera que se podía ver la parte céntrica sobre la superficie del suelo, mientras que alrededor de la orilla estaba cubierta de tierra.

52 Habiendo quitado la tierra, conseguí una palanca que logré introducir debajo de la orilla de la piedra, y con un ligero esfuerzo la levanté. Miré dentro de la caja, y efectivamente vi allí las planchas, el Urim y Tumim y el pectoral, como lo había dicho el mensajero. La caja en que se hallaban estaba hecha de piedras, colocadas en una especie de cemento. En el fondo de la caja había dos piedras puestas transversalmente, y sobre éstas descansaban las planchas y los otros objetos que las acompañaban.

53 Intenté sacarlas, pero me lo prohibió el mensajero; y de nuevo se me informó que aún no había llegado la hora de sacarlas, ni llegaría sino hasta después de cuatro años, a partir de esa fecha; pero me dijo que fuera a ese lugar precisamente un año después, y que él me esperaría allí; y que siguiera haciéndolo así hasta que llegara el momento de obtener las planchas.

 

José Smith—Historia 1:50–53. La primera visita de José al cerro de Cumorah

“Al encaminarse al cerro de Cumorah, José pensaba en la humilde situación económica de la familia y en la posibilidad de que las planchas o la buena reputación que le daría la traducción pudiera producir suficiente dinero para ‘elevarlo a un nivel económico similar al de los hombres de fortuna de su época y aliviar así la pobreza de su familia’. Cuando extendió la mano para tomar las planchas, recibió un choque y no las pudo sacar; dos veces más lo intentó y en ambos intentos le pasó lo mismo. Con desesperación, exclamó: ‘¿Por qué no puedo obtener este libro?’ Moroni apareció de nuevo y le contestó que le había sucedido eso por haber desobedecido el mandamiento que se le había dado y haber cedido a la tentación de Satanás de obtener las planchas con fines de lucro, en lugar de tener su mira puesta en la gloria de Dios como se le había mandado.

“Arrepentido, el joven José oró humildemente al Señor y recibió Su Espíritu en abundancia; una visión se abrió ante sus ojos y ‘la gloria del Señor lo rodeó de resplandor y descansó sobre él… [También] contempló al príncipe de las tinieblas… El mensajero celestial [Moroni] le dijo: “Se te muestra todo esto, lo bueno y lo malo, lo santo y lo impuro, la gloria de Dios y el poder de las tinieblas, para que de aquí en adelante reconozcas ambos poderes y nunca te dejes influir ni vencer por aquel maligno”… Ahora ves por qué no pudiste sacar el registro y sabes que el mandamiento era estricto, y que si alguien va a obtener estas cosas sagradas, tendrá que ser por la oración y la fidelidad en obedecer al Señor. No están depositadas aquí con objeto de producir ganancia y acumulación de fortuna para la gloria del mundo, sino que fueron selladas por la oración de fe y, por el conocimiento que contienen, no tienen otro valor entre los hijos de los hombres que su contenido mismo’ [Cowdery, in Messenger and Advocate, octubre de 1835, pág. 198]. Moroni concluyó advirtiéndole a José Smith que no se le permitiría obtener las planchas sino ‘hasta que hubiera aprendido a obedecer los mandamientos de Dios; y no sólo sino hasta que estuviera dispuesto, sino hasta que fuera capaz de hacerlo’ [en Lucy Mack Smith, History of Joseph Smith, pág. 81; cursiva agregada]” (véase La historia de la Iglesia en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, págs. 44–45).

 

54 De acuerdo con lo que se me había mandado, acudía al fin de cada año, y en cada ocasión encontraba allí al mismo mensajero, y en cada una de nuestras entrevistas recibía de él instrucciones e inteligencia concernientes a lo que el Señor iba a hacer, y cómo y de qué manera se conduciría su reino en los últimos días.

 

José Smith—Historia 1:54. Las visitas anuales de José al cerro

Entre los años 1823, en que José vio por primera vez las planchas, y 1827, cuando se le permitió sacarlas del cerro, José recibió instrucciones celestiales adicionales. El relato de Lucy Mack Smith dice que durante ese tiempo, José “siguió recibiendo instrucciones del Señor” (History of Joseph Smith, pág. 82). El presidente John Taylor dijo: “Cuando José Smith fue llamado como profeta de Dios, Mormón, Moroni, Nefi y otros profetas de la antigüedad que habían vivido en este continente, y Pedro, Juan y otros que vivieron en el Continente Asiático, fueron a verle y le comunicaron ciertos principios relacionados con el Evangelio del Hijo de Dios” (en Journal of Discourses, tomo XVII, pág. 374).

La madre de José Smith también escribió: “Por las tardes, mientras conversábamos, José de vez en cuando nos relataba algunas de las narraciones más entretenidas que se puedan imaginar. Describía a los antiguos moradores de este continente, su vestuario, manera de viajar y los animales sobre los que viajaban; sus ciudades y edificios con lujo de detalles, sus métodos de guerra y también su adoración religiosa; y lo hacía con tal facilidad que parecía como si hubiera pasado toda su vida entre ellos” (History of Joseph Smith, pág. 83; citado por Robert J. Woodford, véase “Personajes del Libro de Mormón que José Smith conoció”, Liahona, diciembre de 1983, pág. 15).

José Smith contrae matrimonio con Emma Hale—Recibe de Moroni las planchas de oro y traduce algunos de los caracteres—Martin Harris muestra los caracteres y la traducción al profesor Anthon, el cual dice: “No puedo leer un libro sellado”. (Versículos 55–65).

 

55 Debido a que las condiciones económicas de mi padre se hallaban sumamente limitadas, nos veíamos obligados a trabajar manualmente, a jornal y de otras maneras, según se presentaba la oportunidad. A veces estábamos en casa, a veces fuera de casa; y trabajando continuamente podíamos ganarnos un sostén más o menos cómodo.

56 En el año 1823 sobrevino a la familia de mi padre una aflicción muy grande con la muerte de mi hermano Alvin, el mayor de la familia. En el mes de octubre de 1-25 me empleó un señor de edad llamado Josiah Stoal, del Condado de Chenango, Estado de Nueva York. Él había oído algo acerca de una mina de plata que los españoles habían explotado en Harmony, Condado de Susquehanna, Estado de Pensilvania; y antes de ocuparme ya había hecho algunas excavaciones para ver si le era posible descubrir la mina. Después que fui a vivir a la casa de él, me llevó con el resto de sus trabajadores a excavar en busca de la mina de plata, en lo cual estuve trabajando cerca de un mes sin lograr el éxito en nuestra empresa; y por fin convencí al anciano señor que dejase de excavar. Así fue como se originó el tan común rumor de que yo había sido buscador de dinero.

 

José Smith—Historia 1:56. Alvin Smith, el hermano de José

“Alvin era un joven serio y fiel, y su hermano José lo adoraba; lo consideraba una persona en quien no había engaño alguno y que llevaba una vida de rectitud. Él también sentía gran amor por José y estaba sumamente interesado en los anales sagrados. Al aproximarse la muerte, le aconsejó a su hermano: ‘Quiero que seas un buen muchacho y que hagas todo lo posible por obtener esos anales. Sé fiel al recibir las instrucciones y también al obedecer todo mandamiento que se te dé’ [en Lucy Mack Smith, History of Joseph Smith, pág. 87]. Años más tarde, José Smith supo por una revelación que Alvin era uno de los herederos del Reino Celestial (véase D. y C. 137:1–6)” (véase La historia de la Iglesia en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, pág. 42).

 

José Smith—Historia 1:55–56. Buscador de riquezas

Acerca de la búsqueda de un tesoro que José llevó a cabo al haber sido contratado por Josiah Stoal, la madre de aquél, Lucy Mack Smith, escribió lo siguiente:

“Un hombre llamado Josiah Stoal llegó del condado de Chenango, estado de Nueva York, con el fin de contratar a José para que le ayudara a buscar una mina de plata. Fue a buscarlo porque había oído decir que él podía discernir lo que resultaba invisible para el ojo natural.

“José trató de hacerlo desistir de esa vana búsqueda, pero él estaba decidido a hacerlo y ofreció buenos salarios a quienes desearan excavar con el fin de encontrar dicha mina e insistió en que José trabajara para él. Por lo tanto, José y varios otros le acompañaron y comenzaron a excavar. Después de haber trabajado cerca de un mes para el anciano caballero sin ningún éxito, José lo convenció de abandonar su proyecto y fue por eso, por el hecho de haber estado trabajando un mes excavando para encontrar una mina de plata, que se extendió el rumor de que él había sido un ‘buscador de riquezas’ ” (History of Joseph Smith, págs. 91–92).

 

57 Durante el tiempo que estuve en ese trabajo, me hospedé con el señor Isaac Hale, de ese lugar. Fue allí donde por primera vez vi a mi esposa (su hija), Emma Hale. Nos casamos el 18 de enero de 1827 mientras yo todavía estaba al servicio del señor Stoal.

58 Por motivo de que continuaba afirmando que había visto una visión, la persecución me seguía acechando, y la familia del padre de mi esposa se opuso muchísimo a que nos casáramos. Por tanto, me vi obligado a llevarla a otra parte, de modo que nos fuimos y nos casamos en la casa del señor Tarbill, en South Bainbridge, Condado de Chenango, en Nueva York. Inmediatamente después de mi matrimonio dejé el trabajo del señor Stoal, me trasladé a la casa de mi padre y con él labré la tierra esa temporada.

 

José Smith—Historia 1:57–58. Emma Hale

“[Emma] nació en Harmony, el 10 de julio de 1804. Se dice que era una mujer bella, alta de estatura, de apariencia elegante, de atractivos ojos castaños y cabello negro. Poseía una personalidad atractiva y era inteligente y capaz. Durante un año, ella asistió a una escuela para señoritas donde aprendió a comportarse en sociedad. Se decía que ella ‘nunca empleaba palabras demasiado coloquiales y era muy particular con el uso de la gramática y para escoger las palabras adecuadas’. Tenía además reputación de ser una muy buena ama de casa y una excelente cocinera. Ella, al igual que su madre, era miembro de la Iglesia Metodista, poseía una extraordinaria voz para el canto y cantaba en el coro de la aldea” (Ivan J. Barrett, Joseph Smith and the Restoration, 1973, pág. 71).

Lucy Mack Smith, la madre de José Smith, escribió:

“Mientras se encontraba contratado por el señor Stoal, se alojó por un corto periodo con Isaac Hale, y fue durante ese tiempo que hizo amistad con su hija, la señorita Emma Hale, a quien empezó a cortejar inmediatamente y con quien más adelante contrajo matrimonio…

“…José nos llamó a mi esposo y a mí aparte, y nos dijo: ‘Me he sentido muy solo desde la muerte de Alvin y he tomado la decisión de casarme. Si ustedes no ponen objeción, me gustaría contraer matrimonio con la señorita Emma Hale, ya que la prefiero a ella por sobre todas las demás jóvenes que he conocido’. Nos sentimos complacidos con su elección, y no sólo dimos nuestro consentimiento para su boda sino que le pedimos que la trajera a nuestra casa con él a vivir con nosotros” (History of Joseph Smith, págs. 92–93).

 

59 Por fin llegó el momento de obtener las planchas, el Urim y Tumim y el pectoral. El día veintidós de septiembre de mil ochocientos veintisiete, habiendo ido al fin de otro año, como de costumbre, al lugar donde estaban depositados, el mismo mensajero celestial me los entregó, con esta advertencia: que yo sería responsable de ellos; que si permitía que se extraviaran por algún descuido o negligencia mía, sería desarraigado; pero que si me esforzaba con todo mi empeño por preservarlos hasta que él (el mensajero) viniera por ellos, entonces serían protegidos.

60 Pronto supe por qué había recibido tan estrictos mandatos de guardarlos, y por qué me había dicho el mensajero que cuando yo terminara lo que se requería de mí, él vendría por ellos. Porque no bien se supo que yo los tenía, comenzaron a hacerse los más tenaces esfuerzos por privarme de ellos. Se recurrió a cuanta estratagema se pudo inventar para realizar ese propósito. La persecución llegó a ser más severa y enconada que antes, y grandes números de personas andaban continuamente al acecho para quitármelos, de ser posible. Pero mediante la sabiduría de Dios permanecieron seguros en mis manos hasta que cumplí con ellos lo que se requirió de mí. Cuando el mensajero, de conformidad con el acuerdo, llegó por ellos, se los entregué; y él los tiene a su cargo hasta el día de hoy, dos de mayo de mil ochocientos treinta y ocho.

 

José Smith—Historia 1:59–60. José recibe las planchas

“No se sabe casi nada sobre las conversaciones que tuvo José Smith con Moroni entre 1824 y 1827. Una noche, poco antes de que empezara el otoño de 1827 [que en el hemisferio norte comienza en septiembre], regresó bastante tarde a su casa; la familia estaba preocupada, pero él explicó que su tardanza se debía a que acababa de recibir una severa reprimenda de Moroni. Les dijo que, al pasar por el cerro de Cumorah, ‘el ángel salió a mi encuentro y me dijo que no me había ocupado bastante en la obra del Señor, que había llegado el momento de sacar los anales y que yo debía poner manos a la obra y prepararme para hacer lo que Dios me había mandado’ [Smith, History of Joseph Smith, pág. 100].

“Durante esos cuatro años de preparación, deben de haber ocurrido muchos sucesos. Él pasó los años de la adolescencia casi sin dejarse influir por los preceptos de los hombres; durante ese periodo tuvo el apoyo emocional de su familia y, después, aceptó las responsabilidades que lleva aparejadas el matrimonio. Los ángeles lo prepararon para traducir el registro inspirado por el Señor y le enseñaron la importancia de la autodisciplina y de la obediencia. Sin duda, estaría ansioso por comenzar la traducción del Libro de Mormón. En esa época, Joseph Knight y Josiah Stowell se encontraban en Manchester, visitando a los Smith, en espera quizás del momento en que José Smith recibiría las planchas.

“El 22 de septiembre de 1827, mucho antes del amanecer, José y Emma Smith engancharon el caballo de Joseph Knight a la carreta de Josiah Stowell y recorrieron los cinco kilómetros que los separaban del cerro de Cumorah. Al llegar, él dejó a su esposa al pie del cerro y subió hasta la cima para reunirse con Moroni por última vez; allí el ángel le entregó las planchas, el Urim y Tumim y el pectoral, al mismo tiempo que le hacía una promesa y una advertencia muy claras con respecto a sus responsabilidades. Le explicó que lo hacía responsable de esos objetos sagrados, que si era descuidado o los trataba con negligencia y los perdía, sería desarraigado; por otra parte, se le aseguró que serían protegidos si él empleaba todos sus esfuerzos en preservarlos hasta que Moroni volviera a buscarlos (véase José Smith—Historia 1:59).

“Por primera vez en más de mil cuatrocientos años, los registros tan preciados se habían confiado a un ser mortal. José escondió las planchas cuidadosamente en un tronco hueco que había cerca de su casa. Pero los amigos del Profeta no eran los únicos que esperaban con gran expectativa que él recibiera las planchas; había otras personas en la vecindad que habían oído decir que él estaba por llevar a su casa unas valiosas planchas de metal… No pasó mucho tiempo antes de que José se diera cuenta del motivo por el cual Moroni le había encomendado tan encarecidamente que cuidara las planchas. ‘Cuanta estratagema se pudo inventar’ se llevó a cabo para quitárselas (véase el vers. 60). Por ejemplo, Willard Chase, que era un granjero de las inmediaciones, se juntó con otros buscadores de fortuna y mandaron por un adivino para que encontrase el lugar donde se hallaban escondidas las planchas. Cuando los Smith se enteraron, enviaron a Emma a buscar a José, que estaba trabajando en Macedon, a unos cuantos kilómetros hacia el oeste de Palmyra. Él regresó de inmediato, sacó las planchas, las envolvió en una prenda de ropa de lino y se internó con ellas en el bosque, seguro de que estaría más a salvo allí que en el camino transitado. Pero al saltar sobre un tronco caído, alguien lo golpeó por la espalda con un arma; no obstante, pudo derribar a su asaltante y huir. A menos de un kilómetro de allí, lo volvieron a asaltar y otra vez se las arregló para escapar, y antes de llegar a la casa lo atacaron de nuevo. Su madre comentó después que cuando llegó, ‘estaba mudo de temor y de la fatiga de la carrera’ [History of Joseph Smith, pág. 108].

“Los esfuerzos por robar las planchas se intensificaron, pero también se cumplió la promesa de protección especial que Moroni le había hecho. Muchas veces sacó José las planchas de su escondite minutos antes de que llegaran los que procuraban robarlas. Una vez en que las había escondido debajo del piso de piedra del fogón, un grupo numeroso de hombres se juntó delante de su casa; pero José y sus hermanos salieron corriendo por la puerta del frente al mismo tiempo que gritaban en todas direcciones para hacerles creer que detrás de ellos iba otro grupo grande de hombres que los defendía, y los atacantes huyeron. Otro día en que José escondió el cofre de las planchas bajo las tablas del piso de la tonelería, recibió la inspiración de esconder los anales en el desván, debajo del lino; esa noche, sus enemigos levantaron todo el piso de la tonelería buscándolas, pero las planchas permanecieron a salvo” (véase La historia de la Iglesia en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, págs. 48–50).

 

José Smith—Historia 1:60. Los intentos por quitarle las planchas a José

El élder Gordon B. Hinckley, en ese entonces miembro del Quórum de los Doce Apóstoles, escribió: “José Smith no tardó en darse cuenta del motivo por el que Moroni le había recomendado tan estrictamente que protegiera los anales tomados del cerro, pues no bien se esparció el rumor de que él tenía las planchas, empezaron los esfuerzos por quitárselas. A fin de preservarlas, primero las escondió cuidadosamente en un tronco hueco de abedul. Después, las encerró en un cofre en la casa de su padre; más tarde las enterró debajo de la chimenea en la sala de la casa; y el taller de un tonelero que vivía enfrente de ellos fue el siguiente escondite. Todas éstas y otras estratagemas se emplearon para proteger las planchas de los populachos de las cercanías, que irrumpían en la residencia de los Smith y en las propiedades contiguas y las registraban, y aun recurrieron a los servicios de un adivino en su afán por encontrar los anales” (La Verdad Restaurada, págs. 13–14).

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